Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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TEXTO Y CONTEXTO

 DEL SONSONERO MULATO

 DE ROLANDO CAMPINS

 por

 Armando González Pérez


________________________________________________

 

Sonsonero Mulato

de

Rolando Campins

________________________________________________

Breyten Breytenback, al hablar del exiliado observa que:

To be away from your natural environment is to be deprived of

ever again functioning completely and fitting in instinctively.  No other surroundings can replace the shared and unquestioned and thereby indigenous feelings of belonging made up of smells, sounds, gestures, and natural mimicry. (74)

 

Muchas de las actitudes y reacciones que el mencionado crítico alude en la cita sobre el ánimo del desterrado en su intento de acercamiento a lo querido, a lo conocido, pueden encontrase en el poemario Sonsonero mulato de Rolando Campins publicado en 1969.  El poeta de Palma Soriano acude en este libro a las fuentes milenarias de lo afrocubano, elemento esencial de la cultura cubana, para expresar sus vivencias personales de “lo cubano”.  Esta mirada al pasado dentro del presente con proyección hacia el futuro ha jugado un papel importantísimo en el redescubrimiento y preservación de lo afrocubano en la creación artística de muchos escritores cubanos de ambas orillas.  La crítica Isabel Castellanos al hablar de la vigencia de lo afrocubano en el exilio ha señalado que: “...esa cultura, lejos de agotarse, reflorece se expande y emprende otra sorprendente empresa transculturativa en el seno de la sociedad norteamericana.  Es evidente: el espíritu afrocubano es invencible... Nunca muere. Se modifica a sí mismo dejando siempre incólume su esencia”. (33)

Rolando Campins revela en su Sonsonero mulato un conocimiento profundo y legítimo del pueblo cubano.  Su lenguaje se caracteriza por la sencillez, la frescura, el intimismo y la profundidad de expresión dentro de una métrica tradicional que recrea el habla, las costumbres, la música y las creencias de mulatos y negros cubanos.  Hay en el Sonsonero mulato de Campins  una denuncia de los sufrimientos del negro, pero sin caer en la demagogia de una poesía partidista.  Campins dedica su Sonsonero mulato “A mi tierra oriental”, título que repite en el poema prólogo.  Los versos de dedicatoria revelan la profunda e intima identificación del poeta con su pueblo.  Campins afirma que es blanco de piel pero mulato de espíritu como su isla: “De Oriente soy y soy palmero. / Toda la sangre india que no tuve/ me hace indio. / Toda la sangre negra que no tengo/ me hace negro.”1  Los versos de la segunda estrofa del poema en cuestión destacan el ánimo rebelde y el ritmo vibrante de su pueblo que él señala como una contribución de los negros: “Mi tierra tiene/ cara rebelde, crencha dura, / ritmo vibrante y pegajoso/ producto de la sangre de los negros, / y es caliente mi tierra”.  El poema concluye con una reafirmación del alma fuerte y sensible de su tierra que se nos comunica mediante la imagen bimembre del árbol y el colibrí.  La nostalgia invade al poeta.  Añora profundamente su isla y pide que lo entierren allí cuando muera: “Mi tierra, / el alma recia de los recios árboles/ y el corazón sensible de un zumbete.../ cuando muera, / que me devuelvan a mi tierra”.

El Sonsonero mulato de Campins es un canto a los hombres sin nombre de su pueblo, a quienes el poeta evoca desde una perspectiva muy personal y auténtica dándoles el debido lugar que les corresponde en la historia espiritual cubana.  Las cincuenta y cuatro composiciones de su  Sonsonero mulato son estampas típicas de su querido y sufrido pueblo que denuncian las condiciones sociales de estos seres marginados. Campins le canta a Edelmira, la vecina que machaca café tostado todos los días; a los negritos que no pueden pagar la entrada a los titiriteros; al chino infeliz de quien los chicos se aprovechan y le vuelcan la canasta de verduras; a Basilia Carrión, espiritista y comadrona que fermenta pru y le baila a los orishas; a Guillermina y a Ña Teresa que se mueren de hambre, con sólo un boniato en la mesa; a la valiente viuda Ana Setién que abandona su pueblo para abrirse paso en la vida; a Pití Musí, ñáñigo muerto en el barracón; a Vidalida la Bantú, la Virgen Cimarrona; al bueno de Laudinó, asesinado por la madrugada; y a todos los de pelo rizado y piel negra en su poema “La pena negra”.  Todos estos poemas nos conmueven, especialmente los últimos tres, por la trascendencia del tema y la expresión poética.  Campins logra en todos ellos un extraordinario equilibrio entre técnica y contenido.

El poema dedicado al personaje casi mitológico de Vidalida la Bantú nos cuenta la historia de la esclava que huyó monte adentro para evitar ser violada por el amo blanco que ignoraba su destino:

 

Viene de lo monte

de Jutinicú,

Santa Vidalida

la Caringangú.

 

Perro de lo'samo

non la ven pasá,

Santa Vidalida

la Caringangá.

    

Según la leyenda, Santa Vidalida logró evadir la persecusión de los perros convirtiéndose, gracias a sus poderes sobrenaturales, en árbol, río o culebra.  Ella nació para hacer bien.  Visitaba de noche los barracones para curar a los negros de sus enfermedades y ofrecerles su aché.  Vidalida los ayudaba física y espiritualmente a sobrellevar su miserable vida llena de crueldad y explotación: “Gente de barullo/ te perseguirá, /llama a Vidalida/la Caringangá. /Mata lo enemigo, /vence el agallú/Santa Vidalida/la Caringangó. / Dame tu aché!/ Dame tu aché!/ Contigo se va lo malo/pa no volvé!” (32-33)

El poema titulado “Cuento” alude a la historia de Laudinó, un hombre pobre, bueno  y sencillo, a quien asesinaron.  Campins establece en esta elegía un paralelo entre la figura de Cristo y su protagonista Laudinó valiéndose de la simbología religiosa que sugiere a lo largo del poema.  Las dos primeras estrofas destacan la condición social del protagonista y su sueño.  La pobreza de Laudinó era tan extrema que no tenía “ni techo ni arroz”, pero tenía un sueño que el poeta llama “hermoso, bueno, justísimo, / de paz y amor”.  La tercera estrofa señala el odio de sus asesinos, quienes le consideraban una persona peligrosa porque tenía un sueño de paz y amor: “Lo quitaron del camino/-A laudinó-/ un día de madrugada, / de madrugada a las dos.” La cuarta estrofa añade cómo, cuándo y dónde mataron a Laudinó y destaca la nobleza de su alma: “Allí lo vimos al alba. / Me costa que se movió/ algo por su frente oscura.... el sueño, un rayo de sol?”  Las estrofas quinta y sexta establecen mediante la imagen religiosa un paralelo entre la muerte del pobre Laudinó y Jesucristo: “Yo me acuerdo. Yo me acuerdo/ que aquella tarde llovió/ con gotas gordas, con lágrimas/ de Dios, / y nos reunimos, diciendo: / “padrenuestro”, “Laudinó.../ y entre moscas, muchas moscas,  /le dijimos-Dios- adiós.”  El poema concluye con una nota de esperanza.   Laudinó, igual que a Jesús, le quitaron la vida pero no le pudieron destruir su sueño y mucho menos  su mensaje de paz y de amor: “Con un plomito en el medio/ del corazón, / le detuvieron la vida/ ... el sueño no!”(23-24)

La denuncia contra las injusticias sociales sufridas por el negro se recrudece en el poema “La pena negra”.  El poeta identifica claramente en la primera estrofa a quién se refiere y quién es el que sufre esta pena negra: “La pena negra, qué negra, / qué cruel y honda, qué pena/ la pena de los que tienen/ pelo rizado y piel negra!” (98)  Esta pena negra a veces se disipa, se atenúa  un poco con la música y la diversión, pero retorna y hiere con largos estiletes cuando hay que hacer frente al hambre, las enfermedades y la miseria cotidiana.

 

Renace el grito que ronca,

el llanto que se atraviesa,

la espina que reverdece

y el delirio que flagela.

                                Largos, largos estiletes

hiriendo al hombre y la hembra...

y el frío corta las patas

del sueño porque hay gangrena,

y andamos cazando tigres

al son de la pandereta.(98-99)

 

Campins destaca a lo largo del poema la pobreza, la amargura y frustración de estos seres marginados al enumerar sus privaciones y los abusos cometidos contra ellos: “Y no sé sumar los números/ de las tantísimas deudas. / y es domingo y anda a oscuras/ la Virgen, pues no hay pa velas, / y el niño cogió sarna/ el perro ericipela, / y hay que cambiar esa cama/ de lugar por las goteras/ y aquí no ha pasado nada/ de los dientes para afuera;”  La ironía del poema queda clara con la imagen de la miel y la colmena.  Tanta abundancia alrededor de estos pobres, pero fuera de su alcance:

 

entonces, ¡qué grande y honda

que honda y grande la pena

pena amarga, viva, viva!

viva y honda y siempre nueva

del que persiste y existe

sin miel junto a la colmena.

La pena negra, Dios mío,

¡qué cruel y honda, qué pena!

Oh, pena de los que tienen

pelo rizado y piel negra.

 

La firme voz de protesta de Rolando Campins se levanta airada contra la injusticia provocando ira e indignación, pero su lira no se entrega a una doctrina o dogma con fines demagógicos.     

            En otros poemas de su Sonsonero mulato, Campins elogia la belleza de la mulata, evoca las creencias, los ritos y los  bailes afrocubanos o nos arrulla con sus preciosas nanas criollas.   El són para enamorados titulado “Ponte una flor en el pelo” afirma el  amor del poeta por la doncella Cutí Mayé.  Las dos primeras estrofas muestran como el hablante apela a los sentimientos de la amada recordándole lo mucho que la ama; un amor que ella y todos reconocen: “Suavemente la mañana/ Cutí Mayé, / pasa y se posa en tu risa. / Todos saben que te amo/ Cutí Mayé, / a toda prisa. / Y hasta lo sabes tú misma/ Cutí Mayé...”

La sensualidad de esta atracción física queda plasmada con la imagen del agua y las abejas.  El poeta le pide a Cutí Mayé que como al agua lo mire, lo  toque, y lo beba. Ya que él, desde luego se convertiría en abeja si ella se pusiera una flor en la cabeza.  El alto nivel sensorial de la imagen queda sugerido con la  imagen de la polinización de ésta por aquel: “Como a la agüita del pozo/ Cuti Mayé, / tócame, bébeme, mira/ que aunque pretendas que nó/ Cutí Mayé, / vivir sin beso es mentira. / Ponte una flor en el pelo/ verás que me vuelvo abeja. / ¿No sabes que si no amas/ Cutí Mayé. / te pones vieja? / Ponte una flor en el pelo, / verás que me vuelvo abeja.”(14-15)

De igual modo, en el cuarto poema de sus “Sones de sangre mulata”, Campins nos describe la apetencia física de la mulata, motivo de su encendida pasión:

 

¡Como me gustas mulata!

Me gusta tu diente de oro,

tu pelo de malo moro,

esa narizota chata

que me intriga; me arrebata

tu boca gordota y lloro

tu pecho  -testa de toro-

firme en tu cuerpo de gata.

 

Motivo de mi encender

eres: ¡que todos lo sepan!

Letra tú de mi alfabeto,

 

aunque no sepas leer

y aunque tus nalgas no quepan

en un soneto.(7)

 

La misma línea poética se sigue en el són “Elegía para cuando te mueras”.  Campins destaca los atributos físicos de la mulata mediante el empleo de vocablos de alto nivel sensorial: “tanta cadera”, “ají picante”, “melcocha” y “latifundio”.  Por otro lado, el uso del verbo desesperar y sus derivados aluden al estado anímico del mulaterío ante la sensualidad de esta mujer:

 

Dios te perdone, mulata.

tanta cadera,

(oro de mulaterío

que desespera)

 

Dios te perdone el meneo

de ají picante,

(oro de mulaterío

desesperante)

 

Y el ombligo te perdone

por lo gastado.


 

(oro de mulaterío

desesperado)

 

La apetencia sexual de la mulata se evoca picarescamente en los últimos versos del poema: “Carta recomendación/ a San Pedro: <Compay:(Seso! / y aguántese el pantalón/que allá va eso>” (10-11)

Una imagen más profunda de la mulata la encontramos en el magnífico poema titulado “Entreacto”, donde el poeta evoca su muerte:

 

¿Dónde el tam-tam funerario

del rito congo o zulú?

Oh casta tuya aquel tronco

negro de negro betún,

generación de titanes

idos con la esclavitud...

Ángeles guardianes eran

las hojas blancas, y tú,

en el río de la muerte

(un ojo verde, otro azul,

creación estilizada,

junco, piscuala, sun-sun)

las siete virtudes negras

representadas en luz...(58)

 

 El uso de la anáfora, la pregunta retórica y la imagen de la cigarra al final de esta elegía crea un sentido de nostalgia al evocar las virtudes de la difunta:

 

Hora,

hora,

a esta hora

sabías cantar un son.

¿Era un son o era un danzón

con golpes de tumbadora?

Hora de tu canto ahora

ido, dormido, carbón;

chispa apagada en el viento


 

viviente de la canción.

La cigarra, ¿dónde canta

sin sandunga y sin sazón?

Hora,

hora,

a esta hora

se abría tu corazón.(60)

 

El tema de la muerte aparece de nuevo en la composición dedicada a la temida Icú.  El poeta la llama hija de la noche, con pata de jigüe y la boca llena de ñáñara.  Su novio es Mandinga, el mismo diablo, pero ella no tiene dueño y los perros aúllan cuando la ven.  La invocación de su nombre hace que los hombres y los dioses  tiemblen.  El terror que infunde es legendario en la cultura Yoruba.  Algunos appatakis cuentan que el mismo Changó, prototipo del macho valentón y bravucón,  se acobarda ante ella y busca la protección de Oyá, la diosa dueña de los cementerios.  Otro  poema que invoca las supersticiones de las creencias de los esclavos traídos a isla de Cuba es el titulado “Bilongo”.   Para Fernando Ortiz, la palabra bilongo es una corrupción de birongo cuyo origen es yoruba y significa: “...causa oculta del sufrimiento de una persona enferma o abatida.”  (88) Lydia Cabrera en su libro Vocabulario congo añade que: “...el bilongo o mayumba se debe al maleficio congo que como sabemos lo practican los creyentes de la Regla de Palo Monte o Kimbisa.” (12)  El poema de Campins describe algunos aspectos en la preparación de este maleficio: “Anda pa'allá, pa'allá. (Anda! /Echa pa'acá, pa'acá. Echa. /Caigan lo sojo que hay en tu sojo. /Caiga cabesa de tu cabesa. /Aprieto nudo pa tu pejcueso. /Pa ojcureserte te ensiendo vela./Yo pincho lengua con alfilere/pa que se ponga tu boca tiesa.” (94)

Por otro lado, el poema “Güen Bembé” capta singularmente el jolgorio y la alegría de la gente en este toque de santos.  El güemilere es una de las fiestas más populares afrocubanas y la favorita de la parda Ochún, la afrodita afrocubana.   Cuando Yeyé asiste a los güemileres, ella baila voluptuosa y frenéticamente hasta encender la pasión de concurrentes  y tamboreros:

 

¡Güen bembé! dice bemba de nengre.

¡Güen bembé! Oba de Obatalá.

Bemba boba de negro negrero

bebedor de mofuco de Ifá.

A la una que suba, a la una.

A laj do viene y va: ¿quién será?

-Santa y güena la noche, hermanitoj,

con ustedej er congo Gangá.

¡Güen bembé! suba y sube mi nengre. 

¡Güen bembé! Oba de Obatalá.

A la una que suba: ¿quién viene?

Santo tiene cabesa pela. (93)

 

 Finalmente, hay en el Sonsonero mulato unas bellas y tiernas canciones de cuna para arrullar a niños que Campins llama por primera vez por su nombre verdadero de arrorró.  Sus nanas criollas son de una gran sensibilidad artística y se parangonan con las más conocidas dentro de este género poético como “Drumi mobila”, de Ignacio Villa; “Drómiti mi nengre”, de Emilio Ballagas; “Ogguere”, de Gilberto Valdés y “Drume negrita”, de Ernesto Grenet.  Ejemplo magnífico del delicioso encanto de los versos y la dulce melodía de estas composiciones son “Arrorró para que no te vayas”, dedicada a su querida nana al partir de Santiago de Cuba; “Natividad”, donde evoca el nacimiento de Jesús; “Ángel de guarda”, donde pide protección para su negrito, “Arrorró para niño que no quiere dormir” y el titulado simplemente “Arrorró”.  En esta última composición, Campins mezcla magistralmente la técnica y el contenido para darnos un poema de gran sabor popular y de marcado ritmo musical.  El poema revela a Campins como un verdadero artífice del verso en busca de la expresión más adecuada para expresar su sensibilidad artística:

 

Cinco lobito

tiene la mano

de mi negrito.

 

Cinco en la mano

cinco en lo pie...

-¿Será güen mozo?

-¡Te lo diré!

 

Con una risa

como de coco,

mi niño

prieto

lleno de moco

se zarandea

de aquí pa'allá;

sopla, vejigo,

fuerte, majá.

Senserico

de Obatalá.

 

-¿Será bonito?

-¡Quién lo sabrá!

Cinco lobito

pa'cada dedo

de su manito.

 

Chinchiricáo...

se ha dejvelado...

mojquita muerta.

¡ají güaguao!(71-72)

 

No cabe duda que el Sonsonero mulato de Rolando Campins es uno de los libros capitales dentro de la poesía contemporánea cubana de motivos negros.  El poeta acude en este poemario a las fuentes milenarias del folclore afrocubano para ofrecernos una poesía muy humana, íntima y profunda. En su Sonsonero mulato, Rolando Campins nos mete de lleno en el mundo real y metafísico del negro debido a  la pasión y emoción que él siente por su pueblo.  Campins denuncia explícitamente la situación social del negro pero su lira no se entrega al odio y el rencor de mucha poesía partidista.  Su poesía es genuina.  No falsea al negro en parodias y ruidos de mucha poesía negrista.  Su forma de comunicación la lleva a cabo a través de una poesía sencilla, íntima y comunicativa utilizando una métrica tradicional que desempeña con desenfado hasta alcanzar la forma deseada.  Su  Sonsonero mulato pone de manifiesto el genio artístico de una de las voces más representativas de la última poesía afrocubana.  Vale decir que Rolando Campins, como poeta desterrado en su intento de acercamiento a lo querido, a lo conocido, logra en este singular poemario cantar con hondura, elegancia y sencillez a los hombres y las mujeres sin nombres de su pueblo, a quienes evoca desde una perspectiva muy personal y auténtica dándoles el debido lugar que les corresponde en la historia espiritual cubana.

  

 

 


                                                                            

Notas

 

1.  Rolando Campins.  Sonsonero mulato New York: Hispanic Printing Corporation, 1969.  Todas las citas referentes a este poemario provienen de esta edición.

 

 

Obras Citadas/Consultadas

 

Breytenback, Breyten, "The Long March from Hearth to Heart", Social Research, 58, 1,     70-83.

 

Cabrera, Lydia.  La medicina popular de Cuba.  Miami: Ediciones Universal, 1984.

 

Campins, Rolando.  Sonsonero mulato New York:  Hispanic Printing Corporation, 1969.

 

Castellanos, Isabel, y Jorge Castellanos.  Cultura afrocubana. Vol. 3.  Miami: Ediciones Universal, 1994. 4 volúmenes.

 

Ortiz, Fernando.  Los negros brujos.  Miami: Ediciones Universal, 1973.

 

 

Vocabulario

 

Aché: 

Virtud o poder mágico concedido a los orishas lucumíes.  También significa tener gracia, don.

 

Ají guaguao:

Pimiento picante.

 

Afrocubano:

Se refiere a los esclavos de segunda generación.  Durante la colonia  se usaba también el vocablo criollo.

 

Bembé:

Fiesta afrocubana muy popular. Ocasión festiva en que se toca y baila en honor de los orishas del panteón yoruba.

 

Bilongo:

Vocablo que significa hechizo o brujería. 

 

Boniato:

Tubérculo dulce.

 

Güen:

Corrupción del vocablo buen.

 

Changó:

Orisha del panteón yoruba a quien se le identifica con el trueno, el fuego, la guerra, los tambores y la virilidad.  En la santería, se le identifica con Santa Bárbara.

 

Chicherekú:

Según Miguel Barnet, se refiere a un esclavo bozal bajo y cabezón que perseguía o corría detrás de la gente en los barracones.

 

Güemilere:

Ceremonia sagrada en la santería para venerar a los orishas.  

 

Güije/Jigüe:

Espíritu o duende antropoformo de la mitología afrocubana.  Una especie de gnomo fluvial que aparece en los ríos

 

Icú:

Orisha que personifica la muerte.

 

Majá:

Tipo de serpiente no venenosa en Cuba que puede medir dos metros y medio.

 

Mandinga:

Persona de malos instintos; el diablo.  Africano de la región entre los ríos Senegal y Níger.

 

Ñáñigo: 

Creyente de la secta de los ñáñigos o Sociedad Secreta Abakuá a la que sólo pertenecen los hombres. 

 

Obá:

La esposa principal de Changó. En la santería se le identifica con la Virgen del Camino o Santa Catalina de Siena.

 

Obatalá:

Orisha que se identifica en la santería con la Virgen de las Mercedes.

 

Ochún:

Uno de los orishas más populares y queridos en la santería.  Se le identifica con Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

 

Orisha:

Santo.  Divinidad en el culto lucumí.

 

Oyá:

La diosa de las centellas, las tempestades y el viento.   En la santería se le identifica con la Virgen de la Candelaria.

 

Pru:

Bebida refrescante de raíces que se bebe en Santiago de Cuba.

 

Vejigo:

Se refiere a un niño.

  


Armando González Pérez nació en Aguada de Pasajeros, Las Villas, Cuba (1941). Escritor, editor y profesor de Literatura Española e Hispanoamericana. Hace varios años ejerce como profesor de Marquette University en Milwaukee, Wisconsin, EE.UU., donde ha desempeñado cargos administrativos. Ha publicado numerosos artículos sobre literatura española e hispanoamericana, especialmente afro-hispana, así como los siguientes libros: Antología clave de la poesía afroamericana (1976), Acercamiento a la literatura afrocubana (1994), Matías Montes Huidobro: acercamientos a su obra literaria (1997) y Presencia negra: teatro cubano de la diáspora (1999). Es también co-editor de la revista literaria y cultural Caribe.