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A Albany Lozada
El bolero que nunca escuche |
El bolero represento un
género
literario muy particular, con sus letras y cadencias particulares,
durante el inevitable camino a la madurez. Su forma, abultada en
muchas ocasiones por anécdotas compartidas por la mayoría, abrió un
espacio para quienes aun desconocían el difícil arte de la
escritura; mucho antes de intentar la creación de un poema o un
relato, estuvimos marcados por el despecho y la agonía cotidiana,
consecuencia de la vivencia amorosa en los años de nuestra juventud.
El bolero es mas que una experiencia musical y estética
en nuestra vida; su melodía, expresada con argumentos de aceptación
masiva, refleja y estimula valores de una provincia, sin apartarse
del carácter universal de su mensaje. La mayoría de mis compañeros-
eso creo- formaron su estilo de manifestar su afecto y emociones a
la luz de un bolero, sin olvidar oportunas sugerencias de los
familiares mas cercanos. Durante esos años, de manera intuitiva, nos
aferrábamos a las letras producidas en este género,
mucho antes que la propia expresión literaria; primero (o en algunos
casos a un mismo tiempo) iniciamos la experiencia sonora y la
influencia social de este en nuestro quehacer cotidiano, moldeando
formas de conducta que perseguían la imitación de nuestros mayores y
la afirmación de cierta individualidad compartida. Las reuniones en
solares y bares, en muchos casos, ocurrió antes de la formación de
grupos literarios y movimientos artísticos; en buena parte de la
provincia sirvió para suplantar la ausencia de los mismos.
Nadie recuerda el primer bolero que escuchó, tampoco yo. Sin embargo
existe una señal que permite reconocerlo. Las personas gustan de
repetir su música, su armonía, logrando descubrir en sus letras
moldes existenciales que se repiten en el mundo cotidiano y que
parecen formar parte de nuestro aprendizaje amoroso y sexual. El
genero del bolero prepara, de alguna manera, para una experiencia
inédita en cada individuo. El primer amor, el despecho, la soledad,
la traición, tratan de comunicar a cada ciudadano la experiencia
particular de su autor, que debido a la creencia de su capacidad
para afianzar valores masculinos y sociales admitidos, pasa de un
status a otro, delimitando el terreno real del universo afectivo
para quienes rinden culto a su forma melódica y estética.
Durante ese tiempo incubamos anécdotas verdaderas e imaginarias a
las que se concedía una equivalencia existencial con las canciones
escuchadas, y convertía a estas como catalizadoras de un flujo
emocional y discontinuo que moldeaba nuestro carácter y nuestra
intolerancia. El bolero nunca arriba de forma solitaria, con su
argumentación melódica y su ritmo, de donde va surgiendo el interés
social por explorar los rincones secretos de cualquier relación
amorosa y desechando la natural timidez a favor de una participación
mas visible con el sexo opuesto, cuyo fin es una demostración pública
de valores y la necesaria reafirmación de algunas tradiciones, ahora
desaparecidas por cambios de la sociedad y el mercado.
El
bolero es en si mismo y por la acción de sus fanáticos, un vehículo
para canalizar inquietudes, superando en muchos casos la influencia
de la lectura y las escuelas literarias. Detrás de cada mujer y cada
hombre hay un bolero, una melodía que ejemplifica su acción amorosa
y cuya letra se parece a la experiencia particular. Sus temas,
expresados en letras como en Rayito de Luna o Convergencia,
avanzan con su técnica impecable dentro del público, mostrando las
virtudes creativas que impulsan a sus autores y facilitando el paso
a niveles de mayor envergadura y aceptación social . Hay quienes
utilizan el acontecer humano descrito en sus letras como inspiración
para definir alguna experiencia propia, y crean, sin proponérselo,
una técnica muy cercana a la literatura oral, que refleja, sin
muchas limitaciones, sentimientos como el despecho, que de forma
parecida a otros, se ejecuta a ritmo con la conciencia del
individuo.
Quizás esta percepción del género
del bolero (ahora con mas razón para sus estudiosos) debe cuidarse
de no caer en una intelectualización
del mismo, en repetidas ocasiones desvirtúa la verdadera naturaleza
y gracia del fenómeno que sufre las consecuencias propias del
tiempo, modificándose en sus versiones públicas
y en su coherencia como valor arquetípico de la sociedad. La
aparición de este género
alternativo y su influencia en la vida cotidiana, se debe, en buena
parte, a sus variados modelos que resultan menos rígidos que las
técnicas propias del campo literario. La educación sentimental en la
provincia esta ceñida, como se deduce de la adaptación de los
miembros de la comuna y la familia, a la capacidad para
reconocernos en su forma nostálgica y , a veces violenta, que se
inicia con su presencia y se amalgama con la cultura de la bebida,
algo tan relacionado en esa fusión que produce nuestros rasgos más
sobresalientes como colectivo: como si fuera poco su grado de
influencia es determinante en la visión acerca del amor. Cada
miembro de la cofradía, donde se intensificaba la amistad, esta
provisto de un culto a ese género,
que convertido en modalidad para conquistas emocionales, facilitaba
el camino para alcanzar metas afectivas, privadas o públicas,
y nos colocaba en la ruta mas aprobada para expresar nuestro sexo a
través del gusto.
No
recuerdo cuando escuché el primer bolero, pero la experiencia en el
bar y las reuniones de solar, unidas a la función moral de la radio
en la formación de los valores, nos ubicaba en el plano real donde
se manifestaba el efecto del bolero como género
estético y social. La música de tríos, pieza presente en las fiestas
de la provincia, como en los bebederos locales, se sumaban a una
tradición donde esa manifestación ejercía sus plenos poderes sobre
nuestra rudimentaria ciudadanía. El bolero es un idioma particular,
cargado de signos y mensajes, que provee y alimenta al individuo en
las tempranas formas que asume su imaginación( sus fanáticos y
aficionados evolucionan con una jerga que varia de una ciudad a
otra) .La crítica
a la que se ha sometido el género
en sus últimos años es consecuencia de la necesidad de retomar,
como es lógico,
el trabajo de evaluar nuestra conducta amorosa, tanto colectiva como
personal. El bolero, en su mayoría todos, representan un acto de
obligado inventario pasional, marcando con sus letras y estilo
particular de sus interpretes, evocaciones que rescatan y hacen mas
visibles las estructuras psicologías sobre la que descansa el
andamiaje del amor; en ocasiones menos oportunas surgen las fisuras
que como cicatrices existenciales se mantienen ocultas en la
memoria.
Este género,
en el que creemos reconocer parte de nuestro anecdotario como
individuos, estableciendo similitudes con escenas de nuestra propia
vida, es herencia musicalizada de tradiciones mas antiguas, que se
extravían mas allá de la composición de Pepe Sánchez, Tristeza,
señalada como la pieza originaria del género
a fines siglo diecinueve. Nuestra legitimación como ciudadanos de la
ciudad pasaba por la prueba del género,
convirtiendo a su melodía en factor decisivo en la relación con
nuestros semejantes, mujeres y personas mayores y de la misma edad.
La actitud, de quienes requeríamos de materiales para garantizar
nuestras conquistas sentimentales, estaba marcada por la facilidad
para reconstruir el mosaico afectivo con la ayuda de las letras que
brotaban de este género, moldeando la
conducta y ejerciendo una fuerte influencia en la visible y joven
inexperiencia con las damas.
El género
acompañaba el acercamiento a esa forma social del acercamiento a las
mujeres, con rasgos mas definitivos en las circunstancias del bar,
por tratarse de experiencias mas reforzadas por la actitud de los
mayores. Fue, en ese tiempo, que sus letras semejaban a esa creación
compartida que deseábamos en nuestro rudimentario conocimiento
acerca de la creación literaria, alternando con piezas de poetas
locales y universales. El bolero tenia su propia pasión, su ritmo
secreto que obligábamos a compartir en la rutina de la cantina, de
la serenata y de las reuniones de solares. El anecdotario personal,
como un acto sublime, establecía sublimes coordenadas con la vida,
mostrando en las más jóvenes un aprendizaje
espontáneo de melodías que, con el paso del tiempo y la fuerte
aparición de grupos de culturas lejanas, fueron cediendo su espacio
a la moda, a caprichos juveniles y a gustos mas curiosos y sedientos
por percibir sensaciones distintas.
Aún
recuerdo cuando se transcribían las letras de bolero bajo las
últimas hojas caídas de la tarde, descansando los cuerpos en una
abigarrada pared, para regalarla a la dama que mas entusiasmo
causara en nuestra inocente sensibilidad. Era un sano
entretenimiento que se reforzaba con nuestro paseo a la estación de
radio mas cercana. La llegada del verano psicológico y sentimental
nos arrojó sobre nuevas experiencias, forzando a explorar una
estética diferente y alterna surgida de una sensibilidad que,
apoyada en mejores recursos técnicos y difusión, abrieron paso a la
humilde creación poética, superando la falta de escuelas y
movimientos, y pasando a concebir otros sueños románticos, iniciados
con este género cuyo cultivo gozaba del
afecto de nuestros mayores, ya que se consideraba parte de un bagaje
para afianzar el arte del enamoramiento y la galantería. El bolero,
con sus lejanas secuencias de situaciones, aun atrae la curiosidad
de muchos, tanto así que algunos lo utilizaron como objeto de
veneración narrativa y ensayística, e inclusive alcance a leer
poemas que se originaban a partir de un
bolero, sintetizando su melódica forma y adaptando su ritmo a
formulas creadoras novedosas. Este género,
ahora renovado por interpretes de lugares tan distantes, demuestra
el cambio de sensibilidad de la población, que como si se tratara de
un ropaje molesto, abre sus ojos y su corazón a formas mas
trascendentes en su agitada vida interior, permitiendo así nuevas y
curiosas relaciones que brotan de su amalgama existencial, donde el
género del bolero mantiene su influencia
cotidiana sobre el deseo y la conducta romántica de sus fanáticos,
entre los cuales, por cierto, me encuentro. La llegada de amigas con
sensibilidad distinta, de minitecas, de efímeros conciertos, nos
arrojaron en otros ámbitos para explorar el rostro de la modernidad.
Los grandes permanecieron en su sitio, tratando de defender las
pequeñas zonas radiales donde se profesaba el apego a este género
y a rituales de la comuna, donde se creía educar nuestro frágil
espíritu para el litigio amoroso, que, sin darnos cuenta, abrió la
conciencia despierta y juvenil a formas que representaban un nuevo
concepto músical y estético que inundó a la
muchedumbre, cambiando muchos de nuestros rasgos y nuestra
sensibilidad.
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