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En
un intento por definir el relato corto, afirma el catedrático Mariano
Baquero Goyanes en una de sus conocidas obras sobre la narración: “El
cuento es un preciso género literario que sirve para expresar un tipo
especial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no
siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna en una forma
narrativa próxima a la de la novela, pero diferente de ella en técnica
e intención. Se trata pues de un género intermedio entre poesía y
novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco, que sólo es
expresable en las dimensiones del cuento”.
Aseverando al propio tiempo que: “En la creación del cuento, sólo hay
tensión, y no tregua. Ahí radica precisamente el secreto de su poder
de atracción sobre el lector”.
El cuento ha sido uno de los géneros más
cultivados en nuestras islas del Caribe a partir del Romanticismo.
Teniendo como marco misterioso la naturaleza exuberante llena de
mitos, de magia y de leyenda, las inspiraciones antillanas se han
centrado desde antaño en este tipo de relato, folclórico en ocasiones,
costumbrista a veces, que se universaliza progresivamente con el
tiempo y viene a ser en nuestros días una de las formas más auténticas
de la expresión literaria hispanoamericana. Como bien ha apuntado
nuestro amigo, el Profesor Seymour Menton, de la Universidad de
California, en una de sus obras sobre el relato corto: “Los primeros
cuentos hispanoamericanos aparecieron en plena época romántica.
Importado de Europa, el romanticismo encontró tierra propicia en
América, y echó raíces profundas que todavía no se han extirpado… En
sus obras, los románticos se limitaron a cuatro temas: 1) Los
rebeldes, inspirados por Lord Byron, desarrollaron el tema político
liberal, la lucha contra la tiranía. 2) Los desilusionados se
retiraron del mundo agitado cultivando temas exóticos. 3) El exotismo
geográfico, inspirado en Chateaubriand y en James Fenimore Cooper,
trató al indio americano como al `noble salvaje’ que se imaginaban los
europeos; 4) el exotismo sentimental produjo amores imposibles que
emparentaban con las obras de Saint-Pierre y Lamartine”.
También sabemos que “fueron los hermanos Grimm los
que en Alemania y en 1812, publicaron por primera vez una nutrida
colección de cuentos populares recogidos de la tradición oral. Esta
bella tarea tendrá ecos en toda Europa, en coincidencia con un
fenómeno, el romanticismo, que se presenta como configurador y hasta
exacerbador de los nacionalismos. Con razón decía D. Juan Valera en
sus estudios críticos, que a estas razones que movieron a coleccionar
y a publicar en casi todos los países los cuentos vulgares, como los
de Alemania, los polacos, los montañeses de Escocia, los del sur de
Irlanda, los bretones, y así otros muchos, vienen a unirse cooperando
al estudio de la poesía popular de cada pueblo, el patriotismo que se
despertó por las guerras de Napoleón I y el deseo de independencia de
las naciones”.
Por otra parte, el estudioso argentino Emilio
Carilla, señala en su obra fundamental sobre el romanticismo
iberoamericano, que en ocasiones, la época romántica trajo a los
países de Hispanoamérica, un nuevo énfasis en el cultivo de la prosa
y del género del cuento. Afirma Carilla: “Vale decir, que si la forma
más desnuda de la lengua romántica debemos buscarla en la prosa, la
separación entre prosa y verso, severa entre los neoclásicos, pierde
en la época su carácter riguroso. Para el neoclasicista, el tema lleva
implícito la forma externa, que no puede eludirse sin sacrificar el
decoro y la tradición poética. En cambio, para el romántico los
límites son más imprecisos; lo cual no quiere decir que rompe
completamente con determinadas convenciones. Lo que quiero destacar,
es que el romanticismo, al aplicar su concepto de libertad, no sólo lo
aplica para crear nuevos metros y desterrar o combatir otros de firme
tradición clasicista, sino que también desordena y borra fronteras
hasta su tiempo intocables. Esto no supone alterar situaciones
extremas que, naturalmente, el romántico respeta. El cuadro de
costumbres, por ejemplo, lleva en su asunto la obligación de la prosa.
Pero la sentida confesión erótica, el canto de dolor, el fervor
patriótico acendrado, el diálogo trágico de la escena, la ambiciosa
obra simbólica, se expresan en verso. Y sin embargo, aunque era
difícil cambiar, nacen entonces, ya enriquecidas, direcciones
fundamentales de la novela y el cuento, es decir, obras en prosa.
Surge el poema en prosa, y se afirman también, formas del teatro en
prosa”.
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Las tres Antillas Mayores, que habían de ser las
últimas colonias de la metrópoli española en Iberoamérica,
desarrollaron desde temprano y en forma ascendente, esta modalidad del
relato corto que tanta difusión y aplauso ha logrado en ellas. En Cuba
ha existido en ese aspecto: “Toda una gallarda tradición de calidad
que arranca desde el siglo XIX con los intentos narrativos de José
María Heredia y sus
Cuentos
Orientales
(1829).
Aunque en ese siglo el cultivo de la poesía muestra en Cuba una
supremacía innegable, quedan hermosos ejemplos de los esfuerzos
narrativos durante el auge del romanticismo,
del
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realismo y del costumbrismo, en los relatos de la Avellaneda, Ramón de
Palma, José Victoriano y Luis
Victoriano Betancourt, Cirilo Villaverde y otros escritores.
Con el
modernismo, a fines de la centuria, el cuento adquiere ribete de joya
cincelada, en que la anécdota para nada cuenta, sino el ambiente, los
personajes, los estados de ánimo y las atmósferas exóticas, descritos
en un lenguaje preciosista y una prosa de ritmo innovador”.
Sin embargo, la depuración del género no se
realizó a saltos ni a pasos agigantados, sino que se logró tras
extensos tanteos que por fin produjeron óptimos frutos: “Al cuento que
suele ser sentimental o filosófico, sólo dedicaron ocasionales
esfuerzos los autores mejor dotados para lo imaginativo, Martí y
Casal. Martí compuso finos relatos de este tipo, en verso, `Los
zapaticos de rosa’, y en prosa, en sus lecturas para niños de la
Edad de Oro; y Casal dejó sólo varios ejemplos de relatos sin
acción, de insinuado contenido sicológico, que los sitúan dentro de la
fantasía modernista de proyecciones sentimentales. Lejos de ella se
distinguen dos autores, Medina y Borrero, de obras explicables según
los principios y recursos del movimiento romántico, personalmente
interpretados”.
En la Isla de Puerto Rico, el incremento de lo
literario y de su movimiento romántico, con el que proliferan los
relatos, tienen una evolución tardía debido a las diversas
circunstancias culturales, económicas, sociales y geográficas que
afectan al país, aislado durante gran parte del siglo XIX por razones
histórico-políticas. En esa centuria, según afirma la profesora Margot
Arce de Vázquez, disputando válidamente el fenómeno de estancamiento
anteriormente expuesto: “La sociedad puertorriqueña había alcanzado
madurez tras varios siglos de dura experiencia. Bajo la influencia de
la Ilustración primero, y del Romanticismo después, a tono con las
nuevas ideologías y las transformaciones sociales y económicas que
determinan el proceso histórico decimonónico, Puerto Rico, a pesar de
la censura de libros, recibe esas corrientes de pensamiento, se ve
envuelto en la lucha entre liberales y conservadores y siente
despertar su conciencia de pueblo. Para la segunda mitad del siglo, ya
están definidos en sus rasgos esenciales la sociedad y la nación
puertorriqueñas. Con Manuel A. Alonso (1822-1889), y su obra El
Gíbaro, se inicia la prosa literaria bajo el signo del
costumbrismo y el realismo que acababan de surgir en España con
Estébanez Calderón, Mesonero Romanos, Larra y Fernán Caballero…Sin
demasiado rigor se podría afirmar que nuestra producción literaria en
prosa, pasa por las etapas siguientes de desarrollo: Romanticismo, fin
de siglo, modernismo, generación de 1930, momento actual”.
Santo Domingo se encauza por similar trayectoria
en cuanto al desenvolvimiento de su cuentística. Asevera sobre el
particular el decano de los cuentos dominicanos, Sócrates Nolasco, en
su obra: El cuento en Santo Domingo (1957), favoreciendo una
primacía antillana de la narración breve: “Cuando la cultura medieval
se iluminaba con los albores del Renacimiento, el cuento antiguo
embarcó en España y llegó a Sto. Domingo, en donde lo conservaron sin
esenciales alteraciones. Con el Conde Lucanor, vino además, el
cuento correcto; y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don
Juan Manuel, las Antillas producen cuentistas, siglos antes de que el
cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente
americano. Pero, si alguno de nuestros hombres de letras,
pertenecientes a los siglos anteriores al XIX, se entretuvo en un
género que por mucho tiempo pasó desestimado, carecemos de
testimonios. Por otra parte, aquel modelo de cuento universal, tan
pronto se formaron nuestras ciudades, abandonó el vecindario urbano,
se refugió entre aldeanos, logrando perdurar con variedades adquiridas
y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino”.
La narración continúa librándose de sus ataduras y
escalando vigorosas posiciones en Quisqueya. La rémora colonial, no
entorpece ya las manifestaciones humanísticas; los escollos se salvan,
los valladares se desmoronan lenta, pero fatalmente: “Cuando nos
decidimos a historiar, nos encontramos con que a principios de la
segunda mitad del siglo XIX, quedo el país totalmente libre del
tutelaje político de España, aumentando la connatural reacción contra
la metrópoli producida por la quiebra que significó la Anexión,
diecisiete años después de proclamada la independencia. La liberación
que representaba la Restauración en 1865, favoreció a los escritores
que se encontraban o consideraban desligados por convicciones
nacionalistas de amarras culturales y sin la grave atadura de una
tradición continuada en la literatura, puesto que las incontables
luchas y transiciones por que había pasado el territorio, ya en manos
de España desde el descubrimiento, ya de Francia; el período de la
Reconquista o España Boba; la independencia efímera bajo el
protectorado de la Gran Colombia; la ocupación por Haití, que logró
avasallar durante veintidós largos años a los dominicanos; la propia
independencia nacional, proclamada en febrero de 1844, y tres lustros
después la citada anexión a España, estado que se mantuvo durante casi
cuatro años, había impedido la herencia de un acervo cultural definido
que pudiera continuarse en el género del cuento”.
Sobre la narración moderna, expresaba el profesor
argentino Raúl H. Castagnino, nuestro eminente maestro y colega, en la
Universidad de Nueva York en Albany: “El procedimiento narrativo es el
más individual. Se narran acciones en las cuales intervienen
activamente seres que consumen tiempo. Narrar es disponer
acontecimientos en el tiempo. Al analizar este procedimiento, se
verifican una serie de rasgos a través de esta encuesta tipo: ¿Qué
hechos sitúa el narrador en primer plano y cuales posterga? ¿Es la
narración acelerada o morosa, detallista o prefiere los trazos
generales? El orden que elige:¿ es el de la naturaleza o el de la
reconstrucción lógica?, ¿el de una presunta simultaneidad con
acumulación y abigarramiento o el de una sucesión desplegada? También
hay que tener en cuenta: el estímulo de la curiosidad y el interés del
lector; la concentración de los hechos o la diseminación en
explicaciones; el punto de vista mostrado claramente o entretejido con
los de ficción; el relato verosímil o muy cambiado, de los hechos; y
la narración que selecciona toques significativos o que simplemente
cuenta acumulativamente”.
Ya entrado el siglo XX con esta narración moderna,
el relato corto florece definitivamente en las tres Antillas. En Cuba
se suceden con éxito, desde el nacimiento de la república, los
intentos en este sentido. La serie incontable de nombres dedicados al
menester de la fábula, se agiganta en calidad y número: Loveira,
Ramos, Hernández Catá, Montori, Castellanos, Carrión, y otros muchos.
Una generación que se impone hasta nuestros días, esta formada por
Carpentier, Labrador Ruiz, Montenegro, Novas Calvo, y en lo
afrocubano, Lydia Cabrera, un ala de suavísimo vuelo hacia la cultura
negra del Caribe. En nuestros días, se han destacado los escritores de
aquí y de allá, con predominio del destierro: Lezama Lima, Hilda
Perera, Sánchez-Boudy, Montaner, Cabrera Infante, Ferreira, Sarduy,
Arenas, y tantos otros cuya mención sería interminable. A muchos de
ellos los hemos conocido personalmente, y los hemos tratado y
admirado.
Borinquen, tras un período de decantación y
adaptación a la cultura norteamericana, que coexiste con la española
al finalizar la guerra de 1898, refuerza sus arrestos nacionales, y
sigue sus propios derroteros. Con la llegada al poder de la tendencia
favorable a sus expresiones autóctonas, la literatura se enriquece:
“En 1940 asume el gobierno y la dirección política el partido Popular
Democrático, movimiento de masas dirigido por un grupo de
intelectuales que procedían de las filas de la generación de 1930.
Gracias a su gestión pública se registra un acelerado y sorprendente
progreso material y la sociedad puertorriqueña sufre una profunda
transformación, no sólo en su estructura económica, sino en sus
costumbres, ideales y tabla de valores. El cuento alcanza en este
momento un extraordinario valor y se desarrolla a expensas de la
novela. Salvo Enrique Laguerre (1906), el único novelista importante
de este siglo, los escritores puertorriqueños parecen preferir la
visión fragmentaria y episódica del cuento, a la densa, totalizadora
y sinfónica de la novela. Al sustituir el punto de vista metafísico
por el sociológico, la temática cambia y desplaza la atención de los
narradores hacia el medio urbano, hacia la fábrica y la mecanización
del trabajo y hacia los problemas sociales del arrabal, del choque de
clases y de culturas, de la emigración a los Estados Unidos. También
la gestión pública del partido nacionalista y su método de encarar la
lucha política, se convierte en tema narrativo; y no por lo que tiene
de aliento heroico, sino como caso, como fenómeno social y sicológico”.
Díaz Alfaro, Braschi, Díaz Valcárcel, el propio
profesor Laguerre, a quien invité en dos ocasiones a dictar
conferencias y presidir un simposio en la Universidad de Nueva York, y
cuya propuesta para el premio Nóbel de literatura apoyé hace pocos
años, Luis Rafael Sánchez y el polémico dramaturgo Marqués, han sido
entre otros, figuras de renombre en la inspirada cuentística
borinqueña. Se nutre además esta rama literaria con nuevos valores
nativos, y con talentos nacidos en los Estados Unidos de ascendencia
puertorriqueña, presentando una curiosa y feliz dicotomía,
insular-continental, entre la Babel de Hierro y la Isla del encanto.
Quisqueya nos ha proporcionado en el siglo XX,
personajes ilustres de las letras, como los hermanos Henríquez Ureña:
Pedro, fallecido en la Argentina, y Max, a quien conocí en sus
extraordinarias clases, hace ya varias décadas, en la Universidad de
Puerto Rico. Con gran acierto, estas dos figuras han desentrañado lo
antillano en profundos estudios, y han llevado a las altas cumbres del
saber, los ecos del Caribe en la literatura hispanoamericana. Les
sigue una pléyade de valiosos escritores: Nolasco, Bosch, Hoepelman,
Hernández- Franco, Aida Cartagena, Cabral, etc., que durante varios
lustros han colmado con su estro y su visión, las catedras y las
antologías. Sobre una más reciente generación dominicana de
narradores, expresa la profesora Cartagena lo siguiente, refiriéndose
a la etapa postrujillista: “En 1961, pasada la gran vorágine, no
tardaron en perderse las esperanzas. Apenas se han rebasado las
vindicaciones tan necesarias al contexto humano dominicano. Los viejos
oráculos tratan de seguir trazando los lineamientos, pero sobreviven y
están de pie los que se mantienen solidarios con los elevados
principios de la dignidad y la libertad, los que produjeron dentro de
su propio lar, la literatura otrora llamada clandestina, que levantaba
ánimos y creaba conciencia, y para la cual editamos los cuadernos de
artes y letras. En estos cuadernos aparecieron los cuentos de Hilma
Contreras, Alfredo Lebrón, Marcio Veloz Maggiolo, Aida Cartagena
Portalatín. Entre otros que cultivan con éxito el cuento, anotamos
también a Iván García, autor teatral, a Ramón Francisco, al crítico de
cine Armando Almánzar Rodríguez y al actor Ruben Echevarría”.
El siglo XXI nos ha traído figuras jóvenes que aumentan la inspiración
del cuento quisqueyano.
Consideramos que no es necesario ahondar más, en
el bosquejo panorámico que hemos pretendido dar sobre el relato
antillano. Resta sólo confirmar, con ciertos pormenores de detalle,
los conceptos esenciales de la materia que nos ocupa: “Tratándose de
cierto género literario, hay que empezar con una definición, por
arbitraria que sea. El cuento es una narración, fingida en parte o en
todo, creada por un autor, que se puede leer en menos de una hora y
cuyos elementos contribuyen a producir un solo efecto. Así es que la
novela se diferencia del cuento tanto por su extensión como por su
complejidad; los artículos de costumbres y las tradiciones, por su
base verídica y por la intervención directa del autor que rompe la
unidad artística; y las fábulas y las leyendas, por su carácter difuso
y por carecer en parte de la creación original del autor”.
Ya enunciadas las anteriores explicaciones del
relato, recordemos para finalizar, las llamadas “leyes del cuento”,
presupuestos que entre otros muchos, han elaborado los autores para
caracterizar sus confecciones en esta veta narrativa. Dichas leyes han
sido establecidas por el inspirado novelista, cuentista y poeta
chileno, don Antonio de Undurraga, en uno de sus libros, Autopsia
de la novela, y forman las iniciales SIVA, remembranza de una
deidad oriental. Son ellas: 1) La singularidad en el asunto y tema,
que realza los efectos posteriores del cuento. 2) La
intensidad-interés, que se mantiene constante, haciendo impacto
continuo en el lector. 3) La versosimilitud, o hipnosis consentida por
el público, en el juego paralelístico escritor-receptor. 4) Y la
acción-atención, condición imprescindible de toda anécdota, que
confiere al relato una atmósfera sin nada ajeno que la dañe y que es
el resultado natural del logro artístico”.
A todo esto debemos añadir el manejo de los
personajes que transitan por los predios de la narración corta. Sobre
este particular, nos ilustra el propio Undurraga, al apuntar varios
ingredientes del cuento: “Thomas Mann, que escribió voluminosas
novelas, tuvo ciertos prejuicios contra el cuento (por su brevedad),
pero al pensar en algunos de Chejov, descubrió que con este genero se
podía lograr una calidad épica, utilizando no a héroes, sino a hombres
comunes a los cuales el cuentista les da esa condición debido a la
intensidad del género y a la forma en que maneja la acción. Bosch ha
explicado con agudeza este planteamiento en los siguientes
términos:`La causa está, nos dice, en que la epopeya es el relato de
los actos heroicos, y el que los ejecuta, el héroe, es un artista de
la acción. Así, si mediante la virtud de descubrir la acción pura, un
cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por
hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la
palabra, el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la
epopeya, sin verse obligado a recurrir
a los grandes actores del drama
histórico ni a los episodios en que figuraron. Finalmente, este mismo
observador nos resume las leyes del cuento en dos, a saber: la ley de
la fluencia constante, o sea, que la acción no puede detenerse jamás
(el novelista puede detenerla y pasar a otro tema, como en una
sinfonía, pero el cuentista no). Y su segunda ley, dice así: “el
cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar la
acción (coincide en esto con Horacio Quiroga). En suma, el poder de
expresar la acción sin desvirtuarla con palabras (Bosch)”.
De las tres Antillas españolas, Puerto Rico y
Santo Domingo han progresado, y se han estabilizado con procesos
políticos, sociales y económicos constitucionales y democráticos, bajo
un estado de derecho. Sólo Cuba, con su problemática
ideológico-política de resonancias internacionales, ha permanecido
sumergida durante casi ya medio siglo, en una polémica perenne e
interminable con los países democráticos, europeos y americanos. Nos
despedimos ahora, de la literatura de este trío de islas vecinas y
hermanas, pensando en las fraternales ideas de la Federación Antillana
de Eugenio María de Hostos, que escribía: “Entretanto que yo sueño con
la fraternidad de los pueblos de la América Española, pregunto por mi
patria, y no la encuentro, porque no es patria el lugar donde nacemos,
si nos quitan el derecho de servirla; si entregan su felicidad a los
que nos desdeñan; si nos niegan la posesión de lo que es nuestro”.
Y en las del Apóstol Martí, para emancipar, junto con Cuba, a la isla
de Puerto Rico. Como bien apunta Luis Alberto Sánchez:“Hostos parte en
iluminado peregrinaje a cumplir su deber de patriota americano y
puertorriqueño, anticipo, en cierta medida, del drama vivo de Martí”.
Señalamos aquí, que muchos dominicanos y puertorriqueños notables, (el
generalísimo Máximo Gómez, el general Juan Ríus Rivera, y la poeta
Lola Rodríguez de Tió), participaron en la guerra de independencia de
Cuba, cuyo documento inicial, el Manifiesto de Montecristi, lo
redactó Martí junto a Gómez en Santo Domingo, poco antes de ir a morir
a su añorada patria.
Por último, concluimos estas líneas, recordando las sabias palabras
del maestro Ortega y Gasset, sobre cierta clase de prejuicios, que a
veces nos han perjudicado
mucho:“El espíritu provinciano ha sido siempre, y con plena razón,
considerado como una torpeza. Consiste en un error de óptica. El
provinciano no cae en la cuenta de que mira el mundo desde una
posición excéntrica. Supone, por el contrario, que está en el centro
del orbe, y juzga de todo como si su visión fuese central. De aquí una
deplorable suficiencia que produce efectos tan cómicos. Todas sus
opiniones nacen falsificadas, porque nacen de un seudo
centro. En cambio, el hombre de la capital, sabe que su ciudad, por
grande que sea, es sólo un punto del cosmos, un rincón excéntrico.
Sabe además, que en el mundo no hay centro y que es, por tanto
necesario, descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectiva
que la realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por este
motivo, al provinciano el vecino de la gran ciudad le parece siempre
escéptico, cuando sólo es más avisado”.
Tal vez, a estos países caribeños les habría ido
mejor, si hubieran constituido esa igualitaria y armoniosa federación
de las Antillas con la que soñaron algunos patriotas; compartiendo a
la par, sus triunfos y sus penas. Lo que sí es muy cierto, es que
poseer grandeza en la pequeñez, es tarea sublime, propia de titanes.
Obras consultadas
Mariano Baquero Goyanes, Qué es el cuento,
Buenos Aires, Ed. Columba, 1967, p. 57.
Mariano Baquero Goyanes, Qué es el cuento,
Buenos Aires, Ed. Columba, 1967, p. 57.
Seymour Menton, El cuento hispanoamericano,
México, Fondo de Cultura Económica, 1965, I, p. II.
Baquero Goyanes, obra citada, p. 20.
Emilio Carilla, El romanticismo en la América
Hispánica, Madrid, Ed. Gredos, 1975,
Vol. I, pp. 273-274.
J. E. Hernández Miyares,
Narradores cubanos de hoy, Miami, Ediciones Universal, 1975,
pp. 5-6. Ver también: Gema Hernández, “La cuentística cubana”,
Revista Krisis (5), Vol.2, No. I, (1977), pp. 24-25.
Raimundo Lazo, La literatura cubana, México,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1965, p. 160.
Margot Arce de Vázquez y Mariana Robles de Cardona,
Lecturas puertorriqueñas: prosa, Sharon, Conn., TheTroutman Press,
1966, p. XII.
Sócrates Nolasco, El cuento en Santo Domingo, citado
por Aída Cartagena, Narradores dominicanos, Caracas, Ed. Monte
Ávila, 1969, p.7
Aida Cartagena, Narradores dominicanos,
Caracas, Monte Avila, 1969, p. 8.
Raúl H. Castagnino, El análisis literario,
Buenos Aires, Ed. Nova, 1967, p. 172.
Margot Arce de Vázquez, obra citada, p. XV.
Aida Cartagena, obra citada, pp. 11-12.
Seymour Menton, El cuento hispanoamericano, I,
p. 8.
Antonio de Undurraga, Autopsia de la novela: teoría
y practica de los narradores, México, Ed.
Costa-Amic, 1967, pp. 45-46.
Undurraga, obra citada, p. 45.
Eugenio M. de Hostos, “La peregrinación de Bayoán”,
Obras Completas, San Juan, 1939, Vol. VIII, p. 169.
Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la
novela hispanoamericana, Madrid, Gredos, 1968, p. 135.
José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo,
Madrid, Espasaz-Calpe, 1964, pp. 144-145. Véase también sobre Puerto
Rico y Cuba: José Sánchez-Boudy, Las novelas de César Andreu
Iglesias y la problemática puertorriqueña actual. Barcelona, Ed.
Bosch, 1968, p. 8 y ss. Y de este mismo autor: La temática
novelística de Alejo Carpentier, Miami, Ediciones Universal, 1969
y Filosofía del cubano y de lo cubano, Miami, Universal, 1996.
También: Eduardo Lolo, “La Edad de Oro, El Modernismo y la
literatura infantil”, en Después del rayo y del fuego: Acerca de
José Martí, Madrid, Ed. Betania, 2002, pp. 76-94, y Gastón
Fernández de Cárdenas, Temas e imágenes en los versos sencillos de
Martí, Miami, Universal, 1977.
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