Hace unos días,
cubierta por la lluvia de verano en la isla del Holbox al norte de Cancún,
entre el golfo de México y el Mar Caribe, después de perseguir durante
semanas mi correspondencia, pues en esta isla de Robinson Crusoe ningún
paquete llega, apareció en mis manos, como una bendición, un libro azul y
mariposas de alguien entrañable, amiga, hermana, mujer admirada y, para
mi, un ser tan sensible e inteligente que merece la pena detenerse,
acariciar su pensamiento, robarle al tiempo el espacio de comprometerse
con sus palabras, sus sentimientos, amores, entrega a una historia que la
forjó como un ser que busca la realización del alma para realzarse en la
tierra.
Mariela Abreu nunca
quiso ser escuálida, ni mucho menos inculta. Desde que la conozco, hace
veinte años, corre por las aceras de sus mundos poéticos sin importarle
nada, ni nadie. La prisa hizo que su corazón latiera más rápido, se
rebullera de los olores de su jardín, el sonido del mar, el canto de su
madre al dormir a la única niña de la familia. La realidad siempre fue más
que levantarse e irse a la cama. Para Mariela, vivir, era estar con el
segundo intenso, hábil, sutil, acalorado, en consonancia con los sueños
ingentes, casi imposibles, luminosos como si en sus ojos se prendieran
estrellitas y cometas cada día.
Recuerdo cuando
éramos niñas. Ambas nacimos en la ciudad de Matanzas al este de La Habana.
Ella era una chica de pelo negro y sonrisa perenne con algún hoyuelo en su
rostro, criada con los métodos más amorosos y respetuosos con que se puede
criar a un hijo. Su andar presuroso la hacía distinta al resto de las
niñas y sobre todo, sus ojos inquietos, la abrían a una gran ciudad
cubierta de ríos y mares y con una tradición poética en sus arterias. Yo
era una chica huesuda, rubia y también con la cabeza en el cielo
esperando, al igual que Mariela, que algún meteórico amor de cría nos
llevara a pasear por la playa “Allende”, cercana a la casa.
Invariablemente caminábamos por diferentes aceras, frente una a la otra,
saludándonos con una cortesía fría, recelosa. No podíamos creer que
teníamos los mismos ideales, sensaciones, repercusiones interiores ante la
existencia.
Sólo unos años
después, cuando las niñas
con calificaciones más altas estudiábamos en un tipo de escuela llamadas
“Vocacional”, tuvimos la oportunidad de crecernos como amigas y hacer un
pacto silencioso: nunca más nos separaríamos, nunca dejaríamos de hacer
nuestras confesiones, nunca renunciaríamos a hablar de poesía, nunca
olvidaríamos qué necesita mi amiga para ser feliz, nunca apagaría el
teléfono para ella, nunca robaría su paz, nunca descansaríamos
hasta que juntas, profundas, pudiésemos forjar una verdadera historia
afectiva.
Nuestros primeros
encuentros fueron en los concursos de literatura. No sé quién leyó primero
a Sholojov, ni a Gabriel García Márquez. Tampoco supe si alguna vez expuso
una defensa literaria a Miguel Barnet con “Biografía de un Cimarrón” como
tantas veces lo hice; pero lo que si se es que, ahí, en la cofradía de la
literatura, la buena música, las amigas comunes secundándonos o viceversa,
surgió la poesía de ambas, se hincharon nuestros corazones de metáforas,
creció el espacio vital del pensamiento para emprender el camino de la
libertad: la libertad mental.
Cuando reviso
minuciosamente “Poemas desde el horizonte” siento que en este libro hay
una poeta que no teme romper sus venas y escribir lo que siente, sin
condicionamientos, sin miedo al juicio, exponiéndose sentimentalmente a la
palabra, a sus angustias, anhelos, movimientos internos. Definitivamente,
la poeta, llevó una infancia y una adolescencia en constante conexión con
lo bueno, que marcó su diapasón estructural de vivencia e impuso una
visión de la alegría, el sufrimiento. De dicha, celestial infancia, soy
testigo.
Creo, que esas
vivencias casi perfectas de la escritora, hicieron que, hasta cierto
punto, el mundo hostil se convirtiera en un reto; en una versión de
supervivencia; haciendo que el tránsito por las veredas de la vida perfore
el sentimiento, aguce el dolor, reviente la conmoción; saliendo airosa de
cada incidente. La poesía para la poeta es, en parte su talento, en parte
su rebeldía, la manera redentora de salvarse del provocador entorno de la
vida adulta donde las pasiones se ventilan con más madurez y crudeza que
en los añorados tiempos de la gloria infantil.
En el poema
“Aroma de Consuelo” queda explícitamente expuesto este sentimiento:
“El olor de este tiempo es un olor distinto/ no es a café colado y a té
de manzanilla/ como fuera en mi infancia/ Y tampoco a fogón prendido/ Y
caldo de costilla como en aquellos/ días primeros de ultramar”.
También en “Secretos
de la infancia” se observa la obsesión por la niñez: “La
puerta se me abrió, y jamás sobrevino/ un silencio tan cruel como aquél de
mi infancia/ la infancia que se ha ido ya no vuelve de nuevo/ la puerta
quedó abierta y extendida las alas”.
Sin embargo, hay
una expresión continúa en las inquietudes de la autora y es que, aún
padeciendo, nunca pierde la esperanza: “Por suerte para todos,/ en esta
ciudad del Fin del Mundo/ también, a veces, como un pecado/ sale el sol”.
La poesía de
Mariela Abreu es limpia y decorosa. No son versos extensos, ni vocablos
ilegibles. Es una poesía que rima al gusto de la autora, que juega al
azar, a la fuerza de la palabra, a la expresión de decir lo que se quiere
sin definir cómo métricamente decirlo pues, a través de todo el libro,
impera el verso libre, pero por momentos, la autora, a su criterio, hace
que sus finales de versos rimen, se impongan.
Su corazón es quien
dicta. Quien embarra el papel con la tinta. Si ama con furia sus versos
son furibundos, airados, apasionados: “Mientras amores se mueren por
segundos/ tus alas…sólo tus alas me amanecen” o “aunque no creas,
mi alma de fuego/ y tu silueta de peregrino/ sucumbiría al calor del mismo/”.
Si la tristeza la visita una mañana gris al levantarse, la autora grita: “Tristeza
si me convidas/ e incitas en mí el encuentro/ tristeza nunca te olvides/
que por dolerte me he muerto” o “hay que templar el alma en cada
vuelta y/ moldear el cimiente precioso de su esencia/ pero duele y es
sórdido el dolor/ quizás porque he opuesto resistencia/ quizás porque es
invierno/ y ya conoces mi incapacidad para la lluvia.”
La Cuba de Mariela
es la de muchos cubanos, me atrevería a decir que la de todos los
cubanos: dolorosa, sangrante, sufrida, con un pueblo que sobrevive al
pesar con alegría, a la brutalidad con la inteligencia, a la escasez con
la inventiva. La isla alucina con su vivencia y quienes son sus
protagonistas, en algún momento, han vivido dicha historia de manera
surrealista con gran intensidad al amar la tierra. El exilio es una de las
causas más prominentes de dolor en el orbe cubano: la lejanía, la pérdida
de los olores, el batir de los árboles, la palabra de la madre. La poeta
no sale de este rajar de amor por la isla, la palma, el café, el salto de
la ola; ni, aún viviendo en un continente hoy por hoy, de ese sentimiento
de aislamiento por haber nacido donde la frontera siempre es el mar, el
mar… Escribe: “Me pregunto cuánto puedo amarte,/tierra mía, tierra que
a donde voy fluye en mis venas/ tierra horizontal y resentida./Quisiera
guardarte en mis entrañas/para sacarte de tus latitudes/pero que mustio el
Mar Caribe/ sin tu angosta figura de domingo en reposo.”
El amor a la madre
se define como una constante en este libro. La madre juega el papel más
primigenio y espiritual en la conciencia de los seres humanos, y por
suerte, en la vida de Mariela, jugó el papel del cariño, la enseñanza
amable, el constante observador de la felicidad: “Una mujer del cielo/
sentada tras su velo/ tejiendo una campana/ es una mujer tan pura/ como la
manzanilla/ sin la luz amarilla/ que engendran las locuras”. También
dejó tatuada la forma de encarar la maternidad sabiendo ser dueña de un
reino familiar casi tan maravilloso como la evocada infancia. Su hijo,
reina con un cuerpo pequeño un reino grande, cubierto por su madre como
Hada, su padre como escudero, la poesía como fuente, la naturaleza como
raíz: “Te
legaré mis libros, mis canciones, mis sueños/ cuatro paredes ciertas que
abarcaron mi alma/ Y una llave de puertas para que siempre escapes/ a
quien quiera encerrarte en un reino de calma.”
A medida que el
libro avanza descubro que crece su valor. Los poemas están escritos por
una mujer madura, capaz de desvestir la luna, sin miedo a la palabra, al
pensamiento ahondado, a la sensación del soliloquio. Es maravilloso que la
autora se haya esforzado en la poesía y, que esta expresión, no sólo
quedara para los años mozos.
Mariela Abreu tiene
una gran responsabilidad con su vida, pues el talento debe ser educado,
atesorado, desarrollado y su talento es intachable. Sé que escribir es
soportar el sufrimiento en cada papel y hasta regodearse en él para que la
metáfora exhale lo entrañable, lo esencial. Pero vale la pena cada
lágrima, cada extremo de sensibilidad, cada resquebrajo, si al final,
libros como este, emergen, alivian el corazón de los lectores y calientan
la hoguera de admiración y cariño de la familia y los amigos.
“Poemas desde el
horizonte” tiene un camino que recorrer, un espejo donde verse cada vez
que alguien lo haga suyo, aparezca en un estante, en una mesa, un alma.
Mi único deseo es que otros libros como este, de la mano de la autora,
alivien la cabecera de mi cama, cada noche.