Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 29/30

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

VERA EFIGIES

por

Ángela Hernández Núñez

 

 

    A la entrada había lirios. Un rombo anaranjado protegía la puerta. Más adelante quedaba a la vista un corredor. Yendo por él, se accedía rápidamente a la escalera. A cada peldaño sobresalían cristales rojos y azules que iban cobrando luminosidad. Más arriba había un ventanal. El horizonte lo cortaba a la mitad. Al pie del mismo se hallaba la cama. En la almohada reposaba la cabeza de una mujer, cuyos ojos estaban echados hacia el mar. ¿Qué pensaba, tan quieta?

     Cantante en otros años, se confinó en aquel lugar para eludir el envenenamiento anímico que los comentarios de consuelo y las invitaciones a distraerse no lograban sino acentuar. Había que aligerar el cuerpo, anudado como si una colada de metal hubiera penetrar la epidermis. Alimentándose de frutas puede depurarse una persona, se dijo. De modo que aseguró el suministro puntual de melones, cítricos, piñas, mangos, papayas y manzanas; dedicándose a pensar en él hasta lo último.

     En el vaivén de los colores, que al atardecer la sumaban a su liviano abismo, intuyó el modo de liberarse.

     El hombre entraba y salía en botas y chaqueta púrpura. Llegaba y volvía a irse. Con obcecación se esforzaba en hacerse indispensable, ante la certitud de que nadie le sostendría adhesión en base al roce cotidiano. A pesar de su sagaz inteligencia y de su inclinación solícita, no duraba en empleo, ni en vecindario. Mudarse de personas, de lugares e ideas era su ineludible signo. Contados seres proporcionaban una conversación tan sugestiva como él. A breve tiempo, empero, sus palabras erraban; decaía su interés. Entonces procuraba mantener su energía seductora; tozudo, como hambriento que escarba en el plato vacío.

     Así, intermitente, discurrió su existencia, hasta topar con Gina. Al principio, su apariencia le confundió. No llevaba el pelo largo y enmarañado de las jóvenes que le habían cautivado. Por el contrario, lo cortaba a ras de cráneo. Tampoco se aproximaba en esbeltez a las bailarinas que se habían doblado al calor de sus manos. Pero brillaba, confiada como ninguna.

     Primero fue el hechizo (los cuerpos); desplegados en fluencias de recónditos sentidos. (Las palabras), después, llamas propicias. Súbito baño de infinitud recobrada (la sangre, la punta de la lengua). Enredados en juegos de  geometrías genitales, fue el meridiano, el primordial círculo, las guirnaldas fotógenas (los vientres). Domadas máquinas (las manos), sobre el orbe y el tiempo que detiene las nociones de tiempo. Hasta la armonía que se torna física (los espejos).

     Después de estas sensibles intersecciones, desearon el equilibrio estable. Se examinaban, expectantes, con espontánea flexibilidad. Avanzaban, como por un desfiladero, pacificados aún por la ternura y la sorpresa. 

     Al poco tiempo, sobrevino la primera evidencia de desajuste; una dificultad sin cuidado, presumieron.

     Ese día era un llover sin término. Las callejuelas y el jardín se diluían en la tejida atmósfera. Ellio Sariko y Gina Xvence se contemplaron perplejos, como si se mirasen a través de una lámina extraña que distorsionaba levemente las facciones.

     Más adelante, fueron comprobando que su pasión se manifestaba únicamente en el jaleo de las calles, en el  teatro atestado, en trenes y parques públicos repletos de curiosa concurrencia. En estos lugares, su conversación discurría natural; endureciendo, por el contrario, en la intimidad. Requerían de multitud de ojos, pechos y voces abigarradas para percibirse unidos.

     Tras varias rupturas y subsiguientes reencuentros, empezó una batalla por comunicarse. En el silencio, empleado en momentos escogidos, tenía Gina su más eficaz arma. De su parte, Ellio esgrimía el recurso infalible del abandono esporádico y las terceras personas. Los diálogos de entendimiento se multiplicaban y extendían, imbuidos ambos de un sentimiento centrífugo: únicamente al infinito alcanzarían a comprenderse.

     Pactaban treguas que a conciencia transgredían.  El fue dejándola, más y más atraído por ella. De su lado, Gina se convencía de que nadie vendría similar a Ellio, tierno y contingente. Con ansiedad abusaba del  silencio. Trastornadas las insólitas cadencias de su voz, en pleno escenario equivocaba las inflexiones. De tanto en tanto, se aventuraba a riesgosas estrategias de acorralamiento, probando formas viles que humillaban su conciencia.

     En el lecho, Gina Xvence yace tendida contemplando las puntas de sus pies, el ventanal y lo que sigue. Medita sobre el tiempo que se encoge, el tiempo que se divisa perdido desde allá; medita sobre lo que sigue al mar, el mar, los ventanales, la punta de los pies, sus ojos. Su actitud es de comulgar, pero ¿qué cosa?

     En este instante, en que nada se niega y el espectro solar cristaliza formas autónomas, se bebe por última vez el espíritu de aquel hombre; rosa sangrienta en el torrente de su sangre.

     El regresa de su último abandono. Ahora se encuentra plantado en las gradas, las manos sosteniendo la baranda, el rostro dirigido hacia donde la luz señala el ventanal y los cristales rojos y azules centellean.

     A la entrada hay lirios. Un rombo anaranjado protege la puerta.

 

 

Ángela Hernández Nuñez nació en Jarabacoa, República Dominicana (1954). Poeta, narradora y ensayista. Premio nacional de Cuentos y premio Cole de novela breve. Entre sus obras se destacan: Mudanza de los sentidos (Novela) Editorial Cole, Santo Domingo, 2001 y Ediciones Siruela, España, 2004; Charamicos (Novela) Editorial Cole, 2003; Piedra de sacrificio (Cuentos) Secretaría de Estado de Educación (Santo Domingo, 1999); Telar de rebeldía (Poesía) Editorial Gente (Santo Domingo, 1998); Arca Espejada (Poesía) Editorial Alas, Santo Domingo, 1994; Masticar una rosa (Cuentos) Editora Impretur (Santo Domingo, 1993); Alótropos (Cuentos) Editorial Alas (Santo Domingo, 1989. Sus textos han sido publicados en numerosas antologías, entre las cuales cabe citar: L’immaginazione 162, Fascículo monográfico sobre literatura dominicana, (Danilo Manera, Viaggi del Ventaglio y Casa de Teatro, Italia 1999); El Cuento Hispanoamericano en el Siglo XX (Fernando Burgos, Editorial Castalia, Madrid, 1997); Out of the Mirrored Garden (Delia Poey, An Anchor Books, Doubleday, New York, 1996); Antología del Cuento Dominicano, Diógenes Céspedes (Editora de Colores, Santo Domingo, 1996); Remarking a lost Harmony – Stories from the Hispanic Caribbean – (Margarite Fernández Olmos & Lizabeth Paravisini-Gebert, White Pine Press, U.S.A., 1995); Pleasure in the Word – Erotic Writing by Latin American Women – Margarita Fernández Olmos and Lizabeth Paravisini-Gebert, White Pine Press, 1993); Green Cane Juicy Flotsam – short stories by caribbean women – (Carmen C. Esteves and Lizabeth Paravisini, Rutgers University Press, U.S.A., 1991); Dos Siglos de Literatura Dominicana (José Alcántara Almánzar, Secretaría de Estado de Educación Bellas Artes y Cultos, 1996) y Antología de Cuentos Escritos por Mujeres Dominicanas (Daisy Cocco de Filippis, Edición Librería Trinitaria e Instituto del Libro, 1992), entre otras. Textos suyos se han traducido al inglés, francés e italiano.