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“Llegaron la ambulancia y los paramédicos”, anunció una voz rendida.
“¡Denme mi pinta labios!” mandó otra voz con fuerza y
determinación.
“¡Pero si te vas a morir!” estalló una lacrimosa
súplica. Se le escapó… ese conocimiento que no quería vocalizar…se
le escapó y ahora miraba a todos en el cuarto con cara de terror.
“Sí m’hija, ya sé
que tengo una pata en el cementerio. Pero mientras tenga la otra
aquí no me daré por vencida. A ver, Mariíta, alcánzame el pinta
labios rojo de Channel y el polvo Maja. Que de aquí me llevan
luciendo bonita. Y cuidado, que en el cementerio también quiero
lucir bien.” La voz desde la cama sonaba serena, bajo control, y
firme.
“Sí, abuela”, rápidamente le di sus artículos de belleza
y le aguanté el espejito para que pudiera ponerse el colorete.
Abuela se pintó los labios como una artista. Delineó sus finos
labios, y los rellenó para darle voluptuosidad. Luego encubrió el
brillo del sudor del verano con su polvo Maja que tenía una
fragancia dulce y tenue. También se puso un poco de crema de Avón
para las manos y unas gotas de su colonia de violetas detrás de las
orejas y en puntos estratégicos de las muñecas.
“A ver m’hija”, dijo abuela al ver el rostro adolorido
de mi madre, “todavía no estoy muerta, y en fin, todos nos vamos y
yo he tenido una vida larga y buena” respiró profundamente, tomando
todo el poco aire que podía y agregó, “Ahora le toca a otros poblar
esta tierra. Recuerda que por donde sale uno entra otro”. Abuela
sabía mil refranes y quería animar a mi madre que tenía más cara de
muerta que ella.
Yo
hasta entonces, había permanecido como un fantasma en las esquinas
del apartamento. No quería que me mandaran a jugar con los niños
que era donde Mami gritaba que yo debería estar. Yo quería estar al
lado de mi abuela. Su enfermedad no me asustaba. Como Abuela veía
todas las tragedias como una parte más de la vida, yo también opté
por ver todo esto de esa manera.
Al
principio rezaba todas las noches para que mejorara. Pero ocurría
todo lo contrario. Entonces me encogía en las esquinas más sombrías
del cuarto cubriéndome de silencio, y pendiente de que ella hablara
o pidiera alguna cosa. Respondía a sus necesidades con un rápido
brinco. No quería verla sufrir y, así como Mami, quería evitarle
cualquier inconveniente.
Hasta estos últimos dos años, nunca había pensado que la presencia
de Abuela en mi vida pudiera ser efímera. Ella era una parte
especial de mi vida que siempre estaba allí para contar historias y
para regalarme cositas que mis padres consideraban excesivas para
una niña. Pero tan pronto enfermó gravemente empecé a sentir algo
nuevo: un sentido del tiempo y de la muerte. Tenía diez años y
hasta entonces, la vida había sido sencilla y dulce. Mi experiencia
más traumática hasta el momento había sido una caída en la calle
donde casi me golpea un carro. Pero eso pasó tan rápidamente. Creo
que la que sintió verdadero terror fue mi madre que no paraba de
gritar, llorar, y abrazarme, dándole gracias a Dios que no me había
pasado nada. Yo sólo vi pasar un carro con el rabo del ojo y
después sentí que pasó al lado mío a una alta velocidad y sin
control (efectivamente, el que manejaba estaba tomado y chocó contra
la pared de la iglesia del frente).
Mami caminaba nerviosamente de la cama hacia la puerta. Quería
dejar entrar a los paramédicos para que ayudaran lo antes posible.
Cada segundo contaba. Yo estaba quieta y, tengo que admitir, un
poco asustada. Sabía que no permitían niños en los hospitales y yo
no quería dejar el lado de mi abuela. Luego de tres años de lento
sufrimiento, Abuela había adelgazado treinta libras. Siempre fue
una mujer esbelta y fuerte. Caminaba mucho y cocinaba mejor que
nadie. Pero la pérdida de peso la dejó en el hueso pelado. Lucía
unas extremidades largas, proporcionadas, bajo una piel flácida y
transformada por falta de oxígeno. Siempre recordaré que tenía, aún
en los momentos de más agonía, las uñas largas y pintadas, y un pelo
negro, ondulado y con cuerpo. Era un contraste asombroso verla tan
flaca pero aún tan bella y mentalmente lúcida.
“Here, fast she is very ill”, le decía Mami a los paramédicos que
aparentemente no creían que estuviera tan mal ya que estaba tan
arreglada.
“OK, Abuela”, dijeron suavemente mientras la cargaban para
llevársela.
“¡Abuela!” di un grito agonizante “déjame darte un abrazo, un
besito”. Quise meterme en su camita para que me llevaran con ella.
“Sí, ven”. Nos abrazamos con delicadeza debido a su condición
física y le di besitos que le seguí tirando hasta que desapareció de
mi vista. Lo último que vi fueron sus ojos grandes y negros, que de
pronto, se mostraron asustados. “Asegúrate de venir a verme”
suspiró.
“Claro, sí, sí,” repetí aún mucho tiempo después de que se fue con
Mami. Me dejaron con uno de los vecinos quien quiso de cualquier
forma que yo comiera arroz con leche. Ese olor, hasta hoy día me
causa nauseas y resentimiento. ¿Por qué tenía que quedarme con los
vecinos? Yo no era una idiota. Sabía que tendría que luchar para
poder cumplir con mi promesa de ir a verla, de no dejarla sola.
Pero la lucha de una niñita “culi-cagada” como todos los adultos
insistían en llamarme fue completamente inútil.
Mis
llantos y gritos eran rechazados con manotazos mal tirados o con
regaños, “Ya eres una señorita y te portas como una niñita. Esta es
una situación muy grave y tú tienes que cooperar haciendo lo que
mandan los adultos que por experiencia saben lo que es bueno”.
Mami adelgazó mucho esa última semana. Y yo seguía escondida en las
esquinas del apartamento escuchando los detalles de las visitas al
hospital. “Ay, Gilberto,” lloraba mi madre cuando regresaba Papi del
trabajo, tarde y, también, exhausto. “Cada día está peor. Dicen
que en cualquier momento nos deja”.
“¿Cómo se ve la vieja?” preguntaba papi siempre.
“Mal, pero está lúcida,” susurraba Mami para no despertarme, aunque
yo en esos días no dormía. “Sigue consolándome que ya está cansada,
que quiere irse a descansar con los suyos”.
“Todos tenemos que irnos”, la consolaba Papi valientemente con la
ternura de un amante paciente. “Es bueno que tengan este tiempo
juntas. Han pasado tantas cosas desde que todos nos vinimos aquí, a
reestablecer nuestras vidas, con los años encima y un inglés malo.
Dios te está dando una oportunidad muy especial en este momento. No
todos tenemos la suerte de estar al lado de nuestros seres queridos
para acompañarlos al otro mundo. Debes quedarte allá con ella”.
Sugirió.
“¡Y
la niña!” exclamó nerviosamente. “Ay, Gilberto, si hubiera tenido
hermanos no estaría tan sola. No puedo dividirme tanto”.
“Llévala contigo”, observó Papi. Ahí yo corrí a la cocina en donde
susurraban.
“Sí,” grité impaciente, “yo necesito ir. Se lo prometí” rogué.
“Mira a ver si te vas a dormir,” regañó bruscamente mi madre, “que
esto no es para niños.”
La
cólera ante tal desprecio me comía por dentro. Nunca le perdonaría
esa insolencia. Tener diez años no equivale a no ser gente.
“Ven, ven,” intervino Papi, “que tu madre está muy alterada por la
situación. Danos un besito, rézale a la Virgencita por tu abuela, y
duerme, que si no, te quedarás flaquita y chiquita.”
Les
di sus besos sin ánimo, contra mi voluntad, y me quedé dormida
mientras rezaba.
El
sábado siguiente, Mami no encontró con quien dejarme. “Vamos al
hospital”, rezongó, “que no puedo dejarte sola en el apartamento”.
La
sonrisa, la esperanza, y la felicidad ante la posibilidad de ver a
mi abuela y de hablarle me invadieron. Me puse mi ropa preferida y
un perfume de violetas que Abuela me había regalado para mi
cumpleaños. El día estaba sorprendentemente lindo con un cielo azul
que casi se podía tocar con la mano.
Después de un viaje de una hora llegamos a un edificio grande de
ladrillo rojo. Habían muchas personas con flores, otras vestidas de
blanco, y otras en sillas de ruedas con sonrisas alicaídas.
“Siéntate aquí y pórtate bien”, mandó sin mirarme porque sabía la
rabieta que me iba dar ahí mismo frente a todo el mundo. “Y mira a
ver, que si te pones a llorar, mando a que te internen. Esto no
es cuento de muchachos. Tú no puedes ver a tu abuela así. Te
afectará por el resto de tu vida. ¡¡Niña, escucha!!” Ya Mami no
tenía paciencia alguna para mis insistencias. “Ella está
sobreviviendo con la ayuda de unos aparatos inhumanos. Eso no es
para niños”. Ella gritaba y yo me sentía humillada. Al fin me dio
un pescozón frente a todo el mundo.
Sentí un calor sofocante ante el control que ella ejercía sobre mi
persona y ante mi impotencia frente al mundo de las leyes adultas.
Ella se fue con sus piernitas flacas y su barriguita. Y yo lloré
desconsolada. Si alguien se me acercaba me callaba por unos
segundos. Pero la imagen de mi abuelita dentro de aparatos grandes y
fríos me espantaba. No paraba de rezar, “Llévensela al cielo, ahí
podremos hablar y no sufrirá más”. Recordé el catecismo de esa
semana y pensé en el infierno y en el purgatorio. Era cierto que
ella iría al cielo porque estaba sufriendo aquí en esta fría tierra
por cualquier pena que le habría tocado en el purgatorio. Y empecé
a repetir, “Por favor llévatela”.
Después de cinco horas, regresó Mami con una comida de la cafetería
que no sabía a nada. “No tengo hambre”, respondí con soberbia.
“Bueno, así te morirás tú también”, respondió con aún más enojo.
Ella estaba sufriendo ante la muerte de su madre y su hija se estaba
portando como una malcriada. “Ay, Señor, ¿Qué he hecho para
merecerme esto?” Y se le salieron unas lagrimitas.
Sí,
yo era una mala hija. Pero ella nunca me escuchaba. Con sólo una
visita a mi abuela me hubiera calmado. Yo quería darle apoyo a mi
madre en este momento terrible. Era un momento terrible para mi
también y por ser chiquita no tenía el derecho de hacer nada más que
esperar calladamente, echada a un lado, no cumpliendo con mi última
promesa a la única persona en mi vida que me veía como “una
santita.” Nada era justo, ni ser niña, ni la muerte. Pero eso
siempre lo dijo Abuela. Sí, ella sabía lo que decía.
“Está muy mal”, hablaba mi madre hacia el vacío. “Creo que le queda
muy poco tiempo con nosotros”. Dijo bajando la cabeza.
No
sé por qué, pero la abracé y le respondí, “Es mejor que se vaya al
cielo donde no sufrirá más”.
Mami no respondió pero me abrazó, por primera vez en mucho tiempo,
y no me regañó.
Teníamos que regresar porque Mami estaba tan cansada que no podía
tenerse en pie. “Regresemos a casa a dormir esta noche”, murmuró
Mami. “Mañana venimos a primera hora. Como es domingo, tal vez te
dejen entrar. No quiero que llores más pero quiero protegerte.
Además, Abuela sigue llamando dolorosamente tu nombre. Insiste en
verte y yo no he estado de acuerdo. Los niños no deben ver tales
cosas”. Según su voz se iba apagando, iba acrecentándose mi ira.
Pensé, “Abuela quiere verme y ella—esta vieja controladora—no está
respetando sus últimos deseos”.
Sentí muchas nuevas emociones. Seguí rezando: quería ver a mi
abuela, pero también quería que estuviera feliz en el cielo donde
nadie le pudiera hacer daño; donde los dolores de las enfermedades
no la tocaran más; y donde yo pudiera, a cualquier hora, hablarle y
saber que ella estaba ahí.
Llegué muy cansada esa noche. Tanto llanto y emociones confusas me
rindieron por completo. El entrar a mi cuarto color de rosa con sus
cortinas de tafetán blanco bordado con rositas pequeñas y la
alfombra color algodón de azúcar era como entrar en un espacio
irreal de sueños nebulosos y de muñecas. Un mundo pasado que nada
tenía nada que ver con este mundo.
En
seguida me cambié de ropa. Decidí usar los pijamas blancos que
había recibido para mi cumpleaños y ponerme unas gotas más del
perfume de violetas que me acercaba a Abuela por lo menos en olor.
Sin darme cuenta, me dormí profunda y oscuramente. Sentí que me
hundía en nubes grises. Y que gritaba, “¡¡Abuela!!”
Ella apareció, fuerte y morena, como antes de la enfermedad y me
abrazó. Me dijo que estaba bien —que ya estaba aquí conmigo para
siempre.
De
pronto escuché dos fuertes golpes en la puerta de la calle. Mami
también los escuchó. Ambas nos levantamos y corrimos a la puerta.
Pero al llegar no había nadie. No podía haber nadie ya que para
llegar a esa puerta se tenía que pasar por la puerta de la entrada
principal que estaba trancada con candado. Sentí escalofríos, y una
corriente de aire pasar por el pasillo. Mami miró el reloj y
preguntó, “¿Quién podría estar tocando a las cuatro de la mañana?”,
movió la cabeza de lado a lado con la incertidumbre del momento.
“Regresemos a nuestras camas, que hace frío y nos resfriaremos”,
continuó con un tono que no escondía el miedo que sentía. De nuevo,
me quedé dormida y soñé que hablaba con Abuela.
Mami no durmió esa noche y mostraba unas negras ojeras como prueba.
El teléfono sonó a las seis de la mañana, justo cuando nos
levantábamos para desayunar. Todos brincamos. Teníamos los nervios
de punta. Dejamos que Mami contestara. Nuestro silencio
contrastaba contra los “yes, thank you’s” repetidos por Mami.
Al
colgar el teléfono estalló en llanto. “Se murió a las cuatro de la
mañana”. Tenemos que preparar el funeral.
Nunca llegué a ver a Abuela como le había prometido. Pero sentí un
alivio cómplice. Ya no sufriría más.
Se
hicieron los arreglos del funeral con el señor italiano del barrio
cuya familia tenía una funeraria hacia ya varias generaciones. Era
un hombre simpático con una gran barriga que mostraba su amor por la
comida. Lo conocíamos del barrio y de la escuela, ya que su nieto
era compañero mío de clase en la primaria del Sagrado Corazón de
Jesús. Pero ninguno de nosotros habíamos jamás entrado en la
funeraria. Hasta ese momento, no habíamos tenido muertos en este
país. Abuela sería la primera en yacer en tierra norteamericana con
sus huesos cansados de inmigración cubana.
Todo pasó con una rapidez sorprendente. Hasta hoy día asocio la
muerte con un relámpago, rápido y estruendoso. Llegaron muchas
llamadas y los familiares de Miami vinieron en grupos pequeños,
tristes y sombríos. Mami habló con el cura de mi primera comunión y
pagó por una larga misa que borrara un poco el dolor de los últimos
tres años. Habían sido años llenos de las angustias de un cáncer
pulmonar, de la peligrosa extirpación de un pulmón, y de terapias
tradicionales y alternativas, años que sin parar su curso
inexorable, casi predestinado, condujeron a este final del que
éramos testigos.
El
cuerpo yació por tres días en la sala funeraria. La primera vez que
entré, me sorprendió la cantidad y el olor de los grandes ramos de
flores de colores que llenaban el pequeño cuartito con las doce
sillas colocadas alrededor de la caja del sueño eterno como si se
esperara a los doce apóstoles de la Biblia. Los otros tíos y primos
estaban en la sala de espera. Yo fui directamente hacia donde mis
primos favoritos. No sentía la necesidad de luchar por ver a
Abuela. Estaba segura de que ya nadie podría interrumpir nuestra
comunicación y estaba cansada de pelear con mi madre y nunca lograr
los resultados deseados.
“Mariíta, por Dios, ven acá”, mandó mi madre con un tono de pura
exasperación.
“Ya”, pensé yo, “¿y ahora que estoy haciendo?”
“Niña, que tienes que venir a despedirte de tu abuela. Anda, es
importante que le des un último adiós. No se te olvide que tú eras
su nieta preferida.”
“Su
única nieta,” respondí en voz alta antes de darme cuenta de que
hablarles así a los adultos me conseguía otro más de esos pescozones
que yo tanto odiaba. Pero al moverme para rehuir de mi madre, vi
que hoy, por ser día solemne, no me iba a pegar. Respiré
profundamente mientras trataba de dilucidar esta nueva dirección en
la lógica de mi madre. ¿Sería que con la muerte me hice más
adulta? ¿Por qué sería que no podía verla cuando me llamaba en el
hospital pero ahora tenía que ser testigo de su apagada vida? El
frío que esperaba sentir ante el ataúd me causaba terror. Miré
hacia donde estaba abierto con su tenue luz amarilla. Desde mi
posición en el cuarto, no veía ningún rasgo del cuerpo que parecía
dormir.
“Anda, hija, que no tenemos todo el día”, dijo mi madre mientras me
empujaba hacia dentro del cuarto, hacia la cama de muerto.
“Bueno, ¿Qué te pasa?” preguntó esta vez con una ternura nueva para
mi. Parece que vio lo tímida que estaba.
“¿Por qué tengo que verla muerta?” pregunté incómoda.
“Porque a los muertos hay que darle su último adiós”, respondió
dulcemente, “también es importante que nos despidamos de ellos para
que sus almas no se queden aquí en la tierra errando desesperadas
entre los vivos sin poder descansar”.
Esa
idea me pareció tan horrible y tan triste que enseguida fui a ver el
cadáver de mi abuela. Por si acaso todavía estaba su alma ahí, o por
ahí cerca, quería despedirme con todo el amor de mi alma pequeñita.
Al
llegar, me sorprendió la cara serena pero vacía de mi abuela. No
era ella, pensé. Pero seguí mirándola. Subí el escaloncito que mis
padres habían colocado para que yo pudiera subir y verla bien de
cerca. Olía a laboratorio de química (de esos que había visitado en
la escuela donde disecaban ranas y ratones). Y sus ojos cerrados
dejaban ver los años que se le habían acumulado en los párpados. Sin
sus ojos bellos, negros, y grandes no tenía expresión. Abuela era
una persona que lo decía todo con su mirada. Sus ojos cerrados eran
su vida apagada. Sentí tanta tristeza. Supe en ese momento que
jamás oiría su voz. De pronto no podía recordar cómo sonaba su voz,
ni lo último que cocinó antes de ponerse grave. De pronto, me dio un
miedo terrible. Estaba olvidando a mi abuela. Su olor, su voz, sus
ojos pícaros todo se estaba esfumando ante ese cuerpo inerte al que
le tenía que hablar, por si acaso todavía estaba su alma por ahí.
Yo quería asegurar su felicidad eterna. Quería saberla en un lugar
mejor y no podía aguantar el pensar que estuviera andando por la
tierra sin lecho para descansar ni cielo para volar.
“Abuelita, soy yo, disculpa que no fui a verte en el hospital.
Traté, pero tú sabes como es Mami de posesiva. No quiso
compartirte. Pregúntale a Dios. Él te puede contar cuánto recé por
ti. Pero ahora lo importante es que te vayas para el otro mundo.
Ahí te esperan los tuyos, los angelitos, los santos, y Dios. Ahí te
puedo hablar siempre y ustedes no me dejarán nunca sola…Te extraño,
pero también estoy feliz. Ya llegaste al final de este camino y
luces preciosa con tu pintalabios Channel, rojo clásico. Cuando yo
pueda, también voy a usar ese color de vida y de pasión que tú nunca
dejaste de usar. Abuela, te quiero y desde ahora te extraño. No te
olvides de mí.” Se me olvidó que estaba rodeada de familiares. Todos
lloraban o tenían los ojos rojos de haber estado llorando. Me
escuchaban. Yo no lo sabía. Pero ya iba a abrazar a mi abuelita en
su carruaje al otro mundo cuando estallaron varias voces alarmadas.
“¡¡¡Niña!!!, No hagas eso, que no se puede entrar dentro de la caja
con los muertos”. Mami me alzó con una fuerza amazónica. “Tú estás
viva y no puedes irte”, dijo abrazándome y asegurándose de que me
tenía de este lado y bien viva.
“Pero, sólo quería darle un abrazo de despedida”, respondí
inocentemente.
“Bueno, mándale besitos desde aquí”, dijo con una dulce voz mientras
me acariciaba el pelo.
Los
tres días fuimos a ese cuarto y llevamos a cabo el mismo ritual. Yo
no lloraba porque sentía una solidaridad secreta con mi abuela. Pero
me sentía culpable porque parece que eso es lo que se tiene que
hacer. Si no, sería una niña mala.
Sí,
pasé tres días intensos, tristes, y de pesadilla, pero sentía un
gran alivio. Finalmente, mi querida abuelita podía descansar en
paz. No estaba muy segura si creía en Dios, ya que nunca pensé que
ella le tuviera mucha confianza. Siempre decía, “Yo no creo ni en
que el mar se seque”. Y aunque no sé exactamente que quería decir
con eso, sé que tenía algo que ver con la Biblia, y por su tono sé
también que no le tenía mucha fe. No obstante, el día del entierro
me sentí muy devota y me desperté hablándole a Dios. Le di las
gracias por la paz de mi abuela y el final de su lucha por una salud
ya irrecuperable. Me sentía hasta feliz. También, pensé, quizás
Mami recuperará el ánimo que fue perdiendo marcadamente con las
preocupaciones de los últimos años.
Casi como en las películas, el día del entierro fue un tempestuoso
día de verano. Desde muy temprano estaba nublado, había ventoleras y
amenazaba un aguacero de trópico perdido en estas tierras del
noreste de los Estados Unidos. Llegamos a la iglesia donde reinaba
el ataúd cerrado sobre el altar.
“Lo
sentimos mucho”, todos repetían.
Y
Mami lloraba, aguantando el llanto sólo para las palabras de la
misa, y la bendición especial de nuestro cura preferido. Se
llevaban el ataúd y teníamos que seguirlo. Durante la misa de una
hora en español, cayó una lluvia negra y espesa. Hacía un frío poco
usual en esa época del año (finales del verano). Yo me sentía
cansada y ya quería mi vida de antes. No entendía la ceremonia y
tampoco podía llorar. Sentía, también, una culpabilidad terrible.
Si no podía llorar, quizás todos pensarían que no quería a mi
abuela. Y eso no era verdad. La adoraba. Pero estaba tranquila
con su paz, su destino, y su viaje a un lugar lleno de luz y
felicidad.
Al
salir de la iglesia mi vecina me llamó a jugar.
Yo
corrí hacia ella con una sonrisa.
“¡¡M’hija!!” tronó una voz furiosa detrás de mí. “Su abuela se ha
muerto y usted está jugando. ¡Qué falta de respeto!”, Mami lloraba.
“Ay Dios mío, ¿Qué he hecho para merecerme esta tortura?, una hija
que no tiene sentimientos”.
Y
yo empecé a sollozar un llanto que no paró por muchos años. Al fin
y al cabo, fui la nieta que sufría ante el mundo. Pero realmente
era: la niña mala que mi madre nunca entendió.
“Ya tienes trece años” me despertó una voz gozosa.
“¡¡Eso quiere decir que soy una teenager!!” respondí con emoción.
“Y
que pronto serás una señorita y tienes que tomar las
responsabilidades de una adulta”, siguió la voz.
“Ay, Mami, ni tan temprano en la mañana se te puede olvidar eso de
la responsabilidad”, contesté en tono de broma.
“Vengo a darte algo que te dejó tu abuela antes de morir”, se sentó
al lado de mi cama con un sobre pequeño algo carcomido por los tres
años que habían pasado desde la primera muerte en mi vida.
Me
levanté con el corazón en la boca. “¿Algo de Abuela?”, pregunté
confundida. “¿Por qué ahora?”
“Porque ahora lo puedes apreciar”, respondió Mami entregándome el
sobrecito.
Sin
palabras, como en un ritual solemne otra vez entre la vida y la
muerte, abrí el sobrecito. Era un anillo de oro amarillo con muchos
diamantes pequeños.
“Se
lo regaló el gran amor de su vida, un hombre que la defraudó mucho
pero que le dejó unos recuerdos que a ella le dieron vida”, dijo
Mami con voz de confidencia. “Siempre quiso dártelo cuando
cumplieras trece añitos. Y esa promesa, por lo menos, la he
cumplido”, dijo Mami, restableciendo la paz en nuestra almas, entre
tres generaciones de mujeres duras. Nos abrazamos por lo que
pareció ser una eternidad.
Sabía que mi abuela había sido una mujer fuerte cuyas memorias
pertenecían a las leyendas de la familia. No había sido
convencional y nunca se dio por derrotada. Pero el cuento de este
amante, era un secreto. Con esos mismos sentimientos de misterio,
orgullo y honor que llenaban mi cabeza esa mañana, me puse el anillo
en la mano derecha.
Para siempre estaría mi abuela ausente y sus memorias perdidas
presentes en el brillo y el misterio de ese anillo.
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