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Inextinguible, hermosa, radiante, más luminosa que nunca se ha
mostrado la luz de Miguel Hernández en el II Congreso Internacional
recientemente celebrado en su honor (Orihuela – Madrid). Y no se ha de
consumir nunca su fulgor, pues la llama auténtica, el resplandor
verdadero siempre consiguen vencer a la sombra y al olvido. Y la
verdad entonces prevalece orgullosa, coronada
de azahares y ramales de olivo.
Todo
empezó en Orihuela, en el patio de los recuerdos de una luz
inextinguida, embebecidos una vez más por el aroma fragante de la
montaña erguida justo al pie de la casa del poeta. Acababa la noche de
extender su cálido manto sobre la sierra desnuda de Oleza. Engalanada
llegaba de estrellas y generosa de lunas. La ocasión así lo requería.
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Una breve pero emotiva alocución del doctor Odón
Betanzos Palacios -director de la Academia Norteamericana de la
Lengua Española (Nueva York)-, la ratificación formal del
hermanamiento cultural entre Tolentino (Italia) y Orihuela y un
discurso ya conocido del primer edil oriolano, dieron por iniciado
el II Congreso Internacional Miguel Hernández.
El acto inaugural
concluyó con un recital músico-poético. El cantaor José Meneses,
con un estruendo de mil gargantas, consiguió elevar la voz del
poeta más allá de los cielos; y hasta los muros seculares de Santo
Domingo se estremecieron con su trueno. Ya
en Madrid, las jornadas se sucedieron envueltas en una febril
actividad. |

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Los actos y las
conferencias se agolpaban respetuosamente en el calendario de
actividades. Habían transcurrido quizás demasiados años desde que se
celebrara el primer congreso hernandiano (Alicante – Elche - Orihuela,
1992) y había mucho que contar.
En el Ateneo de Madrid, todo un símbolo de la República española, se
inauguraron las sesiones capitalinas. Allí tuvo lugar un sentido y
entrañable encuentro, que a la vez era reencuentro, entre coetáneos de
Miguel Hernández que compartieron con él experiencias de guerra y de
cárcel. Rosario Sánchez “La dinamitera”, Leopoldo de Luis,
Arturo del
Hoyo, José Aldomar y José Ramón Clemente inundaron toda la sala de
nostalgias a flor de piel, desempaquetando recuerdos e imágenes de
Miguel Hernández rescatados de la memoria, que no del olvido. A duras
penas conseguíamos retener la lágrima rebelde sobre nuestros párpados
inquietos. La emoción era máxima. Y la sensación de cercanía con el
poeta de Orihuela, que en su día frecuentara esas mismas dependencias
que ahora nosotros ocupábamos, iba paso a paso adueñándose de todos
nuestros sentidos; hasta que al fin, rendidos a una añoranza sin
medida, comprendimos que las palabras ya de poco servían. El acto
finalizó con un imponente y sobrecogedor minuto de silencio por el
alma del eterno poeta.
Las
sesiones estrictamente científicas se desarrollaron íntegramente en el
Salón de Actos de la Facultad de Filología de la Universidad
Complutense. En el interior de sus muros resonaron, una tras otra,
buena parte de las voces hernandianas más autorizadas, que analizaron
rigurosamente la obra de Miguel Hernández y su particular cosmovisión
poética desde muy diversos ángulos de estudio. Agustín Sánchez Vidal
lo hizo magistralmente desde las imágenes y simbología hernandiana;
Jorge Urrutia dio algunas claves para la lectura poética de
Miguel Hernández, en especial de su obra más hermética: Perito en
lunas; Francisco J. Díez de Revenga incidió en la relación de
Hernández con las vanguardias y la estética del 27; Maricel Mayor
Marsán abordó con brillantez la presencia y estudio de que ha sido y
es objeto el poeta oriolano en EE.UU.;
igualmente
brillante fue la emotiva conferencia, cargada de lirismo, que nos
regaló Odón Betanzos Palacios; Eutimio Martín rescató de la sombra un
carta inédita del poeta. Pero tres concretas intervenciones se
revelaron particularmente interesantes por diversos motivos.
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El periodista
Francisco Javier Catalán Eugenio y el Dr. Odón Betanzos Palacios,
Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española
durante un descanso en el
II Congreso
Internacional
Miguel
Hernández
Universidad
Complutense de Madrid (Octubre de 2003)
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Jesucristo Riquelme nos ilustró de forma magistral acerca de la
producción teatral de Miguel Hernández, tradicionalmente situada en un
discreto segundo plano dentro del conjunto de la obra hernandiana y
hasta podríamos decir que no valorada en su justa medida.
El hecho de que sus obras apenas hayan sido representadas no se debe
tanto a razones de calidad cuanto a condicionantes de otra índole. Las
enormes dificultades técnicas que conllevaba en su momento la puesta
en escena del auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve
y sombra de lo que eras, el gran número de actores
requerido, el carácter alegórico de la obra... provocaron que se
demorase su estreno hasta finales de la década de los 70. Hoy
simplemente podríamos decir aquello de que su puesta en escena no es
rentable desde el punto de vista empresarial.
Fue la compañía teatral La Cazuela de Alcoy, en 1977 y bajo la
dirección de Mario Silvestre, la primera y la única hasta el momento
que ha representado íntegramente el auto sacramental de Miguel
Hernández, con un grado de profesionalidad admirable, habida cuenta de
que no se trata de una compañía profesionalmente dedicada a la
actividad teatral. El profesor Riquelme aludió a los preparativos que
se están llevando a cabo en Granada para el reestreno del mencionado
auto sacramental; pero no se representará en su integridad, lo que
añade más valor, si cabe, al reto que en su día asumiera la compañía
alcoyana que lo estrenó.
Los hijos de la piedra y
El labrador de más aire, de acentuado carácter reivindicativo,
eran obras prohibidas que tan solo se representaban íntegramente en la
clandestinidad. La segunda de ellas fue muy mal llevada a escena en un
primer momento, quedando prácticamente condenada al ostracismo;
mientras que de la primera se está preparando su reestreno en
Tolentino.
Si a todo esto unimos el marcado carácter coyuntural que define en su
conjunto la producción teatral hernandiana, así como las escasas
publicaciones que por diversos motivos ha habido de la misma, todo
parece indicar que, en cierta medida, ésta atraviesa actualmente por
una fase de redescubrimiento de incierto resultado.
Muy esclarecedora resultó asimismo la conferencia de José María Balcells y su análisis de El rayo que no cesa desde la
intertextualidad.
En el coloquio final se debatió sobre un tema que el día anterior
había puesto sobre la mesa José Luis Ferris, en relación a cuál fue el
motivo de inspiración de los poemas amorosos que integran El rayo
que no cesa: Si el libro responde al canon petrarquista de una
única musa inspiradora, tal y como defiende Balcells; o si por el
contrario fueron varias las mujeres que están en el origen de esos
poemas, tesis mantenida por Ferris en su reciente biografía de Miguel
Hernández.
José Luis Ferris explicó, sorprendido, que fue precisamente Balcells
quien le puso sobre la pista de su hipótesis de trabajo. Por su parte,
José María Balcells aclaró que lo que fue una simple sugerencia,
Ferris la había llevado demasiado lejos, hasta el exceso de atreverse
a poner nombre y apellidos a todos y cada uno de los referidos poemas.
El coloquio fue subiendo de tono, siempre dentro de la corrección,
hasta que finalmente el profesor Balcells, secundado en todo momento
por Jorge Urrutia –en calidad de moderador-, manifestó claramente su
parecer sobre la teoría mantenida por Ferris en su libro. Ambos
estudiosos no podían admitir, bajo ningún concepto, que el escritor
alicantino, un escritor de novelas, se internase en un terreno que no
le pertenecía –entiéndase, el del estudio y análisis literario de una
obra poética-.
La postura
del profesor Balcells puede resultar hasta cierto punto comprensible.
Y también parece claro que Ferris en su libro ha llevado demasiado
lejos algunos de sus planteamientos iniciales. Pero del mismo modo
creo sinceramente que Balcells se ha excedido en su reacción. Cuando
alguien se permite cuestionar una obra ajena sin al menos haberla
leído previamente en su integridad –tal y como ha reconocido el mismo
Balcells-, corre el riesgo de herir gravemente su propia credibilidad.
Si José María Balcells se hubiese tomado la molestia cuanto menos de
leer la sobrecubierta del libro de Ferris, sabría que el escritor
alicantino no es un simple escritor de novelas. Sabría que el autor de
Cetro de cal -poemario con el que Ferris obtuvo en 1984 un
accésit del premio Adonais (el premio de poesía más importante de
España)-, ha sido calificado por la crítica como “uno de los máximos
exponentes de la joven lírica española” por su libro de poemas
Niebla firme. Pero además sabría que José Luis Ferris es
licenciado en filología; luego... alguna autoridad sí tendrá su
opinión.
Por otro lado, si Balcells hubiera ido más allá y hubiese leído el
prólogo del mencionado libro, habría constatado que Ferris se apresura
a pedir perdón de antemano por sus intromisiones en el terreno del
análisis y el juicio literario, justificándolas en todo caso “por la
pura necesidad de argumentar y demostrar cada uno de los hechos que
aquí se recogen”; más aún –añado yo-, en el caso tan particular de
Miguel Hernández, en el que vida y obra discurrieron tan estrechamente
cogidas de la mano que, del mismo modo que cualquier estudio de su
obra no debe obviar sus circunstancias personales, asimismo cualquier
intento de abordar su biografía no debe descuidar el más que probable
reflejo de ésta en su producción literaria. Así pues, y aun a pesar de
que Ferris en momentos muy puntuales del citado libro traiciona su
inicial declaración de intenciones, ello no justifica, en modo alguno,
su pretendida total desautorización.
Si finalmente Balcells hubiese leído el libro en su totalidad, quizás
habría advertido la coherencia y la lógica argumental que presiden, en
líneas generales, la referida obra de Ferris, quien basa la mayor
parte de sus aseveraciones en la “intertextualidad” de los poemas de
Miguel Hernández en relación con su amplísimo epistolario y con los
testimonios -escritos y publicados- de personas cercanas al poeta
(vid. Hacia Miguel Hernández de Ramón Pérez Álvarez); todo lo
cual, cuanto menos, merece el mismo respeto que cabe pedir para el
interesante estudio que expuso el propio José María Balcells en el
recién clausurado congreso hernandiano (¡estudio curiosamente abordado
también desde la intertextualidad!).
Por último, también resultó particularmente interesante la
intervención de Andrés Santana, empleado de la Embajada de España en
Rusia.
Sin lugar a dudas, la afiliación comunista de Miguel Hernández,
largamente defendida por Ramón Pérez Álvarez y confirmada
posteriormente con la aparición de su ficha de alistamiento en el
ejército republicano, ha sido el principal elemento configurador del
mito político creado en torno a la figura del poeta oriolano. Pero el
paso del tiempo ha ido arrojando ya varias pistas en el camino, en
forma de testimonios de primera mano, acerca del doloroso desengaño
comunista que al parecer experimentó Miguel Hernández tras su viaje a
la URSS en septiembre de 1937. En ese sentido se manifestaron en su
día Elena Garro y María Zambrano tras reunirse con el poeta, en París
y en Valencia respectivamente, a la vuelta de dicho viaje.
Y en
esos mismos términos se manifestó también Andrés Santana. Convencido,
una vez realizadas las oportunas averiguaciones, de que Miguel
Hernández fue sometido a vigilancia en la URSS –como lo eran todos los
huéspedes extranjeros de aquel país-, así como de la existencia de
informes oficiales del servicio secreto soviético donde estarían
recogidas todas sus manifestaciones, comentarios, movimientos, etc.,
Santana considera que la futura desclasificación o acceso a los
archivos de la KGB arrojará la luz definitiva con relación a ese
supuesto desengaño político del autor de Viento del pueblo.
Tal vez entonces el mensaje de Miguel se libere al fin de la
asfixiante soga ideológica tendida por unos cuantos y alcance la
altura universal que realmente comprende. Tal vez entonces la memoria
del poeta pueda definitivamente reposar en un lecho de claridades,
allá, en el camposanto de la virtud, alejada de cualquier extremo y de
la celosa sombra enamorada. Tal vez... en el III Congreso
Internacional Miguel Hernández.
Yo que creí que la luz era mía
/ precipitado en la sombra me veo, dejó
escrito Miguel en uno de sus últimos poemas: Eterna sombra. El
poeta llora amargamente sobre sus versos el desengaño final que ha ido
hallando, casi como única respuesta, detrás de todo aquello en lo que
más creía -Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo-; y se siente
Carne sin norte que va en oleada / hacia la noche siniestra,
baldía. Pero el ejemplo de enorme entereza y coherencia vital que
manifestó Miguel Hernández a lo largo de toda su vida, se vierte de
forma imponente en los dos últimos versos: Pero hay un rayo de sol
en la lucha / que siempre deja la sombra vencida. Éste es
el auténtico e indiscutible mensaje humano de esperanza que transmitió
el poeta con su vida, en su obra y en el que creyó hasta su muerte
(mensaje, por otro lado, vivo y en constante reafirmación).
Pero Miguel Hernández también representa, como pocos, el paradigma de
excepcional talento natural capaz de crear toda una obra de gran
altura en el corto espacio temporal de once años. Y aunque por edad
pertenece a la llamada Generación del 36, por afinidad y con la
publicación de Perito en lunas en 1933 alcanza por derecho
propio a los grandes del 27; situándose cuanto menos a la altura de
todos ellos con la aparición, en enero de 1936, de su libro de poemas
amorosos El rayo que no cesa. Miguel Hernández fue el último en
llegar, el más joven, pero pronto se iba a hacer un hueco entre
aquella brillante generación de artistas españoles –posiblemente la
más grande que ha dado a luz este país-; y ello sin renunciar en
ningún momento a sus raíces humildes, a su tierra natal, a sus
pantalones de pana ni a sus alpargatas de campesino, todo lo cual en
su conjunto le generó no pocas antipatías, envidias o simple rechazo,
como el que sentía hacia él Federico García Lorca –hecho éste que
destacó con total rotundidad José Saramago, presidente de Honor del
Congreso, en el discurso de clausura del mismo-.
Definitivamente, pues, rescatado de la sombra ha sido el poeta de
Orihuela en este II Congreso Internacional Miguel Hernández... si es
que alguna vez habitó en ella.
El “poeta del pueblo”, el “poeta cabrero”, es hoy más que nunca poeta
cósmico, pastor de sentimientos extraordinariamente cultivados,
suprema voz autorizada de la verdad que nunca deja de serlo, grito
poderoso de esperanza que abriga inviernos y a los corazones rebeldes
sedientos de justicia.
No es posible ponerle cadenas al viento, ¿quién puede encarcelar la
palabra?... Palabras que el viento conduce. La verdad prevalece
sonriente.
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