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Intentaré
relatar con justeza las acciones decisivas de un hombre
intrascendente. Si me acompaña con su imaginación, de entre el tedio
de la rutina y la marginación, se revelará la épica de la
intrascendencia.
La historia se desarrolla en el noreste
argentino, al sur de los Esteros del Iberá, en la provincia de
Corrientes; entre la confluencia del río Paraná hacia el Oeste y el
río Corrientes por donde nace el sol. Una tierra de selva rala;
hábitat de dorados, surubíes, yararás, caña y chamamé; cerca de la
civilización... lejos de los gobiernos. Donde la ancianidad comienza
temprano y sobrevivir por cincuenta años, es raro.
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Ese hijo le había nacido hacía unos nueve años, era el quinto
de nueve, sin contar el que venía en camino. Ahora el gurí lo estaba
mirando de cuclillas a unos diez pasos. Se trataba de que
aprendiese; tal que, Raúl, se esmeraba en hacer bien su trabajo. La
tormenta arreciaría a media noche -más o menos- así que machete en
mano, contra un árbol, armó una choza de hojas y nylon. Un rato
antes, al hacer el corral en el agua, la criatura lo había visto
puntear una a una las varas de eucalipto de metro cincuenta de
largo. Una vez que las clavó en el fondo de la laguna, las unió con
ramas que anudó con juncos. El corral albergaría la pesca hasta
cuando pudieran volver al rancho.
Había sido buena la faena de los tramallos y la recorrida de
los espíneles les dejaría, al final, hasta quince dorados. Por unos
días la provista estaría satisfecha de pescado y se completaría más
tarde -al venderse los dorados- con harina, grasa, vino, caña y
tasajo. Harían noche en el guayabal, y temprano, si el viento
escampaba, enfilarían la canoa río arriba rumbo a las casas. El
changuito estaba mudo de puro encanto mientras miraba a su tata
hacer el trabajo. A media noche, con los ojos todavía abiertos por
la excitación, la tormenta lo sorprendería en la completa obscuridad
de un rancho, sobre una isla, en medio de un páramo. A su lado, la
ronquera era índice de exceso de caña.
A cinco kilómetros de allí, río arriba, en el rancho, la
Beatriz había comenzado su trabajo de parto. --¡Dicen que las
tormentas de rayos apuran los embarazos! Por eso, fue a tientas
donde la Raquel para que la ayudara por si paría. Raquel de
inmediato avivó el fuego, se llegó hasta la orilla del río y puso
agua en una olla para que hirviera. Beatriz, mientras tanto, retiró
de su camastro la frazada y la llevó fuera del rancho hasta el lugar
del parto. --¡Por suerte la tormenta se viene demorando! Cerquita
del fuego, bajo un árbol, dos ramas a la distancia de sus brazos le
permitían sostenerse en cuclillas para pujar. Debajo, la frazada;
delante, Raquel tomaría al gurí entre sus manos. Así habían nacido
los catorce y el recibidor de los primeros seis había sido el Raúl.
En cada nacimiento recordaba su bocaza de marrones dientes raleados
y sus brillantes ojos que reflejaban el éxtasis del magno acontecer
del parto. La espera no sería mucha, Raquel, de catorce años,
sonreía ahora con su boca de dientes blancos y la mugre se le
juntaba en la comisura de los labios.
--¡Ya viene gurisa! ¿Te lavaste las manos? ¡Saldrá al primer
espasmo! Así fue. La roña de una sábana lo cubrió casi de
inmediato. Lo apoyó sobre la mesa en la penumbra del fuego. Beatriz
se puso de pie. Hicieron dos torniquetes en el cordón umbilical y la
Raquel lo cortó luego por el medio con una navaja que extrajo del
fuego. Beatriz sumergió unos trapos en la olla de agua hirviendo y
se los puso como compresas entre las piernas; sin más, volvió a la
cama. La tormenta aulló toda la noche por entre la madera del rancho
mientras las copas de los árboles coreaban en tonos más bajos. El
río, exasperado, tuvo por toda la noche a los perros ladrando.
El cerdo amaneció comiendo placenta. Beatriz revisó la herida
en el cordón del bebé y la untó con grasa. Se lo veía sanito. Raquel
se ocupó de las tortas fritas y el mate cocido para cuando la prole
se despertara.
Luego de una sólida borrachera, Raúl, nunca se veía bien, el
gurí lo sabía; así que al salir de la choza de ramas y nylon y ver
la expresión que tenía su padre mateando, se sentó junto al fuego
con actitud reverencial.
--¡Se jueron casi todos los dorados! Falló un costado. -El niño
continuó guardando respetuoso silencio; el mal humor continuaría
unas horas más. Raúl enhebró uno a uno por las agallas los dorados
que quedaban, luego, anudó el espinel a un clavo en la popa de la
canoa. El gurí le fue alcanzando los cacharros y ni bien quedaron
acomodados, se subió. A pala la canoa se dirigió rió arriba rumbo al
rancho.
La Raquel recibió a su padre riendo mientras el gurí la
saludaba a los gritos desde la canoa moviendo los brazos.
--¡Nació! ¡Está sanito! ¡Es varón! -Raúl ni se inmutó. Saltó de la
canoa con un cabo y lo anudó a un árbol; mientras, el gurí,
bajaba los cacharros. Beatriz apareció por la abertura del rancho
con el bebe en sus brazos y la prole de hijos y un trío de perros
ratiquíticos se acercaron a dar la bienvenida; el Raúl continúo sin
inmutarse.
--¡Mañiana
iré a la ciudá pa` entriegarlo! No ti encariñes mujié, la situación
no si sostiene ni por un ryato. ¡La tormienta hizo estriagos con los
dorados!
En
silencio, el gurí se unió a la prole. Prole y perros desaparecieron
por un sendero entre la maleza de la isla. La Raquel se abrazó a su
madre y se entristeció... --¿Este también se irá?
Antes del sol, machete en mano, el Raúl hacía leña para avivar
el fuego. Desenhebró un dorado del espinel y lo desolló para que lo
comiesen hasta su regreso. Beatriz había abrazado toda la noche al
gurí. --¡Ojal a tingas vintura! Que quien te quiera te cuide; te
eduque pa` que un día sias dotor y no rigrieses a la miseria. No me
va importáa que te olvides de mí. -Raúl entró al rancho y le quitó
el bebé de los brazos: --¡Suéltalo mujié... sabes bien que es lo
mijor! -Beatriz se resignó. --¡¡Priegunta por si alguien sabe de los
otrios Ryaúl!! -Dijo entre sollozos casi gritando-.
Envuelto como estaba en harapos, el Raúl lo puso en la proa de
la canoa y se marchó. A media mañana estaba a unos quince
kilómetros del rancho y a otros tantos de la ciudad. Enfiló la proa
hacia una isla y atracó. El gurisito hacía varias horas que lloraba,
Raúl se lo puso bajo un brazo y saltó a tierra; caminó por un
sendero hacia el centro de la isla y se detuvo en medio de un bosque
de eucaliptos; la criatura lloraba como marrano, pero él se mantuvo
indiferente al llanto. Se sentó contra un árbol dejándolo a un
costado. De entre sus ropas extrajo la botella de caña y comenzó a
beber, lo envolvía el placer cada vez que el alcohol se deslizaba
por su garganta. Al cabo de un rato, desenvainó el machete y
caminó unos pasos. En el lugar donde ya había estado cuatro veces,
cavó una fosa de un metro de profundidad. Al terminar, empinó
nuevamente la botella para que la caña se deslizara por su garganta;
miró al pequeño gurí que a unos metros persistía en llanto. Lo
levantó de donde estaba y lo cubrió con los harapos para no verle la
cara; lo depositó en la fosa. Con sus pies, botella en mano, lo
fue cubriendo lentamente con la tierra removida. El llanto se fue
apagando a medida que la tierra lo tapó. Al terminar, la voz de su
víctima era un inaudible quejido.
Raúl
volvió a sentarse contra el árbol para beber lo que quedaba de caña;
a los pocos minutos, el silencio del llanto, devolvió al lugar el
sonido de los pájaros.
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Marcelo D. Ferrer
nació
en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires,
República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y
licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal. Es
miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al
servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y
narraciones suyas en general han sido publicadas en diversos medios
periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado con
el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata: Poemas, historias
y reflexiones (Centegraf, 2001). Sus escritos asombran por su
profundidad y sensibilidad, abordando múltiples temáticas. Su
lenguaje es medular. Se aprecian en sus contenidos estructuras
poéticas de exquisito ritmo que conducen al lector a desenlaces
reveladores. Es preciso resaltar su interés por las cuestiones
ligadas a su país. Es un crítico de la idiosincrasia facilista de
los argentinos, los denominados "argentinismos". Su pensamiento
está expresado en "Cartas a mi país", una sección consultada por
opinadores y comunicadores.
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