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Sostiene
con acierto Eric Auerbach en su famosa obra Mimesis: La
realidad en la literatura, que en términos generales,
en la representación literaria dentro de la cultura
europea, se establecieron dos estilos fundamentales: “Por
un lado, descripción perfiladora, puntualizante,
iluminación uniforme, trabajos sin lagunas, primeros
planos, concentración en cuanto a desarrollo histórico; y,
por otra parte, el realce de ciertos ángulos de la
realidad, el oscurecimiento de otros, una aparente
desconexión, un efecto sugestivo de lo callado, una
proyección hacia la universalidad, un ahondamiento en los
problemas de la realidad como criterio estético”.(1)
Otros críticos estiman que sobre este asunto, “más
que enfocarlo como una escuela de la realidad, corresponde
extraer de él un método estilístico donde la dinámica no
finca en un imposible traslado fiel de la realidad, sino
en el apoyo en lo real, que se transustancia
inevitablemente en signo y símbolo, en representación o
interpretación de la realidad”.(2)
Y Maricel Mayor, nos presenta en este libro seis obras
dramáticas breves en un solo acto, con un intenso
contenido universal, simbólico, y personajes alegóricos
tipificados, utilizando el humor y la ironía, llegando a
veces al sarcasmo, pero sin excesos. Dicha ironía puede
lograrse por diversas técnicas: 1) El autor puede dejar
ver con claridad que el significado que él pretende
comunicar es completamente opuesto a lo que en forma
literal manifiestan los actores. 2) Puede crear una
discrepancia entre una expectativa o lo que se espera que
sea y lo que en realidad resulta ser. 3) O le es posible
enfatizar la diferencia entre la apariencia de una
situación y la realidad subyacente. Cualquiera que sea su
técnica, el dramaturgo tiene que asegurarse de que el
público perciba los correspondientes significados ocultos.
La ironía dramática depende de la estructura de la obra, y
también se utiliza para describir situaciones que se
presentan cuando uno de los actores de la misma, dice
frases que tienen un doble sentido entendido por el
público, pero no por los personajes. La llamada ironía
romántica, ocurre cuando se logra un tono emotivo serio, y
luego, deliberadamente, se hace burla de esa emocionada
seriedad (ejemplo claro de esto, es el don Juan de Byron).
Sabemos que el sarcasmo, por su parte, es una ironía
amarga, además de ser en ocasiones, despectiva e hiriente.
En sus argumentos, Maricel hace uso de la sátira,
ridiculizando felizmente, ideas, situaciones sociales
establecidas, personas o tipos de personas, creencias
arraigadas y hasta universales, exaltando al mismo tiempo
los valores trascendentes positivos y edificantes de
nuestro entorno, como veremos a continuación.
En obsequio a la brevedad, nos referiremos concisamente a
una de las piezas dramáticas titulada El plan de las
aguas, que es según la prologuista del libro, “llamado
de atención perentorio, porque los personajes dejan en
entredicho, incluso, la eficacia de organismos
internacionales y grupos ecologistas en la misión casi
perdida de Salvar el Planeta”.(3)
Sobre dichos personajes, diremos que en esta obra son
figuras universales, el aire, el mar, la tierra y el sol,
que rememoran los cuatro elementos primitivos
constitutivos de todas las cosas, debatidos en sus teorías
por el grupo de los filósofos de Mileto, los milesianos de
la antigua Grecia: Tales, Anaximandro y Anaxímenes, y
objetos de investigación por las disciplinas del mundo
griego y helenístico-romano. Pues resulta, que en este
nuestro siglo XXI, a más de dos mil años de aquellas
primeras especulaciones filosóficas, ésos al parecer
inagotables recursos naturales, se hallan en precario, en
peligro de extinción y desastre, por causas conocidas.
Maricel, haciendo uso de los medios teatrales que conoce
bien, conmueve “el alma dormida” y la “razón perdida” de
los espectadores, haciéndoles sentir y sobre todo, pensar
en estos motivos y recursos vitales de nuestros días, y
logrando en la audiencia la transferencia anímica, el
contrapunteo autor-espectador, los efectos de temor y
compasión, ya descritos por Aristóteles en su Poética,
que producían en el público la purgación o catarsis
emotiva y espiritual, objetivo primordial de la obra
dramática.
¿Cómo lo consigue en este caso Maricel? Pues, echando
mano a una figura de larga prosapia griega, la
personificación o prosopopeya, que consiste en
proporcionarles a los seres inanimados o abstractos,
reales o irreales, cualidades, actitudes o acciones
propias de los seres humanos. En ciertos dramas de tesis o
con una enseñanza moral, los personajes reciben diversos
nombres genéricos: el amor, la envidia, la lujuria, la
bondad, el pecado, la traición etc., manifestando así que
son ideas personalizadas, no personas individuales que
intervienen en la representación. Hay en la literatura
inglesa la denominación de “pathetic fallacy”, el traslado
de facultades humanas (sentimientos, pasiones, reacciones)
a los objetos de nuestro mundo. Por lo general, esta
“falacia patética” se queda corta en sus efectos de total
personificación, y la crítica moderna usa otros nombres:
animización, animación, etc., que pueden pertenecer a los
animales y seres animados que no sean humanos. En este
caso, los personajes de Maricel son el Aire, el Mar, la
Tierra, y el Sol. Sometidos por la autora a un irónico
diálogo, en el que se reflejan: 1) los desmanes cometidos
por la humanidad en la destrucción del medio ambiente. 2)
las válidas soluciones, a veces indirectas, de todos estos
problemas, evitando el ya mencionado abuso. 3) la actitud
de desencanto, dolida y desilusionada de estos elementos,
que no creen que los habitantes del planeta vayan a
eliminar, ni siquiera a remediar, esta catastrófica
situación.
Pero, es preciso hablar de dichos personajes. Hemos ya
dicho que la autora los universaliza en forma genérica y
típica. En la teoría del personaje, éstos pueden ser
arquetipos, tipos o personas. Los arquetipos pertenecen
generalmente a la épica. Son héroes invulnerables, a veces
fabulosos o míticos, pertenecientes a la leyenda. Son
modelos o prototipos, en ocasiones con dones
sobrenaturales, que reúnen todas las virtudes y bondades,
aunque pueden tener ciertas imperfecciones, casi siempre,
pasionales, (el llamado defecto trágico). Su nombre propio
es bien conocido y los distingue con excelencia de los
demás: Roldán, en el ciclo de los romances y leyendas
Carolingias; el Rey Arturo y los caballeros de la Tabla
Redonda en el ciclo Bretón; Aquiles, en la antigua epopeya
homérica, el Cid Campeador en la más realista y sobria
épica castellana, y en los tiempos modernos, de tiras
cómicas y filmes a todo color, el Príncipe Valiente, con
su maravillosa espada cantarina; y el invencible Supermán.
(Puede haber en algunos de los últimos un desdoblamiento
de la personalidad, o el hecho de ser conocidos mediante
el uso del epíteto épico, el Cid, por don Rodrigo Díaz de
Vivar, caballero sin miedo y sin tacha).
Continuamos la clasificación con el tipo: carácter
generalizado, sin nombre propio que lo personalice, y que
siempre actúa de la misma manera (de una sola pieza). En
el Teatro Lopesco del Siglo de Oro, abundaban estos
caracteres: el galán, la dama, la dueña, el villano, el
gracioso, el barbas. Muchos de los más famosos, sí tenían
nombres propios que después se universalizaron y
singularizaron: el pícaro Lázaro de Tormes (lazarillo de
ciego) y el burlador don Juan (eterno mujeriego). En el
neoclasicismo y luego, en el romanticismo: el misántropo,
el jugador, el avaro de Moliére y más tarde de Balzac,
personajes de Dickens y otros. O figuras que
representaban, según la opinión de aquellos tiempos, y en
otros repertorios anteriores, como el shakesperiano,
estados anímicos: Hamlet, la duda; Gertrudis, la pasión;
Ofelia, la locura; Otelo, los celos. El tercer escaño lo
ocupa la persona: personaje de nombre propio conocido, a
veces histórico, que actúa bien y mal, tiene aciertos y
errores, como todos los seres humanos, es decir, no se
comporta siempre de la misma manera. (El duro dictador,
-hay muchos en la historia universal- que es un buen padre
de familia o tierno abuelo). Dentro de esta catalogación,
Maricel les ha dado a sus personajes la condición teatral
de tipos (típicas por sus nombres generalizados, pero que
en estos casos tienen cualidades y reacciones muy
humanas). A nuestro juicio lo hace la autora, y nos
referimos aquí al drama escogido como muestra, entre otros
motivos: 1) porque en el ejemplo que nos ocupa, son
fuerzas impersonales que usualmente no cambian, a no ser
drásticamente, por los embates destructivos del hombre. 2)
aunque se sabe que los caracteres “personas” son los más
logrados, creíbles o naturales, la autora, utiliza varios
medios para humanizarlos: La consabida forma de la
personificación literaria, ya analizada; los sabrosos y
esenciales diálogos; lo que se dice de ellos, o afirman
ellos mismos; su individual estado físico y moral; la
condición en que se encuentran, que los personifica por
completo como seres humanos vivientes y padecientes: el
mar con alergia perpetua y urticaria por la contaminación
oceánica; la tierra, dolorida por la dañina actuación
humana, y despojada de árboles y animales; el aire,
enfermo con enfisema o bronquitis crónica por el
enrarecimiento de la atmósfera; y el sol, único personaje
algo siniestro, apartado y superior a todos, insensible,
amenazador y prepotente. Estas características no pueden
ser más humanas. 3) Y mucho más lo son, los problemas que
sufren literalmente los tres que se sienten perjudicados,
fenómenos de la vida diaria, muy importantes en la trama,
pero comunes y corrientes, que nos afectan a todos los
seres de la sociedad. En cuanto a los hombres, que son
malagradecidos, ingratos y depredadores, dicen los
personajes que “ni siquiera se acuerdan de hacernos un
seguro médico o de vida”.(4)
4) Con este toque muy efectivo de humor, al utilizar
una situación tan delicada y aguda, unas necesidades
humanas hondamente sentidas por todos nosotros en nuestra
ciudad, en nuestra estado (y podría decirse que en toda la
nación y en el turbulento mundo actual), llama la atención
la autora sobre sus figuras, personificadas y por lo
tanto, afligidas por muchas lacras de su propia humanidad.
(En otras piezas dramáticas del libro, el humor se logra
con las largas, pomposas y hasta ridículas denominaciones
de los cargos públicos o privados que ostentan los
personajes burocráticos, en “Análisis de madurez”, y por
el título y las acotaciones o instrucciones de las mismas,
así como, por la crítica de las costumbres y de las
grandes brechas generacionales, en contraste con los
valores tradicionales. 5) Todo lo anterior incide en una
censura económica y social que refleja las características
de los dramas y pone a pensar a los espectadores: “En la
obra literaria propiamente tal, el continente y el
contenido guardan tan ajustada correspondencia que la
forma no es sino resultado del fondo, o sea resultado de
la personalidad del artista. Sería posible relacionar con
esta corriente ideológica la idea de Herder, afirmativa de
que la literatura de un pueblo es expresión de su
personalidad”.(5)
6) Mediante esos recursos, Maricel logra, a pesar de la
sólo aparente deshumanización, el interés y la atención
exigidos por sus dramas, superando así la crisis de
verosimilitud y evitando el contratiempo moderno, palpable
en obras de otros dramaturgos: “De acuerdo con la
tendencia a que pertenece, lo que el autor ofrece es, o el
soliloquio alambicado de un personaje frecuentemente
fracasado que habla como los dementes, los débiles de
espíritu o los obsesos, o la imagen glacial de un mundo
constituido únicamente por superficies, poblado de seres
que no hablan, o que hablan para no decir nada”.(6)
Como bien opinaba entre otros, Leo Spitzer, en torno a lo
arriba señalado: “Todo cambio en el hábito de nuestra vida
mental, arrastra una desviación lingüística del uso
ordinario”.(7)
Podemos por lo tanto sostener al respecto, lo expresado
por el maestro Ortega y Gasset: “El estilo que crea cada
época, y dentro de ella cada artista… es un fruto único,
predeterminado e inevitable, que depende del ser mismo de
la época y del individuo en ella inscrito”.(8)
(Dada la extensión que alcanzan esos conceptos, no nos
sorprende que salpiquen hasta ciertas páginas de algún
historiador como Toynbee, que se hace eco incidentalmente
de ellos, en el instante en que ve la vena atormentada de
la literatura rusa del siglo XIX, como desahogo y
expresión de la angustia sufrida por ese pueblo, al tener
necesariamente que vivir, a partir de Pedro el Grande, en
dos orbes espirituales distintos: el occidental y el suyo
auténtico).(9)
Pero, existen también otras razones y recursos teatrales.
Anticipo aquí un próximo estudio sobre la obra de Maricel
y los Autos Sacramentales de Calderón, en los cuales los
hechos dramatizados o el mensaje racionalizado constituían
lo principal, no así los personajes, y que dejo para mejor
ocasión.(10)
Demos ahora final a estas líneas, felicitando
con calor y sinceridad a Maricel Mayor Marsán, por su ya
extensa, a la par que intensa obra creadora de mérito
indiscutible, abarcadora de más de tres géneros, tan
diversos como el teatro, la poesía y el cuento, que
coronan con vigor y brillo, su incansable labor y su
siempre inspirada vocación literaria.(11)
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