ABANDONO
por
Claudio Ferrari
 |
|
PERSONAJES:
ÉL
Ella
Una sala, a la
que se accede desde una escalera. El espera, solo, sentado.
Quieto desde hace horas. Nada ni a nadie espera; nunca sintió
mayor desolación. Ella entra. Se detiene. Acciona el grabador y
se escucha la voz de él. Ella comienza a subir.
|
VOZ DE ÉL:
Queda poco perfume
en el frasco, pienso, mientras escucho que ella está subiendo. Es
una escalera que avanza en línea recta hasta acodarse para acceder
al único sitio de la casa que –ella me lo dijo- nunca pudimos hacer
útil. Son nueve escalones en mármol gastado y diecisiete de madera.
Yo ya no los bajo ni los subo. A ella no le cuesta subirlos. Será
bailarina, o gimnasta; quizás acróbata, o actriz. Es una mujer
fuerte, ágil. Imagino que siempre cuidó su cuerpo. Avanzará hacia
mí, que la espero palpitando. No parece una mujer fácil, y sin
embargo, nada supone más facilidad que convivir con ella; la
facilidad en este caso radica en que sin escapar de ningún conflicto
parece aceptarlos en estado de extrema naturalidad, como dotada de
un poder innato para que su cuerpo se acomode a las cosas por vivir.
No se trata de que los conflictos no la afectan; justamente se trata
de todo lo contrario: logra atravesarlos sin que quede nada afuera.
¿Nada afuera de dónde? De su cuerpo. Ella es su cuerpo. No recuerdo
a nadie con tanta coincidencia entre sí misma y su propio cuerpo. Su
absoluta ausencia de formación religiosa le evita impedimentos, la
totaliza, la mantiene preservada de cualquier división entre su
esencia y sus huesos. Sabe, porque desconoce, que no es otra que
ella misma, y no padece el pecado de partirse en dos apartando el
espíritu de la carne ni el bien del mal. Hay en ella una cierta
impunidad que la preserva; un tipo de libertad extraña en estos
tiempos de proclamas huecas, en que se habla más de lo que se
ejerce, generando un modo de análisis que no es reflexión, y donde
el regodeo autista y desesperado opaca toda posibilidad de verdad.
Ella, que no pretende ser libre, es libre sin otra atadura que sus
límites humanos. Ella entera, toda ella, está subiendo ahora
mientras ignoramos ambos cuánto es posible llegar a sufrir.
Ella apaga el
grabador. Ha llegado cerca de él.
ÉL:
Nunca sentí mayor
desolación. (En voz baja, sabiendo que así
apenas ella ha podido oírlo.)
Ella deja mostrar su
cansancio apenas un instante.
ÉL:
Tu voluntad lo único que
confirma es que fuiste la más fuerte de los dos.
(Ahora disfrutando de que ella pueda oírlo.)
ELLA:
Usás tu teoría de las
relaciones caníbales de una manera excesivamente acomodaticia.
ÉL:
Puede ser… Pero en todo
caso, siempre encaja.
ELLA:
La repetís desde siempre
ante el conflicto que sea y se trate de lo que se trate. Le cambiás
un par de frases y te creés que así podés argumentar en cualquier
situación. No seas tramposo y por una vez inventá otro método para
lastimarme. Así ya no lográs hacerme sentir culpable.
ÉL:
Mi teoría no es una
teoría. Según vos fue una teoría que esbocé ¿hace ya...? Qué importa
otro olvido. Lo cierto es que con el tiempo, obviamente no sé
cuánto, mi teoría se fue confirmando y pasó a ser una ley. Como en
la Física: la palabra final la tiene el resultado de la
experimentación. Una pareja es un animal que se come la mitad de si
mismo, sentencio, yo, mientras paso los dedos por el polvo que cubre
los libros. ¿El polvo que cubre los libros habla de la nobleza de
una antigua biblioteca o quiere decir simplemente que no se leen ni
se limpian?
ELLA:
Y según vos, en la
nuestra. Fui yo la que te comí.
ÉL:
Irremediablemente. Para
eso estábamos hechos. Por eso no te tenés que sentir culpable. Hay
algo en uno, muy sabio, que sabe exactamente a quién elegir.
Nosotros nos elegimos con la ilusión de ser como un reloj de arena y
tener cada uno su tiempo para descargar en el otro, hasta invertir
el mecanismo y volver a empezar de cero y así siempre, en un
equilibrio tan perfecto como ilusorio. Si. Fueron buenas ilusiones,
nada más. Nosotros somos un reloj de arena partido en dos.
ELLA:
Donde yo me quedé con todo
y vos vacío. Hasta con metáforas siempre fuiste muy preciso para lo
que querés decir.
ÉL:
¿Quién va a quedar viudo
de nosotros? Contestame. Estoy seguro que pensaste en eso.
Decíme, concretamente, ¿a quién de los dos se le va a parar primero
el corazón? ¿Quién va a enterrar al otro? Y no me contestes que
vivir depende de uno. Hablá, por favor. ¿Quién de nosotros dos se va
a morir antes?
ELLA:
Había un poema tuyo que
empezaba: Esta noche no habrá cifra absoluta, el tiempo…
ÉL:
No lo digas. No me
interesa saber qué escribí. No sé qué escribí y ni siquiera sé si es
verdad o no que alguna vez fui un poeta.
ELLA:
Claro que es verdad.
ÉL:
Y sabés también que no
soporto escucharte apelar a mis supuestos poemas para conmoverme.
Por favor, ten un poco menos de buena voluntad y no seas tan
canalla.
ELLA:
Cuando cumpliste treinta
años te regalé este reloj, a cuerda, como te gustaba a vos, usado.
Decías que con un reloj viejo se podía sentir que el pasado era algo
tangible, y que dándole cuerda se tenía la certeza de que uno mismo
estaba poniendo en movimiento el tiempo por venir.
ÉL:
El tiempo ahora está
detenido.
ELLA:
El tiempo está tan en
movimiento como antes. Afuera la vida sigue como siempre. Ahora, en
este mismo instante, le están pasando millones de cosas a millones
de personas. Ahora está muriendo gente de verdad, y está naciendo
otra, y hay infinitos gestos superpuestos, contradictorios,
simultáneos.
ÉL:
Usar tres adjetivos para
sostener una tesis tan obvia me parece un abuso inmerecido para con
el lenguaje, que al fin y al cabo, pobre, a vos no te hizo nada.
Pero lo verdaderamente irritante es el énfasis que ponés para
sostener una idea tan banal, cuando sería de esperar que ya supieras
que no la voy a legitimar. El tiempo, querida, para mí, y no cuenta
otra posibilidad, ya paró.
ELLA:
Ahora está pasando todo,
¡absolutamente todo lo que puede pasar! Y también está pasando esto
que nos pasa a nosotros.
ÉL:
No te confundas con tu
propia emoción al hablar. El problema de tu énfasis es que te lleva
a creer que tenés razón y no a buscar la verdad. No, querida. Las
cosas ya no pasan para mí. Pasan para esa humanidad de la que hablás
y que para mí es sólo una información dudosa. Pasan para vos
también, claro. Eso sí, vos estás entera. ¡Buena palabra! ¡Entera!
Somos el lenguaje, no hay dudas. ¡Entera! Toda vos, dueña tuya; lo
que abarca tu mirada tuyo y tuyo tu pasado; hasta tu aliento tuyo.
ELLA:
Ahora vas a decirme que en
cambio vos sos apenas tu propia ausencia.
ÉL:
¡Exactamente! Y vos
vas a volver a hablarme de que no pensás sentirte culpable. Como ves
he logrado recordar lo que dijimos hace no más de cinco minutos. ¿O
fueron veinte? Es importante que las discusiones sean dialécticas,
espiraladas, sin principio ni final, querida. Pero no al punto de
hacerlas idénticas, porque entonces se empobrecen, querida.
ELLA:
¿Vos estás fingiendo todo
esto?
ÉL:
Seguramente sí. Sólo que
no sé cuándo finjo y cuándo no finjo. Lo cual a mi sí me exime de
culpas. Como a un poeta enamorado no se lo podría condenar por haber
matado a la mujer que amaba la noche mala en que ella le dijo: eres
nada.
ELLA:
Eso contaba un poema tuyo.
¡Por aquí tiene que estar el manuscrito! (Va a buscarlo) Tal
vez viendo tu propia letra puedas recordar cuando lo escribiste o…
ÉL:
¿Quién se atrevería a
castigar a ese pobre poeta? En cambio a ella habría mil maneras de
juzgarla y en alguna se probaría su culpa irremediable, porque al
fin siempre es irremediable acabar siendo nada para quien amamos.
Aunque una situación irremediable no nos exculpa de haber decidido
vivirla. Si yo fuera ese juez sería bondadoso y la condenaría apenas
a su propia inexistencia.
ELLA:
(Buscando el poema)
Pertenece a la serie de poemas que escribiste con la mano izquierda
porque decías que era escribir con una dificultad que te permitía
tomar distancia de tus propios preconceptos con las palabras. Yo en
ese momento no lo entendí, pero después vi que tenías razón, que el
resultado había sido muy bueno, muy distinto a todo lo anterior.
ÉL:
La culpa que tengamos no
es una excusa de la neurosis. Tampoco es una herencia judeo
cristiana. La culpa es una palabra cierta. Nos define la exacta
medida de lo culpables que hayamos sido. Y que somos. Y Dios en eso
no se mete.
ELLA:
Una niña me dijo que Dios
es nadie. (Deja de buscar) Una niña que conocí una vez. Y fue
hermoso, porque yo sentí que esa niña me decía una verdad para mi
sola, para no tener que compartirla nunca. Pero ya ves…
ÉL:
De Dios no hables. No es
tu tema. Es como tirar agua donde no hay fuego: vos nunca podrías
apagar ese incendio que no está. Malgastaste tu secreto con la niña.
ELLA:
Es verdad. No es mi tema.
Y tampoco el tuyo. Dios no es un tema. Siempre lo decías. Es hablar
creyendo que hablamos de algo. Vos siempre dijiste que Dios es
solamente el mejor cuento que nos pueden contar. Que no hay que
creerlo ni hablar de él como si fuera cierto.
ÉL:
¡De Dios no hablemos, te
dije! Es un tema que nos dispersa y para colmo, dejándonos con la
falsa ilusión de estar un poco más cerca de lo esencial, que por
otra parte, tampoco existe. No. Decididamente Dios es un tema
innecesario. Y engañoso, como un camino en línea recta que de pronto
se abre en infinitos caminos, para volver a unirse en alguna parte a
la recta inicial. Dios es la mejor manera de no llegar nunca a
ningún lado, sólo que a los cortos de entendederas los distrae un
rato, ¿no?
En cambio la culpa es tangible. El daño que nos hicieron lo carga el
cuerpo. Decime, ¿el daño que carga mi cuerpo lo hiciste vos? Perdón
por la pregunta, pero vos sos una mujer inteligente y no quisiera
tener que hablar cuidándome de no ofender la simpleza de tu buena
fe.
ELLA:
¿De qué me acusás? ¿De ser
la que sobrevivió?
ÉL:
¡Bien definido! Yo
no sobreviví. Yo ya estoy muerto.
ELLA:
Vos vas a estar muerto el
día que te mueras. No antes. Mientras no te mate una enfermedad o te
atropelle un auto vas a estar vivo.
ÉL:
Acá el ambiente está bastante protegido de contaminaciones,
infecciones y contagios. Difícilmente entre una bacteria interesada
en mi o un virus mutante.
ELLA:
No sabés lo que decís.
ÉL:
Un auto no me va a pisar
ni un avión se va a caer conmigo adentro porque adentro del avión yo
no voy a estar. Ya no salgo de esta casa, tampoco creo que se caiga
el edificio. Así que, en conclusión, o soy eterno o ya estoy muerto.
Y eterno no debo ser, ¿no? A menos que sea una especie de Jesús que
se fue dando cuenta con el tiempo de que era Dios. ¡Pobre de mi! Qué
responsabilidad. ¿Vos vendrías a ser la Virgen o María Magdalena,
Judas o Poncio Pilatos? Elegí el personaje que más te guste porque
tenés un personaje asegurado en la única versión de la vida de
Cristo donde el protagonista no es Cristo. Dicho sea esto como un
ejemplo hiriente nada más. No es que me contradiga y me quiera poner
a hablar de Dios.
ELLA:
No podés parar de
lastimarme.
ÉL:
No. No lo puedo
evitar. Como vos no podés evitar quedarte aquí a mi lado, sufriendo.
No es que yo crea que te estoy lastimando. Es imposible saber quién
le hace daño a quién. Sino, fijate en nosotros. Yo no me creo tan
omnipotente. ¿Y vos?
En realidad nunca se sabe cuándo ni por qué se le hace mal a otro. Y
en esa ignorancia toda excusa vale. Si queremos, hasta el suceso más
cruel se puede explicar como algún tipo de alteración genética o
sicológica, siempre y cuando nos remitamos a estropicios
individuales, que en definitiva son invariablemente menores,
sutilezas que en nada modifican la historia de la especie. ¿Qué
importa el sufrimiento de una vida? Ahí no hay mal. En cambio el
verdadero mal es inexplicable y evidente, y por eso mismo fascina
cuando daña a multitudes. Daño verdadero hicieron muy pocos hombres
en la historia. Los demás somos apenas pobres gentes que con mucha
suerte y nada de coraje nos animamos a mostrar solamente un poquito
de lo que podríamos llegar a ser si nos atreviésemos a ser malos de
verdad. ¿Quiénes fueron verdaderamente malos? Ahora que no me estoy
acordando es seguro que vos pensás: este hombre me necesita. ¡Nada
más incorrecto! Vos querés ser necesaria y todo esto te vino de mil
maravillas. Toda una vida esperando para ser imprescindible y así,
sorpresivamente, te cae este regalo del cielo. ¡Pero yo no te
necesito! Nadir el grande nace en Persia, en el año 327 antes de
Cristo, hijo de una humilde familia campesina, devotos de la
religión de Zoroastro, el mazdeísmo, que expresaba el idealismo de
un Dios inmaterial en lucha sin tregua a favor de los poderes del
bien, representados por la figura de Ormuz. Nadir evidenció desde
muy joven una enorme fortaleza física, una valentía sin límite y un
impar espíritu religioso que le concedían la preeminencia de
dialogar con la Divinidad. Estos dones lo llevaron a convertirse
prontamente en una leyenda viviente y amada entre su pueblo. Cierta
tarde, a orillas del río Gurgan, mientras mantenía un diálogo con
Ahuramazda, el Ser Supremo, advirtió desencantado que la Divinidad
le daba siempre las respuestas que él esperaba. Esa noche, luego de
cavilar amargamente, subió al monte Zagros y exigió la aparición de
Ahrimán, representante del mal, ante quien expuso todas sus
preguntas. Ahrimán sólo guardó silencio y la oscuridad de la noche
fue total y la insatisfacción de Nadir la prueba que necesitaba. A
partir de entonces el mal sería su única, oculta guía. Consolidó un
ejército incapaz de remordimientos y destruyó la organización del
Estado convirtiéndose él mismo en rey, jefe indiscutible,
representante del mal en la tierra, destruyendo con terribles
matanzas todo vestigio helénico o judío. A lo largo de ciento siete
años de reinado mató a millones de personas; ninguna de ellas, de un
modo u otro, jamás habrían llegado ser relevantes. Asesinadas,
consideradas en cifra, gracias al culto del mal de Nadir el grande y
a su excepcional capacidad para practicarlo, han trascendido en la
historia de la humanidad.
ELLA:
¡Recordaste! ¡Recordaste
sin dudar!
ÉL:
¡No! ¡Inventé!
¡Inventé sin dudar! De todos modos no me enorgullezco. Fue una
narración mediocre y apresurada, casi de mala enciclopedia, confusa,
donde no expliqué en detalle el comportamiento de la figura
principal. Aunque es cierto que un buen narrador no debe explicarlo
todo y no todo en la vida de alguien es explicable. De todos modos
yo no soy un buen narrador. Hoy me olvidé de cómo era la cara de mi
papá. Estaba pensando en él cuando me di cuenta de que no recordaba
su cara. Después no recordé qué edad tenía cuando se murió. Y
después no me acordé quién era mi papá. El primer impulso fue buscar
en el cajón de las fotos una foto suya. Llegué a abrirlo, pero me
contuve. ¿Para qué buscar si igual no iba a poder reconocerlo?
Ya está, dije. Ya estoy muy cansado y no tengo fuerzas, pensé. Ya no
quiero tener que mirar fotos o cartas para saber quién era mi pro-pio
padre ni quién es nadie. Y cerré el cajón.
ELLA:
Estoy yo. Estoy yo para
contarte todo. Amor, tu papá era el hombre más bueno del mundo.
ÉL:
No digas nada. Ni
cómo era, ni su nombre ni a qué se dedicaba, ni si me quería o no. Y
no me toques más. Ya no quiero que me digas quién soy ni qué hice ni
qué cosas viví o no viví. Ya no lo soporto. Podrías entenderlo, por
favor. Te escucho hablar de que fui poeta y no lo soporto.
ELLA:
¡Es que sos poeta!
ÉL:
Te escucho hablar de mí
sin poder hacer otra cosa que escucharte y lamentarme por lo que ya
no soy.
ELLA:
Que no lo recuerdes no
quiere decir que no lo seas.
ÉL:
Qué idiota sos.
ELLA:
Vos siempre decís…
ÉL:
(Interrumpiéndola)
¡Yo ya no digo! ¡Nada!
ELLA:
Siempre me decías que lo
que importa verdaderamente en la vida de un hombre es lo que hizo,
lo que deja. Y vos dejás poemas. Muchos poemas. Para siempre.
ÉL:
¿Vos te das cuenta de que
yo ya estoy muerto?
ELLA:
No. No puedo darme cuenta
porque vos no estás muerto
ÉL:
Un hombre sin historia
está muerto.
ELLA:
Vos tenés historia. Tu
historia está viva en mí. Yo soy tu historia.
ÉL:
No podés concebir que es
eso precisamente lo que no soporto más. ¿Tanto te cuesta comprender?
Si fueras menos piadosa y más inteligente. No soporto que seas mi
memoria. Van pasando las horas y yo menos recuerdo y menos sé de mí.
Y cuando finalmente ya estoy absolutamente vacío, seco, ausente de
todo, apareces vos con tu cara de buena intención a decirme que me
amás y que te amo y que soy un genio, y a mostrarme fotos y a
contarme como nos conocimos, como fue la primera vez que hicimos el
amor y los detalles que hicieron de mí un hombre maravilloso.
ELLA:
¿Qué harías vos en mi
lugar? Por favor, decíme qué harías
ÉL:
Te compraría un revolver.
(Pausa) Sí. No me mires así. Lo que tendrías que hacer es
comprarme un revolver para que me mate. Un silencioso y soberbio
gesto de tu parte y un breve y perpetuo acto de la mía.
Bienaventurada sería tu soberbia de espíritu. Por favor, por una vez
en la vida, no seas humilde. Los teólogos Católicos afirman que la
pobreza de espíritu no es otra cosa que humildad ante la infinita
grandeza del Señor. Es mentira. A mí siempre me pareció que era un
estímulo muy perverso eso de elogiar la obediencia en mansedumbre.
La verdadera humildad exige justamente una gran soberbia espiritual.
ELLA:
Yo no sé si estás actuando
con cinismo o sos sincero; no importa, pero date cuenta de que lo
que estás diciendo ahora no lo estás inventando. Podés parodiar a
las Bienaventuranzas porque las sabés. Están en tu memoria. Las
discusiones religiosas siempre te apasionaron, siempre fuiste muy
religioso. Tu memoria tiene que estar viva. Si todavía podés
acordarte de cosas así quiere decir que no es imposible que puedas
volver a acordarte de vos y de todo lo demás.
ÉL:
Hace meses que día a día
voy olvidando quién soy, olvidando toda mi vida. ¿Es posible que de
buena fe creas que puedo volver a recordar? Si es así, tu buena fe
me aterroriza.
ELLA:
Si a mi me pasara lo que
te pasa a vos yo me aferraría a lo que sea.
ÉL:
A vos nunca te pasaría. No
te hagas problemas. Por lo poco que percibo de vos, sos tan simple,
que nunca te olvidarías de nada. Debe ser imposible olvidarse de una
vida tan vulgar, o chiquita, si vulgar es una palabra que te parece
demasiado despectiva. Evidentemente durante el tiempo que decís que
viviste conmigo, siendo yo un hombre tan genial como afirmás, no te
sirvió de nada. Y si chiquita te parece una palabra demasiado pobre
para significar mi concepto, podríamos coincidir en que tu vida es
ciertamente ordinaria. ¿Está bien?
ELLA:
Por lo menos todavía algo
de vos no se modificó. Siempre fuiste muy cruel conmigo, y con
otros. Por momentos tenías tanta capacidad para humillar. El mismo
talento que tenías para hacer tantas cosas buenas lo usabas para
destruir al prójimo. Tan a menudo eras capaz de odiar tanto. Había
veces en que yo me asustaba. Era un miedo raro. Vos te ponías
violento o malo. Y yo tenía miedo, pero no a que me lastimaras
físicamente. Te miraba y sentía el mismo miedo que se siente en esas
pesadillas que se sueñan mientras a la vez se está pensando, sin
dejar de sufrir: claro, esto es horrible, pero no me está pasando.
Yo te miraba, así, como ahora, y pensaba, como ahora: ¿este hombre
tan canalla es el mismo hombre maravilloso que amo tanto? ¿Cuál de
ellos sos? ¿O cuál eras? Quizá de ahí proviene tu amnesia. Quizá
tensaste tanto tu alma entre esos dos que eras, que un día no
pudiste resistirlo más y te partiste, como el reloj de arena. Vos,
un reloj de arena marcando tu propio tiempo, enloquecido, sin estar
nunca en paz, dejándote ser, oscilando siempre de un lado hacia el
otro. Tarde o temprano ibas a tener que elegir quién eras realmente.
Y no te enojes si te lo recuerdo: nunca supiste tomar la decisión
final que alguna vez tiene que tomar toda persona: ser el que es,
solo, sin ningún caníbal al lado, sin ninguna conciencia ajena
aliviando la propia, sin súbditos ni patrones, sin padres ni hijos,
sin mujer siquiera. Quizá por eso poco a poco preferiste empezar a
olvidarte de quién eras: para no tener que saberlo.
ÉL:
(Luego de un tiempo)
Admirable estructura discursiva. Es tan patético escucharte hablar.
Es tan ridículo que alguien como vos se atreva a hablar de los males
del alma. En tu alma no cabe la tragedia.
ELLA:
Si. Hablo de los males del
alma. Del mal de tu alma.
ÉL:
Permitime desencantarte
sobre tus capacidades filosóficas. Yo padezco una extraña enfermedad
que va reduciendo gradualmente mi memoria. Es pura y exclusivamente
un tema endocrinólogico con la particularidad de que mientras voy
olvidando todo también voy sabiendo que lo estoy olvidando. Así que
por favor, nada de disquisiciones absurdas o interpretaciones que te
quedan grandes. Ayer tuve un sueño que olvidé al despertar. Sin
embargo, ¿cómo sé que lo soñé? ¡Paradojas, mi querida! Sé que nunca
pude estar casado con una mujer tan módica como vos, y sin embargo,
¿cómo
es posible que yo esté casado con una mujer tan insignificante como
vos? Te aclaro que en este caso módica e insignificante se equiparan
como sinónimos a los efectos de la contundencia que requiere el
mensaje, se comprende, ¿no?
ELLA:
Renuncio.
ÉL:
Me parece una decisión
perfecta. Desde ahora es más tu única actividad para conmigo va a
ser proveerme alimento. No soy un marido muy exigente, ¿verdad?
ELLA:
Usted no es mi marido.
Renuncio. Págueme el dinero convenido hasta hoy. Quiero irme ya
mismo de esta casa.
ÉL:
¿De qué estás hablando?
ELLA:
Usted sabe de qué estoy
hablando.
Él:
No. No lo sé.
¡Sentáte ahí, por favor!
ELLA:
Quiero mi dinero.
ÉL:
Agarrá todo el
dinero que quieras. Vos muy bien sabés dónde está.
ELLA:
Quiero solamente el que me
corresponde por estas dos semanas de trabajo.
ÉL:
¿Qué trabajo, por
Dios?
ELLA:
No mezclemos a Dios en
estos temas. Nos distrae. La verdad es una sola y Dios no tiene nada
que ver con ella. ¿Me va a dar mi dinero? ¿Sí o no?
ÉL:
¿Me
podés explicar de qué estás hablando?
ELLA:
¡Ya no me importa que es
lo que recuerda y que no! Mi problema es que usted me contrató hace
dos semanas. Puso un aviso en el diario pidiendo una secretaria. Yo
me presenté. Usted me explicó que en realidad no era exactamente una
secretaria lo que necesitaba. Necesita a alguien que gradualmente le
hiciera creer que era su esposa. Yo pensé que usted estaba loco, me
asusté y me quise ir. Usted me suplicó que le diera la oportunidad
de explicarse. Me contó que estaba perdiendo la memoria, que era
viudo, sin hijos, escritor. No, escritor no; poeta me dijo. Y que
necesitaba a alguien que lo ayudara a inventarse una vida y una
historia porque sino realmente llegaría el momento en que se
volvería loco. Habló de la ausencia de memoria como el lugar del
vacío. Fue esa frase la que me convenció. El lugar del vacío, dijo,
desde donde sólo se puede mirar el mundo innecesario. Esa primera
tarde usted lloró y fue bueno. Yo, poco a poco, me fui animando a
ocupar el lugar de su mujer, y usted, mientras tanto se fue
poniendo cada vez más hostil, desagradable, malo, muy malo. Y yo ya
no puedo soportarlo
ÉL:
No es verdad lo que
estás diciendo…
ELLA:
Es únicamente y nada más
que la verdad.
ÉL:
¿Qué hace todo
nuestro cuarto lleno con tu ropa?
ELLA:
Usted me pidió que trajera
todas mis cosas aquí. El asunto, dijo, exigía que la sensación de
verosimilitud que se debía lograr tenía que ser perfecta, porque
justamente, a medida que usted iba a ir olvidando, necesariamente
debería creer cada vez más en mí y en la historia de su vida que yo
le inventara.
ÉL:
Ninguna
mujer que no viva desde hace mucho en una casa tendría un cajón
lleno de papeles personales como tiene usted aquí.
ELLA:
¡Verosimilitud! Me pidió
absoluta verosimilitud.
ÉL:
¡Fotos! ¡Hay fotos de
nosotros dos! En nuestra luna de miel, en casa de mis padres, en el
viaje que hicimos al Medio Oriente, a…
ELLA:
(Interrumpiéndolo)
Fui yo la que le conté que hicimos viajes fabulosos. Yo inventé esos
viajes, sabiendo que a usted le atraía tanto el tema de la fe de los
hombres y porque usted me había dicho antes que era allí donde se
habían originado las religiones más apasionantes, y también me dijo
que le era irresistible estudiar ese conflicto perturbador entre lo
que sabemos que nos es cierto y de todos modos nos empecinamos en
creer.
Silencio
ELLA:
Pero, no. No hay fotos. ¿O
vio usted alguna vez alguna foto nuestra?
El reacciona y busca
en cajas que hay sobre la biblioteca. Las abre rápida y torpemente.
Caen papeles absolutamente en blanco.
ÉL:
¿Dónde están las
fotos?
ELLA:
Nunca hubo fotos.
ÉL:
¿Dónde pusiste mis
poemas?
ELLA:
Nunca vi ningún poema suyo.
ÉL:
¡No me mientas más,
por Dios! ¡Yo sentí tu amor cuando te abracé!
ELLA:
Nunca me abrazó. Una de
las seguridades que me dio al ofrecerme el trabajo fue que usted y
yo jamás tendríamos intimidad, porque usted, dijo, ya no sentía
deseos humanos, porque también los había olvidado.
ÉL:
Pero nosotros
dormimos juntos…
ELLA:
Eso es verdad. Dormimos
juntos, pero sólo para lograr un efecto parecido a la realidad que
simulábamos crear. Nada más que un intento de verosimilitud.
ÉL:
¡Hay algo..! ¡Hay
algo…! ¡Sí! Yo te abracé una noche… ¡Yo sé que te abracé una noche!
No sé si fue un impulso o una necesidad, o un arrebato del alma, no
lo sé. No sé si fue ayer o antes de ayer, o cuando, pero yo te
abracé, y pude sentir tu piel, y tu amor, y tu respiración
pidiéndome lo que yo no podía darte, ausente de mi mismo, teniéndote
solamente a vos, sin tenerte, como aferrado al viento…
ELLA:
Frase poética, y patética…
Paradojas, al fin… ¿Cómo saber que fue cierto algo que le pasó si a
la vez sabe que no recuerda nada de lo que le pasó? ¿No hay
respuesta a eso, no? Entonces, señor, no pretenda además evocar la
realidad desde los sentimientos, que, se lo recuerdo, usted ahora
cree que tuvo.
ÉL:
¡No! ¡Son
sentimientos que tengo! ¡Que ahora tengo! Los estoy teniendo, y ¡eso
sí lo sé!
ELLA:
¿Se atrevería a confiar en
sentimientos que unos momentos olvidará?
Silencio.
ELLA:
En conclusión, tal vez
simplemente sea su propia desesperación por inventar recuerdos que
no tiene, simplemente porque no existieron. Por favor, sería tan
amable de darme mi dinero.
ÉL:
Si. Tómelo usted misma.
Por favor.
Ella comienza a ir
hacia el sitio donde está el dinero.
ÉL:
Una última pregunta.
Aquel
día en que la contraté
yo, ¿todavía, recordaba algo de mí?
ELLA:
No. Por lo menos no algo
específico.
ÉL:
Haga memoria. Por favor.
Algo que pude haber dicho, algún dato, cualquier dato por menor que
sea.
ELLA:
No habló específicamente
de usted.
ÉL:
¡Cuénteme, por
favor!
|