|
“Sobre esta cama donde se acostó el mar/
es donde entiendo que cada cama es un país
que no existe/ si no es con tu presencia”
JOSÉ EUGENIO
SÁNCHEZ
EL 31 DE JULIO DE 1944
Antoine de Saint-Exupéry cayó en mi jardín. Su paracaídas quedó
enredado en el nogal que plantó el abuelo Jules el día de mi
nacimiento. Cerca del suelo, estrangulado entre las ramas, colgando
como una piñata olvidada, inmóvil, ridículo, indefenso, con su porte
ilustre de gato mojado.
Se quitó la gorra
de aviador y me dio los buenos días. Tenía el timbre de voz justo
para amansar a las fieras y madurar las cerezas. Le entregué un
cuchillo de cocina y me alejé unos metros. Cortó las cuerdas no sin
dificultad, balanceándose como un péndulo de hipnotizador. En el
aterrizaje aplastó los rosales con sus botas de piel. Se acercó con
cautela de perro de la calle mil veces apaleado y me tendió la mano.
-No voy a
denunciarle a los alemanes, le dije.
-Ya lo sé,
contestó muy serio. Pero me preocupa su reacción posterior: le he
pisado las rosas.
Un hombre sin sentido del humor es como un local de
jazz sin humo o una feria sin algodón de azúcar. Juntos enterramos
el paracaídas. Juntos nos adentramos en la casa. Coroné el café de
puchero con un chorrito de coñac. La conversación fluía en un tono
relajado, íntimo, como si fuésemos amigos desde la escuela. Me habló
de los vientos africanos del desierto, de su angustia, de Consuelo y
del futuro. “No hay futuro si ganan”, dijo con furia de colmena
zarandeada. Lo dijo con los ojos incendiados.
En junio, tras el desembarco de Normandía, los
sabotajes y las emboscadas se habían intensificado considerablemente.
La liberación de Francia era una enfermedad contagiosa que se
propagaba de cuerpo en cuerpo, de alma en alma. El hecho de que
aquel hombre estuviese sentado en mi mesa tomando café se me
antojaba impensable. Me sentía valiente y furtiva, como una heroína
de película americana. Era la primera vez que me implicaba en el
conflicto: ni había transmitido mensajes de radio en la madrugada,
ni había repartido propaganda clandestina, ni había ocultado a
partisanos en mi alcoba. Sobrevivía. Sobrevivía escuchando las
historias de la resistencia en boca de los vecinos y escondiéndome
de las patrullas alemanas y de los colaboracionistas. Pronto
descubrí que caer en poder de la Gestapo bien valía el precio de su
compañía.
Desde que llegó, las condiciones de temperatura,
humedad, aire y cariño en la casa son inmejorables.
Pasa las horas sentado en la mecedora, aplicándose en
tareas mínimas. Su curiosidad es un combustible inagotable. Parece
nutrirse observando las pequeñas cosas: los dibujos de las vetas en
el mármol, las sombras de las plantas tras la cortina, el cuadro de
las Islas Molucas que compré en París. Le fascina el talento de las
moscas para aterrizar junto al café, la simetría de sus vuelos, su
inquieta glotonería y sus patas comunicándose en un lenguaje extraño,
epiléptico, complejo, cebando la paciencia del observador. Los ojos
de Antoine son subversivos: incitan a vivir siempre. A veces
desaparece, se queda sumido en sus pensamientos, enriscado en una
idea sin poder descender. Entonces emerge en él una desesperación
con visos de locura. Mi aviador triste, le digo en un susurro.
Y él se acurruca entre mis pechos, buscando refugio para la tormenta,
oliendo la tranquilidad.
Llegó del cielo, de donde vienen las inundaciones y
los hombres importantes, sin un rasguño, con su gorra aliada de
comandante de la Francia Libre, hambriento, a la hora de comer.
La casualidad no existe. Antoine abre los ojos y me
sonríe. Su sonrisa es un gajo de mandarina deshaciéndose en mi boca.
Se despierta con esa pereza tan de animal inventado y me quita el
camisón. Una vez desnuda me penetra. Sin caricias preliminares ni
juramentos de amor eterno ni promesas vacías. Me penetra sin demora,
como queriendo horadar el tiempo, tensando las cuerdas del placer,
imantando mi zona más cálida y asociándose con mi cuello. A golpe de
cadera me transforma en una clepsidra midiendo cada segundo, las
sábanas tibias de sueño, los brazos en cruz, las palmas de las manos
y las piernas abiertas, un momento de lucidez, otro de dudas y el
escalofrío eléctrico se convierte en una nube de mariposas
revoloteando sobre la ocupación nazi y las trincheras. Sol de mi
vida, le digo nada más regresar del cielo de cobalto. Y entonces
él se demora en mis ojos un segundo antes de inocularme su semen y
su soledad, y se desploma como un tejado sobre mi pecho, con un
gemido descendente que se prolonga hasta hacerse inaudible. Abrazado
a mi cuerpo, calmando el corazón y la mente, dialoga con mis lunares,
alisa los rizos de mi coño boscoso, pulimenta mis muslos con las
yemas de sus manos, manos nudosas, de hombre de letras y de aviador
triste, acostumbradas a las metáforas sublimes y a las corrientes de
aire, al desencanto y a la libertad, hasta que se queda quieto,
inmóvil, inerte: duerme. El último estertor de la conciencia, las
convulsiones de los músculos vencidos y luego un sueño tranquilo,
acunado por el rítmico y sincopado fuelle de mis pulmones. Me siento
despierta, viva, llena de ilusiones, mojada de él, segregando
ternura. La ternura es la suma de todas las decepciones
sentimentales dividido por la esperanza. La esperanza es un barco a
punto de zarpar. La esperanza es un paracaídas. Por Antoine
entregaría a Cristo a los judíos. Sin remordimientos. Sin contar las
monedas. Con la conciencia tranquila.
Sol de mi vida.
En agosto liberaron París. La radio emitió un comunicado
bañado en euforia y champán: Los últimos rescoldos de la
resistencia enemiga han sido aplastados. Antoine permanece
escondido, de sí mismo y de los demás, y tan sólo sale al exterior
de noche, cuando todos duermen, estudiando las sombras de los astros
en el huerto cercado por traviesas de tren, las muecas de la luna
llena en las tumbas de mis padres, en la piedra de molino, en el
nogal que lo capturó para mí. Le observo apartando la cortina de la
habitación, concentrado, el ceño fruncido y las manos en los
bolsillos. La topografía de su tristeza es cambiante. Debe andar en
litigios con Dios.
No
me besa como mi marido. Con labios indiferentes. Con fingida novedad.
Con la mente en otra parte. Como se besa el anillo de un obispo. En
los besos de Antoine sabes que no existe la inercia de la costumbre,
que su piel es el mapa de un tesoro que te pertenece y tu saliva un
contraveneno o un mensaje de vida o muerte. Mi marido murió en
Italia. No murió conquistando una colina o un nido de ametralladoras
o cargando el cuerpo de un compañero herido. Murió acuchillado por
el hermano de una prostituta adolescente a la que no quería pagar.
Murió con las vísceras fuera, en un gran charco de sangre, pidiendo
ayuda, orinándose de terror y de soledad, en el patio interior de
una pensión italiana. Y yo deseo que el anillo del obispo le corte
los labios y la lengua y le raye los dientes y le desfigure el
rostro por toda la eternidad.
A
veces calla durante horas. Y ese silencio doloroso contiene la
certeza de su marcha. Sufre: parece una tortuga esforzándose por
aproximarse a la playa para desovar.
Me
gusta bañarle con una esponja de tela, las rodillas incrustadas en
el pecho, aprisionando la carne, en el interior de un barreño de
madera, abrazado a una melancolía muy suya, en armonía conmigo y con
el mundo. Le envuelvo con mi cuerpo y una toalla y le afeito a
navaja, de abajo arriba, con pulso firme, dejando en último lugar
las mejillas y el bigote. Y luego, mientras bailamos con el jazz de
la Orquesta Mussette Swing Royal, juntando los cuerpos al ritmo del
acordeón y la guitarra, congelados en la alegría del movimiento, veo
la renuncia, la capitulación del hombre y la ascensión del niño. Veo
los campos de su infancia, la estricta disciplina del colegio
Sainte-Croix, la carta de su tío Roger antes de morir en la primera
guerra, la perspectiva del mundo desde el manillar de su bicicleta
en el Castillo de la Môle. Nunca crecemos. Tan sólo distorsionamos
la mirada.
Ahora es invierno. Paso los días sometida al juicio de su ternura,
enamorada del hombre y del niño, cada vez más lejos de la realidad,
incubando su marcha sin poder asumirla, albergando la falsa
esperanza de que esta guerra no terminará jamás y que Antoine
seguirá cepillándome el cabello ante el espejo, recreándose en los
movimientos repetitivos, mecánicos, con su mano apoyada en mi hombro
y su respiración de elefante asmático. Pero sí terminará.
Permanece despierto dos días y luego duerme otros dos. En febrero
pasó toda la noche dibujando la figura de un niño desangrándose en
una bañera. Había una belleza salvaje en la composición. Más tarde
lo quemó en el hogar; las astillas verdes expulsaban un humo denso y
luego se retorcían en su propia degeneración.
He
ido a la ciudad en bicicleta, sorteando los charcos del camino, a
comprar alimentos con las pocas joyas de la familia que me quedan, y
al regresar un presentimiento ha cristalizado en mi interior:
Antoine se ha ido. Al entrar, la casa lloraba conmigo. Sobre la cama
la gorra de aviador, la foto de Consuelo rota en mil pedazos y la
pulsera de plata confirmaban su ausencia, el único testamento de mis
días felices. Me he puesto a preparar la comida, inhalando el vacío
de su marcha, soñándolo. Porque ya sólo puedo soñarlo. Porque debo
soñarlo para que regrese y salir todos los días al jardín, a la hora
de comer, y esperar a que su paracaídas quede enredado en el nogal
que plantó el abuelo Jules el día de mi nacimiento. Ya parece que lo
veo, colgando como una piñata olvidada, con su porte ilustre de gato
mojado y su desesperación.
Sol de mi vida.
|
“Si me derriban no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y
odio su virtud robótica. Yo nací para jardinero. Me despido,
Antoine de Saint-Exupéry”, dejó escrito en su mesa de trabajo el
31 de julio de 1944 el comandante Saint-Exupéry, voluntario en las
Fuerzas Aéreas de la Francia Libre, antes de despegar desde la
base aliada de Córcega, pilotando un Lightning P-38 en una misión
de reconocimiento sobre Grenoble y Annecy.
Despegó a las
8 h.45, con combustible suficiente para volar durante seis horas.
A las 14.45 horas no había regresado.
En agosto de
1998 unos pescadores de Marsella sacaron entre sus redes una
pulsera de identificación personal, presuntamente del famoso
aviador, donde se apreciaba el nombre de Consuelo.
www.saint-exupery.org

|
FRENTE A LA COSTA DE MARSELLA
HALLAN RESTOS DEL AVIÓN DEL AUTOR DE 'EL PRINCIPITO'
EFE
Restos del avión del piloto y
escritor francés Antoine de Saint-Exupery, el
autor de 'El Principito', han sido
encontrados frente a las costas de Marsella (sureste) 60 años
después de su desaparición, informó el Departamento de
Investigaciones Arqueológicas Submarinas (DRASSM).
Saint-Exupery desapareció el 31 de julio de 1944, después de
partir de la isla de Córcega a bordo de su Lightning P38 para
una misión de reconocimiento destinada a preparar el
desembarco aliado en Provenza.
Una pieza del avión, localizada al este en la isla de Riou, el
mismo lugar donde un pescador había encontrado en 1998 una
pulsera con el nombre del aviador, ha sido formalmente
identificada como perteneciente al aparato de Saint-Exupery,
según el DRASSM.
"El avión se cayó en la zona de Roiu", según el conservador jefe
de patrimonio del DRASSM, Patrick Granjean, quien aseguró que
el hallazgo de los restos no resuelve el
misterio del accidente."No se sabe por qué
ocurrió y probablemente no lo sabremos jamás",
añadió.
Saint-Exupery escribió, entre otras obras memorables, 'El
Principito', traducido a 118 lenguas y uno de los libros más
vendidos del mundo, después de la Biblia y de 'El Capital' de
Carlos Marx.
|
Oscar Sipán Sanz nació
en Huesca, España (1974). Poeta y narrador. Ha publicado los libros: Pólvora mojada, Diputación de Zaragoza (Zaragoza, 2003),
Rompiendo corazones con los dientes, Editorial Edisena
(Valencia, 1998) y Desde Aquí, Editorial Prames (Zaragoza,
1999). También ha participado en las siguientes publicaciones:
Revista “Turia” No 51-52:Publicación en el taller de creación,
Revista “Texturas” de Vitoria, Revista “La Venencia” de
Madrid, Hojas Literarias, Hojas Iconoclastas, El Vendedor de
Paparrayos de Barcelona, La más bella de Arganda, La
vieja factoría de Alicante, Mono Gráfico de Burgos,
Hielo Negro de Elda, Literbasura de Getafe, Annabel
Lee de Sabadell, Vinalia Trippers de León, Atrocity
Exhibition de Badalona, Heraldo de Aragón, Otras Formas, El
Pez que todo lo ve, Etcétera y Zona de Obras de Zaragoza. Ha
sido premiado en las siguientes categorías y convocatorias:
“Isabel de Portugal 2002”, Diputación de Zaragoza, “Ciudad
de Cabra 1999”, Córdoba, “Ciudad de Baza 2002”, Granada,
“Ciudad de Dos Hermanas 2001”, Sevilla, “Fernando Quiñones
de Relato 2001”, Cádiz, “Ciudad de Burjassot 2002”,
Valencia, “Villa de Guardamar del Segura 2000”, Alicante, “Villa
de Torelló 2001”, Barcelona, “Mancomunidad de Monegros 2000”,
“Ciudad de Monzón 1998 y 2002”, “Francisco Castañeda
Guerrero 2002”, Buenos Aires.
Accésit Premio Letras Jóvenes (Gobierno de Aragón, 1995), Primer
Premio, Certamen Nacional de la Universidad de Alicante de Narrativa
Breve (1996), Primer Premio del Concurso de Cuentos “Viello Sobrarbe”,
Ainsa, Huesca (1997), Primer Premio, Certamen de Novela Corta “Tomás
Seral y Casas”, (Ayuntamiento de Alagón, Zaragoza, 1998), Primer
Premio, Certamen Nacional de Novela “Odaluna” (Ayuntamiento de
Albacete, 1998), Primer Premio, Certamen Nacional de Relato “Ciudad
de Cabra” (Córdoba, 1999), y el Primer Premio, Concurso de Relatos
Cortos “Tomás Seral y Casas”, Ayuntamiento de Aragón (Zaragoza,
1999, 2000), entre otros.
|