|
Madrid puede ser una ciudad fascinante y
desesperarte al mismo tiempo. Con veinte años y mi título de
publicidad recién estrenado yo personalmente sólo pensaba en comerme
el mundo, aunque nunca se me ocurrió que el mundo me podía comer a
mí. La posibilidad de fracaso en mi cerebro era tan pequeña como la
de que mi nuevo vecino fuera Harrison Ford en persona.
Me había trasladado
hacía un mes escaso a la ciudad, a un ridículo apartamento alquilado
de una sola habitación atestada de trastos, libros, maletas, ropa
para lavar y latas vacías de seven up. Un pequeño balcón. Una
salida de incendios. Cinco pisos sin ascensor. Pagando casi
doscientos euros al mes por dormir en una cama y comer palomitas de
microondas delante de mi propio televisor; necesitaba
desesperadamente encontrar un empleo.
Esa
mañana salí de casa como de costumbre antes de las 9 y me bebí el
café corriendo escaleras abajo. Mi objetivo: ser la primera persona
que estuviera frente al quiosco a la hora de
abrir y no, no estaba enamorada del quiosquero, cuyo nombre y estado
civil ignoraba por completo, sino a la caza y captura del periódico
local de anuncios: el “segunda mano” del lunes. En el tiempo que
llevaba en la ciudad había aprendido algunas técnicas de
supervivencia. Por ejemplo, cualquier llamada de trabajo que hiciera
después de las 10:30 terminaría en un “lo siento pero el puesto ya
ha sido cubierto, gracias por llamar”. Por eso a las 8:59 de la
mañana yo ya estaba, aún en pijama, frente al kiosco de la plaza y
en cuanto se levantó la persiana metálica solté mis dos euros y
agarré un ejemplar como quien agarra el chaleco salvavidas en pleno
hundimiento del barco.
Volví a la máxima velocidad posible a mi apartamento
y allí, con una segunda taza de café en la mano, repasé la oferta
del día haciendo circulitos azules sobre aquellos anuncios que
vagamente me podían interesar. Cuando la rutina hubo terminado me
lancé sobre el teléfono, hice las llamadas de turno, concerté un par
de entrevistas y me metí en la ducha para someterme a una terapia de
frío que cumpliría la función de despertarme por completo y ayudarme
a superar la ausencia de sexo en el último mes y medio.
Salí por segunda vez de casa, esta vez vestida. Bajé
las escaleras de dos en dos saltando con la confianza de un niño que
juega a la comba todos los recreos mientras mi cerebro trabajaba a
toda velocidad. No, no pensaba en lo que diría durante la entrevista
ni en sí les impresionaría mi master de inglés de seiscientas horas.
No pensaba en el aspecto de mi traje ni en cual era la manera más
conveniente de estrechar la mano del entrevistador. No pensaba en mi
pintalabios recién estrenado para la ocasión ni en la laca de uñas.
Sólo pensaba obsesivamente en una cifra: 19%, la tasa de paro
mensual que me taladraba los tímpanos cada noche en el maldito
telediario.
Mi primera, y última,
entrevista tuvo lugar en la Gran Vía. La empresa era una pequeña
productora de vídeo que buscaba secretaria con posibilidades de
promoción. Después de charlar un rato con el entrevistador, el
hombre se rascó el bigote, cruzó las piernas y dijo que el puesto
era mío “El salario, es bajo, ya sabes, las horas hay que
estirarlas un poco, quiero decir que no llegues tarde y no salgas
corriendo a las ocho en punto, pero en general hay buen ambiente y
algún día haremos algo más que vídeos de ferias”.
Cuando terminó de hablar, le miré a los ojos
tratando de aparentar seguridad y
entonces vi un 19% reluciente en cada una de sus retinas. Un 19%
amenazante que rugía jurando que de no conformarme con el trabajo
que se me ofrecía ese mismo mes me cortarían la línea del teléfono,
me quitarían el piso y me vería pidiendo ayuda en la puerta de
alguna ONG. Pensé durante un instante. El panorama no era muy
alentador. Pero mientras mi cerebro sopesaba cuidadosamente los
“pros” y los “contras”, mi mano decidió adelantarse como sí tuviera
vida propia y fue a estrechar la mano del entrevistador. Luego firmé
el contrato correspondiente sin leer la letra pequeña y casi ni la
grande, y salí de allí contenta como unas castañuelas.
Al día siguiente me levanté con una energía
inusitada, renovada calma por la promesa del dinero seguro a fin de
mes. Quería llegar a mi puesto a tiempo así que me bebí un café y un
zumo de naranja de pie al borde del fregadero, donde lancé ambos
vasos sin mirar, y salí corriendo escaleras abajo.
El reloj marcaba las 9 en punto cuando entré en la
oficina. Mi mesa estaba situada contra una vieja pared, frente a la
puerta de entrada. Era una de esas mesas de plástico que todas las
empresas compran por catálogo en tres colores: gris, azul marino y
melocotón pálido, a cuál más horroroso. La silla giratoria hacía
juego con el color horroroso. Después de mirarlas unos segundos, me
senté y me dispuse a investigar en mis nuevos cajones y ficheros.
A las 10:15 de la mañana conocí a mi nuevo jefe. En
los primeros cinco minutos de conversación comprendí que yo era
mucho más inteligente que él y que sin embargo estábamos sometidos a
una situación inamovible y tremendamente injusta: él era el jefe y
yo la empleada. Mi jefe era un auténtico imbecil
que diez minutos después de conocerme estaba mirando hipnotizado mi
escote y alardeando de sus citas de fin de semana, de su pelo
engominado y de su colonia all spice. De las quince veces que
me llamó a su despacho aquel día, solamente una quería algo de
utilidad.
A las 10:30 me
encontré a mí misma pensando en el horario de esclavo que había
aceptado y dividiendo mi sueldo miserable por las horas de trabajo.
El número era tan pequeño que el estómago me dio un vuelco.
A las 11 en punto me empezó a picar la espalda y
pensé que la silla giratoria no sólo era incomodísima sino que
posiblemente en ella anidaba una feliz familia de ácaros que me
provocaba algún tipo de alergia. También me empezaron a doler los
riñones. La mesa era demasiado alta y tenía que forzar la postura sí
quería manejar el teclado para meter un infinito número de nombres y
direcciones en la base de datos. Para colmo, cada vez que intentaba
concentrarme en la pantalla sonaba una de las líneas de teléfono, a
veces hasta dos a la vez, de manera que se encendía un pilotito rojo
incansable seguido de un “bip bip bip bip” infinito que tras unas
horas de jornada laboral se me quedó pegado a la oreja.
Hacía las 11:30 había matado tres cucarachas negras
y enormes que amenazaban con colarse en mi bolso. Cuando volví a mi
mesa tras la desagradable labor, me encontré con que el ordenador,
que debían haber comprado en una tienda de antigüedades, y databa de
la época en que se inventó el primer spectrum, empezó a
colgarse cada dos por tres. La pantalla se ponía gris, luego blanca
y luego gris otra vez. Si le daba unos golpecitos en la parte
trasera parecía funcionar pero al momento todo se llenaba de rayas y
las teclas no respondían a ninguno de mis intentos de resucitarlo.
Así llegó la hora de comer.
Salí a la Gran Vía. Hacía un día de sol espléndido y
los coches pitaban haciendo cola para salir del atasco, espléndido
también. Un ejercito de gente, ejecutivos y ejecutivas trajeados y
secretarias con vestidos vaporosos se dirigían a los restaurantes de
la zona. Me detuve cada pocos metros, devorando los menús colocados
con celofán en los cristales, deseando entrar en uno de esos lugares
donde olía a cielo desde la puerta y comerme una paella especial de
la casa, un flan y un café con leche condensada. Desgraciadamente mi
cabeza era una calculadora y me decía que nunca llegaría a fin de
mes sí empezaba a comer en esos restaurantes; así que crucé la calle
y entré en el Mc Donalds
de turno donde algunos desgraciados, como yo, hacían cola para
conseguir un menú de tres euros con la esperanza de ahorrar el
sueldo y no tener que gastar un dineral en antiácidos a fin de mes.
Comiendo una grasienta hamburguesa de pollo con patatas congeladas y
refritas más una coca cola extra grande sentí algo cercano a la
depresión.
A las 4 en punto volví al trabajo para encontrarme
con que el aire acondicionado se había atascado y la radio anunciaba
una tarde con temperaturas por encima de los cuarenta grados. Olía a
polvo, comencé a estornudar.
A las 4:15 mi jefe me llamó, por no sé cuanta vez,
para echarme su pestilente aliento, preguntarme sí disfrutaba de mi
primer día y dar un repaso al estado de mis piernas. “Estoy bien,
gracias” contesté con una sonrisa forzada.
A las 5 el ordenador
decidió hacer una huelga indefinida y a las 5:45 un viejo acreedor
de la empresa entró por la puerta tratando de intimidarme a gritos y
empujones. No conseguí quitarme al tipo de encima en más de media
hora y cuando por fin salió al rellano y cogió el ascensor su voz me
retumbaba en el cerebro.
Eran las 8 en
punto cuando recogí mis cosas para salir. Me dolía la espalda, me
picaban los ojos y tenía entre las manos un claro caso de acoso
sexual pero aún había más. Antes de que pudiera
abandonar mi puesto con dignidad, el entrevistador hizo su aparición
por la puerta de la oficina y decidió mostrarme donde estaban los
utensilios de limpieza del baño: “Sí puedes, ya sabes, darle una
pasada una vez a la semana...” comentó con su perenne sonrisa “por
los clientes...”
Yo sonreí de vuelta y le dejé marchar confiado.
Luego cogí el ascensor como alma que lleva el diablo y me dirigí
directamente a mi apartamento. Más concretamente a mi cama que es lo
que hago siempre en una situación de emergencia emocional. Me tumbé,
echa un ovillo bajo la sábana, cerré los ojos y antes de que pudiera
darme cuenta el enorme 19% apareció frente a mí. No había tenido
fuerzas para enfrentarme a nadie así que, simplemente antes de
salir, había colocado mis llaves sobre la mesa junto una breve carta
de renuncia escrita a trompicones en un post-it amarillo.
Al día siguiente volvería a salir en pijama del
apartamento para ser la primera en llegar a mi quiosco, donde el
“segunda mano” estaría esperando impaciente y donde mi quiosquero,
cuyo nombre y estado civil ignoraba por completo, me habría
probablemente echado de menos por un día.
|