Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 25/26

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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POETAS CUBANOS

 

JOSÉ ABREU FELIPPE


Nació en La Habana, Cuba (1947). Es poeta, narrador, dramaturgo y crítico literario. Se exilió en 1983. Vivió unos años en Madrid y actualmente reside en Miami. Ha publicado tres volúmenes de poesía: Orestes de noche (1985), Cantos y elegías (1992) y El tiempo afuera (Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2000). Como dramaturgo ha dado a conocer: Amar así (1988), Teatro, que reúne cinco piezas (1998), y Rehenes (2003). Sus novelas Siempre la lluvia (finalista del concurso Letras de Oro 1993) y Sabanalamar (2002), forman parte de El olvido y la calma, una pentalogía que incluye además Barrio Azul, El instante y Dile adiós a la Virgen, de próxima aparición. Los poemas a continuación pertenecen a una selección del libro El tiempo afuera.


 

 

NO TENÍA LA MÚSICA

 

El problema estaba en la música.

Si él tuviera la música

todo le hubiese resultado menos amargo.

Pero no la tenía, nunca la tuvo, y ya era muy tarde.

Se sentía muerto. Sus palabras no tenían la música.

Él la veía en la tarde, estaba en el aire, en los colores

que se derretían dolorosamente sobre el cuerpo extendido.

Un cuerpo expuesto, abierto y extendido.

Entrañas de un animal que se contorsionaba

en una agonía repetitiva y lenta, muy lenta;

vergonzosamente lenta, y triste.

También estaba en la noche alta.

Él abría los ojos hacia arriba y dejaba que aquello lo inundara,

mientras la música brillaba profundo y giraba

hasta marearlo.

La noche

no era como la muerte de su madre rota contra el asfalto.

La noche

estaba más allá de él, fuera de él, y tenía la música.

El asfalto era también oscuro,

la sangre brillaba como noche o rabia en un charco irregular y

espeso.

Pasaban autos rajando la avenida. Sintió que debía observar bien

esos autos.

Se sentó a dos pasos del sitio donde cayó su madre

a contemplar los autos. Pero no pudo.

No había furia ni rabia en lo dulce que se secaba sobre

la sangre. Estaba la música, gorda, cayendo,

desde arriba de todo cayendo, iluminada y sin remedio.

Entonces limpió la losa con las manos,

colocó las flores en el vaso de plástico y se marchó.

No podía hacer nada.

Él no tenía la música y no estaba su madre.

 

                                                                                                            

CAMINO A CASA

 

Como en sueño, las blancas olas de la muerte llegan

a lamer los ojos de mi padre.

Como de sueño emergen y toman posesión de nuestra casa.

El brillo se apacigua y desgaja el miedo que antes resguardaba.

Los deseos se fueron diluyendo -esto se acaba- y el cuerpo,

cada vez menos cuerpo, va penetrando un ritmo

que en todo me es ajeno.

La lengua aún se esfuerza por mantener un diálogo imposible

y yo pienso que las cosas dejaron de funcionar como se suponía.

Como sueño, el cuerpo deja de luchar y se entrega

al otro sueño, que ocupa nuestras horas, no ya las suyas,

mientras órganos y costumbres se resienten.

No obstante, la muerte siempre tiene la manía de sorprenderme,

como esas flores, que no estaban la noche anterior en mi escalera.

 

 

DEL SILENCIO (1)

 

Las paredes están manchadas de silencio.

Un silencio espeso que gotea como si fuera semen.

Pende del techo, se acurruca

en los marcos de ventanas y puertas clausuradas.

Puedo tocarlo al deambular por la casa.

A veces se compacta en el aire y me asfixia.

Enciendo el radio, conecto el televisor.

John Lennon comienza a cantar Imagine.

Pero todo es en vano,

no consigo disiparlo.

Creo que faltan las voces de mis niños.

 

 

DEL SILENCIO (2)

 

Qué extraño color tiene el silencio de la tarde.

Ni una hoja se queja.

Sólo el verde tranquilo se reposa y opaca

en cierta vitalidad que imagino a lo lejos.

Va cayendo, acallando, muriendo tenso

en esta habitación.

                                                                                                   

 

INVIERNO EN MIAMI

 

Ningún sonido entra en este cuarto,

salvo, quizás,

algún avión rajando la apariencia.

Cuando eso ocurre, la noche herida se abre y se derrama.

El viento que entra por las ventanas

recorre presuroso toda la casa, la sacude

y casi la aligera.

Mi piel recibe extrañada la caricia.

Luego, en retirada, vibra en las persianas de plástico.

Yo estoy desnudo y me miro las manos;

después, un rostro extraño en el cristal.

El puente de la 22 está levantado y la chatarra se impacienta.

Desde la oscuridad es bonito el contraste:

hacia delante hay una procesión en desbandada

que luego se aglutina y retorna

transfigurada por mi izquierda.

El rojo se vuelve blanco y yo estoy ardiendo.

Son apenas las 10

pero es el único signo de vida en esta ciudad.

Creo que hay un perro del otro lado de la cerca.

Creo que el pájaro que cantaba de noche emigró.

Creo que la mata de maravilla que tengo en la escalera

es la misma que había en el placer de enfrente de mi casa.

Yo prendo otro cigarro mientras escucho

cómo juega el viento

en los cables de alta tensión recién restaurados.

)No escucharé otra voz?

La noche semeja la otra herida.

Yo, como siempre, estoy esperando 

a que llegues pero no tengo frío.

El invierno en Miami sólo cala por dentro.

 

 

ELLA LO SABE

 

Ella va calando,

va abriendo su surco, lo humedece

como ritmo de olas o de ráfaga.

Ella se hincha y el sudor

araña las paredes.

Se desliza, respira sobre la nuca

erizándola,

luego retrocede.

Piel que descorre terrores tibios

como lengua,

como fuego a veces.

Así se rinde, es cuerpo,

pero ella se adentra,

gana espacio, se posesiona.

Las manos parecen semanas

o hojas crispadas al calor de la tarde.

Algo cruje, algo se expande como un niño.

Las otras ruedan, tropiezan, se contraen, huelen.

)Qué diría ella

de unos labios abiertos en un grito

que no se escucha?

El dolor le provoca espasmos con olor a tela almidonada.

El pecho se dilata,

está vivo, respira.

La hierba es oscura y trae presagios.

Ella lo sabe y se aproxima, toca fondo.

Llora profundo,

después se duerme,

late.

 

 

 

 

MARÍA ELENA BLANCO


Nació en La Habana, Cuba (1947). Poeta, ensayista, investigadora, crítica literaria, traductora y profesora universitaria. Es graduada en literatura francesa y en literatura latinoamericana y española por universidades de Nueva York y París. Su primer poemario, Posesión por pérdida (Sevilla: Barro, 1990; Santiago de Chile: Libra, 1990), obtuvo mención honorífica en el Premio Platero de Poesía, 1989 (Ginebra) y fue finalista del Premio Barro de Poesía, 1990 (Sevilla). Otros libros publicados son los poemarios Corazón sobre la tierra / tierra en los Ojos (Matanzas, Cuba: Vigía, 1998; Alquímica memoria (Madrid: Betania, 2001)   –de los que proceden los poemas ganadores del premio La Porte des Poètes, 1996 (París)-- y Mitologuías (Madrid: Betania, 2001), así como la recopilación de ensayos críticos sobre autores latinoamericanos y españoles, Asedios al texto literario (Madrid: Betania, 1999). Su poesía, ensayos de crítica cultural y traducciones literarias han aparecido en publicaciones de los Estados Unidos, América Latina y Europa, como América (París), Caronte (Nueva York), Crítica (Puebla, México), Encuentro de la cultura cubana (Madrid), Extremos (Nueva York-Concepción, Chile), Kolik (Viena), La Revista del Vigía (Matanzas, Cuba), entre otras. Su obra poética está representada en antologías como Barro, antología primera (Sevilla: Barro, 1993); El agua buena eternamente canta: veinte poetisas cubanas (Madrid: Col. de la Aurora, 2001), La isla poética (La Habana: Unión, 1998) y Voces viajeras (Madrid: Torremozas, 2002). Tiene en preparación varias nuevas series poéticas y la traducción en verso de Las flores del mal de Baudelaire. Tras períodos de residencia en Buenos Aires, Nueva York, París, Londres, Haut‑de‑Cagnes, Valparaíso, Viña del Mar y Santiago de Chile, vive en Viena, Austria. Desde 1983 es traductora de las Naciones Unidas y actualmente dirige la sección de traducción al español de las Naciones Unidas en Viena.


 

 

QUIMERA

 

 no se habló nunca más de la ciudad

el padre la enterró viva lustros antes de que desfallecieran

todas sus casas al unísono

y un polvillo de cal y de pigmentos acres entró por el ojo taladrado

haciendo estragos en la imagen

añicos las palabras

 

alguna vez de pronto resurgía trocando sus volúmenes

en la caricia pendular de un barco o una senda entre dunas

por la que se buscaba a alguien

a una abuela extraviada por ejemplo

o en cuartos de penumbra con persianas en ascuas

y puertas invisibles

 

(afuera la canícula imitaba las granadas maduras)

 

y el nuevo hogar/hotel de solitarios/un nido de pieles

de cebolla

transparencia de ópalo que éramos

expuestos y encerrados en el cáliz de sangre:

cada cual a beber el zumo destilado del sueño

cada cual a sortear su novatada en el foro

cada cual a estrenar sus fieras nupcias con la noche

 

o bien la divisaba agónica flotando a la deriva

zurcida por tenue hilo de luz a otros fragmentos de isla

y en cierto ocaso me fulminó de lejos cual circe envejecida

cuando aspiraba al alba el aire tropical en lo alto

de una terraza de aeropuerto

 

(desde entonces he tenido y perdido muchas casas)

 

la he vuelto a ver de cerca

la he mirado a los ojos

pero al girar la espalda hasta una nueva cita

indeleble su memoria en mi cuerpo

no quedó ni una huella de mí sobre su suelo

no se grabó mi nombre

nadie aguarda mi voz

 

 

CASAS DE AGUA

 

1. [celimar]

 

la certeza del mar a sus espaldas

diseñó su perfil

 

la niña solitaria tiende un cerco obsesivo

a cada esquina

 

la acosa desde el parque o la grama

 

olvida alada el miedo y la hora

hasta que la despierta el aire de la tarde

 

veloz como si la espantara un hado

pedalea hacia el mar

 

 

2. [güira de melena/cajío]

 

en una

el joven trémolo lamentaba la suerte

de los reyes de Francia

arrancaba mazurkas al piano castigado

 

yo lo oía

 

en la otra

el joven con el torso desnudo

aprestaba los botes y las artes de pesca

reunía a los hombres

 

él se iba con ellos

 

luego al baño de mar en ese caldo sucio

convocada por la tía o la abuela

o las tías abuelas

 

¿y dónde estaba ella?

 

límpida agua de lágrimas y fango

señoreaban por la piel de la niña

  

 

3. [la víbora]

 

en esos climas los baños de azulejos

son un témpano verde

una pesadilla gótica

 

la loca fantasía tirita

entre el pudor

y el champú en los ojos

 

por la ventana alta

la flor del flamboyán

seduce a los insectos que vienen a morir

entre los dedos de mis pies

bajo la ducha

 

y reaparecen por la noche

en un grito

 

 

4. [playa albina]

  

entre el jarabe negro del canal

y el agüita turquesa

muy lejos de ese mar

te consumiste

orfebre de los sueños

una vez realizado

en esta orilla

tu amor a lo inasible

 
 

COLINAS DE LOS SUEÑOS

 

desde lo alto del aula de cristal

hasta la otra colina

la de la escalinata prometida

una vía láctea

una zona peatonal del corazón

de donde arrancan

los primeros y todos los posibles caminos

este era sin saberlo uno de ellos

el extraño

el de la lejanía

plurívoco y equívoco

tierra de nadie

 

diariamente bajo el sol de las doce el Alma Mater

gira su semblante hacia el sur

y su mirada forja un puente en llamas

que orquesta la fantasía del saber

yo no veo la testa coronada de laureles

y caca de palomas

sólo yo en plena gloria sobre esa escalinata

otros la pisaron por mí

yo en claustros ajenos

fui rebelde

aplicada o seductora

yo tuve la Escalera E

 

frente a la azotea rosa de mi abuela

encaramada en la loma de Chaple

el Morro y la bahía componen el suave horizonte de la patria

un desahogo para la ciudad

yo abro la boca y riego el aire con mi aliento

buscando salobre intimidad

ensayo de una noche de bodas en el trópico

sin desenlace

una muesca en el tiempo

albur escarmentado por dioses iracundos

otra comparecencia muda

ante la nada

 

 

 

ZOELIA FRÓMETA MACHADO


-    Nació en Bayamo, Cuba (1960). Poeta, bibliotecaria, profesora y periodista. Trabaja en la Unidad de Servicios bibliotecarios de Información, Universidad Veracruzana, como analista documental, en el Departamento de Control Bibliográfico. Ha sido redactora de la Colección “Espiral” de poesía y cuento en Bayamo, Cuba y compiladora de la Antología de poesía De naciente fijeza publicada por la Colección “Sed de Belleza” en la ciudad de Santa Clara. Ha sido catedrática en Talleres de Creación Literaria, impartidos en Cuba y Colombia. Ha sido catedrática en la Universidad Veracruzana de Literatura Hispanoamericana. Ha coordinado Coloquios Internacionales de Literatura, Ferias de Libro y ha organizado recitales de poesía y cuento y conferencias en su ciudad natal, mientras se desempeñaba como coordinadora del Departamento de Literatura de la Casa de la Cultura de la Ciudad de Bayamo por un periodo de alrededor de diez años.  Ha publicado los poemarios: Pasos de ciego (Cuba, 1995) Ave de tránsito (Cuba, 1997) y Exilio (Ediciones Exilio, Colombia, 1997), entre otros. Ha sido incluida en la “Antología Cósmica de 8 poetas cubanas” (Frente de Afirmación Hispanista, México, 1998) y la “Antología de la poesía cósmica cubana (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2002), entre otras antologías y revistas en Chile, España, México, Brasil, Colombia, Argentina y Venezuela. Ha sido ganadora del Premio de Poesía del Concurso Nacional “Santiago de Literatura” (Santiago de Cuba, 1993), entre otros y recibió una Mención en el Concurso Territorial de Poesía “Adelaida del Mármol” (Holguín, Cuba,1989) y una Mención Honrosa del Concurso Internacional de Poesía “Safo” de la revista homónima (Chile, 1996).


  

 

NO SOY LA QUE SE CRUZA EL CHAL

                     A Martha María

Si yo fuera amiga la que se cruza el chal
y sonríe eterna al retratista
no esta mujer ojerosa de palabra innombrable
siempre obstinada que toma té en noches de insomnio.

Si yo fuera por un instante la que sonríe
y parece tan tersa en su reposo.
No esta terrible mujer que algunos dicen
perversa enemiga de las formas
que desdice y prefiere hacer el amor por las mañanas
cuando en alguna parte alguien apuesta mi cabeza
castra mi lengua y abril roza su crueldad sobre mi espalda.

Si yo fuera…
entonces otros
los gestos
los reclamos
las mentiras
pero hay viento y sal en mi corazón.
Mi corazón como un chal doblado sobre la aspereza del silencio.

Silencio de calles y fiebre
de castidad y cuaresma
de abrir la mano y dejar caer la moneda
mientras tu preguntas y yo digo: No soy la que se cruza el chal.
No soy la que sonríe al retratista. Soy la amante del inquisidor
miento para proteger mis herejías y lloro hasta cegar mis ojos.
Tengo miedo a las murallas que nos rodean
oscura y desolada se ha vuelto mi soledad
y mi habitar estas arenas.

Y tú que debías condenarme
¿Por qué me perdonas?

Voy hacia la muerte y duelen los clavos y los días.
No fui de los elegidos.
Ante mí hay  un camino apartado y sinuoso
donde  la letanía del  tiempo me recuerda
la vieja canción del naufrago
y ya no puedo ser la misma
pero pienso que hubiera querido ser la del chal
que sonríe al retratista
no esta sombra extraviada de silencios.

 

RECIO TIEMPO DE LA LUZ

Bajo la recia noche descifro los conjuros de la soledad.
Afuera resuenan los pasos del caminante
señalado por un incierto albedrío.

En la mesa del escanciador
la noche empuña sus fatuos ropajes y
los recuerdos son náufragos a la deriva
pesadilla del tigre y la muerte.

Madre la extraño esta noche
y lloro amargo como animal que desollaran.
Soy una apariencia en la tribuna de los conjurados
una mujer sola frente a sus verdugos.

Madre pertenezco a una casta de tristes designios
y que será de mí si tengo sólo por herencia
una pobre torpeza de vasallo,
la anunciación de una infancia huidiza
entre los pinos abotagados del invierno.

Temo mirar afuera
la ciudad es sitio triste
criatura alucinante con sus sucios afeites
y rostros ombligados.
La ciudad excomulga mis verdades
y neblina mi corazón.

Madre detrás de sus murallas
el sabio Tiresias recita su sermón.
Quiero escapar de la afasia y el claustro.
Quiero entrar a mi caracol de silencios
y  ver la noche bajo la luz tácita de mi lámpara.

Rondan palabras de oscura sangre
y como ríos de umbría infinita
cruzan los párpados del sueño.
¿ Podrá salvarnos el amor y la sabiduría?.

Grité  y nadie respondió
supe entonces que Dios me había abandonado
y a quién hablar de mi asma
del lunes y mi esterilidad enfermiza.
Quién limpiará de odios ahora mi  lengua
y remendara mis mentiras de trapecista.

Madre la ausencia me hizo triste
y es que en mí ha crecido un árbol torcido
de nívea sombra.
¿Dios, sólo tú sabes cuanto  cansa el insomnio de no ser feliz?
¿Acaso es el peor pecado de los hombres?

Cruce todos los puentes
y gasté mis lágrimas junto al perseguido
de rugosas palabras y aquí estoy ya sin recuerdos
castradas fueron todas mis verdades.

Dibújame Madre un trozo de agua
donde ahogar la afasia de mis ojos.
Soy un animal común
la soledad es mi casa y destino.
Sé que cada palabra juega en mi lengua
a ser signo y polisemia del tiempo.
El recio tiempo de la luz en que las sombras espinan
la corteza de las palabras
el recuerdo de una calle sin rostro
donde alguien me grita:
Never more
Never more.

 

 

Y OTRA VEZ EL MAR…

 

Afuera un mar húmedo y cotidiano

se desnuda coloquial frente a mis ojos.

Ese mar que soñé, ahora se entrega de soplos

como eco que de golpe entra al corazón.

Puedo entonces ser la niña de ojos saltones y largos dedos de adivina

que jugaba a tejer secretos con la arena,

mientras la  menuda  voz de mi madre llegaba de súbito:

“Cuidado hija con las olas”.

Pero la niña un día  cruzó los océanos

y le nacieron relámpagos en la mirada,  las palabras naufragaron

en la roca de la vieja garganta  y otra vez el mar se hizo costumbre,

 un montón de amaneceres y albatros que pasaron veloces como  estampida de silencios.

Llegaron los viernes lacios y escarcha,

el ademán  quedó atrapado en la ceniza del intento

como  gota de rocío en el ojo seco del vigía.

Encallaron los  pasos en la herrumbre de las horas,

el horizonte fue otro escollo que hubo que sortear.

Pero ella siguió con su mundo bajo el brazo,

esa mujer que ahora me mira desde la profundidad del espejo

y sonríe con su boca de lagarto hambriento.

 La misma que esta noche dirá: Señor aquí está lengua,

mi lengua de blasfemar y  tejer albedríos ¿Podrías decirme que hacer con ella,

ahora que los sagrados animales del alma no están,

y los amigos mueren de ternura y soledad en las distancia?

¿Acaso, Señor, se extraviaron mis pasos?

¿No fue éste él camino que elegiste para mí?

 

Dime señor, antes que no pueda soportar esta vastedad de nostalgias

y naufragios en el río de la sangre, que sé avertiginan como  pesadilla.

Qué hacer cuando no está el paso fajado del mulo para consolar,

el tránsito del durmiente por los oscuros corredores de las sombras

donde cantan los heraldos sus himnos y la espina

atraviesa el ojo placentero de la que se mira en el vidrio

mientras el corazón  es un instante confuso,

el mar esa  letanía sin fondo que no alivia  el rostro  que se torna  máscara de llanto.

Una bandada de pájaros no fue suficiente para anunciar la llegada del ángel,

 las sombras asechaban amargas desde adentro,

con sorda y exquisita tristeza  merodeaban los corredores exhaustos de la voz.

Señor olvidados quedaron en la playa como pájaros muertos

mis asombros de niña, mis ojos saltones y dedos de adivina.

El mar fue ese tiempo que creció como  telaraña

en el coto ahogado de  la memoria.

 

 

OJOS DE TOPO

 

                                       A Gelasio muerto de rabias

 

Estoy pensando tu muerte, tan ayer

resbalando por los cristales cenizos de julio

y no hay palabras y vuelvo a ser la salamandra

contra la cara del tiempo, intentando descifrar

conjuros que nombró la memoria.

 

Supimos de la prisa, el desierto y el llanto

en la noche que Vilches, Omar y Carlos

jugaban a apostar libertades,

palabras al infinito, era Octubre

y toda expectativa no cabía en un verso.

 

Hoy habito la prisa de otras calles  indiferentes

a mis rabias de mujer y el dolor en el cuello de la lengua,

tal vez nunca hicieron falta los molinos, ni el adiós

porque estabas al voltear de mi mano,

estabas a la diestra de mi verso,

estaba ahí, en la magia de mi gesto discursivo con que suelo golpear

 

el viento de la noche en una ciudad extraña

que me ve como animal intruso,

entonces te pienso tendido en tu morena sobriedad

de componer palabras y recuerdos.

 

Siempre creíste en los girasoles

y te inventabas historias para los  tristes Domingo de provincia.

Sé que mañana faltarás al abrazo del regreso