Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 



 

POETAS NICARAGÜENSES

 

ANA ILCE GÓMEZ


Nació en Masaya, Nicaragua (1945).  Poeta y periodista.  Autora del poemario, Las ceremonias del silencio (1975). Pertenece a la generación de poetas de los años 60.  Su obra es breve pero intensa.


  

 

LOS SIGNOS DEL ZODÍACO

 

Febrero con su signo es tan sólo Piscis en el seco

Zodíaco.  Día de sequía para la boda en vísperas.  Para

Vallejo y sus novios ponientes de la tierra oh los fuggite

amanti y la Maja inviolata violada bajo el signo de

Febrero.  Las palabras se quiebran.  No nacen nuevos hijos

y es mala seña eso de que los novios se hayan retirado

a mil años so pretexto de que el óvulo terso y que la

hendida cáscara.  El día se termina.  Vase a dormir el

niño que fluye  cojo a la vergüenza de los años.  El novio

advierte el aire de traición con que le sacan puntas a su

tuerca; la novia boba por la otra realidad, cuelga su

pobrecillo vestido hecho una lástima.  Más allá.  Tras

de la noche óyese el ruido del martillo, la mortaja y el ronroneo

claro de la muerte caída sobre Piscis.  Pero el pasado

es un cubo de cenizas y hay que coger la pala para que

siga multiplicándose la especia.

 

 

ENCUENTRO

 

Esta tarde me he encontrado con la muerte

caminando como si nada.

Nos cruzamos miradas puntiagudas,

que llegaban al alma.

Ella altanera, yo humildosa

le mostré mis rodillas canceradas

mi sombra coja

mi vestido de novia ya vestido.

 

Ella sonrió y me dijo

que ése era el aguinaldo de mi tuerce

que el de ella ya vendría.

 

 

CARTA

 

Recuerda amado cuando nos conocimos

bajo la gran sombra del Palazzo Corvais, frente

al gris remolino de la vida del Corso; recuérdalo.

 

Recuerda cuando música, pantera, amante, dueña del amor,

yo clavaba mi ojo en el tuyo

y no había pie entre nosotros de distancia.

 

Recuerda las idas y las venidas, las vueltas y revueltas,

y el amor subiendo y bajando.  Y nada más

(cuando yo era para ti,

como aquella lejana dulce muchacha de Brest).

 

Recuerda de todo esto.  De todo eso que se quedó

aquella mañana en la cruel terminal de Reggio,

la dulce marejada que nos llevaba,

la que nos traía,

            el agua mansa,

el Líbrame Dios.

 

 

CALLE DE VERANO

 

La tarde seca arañando los tejados.

Dos niños que brincan en medio del remolino de polvo anaranjado.

Una sombra como de anciana que pasa

dejando un viento de tristeza.

El tiempo transcurre.

El alma que se pone del color de la tierra.

La tarde que se encorva como un arco

por donde pasan los niños

tomados de las manos de sus madres.

La lluvia que nos cae.

Sólo la cal del aire que blanquea las sienes.

Sólo el fuego que penetra en la sangre y que tiñe

de amarillo los ojos.

Sólo la vida como un animal muerto

tendido bajo el cielo.

Y el sol secando al aire las médulas cárdenas del tiempo.

 

Y el viento lúgubre, estepario.

Y los pasos pesados.

Y los niños ya viejos regresando bajo

            el arco de la tarde.

Y la piedras.

 

 

EL OTRO DÍA ESTÁ AQUÍ

 

Nadie diría que hemos envejecido.

(Nadie sabe cuánto tiempo ha pasado).

Él, todavía tiene cabellos oscuros

en las sienes, aquellos cabellos largos café negro

que como cortinas le caían en la frente.

Es joven.  No parece un hombre de 50 años,

ni yo una mujer de 45.  Ayer

por la calle alguien me preguntó

por nuestros hijos.  No los tenemos.

Sólo tuvimos un precioso jardín con la estatua

del Dalai-Lama en el centro

y una fuente en la que él y yo nos

asomábamos, con el agua clara formando pequeños

remolinos que giraban

hasta hacernos perder la cabeza.  Por allí

pasaban el verano y el invierno.  El polvo que

venía del norte diciendo cosas tristes

y luego los charcos que se secaban, recordándome

sus años y los míos.

 

Hoy, quizá un trofeo de caza vale más para él

que un beso mío.  Yo me he retirado de aquel

dulce paisaje de la vida.  He olvidado la

suave cortina de sus cabellos cayéndole en la frente,

y por al antiguo jardín miro pasar las densas

polvaredas –es el oro-, me digo.

Y luego los charcos que se secan –es la edad-.

 

¡Ah! pero yo fui una chica de 20 años que

plácidamente soportaba el amor y el tiempo.
 
 
 

MARTA LEONOR GONZÁLEZ


Nació en Boaco, Nicaragua (1972).  Poeta y periodista.  Ha publicado el libro de poemas: Huérfana Embravecida (1999).  Fundadora de la revista literaria “400 Elefantes”, la cual edita y dirige.  Actualmente es coordinadora del suplemento cultural La Prensa Literaria, del diario La Prensa.


 

 

RECUERDOS DE MADRUGADA Y MADRE

 

En mi cama está la madrugada,

el café amargo de anoche,

las peleas de mis hermanos,

risas y aplausos de mis enemigos.

Está mi madre junto a la ventana abierta

sintiendo el vientecito,

mirando cómo ordeño la vaca

y su cola golpea mi cara

gritando que las gallinas se recojan temprano

y los perros vigilen la casa floreada.

Recostada con su mano en la barbilla

recuerda mi fragilidad del primer día

mis dolores de oídos no curados hasta los veinte años.

La madrugada sentada en mi cama

acompaña a mi madre en su ventana,

la miro y beso como a una hija.

 

 

DE LOS DÍAS QUE ROMPEN OTRAS MUERTES

 

Aquel hombre de veintiocho años

fue a la guerra,

no tiene corbata roja

ni marca tarjeta con la intención de adular

en la mesa que comparte.

Muchas veces la montaña

miró sus pies podridos,

el cuerpo húmedo y lodoso,

la mochila desgastada,

bayoneta en la mano herida

y en la desolación

la fiel lata sin etiqueta de carne estofada.

 

Junto a él

la muerte caminaba paciente,

por los alambrados, en las riberas de los ríos,

bajo los árboles.

 

Alguna bala maldita

rompió en la sangre de su brazo izquierdo.

Allí la solidaridad era opaca y de piel fría,

la palabra compañero

era efímera para los revolucionarios.

 

En la montaña se desvanecía su juventud

y aquel hombre que en 1986 aún no conocía.

 

 

HOMBRE DE LEJOS

 

No te mueras con los ojos llenos de lágrimas,

la manera ridícula y juguetona de llamarme niña,

cuando pases la mano por mi cabeza, no sobes

con aliento de padre que se muere, sólo dime:

vergüenza ven a buscarme en abril tedioso,

en diciembre de árboles navideños polvosos.

El desamor de aquel hombre que muere,

que llama hijos, madre y no encuentra plato, vaso,

sólo cama revuelta de mierda y orines.

En el cuarto oscuro extiende la mano y grita

golpeando el biombo cubierto de papel.  No jures

que a las 12:00 vendrás a buscarme con la cara pringada

de lluvia y las botas sucias de lodo.

 

 

MARIPOSA QUE DUERME EN LA CIUDAD SIN SUEÑO

 

Después de trece años encontré la mariposa

el regalo de mayo,

aplastada por el peso de las páginas

que guardan el olor a libros viejos,

sus alas desprendían un polvillo negruzco azulado,

mezcla de tipografía y papel amarillento,

sus ojos fijos tenían la ausencia del amante

y de aquellas tardes en jardines y basureros

donde repentino el amor se hacía grito.

Vive en los abismos de hombres

empañados como espejos el desvelo de los poetas,

la rabia y el miedo que los ataca como alacranes de selvas,

se desvela y sueña con la generación que no conoce,

mariposa negra que reposas eterna en la ‘ciudad sin sueño’

escrita en el puente de Brooklyn de New York,

mariposa que ciñes tu ojo

cuando el anochecer enciende sus pequeñas luces

y deambulamos perdidos en la ciudad

donde nadie duerme. 

 

 

1985: DIEZ AÑOS DESPUÉS

 

El corazón está en mis manos

dice: lentitud de vida corre por la sangre,

los restos de esta tarde se irán conmigo,

mi mañana la guardarás entre tus ojos

como dos lágrimas puras de invierno,

las venas se enfriarán como vigas de cemento

opacas de naturaleza.

Y recogerás ese corazón que una vez dijo:

hija, madre, niño, taxi, avión, caballo,

rosas negras y blancas en un jardín

que nunca recordarás.

Y como días en tu bolso lleno de alfileres

se guardarán la risa, las manos, tu silencio.

Y aquella barba que afeitabas muy bien los días

de mis cumpleaños.

 

 

 

ISOLDA HURTADO


Nació en Granada, Nicaragua (1958).  Poeta, socióloga, diplomática y traductora. Es graduada en la Universidad de Nueva Orleáns, Estado de Louisiana, EE.UU.  Residió en Uruguay por algún tiempo. Ha publicado los libros: Silencio de alas (1999) y  Florece el naranjo (2002).


 

 

DE LA DERROTA

 

A carcajadas esculpía

su amor en los sueños

hasta extinguirse

como el fuego en el agua

su imagen.

 

 

BARRERA Y ATABAL EN 1º DE AGOSTO

 

Basta una palabra para estallar la pólvora

entre repiques de campanas

           

        Multitudes apretadas en oración y alcohol

        danzan al santo en el sol

 

                  Son de la tarde suena largo

                  cuando sale el toro montado

                  en otro bravo

 

risa en rojo tiñe el asfalto

entre sirenas

 

cunde el pánico del rayo sin trueno

entre grietas la alegría duerme y no despierta

 

en espirales sube el humo de los cohetes

 

   a lo lejos nadie mira

                 y se olvidan.

 

Sierritas de Santo Domingo

Managua, 1998

 

 

PAS DE DEUX

 

Al doblar la esquina en el inmenso mural, corría

la niña vestida de ballerina en las Sierras del Jicarón

huyendo del mono horrorizada del animal que chillaba

tras ella herido, rábico; segura muerte en el lodo pintado.

 

Ascendente, mantenía intacta su estrella; la gracia

elevada en su mano y la curvatura de sus pies

presentadas a la luz de la luna.  Las mañanas frescas,

soleadas convidaban a la figuración de personalidades

disfrazadas que jugaban entre el verde.  Bajar del árbol

sin rasguños fue siempre un reto. Subirlo, la aventuraba

a buscar huellas de nidos entre sus ramas; leyendas

evolutivas en los anillos de su tronco.

 

Asombrada desde la colina divisaba el guindo

y sus alrededores prolíferos de fauna reptil bajo guirnaldas

de abundantes florecitas vecinas de caimitos, moras,

pijivalles y tronadores frutos que saboreaba al silbido

del viento mientras llegaba la hora de satisfacer

el balance adulto de las cosas entre la jocosidad y el

temor a la reprimenda de no tragar la ensalada

en vinagreta del almuerzo en casa.

 

Por las tardes, levantaba el polvo en briosos

caballos provocando ladridos de perros flacos

por caminos que aún ocultan enanitos descalzos en el cielo.

A la tenue luz del candil arreciaba la lluvia, el frío,

el silencio.

 

 

FLORECE EL NARANJO

 

Es hora de prolongar el ritmo donde reposas silencio

crear vértigos

            tal vez el horror

afilar la ironía

            morirme de risa de mí misma

acariciar los bordes del mutismo a pura palabra.

 

            Al sol lo oculta su luz cada amanecer

en el tiempo mi espacio se agranda o disminuye

                     y mi amor enloquece

 

Las palmeras se agitan altas tras su fondo verde

las hormigas en fila disponen bajitas

faenas largas en corta vida

mas ni alta ni larga es mi espera.

 

Al labrar la tierra perfilan un sabor agridulce ciertos frutos. Sí.

Así las horas pálidas de espanto me enternecen

hasta explayar mis ansias sobre las avenidas

donde posa la tristeza.

 

Allí todo es mío y nada tengo

florece el naranjo

cuando el polvo barre la tarde.

 

 

RÍOS

           

(I)

 

Un brillo tenue perfilan los acantilados

corre agitado el río

ríen blancas pasajeras en el azul

            un venadito mutilado sobre la roca

            rondan los buitres

un croar anfibio brinca de piedra en piedra.

 

Rema el pescador rema contracorriente

donde habitó quedaron granos desperdigados sin aves al partir

 

            el canto del gorrión muy dentro.

 

(II)

 

Una silla al pie de la ventana

redobles de tambor

¡Federico no vuelvas la vista!

reposa el llanto

franco… Lorca

            te van a fusilar…

 

Ciega Jorge Luis la luz

            ¡bárbara! Borges

                      Chaplin sonríes mudo conmigo en la pared

Carlos Martínez Rivas ¡pon! ¡pon! ¡pon!

la corriente ¡la puerta va a derrumbar!

 

A ras del cielo el espinazo Vallejo

¡crucificado!

¡anchos pasos adentro Joaquín!

parecías mi tío entre el gentío

y las cosas al río íban…

 

Alta la marea Saint-John Perse

“la espuma todavía en los labios del poema”.

Marcada piel tras hondas leguas de la isla al continente

ardía el agua Aimé Césaire. 

 

Cósmico Cardenal físico cuántico Ernesto dialéctico

            ¡Cantamos!

Resplandecías el mediodía Ernesto Mejía Sánchez

lírico intrínseco Fernando relatas Silva lingüístico diálogo

irreductible poeta ¡tu río!

 

Drástica súplica trágico cómico tríptico vivido miserere Pessoa el navío ¡Ay!

            Vicente  Altazor el río  Huidobro

            Bástame la rosa de Gertrude Stein en tierras baldías Eliot

el instante ¡salamandra! Octavio

            la palabra sola como nosotros ¡Paz!

en el paraíso perdido Milton

idílica mirada ocre barro epifanía ¡Pablo Antonio Cuadra!

 

 

Lánguida Alfonsina agitado el mar estaba…

¡Magistral! Gabriela liana entre los Nobel

Juana Inés ¡tu Amantísimo!

Teresa ¡santa señal: el amor!

 

Mi sombrero de alas

una playa desierta tomados de la mano

            una gota de lluvia…

 

Rubén tenor soprano barítono del blues

Darío ¡Triunfal!

 

           Caudalosos ríos al mar…

 

¿Por qué te fuiste José? Mi padrino de Bodas

íbamos a sentarnos ¡Coronel! a mirar correr el río con la María…

¿Recuerdas la tarde cuando la tienda de malaquita

brillantita brillantita se enllavó?

Los comensales esperaban

llovía cuando la fiesta con listones de colores siguió

miraron hacia afuera y hacia allaaáa adentro

cada quien puso su letra donde quiso

 

Así reímos

            lloramos

                        ríos

sedimentos

 

 

 

DANILO LÓPEZ


Nació en Managua, Nicaragua (1954).  Poeta bilingüe, arquitecto y administrador de empresas.  Ha publicado los libros de poesía: Antología de la tarde (1991), Génesis y Otras Fantasías (1993) y God, Woman and Country (2000).   Como antólogo publicó Eleven Nicaraguan Poets in the USA (1996). Reside en Miami, Florida, EE.UU. desde 1985.


 

 

OLOR DE LIRIOS

 

Cuando muera, entiérrame con mis objetos más queridos:

los poemas que escribí cuando tenía trece años

las ideas para cuentos   que un día contaré

los resúmenes de novelas que un día escribiré

el ombligo de Reima Aleksandra y su etiqueta de hospital

la diapositiva de Abuelita reinando desde su mecedora

el libro portugués sobre estrategia que nunca pude leer

el fósil de alga marina que Gabriel encontró en el patio

el libro Rosacruz de los Orígenes para nunca olvidar la Verdad

la foto donde tienes 25, un rifle en tu mano, una rosa en tu cabello

el primer par de lentes de Kristel, rotos y pandeados

la copia de los Diez Mandamientos que mamita me envió con las cartas de papito

el único arete de Danibel, sus dibujos, su dulzura.

 

Cuando todo esté listo para encerrarme

lanza la Cruz de Palma que teníamos en el dormitorio

y el beso remoto que me diste en el aeropuerto

la primera vez que me marché.

 

 

EL BESO

 

Sus ojos negros te hipnotizan.

 

En un parpadeo eterno ves como:

            las moléculas de A.D.N. se aglutinan

                        en el caldo para formar la

                        vida física inicial.

            En el plano intemporal la

                        Mente de Dios sonríe.

            Noé suelta la paloma avizora

                        que más tarde vuelve con la

                        Rama de olivo en el pico.

 

            El buen ladrón teme y

            un terremoto anuncia la muerte del Mártir.

            Un sinnúmero de flechas

                        susurran sobre el yelmo

                        de Rodrigo Díaz de Vivar y

            Cristóbal pone un pie en América.

 

            En una isla ajena

                        un ex-conquistador francés

                        languidece envenenado y

            otro, alemán, morirá carbonizado.

            Un niño grita silencioso en

                        los hornos de Auschwitz

            y un proyectil se clava en

                        el kibutz reciente.

 

            En las montañas de Dipilto

                        un indio cae herido

            y un astronauta solitario

                        ve surgir ángeles tras la Luna.

 

En ese mismo instante

la Realidad cesa y

empieza la fantasía

            de soltar

                        sus labios.

 

 

MUSA RAELIANA

 

Cada pareja encuentra su camino hacia ojos y labios.

Tratemos un tercer lenguaje,

un susurro, una caricia.  

 

Pequeños pasos nos muestran la ruta:

Cinco haciadelante, uno haciatrás,

un salto, un león que espera, cazando.

 

Alimentas tu cuerpo.

Rotondas desparramadas en tres círculos.

Abierta sobre la cama

compras un aceite erótico.

 

(el perro del pintor

sentado a la piscina,

las compañeras de la sobrina corren

por la acera, su amiga:

una torre en la mesa vecina,

la clienta de al lado me toca de lejos

con sus pestañas)

 

Ahora sos vos quien llena estas tardes,

un cubo de hielo se derrite en mi ombligo,

una sensación de levedad curvea el aire.

 

Acción es cuando el cuerpo abandona

a la mente y tus brazos caen sobre mí

como algas en el mar de mi piel.

 

Acción es cuando mis labios re-descubren

tus hombros, cuando un abrazo

completa ese rito, cuando sonríes

esperando en el dintel

y me abres las puertas a otra dimensión.

 

 

TERRA INCOGNITA

 

Nací en otra ciudad que no es Miami

donde había un barrio con calles de tierra y perros que vagaban en pandilla;

vacas grises y carretones tirados por mugrientos chavalos

 

Había mendigos ciegos y cojos

y merodeadores de sirvientas en los patios traseros;

un cauce lleno de agua

e inmundicias y casitas de tabla al borde del descalabro

 

Había un vendedor de periódicos

con chelines en la bolsa de cuero

y muchachas descalzas con

panas de tortillas en la cabeza;

un afilador de cuchillos

y un panadero gordo, que circulaban en bicicleta

 

Había un vecino con una hija retardada y otra casada;

cerdos que se revolcaban en el lodazal

y un poeta que soñaba con Víctor Hugo

 

Había pulpe