Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

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Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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REQUIEM POR EL STRAND

por

Roberto Hernández Russi

 

El Strand se muere.

 

Sus paredes están resquebrajadas y la pintura de su fachada ya casi no existe. La luminosa marquesina que llenaba de alegría a todos los chicos del barrio anunciando la última película de Burt Lancaster o Sofía Loren es ahora un cascajo de metal oxidado y bombillas rotas.

 

Las vitrinas donde se anunciaban los próximos estrenos con posters y fotografías son sólo huecos empotrados en la pared con sus vidrios rotos y al abrigo de las columnas del portal dormían los vagabundos.

 

El Strand se muere.

 

Las salas de cine múltiplex que acomodan a miles de espectadores y exhiben numerosos filmes simultáneamente con sus salas de juegos electrónicos, sonido digital, butacas distribuidas en forma de anfiteatro y otras mil maravillas de la tecnología moderna, han matado al viejo y querido Strand haciéndolo agonizar poco a poco.

 

Hoy es su último día. A su alrededor se preparan los hombres y equipos de la brigada de demolición que darán el tiro de gracia a este amigo entrañable del barrio que fue testigo de la vida cotidiana de cada uno de sus vecinos. El Strand se va para dar paso a un moderno edificio de apartamentos… uno más.

 

El Strand se muere.

 

En el parque frente al cine se congrega todo el barrio. Hombres, mujeres, ancianos, niños… hasta los perros. Nadie quiere perderse el final del gran amigo.

 

En cada una de esas mentes renacen viejos y olvidados recuerdos.

 

Las películas silentes de Chaplin, Buster Keaton, Rodolfo Valentino, que llenaban la pantalla con imágenes en blanco y negro mientras Rodrigo con su piano transmitía a los espectadores todos los sentimientos encerrados en la trama. Alegrías, penas, la emoción de las peleas y las batallas surgían de aquel teclado gracias a las prodigiosas manos del pianista, que en paz descanse y que ahora desde “allá arriba” debe estar llorando la pérdida de aquel amigo que durante años le ofreció el sustento para su familia.

 

El Strand no se quedó dormido en el tiempo y avanzó siempre adelante de la mano del progreso. Fue de las primeras salas en ofrecer películas sonoras con aquel sistema revolucionario para su época: el Vitaphone. De pronto surgía el sonido de aquella gran pantalla y todos se deleitaron con Al Johnson y las canciones inolvidables de El Cantor de Jazz. Ya todos los chiquillos podían gritar y emocionarse hasta el paroxismo con las explosiones, cañonazos y disparos en los filmes de guerra y los westerns donde los cowboys despanzurraban a miles de indios emplumados que cabalgaban y aullaban lanzando sus lanzas y flechas, pero caían como moscas bajo los certeros disparos de los Winchesters que, milagrosamente, nunca se quedaban sin balas ni tampoco se encasquillaban.

 

¡ Qué alegría para toda la grey infantil cuando se escuchaba en la distancia el toque de corneta de la caballería que llegaba justo a tiempo para evitar que los indios se cargaran los cueros cabelludos de los buenos pioneros que avanzaban en sus carretas llevando el progreso hacia el salvaje Oeste!

 

El Strand también acogía a los muchachos en la matinée del domingo en la tarde. La inmensa sala se convertía en un ruidoso colmenar. Todos hablaban a la vez en alta voz y se gritaban de un extremo a otro del lunetario, pero cuando la pantalla se iluminaba, cientos de ojos se quedaban clavados en ella en medio de una hipnosis colectiva que se rompía solamente cuando estallaba la acción. ¡ Bravo por Roy Rogers!  ¡Aquí llega el Llanero Solitario!

 

Eran tandas inolvidables, con dos películas, dibujos animados, comedias del Gordo y el Flaco o Los Tres Chiflados, noticiario y también los anuncios de los comerciantes del barrio.

 

El Strand resultó ser para todos una gran caja de sorpresas. Después del sonido, el barrio se maravilló con las películas en colores…. Sí, en colores como en la vida real. Los piratas navegaban por el océano azul en sus naves erizadas de cañones, las hojas de los árboles brillaban doradas bajo el tenue sol del otoño. Los ojos de la actriz favorita de cada quien eran verdes, azules o miel. El Gran Cañón del Colorado mostraba matices de colores que dejaban  atónitos tanto a pequeños como a mayores.

 

Los monstruos eran más aterrorizantes, con los ojos inyectados en sangre. Era el miedo en Technicolor. El conde Drácula; el más famoso de todos los vampiros; que ya era parte de la familia, con sus colmillos chorreando la sangre de sus bellas, esculturales y rubias víctimas. Porque, a decir verdad, el Príncipe de Transilvania tenía muy buen gusto. Jamás mordía el cuello de una vieja arrugada o una dama ajada y de huesos al aire. Además, todo parece indicar que no era homosexual, porque a los hombres los dejaba en paz, salvo cuando tenía que defenderse para que no le clavaran una cruz en el pecho que le convertiría en un muerto más que no podría irse de juerga en la noche a emborracharse de glóbulos rojos.

 

El Strand pues, mostró a todo el barrio la maravilla de los colores, pero aún tenía más motivos de asombro para que quedaran para siempre en su legado.

 

Un día llegaron nuevos proyectores, para orgullo del viejo y siempre afable Camejo.

 

Camejo era el proyeccionista del Strand. No fue el único, pero sí el más famoso y quien acompañó al Strand hasta el final.

 

Cuando los muchachos querían ver alguna película no apta para menores, como las de Brigitte Bardot, por ejemplo, el buen proyeccionista los dejaba pasar en grupos pequeños por la puerta lateral que daba a un callejón y que comunicaba directamente con la cabina. Allí les exigía el mayor silencio, so pena de ser expulsados del grupo clandestino.

 

Utilizando las caderas y sensualidad de la Bardot, Camejo les dio a los chicos del barrio las primeras clases de educación sexual porque según él, “los padres no le hablan de esto a sus hijos y hay que enseñarles que el sexo no es pecado como dicen los curas”. Sin dudas era un gran librepensador que se adelantaba a los tiempos.

 

Al  comenzar a trabajar en el Strand, el proyeccionista perdió con frecuencia la calma cuando los rollos de película se partían en medio de la escena más emocionante y los bromistas gritaban a vos en cuello: -“¡Camejo, suelta la botella!”- en alusión a una posible borrachera que, por supuesto, no era cierta, ya que el pobre hombre era abstemio.

 

Al escuchar los gritos, el proyeccionista sacaba la cabeza por alguna de las ventanillas de la cabina y ripostaba también a voz en cuello: -“¡ La botella la tiene tu madre!” Entonces la sala se venía abajo en medio de un diluvio de carcajadas. Por suerte, poco a poco Camejo se fue acostumbrando a la broma y ya era él quien se reía cada vez que alguien gritaba  que soltara la botella.

 

Los nuevos proyectores que hicieron las delicias de Camejo, mostraron al barrio la nueva maravilla tecnológica: el Cinemascope.

 

La pantalla ya solamente no brillaba en colores, sino que ahora mostraba una imagen más amplia y rectangular que daba una sensación de profundidad casi real, sobre todo para los espectadores de las primeras filas. Era un banquete visual y sonoro con aquellas  producciones musicales que entusiasmaban a todos: Cantando bajo la Lluvia, Al Sur del Pacífico, Carroussel y muchas más. El Strand iba al frente, siempre con la última novedad en tecnología.

 

En aquellos momentos finales, de pie en el parque, muchos recordaban sus primeros escarceos amorosos en las filas traseras, cuando los “alumnos de Camejo” ponían en práctica las enseñanzas del maestro y a falta de Brigitte Bardot exploraban nuevas sensaciones y emociones con la noviecita que vivía al doblar de la esquina.

 

También el Strand brindó su aporte al avance arrollador del Rock and Roll al dar acogida en su pantalla al Rey absoluto: Elvis Presley.

 

Aquello era la debacle. Largas filas para entrar a ver sus películas. Las parejas bailando en los pasillos y hasta encima de las lunetas. Los cuellos de las camisas levantados y los peinados a lo Elvis estaban a la orden del día. Además, el Strand añadía una nueva modalidad. Al finalizar la película se organizaba en el escenario un concurso de baile amenizado por diferentes bandas de rock locales o con grabaciones del propio Rey y los ganadores recibían premios de los comercios de la zona.

 

En estos momentos tristes, muchos recordaban otra revolución cinematográfica que dejara el Strand en la memoria de todos; la Tercera Dimensión.

 

El día del estreno de” El Museo de Cera” fue una aventura inolvidable. Al entrar al cine le entregaban a cada espectador  unas gafas de color oscuro que al ser enfocadas hacia la pantalla, producían el efecto tridimensional que permitía que cada quien en su butaca se sintiera un protagonista más en el film.

 

El Strand se estremeció con los gritos de asombro y de miedo del auditorio al poder casi tocar y sentir pasar a su lado aquellos cadáveres revestidos de cera por el malvado Vincent Price, quien al quitarse su máscara, también de cera, mostraba en las narices de todos los espectadores su rostro desfigurado que a más de uno produjo pesadillas esa noche.

 

En sus años dorados, el Strand fue un caballero gentil que una  vez por semana permitía que su lunetario se llenara de féminas de todas las edades. Era la Noche de las Damas y las bellas ; y las no tan bellas; podían disfrutar de sus galanes preferidos por la mitad  del precio regular de taquilla.

 

¡ Cuántas lágrimas se derramaron ante la agonía mortal de Greta Garbo en su personaje de Margarita Gutier de “La Dama de las Camelias” o en la historia de amor de Cary Grant y Deborah Kerr, truncada por un accidente justo frente al lugar escogido para su cita: el Empire State, en la inolvidable “Algo Para Recordar” !

 

Todos estos recuerdos de pronto quedaron anulados al comenzar una enorme bola de acero colgada del brazo de una grúa a golpear fuertemente las paredes del moribundo Strand, que se venían al piso como si fuesen naipes. El estruendo y el polvo que levantaba el concreto al caer era la marcha fúnebre que acompañaba al viejo amigo a su última morada.  Las vigas de acero rechinaron con un  impresionante quejido, como si el viejo edificio tuviese voz propia y de su garganta brotara el estertor final.

 

Los bulldozers terminaron la faena de la bola gigantesca y ya sólo quedaban escombros de lo que fuera el cine del barrio, la fuente de tanto sueños y aventuras de varias generaciones, que yacía en medio de una gran nube de polvo.

 

Pero, inesperadamente, aquellos restos se iluminaron, pese a que el sol del verano brillaba con todo su poder al mediodía.

 

De aquella luz que vencía a la nube de polvo y al astro rey, comenzaron a brotar imágenes que asombraron, pero también alegraron, a todos los testigos de aquel funeral. Ante los ojos atónitos de la muchedumbre los fantasmas del Strand se paseaban por el cielo azul.

 

Rodolfo Valentino miraba a todos con su trágica expresión y el cabello engominado, Gene Kelly bailaba y cantaba bajo la lluvia, el acorazado Potemkin disparaba su cañón ensordeciendo los tímpanos de los testigos de aquella maravilla. El Séptimo de Caballería disparaba sin cesar contra las fuerzas superiores de los indios comandados por Sitting Bull. El galopar de los caballos y la fusilería, junto a los aullidos de los pieles rojas, se escucharon por todo el barrio. Los valientes de Iwo Jima con John Wayne a la cabeza, marchaban contra los japoneses mientras la artillería y la aviación arrasaban con todo. Scarlett O`Hara miraba entristecida su hacienda destruída que su fuerte voluntad había decidido sacar de nuevo adelante.

 

Supermán volaba con su roja capa sobe la multitud, mientras el Zorro despachaba a sus enemigos con el filo de su espada y el querido Charlot de Chaplin movía su bastón y galantemente se inclinaba, sombrero en mano, ante las damas.

 

En medio de todo esto se impuso la gigantesca figura de King Kong que caminó entre todos sin aplastar a nadie, buscando por todas partes a su novia rubia, porque el corazón de aquel gorila era a fin de cuentas como el de cualquiera de nosotros, enamoradizo.

 

Eran los  fantasmas del Strand; que después de asombrar a todo el barrio; se elevaron hacia el cielo infinito, llevándose consigo el alma del viejo amigo y dejando tras de sí los rostros de varias generaciones bañados en lágrimas.

 

El Strand ha muerto.

 

Roberto Hernández Russi nació en Matanzas, Cuba (1948).  Narrador y guionista. Reside en Miami, Florida desde 1980.  En Cuba escribió para la radio en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). También produjo programas educacionales y musicales. En los Estados Unidos ha colaborado en diferentes publicaciones, entre ellas las revistas Marie Claire, el semanario Vista Magazine, El Nuevo Herald y la Revista Literaria Baquiana. En los últimos dieciocho años ha trabajado en televisión para el Departamento de Noticias del Canal 23/WLTV, para la cadena televisiva UNIVISIÓN, en el programa CRISTINA y para el canal gubernamental de TV. de los EE.UU.