|
Al empezar la lectura de una obra
literaria escrita por un autor del sexo femenino, el ojo
crítico trata inmediatamente de identificar una subversión
a las estructuras dominadas en su mayoría por los hombres.[i]
El no discernir claramente tal inclinación resulta muchas
veces en un rechazo de la verdadera intención literaria y
el efecto deseado. Con este prejuicio en mente, encuentro
necesario revisar algunos de los estudios hechos sobre El
conde Partinuplés de Ana Caro Mallén de Soto con el
propósito de sugerir un razonamiento posible para la
contradictoria y un tanto ambigua estrategia literaria de
esta dramaturga.
Es indiscutible que la autora dramática
española más conocida del Siglo de Oro fue Ana Caro (c
1600-c 1650). No se sabe mucho acerca de su vida, excepto
que probablemente pasó la mayor parte de ella escribiendo
en Sevilla.[ii]
Como mujer ejerciendo la profesión poco común de escritora
profesional, Caro recibió elogios así como también
honorarios en remuneración por sus esfuerzos literarios.
Sus dos obras que han sobrevivido el pasar de los años,
Valor, agravio y mujer (1645?) y El conde Partinuplés
(1640?), han recibido mucha atención en los últimos años,
cuando aquéllos dedicados a la comedia reflexionan en sus
interesantes adaptaciones de intrigas y convenciones
célebres. Frederick A. de Armas escribe “Los siglos
dieciocho y diecinueve la aprisionaron (Caro) en un cuarto
sin luz: los críticos masculinos no la miraron. Sólo con
el positivismo de fines del siglo diecinueve y de
principios del siglo veinte le fue posible regresar a la
luz de los vivos…Ya no se le ve más a ella reflejada por
el señor del recinto, sino acompañada por aquellos con
quienes ella puede conversar en silencio. Sus palabras,
las cuales han sido alimentadas en la oscuridad del
olvido... son ahora escuchadas como nuevas en su ansiedad
y en sus significados sumergidos”(Mirrors 75-76).[iii]
Es interesante observar que la ansiedad que se encuentra
en los textos de Caro ha encendido una variedad
considerable de opiniones con respecto a su apropiación de
modelos familiares. Cuando se considera los complejos
comienzos estructurales de El conde Partinuplés, los
cuales son mencionados en el título del presente estudio,
y al tratar de explicar sus niveles manipulativos
múltiples, espero no abrir mi propia caja de Pandora de
intriga crítica.
El origen de esta obra se encuentra en el
romance medieval, Partonopeus de Blois, traducido
originalmente al español en 1497. La versión dramática de
Caro se sirve de ciertos elementos caballerescos de esta
historia, tales como predicciones astrológicas, asuntos de
sucesión al trono real, hechizos, un castillo encantado,
pruebas y proezas necesarias para conquistar a la persona
amada (Soufas, Women’s Acts 134).[iv]
La obra comienza con los problemas del
poder y de la sucesión.[v]
Rosaura es la soberana de Constantinopla y como tal se
encuentra obligada al matrimonio para así salvar su reino
de la violencia. Sus cortesanos insisten en que ella
encuentre a un Emperador adecuado. Ella, a pesar del mal
presagio vaticinado por su difunto padre (I, 165-191),
accede a acatar los deseos de sus cortesanos, y así cumple
con las obligaciones de su posición. Sin embargo, Rosaura
estipula una condición – ellos le tendrán que dar un año,
durante el cual ella recibirá a los diferentes
pretendientes dignos de ella antes de llegar a una
decisión final. Soufas comenta el oficio real de Rosaura
y concluye que efectivamente esto no es ni más ni menos
que un “espacio prestado de potestad” (Dramas 47).[vi]
Sin embargo, esta misma crítica reconoce a su vez que al
pedir más tiempo, Rosaura ingeniosamente usa el “mecanismo
autoritativo femenino de la negociación” (Dramas 49).[vii]
Rosaura obtiene la ayuda de su prima
Aldora, una maga diestra, al empezar el proceso de
selección entre cuatro hombres ya aprobados por sus
cortesanos. Estos son: Eduardo de Escocia, Roberto de
Transilvana, Federico de Polonia, y Partinuplés de
Francia. Cuando los mismos aparecen mágicamente en la
escena, se le presenta a cada uno de manera que una
característica específica de su personalidad se ponga en
evidencia. Eduardo aparece leyendo libros, Roberto con
una espada en la mano, Federico con un espejo, y
Partinuplés contemplando la foto de su prima y prometida
Lisbella. Intrigada por la foto que Partinuplés tiene en
sus manos, Rosaura lo declara como aquél a quien ella
desea conquistar. Tentada por el desafío que esto
representa, ella anhela que Partinuplés la admire con el
mismo amor y deseo con el que contempla a Lisbella.[viii]
La reina decide recurrir nuevamente a los poderes de
Aldora y hace que ésta concierte para que Partinuplés
encuentre un retrato encantado de Rosaura. Cuando
encontramos al conde por primera vez, él está cazando con
el Rey de Francia, su prometida Lisbella y sus
sirvientes. Dos pescadores llegan llevando una caja
misteriosa que han encontrado en un barco abandonado:
|
PESC. 1 Este pescador
Y yo sacamos, señor,
De este espumoso elemento
Esta caja de una nave
Que pasó naufragio ya;
Y por salvarse quizá,
Alijó su peso grave. (I, 487-493)
|
Partinuplés toma la caja, la abre, y de
esta manera invita la confusión a entrar en su mundo. La
caja revela un retrato cautivante de Rosaura, una mujer
que hasta este momento le era desconocida. Completamente
embelesado, el conde confiesa, “¿Qué he visto, cielos? /
Rendido está a los primores / de aquel pincel mis
sentidos” (I, 548-550). Entonces, Rosaura, transformada
en una bestia, aparece de repente ante él y se mofa del
joven conde, cambiando su forma repetitivamente de
criatura salvaje a una belleza encantadora. Finalmente al
desaparecer, Rosaura deja a Partinuplés con un reto: “Si
me buscas, me hallarás” (I, 901).
Mágicamente, Partinuplés y su sirviente,
Gaulín, son transportados a un castillo encantado, donde
escuchan voces distantes que continúan a burlarse y a
invitarlo “Si me buscas, me hallarás”. La “dama
invisible”[ix],
así identificada por de Armas, mantiene su identidad en
secreto e implora a su invitado que no la mire. El conde
conserva su promesa hasta el tercer acto cuando, vencido
por la curiosidad, trae una lámpara para contemplar a su
apresadora mientras que ésta duerme, y reconoce en ella la
mujer del retrato.[x]
Una Rosaura enfurecida se despierta
y ordena la muerte del conde:
|
Aldora, a ese bárbaro hombre
Haz despeñar, por ingrato,
Traidor, engañoso enorme.
Muera el conde; esto ha de ser,
Aunque a pedazos destroce
El corazón que le adora
Con puros afectos nobles.
Esta es forzosa venganza,
Aunque la pena me ahogue [...] (III,
1719-1727) |
Al mismo tiempo que sacan a Partinuplés
del tablado, Lisbella, la amante desdeñada, entra “con
espada, sombrero de plumas y soldados” (III, acotación
entre 1761-1762). Decidida a atacar Constantinopla,
Lisbella llega lista para la batalla política y personal
contra Rosaura. Así dice:
|
[...] y verá también Rosaura,
cómo valerosa aspiro
a destruir sus imperios
si no me entrega a mi primo. (III,
1792-1795) |
Lisbella
procede a exigir a Rosaura que libere a Partinuplés, no
por razones personales, sino principalmente por motivos
políticos: “no por estar tratadas / nuestras bodas ya; no
le quiero / amante ya, que esta infamia / no es amor, es
conveniencia, / pues es forzoso que vaya / como legítimo
rey, / supuesto que murió en Francia / mi tío [...]” (III,
1992-1999).
Rosaura
destierra a Partinuplés por su traición y se organiza una
competencia entre los otros pretendientes de la
Emperatriz. Mientras tanto, Aldora se ha ido a buscar al
conde errante. Lo encuentra “medio desnudo”, (III,
acotación entre 1815-1816) le habla del torneo y lo lleva
de regreso para que compita. De esta manera, un individuo
encapuchado, que ha permanecido de incógnito a lo largo
del torneo, gana la competencia – este individuo no es
nada menos que el propio conde Partinuplés. Con esta
victoria él consigue así la mano de Rosaura. Lisbella,
aceptando esta derrota emocional, recibe, a su vez, a
Roberto como esposo.
Como
hemos visto, la caja mágica que fue abierta impetuosamente
en el primer acto es para el hechizado Partinuplés base de
mucha confusión. Nuestro acto de crítica posmoderna es en
sí una caja de Pandora metafórica, que puede hechizarnos y
hasta confundirnos si no procedemos con cautela.
Efectivamente, la reacción académica a esta pieza teatral
está dividida y es, a veces, un poco severa.
Un problema fundamental reside en la
tendencia a clasificar inmediatamente los textos como
pertenecientes a una categoría o, mejor decir, a una caja
específica y limitante. Por ejemplo, el préstamo obvio de
la historia medieval de Partonopeau de Blois revela
rápidamente una intertextualidad entrelazada. De Armas
indica que la decisión de Caro de usar una fuente tan
ambigua revela un deseo de apropiarse de algo que no se
podía asociar a ninguno de los dramaturgos masculinos de
su época:
|
Ni Lope
ni Calderón habían utilizado este romance
en sus temas. Aunque
Tirso menciona a Partinuplés en muchas
de sus obras, los elementos realmente prestados están
tan diluidos y perdidos en los textos que es difícil
separar sus comedias de otras que tratan de la Dama
Invisible...No hay autoridad o
paternidad aquí. El texto reside en los espacios
vacíos, en
el anonimato del cual las escritoras
pueden encontrar nuevos significados aparte de las
viejas ansiedades. (Mirrors 80)[xi] |
Al escoger un texto que no había sido
utilizado por sus colegas masculinos, y cuyo autor era
desconocido, Caro pasa a un campo independiente, donde las
comparaciones son difíciles de establecer y la deferencia
a la autoridad teatral patriarcal es imposible de ser
reclamada.
Para
colmo, Caro hace referencias concertadas a personajes
femeninos de la mitología habitualmente asociados al caos,
a la ruina y al castigo.[xii]
La historia de Pandora está fraguada en la curiosidad de
Partinuplés, quien pierde su buen juicio cuando abre la
caja mágica encontrada por los pescadores. Todo eso
recuerda a Pandora, de quien la mitología nos dice que
llega a traer al mundo enfermedades y vicios al abrir una
vasija fatal cuyos contenidos, con excepción de la
esperanza, escapan inmediatamente. Comparada a Eva,
Pandora es asociada con el pecado original y la
transmisión del mal.
En el tercer acto, cuando Partinuplés,
consumido una vez más por la curiosidad, osa contemplar a
Rosaura dormida, surge la historia de Psique y Cupido, de
nuevo con los papeles invertidos. De la misma manera que
la curiosidad de Psique la tienta a romper su promesa de
no mirar a su amado, el bello Cupido, así también
Partinuplés sucumbe al deseo. Por esta trasgresión él,
como Psique, es castigado y tiene que llevar a cabo
grandes proezas antes de poder reunirse finalmente con su
amor.
Es
interesante que la identificación de estas significantes
inversiones de papeles pueda llevar a conclusiones tan
desfavorables con respecto al valor del texto y de la
estrategia de la dramaturga. Melveena McKendrick ve esta
obra como “extremamente mala” y cree que Rosaura no es tan
diferente de la típica mujer esquiva representada por los
dramaturgos masculinos, mostrando en su lugar “una mera
variación de la inhabilidad usual de concebir que la
esquivez femenina no tiene ningún origen espontáneo”
(172).[xiii]
Tomando una perspectiva parecida, Soufas no ve ninguna
innovación notable en el tratamiento de Caro hacia sus
personajes femeninos, y escribe:
|
Ni la
magia, ni el mundo de lo fantástico han sido
representados como adecuados para sobreponerse a las
prohibiciones de la autonomía social femenina o a la
libertad del estatus identificado como masculino
dentro de las convenciones dramáticas accesibles
Caro...
En
la
dramatización
de
Caro
de
estos
elementos
familiares de la historia y de las correspondientes
convenciones teatrales no se ha manifestado ninguna
visión revolucionaria. En su lugar, la obra comienza
con un imperio amenazando con guerra y
traición porque la parthenos [la mujer soltera] se ha
demorado o
se
niega a aceptar el estatus de gune [mujer casada] y
luego de meter [madre]...
Y
junto con tantas comedias de la Edad de Oro,
el
final
de
El conde Partinuplés no ofrece, por lo tanto, una
conclusión. (Repetetive Patterns 102-103)[xiv] |
Además, Soufas encuentra desilusionante la
inversión de los roles, representada en la obra de Caro
por el mito de Psique y Cupido, ya que la dramaturga “se
adhiere a las limitaciones de género en lo que se refiere
a la protagonista, quien a pesar de su rango real y de la
ayuda de la magia, utiliza la oscuridad como una forma de
valla que la protege de ser reconocida en su transgresión
de la expresión del deseo permitida a una mujer” (Dramas
53).[xv]
Tales comentarios parecen innecesariamente
severos y demasiado rápido menosprecian el propósito de
Caro. Se debe recordar que como mujer que escribe drama,
Caro se encontró inmediatamente en una posición
desventajosa, visto que, y como Elizabeth Ordóñez comenta,
“el drama ofrece menos lugar que la novela para romper
abiertamente con los códigos, o para hacer la revisión, ya
que como texto público refleja y refuerza valores y
creencias dominantes” (9).[xvi]
Al encontrarse figurativamente atrapada dentro de una
“caja” y atada a grandes expectativas, los eventos de esta
obra reflejan su deseo de liberarse de los confines,
mientras que al mismo tiempo, de manera inteligente ofrece
sus respetos a las expectativas jerárquicas, posiblemente
patriarcales, de sus espectadores – o sea, a la
restauración del orden.
No
obstante, los confines de “la caja crítica” que han
encerrado y limitado a nuestra dramaturga en
interpretaciones simples están abriendo sus puertas.
Efectivamente, María M. Carrión observa que las posiciones
críticas tomadas hacia esta obra han empezado a ser
cuestionadas aún por los mismos escritores que las
establecieron. Por ejemplo, “Teresa Soufas ha comenzado a
poner en duda, parcialmente, este itinerario crítico,
leyendo el personaje de Rosaura fuera de estos patrones
literarios y dentro del contexto de la genealogía
histórica de ‘los cuerpos de autoridad’” (250).[xvii]
A pesar de que el foco central de Carrión es el de
examinar la estrategia del aplazamiento utilizada por
Caro, y como la postergación del matrimonio de Rosaura
hace recordar a la de Isabela I de Inglaterra, la crítica
plantea un punto sumamente importante: aquí se ha puesto
en juego una estrategia particular.
Hasta
este punto, he tratado de establecer ciertas bases a
través de toda mi discusión: el texto de Caro, con sus
referencias a figuras mitológicas, su única decisión de
seleccionar una fuente literaria francamente ignorada, su
presentación de una figura femenina benevolente y mágica,
la creación de dos mujeres extremadamente astutas
políticamente – estas claves aparentemente obvias en lo
que se refiere a la intención de su mensaje feminista o
subversivo parecen lograr un resultado contrario, ubicando
irónicamente esta obra en una categoría más que nada
tradicional, puesto que finalmente los confines de la caja
son reestablecidos, con “lo que debe ser” tomando
precedencia en la cristalización de la sociedad final (Frye
167).
Como es de esperarse, las parejas se unen
en matrimonio y Partinuplés llega a ser el Emperador de
Constantinopla. Es digno de mención que aunque
Partinuplés, al tomar a Rosaura como esposa renuncia a su
derecho al trono de Lisbella, continúa, sin embargo, a
hacerse cargo de los arreglos necesarios para ella y para
su reino. Por consiguiente, es él quien ofrece la mano de
Lisbella a Roberto y la de Aldora a Eduardo. Soufas
comenta sobre esta última escena y escribe que “cuando los
hombres recobran el control del lenguaje que dirige y
organiza, la jerarquía vertical de la autoridad patriarcal
es reconfigurada y reafirmada” (Dramas 56).[xviii]
Esta supuesta inconsistencia entre el intento presunto de
la autora y el resultado final de sus esfuerzos da cabida
al debate. Sin embargo, estas conclusiones a las cuales
me he referido aquí siguen atrapando a Caro y a su trabajo
en márgenes muy severos: ¿es este texto subversivo, o al
menos anticipado a su época? ¿Es una obra puramente
tradicional? Más bien la pregunta debería ser: ¿Son éstas
las únicas categorías de las que ella dispone y, sobre
todo, nosotros? Al mirar El conde a través de una visión
tan limitada, el receptor está incapacitado para observar
los niveles múltiples de la magia existente en la
estrategia de Caro.
A mi
parecer Caro juega constantemente con su público, de la
misma manera en la que Rosaura manipula al conde.
Demostrando un entendimiento sofisticado de las dinámicas
que la rodean, Caro no trata de establecer nuevas reglas
en el teatro. Por el contrario, ella utiliza
inteligentemente las normas existentes para trastornar,
aunque sea temporalmente, el funcionamiento de ciertas
representaciones. Caro manipula los modelos y nos desafía
a ir más allá del formato tradicional y también de la
conclusión típica. Aunque de Armas argumenta en favor de
una estrecha relación entre la dramaturga y Aldora,
sugiriendo que se le debe considerar a la maga como
“análoga a la dramaturga” (Mirrors 89)[xix],
yo me inclino más a ver una conexión más estrecha entre
Caro y Rosaura. La posición de la dramaturga como
escritora en un mundo predominantemente patriarcal es
paralela a la situación desafiante que enfrenta Rosaura
como monarca en una corte masculina.
De manera interesante, el personaje de
Rosaura no ha recibido mucha simpatía de parte de los
críticos. Judith A. Whitenack escribe que la Emperatriz
no es una monarca efectiva, ya que se esperanza en la
intervención sabia y mágica de Aldora (67). Esta crítica
acusa también a Rosaura de inactividad y de permitir que
los celos obstruyan su buen juicio. Yo argumentaría que
Rosaura no es inactiva, sino constante, ya que no se
excusa por sus decisiones, ni pide disculpas por alcanzar
sus metas. Su deseo no era el de conseguir un esposo.
Entonces, al darse cuenta de que sus súbditos no le
permitirán la libertad de elección a este punto, ella
acepta sus límites y manipula los aspectos circunscritos
que le son disponibles. Ella se percata de su deber y lo
respeta, pero no está dispuesta a renunciar a un cierto
grado de control sobre su propia vida. Como gobernante
responsable, ella espera, haciendo esperar a sus
cortesanos exigentes (¿representación de sus críticos
teatrales, tal vez?), juega con la realidad, maniobra su
destino y finalmente concluye su drama personal de una
manera satisfactoria para quienes la rodean. El trabajo
de Caro en su propio texto parece reflejar perfectamente
estas tácticas sagaces.
Por
ende, la estrategia de la dramaturga no debe ser medida en
términos del grado de intertextualidad encontrado entre
los versos. Al insistir que tales influencias dirigen su
propia escritura, nosotros minimizamos sus tácticas y
cerramos la caja metafórica del diálogo que la dramaturga
tácitamente está tratando de abrir. La inversión de los
roles que se encuentra en el texto no son difíciles de
ubicar, ni tampoco desafían ninguna lectura erudita de la
obra. Aunque los roles se han trocado, Caro concluye su
obra de teatro con el restablecimiento del orden,
esencialmente una inversión de la inversión. Esta
revocación múltiple sugiere una manipulación consciente de
tipo binario, la cual sólo puede ofrecer simples opuestos
como soluciones. Tal como la mágica Aldora, y aún más
como la sagaz Rosaura, Caro juega con la realidad, la
vuelve al revés, ofreciendo alivio – aunque sea fugaz – a
las limitaciones confrontadas por ella misma y por sus
personajes femeninos. Ella entiende claramente que con un
poco de ingenio, un poco de industria, el destino
indeseable puede realmente ser vencido. No podemos
olvidar que la trama completa es puesta en marcha por el
temor de Rosaura originado en la profecía de su padre: la
traición de un hombre la destruirá, a ella y a su reino.
El hombre no cumplirá su promesa; esto no solamente sirve
como una motivación muy poderosa en la decisión de la
Emperatriz de no aceptar un esposo, sino que también juega
un papel central en lo que concierne a su aparente
crueldad cuando Partinuplés burla su confianza y procede a
contemplarla.
Aureliano,
el padre de Rosaura, le había aconsejado que solamente la
industria la salvaría de una suerte personalmente trágica
y políticamente destructiva (I, 181). La industria de la
que se habla aquí está abierta a la interpretación. Es
cierto que la versión de Rosaura es mágica, libre de
expectativas y de control. Sin embargo, la magia del
texto de Caro no está limitada a la habilidad de Aldora
para crear imágenes de hombres para que Rosaura los
considere, tampoco está circunscrita a transportar a la
gente de un lugar al otro. La magia del texto de Caro
yace más bien en su resistencia a la clasificación binaria
– pese a su propia representación de la misma. ¿Es un
texto feminista o es un texto tradicional, cuando en sus
escenas finales el conformismo femenino cede al dominio
masculino? A mí me parece imposible, si no injusto,
limitar a Caro a cualquiera de estas dos categorías.
Indudablemente la dramaturga cuestiona el sistema binario
predicado por la clase dominante, aunque finalmente ella
se somete al mismo.
Por lo
tanto, ¿es el final de la obra previsible? Ciertamente lo
es, en lo que se refiere a las normas y estructuras de la
comedia, pero por ser predecible no debe ser visto como
una traición al propósito del dramaturgo. Tal como Walter
Kerr señala, “El matrimonio al final de la comedia es,
como todo en la obra, artificial, arbitrario, una broma
(64). No es ni conformidad con el orden establecido, ni
tampoco una promesa de felicidad futura, sino simplemente
una señal de que la obra se terminó” (79).[xx]
Así, el cierre ceremonial de El conde Partinuplés no
necesita darle fin a la discusión que Caro pueda haber
tratado de continuar. La expresión explícita de los
ideales o frustraciones femeninos no era una opción para
ella. No olvidemos el reto de Rosaura a Partinuplés – si
me buscas, me hallarás – esto es, me inclino a creer, el
desafío ofrecido por la dramaturga a su público.
Desde
una posición marginal Caro irónicamente extiende, si no
desplaza, las fronteras al no limitarse fielmente a
ellas. Al tratar de negociar su situación como mujer
escribiendo en un mundo de hombres, Caro se involucra en
un complejo acto de equilibrio entre la aparente
conformidad hacia ciertas normas literarias y una crítica
mordaz de las mismas. Estar en una posición periférica
quiere decir estar en una posición de desventaja – no
obstante, estar más allá de las fronteras significa
también estar fuera de los límites. Es cierto que una vez
abierta la caja de Pandora, la misma con el tiempo tendrá
que cerrarse, sin embargo este acto de cierre no debe
ocupar nuestro punto de mira – es el acto inicial de
revelación el que marca el primer paso. Al invertir las
normas para luego regresar a ellas, Caro muestra
esencialmente lo flexibles que son estas estructuras. Una
simple inversión o, por otro lado, la otra cara de la
moneda sólo puede sugerir ganancias parciales que al fin
dejan intacto el pensamiento patriarcal binario.
Como
mujer que escribió obras de teatro, Ana Caro se conectó,
sin marginarse, de la poderosa vida natural de la
representación teatral. En su papel de dramaturga, ella
aborda algo que es inconscientemente visto como una
amenaza, o sea, provee un texto y significados que otros
deberán seguir. Aún restableciendo el orden, y junto con
ello, la estructura patriarcal, ¿merece Caro ser condenada
no solamente por los límites teatrales que los escritores
de su época establecieron, sino también por nuestras
comparaciones constantes con ellos? “Si me buscas, me
hallarás” – Caro ha lanzado el desafío -- nuestro trabajo
ahora, como destinatarios, es aceptarlo.
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51-74.
Notas |