Si es
cierto que toda obra es básicamente una lucha incompleta entre cierta
fragmentación superficial de la vida y el anhelo de un sentido
fundamental y estable de solidaridad, la novela Soñar en cubano, de
Cristina García, nos invita a reflexionar sobre asuntos que van más allá
de una condición cubano-americana y por tanto nos permite adentrarnos en
una serie de encrucijadas ideológicas que se refieren a la época en que
vivimos.
Creo que Soñar en
cubano ha causado tanta sensación porque su problemática a menudo
trata de ansiedades típicas de una época cuyo sentido de desorientación
sirve para reconfigurar la relación entre la diferencia y la identidad, el
pasado y el presente, lo nacional y lo exílico. El tremendo deseo de
encontrar un sentido de solidaridad hace que Pilar, la protagonista de la
novela, se desplace constantemente en busca de algo que nunca queda claro
en la narración: ¿está dominada Pilar por la nostalgia de la patria
perdida, o su deseo es más bien de justicia social?, ¿es su lucha una
obsesión por liberarse de su madre, Lourdes, como expresión de rebeldía
adolescente, o se trata de un desencanto con el mundo materialista y
consumista que Lourdes representa?, ¿es acaso la rebeldía de Pilar un
deseo vago y confuso de comunidad y solidaridad?, ¿busca ella unicamente
un sentido de identidad personal o se trata de algo más? Quizás se trate
de todos estos objetivos y sentimientos amalgamados de manera
contradictoria y simultánea.
Para iniciar la
reflexión podemos decir que la novela establece bastante clara e
insistentemente que Pilar se mueve entre dos polos sentimentales e
ideológicos: el de su madre Lourdes, que representa una cubanoamericana
exilada de derecha, y el de su abuela Celia, que aparece como una cubana
de izquierda y simpatizante del gobierno cubano. El atractivo que Pilar
siente por la imagen de su abuela Celia como encarnación de un proyecto
comunitario más cercano a un mundo percibido por ella como más simple y
estable, se encuentra obstaculizado por los valores materialistas de
Lourdes. A partir de esta situación, Pilar actúa a menudo como si
quisiera inaugurar una nueva visión social desde una óptica radicalmente
individualista que, en cierto modo, es precisamente de lo que ella misma
está huyendo. Por un lado, tanto su rebeldía contra los valores
materialistas y consumistas de su madre, como el deseo de reconsiderar su
postura en relación con su idea utópica de Cuba socialista, sugieren una
orientación hacia un mundo más comunitario que el de Brooklyn en los años
setenta; pero, por otro lado, tanto sus pinturas como su deseo de hacer
las cosas siempre a su manera implican un universo muy individualista y a
veces hasta caótico.
Pilar busca un
reconocimiento no sólo en su visión utópica de Cuba sino en los límites de
su marginalidad, en su rebelión contra su madre, contra el consumismo
metropolitano del mundo en que se desenvuelve. Sus sentimientos de
atracción hacia Cuba, durante buena parte de la narración, se deben menos
a Cuba misma que a la condición de Pilar como americana o
cubano-americana. En ella se desvanece, unas pocas horas después de llegar
a suelo cubano, la imagen del proyecto comunitario y solidario que hasta
ese momento ella percibía como representado por su abuela Celia. Si su
búsqueda de solidaridad la llevó a una visión utópica de “Cuba
socialista,” al llegar a la isla su actitud cambia hacia la visión de una
“Cuba oprimida.” Pero se debe aclarar que en Pilar también se desvanece
rápidamente cualquier sentido profundo de nostalgia por la patria perdida,
ya que en realidad Pilar salió de Cuba tan niña que su nostalgia por Cuba
y sus constumbres se acerca más a una melancolía, es decir, a un deseo por
algo que en realidad nunca tuvo. A pesar de los momentáneos recuerdos
borrrosos de su niñez en Cuba, Pilar no aspira a significar dependiendo de
la persistencia de una tradición cubana. Si sólo buscara la tradición
cubana per se como hechos del pasado, su objetivo se convertiría en una
historia calcificada del presente como las cartas nunca enviadas de Celia
a su antiguo novio español.
Lo que Pilar exige,
en su lucha contra su madre, es el derecho a significar desde la
periferia, y ella pretende lograr este objetivo a base de una relación
fantasmagórica con su abuela. La fuerza de su búsqueda reside más bien,
creo, en la actividad negativa e interventora que despliega durante gran
parte de la narración, es decir, su resistencia desde los márgenes de una
cultura híbrida, desde su doble exilio (como exilada cubana y como exilada
de los patrones dominantes de la cultura norteamericana, así como de la
cubano-americana). Y es en esta encrucijada donde residen tanto su enorme
interés humano como su dilema insoluble y tal vez su fracaso descomunal.
Al regresar a Cuba
Pilar cruza una frontera ideológica llevada por su impulso utópico, pero
este objetivo fracasa con su rápida desilusión de Cuba socialista. Ahora
bien, cuando Pilar de cierta manera se hace cómplice de la dramática
salida de su primo Ivanito preparada por Lourdes, su actuación se
convierte en un gesto que se acerca a una postura más típicamente
cubano-americana. Su acto inicial de resistencia termina cuando asume lo
más rígido del sistema que al principio cuestionó tan tenazmente. La
complicidad o casi complicidad de Pilar en la salida de Ivanito lleva a
cabo una especie de transformación de la protagonista hacia la postura
política de su madre, y de esta manera la narración del final de la novela
de cierta forma restablece el orden del sistema dominante capitalista que
había sido perturbado precisamente por la búsqueda inicial desplegada por
Pilar desde los márgenes de lo definido y rígido. Ese impulso utópico que
sugería nuevas posibilidades y soluciones casi se desvanece al final de la
narración. ¿Es el acto de sacar de Cuba a Ivanito el horizonte de la
esperanza o es más bien el cuerpo de la derrota de la búsqueda inicial de
Pilar? Creo que ese acto implica, por una parte, el rescate del niño como
salida del sistema comunista; pero, por otra, tal salida representa el
lanzamiento del cuerpo del niño a ese mundo de la fragmentación y la
desorientación que Pilar, al principio, cuestionó con tanta fuerza.
La energía
revisionista e intranquila que lleva a Pilar a su búsqueda obsesiva por
algo nuevo y más solidario parece detenerse casi al final de la narración
en una especie de reafirmación del sistema que había cuestionado hasta
ese momento. Su resistencia se ha expresado por varias vías para luego
desembocar en una réplica del sistema dominante que ahora parece más
afianzado que nunca. Vista de esta manera, la novela es la historia de un
gesto de resistencia que termina en un acto de asimilación. Por eso tal
vez la novela en vez de “soñar en cubano” debió llamarse “soñar en
cubano-americano.” “Soñar” en este caso no es la expresión del encuentro
con la verdad absoluta y estable, sino la historia de una búsqueda fallida
de un deseo de creer, de integrarse, de pertenecer a un sentido solidario
del mundo que acaso se haya perdido para siempre o que jamás existiera.
Insisto en que el
interés crítico del personaje de Pilar reside en que durante casi toda la
novela, antes del final, ella permanece en un estado de rebelión desde la
marginalidad en relación con formas más fijas de comportamiento e
identidad. Ella gerencia angustiosamente, desde los márgenes, diversos
valores y avenidas ideológicas que giran alrededor de la hibridez cultural
en que se mueve, ya que es una adolescente de Brooklyn, en los años
setenta, que pertenece a lo que podría calificarse de segunda generación
cubano-americana. Su postura, en toda esta parte de la narración, se
sitúa en una ambivalencia entre los extremos del consumismo y del
comunismo. Su actuación indica que su condición de exilada se constituye
en el sitio desde el que se invade lo historiográfico, tanto lo
historiográfico cubano como cubano-americano. Pilar, como adolescente
rebelde, se mueve en los márgenes de dos culturas, se desplaza en la
exterioridad de los límites de esas culturas. Esa es su contribución, ese
es su impulso liberador. La fijeza de los contornos que la circundan
política y personalmente, así como su indecisión y su pasión, hablan desde
un lugar que se sitúa entre su subjetividad y sus actos.
La búsqueda que
Pilar despliega desde su condición de doble exilada también cuestiona los
límites y divisiones entre el hogar y el mundo, lo privado y lo público,
forzándonos a reconsiderar antiguas divisiones y binarismos. Se trata,
parece, de pasar de lo deshabitado y exílico a lo comunitario histórico
dándole voz a lo que está entre los contornos de lo personal e íntimo, de
lo que queda fuera de lo históriográfico. Es por tal motivo que en ese
momento liberador se gerencia el poder de la diferencia cultural en una
serie de lugares transhistóricos. Por ejemplo, el lenguaje indescifrable
de las apariciones del abuelo Jorge son síntomas que surgen al quererse
articular lo no dicho de forma paranatural. ¿Qué es lo que queda no dicho
en la novela?, ¿cómo se pueden leer esas apariciones del abuelo muerto?
Acaso esas apariciones son síntomas de una clase que perdió su poder con
la Revolución y ahora se aparece de forma fantasmagórica como una promesa
de estabilidad, como expresión de una ideología que implica un mundo que
se percibe desde el presente como más estable, con contornos y fronteras
más definidos. Si así fuera, la salida de Ivanito al final de la novela y
la casi coincidencia entre las posturas ideológicas de Pilar y Lourdes
vendrían a ser una especie de retorno o reafirmación de los valores de
clase que aparecen como síntomas reprimidos en las apariciones del abuelo
muerto. Se trata de una especie de regreso de lo no articulado que habla
desde los intersticios de lo real. Ahora bien, otra posible lectura de
las apariciones es verlas como manifestaciones paranaturales que exploran
una realidad social interpersonal que le da cierta expresión a lo
reprimido, ese elemento reprimido que reclama que se tome en cuenta
aquello que aunque no forma parte de lo historiográfico quiere participar
en lo histórico. En otras palabras, las apariciones en esta novela pueden
muy bien leerse como expresiones sintomáticas de la búsqueda fallida de
Pilar, ya que su deseo por encontrar nuevas soluciones sociales y
personales no parecen lograrse nunca. La búqueda de Pilar, su rebeldía,
apunta a una reconfiguración del espacio doméstico como el sitio en el que
se trata de normalizar las técnicas del poder. He aquí donde lo personal
es lo político, y el mundo se sitúa en lo personal, y lo personal
en el mundo. Y es de esta manera que se hace la historia de una cultura o
de una nación desde sus márgenes, donde se desvirtúan ciertos valores de
filiación que se basan en el reclamo de un trauma histórico nacional. Es
por eso que a partir de estas reflexiones, suscitadas por Soñar en
cubano, podemos decir que la insularidad de Cuba es más que nada
geográfica, porque sus orillas, los límites de sus contornos nacionales,
están constantemente sometidos a un proceso de redefinición desde lo
abyecto, desde lo que parecía haber quedado fuera de sus fronteras
discursivas. Allí donde antes se recalcaba la transmisión de historias
nacionales, ahora parece que es en las historias de exilios y
marginaciones, de minorías y abyecciones, donde el terreno se hace fértil
para la creación de una posible literatura mundial. Cuando se vive en un
mundo deshabitado, representar en la ficción sus ambigüedades y
ambivalencias equivale a afirmar un profundo deseo de solidaridad social.
A fin de cuentas, sin un pasado común apenas podremos aspirar a un
presente compartido.