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Vamos a hablar
claro, le dije con un tono autoritario que de inmediato surtió
efecto, mucho más pronto de lo que yo esperaba. Su rostro adquirió
una expresión de incertidumbre que hasta a mí me daba pena observar.
Sin embargo no podía permitirme vacilaciones. Lo siento, me dije a
mí mismo, mientras arremetía de nuevo y con más intensidad.
Yo estaba
exigiendo una honestidad total, reclamaba lo que sería incapaz de
brindar, pero tenía que hacerlo de esa manera, incluso me veía
obligado a mostrar una agresividad que no formaba parte de mi
comportamiento. Gesticulaba, la señalaba con el dedo índice
aproximándoselo provocador a la cara. Luego, tras una pausa que
parecía estudiada, la atraía, le acariciaba el cuello con suavidad,
le hablaba en voz baja. Más tarde retomaba el fuerte tono inicial.
Al final ella movía la cabeza despacio, como afirmando que era
justo lo que yo quería.
Comenzó a llorar
a mares, la voz entrecortada por el llanto no dejaba entender
prácticamente lo que decía y confieso que me alegraba no
comprenderla. Bastaba con que aceptara la situación tal y como la
deseaba. Ni ella ni yo podíamos hacer nada, había que encarar la
realidad. Sin embargo, de pronto me sentía culpable, me cuestionaba
conceptos importantes de mi vida que se desmoronaban en segundos.
Pero así tenía que ser. Yo no lo deseaba, no quería que pasara.
De repente
pensaba que me podía engañar fácilmente y me aterrorizaba tanto,
que me sentía provocado y volvía a atacarla, buscando reafirmar
puntos que ni yo mismo tenía fuerzas para sostener por mucho
tiempo.
Un simple letrero
de Centro Médico sin ninguna otra indicación, sugería que ésa era
la clínica. Sin perder tiempo -ya habíamos perdido demasiado dando
vueltas para encontrar el sitio-, entramos apresuradamente, como
evitando ser vistos. Una enfermera, para mi asombro sonriente, la
tomó de la mano y desapareció con ella tras una puerta de cristales
nevados. Me senté a esperar. Al principio estaba cabizbajo,
evitando cruzar la mirada con otros dos hombres que allí estaban y
que de alguna manera también parecían dejar entrever cierta
inquietud. Uno de ellos salía a fumar sin cesar, mientras yo trataba
de entretenerme hojeando cuanta revista había sobre una mesa de
centro. Sin embargo cada vez que la puerta de cristales se abría,
todos mirábamos ansiosos y cada vez que eso ocurría yo me sentía
peor.
Salí tembloroso,
me costaba trabajo ayudarla a caminar hasta el auto. Todo había
acontecido muy rápido, yo creía que llevaría horas, que tendría que
soportar quejidos, dificultades al andar, mareos, incluso me preparé
para insultos, reclamos posteriores, acusaciones fundadas, que
tendría que rebatir con vehemencia. Pero nada de eso ocurrió, lo
aceptó todo con naturalidad. Llovía fuerte, la apreté contra mi
cuerpo como para protegerla y la sentí caliente. Ella dejó caer
ligeramente su cabeza en mi hombro. Los nervios no me dejaban
encontrar la llave para abrir la puerta del carro. Muchas cosas se
atropellaban en mi mente. Pensaba en Dios.
Al ponernos en
marcha me costaba trabajo mantener el control del carro. Con
frecuencia cambiaba de carrilera sin mirar por los espejos
retrovisores y sin necesidad. Al mirarla le sonreía como intentando
alcanzar cierta naturalidad, pero la ausencia de una conversación
fluida me desquiciaba. Manejaba descuidado, sin evitar los baches.
En los semáforos me enteraba que cambiaban a la luz verde porque con
una voz débil ella me lo señalaba. Sentía miedo, angustia,
frustración. Un dolor en la boca del estómago me indicaba que estaba
impaciente, ansioso, los músculos del brazo me temblaban
incontrolables, en algunos momentos jadeaba, sentía los labios
resecos y era absurdo, pero tenía como miedo de ser descubierto.
La llevé a su
casa y hasta me dio un beso al apearse. Yo pensé decirle gracias,
pero me pareció una muestra de debilidad demasiado evidente, aunque
ya alcanzado ese momento podía decir cualquier cosa, ya no había
peligro. Me molestó la ausencia de remordimientos de su parte. Al
quedar solo bajé las ventanillas para que entrara la lluvia y me
sentí más relajado.
Sólo pensaba en
Dios. Ojalá no exista.
Luis
de la Paz.
Nació en La Habana
(1956). Narrador, ensayista, editor, crítico literario y periodista. Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada
del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces
reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de la revista
Mariel (1983-1985), y de Nexos (1998-2001) de difusión electrónica.
En la actualidad edita El ateje, una publicación cibernética.
Fue ganador del Primer Premio
del Museo Cubano en la categoría de ensayo, por Dulce María Loynaz, tránsito de una
gran dama cubana (1999). Ha publicado los libros de relatos:
Un verano incesante (Ediciones Universal, Miami, 1996) y El
otro lado (Ediciones Universal, Miami, 1999), y la recopilación
de textos y documentos Reinaldo Arenas, aunque anochezca
(Universal, Miami, 2001). Es crítico literario de La Revista del
Diario (Suplemento cultural del Diario Las Américas en Miami).
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