Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

CABELLO TEÑIDO DE ROJO

por

Juan Ismael Ramírez Labastida

 

     Estaba en la cama cuando escuché el grito de Karina. ¡ve por un rollo de papel sanitario! Me puse los pantalones, tomé veintidós pesos del monedero de Karina y bajé a la tienda. Compré una cerveza, crucé la calle y entré en otra tienda que se encontraba frente a una iglesia. Era una tienda pequeña que también era un baño público. Una pared de concreto dividía Hombres/Mujeres, había una mesa de madera con un montón de rollos de papel apilados, un refrigerador muy pequeño y una anciana que vestía con una horrorosa bata, unos guantes negros y una gorra de béisbol. Me da un rollo de papel le dije a la anciana  Qué, no le escucho  contestó. ¡Que me dé un rollo de papel sanitario!  le grité. La anciana se acercó al refrigerador y sacó un refresco, lo puso sobre la mesa de madera y me dijo son seis pesos.  Puse los seis pesos sobre la mesa y tomé un rollo de papel. La anciana no dijo nada, tomó los seis pesos y salí con mi rollo de papel sanitario. Llegué al departamento, puse el rollo de papel sobre la mesa del comedor y me fui a la cama de nuevo.  

     No sé si yo iba tantas veces al baño o si Karina utilizaba el papel sanitario para algo en especial, pero cada dos días era el mismo grito ¡ve por un rollo de papel sanitario! Yo me ponía los pantalones, compraba una cerveza, el papel sanitario y a dormir de nuevo. Hasta que uno de esos días que baje a comprar el rollo de papel sanitario ya no estaba esa curiosa anciana.  Me das un rollo de papel le dije a la mujer que estaba detrás de la mesa de madera, quien tendría unos dieciséis años como máximo. Ella no dijo nada, solo tomó un rollo y  me lo dio. Yo le di seis pesos y tomé el papel. Compré una cerveza y me senté en la acera de enfrente (justo donde estaba la entrada de la iglesia) a beber. Ahora ya no sería tan desagradable bajar a comprar papel, ya no estaba la anciana, sino una mujer de dieciséis años, con el cabello largo y teñido de rojo que a pesar de no mostrar ninguna simpatía por mí, me miraba mientras yo bebía mi cerveza. Terminé la cerveza y subí al departamento. ¿Por qué tardaste tanto? me preguntó Karina. Me bebí la cerveza en la calle, justo frente a la iglesia le contesté. Fui al baño, coloqué el papel en un tubo de metal, me quité los pantalones y me fui a la cama de nuevo. No supe a qué hora Karina salió para irse a su trabajo. Pero en cuanto desperté de nuevo, me puse los pantalones y me dirigí a comprar otro rollo de papel sanitario, no lo necesitaba, pero deseaba ver a aquella adolescente.

     Mala suerte, no estaba. Me quedé un rato esperando, no tenía para comprar cerveza, así que solo me senté en al banqueta y esperé. Pasó un largo rato y nada de acción, el que atendía ahora los baños públicos era un niño de unos nueve años. Durante todo el tiempo que estuve esperando a que llegara la adolescente del cabello teñido de rojo, el niño no quitaba la vista de la TV. Así que cuando llegaba alguien a comprar papel de baño, refrescos o simplemente querían entrar a orinar, el niño recibía el dinero sin ni siquiera fijarse en la cantidad.  Dieron las seis de la tarde y me aburrí de ver al niño, a los autos, a las putas y de esperar a que aquella mujer apareciera. Además,  en un par de horas más llegaría Karina.

     Karina llegó al filo de las nueve de la noche. Como siempre, desde hacía un año que vivíamos juntos, le tenía lista la cena. Ella proveía todo el sustento del hogar; y yo, con mi idea de ser escritor me encargaba de los quehaceres del hogar y de hacer poemas que en ninguna revista querían publicar. Karina decidió no comprar nada de alcohol, pero yo me las ingeniaba; aparte de que seguía recibiendo una mesada de mi padre. Así que en la alacena siempre había al menos una botella de vino tinto. Sin embargo, prefería guardar ese pequeño respaldo” por si era necesario, por tal razón casi no bebía del vino. Prefería la cerveza.  Cenamos, lavé los trastes y nos fuimos a la cama. Ella estaba muy cansada como para tener sexo, así que esa noche no hubo más que ronquidos y algún sueño agradable.

     A la mañana siguiente, a las dos de la tarde, bajé a los baños públicos, y ahí estaba con su cabello teñido y una chamarra roja aquella mujer.  Me sentí mejor al verla de nuevo. Compré una cerveza, me la bebí rápidamente y decidí acercarme a ella. — ¿Qué haces? le pregunté. ¿yo? Sí, ¿qué haces además de vender papel sanitario y atender los baños públicos? Nada. No mostró mucho interés por mí, se mantenía ocupada pintándose las uñas y ocasionalmente miraba hacía el televisor.  ¿Quieres una cerveza?  le pregunté.  No contestó nada y siguió derramando la pintura en sus uñas. Me voy por una le dije, casi gritando, tratando de llamar su atención. No sucedió nada. Tenía veinte pesos, compré una cerveza, subí al departamento y me metí bajo las sabanas.

     Pasaron los días y algo que comí me hizo daño, amanecí con diarrea y una fiebre tremenda. Karina estaba preocupada, mandó llamar al doctor, que no sé qué me administró, inyectó o lo que sea, pero me quedé dormido un buen rato. Desperté como a las cinco de la tarde bañado en sudor, en el taburete había una nota de Karina que decía: “Tengo que ir a trabajar, llegaré lo más pronto posible, llámame si necesitas algo y no intentes pararte de la cama. Te quiere, Karina.” Traté de colocar la nota de nuevo en el taburete pero cayó al suelo, no hice por recogerla, me quité la playera y fui al baño. Abrí la regadera y dejé que el agua fría calmara la fiebre. Después de unos cinco minutos me sentí mejor, me puse otra playera y un pantalón y salí del departamento. En la calle había un gran tumulto, patrullas, una ambulancia y gente haciendo un círculo alrededor de los baños públicos. Me acerqué y lo primero que alcancé a observar fue una mancha de sangre; me abrí paso y cerca de la puerta de un auto había un cadáver cubierto con una sábana blanca. Me acerqué un poco más y me di cuenta que de la parte superior de la sábana, salían unos mechones color rojo. Caminé a los baños públicos y solo estaba el niño viendo la TV.

     Fui por una cerveza a la otra tienda, y cuando regresé subían el cadáver a una ambulancia. Cuando pasé por los baños públicos, ya de regreso al departamento, miré de nuevo y estaba aún el niño tomando un refresco y sin apartar su atención del televisor.

     Llegó Karina con una bolsa llena de medicinas, me inyectó, me hizo tomar unas pastillas y mientras cocinaba algo me dijo atropellaron a la muchacha que estaba de encargada en los baños públicos. ¿Si? pregunté intrigado. Si, eso pasó hace una hora aproximadamente.  Y tú ¿cómo lo sabes? Pasé por un rollo de papel y una anciana lloraba muy desconsolada. Le pregunté qué es lo que le pasaba, y me contó lo de su nieta. Viste a esa muchacha, creo que era agradable. No sé de quién me hablas  le dije a Karina. Nunca te fijas en las cosas que pasan comentó ella. Olvidemos eso, mejor acompañemos esta cena que hiciste con una botella de vino. Quizás eso me haga dormir mejor y me baje la fiebre. Descorché la  botella y en efecto después del vino dormí mejor.

 

Juan Ismael Ramírez Labastida nació en la Ciudad de México, D.F. (1976). Escritor y editor. Licenciado en psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha participado en numerosas actividades culturales y lecturas de sus poemas patrocinadas por la UNAM, la Sociedad Artística La Sangre de Las Musas, el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, el Instituto Mexicano de la Juventud, el Centro Cultural Coyoacanense, el Grupo Cultural “Goliardos”, la Universidad del Claustro de Sor Juana, la Universidad Autónoma Metropolitana/Plantel Xochimilco, el Centro Cultural “José Martí”, el Centro Causa Joven, el Centro Cultural “Ricardo Flores Magón” y la Galería del periódico Síntesis de Puebla, entre otros.  Es editor del Fanzine Los Avengers de la Facultad de Psicología de la UNAM desde Junio del 2000. Ha publicado sus poemas en el Suplemento CARTAPACIOS del periódico Ecos de la Costa, Colima y en las revistas electrónicas: Fuga y Art & Comic.