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¿Por qué guardas estas llaves debajo de la
almohada? Bruno la miró extrañado, enseñando el par de llaves que
había descubierto; no esperaba encontrar algo tan oxidado escondido
en la cama del matrimonio, pero ella no le dio excesiva importancia,
se limitó a encoger los hombros y a mirar el cuerpo del joven,
desnudo sobre la cama. Que por qué... –No pudo terminar la frase–.
Déjalas ahí Bruno. –Respondió–. Son cosas de mi marido. No las
toques. Como quieras, amore, pero ¿qué hace con unas llaves de
hierro debajo de su almohada? Isabelle continuó mirando el cuerpo
del lombardo sin comprender muy bien a qué venía tanta curiosidad.
¡Isabelle! Te estoy hablando... Lo sé, Bruno; ya te oí la primera
vez. –Le contestó–. Sólo son dos viejas llaves del taller que
tuvimos hace años junto al lago. Nada más. ¿Y duerme así cada noche?
¡Bruno! –Se le agotaba la paciencia–. Son cosas de mi marido. ¿De
acuerdo? ¡Capito! –El joven no esperaba aquella reacción de Isabelle
y no supo ocultar su enfado. Se incorporó en la cama y buscó la ropa
para vestirse–. Está bien... –claudicó, temerosa de disgustar al
joven por culpa de unas llaves herrumbrosas que tampoco significaban
nada para ella–. Pero te vas a sentir defraudado... Da igual... ¿Por
qué? Martín está convencido de que San Pedro le ayudará a encontrar
la idea para algún invento, algo prodigioso, como él dice, si apoya
la cabeza sobre las llaves. Bruno estaba entusiasmado. ¿Al-go-pro-di-gio-so?
–Repitió con respeto, como si invocara al santo al pronunciar cada
palabra–. ¿Y qué espera inventar tu esposo? –Preguntó bajando la
voz–. ¡Ay, Bruno! ¿Es necesario que tengamos ahora tanta charla? –El
lombardo volvió a sentirse ofendido y, de nuevo, le dio la espalda
en la cama. Cuando se enfadaba de aquel modo, Isabelle tenía que
reprimir las ganas de rodearlo con los brazos y comerle entero a
besos–. ¡Bruno, no te enfades! Es que no me parece que sea el
momento más adecuado para comentar las manías de mi marido. ¿No
crees? –Lo besó con suavidad en la nuca–. Bien, pero... El portazo
retumbó en toda la casa como sonaba cuando llegaba... ¡Mi marido!
¡Porca miseria! ¿No dijiste que nunca llegaba antes del mediodía?
Estoy tan extrañada como tú. ¿Y qué hago? ¡Santa Madonna! ¡Isabelle,
estoy desnuto en la tua alcoba! –Gritó gesticulando con las manos–.
¡Pues métete debajo de la cama! ¿Así? —Isabelle lo miró con
irritación–.Puedes vestirte tranquilamente y darle a mi marido
explicaciones con el jubón a medio poner o esconderte ahora mismo
debajo de la cama. Tú eliges –Ante su sorpresa, Bruno aún tuvo un
momento de indecisión para plantearse cuál era la opción más
adecuada– ¡Vamos, alma cándida! Bruno recogió su ropa a toda prisa
formando un hatillo desordenado que escondió, a su lado, bajo la
cama del matrimonio. Martín subió la escalera a grandes zancadas,
abriendo de golpe la puerta del dormitorio; Isabelle sólo tuvo
tiempo de disimular la inconveniencia de la escena fingiendo algo de
tos. ¿Cariño? ¿Cómo es que aún permaneces acostada? ¡Ay, Martín!
–Tosió–. No creas que me encuentro nada bien. ¡Cómo lo lamento,
querida! ¿Quieres que Frau Helga te prepare algo? ¿Una tisana? ¿Un
consomé? No, Martín. No te preocupes. –Volvió a toser–. Creo que
anoche cogí algo de frío en casa de tus padres; pero con un día en
la cama, arropada y tranquila, seguro que mañana me encontraré mucho
mejor. ¿Y tú? ¿Cómo no estás en el taller? –Mientras su mujer le
mentía con la farsa del resfriado, su esposo no paró de dar vueltas
entorno a la cama–. Por lo que más quieras, Martín, me levantas
dolor de cabeza; deja de dar vueltas por la alcoba. Lo siento,
cariño. Es que... Ha ocurrido algo maravilloso. ¡Algo que sólo puedo
adjudicar a la intervención del propio San Pedro! ¿A qué te
refieres? ¡Y te reías de las llaves de mi almohada! Martín, ¿quieres
decirme qué ha ocurrido? Esta mañana fui a casa de Herr Hoffman, el
mercader de paños. Sí, lo conozco; su mujer canta en el coro de La
Chapelle. Desafina, pero como su familia tiene tanto dinero se lo
consienten. Pobre mojigata, si ella supiera que su hijo...
¡Isabelle! –Le recriminó su marido–. Bien, lo siento. No seas tan
suspicaz. ¿Qué te dijo Herr Hoffman? Que un cerrajero de Núremberg
ha inventado un pequeño muelle que sustituye a las pesas como fuente
de energía de los relojes. ¿Sabes lo que esto supone? Con franqueza:
no –y fue sincera–.Pero imagino que será importante. Es... es... –su
marido no encontraba las palabras adecuadas– ¡Un auténtico milagro!
¡Martín! –Le recriminó Isabelle, bromeando–.Luego dices que modere
mi lenguaje y tú hablas de milagros tan a la ligera. ¿Quieres arder
en una pira acusado de herejía por los calvinistas? ¡Déjate de
bromas! ¿Sabes lo que vamos a poder fabricar con ese muelle? –Ella
lo negó con la cabeza–. ¡Relojes de bolsillo...! ¿Relojes de
bolsillo? –Repitió sin comprenderle–. Sí. –Martín estaba exultante–.
¿Te imaginas? Se acabaron los relojes de arena y los pesados
mecanismos de contrapesas... ¡Ya no tendré que cerrar el taller!
Isabelle escuchó aquello e, inmediatamente, se incorporó en la cama
como accionada por un resorte: ¿Cerrar el taller? ¿Has dicho algo de
cerrar el taller? –Su marido había cometido una terrible
indiscreción. Desde hacía meses, el pequeño taller de orfebrería
atravesaba serias dificultades, por culpa de la situación religiosa
que afectaba a todas las actividades comerciales de Ginebra. Había
preferido no asustar a su mujer, pero se le escapó–. ¿Cuándo
pensabas decírmelo? Sí, bueno –reconoció–. Esa era otra de las
noticias que tenía pendiente. –Y se golpeó la frente con la palma de
la mano–. ¡Qué cabeza tengo! ¿Y por qué van tan mal las cosas?
Calvino ha prohibido que realicemos algunos trabajos en los talleres
artesanos: cálices, cruces, instrumentos litúrgicos... Pero... ¡si
vivimos precisamente de eso! –Isabelle estaba aterrada: si el taller
dejaba de engarzar aquellas piezas, la clientela que llegaba a su
pequeño establecimiento desde otros cantones, e incluso los que
venían desde Provenza, Saboya y la Lombardía, se perderían
irremediablemente–. ¿Y de qué vamos a vivir? –La sucesión de
imágenes se hizo terriblemente nítida: despedir al servicio, vender
la casa, mudarse con sus suegros, perder a los amigos, las fiestas,
la dote de su hija, Bruno....– De los relojes de bolsillo. –Afirmó
su marido con rotundidad–. ¿De qué? –Isabelle no pudo disimular su
tono de incredulidad–. Confía en mi, cariño. Te aseguro que
saldremos adelante si convenzo a mi padre para que el taller se
especialice en esos pequeños relojes. Dentro de muy poco tiempo,
toda Europa se acercará a nuestro local de Ginebra a comprarlos y
–la besó en la frente– podrás seguir con tu vida, como siempre. Ya
verás –le dijo lleno de confianza mientras caminaba hacia la puerta–
saldremos adelante y, si todo resulta como tengo planeado, el
próximo mes de mayo iremos a la feria de Francfort con los primeros
modelos. ¿Te vas ya? –Preguntó su mujer entre accesos de tos–. Sí,
¿necesitabas algo? Iba a hablar con la niña de su joven prometido.
–Isabelle volvió a perder el color–. ¿Qué prometido? ¡Cómo! –Se
sorprendió–. ¿No sabes nada? No. Pensaba que entre madre e hija no
guardaríais ese tipo de secretos, por eso no me extrañó enterarme
por terceros. Te lo aseguro, Martín. –Y era sincera–. No sé de qué
me estás hablando. ¿A qué viene eso de que María tiene un
pretendiente? Seguro que lo sabes desde hace tiempo. –Ella volvió a
negarlo con la cabeza–. Pero sé que lo haces con buena intención,
para no dañar mi orgullo masculino. ¡Cómo sois las mujeres! ¡Martín!
Está bien: desde hace varios meses, cuando el criado de Herr Hoffman
acudía a su trabajo veía a un joven rondando nuestra casa. –La
expresión de Isabelle se convirtió en auténtico pavor–. No te
preocupes, cariño, no ocurre nada malo. Por lo visto, se trata de un
comerciante de Lombardía llamado Bruno Sparza –“ya sabes más que
yo”, pensó su mujer– que, al parecer, visita en secreto a nuestra
hija desde hace más de cuatro meses. –Martín se asustó al ver el
rostro de su mujer completamente pálido–. Cada vez estás peor.
¿Quieres que llame al doctor Gerard? Sí, será lo mejor. Ve a
buscarlo. Creo que mientras tanto volveré a acostarme. No tardaré.
Cuando su esposo salió del dormitorio alejándose por el pasillo
hacia las escaleras, Isabelle se aferró a la colcha con las dos
manos, apretando con todas sus fuerzas hasta que sintió dolor en los
nudillos. ¡Sal ahora mismo de ahí abajo! –Le gritó a Bruno tan
bajito que casi no pudo ni oírlo–. Maldito lombardo. ¿Qué hay de
cierto en lo que has escuchado? –Bruno fue saliendo de su escondite
mientras se ajustaba el jubón y se ceñía las calzas–. Todo tiene una
explicación, madame. ¿Madame? ¿Hace un momento me besabas el cuello
y ahora ya soy madame? ¿Qué será lo próximo que me llames: mamá?
Aspeta, amore. Aguarda... Déjame que te explique: Un día me
descubrió al salir de tu alcoba y... ¡Porca miseria! ¡Qué iba a
decirle! Nada, claro, te limitaste a sonreír y –Bruno arqueó las
cejas y sonrió–. ¡Maldito sea tu encanto! Termina de vestirte y
acaba con esta burda pantomima. No quiero volver a verte más por
esta casa y mucho menos que te acerques a mi hija. –El joven acabó
de ajustarse la ropa y, sin decir nada más, se acercó a la puerta
para marcharse–. Lo lamento, Isabelle. –cuando se encontró de frente
con Martín y su hija que entraban en el dormitorio–. Por unos
instantes, un breve e incómodo momento, se miraron sin decir
palabra. ¡Bruno, amore! –Reaccionó la joven María abrazándolo con
ternura–. Papá, este es mi prometido: Bruno Sparza, de Bérgamo.
–“Eso tampoco lo sabía”, pensó Isabelle–. Es un placer conoceros,
Moinseur Cartier. – Lo saludó inclinando su cabeza con cortesía–. Su
esposa y su hija me han hablado maravillas de usted y de su
magnífico trabajo en el taller de orfebrería. Le aseguro que en mi
tierra sus delicadas piezas son muy apreciadas por la nobleza de
Milán. ¡Ah, sí! –Se sorprendió Martín, respondiendo al saludo con
otra leve inclinación–. En fin, yo también me alegro de conoceros,
joven; aunque me sorprenda encontraros en mi propia alcoba. Fui yo,
papá –intervino María– Mamá y yo queríamos darte una sorpresa. Y lo
habéis logrado, creedme. Y tú, Isabelle –señaló a su mujer que,
desde la cama, seguía la escena con incredulidad–. Lo sabías todo y
aún así has conseguido mantener en secreto la relación de nuestra
hija con este joven. Nunca dejarás de sorprenderme. Si tú
supieras... –llegó a decir ella desde la cama–. Ahora, Bruno, hija
mía –los abrazó en el marco de la puerta– acompañadme al salón
mientras mi esposa termina de vestirse. Antes de que venga el doctor
Gerard, debemos concretar muchos aspectos de vuestra relación y
celebrar la nueva actividad del taller. ¿A qué actividad te
refieres, papá? Ahora te lo cuento, cariño –y la besó–. Por cierto,
¿qué día es hoy? Diez de octubre, ¿por qué lo dices? ¡Diez de
octubre! –Exclamó Martín– El décimo día del décimo mes. –Todos lo
miraron sin comprender su razonamiento–. Estaba pensando que este
día puede ser uno de los más felices de nuestra vida. ¿Y qué has
pensado, papá? Para recordar esta fecha –respondió– cuando
presentemos los nuevos relojes de bolsillo en la feria de Francfort,
colocaré las manecillas a las diez y diez; de esa forma, siempre
recordaremos este día. Y así fue. En la primavera de 1554 Martín
Cartier presentó los primeros modelos de sus relojes de bolsillo en
la Feria de Francfort y, en muy poco tiempo, los pedidos le llegaron
desde todos los rincones de la vieja Europa, salvando la producción
de su taller e iniciando una actividad que daría fama mundial a su
ciudad; María y Bruno se casaron en la catedral de Ginebra y, más
tarde, se trasladaron a vivir a Milán, donde abrieron una pequeña
relojería; Isabelle no tardó en olvidar a su joven yerno gracias a
un militar prusiano, Hans, de paso por la ciudad y, finalmente, San
Pedro se convirtió en el patrono de los relojeros. Desde entonces,
la costumbre de presentar los relojes al público señalando aquella
hora ha perdurado hasta nuestros días y, por eso, cuando todas las
marcas de relojes anuncian cualquiera de sus nuevos modelos, las
manecillas de la esfera siempre señalan las diez y diez.
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