Miami
Estados Unidos
Año IV 

Nº 23/24

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

ABANDONO

 

por

 

Claudio Ferrari

PERSONAJES: 

 

ÉL

Ella

Una sala, a la que se accede desde una escalera. El espera, solo, sentado. Quieto desde hace horas. Nada ni a nadie espera; nunca sintió mayor desolación. Ella entra. Se detiene.  Acciona el grabador y se escucha la voz de él. Ella comienza a subir.

 

VOZ DE ÉL:  Queda poco perfume en el frasco, pienso, mientras escucho que ella está  subiendo. Es una escalera que avanza en línea recta hasta acodarse para acceder al único sitio de la casa que –ella me lo dijo- nunca pudimos hacer útil. Son nueve escalones en mármol gastado y diecisiete de madera. Yo ya no los bajo ni los subo. A ella no le cuesta subirlos. Será bailarina, o gimnasta; quizás acróbata, o actriz. Es una mujer fuerte, ágil. Imagino que siempre cuidó su cuerpo. Avanzará hacia mí, que la espero palpitando. No parece una mujer fácil, y sin embargo, nada supone más facilidad que convivir con ella; la facilidad en este caso radica en que sin escapar de ningún conflicto parece aceptarlos en estado de extrema naturalidad, como dotada de un poder innato para que su cuerpo se acomode a las cosas por vivir. No se trata de que los conflictos no la afectan; justamente se trata de todo lo contrario: logra atravesarlos sin que quede nada afuera. ¿Nada afuera de dónde? De su cuerpo. Ella es su cuerpo. No recuerdo a nadie con tanta coincidencia entre sí misma y su propio cuerpo. Su absoluta ausencia de formación religiosa le evita impedimentos, la totaliza, la mantiene preservada de cualquier división entre su esencia y sus huesos. Sabe, porque desconoce, que no es otra que ella misma, y no padece el pecado de partirse en dos apartando el espíritu de la carne ni el bien del mal. Hay en ella una cierta impunidad que la preserva; un tipo de libertad extraña en estos tiempos de proclamas huecas, en que se habla más de lo que se ejerce, generando un modo de análisis que no es reflexión, y donde el regodeo autista y desesperado opaca toda posibilidad de verdad. Ella, que no pretende ser libre, es libre sin otra atadura que sus límites humanos. Ella entera, toda ella, está subiendo ahora mientras ignoramos ambos cuánto es posible llegar a sufrir.

 

Ella apaga el grabador. Ha llegado cerca de él.

 

ÉL: Nunca sentí mayor desolación. (En voz baja, sabiendo que así apenas ella ha podido oírlo.)

 

Ella deja mostrar su cansancio apenas un instante.

 

ÉL: Tu voluntad lo único que confirma es que fuiste la más fuerte de los dos. (Ahora disfrutando de que ella pueda oírlo.)

 

ELLA: Usás tu teoría de las relaciones caníbales de una manera excesivamente acomodaticia.

 

ÉL: Puede ser… Pero en todo caso, siempre encaja.

 

ELLA: La repetís desde siempre ante el conflicto que sea y se trate de lo que se trate. Le cambiás un par de frases y te creés que así podés argumentar en cualquier situación. No seas tramposo y por una vez inventá otro método para lastimarme. Así ya no lográs hacerme sentir culpable.

 

ÉL: Mi teoría no es una teoría. Según vos fue una teoría que esbocé ¿hace ya...? Qué importa otro olvido. Lo cierto es que con el tiempo, obviamente no sé cuánto, mi teoría se fue confirmando y pasó a ser una ley. Como en la Física: la palabra final la tiene el resultado de la experimentación. Una pareja es un animal que se come la mitad de si mismo, sentencio, yo, mientras paso los dedos por el polvo que cubre los libros. ¿El polvo que cubre los libros habla de la nobleza de una antigua biblioteca o quiere decir simplemente que no se leen ni se limpian?

 

ELLA: Y según vos, en la nuestra. Fui yo la que te comí.

 

ÉL: Irremediablemente. Para eso estábamos hechos. Por eso no te tenés que sentir culpable. Hay algo en uno, muy sabio, que sabe exactamente a quién elegir. Nosotros nos elegimos con la ilusión de ser como un reloj de arena y tener cada uno su tiempo para descargar en el otro, hasta invertir el mecanismo y volver a empezar de cero y así siempre, en un equilibrio tan perfecto como ilusorio. Si. Fueron buenas ilusiones, nada más. Nosotros somos un reloj de arena partido en dos.

 

ELLA: Donde yo me quedé con todo y vos vacío. Hasta con metáforas siempre fuiste muy preciso para lo que querés decir.

 

ÉL: ¿Quién va a quedar viudo de nosotros? Contestame. Estoy seguro que pensaste en eso. Decíme, concretamente, ¿a quién de los dos se le va a parar primero el corazón? ¿Quién va a enterrar al otro? Y no me contestes que vivir depende de uno. Hablá, por favor. ¿Quién de nosotros dos se va a morir antes?

 

ELLA: Había un poema tuyo que empezaba: Esta noche no habrá cifra absoluta, el tiempo…

 

ÉL: No lo digas. No me interesa saber qué escribí. No sé qué escribí y ni siquiera sé si es verdad o no que alguna vez fui un poeta.

 

ELLA: Claro que es verdad.

 

ÉL: Y sabés también que no soporto escucharte apelar a mis supuestos poemas para conmoverme. Por favor, ten un poco menos de buena voluntad y no seas tan canalla.

 

ELLA: Cuando cumpliste treinta años te regalé este reloj, a cuerda, como te gustaba a vos, usado. Decías que con un reloj viejo se podía sentir que el pasado era algo tangible, y que dándole cuerda se tenía la certeza de que uno mismo estaba poniendo en movimiento el tiempo por venir.

 

ÉL: El tiempo ahora está detenido.

 

ELLA: El tiempo está tan en movimiento como antes. Afuera la vida sigue como siempre. Ahora, en este mismo instante, le están pasando millones de cosas a millones de personas. Ahora está muriendo gente de verdad, y está naciendo otra, y hay infinitos gestos superpuestos, contradictorios, simultáneos.

 

ÉL: Usar tres adjetivos para sostener una tesis tan obvia me parece un abuso inmerecido para con el lenguaje, que al fin y al cabo, pobre, a vos no te hizo nada. Pero lo verdaderamente irritante es el énfasis que ponés para sostener una idea tan banal, cuando sería de esperar que ya supieras que no la voy a legitimar. El tiempo, querida, para mí, y no cuenta otra posibilidad, ya paró.

 

ELLA: Ahora está  pasando todo, ¡absolutamente todo lo que puede pasar! Y también está  pasando esto que nos pasa a nosotros.

 

ÉL: No te confundas con tu propia emoción al hablar. El problema de tu énfasis es que te lleva a creer que tenés razón y no a buscar la verdad. No, querida. Las cosas ya no pasan para mí. Pasan para esa humanidad de la que hablás y que para mí es sólo una información dudosa. Pasan para vos también, claro. Eso sí, vos estás entera. ¡Buena palabra! ¡Entera! Somos el lenguaje, no hay dudas. ¡Entera! Toda vos, dueña tuya; lo que abarca tu mirada tuyo y tuyo tu pasado; hasta tu aliento tuyo.

 

ELLA: Ahora vas a decirme que en cambio vos sos apenas tu propia ausencia.

 

ÉL: ¡Exactamente! Y vos vas a volver a hablarme de que no pensás sentirte culpable. Como ves he logrado recordar lo que dijimos hace no más de cinco minutos. ¿O fueron veinte? Es importante que las discusiones sean dialécticas, espiraladas, sin principio ni final, querida. Pero no al punto de hacerlas idénticas, porque entonces se empobrecen, querida.

 

ELLA: ¿Vos estás fingiendo todo esto?

 

ÉL: Seguramente sí. Sólo que no sé cuándo finjo y cuándo no finjo. Lo cual a mi sí me exime de culpas. Como a un poeta enamorado no se lo podría condenar por haber matado a la mujer que amaba la noche mala en que ella le dijo: eres nada.

 

ELLA: Eso contaba un poema tuyo. ¡Por aquí tiene que estar el manuscrito! (Va a buscarlo) Tal vez viendo tu propia letra puedas recordar cuando lo escribiste o…

 

ÉL: ¿Quién se atrevería a castigar a ese pobre poeta? En cambio a ella habría mil maneras de juzgarla y en alguna se probaría su culpa irremediable, porque al fin siempre es irremediable acabar siendo nada para quien amamos. Aunque una situación irremediable no nos exculpa de haber decidido vivirla. Si yo fuera ese juez sería bondadoso y la condenaría apenas a su propia inexistencia.

 

ELLA: (Buscando el poema) Pertenece a la serie de poemas que escribiste con la mano izquierda porque decías que era escribir con una dificultad que te permitía tomar distancia de tus propios preconceptos con las palabras. Yo en ese momento no lo entendí, pero después vi que tenías razón, que el resultado había sido muy bueno, muy distinto a todo lo anterior.

 

ÉL: La culpa que tengamos no es una excusa de la neurosis. Tampoco es una herencia judeo cristiana. La culpa es una palabra cierta. Nos define la exacta medida de lo culpables que hayamos sido. Y que somos. Y Dios en eso no se mete.

 

ELLA: Una niña me dijo que Dios es nadie. (Deja de buscar) Una niña que conocí una vez. Y fue hermoso, porque yo sentí que esa niña me decía una verdad para mi sola, para no tener que compartirla nunca. Pero ya ves…

 

ÉL: De Dios no hables. No es tu tema. Es como tirar agua donde no hay fuego: vos nunca podrías apagar ese incendio que no está. Malgastaste tu secreto con la niña.

 

ELLA: Es verdad. No es mi tema. Y tampoco el tuyo. Dios no es un tema. Siempre lo decías. Es hablar creyendo que hablamos de algo. Vos siempre dijiste que Dios es solamente el mejor cuento que nos pueden contar. Que no hay que creerlo ni hablar de él como si fuera cierto.

 

ÉL: ¡De Dios no hablemos, te dije! Es un tema que nos dispersa y para colmo, dejándonos con la falsa ilusión de estar un poco más cerca de lo esencial, que por otra parte, tampoco existe. No. Decididamente Dios es un tema innecesario. Y engañoso, como un camino en línea recta que de pronto se abre en infinitos caminos, para volver a unirse en alguna parte a la recta inicial. Dios es la mejor manera de no llegar nunca a ningún lado, sólo que a los cortos de entendederas los distrae un rato, ¿no? En cambio la culpa es tangible. El daño que nos hicieron lo carga el cuerpo. Decime, ¿el daño que carga mi cuerpo lo hiciste vos? Perdón por  la pregunta, pero vos sos una mujer inteligente y no quisiera tener que hablar cuidándome de no ofender la simpleza de tu buena fe.

 

ELLA: ¿De qué me acusás? ¿De ser la que sobrevivió?

 

ÉL: ¡Bien definido! Yo no sobreviví. Yo ya estoy muerto.

 

ELLA: Vos vas a estar muerto el día que te mueras. No antes. Mientras no te mate una enfermedad o te atropelle un auto vas a estar vivo.

 

ÉL: Acá el ambiente está bastante protegido de contaminaciones, infecciones y contagios. Difícilmente entre una bacteria interesada en mi o un virus mutante.

 

ELLA: No sabés lo que decís.

 

ÉL: Un auto no me va a pisar ni un avión se va a caer conmigo adentro porque adentro del avión yo no voy a estar. Ya no salgo de esta casa, tampoco creo que se caiga el edificio. Así que, en conclusión, o soy eterno o ya estoy muerto. Y eterno no debo ser, ¿no? A menos que sea una especie de Jesús que se fue dando cuenta con el tiempo de que era Dios. ¡Pobre de mi! Qué responsabilidad. ¿Vos vendrías a ser la Virgen o María Magdalena, Judas o Poncio Pilatos?  Elegí el personaje que más te guste porque tenés un personaje asegurado en la única versión de la vida  de Cristo donde el protagonista no es Cristo. Dicho sea esto como un ejemplo hiriente nada más. No es que me contradiga y me quiera poner a hablar de Dios.

 

ELLA: No podés parar de lastimarme.

 

ÉL: No. No lo puedo evitar. Como vos no podés evitar quedarte aquí a mi lado, sufriendo. No es que yo crea que te estoy lastimando. Es imposible saber quién le hace daño a quién. Sino, fijate en nosotros. Yo no me creo tan omnipotente. ¿Y vos? En realidad nunca se sabe cuándo ni por qué se le hace mal a otro. Y en esa ignorancia toda excusa vale. Si queremos, hasta el suceso más cruel se puede explicar como algún tipo de alteración genética o sicológica, siempre y cuando nos remitamos a estropicios individuales, que en definitiva son invariablemente menores, sutilezas que en nada modifican la historia de la especie. ¿Qué importa el sufrimiento de una vida? Ahí no hay mal.  En cambio el verdadero mal es inexplicable y evidente, y por eso mismo fascina cuando daña a multitudes. Daño verdadero hicieron muy pocos hombres en la historia. Los demás somos apenas pobres gentes que con mucha suerte y nada de coraje nos animamos a mostrar solamente un poquito de lo que podríamos llegar a ser si nos atreviésemos a ser malos de verdad. ¿Quiénes fueron verdaderamente malos? Ahora que no me estoy acordando es seguro que vos pensás: este hombre me necesita. ¡Nada más incorrecto! Vos querés ser necesaria y todo esto te vino de mil maravillas. Toda una vida esperando para ser imprescindible y así, sorpresivamente, te cae este regalo del cielo. ¡Pero yo no te necesito! Nadir el grande nace en Persia, en el año 327 antes de Cristo, hijo de una humilde familia campesina, devotos de la religión de Zoroastro, el mazdeísmo, que expresaba el idealismo de un Dios inmaterial en lucha sin tregua a favor de los poderes del bien, representados por la figura de Ormuz. Nadir evidenció desde muy joven una enorme fortaleza física, una valentía sin límite y un impar espíritu religioso que le concedían la preeminencia de dialogar con la Divinidad. Estos dones lo llevaron a convertirse prontamente en una leyenda viviente y amada entre su pueblo. Cierta tarde, a orillas del río Gurgan, mientras mantenía un diálogo con Ahuramazda, el Ser Supremo, advirtió desencantado que la Divinidad le daba siempre las respuestas que él esperaba. Esa noche, luego de cavilar amargamente, subió al monte Zagros y exigió la aparición de Ahrimán, representante del mal, ante quien expuso todas sus preguntas. Ahrimán sólo guardó silencio y la oscuridad de la noche fue total y la insatisfacción de Nadir la prueba que necesitaba. A partir de entonces el mal sería su única, oculta guía. Consolidó un ejército incapaz de remordimientos y destruyó la organización del Estado convirtiéndose él mismo en rey, jefe indiscutible, representante del mal en la tierra, destruyendo con terribles matanzas todo vestigio helénico o judío. A lo largo de ciento siete años de reinado mató a millones de personas; ninguna de ellas, de un modo u otro, jamás habrían llegado ser relevantes. Asesinadas, consideradas en cifra, gracias al culto del mal de Nadir el grande y a su excepcional capacidad para practicarlo, han trascendido en la historia de la humanidad.

 

ELLA: ¡Recordaste! ¡Recordaste sin dudar!

 

ÉL: ¡No! ¡Inventé! ¡Inventé sin dudar! De todos modos no me enorgullezco. Fue una narración mediocre y apresurada, casi de mala enciclopedia, confusa, donde no expliqué en detalle el comportamiento de la figura principal. Aunque es cierto que un buen narrador no debe explicarlo todo y no todo en la vida de alguien es explicable. De todos modos yo no soy un buen narrador. Hoy me olvidé de cómo era la cara de mi papá. Estaba pensando en él cuando me di cuenta de que no recordaba su cara. Después no recordé qué edad tenía cuando se murió. Y después no me acordé quién era mi papá. El primer impulso fue buscar en el cajón de las fotos una foto suya. Llegué a abrirlo, pero me contuve. ¿Para qué buscar si igual no iba a poder reconocerlo? Ya está, dije. Ya estoy muy cansado y no tengo fuerzas, pensé. Ya no quiero tener que mirar fotos o cartas para saber quién era mi pro-pio padre ni quién es nadie. Y cerré el cajón.

 

ELLA: Estoy yo. Estoy yo para contarte todo. Amor, tu papá era el hombre más bueno del mundo.

 

ÉL: No digas nada. Ni cómo era, ni su nombre ni a qué se dedicaba, ni si me quería o no. Y no me toques más. Ya no quiero que me digas quién soy ni qué hice ni qué cosas viví o no viví. Ya no lo soporto. Podrías entenderlo, por favor. Te escucho hablar de que fui poeta y no lo soporto.

 

ELLA: ¡Es que sos poeta!

 

ÉL: Te escucho hablar de mí sin poder hacer otra cosa que escucharte y lamentarme por lo que ya no soy.

 

ELLA: Que no lo recuerdes no quiere decir que no lo seas.

 

ÉL: Qué idiota sos.

 

ELLA: Vos siempre decís…

 

ÉL: (Interrumpiéndola) ¡Yo ya no digo! ¡Nada!

 

ELLA: Siempre me decías que lo que importa verdaderamente en la vida de un hombre es lo que hizo, lo que deja. Y vos dejás poemas. Muchos poemas. Para siempre.

 

ÉL: ¿Vos te das cuenta de que yo ya estoy muerto?

 

ELLA: No. No puedo darme cuenta porque vos no estás muerto

 

ÉL: Un hombre sin historia está muerto.

 

ELLA: Vos tenés historia. Tu historia está viva en mí. Yo soy tu historia.

 

ÉL: No podés concebir que es eso precisamente lo que no soporto más. ¿Tanto te cuesta comprender? Si fueras menos piadosa y más inteligente. No soporto que seas mi memoria. Van pasando las horas y yo menos recuerdo y menos sé de mí. Y cuando finalmente ya estoy absolutamente vacío, seco, ausente de todo, apareces vos con tu cara de buena intención a decirme que me amás y que te amo y que soy un genio, y a mostrarme fotos y a contarme como nos conocimos, como fue la primera vez que hicimos el amor y los detalles que hicieron de mí un hombre maravilloso.

 

ELLA: ¿Qué harías vos en mi lugar? Por favor, decíme qué harías

 

ÉL: Te compraría un revolver. (Pausa) Sí. No me mires así. Lo que tendrías que hacer es comprarme un revolver para que me mate. Un silencioso y soberbio gesto de tu parte y un breve y perpetuo  acto de la mía.  Bienaventurada sería tu soberbia de espíritu. Por favor, por una vez en la vida, no seas humilde. Los teólogos Católicos afirman que la pobreza de espíritu no es otra cosa que humildad ante la infinita grandeza del Señor. Es mentira. A mí siempre me pareció que era un estímulo muy perverso eso de elogiar la obediencia en mansedumbre. La verdadera humildad exige justamente una gran soberbia espiritual.

 

ELLA: Yo no sé si estás actuando con cinismo o sos sincero; no importa, pero date cuenta de que lo que estás diciendo ahora no lo estás inventando. Podés parodiar a las Bienaventuranzas porque las sabés. Están en tu memoria. Las discusiones religiosas siempre te apasionaron, siempre fuiste muy religioso. Tu memoria tiene que estar viva. Si todavía podés acordarte de cosas así quiere decir que no es imposible que puedas volver a acordarte de vos y de todo lo demás.

 

ÉL: Hace meses que día a día voy olvidando quién soy, olvidando toda mi vida. ¿Es posible que de buena fe creas que puedo volver a recordar? Si es así, tu buena fe me aterroriza.

 

ELLA: Si a mi me pasara lo que te pasa a vos yo me aferraría a lo que sea.

 

ÉL: A vos nunca te pasaría. No te hagas problemas. Por lo poco que percibo de vos, sos tan simple, que nunca te olvidarías de nada. Debe ser imposible olvidarse de una vida tan vulgar, o chiquita, si vulgar es una palabra que te parece demasiado despectiva. Evidentemente durante el tiempo que decís que viviste conmigo, siendo yo un hombre tan genial como afirmás, no te sirvió de nada. Y si chiquita te parece una palabra demasiado pobre para significar mi concepto, podríamos coincidir en que tu vida es ciertamente ordinaria. ¿Está bien?

 

ELLA: Por lo menos todavía algo de vos no se modificó. Siempre fuiste muy cruel conmigo, y con otros. Por momentos tenías tanta capacidad para humillar. El mismo talento que tenías para hacer tantas cosas buenas lo usabas para destruir al prójimo. Tan a menudo eras capaz de odiar tanto.  Había veces en que yo me asustaba. Era un miedo raro. Vos te ponías violento o malo. Y yo tenía miedo, pero no a que me lastimaras físicamente. Te miraba y sentía el mismo miedo que se siente en esas pesadillas que se sueñan mientras a la vez se está pensando, sin dejar de sufrir: claro, esto es horrible, pero no me está pasando. Yo te miraba, así, como ahora, y pensaba, como ahora: ¿este hombre tan canalla es el mismo hombre maravilloso que amo tanto? ¿Cuál de ellos sos? ¿O cuál eras? Quizá de ahí proviene tu amnesia. Quizá  tensaste tanto tu alma entre esos dos que eras, que un día no pudiste resistirlo más y te partiste, como el reloj de arena. Vos, un reloj de arena marcando tu propio tiempo, enloquecido, sin estar nunca en paz, dejándote ser, oscilando siempre de un lado hacia el otro. Tarde o temprano ibas a tener que elegir quién eras realmente. Y no te enojes si te lo recuerdo: nunca supiste tomar la decisión final que alguna vez tiene que tomar toda persona: ser el que es, solo, sin ningún caníbal al lado, sin ninguna conciencia ajena aliviando la propia, sin súbditos ni patrones, sin padres ni hijos, sin mujer siquiera. Quizá por eso poco a poco preferiste empezar a olvidarte de quién eras: para no tener que saberlo.

 

ÉL: (Luego de un tiempo) Admirable estructura discursiva. Es tan patético escucharte hablar. Es tan ridículo que alguien como vos se atreva a hablar de los males del alma. En tu alma no cabe la tragedia.

 

ELLA: Si. Hablo de los males del alma. Del mal de tu alma.

 

ÉL: Permitime desencantarte sobre tus capacidades filosóficas. Yo padezco una extraña enfermedad que va reduciendo gradualmente mi memoria. Es pura y exclusivamente un tema endocrinólogico con la particularidad de que mientras voy olvidando todo también voy sabiendo que lo estoy olvidando. Así que por favor, nada de disquisiciones absurdas o interpretaciones que te quedan grandes. Ayer tuve un sueño que olvidé al despertar. Sin embargo, ¿cómo sé que lo soñé? ¡Paradojas, mi querida! Sé que nunca pude estar casado con una mujer tan módica como vos, y sin embargo,  ¿cómo es posible que yo esté casado con una mujer tan insignificante como vos? Te aclaro que en este caso módica e insignificante se equiparan como sinónimos a los efectos de la contundencia que requiere el mensaje, se comprende, ¿no?

 

ELLA: Renuncio.

 

ÉL: Me parece una decisión perfecta. Desde ahora es más tu única actividad para conmigo va a ser proveerme alimento. No soy un marido muy exigente, ¿verdad?

 

ELLA: Usted no es mi marido. Renuncio. Págueme el dinero convenido hasta hoy. Quiero irme ya mismo de esta casa.

 

ÉL: ¿De qué estás hablando?

 

ELLA: Usted sabe de qué estoy hablando.

 

Él: No. No lo sé. ¡Sentáte ahí, por favor!

 

ELLA: Quiero mi dinero.

 

ÉL: Agarrá todo el dinero que quieras. Vos muy bien sabés dónde está.

 

ELLA: Quiero solamente el que me corresponde por estas dos semanas de trabajo.

 

ÉL: ¿Qué trabajo, por Dios?

 

ELLA: No mezclemos a Dios en estos temas. Nos distrae. La verdad es una sola y Dios no tiene nada que ver con ella. ¿Me va a dar mi dinero? ¿Sí o no?

 

ÉL: ¿Me podés explicar de qué estás hablando?

 

ELLA: ¡Ya no me importa que es lo que recuerda y que no! Mi problema es que usted me contrató hace dos semanas. Puso un aviso en el diario pidiendo una secretaria. Yo me presenté. Usted me explicó que en realidad no era exactamente una secretaria lo que necesitaba. Necesita a alguien que gradualmente le hiciera creer que era su esposa. Yo pensé que usted estaba loco, me asusté y me quise ir. Usted me suplicó que le diera la oportunidad de explicarse. Me contó que estaba perdiendo la memoria, que era viudo, sin hijos, escritor. No, escritor no; poeta me dijo. Y que necesitaba a alguien que lo ayudara a inventarse una vida y una historia porque sino realmente llegaría el momento en que se volvería loco. Habló de la ausencia de memoria como el lugar del vacío. Fue esa frase la que me convenció. El lugar del vacío, dijo, desde donde sólo se puede mirar el mundo innecesario. Esa primera tarde usted lloró y fue bueno. Yo, poco a poco, me fui animando a ocupar el lugar de su mujer, y usted, mientras tanto se  fue poniendo cada vez más hostil, desagradable, malo, muy malo. Y yo ya no puedo soportarlo

 

ÉL: No es verdad lo que estás diciendo…

 

ELLA: Es únicamente y nada más que la verdad.

 

ÉL: ¿Qué hace todo nuestro cuarto lleno con tu ropa?

 

ELLA: Usted me pidió que trajera todas mis cosas aquí. El asunto, dijo, exigía que la sensación de verosimilitud que se debía lograr tenía que ser perfecta, porque justamente, a medida que usted iba a ir olvidando, necesariamente debería creer cada vez más en mí y en la historia de su vida que yo le inventara.

 

ÉL: Ninguna mujer que no viva desde hace mucho en una casa tendría un cajón lleno de papeles personales como tiene usted aquí.

 

ELLA: ¡Verosimilitud! Me pidió absoluta verosimilitud.

 

ÉL: ¡Fotos! ¡Hay fotos de nosotros dos! En nuestra luna de miel, en casa de mis padres, en el viaje que hicimos al  Medio Oriente, a…

 

ELLA: (Interrumpiéndolo) Fui yo la que le conté que hicimos viajes fabulosos. Yo inventé esos viajes, sabiendo que a usted le atraía tanto el tema de la fe de los hombres y porque usted me había dicho antes que era allí donde se habían originado las religiones más apasionantes, y también me dijo que le era irresistible estudiar ese conflicto perturbador entre lo que sabemos que nos es cierto y de todos modos nos empecinamos en creer.

 

Silencio

 

ELLA: Pero, no. No hay fotos. ¿O vio usted alguna vez alguna foto nuestra?

 

El reacciona y busca en cajas que hay sobre la biblioteca. Las abre rápida y torpemente. Caen papeles absolutamente en blanco.

 

ÉL: ¿Dónde están las fotos?

 

ELLA: Nunca hubo fotos.

 

ÉL: ¿Dónde pusiste mis poemas?

 

ELLA: Nunca vi ningún poema suyo.

 

ÉL: ¡No me mientas más, por Dios! ¡Yo sentí tu amor cuando te abracé!

 

ELLA: Nunca me abrazó. Una de las seguridades que me dio al ofrecerme el trabajo fue que usted y yo jamás tendríamos intimidad, porque usted, dijo, ya no sentía deseos humanos, porque también los había olvidado.

 

ÉL: Pero nosotros dormimos juntos…

 

ELLA: Eso es verdad. Dormimos juntos, pero sólo para lograr un efecto parecido a la realidad que simulábamos crear. Nada más que un intento de verosimilitud.

 

ÉL: ¡Hay algo..! ¡Hay algo…! ¡Sí! Yo te abracé una noche… ¡Yo sé que te abracé una noche! No sé si fue un impulso o una necesidad, o un arrebato del alma, no lo sé. No sé si fue ayer o antes de ayer, o cuando, pero yo te abracé, y pude sentir tu piel, y tu amor, y tu respiración pidiéndome lo que yo no podía darte, ausente de mi mismo, teniéndote solamente a vos, sin tenerte, como aferrado al viento…

 

ELLA: Frase poética, y patética… Paradojas, al fin… ¿Cómo saber que fue cierto algo que le pasó si a la vez sabe que no recuerda nada de lo que le pasó? ¿No hay respuesta a eso, no? Entonces, señor, no pretenda además evocar la realidad desde los sentimientos, que, se lo recuerdo, usted ahora cree que tuvo.

 

ÉL: ¡No! ¡Son sentimientos que tengo! ¡Que ahora tengo! Los estoy teniendo, y ¡eso sí lo sé!

 

ELLA: ¿Se atrevería a confiar en sentimientos que unos momentos olvidará?

 

Silencio.

 

ELLA: En conclusión, tal vez simplemente sea su propia desesperación por inventar recuerdos que no tiene, simplemente porque no existieron. Por favor, sería tan amable de darme mi dinero.

 

ÉL: Si. Tómelo usted misma. Por favor.

 

Ella comienza a ir hacia el sitio donde está el dinero.

 

ÉL: Una última pregunta. Aquel día en que la contraté yo, ¿todavía, recordaba algo de mí?

 

ELLA: No. Por lo menos no algo específico.

 

ÉL: Haga memoria. Por favor.  Algo que pude haber dicho, algún dato, cualquier dato por menor que sea.

 

ELLA: No habló específicamente de usted.

 

ÉL: ¡Cuénteme, por favor!