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El Strand se
muere.
Sus paredes están
resquebrajadas y la pintura de su fachada ya casi no existe. La
luminosa marquesina que llenaba de alegría a todos los chicos del
barrio anunciando la última película de Burt Lancaster o Sofía Loren
es ahora un cascajo de metal oxidado y bombillas rotas.
Las vitrinas
donde se anunciaban los próximos estrenos con posters y fotografías
son sólo huecos empotrados en la pared con sus vidrios rotos y al
abrigo de las columnas del portal dormían los vagabundos.
El Strand se
muere.
Las salas de cine
múltiplex que acomodan a miles de espectadores y exhiben numerosos
filmes simultáneamente con sus salas de juegos electrónicos, sonido
digital, butacas distribuidas en forma de anfiteatro y otras mil
maravillas de la tecnología moderna, han matado al viejo y querido
Strand haciéndolo agonizar poco a poco.
Hoy es su último
día. A su alrededor se preparan los hombres y equipos de la brigada
de demolición que darán el tiro de gracia a este amigo entrañable
del barrio que fue testigo de la vida cotidiana de cada uno de sus
vecinos. El Strand se va para dar paso a un moderno edificio de
apartamentos… uno más.
El Strand se
muere.
En el parque
frente al cine se congrega todo el barrio. Hombres, mujeres,
ancianos, niños… hasta los perros. Nadie quiere perderse el final
del gran amigo.
En cada una de
esas mentes renacen viejos y olvidados recuerdos.
Las películas
silentes de Chaplin, Buster Keaton, Rodolfo Valentino, que llenaban
la pantalla con imágenes en blanco y negro mientras Rodrigo con su
piano transmitía a los espectadores todos los sentimientos
encerrados en la trama. Alegrías, penas, la emoción de las peleas y
las batallas surgían de aquel teclado gracias a las prodigiosas
manos del pianista, que en paz descanse y que ahora desde “allá
arriba” debe estar llorando la pérdida de aquel amigo que durante
años le ofreció el sustento para su familia.
El Strand no se
quedó dormido en el tiempo y avanzó siempre adelante de la mano del
progreso. Fue de las primeras salas en ofrecer películas sonoras con
aquel sistema revolucionario para su época: el Vitaphone. De pronto
surgía el sonido de aquella gran pantalla y todos se deleitaron con
Al Johnson y las canciones inolvidables de El Cantor de Jazz. Ya
todos los chiquillos podían gritar y emocionarse hasta el paroxismo
con las explosiones, cañonazos y disparos en los filmes de guerra y
los westerns donde los cowboys despanzurraban a miles de indios
emplumados que cabalgaban y aullaban lanzando sus lanzas y flechas,
pero caían como moscas bajo los certeros disparos de los Winchesters
que, milagrosamente, nunca se quedaban sin balas ni tampoco se
encasquillaban.
¡ Qué alegría
para toda la grey infantil cuando se escuchaba en la distancia el
toque de corneta de la caballería que llegaba justo a tiempo para
evitar que los indios se cargaran los cueros cabelludos de los
buenos pioneros que avanzaban en sus carretas llevando el progreso
hacia el salvaje Oeste!
El Strand también
acogía a los muchachos en la matinée del domingo en la tarde. La
inmensa sala se convertía en un ruidoso colmenar. Todos hablaban a
la vez en alta voz y se gritaban de un extremo a otro del lunetario,
pero cuando la pantalla se iluminaba, cientos de ojos se quedaban
clavados en ella en medio de una hipnosis colectiva que se rompía
solamente cuando estallaba la acción. ¡ Bravo por Roy Rogers! ¡Aquí
llega el Llanero Solitario!
Eran tandas
inolvidables, con dos películas, dibujos animados, comedias del
Gordo y el Flaco o Los Tres Chiflados, noticiario y también los
anuncios de los comerciantes del barrio.
El Strand resultó
ser para todos una gran caja de sorpresas. Después del sonido, el
barrio se maravilló con las películas en colores…. Sí, en colores
como en la vida real. Los piratas navegaban por el océano azul en
sus naves erizadas de cañones, las hojas de los árboles brillaban
doradas bajo el tenue sol del otoño. Los ojos de la actriz favorita
de cada quien eran verdes, azules o miel. El Gran Cañón del Colorado
mostraba matices de colores que dejaban atónitos tanto a pequeños
como a mayores.
Los monstruos
eran más aterrorizantes, con los ojos inyectados en sangre. Era el
miedo en Technicolor. El conde Drácula; el más famoso de todos los
vampiros; que ya era parte de la familia, con sus colmillos
chorreando la sangre de sus bellas, esculturales y rubias víctimas.
Porque, a decir verdad, el Príncipe de Transilvania tenía muy buen
gusto. Jamás mordía el cuello de una vieja arrugada o una dama ajada
y de huesos al aire. Además, todo parece indicar que no era
homosexual, porque a los hombres los dejaba en paz, salvo cuando
tenía que defenderse para que no le clavaran una cruz en el pecho
que le convertiría en un muerto más que no podría irse de juerga en
la noche a emborracharse de glóbulos rojos.
El Strand pues,
mostró a todo el barrio la maravilla de los colores, pero aún tenía
más motivos de asombro para que quedaran para siempre en su legado.
Un día llegaron
nuevos proyectores, para orgullo del viejo y siempre afable Camejo.
Camejo era el
proyeccionista del Strand. No fue el único, pero sí el más famoso y
quien acompañó al Strand hasta el final.
Cuando los
muchachos querían ver alguna película no apta para menores, como las
de Brigitte Bardot, por ejemplo, el buen proyeccionista los dejaba
pasar en grupos pequeños por la puerta lateral que daba a un
callejón y que comunicaba directamente con la cabina. Allí les
exigía el mayor silencio, so pena de ser expulsados del grupo
clandestino.
Utilizando las
caderas y sensualidad de la Bardot, Camejo les dio a los chicos del
barrio las primeras clases de educación sexual porque según él, “los
padres no le hablan de esto a sus hijos y hay que enseñarles que el
sexo no es pecado como dicen los curas”. Sin dudas era un gran
librepensador que se adelantaba a los tiempos.
Al comenzar a
trabajar en el Strand, el proyeccionista perdió con frecuencia la
calma cuando los rollos de película se partían en medio de la escena
más emocionante y los bromistas gritaban a vos en cuello: -“¡Camejo,
suelta la botella!”- en alusión a una posible borrachera que, por
supuesto, no era cierta, ya que el pobre hombre era abstemio.
Al escuchar los
gritos, el proyeccionista sacaba la cabeza por alguna de las
ventanillas de la cabina y ripostaba también a voz en cuello: -“¡ La
botella la tiene tu madre!” Entonces la sala se venía abajo en medio
de un diluvio de carcajadas. Por suerte, poco a poco Camejo se fue
acostumbrando a la broma y ya era él quien se reía cada vez que
alguien gritaba que soltara la botella.
Los nuevos
proyectores que hicieron las delicias de Camejo, mostraron al barrio
la nueva maravilla tecnológica: el Cinemascope.
La pantalla ya
solamente no brillaba en colores, sino que ahora mostraba una imagen
más amplia y rectangular que daba una sensación de profundidad casi
real, sobre todo para los espectadores de las primeras filas. Era un
banquete visual y sonoro con aquellas producciones musicales que
entusiasmaban a todos: Cantando bajo la Lluvia, Al Sur del Pacífico,
Carroussel y muchas más. El Strand iba al frente, siempre con la
última novedad en tecnología.
En aquellos
momentos finales, de pie en el parque, muchos recordaban sus
primeros escarceos amorosos en las filas traseras, cuando los
“alumnos de Camejo” ponían en práctica las enseñanzas del maestro y
a falta de Brigitte Bardot exploraban nuevas sensaciones y emociones
con la noviecita que vivía al doblar de la esquina.
También el Strand
brindó su aporte al avance arrollador del Rock and Roll al dar
acogida en su pantalla al Rey absoluto: Elvis Presley.
Aquello era la
debacle. Largas filas para entrar a ver sus películas. Las parejas
bailando en los pasillos y hasta encima de las lunetas. Los cuellos
de las camisas levantados y los peinados a lo Elvis estaban a la
orden del día. Además, el Strand añadía una nueva modalidad. Al
finalizar la película se organizaba en el escenario un concurso de
baile amenizado por diferentes bandas de rock locales o con
grabaciones del propio Rey y los ganadores recibían premios de los
comercios de la zona.
En estos momentos
tristes, muchos recordaban otra revolución cinematográfica que
dejara el Strand en la memoria de todos; la Tercera Dimensión.
El día del
estreno de” El Museo de Cera” fue una aventura inolvidable. Al
entrar al cine le entregaban a cada espectador unas gafas de color
oscuro que al ser enfocadas hacia la pantalla, producían el efecto
tridimensional que permitía que cada quien en su butaca se sintiera
un protagonista más en el film.
El Strand se
estremeció con los gritos de asombro y de miedo del auditorio al
poder casi tocar y sentir pasar a su lado aquellos cadáveres
revestidos de cera por el malvado Vincent Price, quien al quitarse
su máscara, también de cera, mostraba en las narices de todos los
espectadores su rostro desfigurado que a más de uno produjo
pesadillas esa noche.
En sus años
dorados, el Strand fue un caballero gentil que una vez por semana
permitía que su lunetario se llenara de féminas de todas las edades.
Era la Noche de las Damas y las bellas ; y las no tan bellas; podían
disfrutar de sus galanes preferidos por la mitad del precio regular
de taquilla.
¡ Cuántas
lágrimas se derramaron ante la agonía mortal de Greta Garbo en su
personaje de Margarita Gutier de “La Dama de las Camelias” o en la
historia de amor de Cary Grant y Deborah Kerr, truncada por un
accidente justo frente al lugar escogido para su cita: el Empire
State, en la inolvidable “Algo Para Recordar” !
Todos estos
recuerdos de pronto quedaron anulados al comenzar una enorme bola de
acero colgada del brazo de una grúa a golpear fuertemente las
paredes del moribundo Strand, que se venían al piso como si fuesen
naipes. El estruendo y el polvo que levantaba el concreto al caer
era la marcha fúnebre que acompañaba al viejo amigo a su última
morada. Las vigas de acero rechinaron con un impresionante
quejido, como si el viejo edificio tuviese voz propia y de su
garganta brotara el estertor final.
Los bulldozers
terminaron la faena de la bola gigantesca y ya sólo quedaban
escombros de lo que fuera el cine del barrio, la fuente de tanto
sueños y aventuras de varias generaciones, que yacía en medio de una
gran nube de polvo.
Pero,
inesperadamente, aquellos restos se iluminaron, pese a que el sol
del verano brillaba con todo su poder al mediodía.
De aquella luz
que vencía a la nube de polvo y al astro rey, comenzaron a brotar
imágenes que asombraron, pero también alegraron, a todos los
testigos de aquel funeral. Ante los ojos atónitos de la muchedumbre
los fantasmas del Strand se paseaban por el cielo azul.
Rodolfo Valentino
miraba a todos con su trágica expresión y el cabello engominado,
Gene Kelly bailaba y cantaba bajo la lluvia, el acorazado Potemkin
disparaba su cañón ensordeciendo los tímpanos de los testigos de
aquella maravilla. El Séptimo de Caballería disparaba sin cesar
contra las fuerzas superiores de los indios comandados por Sitting
Bull. El galopar de los caballos y la fusilería, junto a los
aullidos de los pieles rojas, se escucharon por todo el barrio. Los
valientes de Iwo Jima con John Wayne a la cabeza, marchaban contra
los japoneses mientras la artillería y la aviación arrasaban con
todo. Scarlett O`Hara miraba entristecida su hacienda destruída que
su fuerte voluntad había decidido sacar de nuevo adelante.
Supermán volaba
con su roja capa sobe la multitud, mientras el Zorro despachaba a
sus enemigos con el filo de su espada y el querido Charlot de
Chaplin movía su bastón y galantemente se inclinaba, sombrero en
mano, ante las damas.
En medio de todo
esto se impuso la gigantesca figura de King Kong que caminó entre
todos sin aplastar a nadie, buscando por todas partes a su novia
rubia, porque el corazón de aquel gorila era a fin de cuentas como
el de cualquiera de nosotros, enamoradizo.
Eran los
fantasmas del Strand; que después de asombrar a todo el barrio; se
elevaron hacia el cielo infinito, llevándose consigo el alma del
viejo amigo y dejando tras de sí los rostros de varias generaciones
bañados en lágrimas.
El
Strand ha muerto.
Roberto Hernández Russi
nació en Matanzas, Cuba (1948).
Narrador y guionista. Reside en Miami,
Florida desde 1980. En Cuba escribió para la radio en el Instituto Cubano
de Radio y Televisión
(ICRT). También produjo programas educacionales y musicales.
En los Estados Unidos ha colaborado en diferentes publicaciones, entre ellas
las revistas Marie Claire, el semanario Vista Magazine,
El Nuevo Herald y
la Revista Literaria Baquiana.
En los últimos
dieciocho años
ha trabajado
en televisión
para el Departamento de Noticias del Canal 23/WLTV, para la cadena
televisiva UNIVISIÓN, en el programa CRISTINA y para el canal gubernamental
de TV. de los EE.UU.
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