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Estaba
en la cama cuando escuché el grito de Karina.
—
¡ve por un rollo de papel sanitario!
—
Me puse los pantalones, tomé veintidós pesos del monedero de Karina
y bajé a la tienda. Compré una cerveza, crucé la calle y entré en
otra tienda que se encontraba frente a una iglesia. Era una tienda
pequeña que también era un baño público. Una pared de concreto
dividía Hombres/Mujeres, había una mesa de madera con un montón de
rollos de papel apilados, un refrigerador muy pequeño y una anciana
que vestía con una horrorosa bata, unos guantes negros y una gorra
de béisbol.
—
Me da un rollo de papel
— le dije
a la anciana —
Qué, no le escucho —
contestó. —
¡Que me dé un rollo de papel sanitario!
—
le grité. La anciana se acercó al refrigerador y sacó un refresco,
lo puso sobre la mesa de madera y me dijo
—
son seis pesos. Puse
los seis pesos sobre la mesa y tomé un rollo de papel. La anciana no
dijo nada, tomó los seis pesos y salí con mi rollo de papel
sanitario. Llegué al departamento, puse el rollo de papel sobre la
mesa del comedor y me fui a la cama de nuevo.
No
sé si yo iba tantas veces al baño o si Karina utilizaba el papel
sanitario para algo en especial, pero cada dos días era el mismo
grito
—
¡ve por un rollo de papel sanitario!
—
Yo me ponía los pantalones, compraba una cerveza, el papel sanitario
y a dormir de nuevo. Hasta que uno de esos días que baje a comprar
el rollo de papel sanitario ya no estaba esa curiosa anciana.
—
Me das un rollo de papel
—
le dije a la mujer que estaba detrás de la mesa de madera, quien
tendría unos dieciséis años como máximo. Ella no dijo nada, solo
tomó un rollo y me lo dio. Yo le di seis pesos y tomé el papel.
Compré una cerveza y me senté en la acera de enfrente (justo donde
estaba la entrada de la iglesia) a beber. Ahora ya no sería tan
desagradable bajar a comprar papel, ya no estaba la anciana, sino
una mujer de dieciséis años, con el cabello largo y teñido de rojo
que a pesar de no mostrar ninguna simpatía por mí, me miraba
mientras yo bebía mi cerveza. Terminé la cerveza y subí al
departamento. —
¿Por
qué tardaste tanto? —
me preguntó Karina. —
Me bebí la cerveza en la calle, justo frente a la iglesia
—
le contesté. Fui al baño, coloqué el papel en un tubo de metal, me
quité los pantalones y me fui a la cama de nuevo. No supe a qué hora
Karina salió para irse a su trabajo. Pero en cuanto desperté de
nuevo, me puse los pantalones y me dirigí a comprar otro rollo de
papel sanitario, no lo necesitaba, pero deseaba ver a aquella
adolescente.
Mala suerte, no estaba. Me quedé un rato esperando, no tenía para
comprar cerveza, así que solo me senté en al banqueta y esperé. Pasó
un largo rato y nada de acción, el que atendía ahora los baños
públicos era un niño de unos nueve años. Durante todo el tiempo que
estuve esperando a que llegara la adolescente del cabello teñido de
rojo, el niño no quitaba la vista de la TV. Así que cuando llegaba
alguien a comprar papel de baño, refrescos o simplemente querían
entrar a orinar, el niño recibía el dinero sin ni siquiera fijarse
en la cantidad. Dieron las seis de la tarde y me aburrí de ver al
niño, a los autos, a las putas y de esperar a que aquella mujer
apareciera. Además, en un par de horas más llegaría Karina.
Karina llegó al filo de las nueve de la noche. Como siempre, desde
hacía un año que vivíamos juntos, le tenía lista la cena. Ella
proveía todo el sustento del hogar; y yo, con mi idea de ser
escritor me encargaba de los quehaceres del hogar y de hacer poemas
que en ninguna revista querían publicar. Karina decidió no comprar
nada de alcohol, pero yo me las ingeniaba;
aparte de que seguía recibiendo una mesada de mi padre. Así que en
la alacena siempre había al menos una botella de vino tinto. Sin
embargo, prefería guardar ese pequeño
“respaldo”
por si era necesario, por tal razón casi no bebía del vino. Prefería
la cerveza. Cenamos, lavé los trastes y nos fuimos a la cama. Ella
estaba muy cansada como para tener sexo, así que esa noche no hubo
más que ronquidos y algún sueño agradable.
A la mañana siguiente,
a las dos de la tarde, bajé a los baños públicos, y ahí estaba con
su cabello teñido y una chamarra roja aquella mujer. Me sentí mejor
al verla de nuevo. Compré una cerveza, me la bebí rápidamente y
decidí acercarme a ella.
— ¿Qué
haces? —
le pregunté. —
¿yo? —
Sí,
¿qué haces además de vender papel sanitario y atender los baños
públicos?
—
Nada. —
No mostró mucho interés por mí, se mantenía ocupada pintándose las
uñas y ocasionalmente miraba hacía el televisor.
—
¿Quieres una cerveza? —
le pregunté. No contestó nada y siguió derramando la pintura en
sus uñas. —
Me voy por una —
le dije, casi gritando, tratando de llamar su atención. No sucedió
nada. Tenía veinte pesos, compré
una cerveza, subí al departamento y me metí bajo las sabanas.
Pasaron los días y algo que comí me hizo daño, amanecí con diarrea y
una fiebre tremenda. Karina estaba preocupada, mandó llamar al
doctor, que no sé qué me administró, inyectó o lo que sea, pero me
quedé dormido un buen rato. Desperté como a las cinco de la tarde
bañado en sudor, en el taburete había una nota de Karina que decía:
“Tengo que ir a trabajar, llegaré lo más pronto posible, llámame si
necesitas algo y no intentes pararte de la cama. Te quiere, Karina.”
Traté de colocar la nota de nuevo en el taburete pero cayó al suelo,
no hice por recogerla, me quité la playera y fui al baño. Abrí la
regadera y dejé que el agua fría calmara la fiebre. Después de unos
cinco minutos me sentí mejor, me puse otra playera y un pantalón y
salí del departamento. En la calle había un gran tumulto, patrullas,
una ambulancia y gente haciendo un círculo alrededor de los baños
públicos. Me acerqué y lo primero que alcancé a observar fue una
mancha de sangre; me abrí paso y cerca de la puerta de un auto había
un cadáver cubierto con una sábana blanca. Me acerqué un poco más y
me di cuenta que de la parte superior de la sábana, salían unos
mechones color rojo. Caminé a los baños públicos y solo estaba el
niño viendo la TV.
Fui
por una cerveza a la otra tienda, y cuando regresé subían el cadáver
a una ambulancia. Cuando pasé por los baños públicos, ya de regreso
al departamento, miré de nuevo y estaba aún el niño tomando un
refresco y sin apartar su atención del televisor.
Llegó Karina con una bolsa llena de medicinas, me inyectó, me hizo
tomar unas pastillas y mientras cocinaba algo me dijo
—
atropellaron a la muchacha que estaba de encargada en los baños
públicos. —
¿Si?
—
pregunté intrigado. —
Si, eso pasó hace una hora aproximadamente.
—
Y tú ¿cómo lo sabes? —
Pasé por un rollo de papel y una anciana lloraba muy desconsolada.
Le pregunté qué
es lo que le pasaba, y me contó lo de su nieta. Viste a esa
muchacha, creo que era agradable.
—
No sé de quién me hablas
—
le dije a Karina. —
Nunca te fijas en las cosas que pasan
—
comentó ella. —
Olvidemos eso, mejor acompañemos esta cena que hiciste con una
botella de vino. Quizás eso me haga dormir mejor y me baje la
fiebre. —
Descorché la botella y en efecto después del vino dormí mejor.
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