Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 25/26

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 



 

POETAS NICARAGUENSES

 

YOLANDA BLANCO

Nació en Managua, Nicaragua (1954). Poeta y compositora musical. Autora de los poemarios: Así cuando la lluvia (1974), Cerámica sol (1977), Penqueo en Nicaragua (1980) y Aposentos (1984).  Autora también de Nonantzin, disco compacto de poemas nicaragüenses convertidos en canciones, con música compuesta por ella misma.  Reside en Nueva York. Su poesía trata sobre la experiencia de ser mujer y la interacción del ser humano con su entorno natural.


 

ALGO DE MÍ RECONOZCO

 

Algo de mí reconozco

en esa florecita blanca

algo de mí se sacude ese pájaro

revoloteando

estoy

lo sospecho en una piedrita

de ese nido de oropéndolas

me levanto

y me convierto en árbol

me recuesto

y soy una yedra sostenida por un sauce

huelo a mí

en este palito

que destrozan mis dientes

voy en mechas de maizales

estoy amanecida como esa cañada

y soy una hoja seca

que soban los venados

algo muy mío

han transparecido esta tarde

las montañas.

 

(De Así cuando la lluvia, León, Nicaragua, 1974)

 

 

ARROCERO O PÁJARO ÍNGRIMO

 

Pasan las bandadas de pájaros arroceros

    están pasando en parejas.

Pájaro solo

     no vuela.

Pájaro íngrimo

          se vuelve guijarro.

       Así

       el canto para el que no hay oído:

          canto que no me oyes

       es canto íngrimo.

 

(De Cerámicas indias, León, 1978)

 

 

DE CÓMO EL PUEBLO AMADO SE LLENÓ DE SANGRE

 

Hay nombres dulces,

nombres dulces de pueblos dulces.

 

Y están por toda Nicaragua

en toda Nicaragua salpicándola

                        endulzándola están.

 

Hay nombres dulces en Nicaragua como los gofios dulces

            y bienmesabes y hojaldres.

 

Para las fiestas los dulces

            para los días del corazón.

 

            Oír los nombres dulces

            de mis pueblos como dulces.

            Oír Estelí, Masaya, Diriamba,

            Chinandega, Matagalpa; Oír.

 

Nombres dados por los indígenas

            como para nombrar a la amada:

                        Masaya Amada.

 

Como para decir al amado:

            Vení Estelí...

 

¿¡Y que el bienmesabe llene tu boca de sangre!?

¿¡Y que no sepan más que a odio los gofios!?

¿¡Y que el hojaldre entre tus dientes como las granadas estalle?

 

(De Penqueo en Nicaragua, 1981)

 

 

ENCUENTRO INESPERADO CON ALEJANDRO EN TIMES SQUARE

 

Pues sí,

sigo y me veo igual.

No me han cazado.

Lo arisco aún me dura o el parapeto sigue conmigo.

Todavía corcovea mi cuerpo a caballo

y oigo boleros, trajino diccionarios,

las serenatas bullen dulzonas en mis oídos

y sumo y multiplico (muy lejos el dividir o el restar).

¿La misma todavía, idéntica Yolanda?

 

Digo, es mi decir.

Pero, ¿a tus ojos igual?

¿A la luz de diez años igual?

 

Dándoteme en exacta palabra,

digamos que ya los años comienzan a trabajarme:

ve mi copete, mi pava con canas

ve esta línea rondándole a mis ojos,

--perceptible pata de gallo si hay luz brava--

¿soy yo la tu muchacha apretada a tu abrazo?

¿Quepo en tu idea de mí?

 

De por medio: carretas de días acontecidos,

distintos soles, separadas nubes,

muy otros los acentos,

ajenos el pan, la mesa de estudio

y ni un asomo que afiance o aleje.

 

Muchacho que fuiste amarrado a mi baile,

¿es éste el mismo bolero?

¿es ésta aquella guaracha?

¿Soy yo, sos vos?

 

En el haber tenemos:

las fiestas de la U.N.A.N.,

las guitarras que abrazamos,

esos rones y textos preguntados,

el Coyolar, el atrio de Zaragoza,

León entero.

Ayer en León, vos y yo.

Vos, funcionario sandinista,

yo, oficiosa de la palabra.

 

Y tanto ¡ay! que nos reclama:

mi lunar de canas,

tu mujer, tu panza indomable

y esta nunca más siempreverdeante juventud

                                    desdibuján-

                                                donos.

                                                                                   

 

Nueva York, 1987

 

 

245 EAST, 11TH STREET

 

Estuve al lado de la muerte.

 

Al segundo piso de un edificio situado

donde antes se explayaba un camposanto,

durante cuatro años llamé mi casa.

 

Ahí, frecuentándolos,

aprendí a llamar de nombre a sus muertos;

a escuchar las voces quejosas y dolidas de los deudos:

los personeros de la época cuando New York

era New Amsterdam;

los entreveros del primer alcalde;

el bucle rubio de Rosy Ann Dogwood (1704-1708),

niña que llegó tan sólo a calzar 24;

el hondo azoro de un esposo por Mary Bond Newton

-“abnegada, abnegadísima esposa y madre”-;

hombres de bien; hombres de hogar;

sujetos ajenos al bien decir;

ires y venires;

deseos y quereres bisbiseando ahí

            su solaz o su infierno.

 

Y esas voces, a veces, subían hasta mi piso,

o, a secas, era mi imaginación avecinándome

            al reino de la Parca.

 

Y yo, siempre, al final, aflojando el abrazo.

 

Estuve al borde de la muerte.

 

De ese mismo edificio,

pálida, seca, palpitando apenas,

salí a finales de una primavera

hacia la sala de emergencias de un hospital.

 

Pero la Parca, al final, ella esta vez, aflojó el abrazo.

 

New York, mayo 94

 

 

 

FRANKLIN CALDERA


Nació en Managua, Nicaragua (1949).  Poeta, abogado y crítico.  Desde 1968 publica en La Prensa Literaria, poemas, críticas de cine y literarias y traducciones de poesía inglesa.  Autor del libro: 100 Años de Historia de Cine (1996).  Es co-editor, con Ligia Guillén, de la revista “Poesía Peregrina”.  Reside en la Florida desde 1985. 


 

 

 SCÈNES DE LA VIE DE BOHÈME

 

Toulouse (el enano con nombre de ciudad)

colocó su sombrero sobre la mesa

y comenzó a dibujar a la bailarina

que enseñaba las piernas aparentando descuido.

 

Aquella noche pudo haberse emborrachado

o pasarla en la Rue des Moulins

o discutir con Yvette Guilbert

sobre la función del corazón en cuestiones de amor.

O hacer las tres cosas.

 

Al día siguiente iría al circo

            o a la ópera

                        o al Moulin Rouge.

O tal vez sucedía algo interesante.

 

Casi de madrugada se retiraba.

Caminaba solo, como un precursor de Bogart o Aznavour:

“Aunque camine acompañado, está solo”.

Llegaba a su estudio en la 27 Rue Caulaincourt,

se quitaba la ropa y los lentes

y quedaba envuelto en su mayor alivio:

la oscuridad.

 

Del palacio del «Bosc» al Château de Malromé

desafió a la vida para poder encontrar la felicidad.

La lucha fue tan cruenta que murió en combate

(Rosa la Roja le mostró la parte más dolorosa del placer).

 

Su mundo de trazos y colores enérgicos, punzantes

-hábitat de chansonniers, clownesas,

malabaristas, cocottes, bailarinas…

¡portazo a su heráldica ascendencia!-,

encierra un grito de protesta

(satírico, melancólico; sarcástico, compasivo)

¡que sigue estremeciéndonos!

 

(11 de noviembre de 1968)

 

 

 ELEGÍA COMPROMETIDA PARA EL ALMA DE POPEA

 

            “Desde la Maja Desnuda hasta September Morning”

            (J.C.U.)

 

Popea tenía

un altanero modito de morderse el labio superior,

levantar la cabeza y fugar la mirada.

Nuestras citas degeneraban con frecuencia

en prolongados e incómodos conflictos silenciosos

            que Popea,

con dos o tres palabras,

convertía en una de esas horas

que se pegan después

como niños vendiendo chiclets a la salida de un cine.

 

            Entonces yo hablaba y hablaba

aunque nunca logré sorberle un secreto.

            Sólo supe que odiaba la actual poesía joven nicaragüense,

                        1as lunadas del Country Club,

                                    la auto-suficiencia

 y sobre todo

mi manera de insinuar las cosas,

de interpretar sus pensamientos.

 

                        -“...el único camino para

salvarla consiste en

que alguien efectúe en

ella un cambio radical

de estructuras ...”

dejándola intacta, claro,

pues ha sido educada de acuerdo con los métodos modernos de:

sicología infantil,

            sicología del adolescente ...

                        (tan eficaces para el logro

de una muñequita de cuerda

propensa a molestarse con

el estallido de una gota de

vida)

 

(16 de febrero de 1969)

 

 

JUICIO FINAL

 

Una capa rojiza de polvo, formada por los vientos

que preceden las lluvias torrenciales, cubría el cielo.

Yo miraba hacia la ventana, desatendiendo al Hermano

que nos leía el Catecismo.

Vislumbraba en aquel telón de fondo demilliano

a Cristo que descendía para juzgarnos.

 

Abandonando el aula intempestivamente, corrí a casa

por el amplio patio asfaltado; las gotas salpicándome el rostro.

(Más que el juicio, la hecatombe me espantaba).

Tras de mí, el Hermano soplaba el silbato.

(Los demás, impasibles, miraban extrañados

al compañerito frentón que corría como un desesperado).

Y en mi mente: las láminas de cartón que nos mostraba

el “cura” enjuto y arrugado con perfil de Pío XII:

Cristo, los ángeles, las trompetas;

los justos, los condenados;

el fuego del infierno, las siluetas de los demonios… 

 

Hoy es el tiempo el que ha huido por el viejo lago enlutado.

Son otras las voces, las miradas, los colores…

¡Hasta los recuerdos se han mudado de ropa!

(El pasado tiene siempre olor a madrugada).

Pero sigo temiendo el encuentro definitivo.

¡Más ahora que el camino al Paraíso es escarpado!

 

Ojalá fuera el hombre que quisieron forjar

aquellos Hermanos de las Escuelas Cristianas

que cantaban en latín y llevaban siempre puesta la sotana:

Agustín el mayor, Agustín el menor; Apolinar Pablo,

Eugenio, Pedro, Bernardo,

Basilio, Miguel, Eulogio,  

Máximo, Andrés, Hildeberto,

Eusebio, Mateo, Ignacio,

Inocencio, Florencio, Antonio…

(Todavía oigo la campana

más distante ahora, más opaca)

 

 

LA LECTORA

 

¿De qué vieja leyenda nahua o germana surgiste

para alterar la quietud de los atardeceres?

En la pequeña iglesia católica de Sweetwater,

donde las oraciones de los exiliados nicaragüenses

se mezclan con los dejos de otros inmigrantes,

resuena tu voz cuando lees las epístolas de San Pablo,

durante la misa dominical en español, de las siete de la noche.

 

Tu impecable dicción sin acento para mis oídos

me revela tu origen entre mosquiteros y hojas de chagüite;

a pesar de tu cabellera suelta color castaño claro

(que refleja las raíces colgantes de un árbol de chilamate),

tus mejías nórdicas que realzan unos ojos ligeramente rasgados,

y esa nariz firme, desafiante, de amazona terrateniente pampeana.

 

(Sus pies transparentes, aunque evoquen los de la doncella “Lindopié”

en las láminas prerrafaelitas del viejo “Tesoro de la Juventud”,

nacieron para caminar descalzos sobre lodo, zacate, piedras y arena;

y aunque su cuello de princesa monegasca despida el aroma de j’adore,

la estela de su paso deja olor a maíz tostado, cacao, achiote y canela).

 

¡Cómo no estremecerse ante tu porte de emperatriz eslava!

¡Cómo no sentir el alma liberada al escuchar tu voz de mezzosoprano coloratura

que nunca se atreverá a cantar! 

 

(Me pregunto de dónde emana esta visión de otros tiempos,

con vestidura blanca recién lavada y planchada, como su alma

que tiende a secar al sol antes de repartir la sagrada forma;

en época de voces prematuramente enronquecidas,

miradas vidriosas, tímpanos desgarrados

y besos de labios sin rostros y sin nombres).

 

¿Qué ángel de alas deslucidas te arrancó de la torre de tu castillo

para plantarte entre nosotros

dejando desolado al héroe de armadura

que decapitaba dragones para conquistarte?

¿O eres acaso la piadosa dama española del siglo XV,

cuyo marido mató de una lanzada

al poeta Macías, el enamorado, cuando éste besaba obsesivamente

el suelo que hollabas al caminar, una calurosa tarde jaenesa?

 

(¿Nos conmoverían, ¡galeotes de la belleza!,

con el mismo arrebato

su fervor religioso, su fe inexpugnable,

si no intuyésemos bajo el alba recatada,

los latidos de un cuerpo de gimnasta rumana?)

 

Visión inalcanzable, intemporal,

impoluta como los ideales que al realizarse se hacen polvo.

Mujer sin nombre que te alejas hacia una vida que no nos pertenece,

como camafeo olvidado en un barco pirata derrelicto.

 

¡Sueño diurno que, dando vida, matas!   

 

(Agosto, 2001; Península de La Florida)

 

 

EPÍSTOLA SOBRE LA GUERRA FRÍA A UNA

COMPATRIOTA, COMPAÑERA DE EXILIO

 

                  I

 

Cuando pienso en la Trattoria Luna

donde cenamos después de ver La Dolce Vita

en el Absinthe de la calle Alcázar

o en ambos subiendo del brazo las escaleras de la Ópera

(a la manera de Charles Boyer e Ingrid Bergman

en las viejas películas de Hollywood),

me parece que todo sucedió en época remota,

en un mundo que desapareció una soleada mañana de septiembre;

aunque no haya transcurrido tiempo suficiente

para tirar a la basura los calendarios que adornaron esos días.

 

¡Pensar que llegaría a sentir nostalgia por la guerra fría!

 

Nikita Kruschev golpeando la mesa con su zapato;

Yuri Gagarín sonriéndonos desde la portada de todas las revistas;

los noticieros cinematográficos

con bodas y coronaciones de príncipes y princesas

-carreras de caballos, carreras de coches, desfiles de modas, concursos de belleza-

y la imagen del joven Fidel vociferando ante la multitud;

el atolón Bikini; la guerra de guerrillas; la crisis de octubre;

las citas de Mao, el diario del “Che”, Mater et Magistra

(Eugenio Pacelli, Angelo Roncalli, Giovanni Montini, Albino Luciani)

la primavera de Praga, la guerra del Vietnam, la contracultura hippie;

la guerra del Yom Kippur;

Nehru en Belgrado; Arafat en la ONU; el Papa en Varsovia;

la resistencia afgana, el affaire Irán-contra, la caída del Muro...

y las temibles bombas atómicas, maniatadas por su propia potencia destructiva.

 

Viejo mundo de trucos por todos conocidos,

con senderos marcados por las huellas de nuestros predecesores;

aunque los que cayeron, víctimas del choque de las ideologías,

conocieron el límite de la tragedia humana.

 

           

                  II

 

Hoy el mundo entero es un campo de batalla,

cada ser humano, un soldado desconocido.

Asistir a misa, abordar el metro,

ver un partido de fútbol, viajar, respirar...

tan arriesgado como cruzar un campo minado.

La religión y la política fusionadas

esgrimen viejas heridas jamás cicatrizadas,

profundas, como las fallas en la tierra.

Antiguos conflictos salen de sus sarcófagos

convirtiendo lanzas y espadas en armas de destrucción masiva,

mientras las reglas del juego yacen olvidadas

en el fondo de los lagos más contaminados.

 

Y todos tienen argumentos contundentes para justificar

el avance del caballo bermejo de la guerra;

el avance del caballo cetrino de la muerte.

 

No es el mundo que anidaron nuestros padres

(aquel entorno compacto, sobreprotegido, junto al Xolotlán,

que abandonamos arrollados por el viento del Este),

ni el que pensábamos legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos,

cuando aún se creía en el progreso, a pesar de su paso desigual y vacilante,

y que los científicos encontrarían la panacea del hambre y las enfermedades.

 

Pero no todos navegaban por esos derroteros.

Camuflados en los laboratorios de los grandes complejos militares-industriales

(en las estepas, en las praderas, en los desiertos...)

los que percibíamos como nuestros amigos,

los que percibíamos como nuestros enemigos,

fraguaban el macabro escenario del póquer de cepas microbianas 

¡precipitando –en nombre de Dios, la paz y la justicia-

la marcha de la humanidad encapuchada al tanatorio!

 

(Octubre, 2001; Península de la Florida)

 

 

 

LIGIA GUILLÉN


Nació en Estelí, Nicaragua. Poeta, pintora y periodista. Desde hace 20 años vive en los Estados Unidos.  Ha recibido dos premios por su trabajo periodístico.  Autora de dos poemarios publicados:  He dado a luz mi muerte y Juegos de prendas.  Tiene un poemario inédito, Sueños y presagios, y en preparación un libro de cuentos. Su poesía ha sido recogida en varias antologías, algunas bilingües. Publica sus poemas en revistas y otros medios culturales. Es co-editora de la revista “Poesía Peregrina” que se publica en Miami.


 

 

Chanco era sabio

 

Era muchas cosas

sombrero cumbo,

mudada mantazul,

músculo enjuto y fuerte,

una buena melenca

pero ante todo

Chanco era sabio.

Sabía domesticar coyotes

que eran los mejores perros

para cazar cusucos,

tenía “el Sultán” que solito

sacaba al “pitero” de la cueva.

Me enseñó las delicias

de comer venado, guatuza,

carne de mono que es sabrosa

y blanca y buena para las toses,

lo exquisito de la guardatinaja.

El gusto de comerse un pavón

en Navidad en el corazón de las Segovias

en plena montaña,

el secreto de montar un ternero

sin que me tumbara.

El gozo de una cacería,

de tocar la guitarra

junto a una fogata,

y oír cuentos de la guerra

y de los muertos

en noches de luna llena.

 

 

Pescador de cantos

 

                        A Pablo Antonio Cuadra

 

El dueño de la sombra inquieta,

sombra del pescador de nacimiento,

tira la red  persiguiendo nuevos cantos.

Chasquea el agua y pringa la noche de estrellas,

 

Agosto por las noches

pone luz en el lago,

en el cielo Tauro se baña

en luces de bengala.

 

Piolín monta caballitos de mar entre las ondas,

el jaguar se busca en la piel

la mancha de la luna.

 

 

De isla en isla

la lancha arrastra en el costado

la red llena de estrellas,

la isla de Inés, la de los Morán

la de Magdaleno y Jacinto,

van quedando incendiadas de luceros.

Sólo una isla está oscura