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Sonsonero Mulato
de
Rolando Campins |
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Breyten Breytenback, al hablar
del exiliado observa que:
To be
away from your natural environment is to be deprived
of
ever
again functioning completely and fitting in
instinctively. No other
surroundings can replace the
shared and unquestioned and thereby indigenous
feelings of belonging made up
of smells, sounds, gestures, and
natural mimicry. (74) |
Muchas de las actitudes y reacciones que
el mencionado crítico alude en la cita sobre el ánimo
del desterrado en su intento de acercamiento a lo
querido, a lo conocido, pueden encontrase en el poemario
Sonsonero mulato de Rolando Campins publicado en 1969. El poeta de Palma
Soriano acude en este libro a las fuentes milenarias de
lo afrocubano, elemento esencial de la cultura cubana,
para expresar sus vivencias personales de “lo cubano”.
Esta mirada al pasado dentro del presente con proyección
hacia el futuro ha jugado un papel importantísimo en el
redescubrimiento y preservación de lo afrocubano en la creación
artística de muchos escritores cubanos
de ambas orillas. La crítica Isabel
Castellanos al hablar de la vigencia de lo afrocubano en
el exilio ha señalado que: “...esa cultura, lejos de
agotarse, reflorece se expande y emprende otra
sorprendente empresa transculturativa en el seno de la
sociedad norteamericana. Es evidente: el espíritu
afrocubano es invencible... Nunca muere. Se modifica a
sí mismo dejando siempre incólume su esencia”. (33)
Rolando Campins revela en su Sonsonero
mulato un conocimiento profundo y legítimo
del pueblo cubano. Su lenguaje se caracteriza por la
sencillez, la frescura, el intimismo y la profundidad de
expresión dentro de una métrica tradicional que recrea
el habla, las costumbres, la música y las creencias de
mulatos y negros cubanos. Hay en el Sonsonero mulato
de Campins una denuncia de los sufrimientos del
negro, pero sin caer en la demagogia de una poesía
partidista. Campins dedica su Sonsonero mulato
“A mi tierra oriental”, título que repite en el poema
prólogo. Los versos de dedicatoria revelan la profunda
e intima identificación del poeta con su pueblo.
Campins afirma que es blanco de piel pero mulato de
espíritu como su isla: “De Oriente soy y soy palmero. /
Toda la sangre india que no tuve/ me hace indio. / Toda
la sangre negra que no tengo/ me hace negro.”1 Los
versos de la segunda estrofa del poema en cuestión
destacan el ánimo rebelde y el ritmo vibrante de su
pueblo que él señala como una contribución de los negros:
“Mi tierra tiene/ cara rebelde, crencha dura, / ritmo
vibrante y pegajoso/ producto de la sangre de los negros,
/ y es caliente mi tierra”. El poema concluye con una
reafirmación del alma fuerte y sensible de su tierra que
se nos comunica mediante la imagen bimembre del árbol y
el colibrí. La nostalgia invade al poeta. Añora
profundamente su isla y pide que lo entierren allí
cuando muera: “Mi tierra, / el alma recia de los recios
árboles/ y el corazón sensible de un zumbete.../ cuando
muera, / que me devuelvan a mi tierra”.
El Sonsonero mulato de Campins es
un canto a los hombres sin nombre de su pueblo, a
quienes el poeta evoca desde una perspectiva muy
personal y auténtica dándoles el debido lugar que les
corresponde en la historia espiritual cubana. Las
cincuenta y cuatro composiciones de su Sonsonero
mulato son estampas típicas de su querido y sufrido
pueblo que denuncian las condiciones sociales de estos
seres marginados. Campins le canta a Edelmira, la vecina
que machaca café tostado todos los días; a los negritos
que no pueden pagar la entrada a los titiriteros; al
chino infeliz de quien los chicos se aprovechan y le
vuelcan la canasta de verduras; a Basilia Carrión,
espiritista y comadrona que fermenta pru y le baila a
los orishas; a Guillermina y a
Ña
Teresa que se mueren de hambre, con sólo
un boniato en la mesa; a la valiente viuda Ana Setién
que abandona su pueblo para abrirse paso en la vida; a
Pití Musí, ñáñigo muerto en el barracón; a Vidalida la
Bantú, la Virgen Cimarrona; al bueno de Laudinó,
asesinado por la madrugada; y a todos los de pelo rizado
y piel negra en su poema “La pena negra”. Todos estos
poemas nos conmueven, especialmente los últimos tres,
por la trascendencia del tema y la expresión poética.
Campins logra en todos ellos un extraordinario
equilibrio entre técnica y contenido.
El poema dedicado al personaje casi
mitológico de Vidalida la Bantú nos cuenta la historia
de la esclava que huyó monte adentro para evitar ser
violada por el amo blanco que ignoraba su destino:
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Viene de lo monte
de Jutinicú,
Santa Vidalida
la Caringangú.
Perro de lo'samo
non la ven pasá,
Santa Vidalida
la Caringangá.
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Según la leyenda, Santa Vidalida logró
evadir la persecusión de los perros convirtiéndose,
gracias a sus poderes sobrenaturales, en árbol, río o
culebra. Ella nació para hacer bien. Visitaba de noche
los barracones para curar a los negros de sus
enfermedades y ofrecerles su aché. Vidalida los ayudaba
física y espiritualmente a sobrellevar su miserable vida
llena de crueldad y explotación: “Gente de barullo/ te
perseguirá, /llama a Vidalida/la Caringangá. /Mata lo
enemigo, /vence el agallú/Santa Vidalida/la Caringangó.
/ Dame tu aché!/ Dame tu aché!/ Contigo se va lo malo/pa
no volvé!” (32-33)
El poema titulado “Cuento” alude a la
historia de Laudinó, un hombre pobre, bueno y sencillo,
a quien asesinaron. Campins establece en esta elegía
un paralelo entre la figura de Cristo y su protagonista
Laudinó valiéndose de la simbología religiosa que
sugiere a lo largo del poema. Las dos primeras estrofas
destacan la condición social del protagonista y su sueño.
La pobreza de Laudinó era tan extrema que no tenía “ni
techo ni arroz”, pero tenía un sueño que el poeta llama
“hermoso, bueno, justísimo, / de paz y amor”. La
tercera estrofa señala
el odio de sus asesinos, quienes le
consideraban una persona peligrosa porque tenía un sueño
de paz y amor: “Lo quitaron del camino/-A laudinó-/ un
día de madrugada, / de madrugada a las dos.” La cuarta
estrofa añade cómo, cuándo y dónde mataron a Laudinó y
destaca la nobleza de su alma: “Allí lo vimos al alba. /
Me costa que se movió/ algo por su frente oscura.... el
sueño, un rayo de sol?” Las estrofas quinta y sexta
establecen mediante la imagen religiosa un paralelo
entre la muerte del pobre Laudinó y Jesucristo: “Yo me
acuerdo. Yo me acuerdo/ que aquella tarde llovió/ con
gotas gordas, con lágrimas/ de Dios, / y nos reunimos,
diciendo: / “padrenuestro”, “Laudinó.../ y entre moscas,
muchas moscas, /le dijimos-Dios- adiós.” El poema
concluye con una nota de esperanza. Laudinó, igual que
a Jesús, le quitaron la vida pero no le pudieron
destruir su sueño y mucho menos su mensaje de paz y de
amor: “Con un plomito en el medio/ del corazón, / le
detuvieron la vida/ ... el sueño no!”(23-24)
La denuncia contra las injusticias
sociales sufridas por el negro se recrudece en el poema
“La pena negra”. El poeta identifica claramente en la
primera estrofa a quién se refiere y quién es el que
sufre esta pena negra: “La pena negra, qué negra, / qué
cruel y honda, qué pena/ la pena de los que tienen/ pelo
rizado y piel negra!” (98) Esta pena negra a veces se
disipa, se atenúa un poco con la música y la diversión, pero retorna y
hiere con largos estiletes cuando hay que hacer frente
al hambre, las enfermedades y la miseria cotidiana.
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Renace el grito que ronca,
el llanto que se atraviesa,
la espina que reverdece
y el delirio que flagela.
Largos, largos estiletes
hiriendo al hombre y la hembra...
y el frío corta las patas
del sueño porque hay gangrena,
y andamos cazando tigres
al son de la pandereta.(98-99)
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Campins destaca a lo largo del poema la
pobreza, la amargura y frustración de estos seres
marginados al enumerar sus privaciones y los abusos
cometidos contra ellos: “Y no sé sumar los números/ de
las tantísimas deudas. / y es domingo y anda a oscuras/
la Virgen, pues no hay pa velas, / y el niño cogió sarna/
el perro ericipela, / y hay que cambiar esa cama/ de
lugar por las goteras/ y aquí no ha pasado nada/ de los
dientes para afuera;” La ironía del poema queda clara
con la imagen de la miel y la colmena. Tanta abundancia
alrededor de estos pobres, pero fuera de su alcance:
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entonces, ¡qué grande y honda
que honda y grande la pena
pena amarga, viva, viva!
viva y honda y siempre nueva
del que persiste y existe
sin miel junto a la colmena.
La pena negra, Dios mío,
¡qué cruel y honda, qué pena!
Oh, pena de los que tienen
pelo rizado y piel negra.
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La firme voz de protesta de Rolando
Campins se levanta airada contra la injusticia
provocando ira e indignación, pero su lira no se entrega
a una doctrina o dogma con fines demagógicos.
En otros poemas de su
Sonsonero mulato, Campins elogia la belleza de la
mulata, evoca las creencias, los ritos y los bailes
afrocubanos o nos arrulla con sus preciosas nanas
criollas. El són
para enamorados titulado “Ponte una flor en el pelo”
afirma el amor del poeta por la doncella Cutí Mayé.
Las dos primeras estrofas muestran como el hablante
apela a los sentimientos de la amada recordándole lo
mucho que la ama; un amor que ella y todos reconocen:
“Suavemente la mañana/ Cutí Mayé, / pasa y se posa en tu
risa. / Todos saben que te amo/ Cutí Mayé, / a toda
prisa. / Y hasta lo sabes tú misma/ Cutí Mayé...”
La sensualidad de esta atracción física
queda plasmada con la imagen del agua y las abejas. El
poeta le pide a Cutí Mayé que como al agua lo mire, lo
toque, y lo beba. Ya que él, desde luego se convertiría
en abeja si ella se pusiera una flor en la cabeza. El
alto nivel sensorial de la imagen queda sugerido con la
imagen de la polinización de ésta por aquel: “Como a la
agüita del pozo/ Cuti Mayé, / tócame, bébeme, mira/ que
aunque pretendas que nó/
Cutí Mayé, / vivir sin beso es mentira. / Ponte una flor
en el pelo/ verás que me vuelvo abeja. / ¿No sabes que
si no amas/ Cutí Mayé. / te pones vieja? / Ponte una
flor en el pelo, / verás que me vuelvo abeja.”(14-15)
De igual modo, en el cuarto poema de sus
“Sones de sangre mulata”, Campins nos describe la
apetencia física de la mulata, motivo de su encendida
pasión:
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¡Como me gustas mulata!
Me gusta tu diente de oro,
tu pelo de malo moro,
esa narizota chata
que me intriga; me arrebata
tu boca gordota y lloro
tu pecho -testa de toro-
firme en tu cuerpo de gata.
Motivo de mi encender
eres: ¡que todos lo sepan!
Letra tú de mi alfabeto,
aunque no sepas leer
y aunque tus nalgas no quepan
en un soneto.(7)
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La misma línea poética se sigue en el són
“Elegía para cuando te mueras”. Campins destaca los
atributos físicos de la mulata mediante el empleo de
vocablos de alto nivel sensorial: “tanta cadera”, “ají
picante”, “melcocha” y “latifundio”. Por otro lado, el
uso del verbo desesperar y sus derivados aluden al
estado anímico del mulaterío ante la sensualidad de esta
mujer:
Dios te perdone, mulata.
tanta cadera,
(oro de mulaterío
que desespera)
Dios te perdone el meneo
de ají picante,
(oro de mulaterío
desesperante)
Y el ombligo te perdone
por lo gastado.
(oro de mulaterío
desesperado)
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La apetencia sexual de la mulata se evoca
picarescamente en los últimos versos del poema: “Carta
recomendación/ a San Pedro: <Compay:(Seso! / y aguántese
el pantalón/que allá va eso>” (10-11)
Una imagen más profunda de la mulata la
encontramos en el magnífico poema titulado “Entreacto”,
donde el poeta evoca su muerte:
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¿Dónde el tam-tam funerario
del rito congo o zulú?
Oh casta tuya aquel tronco
negro de negro betún,
generación de titanes
idos con la esclavitud...
Ángeles guardianes eran
las hojas blancas, y tú,
en el río de la muerte
(un ojo verde, otro azul,
creación estilizada,
junco, piscuala, sun-sun)
las siete virtudes negras
representadas en luz...(58)
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El uso de la anáfora, la pregunta
retórica y la imagen de la cigarra al final de esta
elegía crea un sentido de nostalgia al evocar las
virtudes de la difunta:
Hora,
hora,
a esta hora
sabías cantar un son.
¿Era un son o era un danzón
con golpes de tumbadora?
Hora de tu canto ahora
ido, dormido, carbón;
chispa apagada en el viento
viviente de la canción.
La cigarra, ¿dónde canta
sin sandunga y sin sazón?
Hora,
hora,
a esta hora
se abría tu corazón.(60)
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El tema de la muerte aparece de nuevo en
la composición dedicada a la temida Icú. El poeta la
llama hija de la noche, con pata de jigüe y la boca
llena de ñáñara. Su novio es Mandinga, el mismo diablo,
pero ella no tiene dueño y los perros aúllan cuando la
ven. La invocación de su nombre hace que los hombres y
los dioses tiemblen. El terror que infunde es
legendario en la cultura Yoruba. Algunos appatakis
cuentan que el mismo Changó, prototipo del macho
valentón y bravucón, se acobarda ante ella y busca la
protección de Oyá, la diosa dueña de los cementerios.
Otro poema que invoca las supersticiones de las
creencias de los esclavos traídos a isla de Cuba es el
titulado “Bilongo”. Para Fernando Ortiz, la palabra
bilongo es una corrupción de birongo cuyo origen es
yoruba y significa: “...causa oculta del sufrimiento de
una persona enferma o abatida.” (88) Lydia Cabrera en
su libro Vocabulario congo añade que: “...el
bilongo o mayumba se debe al maleficio congo que como
sabemos lo practican los creyentes de la Regla de Palo
Monte o Kimbisa.” (12) El poema de Campins describe
algunos aspectos en la preparación de este maleficio:
“Anda pa'allá, pa'allá. (Anda! /Echa pa'acá, pa'acá.
Echa. /Caigan lo sojo que hay en tu sojo. /Caiga cabesa
de tu cabesa. /Aprieto nudo pa tu pejcueso. /Pa
ojcureserte te ensiendo vela./Yo pincho lengua con
alfilere/pa que se ponga tu boca tiesa.” (94)
Por otro lado, el poema “Güen
Bembé” capta singularmente el jolgorio y la alegría
de la gente en este toque de santos. El
güemilere es una de las fiestas más populares
afrocubanas y la favorita de la parda Ochún, la afrodita
afrocubana. Cuando Yeyé asiste a los güemileres, ella
baila voluptuosa y frenéticamente hasta encender la
pasión de concurrentes y tamboreros:
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¡Güen bembé! dice bemba de nengre.
¡Güen bembé! Oba de Obatalá.
Bemba boba de negro negrero
bebedor de mofuco de Ifá.
A la una que suba, a la una.
A laj do viene y va: ¿quién será?
-Santa y güena la noche, hermanitoj,
con ustedej er congo Gangá.
¡Güen bembé! suba y sube mi nengre.
¡Güen bembé! Oba de Obatalá.
A la una que suba: ¿quién viene?
Santo tiene cabesa pela. (93)
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Finalmente,
hay en el Sonsonero mulato unas bellas y tiernas
canciones de cuna para arrullar a niños que Campins llama
por primera vez por su nombre verdadero de arrorró. Sus
nanas criollas son de una gran sensibilidad artística y se
parangonan con las más conocidas dentro de este género
poético como “Drumi mobila”, de Ignacio Villa; “Drómiti mi
nengre”, de Emilio Ballagas; “Ogguere”, de Gilberto Valdés
y “Drume negrita”, de Ernesto Grenet. Ejemplo magnífico
del delicioso encanto de los versos y la dulce melodía de
estas composiciones son “Arrorró para que no te vayas”,
dedicada a su querida nana al partir de Santiago de Cuba;
“Natividad”, donde evoca el nacimiento de Jesús; “Ángel de
guarda”, donde pide protección para su negrito, “Arrorró
para niño que no quiere dormir” y el titulado simplemente
“Arrorró”. En esta última composición, Campins mezcla
magistralmente la técnica y el contenido para darnos un
poema de gran sabor popular y de marcado ritmo musical.
El poema revela a Campins como un verdadero artífice del
verso en busca de la expresión más
adecuada para expresar su sensibilidad
artística:
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Cinco lobito
tiene la mano
de mi negrito.
Cinco en la mano
cinco en lo pie...
-¿Será güen mozo?
-¡Te lo diré!
Con una risa
como de coco,
mi niño
prieto
lleno de moco
se zarandea
de aquí pa'allá;
sopla, vejigo,
fuerte, majá.
Senserico
de Obatalá.
-¿Será bonito?
-¡Quién lo sabrá!
Cinco lobito
pa'cada dedo
de su manito.
Chinchiricáo...
se ha dejvelado...
mojquita muerta.
¡ají güaguao!(71-72)
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No cabe duda que el Sonsonero mulato
de Rolando Campins es uno de los libros capitales dentro
de la poesía contemporánea cubana de motivos negros. El
poeta acude en este poemario a las fuentes milenarias del
folclore afrocubano para ofrecernos una poesía muy humana,
íntima y profunda. En su Sonsonero mulato, Rolando
Campins nos mete de lleno en el mundo real y metafísico
del negro debido a la pasión y emoción que él siente por
su pueblo. Campins denuncia explícitamente la situación
social del negro pero su lira no se entrega al odio y el
rencor de mucha poesía partidista. Su poesía es genuina.
No falsea al negro en parodias y ruidos de mucha poesía
negrista. Su forma de comunicación la lleva a cabo a
través de una poesía sencilla, íntima y comunicativa
utilizando una métrica tradicional que desempeña con
desenfado hasta alcanzar la forma deseada. Su Sonsonero
mulato pone de manifiesto el genio artístico de una de
las voces más representativas de la última poesía
afrocubana. Vale decir que Rolando Campins, como poeta
desterrado en su intento de acercamiento a lo querido, a
lo conocido, logra en este singular poemario cantar con
hondura, elegancia y sencillez a los hombres y las mujeres
sin nombres de su pueblo, a quienes evoca desde una
perspectiva muy personal y auténtica dándoles el debido
lugar que les corresponde en la historia espiritual cubana.
Notas
1. Rolando Campins. Sonsonero mulato.
New York: Hispanic Printing Corporation,
1969.
Todas las citas referentes a este poemario
provienen de esta edición.
Obras Citadas/Consultadas
Breytenback, Breyten, "The Long March from Hearth to
Heart", Social Research, 58, 1, 70-83.
Cabrera, Lydia. La medicina popular de
Cuba. Miami: Ediciones Universal, 1984.
Campins, Rolando. Sonsonero mulato.
New York: Hispanic Printing Corporation,
1969.
Castellanos, Isabel, y Jorge Castellanos.
Cultura afrocubana. Vol. 3. Miami: Ediciones
Universal, 1994. 4 volúmenes.
Ortiz, Fernando. Los negros brujos.
Miami: Ediciones Universal, 1973.
Vocabulario
Aché:
Virtud o poder mágico concedido a los
orishas lucumíes. También significa tener gracia, don.
Ají guaguao:
Pimiento picante.
Afrocubano:
Se refiere a los esclavos de segunda
generación. Durante la colonia se usaba también el
vocablo criollo.
Bembé:
Fiesta afrocubana muy popular. Ocasión
festiva en que se toca y baila en honor de los orishas del
panteón yoruba.
Bilongo:
Vocablo que significa hechizo o brujería.
Boniato:
Tubérculo dulce.
Güen:
Corrupción del vocablo buen.
Changó:
Orisha del panteón yoruba a quien se le
identifica con el trueno, el fuego, la guerra, los
tambores y la virilidad. En la santería, se le identifica
con Santa Bárbara.
Chicherekú:
Según Miguel Barnet, se refiere a un
esclavo bozal bajo y cabezón que perseguía o corría detrás
de la gente en los barracones.
Güemilere:
Ceremonia sagrada en la santería para
venerar a los orishas.
Güije/Jigüe:
Espíritu o duende antropoformo de la
mitología afrocubana. Una especie de gnomo fluvial que
aparece en los ríos
Icú:
Orisha que personifica la muerte.
Majá:
Tipo de serpiente no venenosa en Cuba que
puede medir dos metros y medio.
Mandinga:
Persona de malos instintos; el diablo.
Africano de la región entre los ríos Senegal y Níger.
Ñáñigo:
Creyente de la secta de los ñáñigos o
Sociedad Secreta Abakuá a la que sólo pertenecen los
hombres.
Obá:
La esposa principal de Changó. En la
santería se le identifica con la Virgen del Camino o Santa
Catalina de Siena.
Obatalá:
Orisha que se identifica en la santería con
la Virgen de las Mercedes.
Ochún:
Uno de los orishas más populares y queridos
en la santería. Se le identifica con Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre, patrona de Cuba.
Orisha:
Santo. Divinidad en el culto lucumí.
Oyá:
La diosa de las centellas, las tempestades
y el viento. En la santería se le identifica con la
Virgen de la Candelaria.
Pru:
Bebida refrescante de raíces que se bebe en
Santiago de Cuba.
Vejigo:
Se refiere a un niño.
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