Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

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Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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PANORAMA DEL CUENTO EN LAS ANTILLAS

 por

Leonardo Fernández Marcané 

 

 

     En un intento por definir el relato corto, afirma el catedrático Mariano Baquero Goyanes en una de sus conocidas obras sobre la narración: “El cuento es un preciso género literario que sirve para expresar un tipo especial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna en una forma narrativa próxima a la de la novela, pero diferente de ella en técnica e intención. Se trata pues de un género intermedio entre poesía y novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco, que sólo es expresable en las dimensiones del cuento”.[1]

     Aseverando al propio tiempo que: “En la creación del cuento, sólo hay tensión, y no tregua. Ahí radica precisamente el secreto de su poder de atracción sobre el lector”.[2]

     El cuento ha sido uno de los géneros más cultivados en nuestras islas del Caribe a partir del Romanticismo. Teniendo como marco misterioso la naturaleza exuberante llena de mitos, de magia y de leyenda, las inspiraciones antillanas se han centrado desde antaño en este tipo de relato, folclórico en ocasiones, costumbrista a veces, que se universaliza progresivamente con el tiempo y viene a ser en nuestros días una de las formas más auténticas de la expresión literaria hispanoamericana. Como bien ha apuntado nuestro amigo, el Profesor Seymour Menton, de la Universidad de California, en una de sus obras sobre el relato corto: “Los primeros cuentos hispanoamericanos aparecieron en plena época romántica. Importado de Europa, el romanticismo encontró tierra propicia en América, y echó raíces profundas que todavía no se han extirpado… En sus obras, los románticos se limitaron a cuatro temas: 1) Los rebeldes, inspirados por Lord Byron, desarrollaron el tema político liberal, la lucha contra la tiranía. 2) Los desilusionados se retiraron del mundo agitado cultivando temas exóticos. 3) El exotismo geográfico, inspirado en Chateaubriand y en James Fenimore Cooper, trató al indio americano como al `noble salvaje’ que se imaginaban los europeos; 4) el exotismo sentimental produjo amores imposibles que emparentaban con las obras de Saint-Pierre y Lamartine”.[3]

     También sabemos que “fueron los hermanos Grimm los que en Alemania y en 1812, publicaron por primera vez una nutrida colección de cuentos populares recogidos de la tradición oral. Esta bella tarea tendrá ecos en toda Europa, en coincidencia con un fenómeno, el romanticismo, que se presenta como configurador y hasta exacerbador de los nacionalismos. Con razón decía D. Juan Valera en sus estudios críticos, que a estas razones que movieron a coleccionar y a publicar en casi todos los países los cuentos vulgares, como los de Alemania, los polacos, los montañeses de Escocia, los del sur de Irlanda, los bretones, y así otros muchos, vienen a unirse cooperando al estudio de la poesía popular de cada pueblo, el patriotismo que se despertó por las guerras de Napoleón I y el deseo de independencia de las naciones”.[4]

     Por otra parte, el estudioso argentino Emilio Carilla, señala en su obra fundamental sobre el romanticismo iberoamericano,  que en ocasiones, la época romántica trajo a los países  de Hispanoamérica, un nuevo énfasis en el cultivo de la prosa y del género del cuento. Afirma Carilla: “Vale decir, que si la forma más desnuda de la lengua romántica debemos buscarla en la prosa, la separación  entre prosa y verso, severa entre los neoclásicos, pierde en la época su carácter riguroso. Para el neoclasicista, el tema lleva implícito la forma externa, que no puede eludirse sin sacrificar el decoro y la tradición poética. En cambio, para el romántico los límites son más imprecisos; lo cual no quiere decir que rompe completamente con determinadas convenciones. Lo que quiero destacar, es que el romanticismo, al aplicar su concepto de libertad, no sólo lo aplica para crear nuevos metros y desterrar o combatir otros de firme tradición clasicista, sino que también desordena y borra fronteras hasta su tiempo intocables. Esto no supone alterar situaciones extremas que, naturalmente, el romántico respeta. El cuadro de costumbres, por ejemplo, lleva en su asunto la obligación de la prosa. Pero la sentida confesión erótica, el canto de dolor, el fervor patriótico acendrado, el diálogo trágico de la escena, la ambiciosa obra simbólica, se expresan en verso. Y sin embargo, aunque era difícil cambiar, nacen entonces, ya enriquecidas, direcciones fundamentales de la novela y el cuento, es decir, obras en prosa. Surge el poema en prosa, y se afirman también, formas del teatro en prosa”.[5]

     Las tres Antillas Mayores, que habían de ser las últimas colonias de la metrópoli española en Iberoamérica, desarrollaron desde temprano y en forma ascendente, esta modalidad del relato corto que tanta difusión y aplauso ha logrado en ellas. En Cuba ha existido en ese aspecto: “Toda una gallarda tradición de calidad que arranca desde el siglo XIX con los intentos narrativos de José María Heredia y sus Cuentos Orientales (1829). Aunque en ese siglo el cultivo de la poesía muestra en Cuba una supremacía innegable, quedan hermosos ejemplos de los esfuerzos narrativos durante el auge del romanticismo,  del

realismo y del costumbrismo, en los relatos de la Avellaneda, Ramón de Palma, José Victoriano y Luis Victoriano Betancourt, Cirilo Villaverde y otros escritores. Con el modernismo, a fines de la centuria, el cuento adquiere ribete de joya cincelada, en que la anécdota para nada cuenta, sino el ambiente, los personajes, los estados de ánimo y las atmósferas exóticas, descritos en un lenguaje preciosista y una prosa de ritmo innovador”.[6] 

     Sin embargo, la depuración del género no se realizó a saltos ni a pasos agigantados, sino que se logró tras extensos tanteos que por fin produjeron óptimos frutos: “Al cuento que suele ser sentimental o filosófico, sólo dedicaron ocasionales esfuerzos los autores mejor dotados para lo imaginativo, Martí y Casal. Martí compuso finos relatos de este tipo, en verso, `Los zapaticos de rosa’, y en prosa, en sus lecturas para niños de la Edad de Oro; y Casal dejó sólo varios ejemplos de relatos sin acción, de insinuado contenido sicológico, que los sitúan dentro de la fantasía modernista de proyecciones sentimentales. Lejos de ella se distinguen dos autores, Medina y Borrero, de obras explicables según los principios y recursos del movimiento romántico, personalmente interpretados”.[7]

     En la Isla de Puerto Rico, el incremento de lo literario y de su movimiento romántico, con el que proliferan los relatos, tienen una evolución tardía debido a las diversas circunstancias culturales, económicas, sociales y geográficas que afectan al país, aislado durante gran parte del siglo XIX por razones histórico-políticas. En esa centuria, según afirma la profesora Margot Arce de Vázquez, disputando válidamente el fenómeno de estancamiento anteriormente expuesto: “La sociedad puertorriqueña había alcanzado madurez tras varios siglos de dura experiencia. Bajo la influencia de la Ilustración primero, y del Romanticismo después, a tono con las nuevas ideologías y las transformaciones sociales y económicas que determinan el proceso histórico decimonónico, Puerto Rico, a pesar de la censura de libros, recibe esas corrientes de pensamiento, se ve envuelto en la lucha entre liberales y conservadores y siente despertar su conciencia de pueblo. Para la segunda mitad del siglo, ya están definidos en sus rasgos esenciales la sociedad y la nación puertorriqueñas. Con Manuel A. Alonso (1822-1889), y su obra El Gíbaro, se inicia la prosa literaria bajo el signo del costumbrismo y el realismo que acababan de surgir  en España con Estébanez Calderón, Mesonero Romanos, Larra y Fernán Caballero…Sin demasiado rigor se podría afirmar que nuestra producción literaria en prosa, pasa por las etapas siguientes de desarrollo: Romanticismo, fin de siglo, modernismo, generación de 1930, momento actual”.[8]

     Santo Domingo se encauza por similar trayectoria en cuanto al desenvolvimiento de su cuentística. Asevera sobre el particular el decano de los cuentos dominicanos, Sócrates Nolasco, en su obra: El cuento en Santo Domingo (1957), favoreciendo una primacía antillana de la narración breve: “Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del Renacimiento, el cuento antiguo embarcó en España y llegó a Sto. Domingo, en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. Con el Conde Lucanor, vino además, el cuento correcto; y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel, las Antillas producen cuentistas, siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. Pero, si alguno de nuestros hombres de letras, pertenecientes a los siglos anteriores al XIX, se entretuvo en un género que por mucho tiempo pasó desestimado, carecemos de testimonios. Por otra parte, aquel modelo de cuento universal, tan pronto se formaron nuestras ciudades, abandonó el vecindario urbano, se refugió entre aldeanos, logrando perdurar con variedades adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino”.[9]

     La narración continúa librándose de sus ataduras y escalando vigorosas posiciones en Quisqueya. La rémora colonial, no entorpece ya las manifestaciones humanísticas; los escollos se salvan, los valladares se desmoronan lenta, pero fatalmente: “Cuando nos decidimos a historiar, nos encontramos con que a principios de la segunda mitad del siglo XIX, quedo el país totalmente libre del tutelaje político de España, aumentando la connatural reacción contra la metrópoli producida por la quiebra que significó la Anexión, diecisiete años después de proclamada la independencia. La liberación que representaba la Restauración en 1865, favoreció a los escritores que se encontraban o consideraban desligados por convicciones nacionalistas de amarras culturales y sin la grave atadura de una tradición continuada en la literatura, puesto que las incontables luchas y transiciones por que había pasado el territorio, ya en manos de España desde el descubrimiento, ya de Francia; el período de la Reconquista o España Boba; la independencia efímera bajo el protectorado de la Gran Colombia; la ocupación por Haití, que logró avasallar durante veintidós largos años a los dominicanos; la propia independencia nacional, proclamada en febrero de 1844, y tres lustros después la citada anexión a España, estado que se mantuvo durante casi cuatro años, había impedido la herencia de un acervo cultural definido que pudiera continuarse en el género del cuento”.[10]

     Sobre la narración moderna, expresaba el profesor argentino Raúl H. Castagnino, nuestro eminente maestro y colega, en la Universidad de Nueva York en Albany: “El procedimiento narrativo es el más individual. Se narran acciones en las cuales intervienen activamente seres que consumen tiempo. Narrar es disponer acontecimientos en el tiempo. Al analizar este procedimiento, se verifican una serie de rasgos a través de esta encuesta tipo: ¿Qué hechos sitúa el narrador en primer plano y cuales posterga? ¿Es la narración acelerada o morosa, detallista o prefiere los trazos generales? El orden que elige:¿ es el de la naturaleza o el de la reconstrucción lógica?, ¿el de una presunta simultaneidad con acumulación y abigarramiento o el de una sucesión desplegada? También hay que tener en cuenta: el estímulo de la curiosidad y el interés del lector; la concentración de los hechos o la diseminación en explicaciones; el punto de vista mostrado claramente o entretejido con los de ficción; el relato verosímil  o muy cambiado, de los hechos; y la narración que selecciona toques significativos o que simplemente cuenta acumulativamente”.[11]

     Ya entrado el siglo XX con esta narración moderna, el relato corto florece definitivamente en las tres Antillas. En Cuba se suceden con éxito, desde el nacimiento de la república, los intentos en este sentido. La serie incontable de nombres dedicados al menester de la fábula, se agiganta en calidad y número: Loveira, Ramos, Hernández Catá, Montori, Castellanos, Carrión, y otros muchos. Una generación que se impone hasta nuestros días, esta formada por Carpentier, Labrador Ruiz, Montenegro, Novas Calvo, y en lo afrocubano, Lydia Cabrera, un ala de suavísimo vuelo hacia la cultura negra del Caribe. En nuestros días, se han destacado los escritores de aquí y de allá, con predominio del destierro: Lezama Lima, Hilda Perera, Sánchez-Boudy, Montaner, Cabrera Infante, Ferreira, Sarduy, Arenas, y tantos otros cuya mención sería interminable. A muchos de ellos los hemos conocido personalmente, y los hemos tratado y admirado.

     Borinquen, tras un período de decantación y adaptación a la cultura norteamericana, que coexiste con la española al finalizar la guerra de 1898, refuerza sus arrestos nacionales, y sigue sus propios derroteros. Con la llegada al poder de la tendencia favorable a sus expresiones autóctonas, la literatura se enriquece: “En 1940 asume el gobierno y la dirección política el partido Popular Democrático, movimiento de masas dirigido por un grupo de intelectuales que procedían de las filas de la generación de 1930. Gracias a su gestión pública se registra un acelerado y sorprendente progreso material y la sociedad puertorriqueña sufre una profunda transformación, no sólo en su estructura económica, sino en sus costumbres, ideales y tabla de valores. El cuento alcanza en este momento un extraordinario valor y se desarrolla a expensas de la novela. Salvo Enrique Laguerre (1906), el único novelista importante de este siglo, los escritores puertorriqueños parecen preferir la visión fragmentaria y episódica del cuento, a la densa, totalizadora  y sinfónica de la novela. Al sustituir el punto de vista metafísico por el sociológico, la temática cambia y desplaza la atención de los narradores hacia el medio urbano, hacia la fábrica y la mecanización del trabajo y hacia los problemas sociales del arrabal, del choque de clases y de culturas, de la emigración a los Estados Unidos. También la gestión pública del partido nacionalista y su método de encarar la lucha política, se convierte en tema narrativo; y no por lo que tiene de aliento heroico, sino como caso, como fenómeno social y sicológico”.[12]

     Díaz Alfaro, Braschi, Díaz Valcárcel, el propio profesor Laguerre, a quien invité en dos ocasiones a dictar conferencias y presidir un simposio en la Universidad de Nueva York, y cuya propuesta para el premio Nóbel de literatura apoyé hace pocos años, Luis Rafael Sánchez y el polémico dramaturgo Marqués, han sido entre otros, figuras de renombre en la inspirada cuentística borinqueña. Se nutre además esta rama literaria con nuevos valores nativos, y con talentos nacidos en los Estados Unidos de ascendencia puertorriqueña, presentando una curiosa y feliz dicotomía, insular-continental, entre la Babel de Hierro y la Isla del encanto.

     Quisqueya nos ha proporcionado en el siglo XX, personajes ilustres de las letras, como los hermanos Henríquez Ureña: Pedro, fallecido en la Argentina, y Max, a quien conocí en sus extraordinarias clases, hace ya varias décadas, en la Universidad de Puerto Rico. Con gran acierto, estas dos figuras han desentrañado lo antillano en profundos estudios, y han llevado a las altas cumbres del saber, los ecos del Caribe en la literatura hispanoamericana. Les sigue una pléyade de valiosos escritores: Nolasco, Bosch, Hoepelman, Hernández- Franco, Aida Cartagena, Cabral, etc., que durante varios lustros han colmado con su estro y su visión, las catedras y las antologías. Sobre una más reciente generación dominicana de narradores, expresa la profesora Cartagena lo siguiente, refiriéndose a la etapa postrujillista: “En 1961, pasada la gran vorágine, no tardaron en perderse las esperanzas. Apenas se han rebasado las vindicaciones tan necesarias al contexto humano dominicano. Los viejos oráculos tratan de seguir trazando los lineamientos, pero sobreviven y están de pie los que se mantienen solidarios con los elevados principios de la dignidad y la libertad, los que produjeron dentro de su propio lar, la literatura otrora llamada clandestina, que levantaba ánimos y creaba conciencia, y para la cual editamos los cuadernos de artes y letras. En estos cuadernos aparecieron los cuentos de Hilma Contreras, Alfredo Lebrón, Marcio Veloz Maggiolo, Aida Cartagena Portalatín. Entre otros que cultivan con éxito el cuento, anotamos también a Iván García, autor teatral, a Ramón Francisco, al crítico de cine Armando Almánzar Rodríguez y al actor Ruben Echevarría”.[13] El siglo XXI nos ha traído figuras jóvenes que aumentan la inspiración del cuento quisqueyano.

     Consideramos que no es necesario ahondar más, en el bosquejo panorámico que hemos pretendido dar sobre el relato antillano. Resta sólo confirmar, con ciertos pormenores de detalle, los conceptos esenciales de la materia que nos ocupa: “Tratándose de cierto género literario, hay que empezar con una definición, por arbitraria que sea. El cuento es una narración, fingida en parte o en todo, creada por un autor, que se puede leer en menos de una hora y cuyos elementos contribuyen a producir un solo efecto. Así es que la novela se diferencia del cuento tanto por su extensión como por su complejidad; los artículos de costumbres y las tradiciones, por su  base verídica y por la intervención directa del autor que rompe la unidad artística; y las fábulas y las leyendas, por su carácter difuso y por carecer en parte de la creación original del autor”.[14]

     Ya enunciadas las anteriores explicaciones del relato, recordemos para finalizar, las llamadas “leyes del cuento”, presupuestos que entre otros muchos, han elaborado los autores para caracterizar sus confecciones en esta veta narrativa. Dichas leyes han sido establecidas por el inspirado novelista, cuentista y poeta chileno, don Antonio de Undurraga, en uno de sus libros, Autopsia de la novela, y forman las iniciales SIVA, remembranza de una deidad oriental. Son ellas: 1) La singularidad en el asunto y tema, que realza los efectos posteriores del cuento. 2) La intensidad-interés, que se mantiene constante, haciendo impacto continuo en el lector. 3) La versosimilitud, o hipnosis consentida por el público, en el juego paralelístico escritor-receptor. 4) Y la acción-atención, condición imprescindible de toda anécdota, que confiere al relato una atmósfera sin nada ajeno que la dañe y que es el resultado natural del logro artístico”.[15]

     A todo esto debemos añadir el manejo de los personajes que transitan por los predios de la narración corta. Sobre este particular, nos ilustra el propio Undurraga, al apuntar varios ingredientes del cuento: “Thomas Mann, que escribió voluminosas novelas, tuvo ciertos prejuicios contra el cuento (por su brevedad), pero al pensar en algunos de Chejov, descubrió que con este genero se podía lograr una calidad épica, utilizando no a héroes, sino a hombres comunes a los cuales el cuentista les da esa condición debido a la intensidad del género y a la forma en que maneja la acción. Bosch ha explicado con agudeza este planteamiento en los siguientes términos:`La causa está, nos dice, en que la epopeya es el relato de los actos heroicos, y el que los ejecuta, el héroe, es un artista de la acción. Así,  si mediante la virtud de descubrir la acción pura, un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra, el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya, sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico ni a los episodios en que figuraron. Finalmente, este mismo observador nos resume las leyes del cuento en dos, a saber: la ley de la fluencia constante, o sea, que la acción no puede detenerse jamás (el novelista puede detenerla y pasar a otro tema, como en una sinfonía, pero el cuentista no). Y su segunda ley, dice así: “el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar la acción (coincide en esto con Horacio Quiroga). En suma, el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras (Bosch)”.[16]

     De las tres Antillas españolas, Puerto Rico y Santo Domingo han progresado, y se han estabilizado con procesos políticos, sociales y económicos constitucionales y democráticos, bajo un estado de derecho. Sólo Cuba, con su problemática ideológico-política de resonancias internacionales, ha permanecido sumergida durante casi ya medio siglo, en una polémica perenne e interminable con los países democráticos, europeos y americanos. Nos despedimos ahora, de la literatura de este trío de islas vecinas y hermanas, pensando en las fraternales ideas de la Federación Antillana de Eugenio María de Hostos, que escribía: “Entretanto que yo sueño con la fraternidad de los pueblos de la América Española, pregunto por mi patria, y no la encuentro, porque no es patria el lugar donde nacemos, si nos quitan el derecho de servirla; si entregan su felicidad a los que nos desdeñan; si nos niegan la posesión de lo que es nuestro”.[17] Y en las del Apóstol Martí, para emancipar, junto con Cuba, a la isla de Puerto Rico. Como bien apunta Luis Alberto Sánchez:“Hostos parte en iluminado peregrinaje a cumplir su deber de patriota americano y puertorriqueño, anticipo, en cierta medida, del drama vivo de Martí”.[18] Señalamos aquí, que muchos dominicanos y puertorriqueños notables, (el generalísimo Máximo Gómez, el general Juan Ríus Rivera, y la poeta Lola Rodríguez de Tió), participaron en la guerra de independencia de Cuba, cuyo documento inicial, el Manifiesto de Montecristi, lo redactó Martí junto a Gómez en Santo Domingo, poco antes de ir a morir a su añorada patria.

     Por último, concluimos estas líneas, recordando las sabias palabras del maestro Ortega y Gasset, sobre cierta clase de prejuicios, que a veces nos han perjudicado mucho:“El espíritu provinciano ha sido siempre, y con plena razón, considerado como una torpeza. Consiste en un error de óptica. El provinciano no cae en la cuenta de que mira el mundo desde una posición excéntrica. Supone, por el contrario, que está en el centro del orbe, y juzga de todo como si su visión fuese central. De aquí una deplorable suficiencia que produce efectos tan cómicos. Todas sus opiniones nacen falsificadas, porque nacen de un seudo centro. En cambio, el hombre de la capital, sabe que su ciudad, por grande que sea, es sólo un punto del cosmos, un rincón excéntrico. Sabe además, que en el mundo no hay centro y que es, por tanto necesario, descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectiva que la realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por este motivo, al provinciano el vecino de la gran ciudad le parece siempre escéptico, cuando sólo es más avisado”.[19]

     Tal vez, a estos países caribeños les habría ido mejor, si hubieran constituido esa igualitaria y armoniosa federación de las Antillas con la que soñaron algunos patriotas; compartiendo a la par, sus triunfos y sus penas. Lo que sí es muy cierto, es que poseer grandeza en la pequeñez, es tarea sublime, propia de titanes.

 


Obras consultadas

[1] Mariano Baquero Goyanes, Qué es el cuento, Buenos Aires, Ed. Columba, 1967, p. 57.

 

[2] Mariano Baquero Goyanes, Qué es el cuento, Buenos Aires, Ed. Columba, 1967, p. 57.

 

[3] Seymour Menton, El cuento hispanoamericano, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, I, p. II.

 

[4] Baquero Goyanes, obra citada, p. 20.

 

[5] Emilio Carilla, El romanticismo en la América Hispánica, Madrid, Ed. Gredos, 1975, Vol. I, pp. 273-274.

 

[6] J. E. Hernández Miyares, Narradores cubanos de hoy, Miami, Ediciones Universal, 1975, pp. 5-6. Ver también: Gema Hernández, “La cuentística cubana”, Revista Krisis (5), Vol.2, No. I, (1977), pp. 24-25.

 

[7] Raimundo Lazo, La literatura cubana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965, p. 160.

 

[8] Margot Arce de Vázquez y Mariana Robles de Cardona, Lecturas puertorriqueñas: prosa, Sharon, Conn., TheTroutman Press, 1966, p. XII.

 

[9] Sócrates Nolasco, El cuento en Santo Domingo, citado por Aída Cartagena, Narradores dominicanos, Caracas, Ed. Monte Ávila, 1969, p.7

 

[10] Aida Cartagena, Narradores dominicanos, Caracas, Monte Avila, 1969, p. 8.

 

[11] Raúl H. Castagnino, El análisis literario, Buenos Aires, Ed. Nova, 1967,  p. 172.

 

[12] Margot Arce de Vázquez, obra citada, p. XV.

 

[13] Aida Cartagena, obra citada, pp. 11-12.

 

[14] Seymour Menton, El cuento hispanoamericano, I, p. 8.

 

[15] Antonio de Undurraga, Autopsia de la novela: teoría y practica de los narradores, México, Ed. Costa-Amic, 1967, pp. 45-46.

 

[16]  Undurraga, obra citada, p. 45.

 

[17] Eugenio M. de Hostos, “La peregrinación de Bayoán”, Obras Completas, San Juan, 1939, Vol. VIII, p. 169.

 

[18] Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Madrid, Gredos, 1968, p. 135.

 

[19]  José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, Madrid, Espasaz-Calpe, 1964, pp. 144-145. Véase también sobre Puerto Rico y Cuba: José Sánchez-Boudy, Las novelas de César Andreu Iglesias y la problemática puertorriqueña actual. Barcelona, Ed. Bosch, 1968, p. 8 y ss. Y de este mismo autor: La temática novelística de Alejo Carpentier, Miami, Ediciones Universal, 1969 y Filosofía del cubano y de lo cubano, Miami, Universal, 1996. También: Eduardo Lolo, “La Edad de Oro, El Modernismo y la literatura infantil”, en Después del rayo y del fuego: Acerca de José Martí, Madrid, Ed. Betania, 2002, pp. 76-94, y Gastón Fernández de Cárdenas, Temas e imágenes en los versos sencillos de Martí, Miami, Universal, 1977.

 

 


Leonardo Fernández Marcané nació en La Habana, Cuba (1937). Escritor, traductor, periodista, conferencista, abogado y profesor de Lenguas y Literaturas Hispánicas en el Miami Dade Community College (North Campus). Es profesor emeritus de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Albany. Ha publicado numerosos artículos y ensayos en antologías, periódicos y revistas literarias. Entre sus libros publicados se encuentran: El Teatro de Tirso de Molina (Madrid: Ediciones Plaza Mayor, 1972); 20 Cuentistas Cubanos (Miami: Ediciones Universal, 1977); Cuentos del Caribe (Madrid: Editorial Playor, 1979), que es utilizado como texto de estudios en muchas universidades norteamericanas; Gautier y el Romanticismo (Miami: Editorial S.I.B.I., 1985); Cueto y Marcané: La Jurisprudencia como fuente de Derecho (Salamanca: Editorial Colegio de España, 2001); El Pleito del Convento de Belén (Salamanca: Editorial Colegio de España, 2001); y Marcané: Defensa de la Propiedad Privada (La Zona Marítimo-Terrestre), (Salamanca: Editorial Colegio de España, 2001).