Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APRECIACIONES DEL BOLERO

 por

Manuel  Bolívar Graterol 

 

 

A Albany Lozada

                                       El bolero que nunca escuche

    

                                                             

          El bolero represento un género literario muy particular, con sus letras y cadencias particulares, durante el inevitable camino a la madurez. Su forma, abultada en muchas ocasiones por anécdotas compartidas por la mayoría, abrió un espacio para quienes aun desconocían el difícil arte de la escritura; mucho antes de intentar la creación de un poema o un relato, estuvimos marcados por el despecho y la agonía cotidiana, consecuencia de la vivencia amorosa en los años de nuestra juventud.

 

            El bolero es mas que una experiencia musical y estética en nuestra vida; su melodía, expresada con argumentos de aceptación masiva, refleja y estimula valores de una provincia, sin apartarse del carácter universal de su mensaje. La mayoría de mis compañeros- eso creo- formaron su estilo de manifestar su afecto y emociones a la luz de un bolero, sin olvidar oportunas sugerencias de los familiares mas cercanos. Durante esos años, de manera intuitiva, nos aferrábamos a las letras producidas en este género, mucho antes que la propia expresión literaria; primero (o en algunos casos a un mismo tiempo) iniciamos la experiencia sonora y la influencia social de este en nuestro quehacer cotidiano, moldeando formas de conducta que perseguían la imitación de nuestros mayores y la afirmación de cierta individualidad compartida. Las reuniones en solares y bares, en muchos casos, ocurrió antes de la formación de grupos literarios y movimientos artísticos; en buena parte de la provincia sirvió para suplantar la ausencia de los mismos.

 

 

         Nadie recuerda el primer bolero que escuchó, tampoco yo. Sin embargo existe una señal que permite reconocerlo. Las personas gustan de repetir su música, su armonía, logrando descubrir en sus letras moldes existenciales que se repiten en el mundo cotidiano y que parecen formar parte de nuestro aprendizaje amoroso y sexual. El genero del bolero prepara, de alguna manera, para una experiencia inédita en cada individuo. El primer amor, el despecho, la soledad, la traición, tratan de comunicar a cada ciudadano la experiencia particular de su autor, que debido a la creencia de su capacidad para afianzar valores masculinos y sociales admitidos, pasa de un status a otro, delimitando el terreno real del universo afectivo para quienes rinden culto a su forma melódica y estética.

 

 

        Durante ese tiempo incubamos anécdotas verdaderas e imaginarias a las que se concedía  una equivalencia existencial con las canciones escuchadas, y convertía a estas como catalizadoras de un flujo emocional y discontinuo que moldeaba nuestro carácter y nuestra intolerancia. El bolero nunca arriba de forma solitaria, con su argumentación melódica y su ritmo, de donde va surgiendo el interés social por explorar los rincones secretos de cualquier relación amorosa y desechando la natural timidez a favor de una participación mas visible con el sexo opuesto, cuyo fin es una demostración pública de valores y la necesaria reafirmación de algunas tradiciones, ahora desaparecidas por cambios de la sociedad y el mercado.

 

 

     El bolero es en si mismo y por la acción de sus fanáticos, un vehículo para canalizar inquietudes, superando en muchos casos la influencia de la lectura y las escuelas literarias. Detrás de cada mujer y cada hombre hay un bolero, una melodía que ejemplifica su acción amorosa y cuya letra se parece a la experiencia particular. Sus temas, expresados en letras como en Rayito de Luna o Convergencia, avanzan con su técnica impecable dentro del público, mostrando las virtudes creativas que impulsan a sus autores y facilitando el paso a niveles de mayor envergadura y aceptación social . Hay quienes utilizan el acontecer humano descrito en sus letras como inspiración para definir alguna experiencia propia, y crean, sin proponérselo, una técnica muy cercana a la literatura oral, que refleja, sin muchas limitaciones, sentimientos como el despecho, que de forma parecida a otros, se ejecuta a ritmo con la conciencia del individuo.

 

 

   Quizás esta percepción del género del bolero (ahora con mas razón para sus estudiosos) debe cuidarse de no caer en una intelectualización del mismo, en repetidas ocasiones desvirtúa la verdadera naturaleza y gracia del fenómeno que sufre las consecuencias propias del tiempo, modificándose en sus versiones públicas y en su coherencia como valor arquetípico de la sociedad. La aparición de este  género alternativo y su influencia en la vida cotidiana, se debe, en buena parte, a sus variados modelos que resultan menos rígidos que las técnicas propias del campo literario. La educación sentimental en la provincia esta ceñida, como se deduce de la adaptación de los miembros de la comuna y la familia,  a la capacidad para reconocernos en su forma nostálgica y , a veces violenta, que se inicia con su presencia y se amalgama con la cultura de la bebida, algo tan relacionado en esa fusión que produce nuestros rasgos más sobresalientes como colectivo: como si fuera poco su grado de influencia es determinante en la visión acerca del amor. Cada miembro de la cofradía, donde se intensificaba la amistad, esta provisto de un culto a ese género, que convertido en modalidad para conquistas emocionales, facilitaba el camino para alcanzar metas afectivas, privadas o públicas, y nos colocaba en la ruta mas aprobada para expresar nuestro sexo a través del gusto.

 

 

   No recuerdo cuando escuché el primer bolero, pero la experiencia en el bar y las reuniones de solar, unidas a la función moral de la radio en la formación de los valores, nos ubicaba en el plano real donde se manifestaba el efecto del bolero como género estético y social. La música de tríos, pieza presente en las fiestas de la provincia, como en los bebederos locales, se sumaban a una tradición donde esa manifestación ejercía sus plenos poderes sobre nuestra rudimentaria ciudadanía. El bolero es un idioma particular, cargado de signos y mensajes, que provee y alimenta al individuo en las tempranas formas que asume su imaginación( sus fanáticos y aficionados evolucionan con una jerga que varia de una ciudad a otra) .La crítica a la que se ha sometido el género en sus últimos años es consecuencia de la necesidad de retomar, como es lógico, el trabajo de evaluar nuestra conducta amorosa, tanto colectiva como personal. El bolero, en su mayoría todos, representan un acto de obligado inventario pasional, marcando con sus letras y estilo particular de sus interpretes, evocaciones que rescatan y hacen mas visibles las estructuras psicologías sobre la que descansa el andamiaje del amor; en ocasiones menos oportunas surgen las fisuras que como cicatrices existenciales se mantienen ocultas en la memoria.

 

 

 Este género, en el que creemos reconocer parte de nuestro anecdotario como individuos, estableciendo similitudes con escenas de nuestra propia vida, es herencia musicalizada de tradiciones mas antiguas, que se extravían mas allá de la composición de Pepe Sánchez, Tristeza, señalada como la pieza originaria del género a fines siglo diecinueve. Nuestra legitimación como ciudadanos de la ciudad pasaba por la prueba del género, convirtiendo a su melodía en factor decisivo en la relación con nuestros semejantes, mujeres y personas mayores y de la misma edad. La actitud, de quienes requeríamos de materiales para garantizar nuestras conquistas sentimentales, estaba marcada por la facilidad para reconstruir el mosaico afectivo con la ayuda de las letras que brotaban de este género, moldeando la conducta y ejerciendo una fuerte influencia en la visible y joven inexperiencia con las damas.

 

 El género acompañaba el acercamiento a esa forma social del acercamiento a las mujeres, con rasgos mas definitivos en las circunstancias del bar, por tratarse de experiencias mas reforzadas por la actitud de los mayores. Fue, en ese tiempo, que sus letras semejaban a esa creación compartida que deseábamos en nuestro rudimentario conocimiento acerca de la creación literaria, alternando con piezas de poetas locales y universales. El bolero tenia su propia pasión, su ritmo secreto que obligábamos a compartir en la rutina de la cantina, de la serenata y de las reuniones de solares. El anecdotario personal, como un acto sublime, establecía sublimes coordenadas con la vida, mostrando en las más jóvenes un aprendizaje espontáneo de melodías que, con el paso del tiempo y la fuerte aparición de grupos de culturas lejanas, fueron cediendo su espacio a la moda, a caprichos juveniles y a gustos mas curiosos y sedientos por percibir sensaciones distintas.

 

 Aún recuerdo cuando se transcribían las letras de bolero bajo las últimas hojas caídas de la tarde, descansando los cuerpos en una abigarrada pared, para regalarla a la dama que mas entusiasmo causara en nuestra inocente sensibilidad. Era un sano entretenimiento que se reforzaba con nuestro paseo a la estación de radio mas cercana. La llegada del verano psicológico y sentimental nos arrojó sobre nuevas experiencias, forzando a explorar una estética diferente y alterna surgida de una sensibilidad que, apoyada en mejores recursos técnicos y difusión, abrieron paso a la humilde creación poética, superando la falta de escuelas y movimientos, y pasando a concebir otros sueños románticos, iniciados con este género cuyo cultivo gozaba del afecto de nuestros mayores, ya que se consideraba parte de un bagaje para afianzar el arte del enamoramiento y la galantería. El bolero, con sus lejanas secuencias de situaciones, aun atrae la curiosidad de muchos, tanto así que algunos lo utilizaron como objeto de veneración narrativa y ensayística, e inclusive alcance a leer poemas que se originaban a partir de un bolero, sintetizando su melódica forma y adaptando su ritmo a formulas creadoras novedosas. Este género, ahora renovado por interpretes de lugares tan distantes, demuestra el cambio de sensibilidad de la población, que como si se tratara de un ropaje molesto, abre sus ojos y su corazón a formas mas trascendentes en su agitada vida interior, permitiendo así nuevas y curiosas relaciones que brotan de su amalgama existencial, donde el género del bolero mantiene su influencia cotidiana sobre el deseo y la conducta romántica de sus fanáticos, entre los cuales, por cierto, me encuentro. La llegada de amigas con sensibilidad distinta, de minitecas, de efímeros conciertos, nos arrojaron en otros ámbitos para explorar el rostro de la modernidad. Los grandes permanecieron en su sitio, tratando de defender las pequeñas zonas radiales donde se profesaba el apego a este género y a rituales de la comuna, donde se creía educar nuestro frágil espíritu para el litigio amoroso, que, sin darnos cuenta, abrió la conciencia despierta y juvenil a formas que representaban un nuevo concepto músical y estético que inundó a la muchedumbre, cambiando muchos de nuestros rasgos y nuestra sensibilidad.

 


Manuel Bolívar Graterol nació en Coro, Venezuela (1959). Poeta y periodista. Ha publicado los poemarios: Examen del Alma (2000), Poemas Taurinos (2001) y Destinatario (2003).  Es un colaborador frecuente en revistas y periódicos de Venezuela. Participa activamente en el proyecto de la Biblioteca Virtual Francisco de Miranda. Ha estudiado dirección de televisión, elaboración de guiones para radio y otros cursos relacionados con nuevas tecnologías. Actualmente prepara un libro de crónicas sobre la música y algunos artistas conocidos.