|
En una tarde
de enero cinco años después de iniciarse la invasión
norteamericana, Mariana, su hermana Lidia y Angélica, una de sus
tías, se correteaban por el lindero posterior del conuco. Aquí la
línea divisoria entre las tierras de Miguel Aranda y las de su primo
Ismael era el diminuto riachuelo Callao que sólo aumentaba su caudal
cuando llovía mucho en la loma. Angélica era una joven de 18 años,
delgada, de pelo lacio largo y muy bonita. Su nombre podía ser una
precisa descripción de su físico y su forma de ser. Para
entretenerse, solía buscar a sus sobrinas y jugar con ellas, hacer
cuentos, subirse en las matas de cereza o simplemente caminar por
los campos. Como a Mariana le gustaba jugar al escondite con su tía
porque se divertía mucho, esa tarde, ella y su hermana, Lidia se
escondían en los lugares más inesperados y la búsqueda se hacía
intensa a veces. De pronto, las niñas no aparecían y Angélica
comenzaba a desesperarse. Corría sofocada de un lado a otro entre
los platanales. Las llamaba y las niñas no aparecían. ¡No quería
preocuparse! Total, ¿qué podía pasarles? En un momento se
arrodilló para ver si estaban metidas debajo de una carreta
abandonada y sintió como que algo duro, redondo y macizo le tocaba
la espalda. -¿Qué busca ahí? le preguntó una voz con un acento
raro. Angélica se volteó con cuidado y temerosa para encontrarse
con un grupo de seis soldados americanos, quienes traían consigo a
sus dos sobrinas. El temor se convirtió en alegría y luego en un
nerviosismo que la hizo llorar. Uno de los soldados le dijo al que
apuntaba a Angélica -Stop pointing your rifle at her! Este mismo se
le acercó y le dijo en un español cortado -No se preocupe que no les
vamos a hacer nada. Las llevaremos a la casa.
Angélica con
actitud dudosa tomó a sus sobrinas de la mano y comenzó a caminar.
Los americanos caminaban en fila de dos en dos detrás de ellas
hablando en un lenguaje extraño a los oídos de las tres. En eso el
joven soldado que salió a la defensa de Angélica, se le acercó y le
preguntó -¿Cómo te llamas? Ella contestó de una manera seca, -Angélica.
Al ver que ella no le preguntaba su nombre, él se lo ofreció -Me
llamo Michael McGuire. Angélica lo miró sin mover un músculo en su
cara. El le sonrió. Cuando llegaron a la casa, todos estaban
preocupados al ver a las niñas y a Angélica llegar con una escolta
de soldados americanos. Miguel y su hijo mayor salieron a
preguntarles a los soldados por qué ellos patrullaban sus tierras.
Uno de los americanos contestó que con los problemas por los que
atravesaba el país con bandidos y gavilleros, era la responsabilidad
de ellos movilizarse por todos esos contornos. Miguel y su hijo
dieron las gracias sin dejar de ofrecer un cafecito a los americanos,
quienes aceptaron con gratitud. A todo esto, Michael McGuire no le
perdía la vista a Angélica. Ella se mantenía en una posición
estoica. Cuando llegó la hora de irse, Michael fue donde Angélica,
le dio la mano y le dijo en un español de salón de clase que estaba
encantado de haberla conocido. Ella, con desgano fingido, extendió
su mano y simplemente dijo -Mucho gusto.
Esa noche
Angélica no se podía dormir pensando en el americano. -Michael
McGuire se repetía en el silencio de su mente. El muchacho era
guapo. Tenía una sonrisa encantadora. Era alto y fornido, de pelo
negro y ojos verdes. ¡Qué combinación! Algo le dijo que no podía
seguir pensando en él. Su estadía en la isla era sólo pasajera.
Era un simple soldado cumpliendo con sus deberes y además
posiblemente nunca más lo volvería a ver. Angélica haló la frazada
y se cubrió hasta el cuello. Hacía frío. Oyó cantar un gallo y
pensó que sería cerca del amanecer.
Los días
pasaban y Angélica no hacía más que pensar en el americano. Por más
que trataba de olvidarse de él no podía. El roce de su mano con la
de él aún le quedaba en el pensamiento. Su tierna sonrisa todavía
la acompañaba. Nunca se había sentido así. ¿Qué sentimiento era
ése que le invadía todo su ser? Sólo pensaba en él. No se podía
concentrar en nada pensando en Michael McGuire. Por su mente las
escenas del día que lo conoció se repetían una y otra vez en cámara
lenta, rápida, normal. Había algunas escenas en particular en las
que enfocaba su pensamiento y analizaba cada detalle del joven: su
boca, nariz, ojos, pestañas, cuerpo. ¿Qué le pasaba? Se preguntaba.
¿Estaría perdiendo la razón por un hombre? Comenzó a preguntarse si
lo volvería a ver.
Durante una
soleada tarde, la joven del servicio barría la galería del frente de
la casa y cantaba -Ay Mamá Inés, Ay Mamá Inés, Todos los negros
tomamos café. Su canción era acompañada por el raspar de la escoba
en el piso de madera. Angélica estaba sentada al lado de la ventana
tejiendo cuando pudo percibir que por la carretera venían dos
hombres caminando. ¿Quiénes podrían ser? La dulce melodía de la
canción y el raspar de la escoba servían de acompañamiento a la
criada mientras hacía movimientos bruscos con sus caderas de un lado
al otro al entonar la palabra Inés de su canción. Angélica siguió
tejiendo ensimismada en el canto y su labor sin percatarse de que
los dos hombres ya estaban en la galería. Uno dijo. -Buenas tardes.
El otro dijo -Buenas tardes. Esa voz, se dijo ella. Ese acento. ¿Podrá
ser? se preguntó. La joven sirvienta dio las buenas tardes y
preguntó que en qué les podía servir. Los hombres contestaron que
pasaban a saludar a la familia. Angélica se había puesto de pie tan
de súbito al reconocer una de las voces que la canasta conteniendo
sus hilos y agujas se le cayó al piso. Las cosas rodaban por la
sala y ella con nerviosismo comenzó a recogerlas con cierta rapidez.
Escuchó unos pasos y oyó que alguien le decía -aquí tienes. Aún
inclinada comenzó a mirar lentamente de abajo para arriba al
propietario de la mano extendida que le pasaba uno de sus hilos.
Era él. Había venido a verla y ella no sabía qué hacer para
esconder la alegría que le hacía temblar sus labios y que no le
permitía emitir ni una palabra. -¿Cómo estás Angélica? le preguntó
Michael McGuire. Casi titubeando le contestó -bien, gracias. Cuando
fue a tomar el hilo que Michael le pasaba, la mano de él le rozó la
de ella y experimentó emociones maravillosas al sentir la varonil
mano del hombre que le había comenzado a robar su corazón. En ese
momento entraba Mamita que había venido a recibir la inesperada
visita. Se hicieron los saludos y las presentaciones de lugar y
Mamita los invitó a que pasaran a la terraza. Allí se sentaron
todos. Michael y el otro soldado americano, quien se llamaba Paul
Bosley, se sentaron frente a Angélica, Mamita y Amanda, otra hermana
de Angélica. El silencio imperaba ya que no había mucho que contar
y Mamita se preguntaba la razón de tal visita. Cuando no se pudo
aguantar más, Mamita preguntó -y ¿qué los trae a Uds. por aquí? En
un principio hubo muchas explicaciones vagas. Pero una vez que
comenzaron, relataron cómo habían conocido a Angélica en el conuco,
como tenían que patrullar toda el área para la protección de
personas decentes como ellos, como se sentían tan solos lejos de sus
familiares en los Estados Unidos y como les gustaría entablar una
amistad con una familia como la de ellos. Tantos fueron los elogios
y las penas de los pobres muchachos que Mamita quedó encantada con
ellos y los invitó a que regresaran el próximo domingo.
Esa
primera semana fue interminable para Angélica. El domingo se
levantó muy temprano y comenzó a arreglar la casa. Salió al jardín,
cortó unas gardenias y las puso en un florero en la sala. Se
aseguró que los muebles estuvieran puestos de la manera que a ella
le gustaba más con sus pañitos de lino en los costados y los adornos
sobre las mesas en las posiciones que ella consideraba más acertadas.
Se vistió con un traje blanco de algodón con una cinta rosada
alrededor del talle alto. Se pintó los labios de un rosado claro.
En su pecho lucía una cadena de oro con un crucifijo. En esa
ocasión, decidió dejar su largo pelo suelto, el cual cuando era
acariciado por la suave brisa, daba la impresión como si la Venus de
Boticelli estuviera representada en carne y hueso.
Cuando los
americanos llegaron, todos estaban esperándolos. Era tanta la gente
por la novedad que Angélica y Michael no pudieron hablar. Sólo se
miraban de lejos. Cuando llegó la hora de partir, Michael se le
acercó a Angélica, le dio la mano y le dijo -el próximo domingo
vuelvo a verte. Angélica sonrió y el corazón se le llenó de alegría.
Las visitas de los americanos se hicieron algo común en la casa de
Mamita. Después de unos ocho meses, Michael habló con Mamita y don
Joaquín para decirles que él estaba enamorado de Angélica y que sus
intenciones eran serias. Mamita y don Joaquín en un principio
temían que el soldado americano quisiera burlarse de su hija y que
luego se fuera del país. El asunto se discutió mucho. Hubo
lágrimas de parte de Angélica y hasta otros miembros de la familia
tuvieron que intervenir para convencer a don Joaquín que el muchacho
no parecía ningún sinvergüenza.
Al ser
oficiales los amores de Angélica y Michael, éstos tenían que ser
vigilados constantemente como era la costumbre. A veces salían a
caminar con Mariana y su hermana Lidia. Se
paraban debajo de un flamboyán a hablar y las niñas correteaban por
doquier. Estos momentos los aprovechaban Angélica y Michael para
abrazarse, besarse y decirse tantas cosas de amor que, aparte de
ellos, sólo la naturaleza llegó a escuchar. De noche Angélica
pasaba largas horas pensando en su amor. Lo quería tanto. Nunca se
había sentido de esa manera. Era un amor tierno, pero que quemaba.
Cuando él la abrazaba y el cuerpo de él se pegaba al de ella, sentía
desvanecerse. Las manos de Michael se deslizaban por la figura de
ella con suavidad y pasión al mismo tiempo. Sus besos eran
candentes, interminables e inagotables. Michael la besaba por el
cuello. Su boca recorría suavemente el pecho de Angélica hasta que
el comienzo del vestido le impedía continuar a lugares prohibidos.
Le besaba las manos. Le susurraba palabras de amor en el oído. La
miraba largamente a los ojos y le decía cuánto la amaba. A veces se
les olvidaba que andaban con las niñas y las risas curiosas de las
mismas los hacían volver a la realidad.
Michael le
pidió a Angélica que se casara con él. Se pusieron de acuerdo para
que el próximo domingo cuando el viniera de visita pidiera la mano
de Angélica. Así se hizo. En principio todo fue muy ceremonioso y
con muchas preguntas de parte de don Joaquín y Mamita. --¿Dónde van
a vivir? -¿Se quedarán aquí o se van para los Estados Unidos? Esta
pregunta hizo que Mamita llorara y don Joaquín se paró de su silla y
se puso de espaldas para que no le vieran una lágrima correr. Sólo
pensar que su hija se le fuera a tierras extrañas y lejanas lo
hacían entristecer. A todo esto, Michael les calmó los ánimos
diciéndoles que se quedarían en el país por un largo tiempo porque
él tenía que cumplir con sus órdenes militares. Más adelante verían
lo que iban a hacer.
Al atardecer,
cuando Michael llegó al campamento de San Sebastián, tenía noticias
de que tendría que partir al otro lado de la isla al día siguiente
porque había que enviar una guarnición de refuerzo. Sólo le dio
tiempo hacerle una carta a Angélica explicándole lo que sucedía,
asegurándole su amor por ella y que regresaría tan pronto le dieran
una orden de regreso. Trató de hacerla sentir bien diciéndole que
mientras él estuviera fuera que comenzara los preparativos de la
boda porque se casarían inmediatamente que él regresara.
Paul Bosley
fue el encargado de llevar la agridulce misiva a Angélica. Al
terminar de leerla, Angélica tomó la carta y la empuñó. No lo podía
creer. ¿Sería verdad o era todo una mentira? Se sintió triste,
sola. Se fue a su cuarto y lloró hasta que la luz del sol la
interrumpió. No quería comer. No quería hablar. Lo echaba de
menos. Le hacían falta sus besos, sus susurros al oído. Le hacía
falta su amor. ¿Volvería o sería ésta la última vez que sabría de
él? Era como si la vida se le hubiera ido de su alma. Todos en la
casa estaban abrumados por la mala noticia. No sabían qué pensar.
Paul trató de confortarlos diciéndoles que Michael sí quería a
Angélica y que volvería a su lado. Unos meses después de Michael
haberse ido, Paul vino con una carta de él para Angélica. Dentro de
unas semanas saldría de regreso. El gobierno americano había
decidido enviar más tropas y Michael aprovechó la ocasión para pedir
un permiso de unos días. El quería que ella tuviera todo listo para
su regreso. Estaba desesperado por verla. Ella apretaba la carta a
su pecho y olía el papel para tener un soplo de recuerdo de él.
La alegría
volvió a llenar el corazón de Angélica. Las aves le volvieron a
acariciar el oído con su sonido melódico. Parecía como si la
naturaleza saltaba de felicidad al igual que Angélica. Con paso
acelerado iba y venía con los preparativos de su matrimonio.
Caminaba rápido de su casa a la casa de su hermana, Eulalia, para
que ésta le tomara las medidas del vestido. Se preguntaba de qué
color llevaría el ramo de flores. Mamita insistía que tenía que ser
blanco, ella insistía en que podía ser rosado. En realidad, de ser
por ella, habría sido rojo. Así era su amor por Michael, un rojo
vivo, pero eso hubiera sido demasiado. El cura tal vez se negaba a
casarla. Se haría la recepción en la casa y se invitarían a los
familiares más cercanos. Iba a ser algo íntimo. Eulalia tenía el
vestido casi listo y Angélica se lo había ido a probar, faltándole
sólo muy pocos detalles. Tonterías. Mientras estuvo en casa de
Eulalia, le comentó sobre un pequeño malestar que se sentía en el
estómago. Eulalia le mandó a preparar un té de orégano y le
advirtió que tenía que calmarse los nervios un poco porque una novia
nerviosa no lucía bonita.
Al
propagarse la noticia del malestar de Angélica, las malas lenguas
comenzaron a vibrar incesantemente. Sin embargo, Mamita con sus
conocimientos de curandera bien sabía que lo que su hija tenía no
era ni asunto de honor ni de vergüenza y eso le preocupaba aún más.
El malestar de estómago se convirtió en dolor. Un dolor agudo.
Angélica no soportaba el dolor. Era como si una aguja le clavara en
el estómago. Se prepararon brebajes. Se le dieron masajes. Se
untaron ungüentos. Mamita comenzó a rezar cuando veía que su hija
no mejoraba. A Angélica, los sudores le corrían. Se revolcaba en
la cama. Sus bellos ojos azules estaban rodeados de círculos negros.
Le pedía a Dios que le quitara ese malestar. Quería estar bien.
Tenía que estar bien. Michael llegaría pronto y las cosas tenían
que estar lista para la boda. El dolor no paraba. La desesperación
de ella y de todos se hacía más intensa. Le comenzó una fiebre.
Cada vez la fiebre era más candente. Deliraba. En su delirio pensó
en Michael. ¡Cómo lo amaba! Todos estaban parados alrededor de la
cama. Poco a poco Angélica se iba de este mundo. Mandaron a buscar
al sacerdote de Las Palmas para que le administrara los últimos
ritos. Rezaron por ella. Pidieron al Señor un milagro. Angélica
sacó fuerzas de donde no las tenía y dijo -díganle que lo amo. -que
siempre lo amaré. Esas fueron las últimas palabras de Angélica y
sus ojos quedaron cerrados para siempre.
La
enterraron en el cementerio de Las Palmas. Mamita quiso que la
enterraran con su traje de novia. Era un día de otoño. Uno de esos
días tristes de una tenue e incesante lluvia. Cuando la palas
echaron las últimas polvoradas de tierra sobre su sepultura, hubo un
despliegue de luces en el firmamento seguido por el sonido de
tamboras etéreas que daban su toque final como una orquesta
sinfónica al finalizar una pieza. El cielo y los ángeles lloraron
la muerte de Angélica. Cuentan que así también lloró sobre su tumba
Michael McGuire, el soldado americano.
Ella se había llevado su amor.
|