Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

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LOS TOROS, EL MAR Y LA MUERTE

 EN LA VIDA DE HEMINGWAY

por

Róger Mendieta Alfaro

 

 

     A Hemingway le conocí en la cárcel. Por julio de 1954, me encontré por vez primera con Santiago (Hemingway), el curtido pescador de "El Viejo y el mar". Por esta bella historia de pescadores fue galardonado en 1953, con el Premio Pulitzer, y por supuesto, esta actitud de la crítica dio lugar a una seria revisión de la producción literaria del escritor, para su postulación al Premio Nóbel en 1954. La primicia de "El Viejo y el mar", fue obtenida por "Life" en español. La publicación entró a la celda número diez de la cárcel de "La Aviación", como postre de distensión intelectual, entre las ricuras culinarias consignadas al político Ernesto Chamorro Pasos. Este es un detalle que mi memoria se deleita en recordar, cuando pienso en mi primer encuentro con Hemingway.

     Ernest Hemingway nació en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de 1899, hijo de Clarence y Grace Hemingway. Luego de graduarse del high school trabajó como reportero en el Kansas City Star. Durante la Primera Guerra Mundial fue rechazado por el servicio militar de su país por cierto problema en los ojos, pero en 1917 se incorporó voluntario en el frente italiano como chofer de ambulancia, en donde es herido de gravedad. Después de convalecer en su país, regresó a Europa y se instaló en un suburbio de París a vivir su incursión y la realidad del mundo literario, en cafés y barrios tradicionalmente famosos de París, y a relacionarse con escritores de su tiempo, entre otros Dos Pasos, Fizgerald, Pound y Gertrude Stein, quien le señala el camino de la literatura, y le sugiere el abandono del trabajo de reportero del Toronto Star. Luego se recluye en una buhardilla a producir relatos violentos, descarnados, difíciles de publicar.

     Es justo reconocer, que cuando se lee por vez primera a Hemingway -sobre todo si quien lo lee tiene vocación de escritor-, le resulta difícil substraerse a su capacidad de sugestión. Pues es absorbido por la corriente precisa, dinámica y franca de ese bregar creativo con la potencia de una bala de cañón, el limpio salto del pez atrapado por el anzuelo sobre la superficie del agua, o la entrada a fondo de la espada entre los omóplatos del toro de lidia.

     De tal manera que Hemingway es el maestro en el arte del narrar al que hay que leer despacio. No importa el tema en el que haga saltar su mundo de demonios y crudo realismo, que para el novelar son una misma cosa: proyección de vivencias dentro del fascinante mundo de la ficción. Ficción contenida dentro del alma. Esto que parece incongruente, es una verdad absoluta, pues en la medida que se vive la experiencia, es cuando con propiedad se puede hablar en lenguaje novelado. 

     El escritor de El Viejo y el mar es un claro ejemplo de lo que exponemos. Para escribir sobre la guerra en Por quién doblan las campanas, fue necesario estar dentro de ella, así como para luchar a brazo partido con un pez en el mar es preciso ser pescador. Esto es evidente en Hemingway, dotado de los recursos creativos que requiere la química del don de escritor para penetrar el extraño, misterioso, alucinante y esquizofrénico mundo de la ficción. 

     A Hemingway le atraían los toros hasta el encanto. Y confiesa en uno de sus libros, que contaba con sentirse horrorizado en una corrida de toros, "por lo que me habían dicho que pasaba con los caballos. La mayor parte de la gente que había escrito sobre las corridas, lo condenaba como algo brutal y estúpido". De tal manera que el corresponsal de guerra, que es arrastrado por un espíritu de aventura, por pasiones fuertes y episodios de asesinatos, asaltos, tornados y tragedias de todo orden, viaja en compañía de algunos amigos a España, toma hospedaje en una posada para toreros, y con el gozo que produce la curiosidad del reportero, asiste a la primera corrida en Madrid, para ver torear a Chicuelo.

La expresión de "contaba sentirse horrorizado", la dijo Hemingway siete años antes de escribir Muerte en la tarde, uno de los mejores tratados sobre tauromaquia que jamás se haya publicado. Después de comenzar a vivir el mundo de los toros, participando en el encierro de Pamplona -en donde en julio de 1923 recibe una cornada-, escribe en un Semanario de Toronto: "la fiesta de toros no es un deporte, sino una tragedia que simboliza la lucha entre el hombre y la bestia. La tragedia es en tres actos: Primero, el toro entra en el ruedo y embiste al picador, y éste le pone varas para defender a su caballo, y se retira. Segundo, la colocación de las banderillas y por último, la muerte del toro".

En Muerte en la tarde, haciendo caso omiso a su opinión de que las corridas de toros "no son un deporte sino una tragedia”, Hemingway escribe: "Es un deporte, un deporte salvaje y primitivo, y en gran parte, un verdadero deporte de amateurs. Temo sin embargo, que a causa del peligro de muerte que lleva consigo, no tendría demasiados adeptos entre los amateurs del deporte en Norteamérica y en Inglaterra. En nuestros juegos deportivos, no es la muerte lo que nos fascina, la muerte cercana, que es preciso esquivar; sino la victoria, y es la derrota en lugar de la muerte, lo que tratamos de evitar". Y afirma: "Todo ello tiene un simbolismo muy lindo; pero hacen falta más cojones para entregarse a un deporte en que la muerte es uno de sus ingredientes".

A Ernest Hemingway no le basta ser el reportero o el escritor pasivo del suceso de que informa, o el relato que magnifica o distorsiona en sus novelas. Esto parece ser que resulta un poco ruin y hasta despreciable para el autor de Fiesta o Por quién doblan las campanas. Esta práctica no va con su naturaleza. Al contrario, es arrastrado por la obligación anímica del imbuir las profundidades de la experiencia creativa: tocar la fuente real en donde el reportaje, o la narración del acontecimiento literario se enriquece, vive, alza el vuelo como águila y proyecta a lo eterno.

     De tal manera que quien hasta hace algunos años no sabía nada de  toros, yendo de plaza en plaza "en todas partes de España, desde Pamplona -pasando por los Sanfermines, a los cuales no faltó desde 1923 hasta 1931, a excepción del año 30-, hasta Granada", hablando con aficionados, aprendices de toreros, y toreros buenos y famosos como Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y Juan Belmonte; o no muy estable como el gitano Joaquín Rodríguez "Gagancho", de quien relata Hemingway, puede considerarse heredero del "Gallo", en cuanto a gracia, pintoresquismo y pánico; pero no ha heredado del "Gallo" su gran conocimiento de los toros y de los principios de la lidia. Y afirma de "Gagancho": "Tiene una gracia escultural, una lentitud y una suavidad majestuosa de movimientos; pero ante un toro que no le permite mantenerse con los pies juntos ni preparar sus pases, se encuentra sin recursos, y si el toro se distancia un tanto de la perfección mecánica, es presa de pánico y no querrá acercarse al animal".

     En asunto de tauromaquia, Hemingway pasa a ser desde el simple espectador y narrador del espectáculo taurino, hasta el experto en lograr un conocimiento tal de la fiesta brava, que lo convierte en psicólogo de toreros, y lo más interesante aún: psicólogo de toros, no para sacar al toro de su tragedia espectacular: la muerte; sino para observarlo como entra al ruedo desde el toril, y con qué clase de ánimo y dignidad, este bello animal se dispara como un cohete a enfrentar a su enemigo. Leyendo Muerte en la tarde nos damos cuenta de la capacidad vivencial y del placentero trabajo investigativo que despliega Hemingway para llegar a las conclusiones que expone su tratado.

     Su capacidad de observación y de amor a la fiesta de los toros, lo lleva a los sitios de crianza de toros de lidia, a las capeas de pueblo y a las novilladas, en donde la improvisada escuela del toreo tiene inusitado sabor de improvisación; a las tertulias de diestros en las que se habla de querencias de los toros, casta y mecanismos de defensa; lo conduce a los quirófanos de toreros, y  a los padecimientos de éstos como la sífilis y la tuberculosis. "El toro de lidia debe morir, no debe entrar al ruedo más de una vez, porque es un peligro que al matador se le hace complicado sortear. Esta es la tragedia del ruedo, y aunque torero y toro están frente uno del otro, y un centenar de diestros han dejado la vida en el ruedo, en el último acto de la tragedia -como la llama Hemingway-, es el toro quien irremediablemente se rinde a la muerte.

     Diría que este tratado de tauromaquia Muerte en la tarde con el correr de sus páginas de convierte en una biografía de toros y toreros, en primer lugar, y luego en detallada descripción de trucos y complejos sitios, acciones y situaciones que dan vida a la fiesta brava.

     Hemingway hace mención, da su lugar, a toreros famosos como Frascuelo y a toros de antología, espectaculares como Hechicero, un toro gris de la ganadería de Concha y Sierra, que en 1844 mandó al hospital de Cádiz a todos los picadores, y a todos los toreros que tomaron parte en la corrida, después de haber embestido y dado muerte a siete caballos. 

     Es interesante hacer notar, y basta examinar con algún interés la impetuosa corriente biográfica de Hemingway, para darnos cuenta del profundo amor por su disfrute existencial a través de apasionantes aventuras que conllevan en sí, un alto contenido de muerte. No son otra cosa la guerra, los toros o la peligrosa pesca en el golfo, ligadas mentalmente a su comportamiento de joven reportero del Kansas City Star; a los corre de las ambulancias, los atracos de gángsteres o los múltiples matrimonios, que aun cuando terminaban en terremotos, se deslizaban siempre sobre un multicolor mundo de embriagantes promesas y testimonios de amor como la carta a Pickle, desde el frente de guerra antes del ataque a Normandía: "He pensado mucho en ti y te he amado mucho durante todo el día".

     Hemingway en todas las acciones de su vida acomete como un toro miura. Quizá por esto le atraen tanto las corridas de toros, en las que se ve a sí mismo. Su incursión en el periodismo es violenta. En hospitales, cuarteles de policía, incendios, secuestros y todo reto espectacular en el que tengan que ver sangre y muerte, aparecen en su agenda como un hecho ineludible. Y cuando deja el reporterismo de provincia, enfila sus bártulos hacia la devastadora Primera Guerra Mundial, para luego arrastrar sus creencias y el propio conflicto político social, replegándose en el grupo de artistas expatriados, que surgen de los restos de la brutal violencia de la guerra que da origen a la Generación Perdida.

     Afirma Norberto Fuentes, uno de sus biógrafos: "Escribe a máquina con dos dedos, e incluso con uno solo, y no se ocupa de las reglas de ortografía y sintaxis. Para algo son los jefes de redacción y los correctores de estilo", aclara.

     Algunos biógrafos afirman que Ernest Hemingway vino a suceder al Faulkner de ¡Absalón Absalón! y El Ruido y la furia, por su frescura descarnada y el estilo violento y apasionado. Y le toca nada menos, que navegar en el glorioso momento en que los abanderados de la Generación Perdida "sostienen la ilusión de dictarle pautas a la producción mundial de novelas".   Parece ser que es en El Viejo y el mar, en donde Hemingway se considera realizado. Aunque la mayoría de sus novelas están escritas dentro de un entorno autobiográfico: Fiesta (1927), Adiós a las armas (1929), Las verdes colinas de África (1935) etc., es en El Viejo y el mar (1952) en donde el formidable novelista da la impresión de refundir su compleja vida de escritor. El Viejo y el mar vienen a ser una especie de grandioso recorrido de su existencia, del examen a fondo de sus vivencias de reportero, militar, deportista, aventurero, trastornado amante y por supuesto, escritor. Y nada más propicio que la cadencia de un bote a remos sobre el agua, unos cuantos sedales y anzuelos, arpón y bichero en el solitario, extenso y profundo mar Caribe; más ardiente y soleado, que gris; y tan semejante al Mediterráneo español de Málaga, tan cercano a Córdoba y Sevilla, tierra de recuerdos, y excelentes toros y toreros.

     Tengo la sensación de que así como Hemingway, el joven y ambicioso reportero del Toronto Star, -cazador de ilusiones y aventuras llenas de peligro, va y se engancha en el ejército italiano, y entre los bemoles de ese ir, recibe el bautizo de una granada de obús y ráfagas de metralla, participa luego de una vida no muy cuerda plena de pasiones de todo orden, entre las que no faltan whisky, ron y mujeres, con sus tristes o agradables consecuencias-, en El Viejo y el mar, vemos a un Hemingway, que aun cuando en la vida de escritor sigue triunfante y alcanza su máxima expresión, un fenómeno existencial parece sacudir su alma, y comienza a huir de la algarabía de los Sanfermines, la cacería de leones en África y del estrepitoso bullicio de los fanáticos de los yanquis de New York, ante la comparecencia del homerun del gran Di Maggio. Y vemos que muestro héroe viene de regreso, y es él mismo quien se autollama  viejo:" Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez".

     Y no es exactamente en un yate, en el que el viejo se pone a faenar -el héroe que nos ocupa es dueño del "Pilar", yate que fue diseñado en parte, bajo sus indicaciones-, sino que se trata de un simple bote de remos, el que dentro de su profundo e insondable espíritu de escritor, no es más que la expresión del propio ser, librándose del bullicio sordo de su insatisfecha y solitaria pasión de existir. Y como el viejo dice del viejo: "No soñaba ya con tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con grandes peces ni con peleas ni con competencias de fuerza ni con su esposa". En el itinerario del regreso, la soledad no deja espacio a nada ni nadie, más que para el examen de su confusa y poderosa realidad de sueños truncos, devastadores e imprecisos. Frente al solitario océano de su mezcolanza de pasiones que parecen como mortificantes fantasmas sombríos que afloran a la superficie del ser, cual secos  y poderosos golpes de yunque en el corazón de un herrero. Hemingway, es el efesios de sí mismo, asido a su solitario y desventurado Pegaso, en una lucha sin término, que tiene su punto de partida en un bendito diario de Kansas, y se proyecta en la solitaria Torre de Babel de un bote, frente a las costas de La Habana, en el que no se da la confusión de lenguas de que nos habla la escritura, sino que un claro monólogo, desiderátum verbal que escoge el momento adecuado para el virtual examen de su Tener o no tener. Desde la horizontal y vasta paciencia de un bote de remos, y "sentado en la vela y el palo que había quitado de la carlinga", resulta como más fácil examinar el horizonte cerrado de la propia existencia.

   Veamos lo que afirma el viejo: "Es dos pies más largo que el bote". Cualquiera que alguna vez haya tenido un sedal entre las manos, sabe de qué habla Hemingway, cuando se refiere al tamaño del pez. No nos cabe la menor duda de que Santiago, el pescador, no habría tenido la más mínima ventaja para luchar con ese pez. El virtual Rendón de un pez de este tamaño al ser cogido por el anzuelo, no deja tiempo para nada. Ante su velocidad de reacción y la formidable potencia de su fuerza, un pescador como el viejo Santiago queda sin chance alguno. De tal manera, que Hemingway, cuando habla de este pez que los makos -esos tiburones sanguinarios de la peor especie-, lo van cercenando a dentadas, arrebatándole poquito a poco, se refiere al propio bote de su existencia, que con el devenir de la realidad temporal, viene descascarándose, haciéndose trizas.

     Para Hemingway, el hecho de meterse en un simple bote de remos para ver el mundo que va dejando atrás, como señalamos antes, es un reclinarse sobre sí, para el logro de espacios al examen vitalista de su agitada vida de aventurero. La novela El viejo y el mar está virtualmente inmersa en una relación de nostálgicas vivencias, que son capaces de provocar inusitada complacencia y profundo dolor en el alma del escritor. Después de todo, como lo calificó Gertrude Stein, Hemingway "era un hombre frágil", y como la gran mayoría de  los escritores: ilusos, soñadores, aventureros, proverbialmente de un gran corazón; y aunque haya entre ellos algunos muy audaces, capaces de espectaculares osadías que pueden llevarlo hasta el sacrificio por una causa perdida, en cuanto a alma me refiero, son enteramente frágiles. 

Asido a ese enorme pez, y alerta sobre esa pequeña embarcación que es él mismo, que le permite "lavar la mano derecha en el mar mientras clavaba la mirada en el sol que se hundía en el océano", es cuando el gran viejo Santiago, que no es nadie más que Hemingway, proyecta mentalmente la gran película de su vida. Acuden a su pantalla mental la ciudad natal, su tremenda afición por la pesca de la aguja -sólo la pasión de escribir pudo haber sido para él, más fuerte que la pesca-; las queridas tertulias de París, en la librería de Sylvia Beach -cuartel general de la Generación Perdida-,las amadas fiestas de Pamplona, sus leones y rinocerontes de África y estrellas del cine como Ava Garner y Gary Cooper, riendo a carcajadas y bailando en el Floridita  de la Habana; las que no conocemos y nos imaginamos de sus mujeres -la vida apasionada y violenta está profundamente ligada al sexo, más bien parece una extensión de él-, y Hadley, Paulina (Pfeiffer), Martha (Gelhorn), Agnes (von Kunowsky) y Mary Walsh (Pickle) la cuarta de sus esposas.

     Y más hacia este lado del mundo -en Cuba-, su finca Vigía, punto de encuentro referencial de revolucionarios, poetas y verdaderos hijos del mar, que enseñaron a Hemingway a dialogar con los peces, saborear el mojito, respetar y querer a esos pescadores de Cojímar: Gregorio Fuentes, su alter-ego.

     Al menos por un buen tiempo, el disparo que Hemingway se hizo en el cielo de la boca, en su casa de Ketchum, Idaho, un mes de julio de 1961 -asediado por la lucha solitaria y sostenida en el bote de su existencia-, no sólo deja sin luz al celebre protagonista, sino que también sume en tinieblas al cuerpo entero de la literatura de Norteamérica.

 


Róger Mendieta Alfaro nació en Managua, Nicaragua. Poeta y novelista. Licenciado en Ciencias Económicas y Administrativas. Presidente de la Fundación Cultural Nicaragüense Siglo Nuevo (Funisiglo) y Director de la Revista Diálogo. Ha publicado las novelas: Cero y Van Dos, El Último Marine, Olama y Mollejones, La Piel de la Vida, El Candidato, La Zarza y el Gorrión. Fue premiado con el poema Canto a Lincoln, en el Concurso Centroamericano de Poesía Rubén Darío (1959), entre otros.