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En el valle las noches de invierno son tan cerradas, que al caminar
por las calles del pueblo tiene que guiarse por el contacto de las
suelas de los zapatos con la arena gruesa del camino, "en cuanto que
me salga de él sentiré al pasto bajo mis pies...". Cuando llega a la
esquina, al dar la vuelta a al calle, únicamente la luz mortecina
del porche pequeño lo aguarda para guiarlo en esos escasos cien
metros que quedan para llegar.
Las
falenas de cuerpo aterciopelado y los escarabajos gordos como nueces
renegridas, revolotean con torpeza, incansables, se estrellan con
horrible chasquido contra los muros, confundiendo el blanco con el
aire, giran alrededor de la lámpara del porche y de las lámparas de
caireles de las habitaciones, donde entraron a pesar e los postigos
cerrados y los alambres mosquiteros, giran, se queman las antenas y
se chamuscan las alas en las llamas de los cirios que confunden con
minúsculos soles, y caen pesadamente sobre la muerta. Presuroso,
alguien se ocupa de recogerlos de entre los pliegues de la mortaja,
y de arrojarlos al suelo rematándolos de un pisotón: suave crujido
quitinoso y una mancha pegajosa en el mosaico. Los bichos profanan
la ceremonia y el cadáver de la misma manera que las vecinas y sus
maridos circunspectos profanan el silencio y el dolor ajeno con sus
murmullos, pésames y consuelos tópicos y repetidos. Así es como se
van apoderando del duelo, como falenas velludas y pesadas
revoloteando en torno a la muerta.
Sentadas en la cocina, las mujeres se abanican el
rostro sudoroso y toman mate con tortas fritas, mientras se van
poniendo al día de los chimentos del barrio, que entremezclan con
las virtudes de la muerta que era tan buena y tan sufrida. Los
hombres, con una copita de anís en una mano o un pocillo de café
calentito y humeante, comentan el partido de fútbol del domingo
pasado, hablan de autos y cuentan chistes verdes; se desplazan de un
lado a otro cabizbajos, torpes, fingiendo respeto, caminan entre el
humo denso de los cigarrillos negros y se aflojan la corbata
dominguera estirando el cuello como garzas. De vez en cuando, se
acercan al ataúd como para cerciorarse de que la muerta no se ha
escapado.
Hiela, y el relente humedece su cabello largo. Lleva
las manos en los bolsillos, apretando bajo un brazo carpetas y
libros de texto. El cuello rodeado por una bufanda espesa. Atraviesa
la puerta cancel, cruza el jardín con un brazo en alto delante de la
cara, porque hay arañas que tensan hilos invisibles durante la
noche, de un lado a otro de los árboles y de las ligustrinas, y odia
sentir cómo las telas se le pegan en el rostro, y les teme.
Oscuridad y silencio son buenos síntomas. Todo se
encuentra tal y como lo dejó esa mañana. Lo espera su padre con la
cena dispuesta en la mesa solitaria, y con la misma respuesta de
siempre: "mamá sigue igual". Cambian algunas palabras y luego
permanecen en silencio ante los platos, cada uno enfrascado en sus
propios asuntos, pensando en ella con disimulo, porque pensar se
puede, los pensamientos son invisibles como los hilos de las arañas.
A veces discuten sin motivo: el clima es siempre tenso en la casa,
ninguno de los dos tiene los nervios tranquilos después de tantos
meses de esa invariable situación.
Cuando llega, por la noche, antes de cenar, se asoma
a la alcoba. Si ella está despierta entra y la saluda, la besa, como
siempre, y charlan de cosas triviales, a veces ella lo reta porque
él es mal estudiante, o porque lleva el pelo muy largo, o por esas
patillas tan modernas que le hacen la cara más chupada. No le hace
caso, y le recrimina su desconocimiento de la juventud, que las
patillas y el pelo largo están de moda. Y ella le cuenta sus planes
para cuando esté mejor y pueda dejar la cama "porque sin mí en la
casa no quiero ni pensar cómo debe de estar todo de sucio", planes
para el día siguiente, para pasado mañana, para la semana que viene,
para dentro de un tiempo "cuando esté curada y pueda volver a hacer
las cosas de la casa y atenderlos a ustedes, a vos y a tu padre, que
bastante trabaja el pobre para que encima tenga que hacer la comida,
lave la ropa y limpie el polvo. O para el año que viene, si Dios
quiere...", y él asiente y sonríe sin acertar a saber si en el fondo
les está tomando el pelo, o compadeciéndose de ellos o de Dios,
porque ella no se deja arrebatar: cada mañana resucita de ese
rescoldo de piel y huesos ardientes, y vuelve a encenderse para
abrazar su destino.
Al despedirse, ya en el porche, el médico les asegura
que está desconcertado, que tampoco él se explica cómo aún vive, y
conjetura fechas: no creo que pase más de una semana... como mucho,
diez días... Lo mismo dijo hace meses, y lo repite cada vez que
viene a controlarla, o las veces que lo llaman urgentemente, a las
horas más inoportunas de la noche, para inyectarle morfina y calmar
sus dolores.
Cada noche, cuando regresa de la ciudad, atraviesa
las calles oscuras guiándose tan sólo por el crujir de la arena bajo
sus pies. Cada noche silente y saturada de cantos de grillos y de
langostas nocturnas que arrullan la oscuridad, espera descubrir la
casa iluminada, el porche grande, que da al jardín, encendido.
Espera hallar los escarabajos girando desesperados por penetrar en
la incandescencia de las bombillas, las falenas simétricas de
terciopelo gris tachonando las paredes, y las voces y murmullos en
los porches, la gente umbrosa y furtiva, de rostros anodinos, con el
dolor y la resignación impuestos en el rictus de la boca y en el
timbre de sus voces. Desde hace meses tiene miles de "gracias"
aglomerados en la garganta, pujando por salir a responder a los
doloridos pésames, tiene el pecho predispuesto al abrazo, la espalda
a las palmadas de consuelo, y las mejillas aguardando los besos
húmedos.
Claveles y gladiolos se apretujan en los improvisados
floreros, los tallos se pudren y las flores se marchitan por el
calor y la atmósfera cargada de humo y sudor. Ella tiene un pañuelo
rodeándole la cara, como si a los muertos les dolieran las muelas,
para que no se le abra la boca y se le escape el alma como mariposa
hacia la luz de las velas. Esa costumbre que tienen los cadáveres de
querer abrirse delante de la gente, para mostrar su dolor cargado de
reproches. Dos monedas de un peso, enormes y pesadas, basta para que
sus ojos tampoco se abran; porque los muertos con los ojos abiertos
no lo están de verdad, y parece como si miraran desde la muerte,
recriminando en silencio que los hayan dejado partir.
Únicamente la luz amarillenta e insuficiente del
porche chico lo espera; es entonces cuando respira aliviado y oye
sus propios pasos sobre la arena del camino, como un crujir de
élitros aplastados. Ha pasado un día más, y ella ha vuelto a
burlarse de todo y de todos...
Después, llega la noche silenciosa y erizada de
sueños, la pesadilla de la cual despierta con los gritos en los que
pide que la maten, porque ella sabe que tiene algo malo metido en
los huesos, que la carcome, porque ya no puede aguantar más los
dolores; los pasos apresurados en las habitaciones y pasillos; las
llamadas al médico; y los sueños... los sueños en los que aparece la
casa iluminada en la noche fría, encendidos los porches, relucientes
y blancos, encendidos por el deseo de alejar la infinita pesadilla
que cada noche se reitera, que irrumpe enloquecida como falena en
busca del filamento incandescente, como geómetra sepulturera que
mide la longitud de la muerte, como escarabajo negro agazapado en
los rincones y bajo los muebles, pesadilla urdida en las telarañas
del jardín, tejidas con obstinación cada noche bajo el rocío helado,
dispuestas a rozarle la cara y atraparlo atravesándole los ojos y la
boca.
Pero él las evita interponiendo un brazo en alto, de
la misma forma que ella burla a la muerte queriendo abrir los ojos,
y mirar a través de las monedas de un peso, que oprimen sus párpados
hundidos, mirar atravesando la efigie de San Martín y verlo a él,
regresando de la facultad.
La oscuridad es embustera, también ella lo es, pues
burla al médico agonizando en falso, venciendo a la magia de la
morfina con ese dolor porfiado que circula por sus huesos, que se
detiene a tomar aliento durante un segundo en cada articulación,
muerde y hace una metástasis, convirtiéndolos en fina arena que se
desgrana, que cruje bajo sus pies en la oscuridad.
Madruga, desayuna mientras ella duerme, y se marcha a
la facultad. Los saludos de despedida son breves, el viaje a la
ciudad largo agotador. En las aulas y entre los demás jóvenes, el
tiempo se comprime y lo libera del tormento. Pero la noche acontece
en un instante y tiene que regresar, atravesar el valle, y volver a
dejarse llevar por sus propios pasos resonando sobre la arena del
camino, torcer la esquina oscura, cargada de presagios, con la
esperanza culpable de encontrar las luces encendidas y a los señores
de negro pululando con sus copas de anís y sus cigarrillos
consumiéndose entre los dedos, de hallarse con los objetos plateados
del ritual, con las monedas sobre los párpados cansados, con los
besos piadosos hiriéndole las mejillas enrojecidas por el frío, con
los parientes avisados mediante telegramas, llegando, presurosos,
transportados en sus pegajosos hilos de seda, atravesando el jardín
por los aires para ir a acumularse en los faroles, revoloteando en
torno a la muerta iluminada, que los interroga del otro lado de las
monedas plateadas. Dos monedas bastan para entregar sus ojos a la
oscuridad eterna, dos monedas definitorias para sellar el pacto con
la muerte. Dos pesos por una vida y muchas noches oscuras con
esquinas expectantes, con un código de luces que él desearía
encender.
Todavía está viva. Mientras persista la oscuridad no
habrán llegado ni los escarabajos nocturnos ni las falenas grises
dispuestas a aplastarse en los muros, como dibujos simétricos,
mimetizándose con los deudos. Las argiopes plateadas tejerán sus
redes durante la noche y se mantendrán serenas, extáticas en un
ángulo aguardando a la víctima incauta, con el cuerpo plateado por
el rocío y la luna, con su abdomen en forma de calavera, y sus patas
listadas, en la cabeza una cruz, como la que hay sobre la tapa del
ataúd, que sueldan con hilanderas de estaño y seda, y mortajas de
insecto envuelto en telarañas dispersas, en la perfecta geometría de
sus redes.
En un rincón de su tela invisible, espera a que la
víctima atraída por las luces, pise los hilos de seda mortuoria para
inocularle su morfina. Aguarda a las falenas aterciopeladas de alas
miméticas, que vendrán a consolarlo con gestos, con palabras, con
besos, con falsas lágrimas de luna. Pero él cruzará el jardín una
vez más con el brazo en alto, romperá la urdimbre húmeda y pegajosa,
rescatando a las falenas del dolor y la muerte, evitando que caigan
en las redes de la casa iluminada.
Acaso mañana, o pasado mañana, tal vez si descuidase
y olvidara alzar el brazo, podría quedar atrapado en la telaraña
cubierta de rocío, capturado igual a una mariposa negra
aterciopelada, todo su cuerpo rodeado por la sutil mortaja de la
araña. Inmóvil, clavado en esa esquina, de pie en la arena, miraría
la casa esperando las luces intensas que tanto le atraen, esas luces
capaces de atraparlo como a una mariposa geómetra, y en cuya
incandescencia, quisiera abrasarse para siempre.
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