Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo
 

 



 

POETAS ESPAÑOLES

 

 

JESÚS JIMÉNEZ REINALDO


Nació en Tudela, Navarra, España (1962). Poeta, narrador, conferencista, editor y profesor. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como profesor de lengua castellana y literatura en el I.E.S. "Europa". Ha recibido premios literarios de poesía como el "Ángel González" (Oviedo), el de los Colegios Mayores Isabel de España y Fundación Empresa (Madrid), Certamen Poético Nacional "Exaltación al Olivo" (Ahigal, Cáceres), el Certamen de Poesía "Castillejo Benigno Vaquero" (Pinos Puente, Granada) y el Certamen Poético "Villa de Ermua" (Ermua), y de cuentos como el Ciudad de Arguedas, el Premio Navarra (Tudela) y el  Premio de Relato Corto "Miguel Hernández"  (Madrid). Fue el compilador de la antología de poesía española actual "Al aire nuevo" para la editorial mexicana Desierto (San Luis Potosí, 2001). Ha publicado el poemario: "La mística del fracaso" (2002). Ha sido incluido en volúmenes antológicos y de homenajes como "Trazado con hierro" (homenaje al poeta José Hierro) publicado por la editorial Vitruvio, y en libros electrónicos como "Textura poética" o "Todas las voces, una voz", este último publicado por la UNED. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés y publicados en revistas francesas. Colabora con la editorial Vicens Vives (Barcelona) en la edición didáctica de clásicos literarios, para la que ha realizado la traducción y actividades didácticas de las Fábulas de Esopo, las actividades didácticas de La voz de los sueños y otros cuentos prodigiosos, y la edición, notas y actividades didácticas de El devorador de hombres de Horacio Quiroga. Publica habitualmente sus trabajos periodísticos y de creación literaria en revistas y periódicos como "Luces y Sombras", "Río Arga" "Navarra Sur", "Diario de Noticias", "Cavatina", "Revista de CECU" -Confederación Estatal de Consumidores y Usuarios- (Madrid)... Desde febrero de 1999 mantiene una sección de divulgación literaria en "El Ideal de Fustiñana". Como formador, ha realizado el cuento "Un mundo en Color" editado por la Comunidad de Madrid (Consejería de Presidencia y CECU) y distribuido en la mayoría de colegios e institutos de la Comunidad con el fin de educar en la acogida solidaria de emigrantes. En la actualidad prepara la adaptación para niños de la ópera "Don Quijote" de Massenet, que será representada durante los años 2003 y 2004 en Canarias, Madrid y Castilla-La Mancha y codirige con Manuela Temporelli la tertulia literaria "Indio Juan" de Madrid.


 

 

LOS RESTOS DEL FUEGO

   

"...llama entre la madera y la ceniza"

José Hierro

 

Estas palabras negras

están escritas a fuego,

y quemadas permanecen oscuras

en lo blanco del papel.

Hoy son la huella triste de lo que fueron,

restos de amor y lozanía,

el destino último de la llama.

Son cenizas.

 

Que las palabras quemen

-me dijiste,

un incendio en tus ojos-

o que maten.

 

La intensidad

tiene un precio,

una cifra fatal, carbonizada

sobre la piel,

sobre el alma.

Y ahora sólo es necesario

un ligerísimo viento de poniente

para esparcir estas cenizas

-son manchas-

sobre este lienzo.

 

Me está comiendo la nostalgia

de aquel tiempo de fuego:

era cuando los nísperos

apuntaban el dulzor del estío

y la brisa impulsaba a este pirómano

a incendiar tus montes

con palabras,

que mataban de amor.

 

           Por aquí pasamos,

como nómadas,

con la felicidad momentánea

del secreto del fuego

en las entrañas;

y por eso los claros

de este bosque blanco

tienen los cercos negros

del fuego del poema.

 

Que las palabras quemen

-me dijiste,

un incendio tus ojos-

o que maten.

 

Y puesto que ya no queman

-son cenizas

que esparce el viento-,

ni nos matan,

que tiznen los espacios

con su dolor de sombras,

que manchen

como un punzón efímero

sobre el papel en blanco.

 

 

DÉDALO

 

En la medina

de Kaz el Malí, bajo la luz

turquesa del mediodía, descendimos

un laberinto de callejas tortuosas

y mugrientas. En la urbe imperial

de las diecisiete puertas, estábamos

unidos, codo con codo, como tantas veces

soñáramos mirando las ilustraciones polícromas

de los libros de arte. La primavera

se había lavado la cara,

y el verdor y el agua,

y los oasis.

 

Las callejuelas húmedas

escondían tienduchas minúsculas

y talleres primitivos. Vimos

niños sin edad hilando interminables

alfombras, viejos decrépitos que vendían perfumes,

sonrisas y zalemas, y guías,

y mendigos.

 

Descendimos aún más.

Vimos el  zoco de los curtidores

con su olor nauseabundo,

el de los ceramistas,

exótico y barato,

y el de los herreros: te compré,

como alianza de amor, una pulsera

de bronce con incrustaciones de plata:

motivos vegetales para tu sonrisa

de yedra y yerba.

 

Con tu pulsera

y mi alianza, te querré siempre,

nos abrazamos; temblando visitamos

la escuela de letras coránicas,

la tumba del gran profeta,

donde las jóvenes morillas imploran

amores ventajosos o venideros.

Te ofrecí la araña de mi pecho,

los mares de mis ojos, para siempre,

y sin abluciones,

sin descalzarnos los pies, sin rezos,

me dijiste que sí

con un beso.

 

Descendimos al corazón

de Kaz el Malí, para encontrarnos,

y nos perdimos. Tú querías

volver sobre las huellas de los pasos

y visitar de nuevo el palacio

del sultán, matarlo; yo insistí en regresar

al coche por el paseo de palmeras

que rodea la universidad.

 

Jóvenes estudiantes memorizaban

sus lecciones, como nosotros mismos

en tiempos sin recuerdo: tal vez

también soñaran con países lejanos

en recónditos lugares. Tú sabías

que los sueños se tornan extraños

cuando se materializan: ignorante,

me urgía conocer tus arcanos

y llorarte.

 

Te ofrecí la araña

de mi pecho, los mares de mis ojos,

para siempre, y sin abluciones,

sin descalzarnos los pies,

sin rezos, me dijiste que no

con un silencio.

 

Descendimos al erebo

en la medina de Kaz el Malí.

Solo en el Gran Hotel te lloro,

porque el amor es frágil

como un hilo, porque te perderé

si Asterión no muere violentamente

en su laberinto.

 

 

REFLEXIÓN EN TORNO A PIEZAS PEQUEÑAS

 

A Sara

 

De niño me dieron un mundo de madera

-sus piezas encajaban con precisión artesanal-

y yo aprendí, sonrisas de mi madre a un lado,

a acertar la forma y el volumen correctos

en el ensayo del error, primero,

y el éxito después.

El mundo era un conjunto

de pequeñas piezas sin fisuras,

todo estaba medido, calculado,

imposible perderse tras memorizar el orden,

imposible fracasar conociendo las leyes.

 

El mismo mundo, de carne y de pecado,

me dieron de mayor con más excusas

-ya no estaba mi madre, nada me sonreía-,

y las piezas no encajaban apenas

en los huecos vacíos de mi rompecabezas.

El mundo era un conjunto de fisuras

que apenas si se unían con un beso tardío,

piezas desfiguradas por un dios vengativo.

Imposible el éxito siendo una pieza rota,

imposible aplicar las leyes memorizadas

en la infancia a un paisaje inexacto,

bosque del fracaso primero

y bosque del fracaso final.


 

 

MATEMÁTICA DEL DESEO

 

¿Y para qué, me pregunto,

cursar un doctorado en algoritmos,

buceando en la bibliografía

al acecho de un error en la teórica

o una falla en la formulación del corpus,

si luego naufrago por la noche en tu cama?

Y no sé calcular la distancia de hielo

que separa mi cuerpo de tu cuerpo,

si la velocidad es cero en el trayecto

que va de mi deseo a tu silencio.

 

Los números precisos,

su constitución en ecuaciones,

en logaritmos neperianos,

no resuelven, no pueden resolver

en su complejidad el enigma del fuego,

corazones que no estallan

en llamas pirotécnicas, sensuales.

 

Construir puentes,

abrir ventanas,

franquear puertas, mandar besos cifrados,

gestos de buena voluntad

para comunicar mi mundo solitario

con tu universo esquivo y extraño.

Donde los números no sirven,

invierno donde todos los silencios

se han quedado colgados del calendario,

numerados,

muertos...

 

 

LOS OJOS DEL PESCADOR

 

El ayer son las tardes de impreciso color sepia.

Bajo su cielo nostálgico,

los erales pastando por el pazo,

el aroma agreste de la hierba fresca,

y su madre, sobre todo la madre

envuelta en el turbión de masa y leche.

El ayer es tierra adentro,

fuga hacia lo alto.

 

Hoy la quimera viste un traje azul marítimo.

Entre sus pliegues, los bancos de sardinas

esperan su sentencia en nasas ambiciosas

y el océano huele a lonja,

a la sal del salario,

con su tiranía de vidas y muertes ahogadas.

Hoy esperan unos ojos de mujer morena

en la ventana encendida del puerto.

 

Mañana cerrarán sus ojos verdes en lo oscuro.

Llevará prendido el perfume esenciado de la madre,

el ámbar sensual de la mujer del puerto,

y en las retinas, el perfil perla de los acantilados,

el grito corrosivo de las gaviotas,

el oleaje sembrado de ondinas y sirenas,

y el amor del fuego, que curó las heridas

y le hizo padre, abuelo luego.

Mañana el mar, con su perfume de sales

y vidrieras, embalsamará las redes de su corazón,

y atará el amor de sus puntos cardinales

al vaivén pleno del agua en la marea.

 

 

 

PEDRO JAVIER MARTÍNEZ


Nació en Dolores, Alicante, España (1932). Poeta, narrador y periodista. Por consejo de Dámaso Alonso se traslada a Barcelona, donde se licencia en Interpretación en la Escuela Superior de Arte Dramático (Instituto del Teatro) de la Ciudad Condal. Tras una breve etapa artística en la que hizo teatro bajo la dirección de Adolfo Marsillach y Enrique Álvarez Diosdado, rodando también cinco películas, abandona, se matricula en Periodismo y entra a trabajar como periodista en el Diario "La Vanguardia Española" y en Luis de Caralt, como editor. De esta época son sus primeras publicaciones: "Negro: poemas a una novia muerta", "Tú, en mi mano derecha", "Hay una paz que espera" y "Las luces del crepúsculo", de poesía, y "A la sombra del sauce", de narración breve. En la actualidad reside en el pueblo costero murciano de Águilas, frente al Mediterráneo. Es cofundador de "El Ateneo aguileño de las Artes y las Letras" y del "Grupo poético Espartaria". En estos últimos años ha publicado "¡Padre, enséñame a ser corrupto!", astracanada en seis cuadros y en verso sobre los tiempos políticos que le ha tocado vivir, "Poeta en la cocina", singular recetario de cocina mediterránea en hermosos sonetos endecasílabos y "La obscena irrealidad de los espejos". Ha obtenido recientemente el VIII Premio Internacional de Poesía "Ciudad de Torrevieja" con su poemario "Jinetes de lo impuro" publicado por la editorial Aguaclara. Muchos de sus cuentos y poemas se hallan recogidos en diversas revistas y antologías.


 

 

Esto de escribir versos
es un lastre que arrastro de la infancia,
como el que nace ciego
o le toca la china
del síndrome de dawn.
Ya véis, este milagro
de amasar pan sonoro con palabras,
no goza de ningún predicamento
en el mundo en que vivo.
Posee la ingenuidad de lo que nace
naturalmente;
y a veces me pregunto
si fue, quizás, antojo de mi madre
mientras leía a Bécquer
en estado de gracia
a la trémula luz de las estrellas.

              .....


En esta dimensión me llaman Pedro
y sé que mi destino es la palabra.
Tuve padres honrados que infundieron
la rectitud, cual norma, en mi conciencia.

Gozo de la amistad, como un tesoro
que cultivo y que mimo, inapreciable,
y el amor de mi esposa me ha colmado
con creces, ilusión y expectativas.

Tengo esa edad en la que se resumen
las tópicas preguntas trascendentes:
¿quién soy, cuál es mi cuna, a qué me enfrento...?

Pero la mente es tumba clausurada
y sigo aquí, en medio de la vida,
intentando aferrarme a la cordura.

 

De "La obscena irrealidad de los espejos"

Yo malvendido. Yo crucificado
en esta carne innoble que me pudre.
Frente a mí las marías, expectantes,
con la inutilidad de sus lamentos.

Yo naufragado siempre, a la deriva
en esta mar de dudas y bajíos
en que vara mi nave el hipocampo
de una Circe que traba mi destino.

Yo sin Ítaca, inerme, sin Penélope,
intentando rasgar lo impenetrable
pero atado a mi cruz, como una trampa
donde expira el ratón de mis urgencias.

               .....

Tantos afanes, tantas sinrazones
almacenados en el corazón
mientras corren los días desbocados
de nuestra juventud
atropellando al aire y la cordura
y, llegado el momento
de la verdad,
he de reconocer que es una estafa
mi vida, que no hay metas
ni retos conseguidos,
sólo sueños quebrados
como cristal.
Así es de insolidaria
esta cárcel de tierra
infértil
en la que estoy muriendo.
Proclive únicamente
a una letal cosecha
de voraces y sórdidos gusanos.

 
 

De "Jinetes de lo impuro"

Estoy pensando,
que si muevo esta pieza
y tú, luego, a la reina
la haces bailar un chotis en el centro
de este frágil tablero de mi vida,
cantarías de pronto jaque mate
y darías al traste con mis sueños.
Así que me reservo
y me como tu torre de un bocado,
sabroso ¡vive Dios!, y hasta la poma
frutecida en el arco prebarroco
entre tus dos columnas de alabastro.
Es una villanía, lo confieso,
sorprender tu descuido
y abrir expectativas
a este juego de amor que nos engancha.
Cansado de esperar y de enrocarte
muevo el caballo al frente y te propongo
que matemos al rey y nos fuguemos.
Tú, encendida en rubores, presurosa,
me mandas un peón afirmativo.
Y con mi alfil de luz doy jaque-vida.

  

De "Aventando recuerdos"

Ha de llegar el día
en que ninguna cosa de este mundo
pueda seguir anclándome
al barro cuarteado que me ciñe.
Ni el amor que te tengo,
con ser lo más sublime,
logrará detener esa embestida
de la impúdica dama de las sombras.
Me iré sin volver la cabeza
a cuanto ha sido el centro de mi vida,
sin aspavientos, manso,
como el que asume, dócil, su destino.
Y en ese postrer viaje
transportará mi mente tu recuerdo,
el perfume incitante de tu almohada,
tu estremecida boca...
Y así se escribirá mi último poema.

                 .....

Esta estampida
de golondrinas. Este
batir de alas en la tarde
urgiéndole a tu pecho primaveras
y orillando el amor de terciopelos.
Vuelven a tu balcón, regocijadas,
hambrientas de tus nidos, que rezuman
las mieles del otoño.
Vuelven a tu calor, recuperando
las tibias oquedades de tu cuerpo.

 

De "Efímero fulgor"

A qué negarlo... Busco.
Como un perro de presa, entre las dunas
de mi desierto, busco.
Desesperadamente, busco
tu oasis emboscado,
tu manantial recóndito,
tus dulcísimos dátiles.

A qué negarlo... Busco,
como el oso hormiguero que olfatea
en la tierra agrietada.
Ávidamente, busco
tu acompasada brisa,
tus palomas torcaces,
tus praderas azules.

A qué negarlo... Busco
la huella de tu paso que encamina
al resguardo vital de tus apriscos. Te busco siempre a ti,
enloquecidamente ahíto en plenitudes.

 

De "Rastreando tus huellas"

Dorado cascabel de terciopelo,
corazón luminoso y sonrosado,
venturoso sagrario perfumado
con delicias de aurora y caramelo.

Hermano de ciruelas, y gemelo
del néctar, por las bocas codiciado,
rayo de sol en carne substanciado,
razón y sinrazón de mi desvelo.

Oro viejo tu piel, oro tu pulpa,
compañero entrañable de mi infancia,
cuando me regalabas tu abundancia
en el mordisco avaro que hoy me inculpa.

Te permanezco fiel, ya de por vida,
melocotón, fragancia desmedida.

 

De "Poeta en la cocina"

 

 

 

SANTIAGO MONTOBBIO


Nació en Barcelona, España (1966). Poeta y narrador. Licenciado en Derecho y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Profesor de Teoría de la Literatura y Crítica literaria de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Publicó por primera vez como escritor en la REVISTA DE OCCIDENTE en mayo de 1988 (Madrid, Nº 84). Su libro Hospital de Inocentes mereció el reconocimiento de ilustres autores. Cabe destacar, entre ellos, los testimonios de Juan Carlos Onetti y Ernesto Sábato. Ha publicado también Ética confirmada y Tierras (Francia, 1996). Sus obras en prosa se han editado con frecuencia en EL NORTE DE CASTILLA (Valladolid) por decisión de Miguel Delibes. Ha sido traducido a varios idiomas. Ocupa la Vicepresidencia de España de la “Association pour le Rayonnement des Langues Européennes” (ARLE), de Neuilly-sur-Seine, y es corresponsal en Barcelona de su revista EUROPE PLURILINGUE, que publican las Éditions Université Paris 8 (París).


 

 

EL TEÓLOGO DISIDENTE

 

No existe la muerte, no ha existido nunca.

Aunque bajo su amenaza haya vivido el hombre,

en su mentira, no existe la muerte, no existe,

y si adivináis tras la luna el exacto rostro

de la ausencia, si con olvido miráis

la pupila oscura de la espera

entenderéis que no existe, que de verdad no existe

y que cómo iba a existir ella y qué nombre

hubiéramos podido darle entonces a esta tierra.

 


BIS

 

Es la historia de siempre y también

en la que hay más enredaderas: una vez

nos dieron la tierra, pero

como nos dio la sensación de que no era

sino otra forma de engañarnos y hacernos perder

el tiempo entretejiendo

la ilusión de que algún día

íbamos a poder hacer algo con ella

dejamos que se nos muriera.

                                             Sin llegar siquiera

a ser un inútil consuelo nos queda

la literatura como forma

de tomarle el pulso a las miserias.

 

 

TODA HISTORIA

 

Toda historia es simple y se me olvida.

Quizá me fui a tomar café, quizá la amaba

y me perdí entre jardines de piernas esmaltadas

que fueron juncos trenzados de palabras

y después retama que mi lengua de trapo

había hecho trizas. Quizá fue el amor,

quizá el café, tal vez la noche. El recinto

sin madrugadas, con sangre y lunas rotas,

el recinto, el barranco de dientes oxidados

o el valle de hojas de afeitar dulcísimas

no hería o no existía. Quizá fue el café

o fueron sus piernas, o quizá la amaba.

Toda historia es simple y se me olvida

en las axilas de mi ciudad tristísima.

Sabedlo ya: mis ojos no se acuerdan de qué miran.

 

 

EL ANARQUISTA DE LAS BENGALAS

 

Yo soy el anarquista de las bengalas,

el anarquista único, el que permanece y pasa:

he tenido nombres en los que dormían las frutas

de los corazones raros. A todas horas trabajo,

y en especial cuando la gente afirma

que no hago nada. Sé lavarme el alma

sobre papel y nada, colocar bombas de relojería

en las ciudades que siento en las espaldas,

buscarle y con olvido las cosquillas a un amor

que prefiguro con distancia y a través de todo eso

seguir estando en todas partes habiéndome

marchado.

                 Porque yo soy

el anarquista de las bengalas. Cada vez

que enciendo una tu corazón

y mi corazón se apagan.

 

 

¿DE PARTE DE QUIÉN?

 

En nombre de Dios abandonamos las señales en el aire.

Nos quedaba el vivir, el vivir sin trabas,

en nombre de nadie. No apostamos por él

(nosotros, jamás apostamos), pero éramos jóvenes

o tenían aún luz las palabras

de unos versos extraños

que el corazón cifraba.

La tarde era una niña a quien abrazábamos

riendo en la mañana falsa, y el alcohol

y su excitante plata, que luego fatiga y araña,

nos hacía andar sin camino, mas fuera de prisa.

Era dulce no tener principio y menos aún destino.

Era dulce estar en el aire, atravesar el tiempo,

ser el vivir que no sabe o sólo nace

cultivando cuerpos que dormían como naranjas buenas

tras los ojos.

                    Pero llegó la noche, última, terrible y sin aviso,

para segarnos las miradas y del amor dejar asfalto.

Fueron las ciudades un insomnio y cualquier alma

se hacía pequeña en sus estanques. Adiós y sangre,

adiós continuo los gestos, los verbos y los días.

No teníamos nada: ni cornisas torpes, ni palabras caducas,

sólo ciudad e insomnio, un cartón sin colores

para recortarnos en él y no tener padre.

Entonces mordimos el cartón y miramos al aire.

Qué buscábamos pájaros muertos lo saben:

un olor de mañana sobre una risa afable.

Quizá no debíamos, nosotros, los perdidos.

Pero lo hicimos, e intentamos que una lluvia volviera

sobre las derrotadas estancias, y para vivir nomás,

para vivir sin tener que hacerlo en nombre de nadie.

(Hablo en plural para fingir no estar tan solo,

o quizá es que en esta noche ya soy todos).


 

 

LO DIJO EL POLICÍA

 

Las memorias se venden bien, pero su precio oscila.

Depende de si guardan árboles, lagos, travesuras de infancia,

columpios o lunas, algo que se llamó ideales

y también amores, abuelas tiernas, huesos, frutas.

Sí: los sueños ya suben mucho, y sobre todo algunos.

Y para poco gasto tenemos las de algunos que sólo cuentan

tiempos perdidos y que a los sumo fingen

llagas de sombra con rostros de tarde o de tortuga.

Nada es. Pero alcanza a cualquier bolsillo.

Yo ya siempre lo había dicho: las memorias

de los poetas castrados

nunca valdrán un duro.


 

 

 

EL MENDIGO

 

Al pie de una cuesta olvidada o llovida,

al pie de una ajena infancia acaso, detrás de la tierra

y muchísimos años después de que tuviera nombre todo

olvidado o llovido sólo pide en su entierro el mendigo

que en monedas le sean dadas las limosnas, pocas o muchas.

En monedas. De cobre o de espanto y, a veces, con el sonido

de los abrazos perdidos, en monedas siempre, en monedas raídas.

 

Pues si alguien se olvidó de los relojes

y otra noche aquí aún llega

se las pondrá en los ojos, para no ver,

una por una. Para no ver -noche vacía-,