Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 29/30

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

ANGÉLICA Y EL SOLDADO McGUIRE

por 

 Myra Medina

 


     En una tarde de enero cinco años después de iniciarse la invasión norteamericana, Mariana, su hermana Lidia y Angélica, una de sus tías, se correteaban por el lindero posterior del conuco.  Aquí la línea divisoria entre las tierras de Miguel Aranda y las de su primo Ismael era el diminuto riachuelo Callao que sólo aumentaba su caudal cuando llovía mucho en la loma. Angélica era una joven de 18 años, delgada, de pelo lacio largo y muy bonita.  Su nombre podía ser una precisa descripción de su físico y su forma de ser.  Para entretenerse, solía buscar a sus sobrinas y jugar con ellas, hacer cuentos, subirse en las matas de cereza o simplemente caminar por los campos.  Como a Mariana le gustaba jugar al escondite con su tía porque se divertía mucho, esa tarde, ella y su hermana, Lidia se escondían en los lugares más inesperados y la búsqueda se hacía intensa a veces.  De pronto, las niñas no aparecían y Angélica comenzaba a desesperarse.  Corría sofocada de un lado a otro entre los platanales.  Las llamaba y las niñas no aparecían.   ¡No quería preocuparse!  Total, ¿qué podía pasarles?  En un momento se arrodilló para ver si estaban metidas debajo de una carreta abandonada y sintió como que algo duro, redondo  y macizo le tocaba la espalda.  -¿Qué busca ahí?  le preguntó una voz con un acento raro.  Angélica se volteó con cuidado y temerosa para encontrarse con un grupo de seis soldados americanos, quienes traían consigo a sus dos sobrinas.  El temor se convirtió en alegría y luego en un nerviosismo que la hizo llorar.  Uno de los soldados le dijo al que apuntaba a Angélica -Stop pointing your rifle at her! Este mismo se le acercó y le dijo en un español cortado -No se preocupe que no les vamos a hacer nada.  Las llevaremos a la casa. 

 

     Angélica con actitud dudosa tomó a sus sobrinas de la mano y comenzó a caminar.  Los americanos caminaban en fila de dos en dos detrás de ellas hablando en un lenguaje extraño a los oídos de las tres.  En eso el joven soldado que salió a la defensa de Angélica, se le acercó y le preguntó -¿Cómo te llamas?  Ella contestó de una manera seca, -Angélica.  Al ver que ella no le preguntaba su nombre, él se lo ofreció -Me llamo Michael McGuire.  Angélica lo miró sin mover un músculo en su cara.  El le sonrió.  Cuando llegaron a la casa, todos estaban preocupados al ver a las niñas y a Angélica llegar con una escolta de soldados americanos.  Miguel y su hijo mayor salieron a preguntarles a los soldados por qué ellos patrullaban sus tierras.  Uno de los americanos contestó que con los problemas por los que atravesaba el país con bandidos y gavilleros, era la responsabilidad de ellos movilizarse por todos esos contornos.  Miguel y su hijo dieron las gracias sin dejar de ofrecer un cafecito a los americanos, quienes aceptaron con gratitud.  A todo esto, Michael McGuire no le perdía la vista a Angélica.  Ella se mantenía en una posición estoica.  Cuando llegó la hora de irse, Michael fue donde Angélica, le dio la mano y le dijo en un español de salón de clase que estaba encantado de haberla conocido.  Ella, con desgano fingido, extendió su mano y simplemente dijo -Mucho gusto.

 

     Esa noche Angélica no se podía dormir pensando en el americano.  -Michael McGuire se repetía en el silencio de su mente.  El muchacho era guapo.  Tenía una sonrisa encantadora.  Era alto y fornido, de pelo negro y ojos verdes.  ¡Qué combinación!  Algo le dijo que no podía seguir pensando en él.  Su estadía en la isla era sólo pasajera.  Era un simple soldado cumpliendo con sus deberes y además posiblemente nunca más lo volvería a ver.  Angélica haló la frazada y se  cubrió hasta el cuello.  Hacía frío.  Oyó cantar un gallo y pensó que sería cerca del amanecer.

 

     Los días pasaban y Angélica no hacía más que pensar en el americano. Por más que trataba de olvidarse de él no podía.  El roce de su mano con la de él aún le quedaba en el pensamiento.  Su tierna sonrisa todavía la acompañaba.  Nunca se había sentido así.  ¿Qué sentimiento era ése que le invadía todo su ser?  Sólo pensaba en él.  No se podía concentrar en nada pensando en Michael McGuire.  Por su mente las escenas del día que lo conoció se repetían una y otra vez en cámara lenta, rápida, normal.  Había algunas escenas en particular en las que enfocaba su pensamiento y analizaba cada detalle del joven: su boca, nariz, ojos, pestañas, cuerpo.  ¿Qué le pasaba?  Se preguntaba.  ¿Estaría perdiendo la razón por un hombre?  Comenzó a preguntarse si lo volvería a ver.

 

     Durante una soleada tarde, la joven del servicio barría la galería del frente de la casa y cantaba -Ay Mamá Inés, Ay Mamá Inés, Todos los negros tomamos café.  Su canción era acompañada por el raspar de la escoba en el piso de madera. Angélica estaba sentada al lado de la ventana tejiendo cuando pudo percibir que por la carretera venían dos hombres caminando.  ¿Quiénes podrían ser?  La dulce melodía de la canción y el raspar de la escoba servían de acompañamiento a la criada mientras hacía movimientos bruscos con sus caderas de un lado al otro al entonar la palabra Inés de su canción.  Angélica siguió tejiendo ensimismada en el canto y su labor sin percatarse de que los dos hombres ya estaban en la galería.  Uno dijo. -Buenas tardes.  El otro dijo -Buenas tardes.  Esa voz, se dijo ella.  Ese acento.  ¿Podrá ser? se preguntó.  La joven sirvienta dio las buenas tardes y preguntó que en qué les podía servir.  Los hombres contestaron que pasaban a saludar a la familia.  Angélica se había puesto de pie tan de súbito al reconocer una de las voces que la canasta conteniendo sus hilos y agujas se le cayó al piso.  Las cosas  rodaban por la sala  y ella con nerviosismo comenzó a recogerlas con cierta rapidez.  Escuchó unos pasos y oyó que alguien le decía -aquí tienes.  Aún inclinada comenzó a mirar lentamente de abajo para arriba al propietario de la mano extendida que le pasaba uno de sus hilos.  Era él.  Había venido a verla y ella no sabía qué hacer para esconder la alegría que le hacía temblar sus labios y que no le permitía emitir ni una palabra.  -¿Cómo estás Angélica? le preguntó Michael McGuire.  Casi titubeando le contestó -bien, gracias. Cuando fue a tomar el hilo que Michael le pasaba, la mano de él le rozó la de ella y experimentó emociones maravillosas al sentir la varonil mano del hombre que le había comenzado a robar su corazón.  En ese momento entraba Mamita que había venido a recibir la inesperada visita.  Se hicieron los saludos y las presentaciones de lugar y Mamita los invitó a que pasaran a la terraza.  Allí se sentaron todos.  Michael y el otro soldado americano, quien se llamaba Paul Bosley, se sentaron frente a Angélica, Mamita y Amanda, otra hermana de Angélica.  El silencio imperaba ya que no había mucho que contar y Mamita se preguntaba la razón de tal visita.  Cuando no se pudo aguantar más, Mamita preguntó -y ¿qué los trae a Uds. por aquí?  En un principio hubo muchas explicaciones vagas.  Pero una vez que comenzaron, relataron cómo habían conocido a Angélica en el conuco, como tenían que patrullar toda el área para la protección de personas decentes como ellos, como se sentían tan solos lejos de sus familiares en los Estados Unidos y como les gustaría entablar una amistad con una familia como la de ellos.  Tantos fueron los elogios y las penas de los pobres muchachos que Mamita quedó encantada con ellos y los invitó a que regresaran el próximo domingo.    

 

     Esa primera semana fue interminable para Angélica.  El domingo se levantó muy temprano y comenzó a arreglar la casa.  Salió al jardín, cortó unas gardenias y las puso en un florero en la sala.  Se aseguró que los muebles estuvieran puestos de la manera que a ella le gustaba más con sus pañitos de lino en los costados y los adornos sobre las mesas en las posiciones que ella consideraba más acertadas.  Se vistió con un traje blanco de algodón con una cinta rosada alrededor del talle alto.  Se pintó los labios de un rosado claro.  En su pecho lucía una cadena de oro con un crucifijo.  En esa ocasión, decidió dejar su largo pelo suelto, el cual cuando era acariciado por la suave brisa, daba la impresión como si la Venus de Boticelli estuviera representada en carne y hueso.

 

     Cuando los americanos llegaron, todos estaban esperándolos.  Era tanta la gente por la novedad que Angélica y Michael no pudieron hablar.  Sólo se miraban de lejos.  Cuando llegó la hora de partir, Michael se le acercó a Angélica, le dio la mano y le dijo -el próximo domingo vuelvo a verte.  Angélica sonrió y el corazón se le llenó de alegría.  Las visitas de los americanos se hicieron algo común en la casa de Mamita.  Después de unos ocho meses, Michael habló con Mamita y don Joaquín para decirles que él estaba enamorado de Angélica y que sus intenciones eran serias.  Mamita y don Joaquín en un principio temían que el soldado americano quisiera burlarse de su hija y que luego se fuera del país.  El asunto se discutió mucho.  Hubo lágrimas de parte de Angélica y hasta otros miembros de la familia tuvieron que intervenir para convencer a don Joaquín que el muchacho no parecía ningún sinvergüenza.

 

     Al ser oficiales los amores de Angélica y Michael, éstos tenían que ser vigilados constantemente como era la costumbre.  A veces salían a caminar con Mariana y su hermana Lidia.  Se paraban debajo de un flamboyán a hablar y las niñas correteaban por doquier.  Estos momentos los aprovechaban Angélica y Michael para abrazarse, besarse y decirse tantas cosas de amor que, aparte de ellos, sólo la naturaleza llegó a escuchar.  De noche Angélica pasaba largas horas pensando en su amor.  Lo quería tanto.  Nunca se había sentido de esa manera.  Era un amor tierno, pero que quemaba.  Cuando él la abrazaba y el cuerpo de él se pegaba al de ella, sentía desvanecerse.  Las manos de Michael se deslizaban por la figura de ella con suavidad y pasión al mismo tiempo.  Sus besos eran candentes, interminables e inagotables.  Michael la besaba por el cuello. Su boca recorría suavemente el pecho de Angélica hasta que el comienzo del vestido le impedía continuar a lugares prohibidos. Le besaba las manos.  Le susurraba palabras de amor en el oído.  La miraba largamente a los ojos y le decía cuánto la amaba.  A veces se les olvidaba que andaban con las niñas y las risas curiosas de las mismas los hacían volver a la realidad.

 

     Michael le pidió a Angélica que se casara con él.  Se pusieron de acuerdo para que el próximo domingo cuando el viniera de visita pidiera la mano de Angélica.  Así se hizo.  En principio todo fue muy ceremonioso y con muchas preguntas de parte de don Joaquín y Mamita. --¿Dónde van a vivir? -¿Se quedarán aquí o se van para los Estados Unidos? Esta pregunta hizo que Mamita llorara y don Joaquín se paró de su silla y se puso de espaldas para que no le vieran una lágrima correr.  Sólo pensar que su hija se le fuera a tierras extrañas y lejanas lo hacían entristecer.  A todo esto, Michael les calmó los ánimos diciéndoles que se quedarían en el país por un largo tiempo porque él tenía que cumplir con sus órdenes militares.  Más adelante verían lo que iban a hacer.

 

     Al atardecer, cuando Michael llegó al campamento de San Sebastián, tenía noticias de que tendría que partir al otro lado de la isla al día siguiente porque había que enviar una guarnición de refuerzo.  Sólo le dio tiempo hacerle una carta a Angélica explicándole lo que sucedía, asegurándole su amor por ella y que regresaría tan pronto le dieran una orden de regreso.  Trató de hacerla sentir bien diciéndole que mientras él estuviera fuera que comenzara los preparativos de la boda porque se casarían inmediatamente que él regresara. 

 

     Paul Bosley fue el encargado de llevar la agridulce misiva a Angélica. Al terminar de leerla, Angélica tomó la carta y la empuñó.  No lo podía creer. ¿Sería verdad o era todo una mentira?  Se sintió triste, sola.  Se fue a su cuarto y lloró hasta que la luz del sol la interrumpió.  No quería comer.  No quería hablar.  Lo echaba de menos.  Le hacían falta sus besos, sus susurros al oído.  Le hacía falta su amor.  ¿Volvería o sería ésta la última vez que sabría de él?  Era como si la vida se le hubiera ido de su alma. Todos en la casa estaban abrumados por la mala noticia.  No sabían qué pensar.  Paul trató de confortarlos diciéndoles que Michael sí quería a Angélica y que volvería a su lado.  Unos meses después de Michael haberse ido, Paul vino con una carta de él para Angélica.  Dentro de unas semanas saldría de regreso.  El gobierno americano había decidido enviar más tropas y Michael aprovechó la ocasión para pedir un permiso de unos días. El quería que ella tuviera todo listo para su regreso.  Estaba desesperado por verla.  Ella apretaba la carta a su pecho y olía el papel para tener un soplo de recuerdo de él.

 

     La alegría volvió a llenar el corazón de Angélica.  Las aves le volvieron a acariciar el oído con su sonido melódico.  Parecía como si la naturaleza saltaba de felicidad al igual que Angélica.  Con paso acelerado iba y venía  con los preparativos de su matrimonio.  Caminaba rápido de su casa a la casa de su hermana, Eulalia, para que ésta le tomara las medidas del vestido.  Se preguntaba de qué color llevaría el ramo de flores.  Mamita insistía que tenía que ser blanco, ella insistía en que podía ser rosado.  En realidad, de ser por ella, habría sido rojo.  Así era su amor por Michael, un rojo vivo, pero eso hubiera sido demasiado.  El cura tal vez se negaba a casarla.  Se haría la recepción en la casa y se invitarían a los familiares más cercanos.  Iba a ser algo íntimo.  Eulalia tenía el vestido casi listo y Angélica se lo había ido a probar, faltándole sólo muy pocos detalles.  Tonterías.  Mientras estuvo en casa de Eulalia, le comentó sobre un pequeño malestar que se sentía en el estómago.  Eulalia le mandó a preparar un té de orégano y le advirtió que tenía que calmarse los nervios un poco porque una novia nerviosa no lucía bonita.

           

     Al propagarse la noticia del malestar de Angélica, las malas lenguas comenzaron a vibrar incesantemente.  Sin embargo, Mamita con sus conocimientos de curandera bien sabía que lo que su hija tenía no era ni asunto de honor ni de vergüenza y eso le preocupaba aún más. El malestar de estómago se convirtió en dolor.  Un dolor agudo.  Angélica no soportaba el dolor.  Era como si una aguja le clavara en el estómago.  Se prepararon brebajes.  Se le dieron masajes.  Se untaron ungüentos.  Mamita comenzó a rezar cuando veía que su hija no mejoraba.  A Angélica, los sudores le corrían.  Se revolcaba en la cama.  Sus bellos ojos azules estaban rodeados de círculos negros.  Le pedía a Dios que le quitara ese malestar.  Quería estar bien.  Tenía que estar bien.  Michael llegaría pronto y las cosas tenían que estar lista para la boda. El dolor no paraba.  La desesperación de ella y de todos se hacía más intensa.  Le comenzó una fiebre.  Cada vez la fiebre era más candente.  Deliraba.  En su delirio pensó en Michael.  ¡Cómo lo amaba!  Todos estaban parados alrededor de la cama.  Poco a poco Angélica se iba de este mundo.  Mandaron a buscar al sacerdote de Las Palmas para que le administrara los últimos ritos.  Rezaron por ella.  Pidieron al Señor un milagro.  Angélica sacó fuerzas de donde no las tenía y dijo -díganle que lo amo. -que siempre lo amaré.  Esas fueron las últimas palabras de Angélica y sus ojos quedaron cerrados para siempre.

 

     La enterraron en el cementerio de Las Palmas.  Mamita quiso que la enterraran con su traje de novia.  Era un día de otoño.  Uno de esos días tristes de una tenue e incesante lluvia. Cuando la palas echaron las últimas polvoradas de tierra sobre su sepultura, hubo un despliegue de luces en el firmamento seguido por el sonido de tamboras etéreas que daban su toque final como una orquesta sinfónica al finalizar una pieza.  El cielo y los ángeles lloraron la muerte de Angélica.  Cuentan que así también lloró sobre su tumba Michael McGuire, el soldado americano.  Ella se había llevado su amor.


Myra Medina nació en Santo Domingo, República Dominicana (1955). Es profesora del Departamento de Inglés como Segundo Idioma y Lenguas Extranjeras del Miami Dade College, North Campus. En su trayectoria profesional docente se ha desarrollado en inglés y en español, siendo co-autora de un texto para la enseñanza de inglés como segundo idioma y ha publicado material didáctico en español. Es miembro del jurado de los prestigiosos premios Silver Knight Awards otorgados por El Miami Herald en la categoría de Lenguas Extranjeras.  En 1998 recibió de la "Crítica Literaria Dominicana sobre Escritoras Hispanoamericanas" un reconocimiento por su excelencia académica. Ha sido destacada en la revista Hispanic and the Hispanic Outlook in Higher Education. En el año 2001 ganó el American Express Endowed Teaching Chair, otorgado por el Miami Dade College; en el año 2002 recibió uno de los premios NISOD, otorgado por la Universidad de Texas en Austin por su excelencia en la enseñanza y el premio Modern Languages Alumni Honor Roll del Rhode Island College. Recientemente ha sido galardonada con el Distinguished Professor Award del Miami Dade College por su labor como catedrática en ese centro universitario. Sus artículos, ensayos y narraciones han aparecido en diversas publicaciones.