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A
Hemingway le conocí en la cárcel. Por julio de 1954, me encontré por
vez primera con Santiago (Hemingway), el curtido pescador de "El
Viejo y el mar". Por esta bella historia de pescadores fue
galardonado en 1953, con el Premio Pulitzer, y por supuesto, esta
actitud de la crítica dio lugar a una seria revisión de la
producción literaria del escritor, para su postulación al Premio
Nóbel en 1954. La primicia de "El Viejo y el mar", fue obtenida por
"Life" en español. La publicación entró a la celda número diez de la
cárcel de "La Aviación", como postre de distensión intelectual,
entre las ricuras culinarias consignadas al político Ernesto
Chamorro Pasos. Este es un detalle que mi memoria se deleita en
recordar, cuando pienso en mi primer encuentro con Hemingway.
Ernest Hemingway nació en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de
1899, hijo de Clarence y Grace Hemingway. Luego de graduarse del
high school trabajó como reportero en el Kansas City Star. Durante
la Primera Guerra Mundial fue rechazado por el servicio militar de
su país por cierto problema en los ojos, pero en 1917 se incorporó
voluntario en el frente italiano como chofer de ambulancia, en donde
es herido de gravedad. Después de convalecer en su país, regresó a
Europa y se instaló en un suburbio de París a vivir su incursión y
la realidad del mundo literario, en cafés y barrios tradicionalmente
famosos de París, y a relacionarse con escritores de su tiempo,
entre otros Dos Pasos, Fizgerald, Pound y Gertrude Stein, quien le
señala el camino de la literatura, y le sugiere el abandono del
trabajo de reportero del Toronto Star. Luego se recluye en
una buhardilla a producir relatos violentos, descarnados, difíciles
de publicar.
Es justo reconocer, que cuando se lee por
vez primera a Hemingway -sobre todo si quien lo lee tiene vocación
de escritor-, le resulta difícil substraerse a su capacidad de
sugestión. Pues es absorbido por la corriente precisa, dinámica y
franca de ese bregar creativo con la potencia de una bala de cañón,
el limpio salto del pez atrapado por el anzuelo sobre la superficie
del agua, o la entrada a fondo de la espada entre los omóplatos del
toro de lidia.
De tal manera que Hemingway es el maestro
en el arte del narrar al que hay que leer despacio. No importa el
tema en el que haga saltar su mundo de demonios y crudo realismo,
que para el novelar son una misma cosa: proyección de vivencias
dentro del fascinante mundo de la ficción. Ficción contenida dentro
del alma. Esto que parece incongruente, es una verdad absoluta, pues
en la medida que se vive la experiencia, es cuando con propiedad se
puede hablar en lenguaje novelado.
El escritor de El Viejo y el mar es un claro ejemplo de lo
que exponemos. Para escribir sobre la guerra en Por quién doblan
las campanas, fue necesario estar dentro de ella, así como para
luchar a brazo partido con un pez en el mar es preciso ser pescador.
Esto es evidente en Hemingway, dotado de los recursos creativos que
requiere la química del don de escritor para penetrar el extraño,
misterioso, alucinante y esquizofrénico mundo de la ficción.
A Hemingway le atraían los toros hasta el encanto. Y confiesa
en uno de sus libros, que contaba con sentirse horrorizado en una
corrida de toros, "por lo que me habían dicho que pasaba con los
caballos. La mayor parte de la gente que había escrito sobre las
corridas, lo condenaba como algo brutal y estúpido". De tal manera
que el corresponsal de guerra, que es arrastrado por un espíritu de
aventura, por pasiones fuertes y episodios de asesinatos, asaltos,
tornados y tragedias de todo orden, viaja en compañía de algunos
amigos a España, toma hospedaje en una posada para toreros, y con el
gozo que produce la curiosidad del reportero, asiste a la primera
corrida en Madrid, para ver torear a Chicuelo.
La
expresión de "contaba sentirse horrorizado", la dijo Hemingway siete
años antes de escribir Muerte en la tarde, uno de los mejores
tratados sobre tauromaquia que jamás se haya publicado. Después de comenzar a vivir el mundo de los toros, participando en
el encierro de Pamplona -en donde en julio de 1923 recibe una
cornada-, escribe en un Semanario de Toronto: "la fiesta de toros no
es un deporte, sino una tragedia que simboliza la lucha entre el
hombre y la bestia. La tragedia es en tres actos: Primero, el toro
entra en el ruedo y embiste al picador, y éste le pone varas para
defender a su caballo, y se retira. Segundo, la colocación de las
banderillas y por último, la muerte del toro".
En
Muerte en la tarde, haciendo caso omiso a su opinión de que
las corridas de toros "no son un deporte sino una tragedia”,
Hemingway escribe: "Es un deporte, un deporte salvaje y primitivo, y
en gran parte, un verdadero deporte de amateurs. Temo sin
embargo, que a causa del peligro de muerte que lleva consigo, no
tendría demasiados adeptos entre los amateurs del deporte en
Norteamérica y en Inglaterra. En nuestros juegos deportivos, no es
la muerte lo que nos fascina, la muerte cercana, que es preciso
esquivar; sino la victoria, y es la derrota en lugar de la muerte,
lo que tratamos de evitar". Y afirma: "Todo ello tiene un simbolismo
muy lindo; pero hacen falta más cojones para entregarse a un
deporte en que la muerte es uno de sus ingredientes".
A
Ernest Hemingway no le basta ser el reportero o el escritor pasivo
del suceso de que informa, o el relato que magnifica o distorsiona
en sus novelas. Esto parece ser que resulta un poco ruin y hasta
despreciable para el autor de Fiesta o Por quién doblan
las campanas. Esta práctica no va con su naturaleza. Al
contrario, es arrastrado por la obligación anímica del imbuir las
profundidades de la experiencia creativa: tocar la fuente real en
donde el reportaje, o la narración del acontecimiento literario se
enriquece, vive, alza el vuelo como águila y proyecta a lo eterno.
De tal manera que quien hasta hace algunos años no sabía nada
de toros, yendo de plaza en plaza "en todas partes de España, desde
Pamplona -pasando por los Sanfermines, a los cuales no faltó desde
1923 hasta 1931, a excepción del año 30-, hasta Granada", hablando
con aficionados, aprendices de toreros, y toreros buenos y famosos
como Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y Juan Belmonte; o no
muy estable como el gitano Joaquín Rodríguez "Gagancho", de
quien relata Hemingway, puede considerarse heredero del "Gallo",
en cuanto a gracia, pintoresquismo y pánico; pero no ha heredado
del "Gallo" su gran conocimiento de los toros y de los principios de
la lidia. Y afirma de "Gagancho": "Tiene una gracia escultural, una
lentitud y una suavidad majestuosa de movimientos; pero ante un toro
que no le permite mantenerse con los pies juntos ni preparar sus
pases, se encuentra sin recursos, y si el toro se distancia un tanto
de la perfección mecánica, es presa de pánico y no querrá acercarse
al animal".
En
asunto de tauromaquia, Hemingway pasa a ser desde el simple
espectador y narrador del espectáculo taurino, hasta el experto en
lograr un conocimiento tal de la fiesta brava, que lo convierte en
psicólogo de toreros, y lo más interesante aún: psicólogo de toros,
no para sacar al toro de su tragedia espectacular: la muerte; sino
para observarlo como entra al ruedo desde el toril, y con qué clase
de ánimo y dignidad, este bello animal se dispara como un cohete a
enfrentar a su enemigo. Leyendo Muerte en la tarde nos damos
cuenta de la capacidad vivencial y del placentero trabajo
investigativo que despliega Hemingway para llegar a las conclusiones
que expone su tratado.
Su
capacidad de observación y de amor a la fiesta de los toros, lo
lleva a los sitios de crianza de toros de lidia, a las capeas de
pueblo y a las novilladas, en donde la improvisada escuela del toreo
tiene inusitado sabor de improvisación; a las tertulias de diestros
en las que se habla de querencias de los toros, casta y mecanismos
de defensa; lo conduce a los quirófanos de toreros, y a los
padecimientos de éstos como la sífilis y la tuberculosis. "El toro
de lidia debe morir, no debe entrar al ruedo más de una vez, porque
es un peligro que al matador se le hace complicado sortear. Esta es
la tragedia del ruedo, y aunque torero y toro están frente uno del
otro, y un centenar de diestros han dejado la vida en el ruedo, en
el último acto de la tragedia -como la llama Hemingway-, es el toro
quien irremediablemente se rinde a la muerte.
Diría que este tratado de tauromaquia Muerte en la tarde
con el correr de sus páginas de convierte en una biografía de toros
y toreros, en primer lugar, y luego en detallada descripción de
trucos y complejos sitios, acciones y situaciones que dan vida a la
fiesta brava.
Hemingway hace mención, da su lugar, a toreros famosos como
Frascuelo y a toros de antología, espectaculares como Hechicero,
un toro gris de la ganadería de Concha y Sierra, que en
1844 mandó al hospital de Cádiz a todos los picadores, y a todos los
toreros que tomaron parte en la corrida, después de haber embestido
y dado muerte a siete caballos.
Es
interesante hacer notar, y basta examinar con algún interés la
impetuosa corriente biográfica de Hemingway, para darnos cuenta del
profundo amor por su disfrute existencial a través de apasionantes
aventuras que conllevan en sí, un alto contenido de muerte. No son
otra cosa la guerra, los toros o la peligrosa pesca en el golfo,
ligadas mentalmente a su comportamiento de joven reportero del
Kansas City Star; a los corre de las ambulancias, los atracos de
gángsteres o los múltiples matrimonios, que aun cuando terminaban en
terremotos, se deslizaban siempre sobre un multicolor mundo de
embriagantes promesas y testimonios de amor como la carta a Pickle,
desde el frente de guerra antes del ataque a Normandía: "He pensado
mucho en ti y te he amado mucho durante todo el día".
Hemingway en todas las acciones de su vida acomete como un toro
miura. Quizá por esto le atraen tanto las corridas de toros, en las
que se ve a sí mismo. Su incursión en el periodismo es violenta. En
hospitales, cuarteles de policía, incendios, secuestros y todo reto
espectacular en el que tengan que ver sangre y muerte, aparecen en
su agenda como un hecho ineludible. Y cuando deja el reporterismo de
provincia, enfila sus bártulos hacia la devastadora Primera Guerra
Mundial, para luego arrastrar sus creencias y el propio conflicto
político social, replegándose en el grupo de artistas expatriados,
que surgen de los restos de la brutal violencia de la guerra que da
origen a la Generación Perdida.
Afirma Norberto Fuentes, uno de sus biógrafos: "Escribe a máquina
con dos dedos, e incluso con uno solo, y no se ocupa de las reglas
de ortografía y sintaxis. Para algo son los jefes de redacción y los
correctores de estilo", aclara.
Algunos biógrafos afirman que Ernest Hemingway vino a suceder al
Faulkner de ¡Absalón Absalón! y El Ruido y la furia,
por su frescura descarnada y el estilo violento y apasionado. Y le
toca nada menos, que navegar en el glorioso momento en que los
abanderados de la Generación Perdida "sostienen la ilusión de
dictarle pautas a la producción mundial de novelas". Parece ser
que es en El Viejo y el mar, en donde Hemingway se considera
realizado. Aunque la mayoría de sus novelas están escritas dentro de
un entorno autobiográfico: Fiesta (1927), Adiós a las
armas (1929), Las verdes colinas de África (1935) etc.,
es en El Viejo y el mar (1952) en donde el formidable
novelista da la impresión de refundir su compleja vida de escritor.
El Viejo y el mar vienen a ser una especie de grandioso recorrido de
su existencia, del examen a fondo de sus vivencias de reportero,
militar, deportista, aventurero, trastornado amante y por supuesto,
escritor. Y nada más propicio que la cadencia de un bote a remos
sobre el agua, unos cuantos sedales y anzuelos, arpón y bichero en
el solitario, extenso y profundo mar Caribe; más ardiente y soleado,
que gris; y tan semejante al Mediterráneo español de Málaga, tan
cercano a Córdoba y Sevilla, tierra de recuerdos, y excelentes toros
y toreros.
Tengo la sensación de que así como Hemingway, el joven y
ambicioso reportero del Toronto Star, -cazador de ilusiones y
aventuras llenas de peligro, va y se engancha en el ejército
italiano, y entre los bemoles de ese ir, recibe el bautizo de una
granada de obús y ráfagas de metralla, participa luego de una vida
no muy cuerda plena de pasiones de todo orden, entre las que no
faltan whisky, ron y mujeres, con sus tristes o agradables
consecuencias-, en El Viejo y el mar, vemos a un Hemingway,
que aun cuando en la vida de escritor sigue triunfante y alcanza su
máxima expresión, un fenómeno existencial parece sacudir su alma, y
comienza a huir de la algarabía de los Sanfermines, la cacería de
leones en África y del estrepitoso bullicio de los fanáticos de los
yanquis de New York, ante la comparecencia del homerun del gran Di
Maggio. Y vemos que muestro héroe viene de regreso, y es él mismo
quien se autollama viejo:" Era un viejo que pescaba solo en un bote
en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un
pez".
Y no es exactamente en un yate, en el que el viejo se pone a
faenar -el héroe que nos ocupa es dueño del "Pilar", yate que
fue diseñado en parte, bajo sus indicaciones-, sino que se trata de
un simple bote de remos, el que dentro de su profundo e insondable
espíritu de escritor, no es más que la expresión del propio ser,
librándose del bullicio sordo de su insatisfecha y solitaria pasión
de existir. Y como el viejo dice del viejo: "No soñaba ya con
tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con
grandes peces ni con peleas ni con competencias de fuerza ni con su
esposa". En
el itinerario del regreso, la soledad no deja espacio a nada ni
nadie, más que para el examen de su confusa y poderosa realidad de
sueños truncos, devastadores e imprecisos. Frente al solitario
océano de su mezcolanza de pasiones que parecen como mortificantes
fantasmas sombríos que afloran a la superficie del ser, cual secos
y poderosos golpes de yunque en el corazón de un herrero. Hemingway,
es el efesios de sí mismo, asido a su solitario y
desventurado Pegaso, en una lucha sin término, que tiene su punto de
partida en un bendito diario de Kansas, y se proyecta en la
solitaria Torre de Babel de un bote, frente a las costas de La
Habana, en el que no se da la confusión de lenguas de que nos habla
la escritura, sino que un claro monólogo, desiderátum verbal
que escoge el momento adecuado para el virtual examen de su Tener
o no tener. Desde la horizontal y vasta paciencia de un bote de
remos, y "sentado en la vela y el palo que había quitado de la
carlinga", resulta como más fácil examinar el horizonte cerrado de
la propia existencia.
Veamos lo que afirma el viejo: "Es dos pies más largo que el bote".
Cualquiera que alguna vez haya tenido un sedal entre las manos, sabe
de qué habla Hemingway, cuando se refiere al tamaño del pez. No nos
cabe la menor duda de que Santiago, el pescador, no habría tenido la
más mínima ventaja para luchar con ese pez. El virtual Rendón de un
pez de este tamaño al ser cogido por el anzuelo, no deja tiempo para
nada. Ante su velocidad de reacción y la formidable potencia de su
fuerza, un pescador como el viejo Santiago queda sin chance alguno.
De tal manera, que Hemingway, cuando habla de este pez que los makos
-esos tiburones sanguinarios de la peor especie-, lo van cercenando
a dentadas, arrebatándole poquito a poco, se refiere al propio bote
de su existencia, que con el devenir de la realidad temporal, viene
descascarándose, haciéndose trizas.
Para Hemingway, el hecho de meterse en un simple bote de remos
para ver el mundo que va dejando atrás, como señalamos antes, es un
reclinarse sobre sí, para el logro de espacios al examen vitalista
de su agitada vida de aventurero. La novela El viejo y el mar
está virtualmente inmersa en una relación de nostálgicas vivencias,
que son capaces de provocar inusitada complacencia y profundo dolor
en el alma del escritor. Después de todo, como lo calificó Gertrude
Stein, Hemingway "era un hombre frágil", y como la gran mayoría de
los escritores: ilusos, soñadores, aventureros, proverbialmente de
un gran corazón; y aunque haya entre ellos algunos muy audaces,
capaces de espectaculares osadías que pueden llevarlo hasta el
sacrificio por una causa perdida, en cuanto a alma me refiero, son
enteramente frágiles.
Asido a ese enorme pez, y alerta sobre esa pequeña embarcación que
es él mismo, que le permite "lavar la mano derecha en el mar
mientras clavaba la mirada en el sol que se hundía en el océano", es
cuando el gran viejo Santiago, que no es nadie más que Hemingway,
proyecta mentalmente la gran película de su vida. Acuden a su
pantalla mental la ciudad natal, su tremenda afición por la pesca de
la aguja -sólo la pasión de escribir pudo haber sido para él, más
fuerte que la pesca-; las queridas tertulias de París, en la
librería de Sylvia Beach -cuartel general de la Generación
Perdida-,las amadas fiestas de Pamplona, sus leones y rinocerontes
de África y estrellas del cine como Ava Garner y Gary Cooper, riendo
a carcajadas y bailando en el Floridita de la Habana; las
que no conocemos y nos imaginamos de sus mujeres -la vida apasionada
y violenta está profundamente ligada al sexo, más bien parece una
extensión de él-, y Hadley, Paulina (Pfeiffer), Martha (Gelhorn),
Agnes (von Kunowsky) y Mary Walsh (Pickle) la cuarta de sus esposas.
Y más hacia este lado del mundo -en Cuba-, su finca Vigía,
punto de encuentro referencial de revolucionarios, poetas y
verdaderos hijos del mar, que enseñaron a Hemingway a dialogar con
los peces, saborear el mojito, respetar y querer a esos
pescadores de Cojímar: Gregorio Fuentes, su
alter-ego.
Al menos por un buen tiempo, el disparo que Hemingway se hizo
en el cielo de la boca, en su casa de Ketchum, Idaho, un mes
de julio de 1961 -asediado por la lucha solitaria y sostenida en el
bote de su existencia-, no sólo deja sin luz al celebre
protagonista, sino que también sume en tinieblas al cuerpo entero de
la literatura de Norteamérica.
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