Nació en Managua, Nicaragua (1954). Poeta y compositora musical.
Autora de los poemarios: Así cuando la lluvia (1974),
Cerámica sol (1977), Penqueo en Nicaragua (1980) y
Aposentos (1984). Autora también de Nonantzin, disco
compacto de poemas nicaragüenses convertidos en canciones, con
música compuesta por ella misma. Reside en Nueva York. Su poesía
trata sobre la experiencia de ser mujer y la interacción del ser
humano con su entorno natural.
ALGO DE MÍ RECONOZCO
Algo de mí
reconozco
en esa florecita
blanca
algo de mí se sacude
ese pájaro
revoloteando
estoy
lo sospecho en una
piedrita
de ese nido de
oropéndolas
me levanto
y me convierto en
árbol
me recuesto
y soy una yedra
sostenida por un sauce
huelo a mí
en este palito
que destrozan mis
dientes
voy en mechas de
maizales
estoy amanecida como
esa cañada
y soy una hoja seca
que soban los
venados
algo muy mío
han transparecido
esta tarde
las montañas.
(De Así cuando la
lluvia, León, Nicaragua, 1974)
ARROCERO O PÁJARO ÍNGRIMO
Pasan las bandadas
de pájaros arroceros
están pasando en
parejas.
Pájaro solo
no vuela.
Pájaro íngrimo
se vuelve
guijarro.
Así
el canto para
el que no hay oído:
canto que
no me oyes
es canto íngrimo.
(De
Cerámicas indias, León, 1978)
DE CÓMO EL PUEBLO AMADO SE LLENÓ DE SANGRE
Hay nombres dulces,
nombres dulces de
pueblos dulces.
Y están por toda
Nicaragua
en toda Nicaragua
salpicándola
endulzándola están.
Hay nombres dulces
en Nicaragua como los gofios dulces
y
bienmesabes y hojaldres.
Para las fiestas los
dulces
para los
días del corazón.
Oír los
nombres dulces
de mis
pueblos como dulces.
Oír
Estelí, Masaya, Diriamba,
Chinandega, Matagalpa; Oír.
Nombres dados por
los indígenas
como
para nombrar a la amada:
Masaya Amada.
Como para decir al
amado:
Vení
Estelí...
¿¡Y que el
bienmesabe llene tu boca de sangre!?
¿¡Y que no sepan más
que a odio los gofios!?
¿¡Y que el hojaldre
entre tus dientes como las granadas estalle?
(De Penqueo en
Nicaragua,
1981)
ENCUENTRO
INESPERADO CON ALEJANDRO EN TIMES SQUARE
Pues sí,
sigo y me veo igual.
No me han cazado.
Lo arisco aún me
dura o el parapeto sigue conmigo.
Todavía corcovea mi
cuerpo a caballo
y oigo boleros,
trajino diccionarios,
las serenatas bullen
dulzonas en mis oídos
y sumo y multiplico
(muy lejos el dividir o el restar).
¿La misma todavía,
idéntica Yolanda?
Digo, es mi decir.
Pero, ¿a tus ojos
igual?
¿A la luz de diez
años igual?
Dándoteme en exacta
palabra,
digamos que ya los
años comienzan a trabajarme:
ve mi copete, mi
pava con canas
ve esta línea
rondándole a mis ojos,
--perceptible pata
de gallo si hay luz brava--
¿soy yo la tu
muchacha apretada a tu abrazo?
¿Quepo en tu idea de
mí?
De por medio:
carretas de días acontecidos,
distintos soles,
separadas nubes,
muy otros los
acentos,
ajenos el pan, la
mesa de estudio
y ni un asomo que
afiance o aleje.
Muchacho que fuiste
amarrado a mi baile,
¿es éste el mismo
bolero?
¿es ésta aquella
guaracha?
¿Soy yo, sos vos?
En el haber tenemos:
las fiestas de la
U.N.A.N.,
las guitarras que
abrazamos,
esos rones y textos
preguntados,
el Coyolar, el atrio
de Zaragoza,
León entero.
Ayer en León, vos y
yo.
Vos, funcionario
sandinista,
yo, oficiosa de la
palabra.
Y tanto ¡ay! que nos
reclama:
mi lunar de canas,
tu mujer, tu panza
indomable
y esta nunca más
siempreverdeante juventud
desdibuján-
donos.
Nueva York, 1987
245
EAST, 11TH STREET
Estuve al lado de la
muerte.
Al segundo piso de
un edificio situado
donde antes se
explayaba un camposanto,
durante cuatro años
llamé mi casa.
Ahí,
frecuentándolos,
aprendí a llamar de
nombre a sus muertos;
a escuchar las voces
quejosas y dolidas de los deudos:
los personeros de la
época cuando New York
era New Amsterdam;
los entreveros del
primer alcalde;
el bucle rubio de
Rosy Ann Dogwood (1704-1708),
niña que llegó tan
sólo a calzar 24;
el hondo azoro de un
esposo por Mary Bond Newton
-“abnegada,
abnegadísima esposa y madre”-;
hombres de bien;
hombres de hogar;
sujetos ajenos al
bien decir;
ires y venires;
deseos y quereres
bisbiseando ahí
su solaz
o su infierno.
Y esas voces, a
veces, subían hasta mi piso,
o, a secas, era mi
imaginación avecinándome
al reino
de la Parca.
Y yo, siempre, al
final, aflojando el abrazo.
Estuve al borde de
la muerte.
De ese mismo
edificio,
pálida, seca,
palpitando apenas,
salí a finales de
una primavera
hacia la sala de
emergencias de un hospital.
Pero la Parca, al
final, ella esta vez, aflojó el abrazo.
New York, mayo 94
Nació en Managua, Nicaragua (1949). Poeta, abogado y crítico.
Desde 1968 publica en La Prensa Literaria, poemas, críticas
de cine y literarias y traducciones de poesía inglesa. Autor del
libro: 100 Años de Historia de Cine (1996). Es co-editor,
con Ligia Guillén, de la revista “Poesía Peregrina”. Reside en la
Florida desde 1985.
SCÈNES
DE LA VIE DE BOHÈME
Toulouse (el enano
con nombre de ciudad)
colocó su sombrero
sobre la mesa
y comenzó a dibujar
a la bailarina
que enseñaba las
piernas aparentando descuido.
Aquella noche pudo
haberse emborrachado
o pasarla en la Rue
des Moulins
o discutir con
Yvette Guilbert
sobre la función del
corazón en cuestiones de amor.
O hacer las tres
cosas.
Al día siguiente
iría al circo
o a la
ópera
o al Moulin Rouge.
O tal vez sucedía
algo interesante.
Casi de madrugada se
retiraba.
Caminaba solo, como
un precursor de Bogart o Aznavour:
“Aunque camine
acompañado, está solo”.
Llegaba a su estudio
en la 27 Rue Caulaincourt,
se quitaba la ropa y
los lentes
y quedaba envuelto
en su mayor alivio:
la oscuridad.
Del palacio del «Bosc»
al Château de Malromé
desafió a la vida
para poder encontrar la felicidad.
La lucha fue tan
cruenta que murió en combate
(Rosa la Roja le
mostró la parte más dolorosa del placer).
Su mundo de trazos y
colores enérgicos, punzantes
-hábitat de chansonniers, clownesas,
malabaristas,
cocottes, bailarinas…
¡portazo a su
heráldica ascendencia!-,
encierra un grito de
protesta
(satírico,
melancólico; sarcástico, compasivo)
¡que sigue
estremeciéndonos!
(11 de noviembre de
1968)
ELEGÍA
COMPROMETIDA PARA EL ALMA DE POPEA
“Desde la Maja Desnuda hasta September Morning”
(J.C.U.)
Popea tenía
un altanero modito
de morderse el labio superior,
levantar la cabeza y
fugar la mirada.
Nuestras citas
degeneraban con frecuencia
en prolongados e
incómodos conflictos silenciosos
que
Popea,
con dos o tres
palabras,
convertía en una de
esas horas
que se pegan después
como niños vendiendo
chiclets a la salida de un cine.
Entonces
yo hablaba y hablaba
aunque nunca logré
sorberle un secreto.
Sólo
supe que odiaba la actual poesía joven nicaragüense,
1as lunadas del Country Club,
la auto-suficiencia
y sobre todo
mi manera de
insinuar las cosas,
de interpretar sus
pensamientos.
-“...el único camino para
salvarla consiste en
que alguien efectúe
en
ella un cambio
radical
de estructuras ...”
dejándola intacta,
claro,
pues ha sido educada
de acuerdo con los métodos modernos de:
sicología infantil,
sicología del adolescente ...
(tan eficaces para el logro
de una muñequita de
cuerda
propensa a
molestarse con
el estallido de una
gota de
vida)
(16
de febrero de 1969)
JUICIO FINAL
Una capa rojiza de
polvo, formada por los vientos
que preceden las
lluvias torrenciales, cubría el cielo.
Yo miraba hacia la
ventana, desatendiendo al Hermano
que nos leía el
Catecismo.
Vislumbraba en aquel
telón de fondo demilliano
a Cristo que
descendía para juzgarnos.
Abandonando el aula
intempestivamente, corrí a casa
por el amplio patio
asfaltado; las gotas salpicándome el rostro.
(Más que el juicio,
la hecatombe me espantaba).
Tras de mí, el
Hermano soplaba el silbato.
(Los demás,
impasibles, miraban extrañados
al compañerito
frentón que corría como un desesperado).
Y en mi mente: las
láminas de cartón que nos mostraba
el “cura” enjuto y
arrugado con perfil de Pío XII:
Cristo, los ángeles,
las trompetas;
los justos, los
condenados;
el fuego del
infierno, las siluetas de los demonios…
Hoy es el tiempo el
que ha huido por el viejo lago enlutado.
Son otras las voces,
las miradas, los colores…
¡Hasta los recuerdos
se han mudado de ropa!
(El pasado tiene
siempre olor a madrugada).
Pero sigo temiendo
el encuentro definitivo.
¡Más ahora que el
camino al Paraíso es escarpado!
Ojalá fuera el
hombre que quisieron forjar
aquellos Hermanos de
las Escuelas Cristianas
que cantaban en
latín y llevaban siempre puesta la sotana:
Agustín el mayor,
Agustín el menor; Apolinar Pablo,
Eugenio, Pedro,
Bernardo,
Basilio, Miguel,
Eulogio,
Máximo, Andrés,
Hildeberto,
Eusebio, Mateo,
Ignacio,
Inocencio,
Florencio, Antonio…
(Todavía oigo la
campana
más distante ahora,
más opaca)
LA
LECTORA
¿De qué vieja
leyenda nahua o germana surgiste
para alterar la
quietud de los atardeceres?
En la pequeña
iglesia católica de Sweetwater,
donde las oraciones
de los exiliados nicaragüenses
se mezclan con los
dejos de otros inmigrantes,
resuena tu voz
cuando lees las epístolas de San Pablo,
durante la misa
dominical en español, de las siete de la noche.
Tu impecable dicción
sin acento para mis oídos
me revela tu origen
entre mosquiteros y hojas de chagüite;
a pesar de tu
cabellera suelta color castaño claro
(que refleja las
raíces colgantes de un árbol de chilamate),
tus mejías nórdicas
que realzan unos ojos ligeramente rasgados,
y esa nariz firme,
desafiante, de amazona terrateniente pampeana.
(Sus pies
transparentes, aunque evoquen los de la doncella “Lindopié”
en las láminas
prerrafaelitas del viejo “Tesoro de la Juventud”,
nacieron para
caminar descalzos sobre lodo, zacate, piedras y arena;
y aunque su cuello
de princesa monegasca despida el aroma de j’adore,
la estela de su paso
deja olor a maíz tostado, cacao, achiote y canela).
¡Cómo no
estremecerse ante tu porte de emperatriz eslava!
¡Cómo no sentir el
alma liberada al escuchar tu voz de mezzosoprano coloratura
que nunca se
atreverá a cantar!
(Me pregunto de
dónde emana esta visión de otros tiempos,
con vestidura blanca
recién lavada y planchada, como su alma
que tiende a secar
al sol antes de repartir la sagrada forma;
en época de voces
prematuramente enronquecidas,
miradas vidriosas,
tímpanos desgarrados
y besos de labios
sin rostros y sin nombres).
¿Qué ángel de alas
deslucidas te arrancó de la torre de tu castillo
para plantarte entre
nosotros
dejando desolado al
héroe de armadura
que decapitaba
dragones para conquistarte?
¿O eres acaso la
piadosa dama española del siglo XV,
cuyo marido mató de
una lanzada
al poeta Macías, el
enamorado, cuando éste besaba obsesivamente
el suelo que
hollabas al caminar, una calurosa tarde jaenesa?
(¿Nos conmoverían,
¡galeotes de la belleza!,
con el mismo
arrebato
su fervor religioso,
su fe inexpugnable,
si no intuyésemos
bajo el alba recatada,
los latidos de un
cuerpo de gimnasta rumana?)
Visión inalcanzable,
intemporal,
impoluta como los
ideales que al realizarse se hacen polvo.
Mujer sin nombre que
te alejas hacia una vida que no nos pertenece,
como camafeo
olvidado en un barco pirata derrelicto.
¡Sueño diurno que,
dando vida, matas!
(Agosto, 2001;
Península de La Florida)
EPÍSTOLA SOBRE LA GUERRA FRÍA A UNA
COMPATRIOTA, COMPAÑERA DE EXILIO
I
Cuando pienso en la
Trattoria Luna
donde cenamos
después de ver La Dolce Vita
en el Absinthe de la
calle Alcázar
o en ambos subiendo
del brazo las escaleras de la Ópera
(a la manera de
Charles Boyer e Ingrid Bergman
en las viejas
películas de Hollywood),
me parece que todo
sucedió en época remota,
en un mundo que
desapareció una soleada mañana de septiembre;
aunque no haya
transcurrido tiempo suficiente
para tirar a la
basura los calendarios que adornaron esos días.
¡Pensar que llegaría
a sentir nostalgia por la guerra fría!
Nikita Kruschev
golpeando la mesa con su zapato;
Yuri Gagarín
sonriéndonos desde la portada de todas las revistas;
los noticieros
cinematográficos
con bodas y
coronaciones de príncipes y princesas
-carreras de
caballos, carreras de coches, desfiles de modas, concursos de
belleza-
y la imagen del
joven Fidel vociferando ante la multitud;
el atolón Bikini; la
guerra de guerrillas; la crisis de octubre;
las citas de Mao, el
diario del “Che”, Mater et Magistra
(Eugenio Pacelli,
Angelo Roncalli, Giovanni Montini, Albino Luciani)
la primavera de
Praga, la guerra del Vietnam, la contracultura hippie;
la guerra del Yom
Kippur;
Nehru en Belgrado;
Arafat en la ONU; el Papa en Varsovia;
la resistencia
afgana, el affaire Irán-contra, la caída del Muro...
y las temibles
bombas atómicas, maniatadas por su propia potencia destructiva.
Viejo mundo de
trucos por todos conocidos,
con senderos
marcados por las huellas de nuestros predecesores;
aunque los que
cayeron, víctimas del choque de las ideologías,
conocieron el límite
de la tragedia humana.
II
Hoy el mundo entero
es un campo de batalla,
cada ser humano, un
soldado desconocido.
Asistir a misa,
abordar el metro,
ver un partido de
fútbol, viajar, respirar...
tan arriesgado como
cruzar un campo minado.
La religión y la
política fusionadas
esgrimen viejas
heridas jamás cicatrizadas,
profundas, como las
fallas en la tierra.
Antiguos conflictos
salen de sus sarcófagos
convirtiendo lanzas
y espadas en armas de destrucción masiva,
mientras las reglas
del juego yacen olvidadas
en el fondo de los
lagos más contaminados.
Y todos tienen
argumentos contundentes para justificar
el avance del
caballo bermejo de la guerra;
el avance del
caballo cetrino de la muerte.
No es el mundo que
anidaron nuestros padres
(aquel entorno
compacto, sobreprotegido, junto al Xolotlán,
que abandonamos
arrollados por el viento del Este),
ni el que pensábamos
legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos,
cuando aún se creía
en el progreso, a pesar de su paso desigual y vacilante,
y que los
científicos encontrarían la panacea del hambre y las enfermedades.
Pero no todos
navegaban por esos derroteros.
Camuflados en los
laboratorios de los grandes complejos militares-industriales
(en las estepas, en
las praderas, en los desiertos...)
los que percibíamos
como nuestros amigos,
los que percibíamos
como nuestros enemigos,
fraguaban el macabro
escenario del póquer de cepas microbianas
¡precipitando –en
nombre de Dios, la paz y la justicia-
la marcha de la
humanidad encapuchada al tanatorio!
(Octubre, 2001;
Península de la Florida)
Nació en Estelí, Nicaragua. Poeta, pintora y periodista. Desde
hace 20 años vive en los Estados Unidos. Ha recibido dos premios
por su trabajo periodístico. Autora de dos poemarios publicados:
He dado a luz mi muerte y Juegos de prendas. Tiene
un poemario inédito, Sueños y presagios, y en preparación
un libro de cuentos. Su poesía ha sido recogida en varias
antologías, algunas bilingües. Publica sus poemas en revistas y
otros medios culturales. Es co-editora de la revista “Poesía
Peregrina” que se publica en Miami.
Chanco era sabio
Era muchas cosas
sombrero cumbo,
mudada mantazul,
músculo enjuto y
fuerte,
una buena melenca
pero ante todo
Chanco era sabio.
Sabía domesticar
coyotes
que eran los mejores
perros
para cazar
cusucos,
tenía “el Sultán”
que solito
sacaba al “pitero”
de la cueva.
Me enseñó las
delicias
de comer venado,
guatuza,
carne de mono que es
sabrosa
y blanca y buena
para las toses,
lo exquisito de la
guardatinaja.
El gusto de comerse
un pavón
en Navidad en el
corazón de las Segovias
en plena montaña,
el secreto de montar
un ternero
sin que me tumbara.
El gozo de una
cacería,
de tocar la guitarra
junto a una fogata,
y oír cuentos de la
guerra
y de los muertos
en noches de luna
llena.
Pescador de cantos
A Pablo Antonio Cuadra
El dueño de la
sombra inquieta,
sombra del pescador
de nacimiento,
tira la red
persiguiendo nuevos cantos.
Chasquea el agua y
pringa la noche de estrellas,
Agosto por las
noches
pone luz en el lago,
en el cielo Tauro se
baña
en luces de bengala.
Piolín monta
caballitos de mar entre las ondas,
el jaguar se busca
en la piel
la mancha de la
luna.
De isla en isla
la lancha arrastra
en el costado
la red llena de
estrellas,
la isla de Inés, la
de los Morán
la de Magdaleno y
Jacinto,
van quedando
incendiadas de luceros.
Sólo una isla está
oscura