Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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ABUELA (AUSENTE - PRESENTE)

 

por 

 Lucía M. Suárez

 


“Llegaron la ambulancia y los paramédicos”, anunció una voz rendida.

            “¡Denme mi pinta labios!” mandó otra voz con fuerza y determinación.

             “¡Pero si te vas a morir!” estalló una lacrimosa súplica.  Se le escapó… ese conocimiento que no quería vocalizar…se le escapó y ahora miraba a todos en el cuarto con cara de terror.

“Sí m’hija, ya sé que tengo una pata en el cementerio.  Pero mientras tenga la otra aquí no me daré por vencida.  A ver, Mariíta, alcánzame el pinta labios rojo de Channel y el polvo Maja.  Que de aquí me llevan luciendo bonita. Y cuidado, que en el cementerio también quiero lucir bien.”  La voz desde la cama sonaba serena, bajo control, y firme.

            “Sí, abuela”, rápidamente le di sus artículos de belleza y le aguanté el espejito para que pudiera ponerse el colorete.  Abuela se pintó los labios como una artista.  Delineó sus finos labios, y los rellenó para darle voluptuosidad.  Luego encubrió el brillo del sudor  del verano con su polvo Maja que tenía una fragancia dulce y tenue.  También se puso un poco de crema de Avón para las manos y unas gotas de su colonia de violetas detrás de las orejas y en puntos estratégicos de las muñecas.

            “A ver m’hija”, dijo abuela al ver el rostro adolorido de mi madre, “todavía no estoy muerta, y en fin, todos nos vamos y yo he tenido una vida larga y buena” respiró profundamente, tomando todo el poco aire que podía y agregó, “Ahora le toca a otros poblar esta tierra.  Recuerda que por donde sale uno entra otro”.  Abuela sabía mil refranes y quería animar a mi madre que tenía más cara de muerta que ella.

Yo hasta entonces, había permanecido como un fantasma en las esquinas del apartamento.  No quería que me mandaran a jugar con los niños que era donde Mami gritaba que yo debería estar.  Yo quería estar al lado de mi abuela.  Su enfermedad no me asustaba.  Como Abuela veía todas las tragedias como una parte más de la vida, yo también opté por ver todo esto de esa manera. 

Al principio rezaba todas las noches para que mejorara.  Pero ocurría todo lo contrario.  Entonces me encogía en las esquinas más sombrías del cuarto cubriéndome de silencio, y pendiente de que ella hablara o pidiera alguna cosa. Respondía a sus necesidades con un rápido brinco. No quería verla sufrir y, así como Mami, quería evitarle cualquier inconveniente. 

Hasta estos últimos dos años, nunca había pensado que  la presencia de Abuela en mi vida pudiera ser efímera.  Ella era una parte especial de mi vida que siempre estaba allí para contar historias y para regalarme cositas que mis padres consideraban excesivas para una niña.  Pero tan pronto enfermó gravemente empecé a sentir algo nuevo: un sentido del tiempo y de la muerte.  Tenía diez años y hasta entonces, la vida había sido sencilla y dulce.  Mi experiencia más traumática hasta el momento había sido una caída en la calle donde casi me golpea un carro.  Pero eso pasó tan rápidamente.  Creo que la que sintió verdadero terror fue mi madre que no paraba de gritar, llorar, y abrazarme,  dándole gracias a Dios que no me había pasado nada.  Yo sólo vi pasar un carro con el rabo del ojo y después sentí que pasó al lado mío a una alta velocidad y sin control (efectivamente, el que manejaba estaba tomado y chocó contra la pared de la iglesia del frente).

Mami caminaba nerviosamente de la cama hacia la puerta.  Quería dejar entrar a los paramédicos para que ayudaran lo antes posible.  Cada segundo contaba.  Yo estaba quieta y, tengo que admitir, un poco asustada.  Sabía que no permitían niños en los hospitales y yo no quería dejar el lado de mi abuela.  Luego de tres años de  lento sufrimiento, Abuela había adelgazado treinta libras.  Siempre fue una mujer esbelta y fuerte.  Caminaba mucho y cocinaba mejor que nadie.  Pero la pérdida de peso la dejó en el hueso pelado.  Lucía unas extremidades largas, proporcionadas, bajo una piel flácida y transformada por falta de oxígeno. Siempre recordaré que tenía, aún en los momentos de más agonía, las uñas largas y pintadas, y un pelo negro, ondulado y con cuerpo.  Era un contraste asombroso verla tan flaca pero aún tan bella y mentalmente lúcida. 

“Here, fast she is very ill”,  le decía Mami a los paramédicos que aparentemente no creían que estuviera tan mal ya que estaba tan arreglada.

“OK, Abuela”,  dijeron  suavemente mientras la cargaban para llevársela.

“¡Abuela!” di un grito agonizante “déjame darte un abrazo, un besito”. Quise meterme en su camita para que me llevaran con ella. 

“Sí, ven”.  Nos abrazamos con delicadeza debido a su condición física y le di besitos que le seguí tirando hasta que desapareció de mi vista.  Lo último que vi fueron sus ojos grandes y negros, que de pronto, se mostraron asustados.  “Asegúrate de venir a verme” suspiró.

“Claro, sí, sí,” repetí aún mucho tiempo después de que se fue con Mami.  Me dejaron con uno de los vecinos quien quiso de cualquier forma que yo comiera arroz con leche.  Ese olor, hasta hoy día me causa nauseas y resentimiento.  ¿Por qué tenía que quedarme con los vecinos?  Yo no era una idiota.  Sabía que tendría que luchar para poder cumplir con mi promesa de ir a verla, de no dejarla sola.  Pero la lucha de una niñita “culi-cagada” como todos los adultos insistían en llamarme fue completamente inútil.

Mis llantos y gritos eran rechazados con manotazos mal tirados o con regaños, “Ya eres una señorita y te portas como una niñita.  Esta es una situación muy grave y tú tienes que cooperar haciendo lo que mandan los adultos que por experiencia saben lo que es bueno”. 

Mami adelgazó mucho esa última semana.  Y yo seguía escondida en las esquinas del apartamento escuchando los detalles de las visitas al hospital. “Ay, Gilberto,” lloraba mi madre cuando regresaba Papi del trabajo, tarde y, también, exhausto.  “Cada día está peor.  Dicen que en cualquier momento nos deja”.

“¿Cómo se ve la vieja?” preguntaba papi siempre.

“Mal, pero está lúcida,” susurraba Mami para no despertarme, aunque yo en esos días no dormía.  “Sigue consolándome que ya está cansada, que quiere irse a descansar con los suyos”.

“Todos tenemos que irnos”, la consolaba Papi valientemente con la ternura de un amante paciente. “Es bueno que tengan este tiempo juntas. Han pasado tantas cosas desde que todos nos vinimos aquí, a reestablecer nuestras vidas, con los años encima y un inglés malo. Dios te está dando una oportunidad muy especial en este momento. No todos tenemos la suerte de estar al lado de nuestros seres queridos para acompañarlos al otro mundo.  Debes quedarte allá con ella”.  Sugirió.

“¡Y la niña!” exclamó nerviosamente. “Ay, Gilberto, si hubiera tenido hermanos no estaría tan sola.  No puedo dividirme tanto”.

“Llévala contigo”,  observó Papi.  Ahí yo corrí a la cocina en donde susurraban.

“Sí,” grité impaciente, “yo necesito ir. Se lo prometí” rogué.

“Mira a ver si te vas a dormir,” regañó bruscamente mi madre, “que esto no es para niños.”

La cólera ante tal desprecio me comía por dentro.  Nunca le perdonaría esa insolencia.  Tener diez años no equivale a no ser gente. 

“Ven, ven,” intervino Papi, “que tu madre está muy alterada por la situación.  Danos un besito, rézale a la Virgencita por tu abuela, y duerme, que si no,  te quedarás flaquita y chiquita.”

Les di sus besos sin ánimo,  contra mi voluntad,  y me quedé dormida mientras rezaba.

El sábado siguiente, Mami no encontró con quien dejarme. “Vamos al hospital”, rezongó, “que no puedo dejarte sola en el apartamento”.

La sonrisa, la esperanza, y la felicidad ante la posibilidad de ver a mi abuela y de hablarle me invadieron.  Me puse mi ropa preferida y un perfume de violetas que Abuela me había regalado para mi cumpleaños.  El día estaba sorprendentemente lindo con un cielo azul que casi se podía tocar con la mano.

Después de un viaje de una hora llegamos a un edificio grande de ladrillo rojo.  Habían muchas personas con flores, otras vestidas de blanco, y otras en sillas de ruedas con sonrisas alicaídas.

“Siéntate aquí y pórtate bien”, mandó sin mirarme porque sabía la rabieta que me iba dar ahí mismo frente a todo el mundo. “Y mira a ver,  que si te pones a llorar,  mando a que te internen.  Esto no es cuento de muchachos. Tú no puedes ver a tu abuela así.  Te afectará por el resto de tu vida. ¡¡Niña, escucha!!” Ya Mami no tenía paciencia alguna para mis insistencias.  “Ella está sobreviviendo con la ayuda de unos aparatos inhumanos.  Eso no es para niños”. Ella gritaba y yo me sentía humillada.  Al fin me dio un pescozón frente a todo el mundo.

Sentí un calor sofocante ante el control que ella ejercía sobre mi persona y ante mi impotencia frente al mundo de las leyes adultas.  Ella se fue con sus piernitas flacas y su barriguita. Y yo lloré desconsolada. Si alguien se me acercaba me callaba por unos segundos. Pero la imagen de mi abuelita dentro de aparatos grandes y fríos me espantaba.  No paraba de rezar, “Llévensela al cielo, ahí podremos hablar y no sufrirá más”.  Recordé el catecismo de esa semana y pensé en el infierno y en el purgatorio.  Era cierto que ella iría al cielo porque estaba sufriendo aquí en esta fría tierra  por cualquier pena que le habría tocado en el purgatorio.  Y empecé a repetir, “Por favor llévatela”.

Después de cinco horas, regresó Mami con una comida de la cafetería que no sabía a nada.  “No tengo hambre”,  respondí con soberbia.

“Bueno, así te morirás tú también”, respondió con aún más enojo. Ella estaba sufriendo ante la muerte de su madre y su hija se estaba portando como una malcriada.  “Ay, Señor, ¿Qué he hecho para merecerme esto?”  Y se le salieron unas lagrimitas.

Sí, yo era una mala hija.  Pero ella nunca me escuchaba.  Con sólo una visita a mi abuela me hubiera calmado.  Yo quería darle apoyo a mi madre en este momento terrible. Era un momento terrible para mi también y por ser chiquita no tenía el derecho de hacer nada más que esperar calladamente, echada a un lado, no cumpliendo con mi última promesa a la única persona en mi vida que me veía como “una santita.” Nada era justo, ni ser niña, ni la muerte.  Pero eso siempre lo dijo Abuela.  Sí, ella sabía lo que decía.

“Está muy mal”, hablaba mi madre hacia el vacío.  “Creo que le queda muy poco tiempo con nosotros”.  Dijo bajando la cabeza.

No sé por qué, pero la abracé y le respondí, “Es mejor que se vaya al cielo donde no sufrirá más”.

Mami no respondió pero me abrazó, por primera vez en mucho tiempo,  y no me regañó.

Teníamos que regresar porque Mami estaba tan cansada que no podía tenerse en pie. “Regresemos a casa a dormir esta noche”, murmuró Mami.  “Mañana venimos a primera hora. Como es domingo, tal vez te dejen entrar.  No quiero que llores más pero quiero protegerte.  Además, Abuela sigue llamando dolorosamente tu nombre.  Insiste en verte y yo no he estado de acuerdo.  Los niños no deben ver tales cosas”.  Según su voz se iba apagando, iba acrecentándose mi ira.  Pensé, “Abuela quiere verme y ella—esta vieja controladora—no está respetando sus últimos deseos”.

Sentí muchas nuevas emociones. Seguí rezando: quería ver a mi abuela, pero también quería que estuviera feliz en el cielo donde nadie le pudiera hacer daño; donde los dolores de las enfermedades no la tocaran más; y donde yo pudiera, a cualquier hora, hablarle y saber que ella estaba ahí.

Llegué muy cansada esa noche.  Tanto llanto y emociones confusas me rindieron por completo. El entrar a mi cuarto color de rosa con sus cortinas de tafetán blanco bordado con rositas pequeñas y la alfombra color algodón de azúcar era como entrar en un espacio irreal de sueños nebulosos y de muñecas. Un mundo pasado que nada tenía nada que ver con este mundo.

En seguida me cambié de ropa.  Decidí usar los pijamas blancos que había recibido para mi cumpleaños y ponerme unas gotas más del perfume de violetas que me acercaba a Abuela por lo menos en olor. Sin darme cuenta, me dormí profunda y oscuramente.  Sentí que me hundía en nubes grises.  Y  que gritaba, “¡¡Abuela!!”

Ella apareció, fuerte y morena,  como antes de la enfermedad y me abrazó.  Me dijo que estaba bien —que ya estaba aquí conmigo para siempre.

De pronto escuché dos fuertes golpes en la puerta de la calle.  Mami también los escuchó.  Ambas nos levantamos y corrimos a la puerta.  Pero al llegar no había nadie.  No podía haber nadie ya que para llegar a esa puerta se tenía que pasar por la puerta de la entrada principal que estaba trancada con candado.  Sentí escalofríos, y una corriente de aire pasar por el pasillo. Mami miró el reloj y preguntó, “¿Quién podría estar tocando a las cuatro de la mañana?”, movió la cabeza de lado a lado con la incertidumbre del momento. “Regresemos a nuestras camas,  que hace frío y nos resfriaremos”, continuó con un tono que no escondía el miedo que sentía.  De nuevo, me quedé dormida y soñé que hablaba con Abuela.

Mami no durmió esa noche y mostraba unas negras ojeras como prueba. El teléfono sonó a las seis de la mañana, justo cuando nos levantábamos para desayunar.  Todos brincamos.  Teníamos los nervios de punta.  Dejamos que Mami contestara.  Nuestro silencio contrastaba contra los “yes, thank you’s” repetidos por Mami.

Al colgar el teléfono estalló en llanto. “Se murió a las cuatro de la mañana”. Tenemos que preparar el funeral. 

Nunca llegué a ver a Abuela como le había prometido. Pero sentí un alivio cómplice. Ya no sufriría más.

Se hicieron los arreglos del funeral con el señor italiano del barrio cuya familia tenía una funeraria hacia ya varias generaciones.  Era un hombre simpático con una gran barriga que mostraba su amor por la comida.  Lo conocíamos del barrio y de la escuela, ya que su nieto era compañero mío de clase en la primaria del Sagrado Corazón de Jesús.  Pero ninguno de nosotros habíamos jamás entrado en la funeraria.  Hasta ese momento, no habíamos tenido muertos en este país.  Abuela sería la primera en yacer en tierra norteamericana con sus huesos cansados de inmigración cubana.

Todo pasó con una rapidez sorprendente. Hasta hoy día asocio la muerte con un relámpago, rápido y estruendoso.  Llegaron muchas llamadas y los familiares de Miami vinieron en grupos pequeños, tristes y sombríos.  Mami habló con el cura de mi primera comunión y pagó por una larga  misa que borrara un poco el dolor de los últimos tres años. Habían sido años llenos de las angustias de un cáncer pulmonar, de la peligrosa extirpación de un pulmón, y de terapias tradicionales y alternativas, años que sin parar su curso inexorable, casi predestinado, condujeron a este final  del que éramos testigos. 

El cuerpo yació por tres días en la sala funeraria.  La primera vez que entré,  me sorprendió la cantidad y el olor de los grandes ramos de flores de colores que llenaban el pequeño cuartito con las doce sillas colocadas alrededor de la caja del sueño eterno como si se esperara a los doce apóstoles de la Biblia.  Los otros tíos y primos estaban en la sala de espera.  Yo fui directamente hacia donde mis primos favoritos.  No sentía la necesidad de luchar por ver a Abuela.  Estaba segura de que ya nadie podría interrumpir nuestra comunicación y estaba cansada de pelear con mi madre y nunca lograr los resultados deseados.

“Mariíta, por Dios, ven acá”,  mandó mi madre con un tono de pura exasperación.

“Ya”,  pensé yo, “¿y ahora que estoy haciendo?”

“Niña, que tienes que venir a despedirte de tu abuela. Anda, es importante que le des un último adiós.  No se te olvide que tú eras su nieta preferida.”

“Su única nieta,” respondí en voz alta antes de darme cuenta de que hablarles así a los adultos me conseguía otro más de esos pescozones que yo tanto odiaba.  Pero al moverme para rehuir de mi madre, vi que hoy, por ser día solemne, no me iba a pegar.  Respiré profundamente mientras trataba de dilucidar esta nueva dirección en la lógica de mi madre.  ¿Sería que con la muerte me hice más adulta?  ¿Por qué sería que no podía verla cuando me llamaba en el hospital pero ahora tenía que ser testigo de su apagada vida?  El frío que esperaba sentir ante el ataúd me causaba terror.  Miré hacia donde estaba abierto con su tenue luz amarilla.  Desde mi posición en el cuarto, no veía ningún rasgo del cuerpo que parecía dormir.

“Anda, hija, que no tenemos todo el día”, dijo mi madre mientras me empujaba hacia dentro del cuarto, hacia la cama de muerto. 

“Bueno, ¿Qué te pasa?” preguntó esta vez con una ternura nueva para mi.  Parece que vio lo tímida que estaba. 

“¿Por qué tengo que verla muerta?” pregunté incómoda.

“Porque a los muertos hay que darle su último adiós”, respondió dulcemente, “también es importante que nos despidamos de ellos para que sus almas no se queden aquí en la tierra errando desesperadas entre los vivos sin poder descansar”.

Esa idea me pareció tan horrible y tan triste que enseguida fui a ver el cadáver de mi abuela. Por si acaso todavía estaba su alma ahí, o por ahí cerca, quería despedirme con todo el amor de mi alma pequeñita. 

Al llegar, me sorprendió la cara serena pero vacía de mi abuela.  No era ella, pensé. Pero seguí mirándola. Subí el escaloncito que mis padres habían colocado para que yo pudiera subir y verla bien de cerca. Olía a laboratorio de química (de esos que había visitado en la escuela donde disecaban ranas y ratones). Y sus ojos cerrados dejaban ver los años que se le habían acumulado en los párpados. Sin sus ojos bellos, negros, y grandes no tenía expresión.  Abuela era una persona que lo decía todo con su mirada. Sus ojos cerrados eran su vida apagada.  Sentí tanta tristeza.  Supe en ese momento que jamás oiría su voz.  De pronto no podía recordar cómo sonaba su voz, ni lo último que cocinó antes de ponerse grave. De pronto, me dio un miedo terrible.  Estaba olvidando a mi abuela. Su olor, su voz, sus ojos pícaros todo se estaba esfumando ante ese cuerpo inerte al que le tenía que hablar, por si acaso todavía estaba su alma por ahí.  Yo quería asegurar su felicidad eterna. Quería saberla en un lugar mejor y no podía aguantar el pensar que estuviera andando por la tierra sin lecho para descansar ni cielo para volar.

“Abuelita, soy yo, disculpa que no fui a verte en el hospital.  Traté, pero tú sabes como es Mami de posesiva.  No quiso compartirte.  Pregúntale a Dios.  Él te puede contar cuánto recé por ti.  Pero ahora lo importante es que te vayas para el otro mundo.  Ahí te esperan los tuyos, los angelitos, los santos, y Dios.  Ahí te puedo hablar siempre y ustedes no me dejarán nunca sola…Te extraño, pero también estoy feliz.  Ya llegaste al final de este camino y luces preciosa con tu pintalabios Channel, rojo clásico.  Cuando yo pueda, también voy a usar ese color de vida y de pasión que tú nunca dejaste de usar.  Abuela, te quiero y desde ahora te extraño. No te olvides de mí.” Se me olvidó que estaba rodeada de familiares. Todos lloraban o tenían los ojos rojos de haber estado llorando. Me escuchaban. Yo no lo sabía. Pero ya iba a abrazar a mi abuelita en su carruaje al otro mundo cuando estallaron varias voces alarmadas.

“¡¡¡Niña!!!, No hagas eso, que no se puede entrar dentro de la caja con los muertos”. Mami me alzó con una fuerza amazónica. “Tú estás viva y no puedes irte”, dijo abrazándome y asegurándose de que me tenía de este lado y  bien viva.

“Pero, sólo quería darle un abrazo de despedida”,  respondí inocentemente. 

“Bueno, mándale besitos desde aquí”, dijo con una dulce voz mientras me acariciaba el pelo. 

Los tres días fuimos a ese cuarto y llevamos a cabo el mismo ritual.  Yo no lloraba porque sentía una solidaridad secreta con mi abuela. Pero me sentía culpable porque parece que eso es lo que se tiene que hacer.  Si no, sería una niña mala.

Sí, pasé tres días intensos, tristes, y de pesadilla, pero sentía un gran alivio.  Finalmente, mi querida abuelita podía descansar en paz.  No estaba muy segura si creía en Dios, ya que nunca pensé que ella le tuviera mucha confianza.  Siempre decía, “Yo no creo ni en que el mar se seque”. Y aunque no sé exactamente que quería decir con eso, sé que tenía algo que ver con la Biblia, y por su tono sé también que no le tenía mucha fe.  No obstante, el día del entierro me sentí muy devota y me desperté hablándole a Dios.  Le di las gracias por la paz de mi abuela y el final de su lucha por una salud ya irrecuperable.  Me sentía hasta feliz. También, pensé, quizás Mami recuperará el ánimo que fue perdiendo marcadamente con las preocupaciones de los últimos años.

Casi como en las películas, el día del entierro fue un tempestuoso día de verano. Desde muy temprano estaba nublado, había ventoleras y amenazaba un aguacero de trópico perdido en estas tierras del noreste de los Estados Unidos.  Llegamos a la iglesia donde reinaba el ataúd cerrado sobre el altar. 

“Lo sentimos mucho”,  todos repetían. 

Y Mami lloraba, aguantando el llanto sólo para las palabras de la misa, y la bendición especial de nuestro cura preferido.  Se llevaban el ataúd y teníamos que seguirlo.  Durante la misa de una hora en español, cayó una lluvia negra y espesa.  Hacía un frío poco usual en esa época del año (finales del verano).  Yo me sentía cansada y ya quería mi vida de antes.  No entendía la ceremonia y tampoco podía llorar.  Sentía, también, una culpabilidad terrible. Si no podía llorar, quizás todos pensarían que no quería a mi abuela.  Y eso no era verdad.  La adoraba.  Pero estaba tranquila con su paz, su destino, y su viaje a un lugar lleno de luz y felicidad.

Al salir de la iglesia mi vecina me llamó a jugar.

Yo corrí hacia ella con una sonrisa.

“¡¡M’hija!!” tronó una voz furiosa detrás de mí. “Su abuela se ha muerto y usted está jugando.  ¡Qué falta de respeto!”, Mami lloraba. “Ay Dios mío, ¿Qué he hecho para merecerme esta tortura?, una hija que no tiene sentimientos”.

Y yo empecé a sollozar un llanto que no paró por muchos años.  Al fin y al cabo, fui la nieta que sufría ante el mundo. Pero realmente era: la niña mala que mi madre nunca entendió.

 “Ya tienes trece años” me despertó una voz gozosa.

“¡¡Eso quiere decir que soy una teenager!!” respondí con emoción.

“Y que pronto serás una señorita y tienes que tomar las responsabilidades de una adulta”,  siguió la voz.

“Ay, Mami, ni tan temprano en la mañana se te puede olvidar eso de la responsabilidad”,  contesté en tono de broma.

“Vengo a darte algo que te dejó tu abuela antes de morir”, se sentó al lado de mi cama con un sobre pequeño algo carcomido por los tres años que habían pasado desde la primera muerte en mi vida.

Me levanté con el corazón en la boca. “¿Algo de Abuela?”, pregunté confundida.  “¿Por qué ahora?”

“Porque ahora lo puedes apreciar”,  respondió Mami entregándome el sobrecito.

Sin palabras, como en un ritual solemne otra vez entre la vida y la muerte, abrí el sobrecito.  Era un anillo de oro amarillo con muchos diamantes pequeños.

“Se lo regaló el gran amor de su vida, un hombre que la defraudó mucho pero que le dejó unos recuerdos que a ella le dieron vida”, dijo Mami con voz de confidencia.  “Siempre quiso dártelo cuando cumplieras trece añitos.  Y esa promesa, por lo menos, la he cumplido”, dijo Mami, restableciendo la paz en nuestra almas, entre tres generaciones de mujeres duras.  Nos abrazamos por lo que pareció ser una eternidad.

Sabía que mi abuela había sido una mujer fuerte cuyas memorias pertenecían a las leyendas de la familia.  No había sido convencional y nunca se dio por derrotada.  Pero el cuento de este amante, era un secreto. Con esos mismos sentimientos de misterio, orgullo y honor que llenaban mi cabeza esa mañana, me puse el anillo en la mano derecha.

Para siempre estaría mi abuela ausente y sus memorias perdidas presentes en el brillo y el misterio de ese anillo. 

 


Lucía M. Suárez nació en Madrid, España (1964). Narradora, investigadora y profesora de literatura Latinoamericana y del Caribe, con especial concentración en el estudio de la producción cultural de la mujer y el tema de la diáspora, en la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Sus trabajos de investigación han sido publicados en prestigiosos anales literarios y de investigación literaria, tales como: World Literature Today Magazine, World Literature Today Journal, Michigan Quarterly Review, University Musical Society (University of Michigan), Casa de las Américas, Callaloo and Caribbean Studies Newsletter.