Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 25/26

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 



 

POETAS NICARAGUENSES

 

YOLANDA BLANCO

Nació en Managua, Nicaragua (1954). Poeta y compositora musical. Autora de los poemarios: Así cuando la lluvia (1974), Cerámica sol (1977), Penqueo en Nicaragua (1980) y Aposentos (1984).  Autora también de Nonantzin, disco compacto de poemas nicaragüenses convertidos en canciones, con música compuesta por ella misma.  Reside en Nueva York. Su poesía trata sobre la experiencia de ser mujer y la interacción del ser humano con su entorno natural.


 

ALGO DE MÍ RECONOZCO

 

Algo de mí reconozco

en esa florecita blanca

algo de mí se sacude ese pájaro

revoloteando

estoy

lo sospecho en una piedrita

de ese nido de oropéndolas

me levanto

y me convierto en árbol

me recuesto

y soy una yedra sostenida por un sauce

huelo a mí

en este palito

que destrozan mis dientes

voy en mechas de maizales

estoy amanecida como esa cañada

y soy una hoja seca

que soban los venados

algo muy mío

han transparecido esta tarde

las montañas.

 

(De Así cuando la lluvia, León, Nicaragua, 1974)

 

 

ARROCERO O PÁJARO ÍNGRIMO

 

Pasan las bandadas de pájaros arroceros

    están pasando en parejas.

Pájaro solo

     no vuela.

Pájaro íngrimo

          se vuelve guijarro.

       Así

       el canto para el que no hay oído:

          canto que no me oyes

       es canto íngrimo.

 

(De Cerámicas indias, León, 1978)

 

 

DE CÓMO EL PUEBLO AMADO SE LLENÓ DE SANGRE

 

Hay nombres dulces,

nombres dulces de pueblos dulces.

 

Y están por toda Nicaragua

en toda Nicaragua salpicándola

                        endulzándola están.

 

Hay nombres dulces en Nicaragua como los gofios dulces

            y bienmesabes y hojaldres.

 

Para las fiestas los dulces

            para los días del corazón.

 

            Oír los nombres dulces

            de mis pueblos como dulces.

            Oír Estelí, Masaya, Diriamba,

            Chinandega, Matagalpa; Oír.

 

Nombres dados por los indígenas

            como para nombrar a la amada:

                        Masaya Amada.

 

Como para decir al amado:

            Vení Estelí...

 

¿¡Y que el bienmesabe llene tu boca de sangre!?

¿¡Y que no sepan más que a odio los gofios!?

¿¡Y que el hojaldre entre tus dientes como las granadas estalle?

 

(De Penqueo en Nicaragua, 1981)

 

 

ENCUENTRO INESPERADO CON ALEJANDRO EN TIMES SQUARE

 

Pues sí,

sigo y me veo igual.

No me han cazado.

Lo arisco aún me dura o el parapeto sigue conmigo.

Todavía corcovea mi cuerpo a caballo

y oigo boleros, trajino diccionarios,

las serenatas bullen dulzonas en mis oídos

y sumo y multiplico (muy lejos el dividir o el restar).

¿La misma todavía, idéntica Yolanda?

 

Digo, es mi decir.

Pero, ¿a tus ojos igual?

¿A la luz de diez años igual?

 

Dándoteme en exacta palabra,

digamos que ya los años comienzan a trabajarme:

ve mi copete, mi pava con canas

ve esta línea rondándole a mis ojos,

--perceptible pata de gallo si hay luz brava--

¿soy yo la tu muchacha apretada a tu abrazo?

¿Quepo en tu idea de mí?

 

De por medio: carretas de días acontecidos,

distintos soles, separadas nubes,

muy otros los acentos,

ajenos el pan, la mesa de estudio

y ni un asomo que afiance o aleje.

 

Muchacho que fuiste amarrado a mi baile,

¿es éste el mismo bolero?

¿es ésta aquella guaracha?

¿Soy yo, sos vos?

 

En el haber tenemos:

las fiestas de la U.N.A.N.,

las guitarras que abrazamos,

esos rones y textos preguntados,

el Coyolar, el atrio de Zaragoza,

León entero.

Ayer en León, vos y yo.

Vos, funcionario sandinista,

yo, oficiosa de la palabra.

 

Y tanto ¡ay! que nos reclama:

mi lunar de canas,

tu mujer, tu panza indomable

y esta nunca más siempreverdeante juventud

                                    desdibuján-

                                                donos.

                                                                                   

 

Nueva York, 1987

 

 

245 EAST, 11TH STREET

 

Estuve al lado de la muerte.

 

Al segundo piso de un edificio situado

donde antes se explayaba un camposanto,

durante cuatro años llamé mi casa.

 

Ahí, frecuentándolos,

aprendí a llamar de nombre a sus muertos;

a escuchar las voces quejosas y dolidas de los deudos:

los personeros de la época cuando New York

era New Amsterdam;

los entreveros del primer alcalde;

el bucle rubio de Rosy Ann Dogwood (1704-1708),

niña que llegó tan sólo a calzar 24;

el hondo azoro de un esposo por Mary Bond Newton

-“abnegada, abnegadísima esposa y madre”-;

hombres de bien; hombres de hogar;

sujetos ajenos al bien decir;

ires y venires;

deseos y quereres bisbiseando ahí

            su solaz o su infierno.

 

Y esas voces, a veces, subían hasta mi piso,

o, a secas, era mi imaginación avecinándome

            al reino de la Parca.

 

Y yo, siempre, al final, aflojando el abrazo.

 

Estuve al borde de la muerte.

 

De ese mismo edificio,

pálida, seca, palpitando apenas,

salí a finales de una primavera

hacia la sala de emergencias de un hospital.

 

Pero la Parca, al final, ella esta vez, aflojó el abrazo.

 

New York, mayo 94

 

 

 

 

FRANKLIN CALDERA


Nació en Managua, Nicaragua (1949).  Poeta, abogado y crítico.  Desde 1968 publica en La Prensa Literaria, poemas, críticas de cine y literarias y traducciones de poesía inglesa.  Autor del libro: 100 Años de Historia de Cine (1996).  Es co-editor, con Ligia Guillén, de la revista “Poesía Peregrina”.  Reside en la Florida desde 1985. 


 

 

 SCÈNES DE LA VIE DE BOHÈME

 

Toulouse (el enano con nombre de ciudad)

colocó su sombrero sobre la mesa

y comenzó a dibujar a la bailarina

que enseñaba las piernas aparentando descuido.

 

Aquella noche pudo haberse emborrachado

o pasarla en la Rue des Moulins

o discutir con Yvette Guilbert

sobre la función del corazón en cuestiones de amor.

O hacer las tres cosas.

 

Al día siguiente iría al circo

            o a la ópera

                        o al Moulin Rouge.

O tal vez sucedía algo interesante.

 

Casi de madrugada se retiraba.

Caminaba solo, como un precursor de Bogart o Aznavour:

“Aunque camine acompañado, está solo”.

Llegaba a su estudio en la 27 Rue Caulaincourt,

se quitaba la ropa y los lentes

y quedaba envuelto en su mayor alivio:

la oscuridad.

 

Del palacio del «Bosc» al Château de Malromé

desafió a la vida para poder encontrar la felicidad.

La lucha fue tan cruenta que murió en combate

(Rosa la Roja le mostró la parte más dolorosa del placer).

 

Su mundo de trazos y colores enérgicos, punzantes

-hábitat de chansonniers, clownesas,

malabaristas, cocottes, bailarinas…

¡portazo a su heráldica ascendencia!-,

encierra un grito de protesta

(satírico, melancólico; sarcástico, compasivo)

¡que sigue estremeciéndonos!

 

(11 de noviembre de 1968)

 

 

 ELEGÍA COMPROMETIDA PARA EL ALMA DE POPEA

 

            “Desde la Maja Desnuda hasta September Morning”

            (J.C.U.)

 

Popea tenía

un altanero modito de morderse el labio superior,

levantar la cabeza y fugar la mirada.

Nuestras citas degeneraban con frecuencia

en prolongados e incómodos conflictos silenciosos

            que Popea,

con dos o tres palabras,

convertía en una de esas horas

que se pegan después

como niños vendiendo chiclets a la salida de un cine.

 

            Entonces yo hablaba y hablaba

aunque nunca logré sorberle un secreto.

            Sólo supe que odiaba la actual poesía joven nicaragüense,

                        1as lunadas del Country Club,

                                    la auto-suficiencia

 y sobre todo

mi manera de insinuar las cosas,

de interpretar sus pensamientos.

 

                        -“...el único camino para

salvarla consiste en

que alguien efectúe en

ella un cambio radical

de estructuras ...”

dejándola intacta, claro,

pues ha sido educada de acuerdo con los métodos modernos de:

sicología infantil,

            sicología del adolescente ...

                        (tan eficaces para el logro

de una muñequita de cuerda

propensa a molestarse con

el estallido de una gota de

vida)

 

(16 de febrero de 1969)

 

 

JUICIO FINAL

 

Una capa rojiza de polvo, formada por los vientos

que preceden las lluvias torrenciales, cubría el cielo.

Yo miraba hacia la ventana, desatendiendo al Hermano

que nos leía el Catecismo.

Vislumbraba en aquel telón de fondo demilliano

a Cristo que descendía para juzgarnos.

 

Abandonando el aula intempestivamente, corrí a casa

por el amplio patio asfaltado; las gotas salpicándome el rostro.

(Más que el juicio, la hecatombe me espantaba).

Tras de mí, el Hermano soplaba el silbato.

(Los demás, impasibles, miraban extrañados

al compañerito frentón que corría como un desesperado).

Y en mi mente: las láminas de cartón que nos mostraba

el “cura” enjuto y arrugado con perfil de Pío XII:

Cristo, los ángeles, las trompetas;

los justos, los condenados;

el fuego del infierno, las siluetas de los demonios… 

 

Hoy es el tiempo el que ha huido por el viejo lago enlutado.

Son otras las voces, las miradas, los colores…

¡Hasta los recuerdos se han mudado de ropa!

(El pasado tiene siempre olor a madrugada).

Pero sigo temiendo el encuentro definitivo.

¡Más ahora que el camino al Paraíso es escarpado!

 

Ojalá fuera el hombre que quisieron forjar

aquellos Hermanos de las Escuelas Cristianas

que cantaban en latín y llevaban siempre puesta la sotana:

Agustín el mayor, Agustín el menor; Apolinar Pablo,

Eugenio, Pedro, Bernardo,

Basilio, Miguel, Eulogio,  

Máximo, Andrés, Hildeberto,

Eusebio, Mateo, Ignacio,

Inocencio, Florencio, Antonio…

(Todavía oigo la campana

más distante ahora, más opaca)

 

 

LA LECTORA

 

¿De qué vieja leyenda nahua o germana surgiste

para alterar la quietud de los atardeceres?

En la pequeña iglesia católica de Sweetwater,

donde las oraciones de los exiliados nicaragüenses

se mezclan con los dejos de otros inmigrantes,

resuena tu voz cuando lees las epístolas de San Pablo,

durante la misa dominical en español, de las siete de la noche.

 

Tu impecable dicción sin acento para mis oídos

me revela tu origen entre mosquiteros y hojas de chagüite;

a pesar de tu cabellera suelta color castaño claro

(que refleja las raíces colgantes de un árbol de chilamate),

tus mejías nórdicas que realzan unos ojos ligeramente rasgados,

y esa nariz firme, desafiante, de amazona terrateniente pampeana.

 

(Sus pies transparentes, aunque evoquen los de la doncella “Lindopié”

en las láminas prerrafaelitas del viejo “Tesoro de la Juventud”,

nacieron para caminar descalzos sobre lodo, zacate, piedras y arena;

y aunque su cuello de princesa monegasca despida el aroma de j’adore,

la estela de su paso deja olor a maíz tostado, cacao, achiote y canela).

 

¡Cómo no estremecerse ante tu porte de emperatriz eslava!

¡Cómo no sentir el alma liberada al escuchar tu voz de mezzosoprano coloratura

que nunca se atreverá a cantar! 

 

(Me pregunto de dónde emana esta visión de otros tiempos,

con vestidura blanca recién lavada y planchada, como su alma

que tiende a secar al sol antes de repartir la sagrada forma;

en época de voces prematuramente enronquecidas,

miradas vidriosas, tímpanos desgarrados

y besos de labios sin rostros y sin nombres).

 

¿Qué ángel de alas deslucidas te arrancó de la torre de tu castillo

para plantarte entre nosotros

dejando desolado al héroe de armadura

que decapitaba dragones para conquistarte?

¿O eres acaso la piadosa dama española del siglo XV,

cuyo marido mató de una lanzada

al poeta Macías, el enamorado, cuando éste besaba obsesivamente

el suelo que hollabas al caminar, una calurosa tarde jaenesa?

 

(¿Nos conmoverían, ¡galeotes de la belleza!,

con el mismo arrebato

su fervor religioso, su fe inexpugnable,

si no intuyésemos bajo el alba recatada,

los latidos de un cuerpo de gimnasta rumana?)

 

Visión inalcanzable, intemporal,

impoluta como los ideales que al realizarse se hacen polvo.

Mujer sin nombre que te alejas hacia una vida que no nos pertenece,

como camafeo olvidado en un barco pirata derrelicto.

 

¡Sueño diurno que, dando vida, matas!   

 

(Agosto, 2001; Península de La Florida)

 

 

EPÍSTOLA SOBRE LA GUERRA FRÍA A UNA

COMPATRIOTA, COMPAÑERA DE EXILIO

 

                  I

 

Cuando pienso en la Trattoria Luna

donde cenamos después de ver La Dolce Vita

en el Absinthe de la calle Alcázar

o en ambos subiendo del brazo las escaleras de la Ópera

(a la manera de Charles Boyer e Ingrid Bergman

en las viejas películas de Hollywood),

me parece que todo sucedió en época remota,

en un mundo que desapareció una soleada mañana de septiembre;

aunque no haya transcurrido tiempo suficiente

para tirar a la basura los calendarios que adornaron esos días.

 

¡Pensar que llegaría a sentir nostalgia por la guerra fría!

 

Nikita Kruschev golpeando la mesa con su zapato;

Yuri Gagarín sonriéndonos desde la portada de todas las revistas;

los noticieros cinematográficos

con bodas y coronaciones de príncipes y princesas

-carreras de caballos, carreras de coches, desfiles de modas, concursos de belleza-

y la imagen del joven Fidel vociferando ante la multitud;

el atolón Bikini; la guerra de guerrillas; la crisis de octubre;

las citas de Mao, el diario del “Che”, Mater et Magistra

(Eugenio Pacelli, Angelo Roncalli, Giovanni Montini, Albino Luciani)

la primavera de Praga, la guerra del Vietnam, la contracultura hippie;

la guerra del Yom Kippur;

Nehru en Belgrado; Arafat en la ONU; el Papa en Varsovia;

la resistencia afgana, el affaire Irán-contra, la caída del Muro...

y las temibles bombas atómicas, maniatadas por su propia potencia destructiva.

 

Viejo mundo de trucos por todos conocidos,

con senderos marcados por las huellas de nuestros predecesores;

aunque los que cayeron, víctimas del choque de las ideologías,

conocieron el límite de la tragedia humana.

 

           

                  II

 

Hoy el mundo entero es un campo de batalla,

cada ser humano, un soldado desconocido.

Asistir a misa, abordar el metro,

ver un partido de fútbol, viajar, respirar...

tan arriesgado como cruzar un campo minado.

La religión y la política fusionadas

esgrimen viejas heridas jamás cicatrizadas,

profundas, como las fallas en la tierra.

Antiguos conflictos salen de sus sarcófagos

convirtiendo lanzas y espadas en armas de destrucción masiva,

mientras las reglas del juego yacen olvidadas

en el fondo de los lagos más contaminados.

 

Y todos tienen argumentos contundentes para justificar

el avance del caballo bermejo de la guerra;

el avance del caballo cetrino de la muerte.

 

No es el mundo que anidaron nuestros padres

(aquel entorno compacto, sobreprotegido, junto al Xolotlán,

que abandonamos arrollados por el viento del Este),

ni el que pensábamos legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos,

cuando aún se creía en el progreso, a pesar de su paso desigual y vacilante,

y que los científicos encontrarían la panacea del hambre y las enfermedades.

 

Pero no todos navegaban por esos derroteros.

Camuflados en los laboratorios de los grandes complejos militares-industriales

(en las estepas, en las praderas, en los desiertos...)

los que percibíamos como nuestros amigos,

los que percibíamos como nuestros enemigos,

fraguaban el macabro escenario del póquer de cepas microbianas 

¡precipitando –en nombre de Dios, la paz y la justicia-

la marcha de la humanidad encapuchada al tanatorio!

 

(Octubre, 2001; Península de la Florida)

 

 

 

 

LIGIA GUILLÉN


Nació en Estelí, Nicaragua. Poeta, pintora y periodista. Desde hace 20 años vive en los Estados Unidos.  Ha recibido dos premios por su trabajo periodístico.  Autora de dos poemarios publicados:  He dado a luz mi muerte y Juegos de prendas.  Tiene un poemario inédito, Sueños y presagios, y en preparación un libro de cuentos. Su poesía ha sido recogida en varias antologías, algunas bilingües. Publica sus poemas en revistas y otros medios culturales. Es co-editora de la revista “Poesía Peregrina” que se publica en Miami.


 

 

Chanco era sabio

 

Era muchas cosas

sombrero cumbo,

mudada mantazul,

músculo enjuto y fuerte,

una buena melenca

pero ante todo

Chanco era sabio.

Sabía domesticar coyotes

que eran los mejores perros

para cazar cusucos,

tenía “el Sultán” que solito

sacaba al “pitero” de la cueva.

Me enseñó las delicias

de comer venado, guatuza,

carne de mono que es sabrosa

y blanca y buena para las toses,

lo exquisito de la guardatinaja.

El gusto de comerse un pavón

en Navidad en el corazón de las Segovias

en plena montaña,

el secreto de montar un ternero

sin que me tumbara.

El gozo de una cacería,

de tocar la guitarra

junto a una fogata,

y oír cuentos de la guerra

y de los muertos

en noches de luna llena.

 

 

Pescador de cantos

 

                        A Pablo Antonio Cuadra

 

El dueño de la sombra inquieta,

sombra del pescador de nacimiento,

tira la red  persiguiendo nuevos cantos.

Chasquea el agua y pringa la noche de estrellas,

 

Agosto por las noches

pone luz en el lago,

en el cielo Tauro se baña

en luces de bengala.

 

Piolín monta caballitos de mar entre las ondas,

el jaguar se busca en la piel

la mancha de la luna.

 

 

De isla en isla

la lancha arrastra en el costado

la red llena de estrellas,

la isla de Inés, la de los Morán

la de Magdaleno y Jacinto,

van quedando incendiadas de luceros.

Sólo una isla está oscura

mientras los gallos llaman a un niño.

Piolín monta caballitos de mar entre las ondas,

el jaguar se busca en la piel

la mancha de la luna.

 

En la proa, el pescador de la sombra inquieta

viste ropas de sacerdote

para verificar las bodas de Cifar.

En las olas de octubre

el velo de Ubaldina trastabilló

como gaviota herida.

Desde atrás del horizonte el pescador inquieto

vuelve  con nuevos cantos.

 

 

Elegía a la muerte de mi padre

 

                                “Sólo allí donde hay muerte

                                                Puede existir la vida.

                                                ¡Oh muertos inmortales!”

                                Dámaso Alonso

 

La tarde que mi padre tuvo que asistir a la cita

era borrosa y destemplada por el frío invernal.

Fue una entrevista rápida,

se encontraron, se reconocieron con un gesto

y después de una vacilación de su parte

tuvo que aceptar el plazo final.

 

Al regresar tenía en el rostro todo el peso del mundo

-No es fácil morirse- me dijo, mirándome a los ojos

y su mirada estaba despavorida.

 

Pero es que él ignoraba que cada minuto que vivimos

nos acerca un paso a nuestra muerte,

desconocía que la muerte llevaba desde siempre

la cuenta de sus 86 años,

que empezó a morirse en el vientre materno.

 

En esos días una droga empírica le dio esperanzas

y quiso creer en ella, pero a poco después

se convenció de que era una quimera.

 

Se dio por vencido.

 

Asumió con dignidad el trance

aunque a veces, a través de la piel se veía

palpitando la angustia por lo desconocido.

 

Y aquel hombre que había sido un “duro”

se fue ablandando todo.

Poco a poco se abrió a la dulzura

que siempre tuvo cerca y prefirió ignorar.

Él, que defendió sus ideas con fervor y pasión

no quería que hubiera discusiones

en su presencia, ni guardáramos rencores.

 

Ya en cama, cuando su rostro y sus canas

eran una misma cosa, al despedirnos

buscaba con leve movimiento el beso en la frente

o la caricia en la cabeza.

Después llegó a las lágrimas y entre llantos

recordó a los hijos bastardos.

 

En las últimas semanas a su Lina la llamaba “Linita”

la tomaba de la mano buscando su fuerza

y sólo se aventuraba al sueño sabiéndola cerca.

Dijo entonces que era un hombre bienaventurado

porque se vio rodeado de sus diez hijos

que llegaron de países distantes para el día señalado.

 

En control de sus facultades nos hizo prometer

que no llevaríamos su cuerpo a Nicaragua

y pidió ser enterrado en los llanos de Manasas,

un pueblecito de Virginia donde se libraron

batallas de la guerra civil norteamericana.

 

Tenía poderosas razones para no querer

que sus cenizas abonaran la tierra natal.

Había nacido, como toda su familia, en La Segovia,

sus mejores recuerdos de infancia y juventud

quedaron en las montañas del norte, en El Jícaro,

 San Albino, El Río Coco, Susucayán, El Ocotal.

A los 16 años, junto con sus primos Rufo Marín Guillén

y Miguel Ángel Ortez Guillén se unió a las filas

del general Sandino, porque creía que la justicia

era más que una palabra y había que practicarla.

Sus hijos vivimos esa historia con él y a través de él.

 

El triunfo de la Revolución lo convirtió

en el hombre más feliz de toda su patria,

pero el desengaño amargó sus últimos años.

Después abandonó el país sin mirar para atrás.

 

El paso de los días lo doblegó y suavemente

reclinó su tronco de roble cansado,

aun así tuvo el ánimo y la ilusión de decir

que tenía cosas por terminar

ignoraba que no se puede recuperar el aire respirado.

 

Aquella tarde del 6 de diciembre

en Nicaragua cantaban la Purísima,

en Virginia caía una nevada.

A las siete de la noche, en un instante,

fue como querer pronunciar una palabra,

dejarla empezada y luego... nada,

el frío de su último aliento se metió en la cama,

en el cuarto, llenó toda la casa y me congeló el alma.

 

Al llegar al cementerio el cielo se había desbordado,

llovía como suele llover en sus montañas segovianas,

una lluvia muda, espesa, pausada y fría.

Diminutos riachuelos corrían entre las lápidas

arrastrando manojos de flores marchitas

que otras manos dejaron para otros muertos.

 

Tiritando bajo las sombrillas empapadas

mirábamos la fosa abierta en la tierra

¡y dolía!

como una enorme herida abierta en el pecho.

¡No sé por qué tardaron tanto en colocar el ataúd!

mientras el agua rojiza por el barro

se deslizaba recogiéndose de prisa en la fosa.

 

Recordé que antes de morir me dio

que yo era su espíritu y me pregunté

qué quiso decirme, sin encontrar respuesta.

Entonces me zambullí en el pequeño remolino

que se movía al fondo y naufragué en su tumba

aquella tarde.

 

(Virginia 15 de marzo de 1996)

 

 

La tejedora de prodigios

 

A mi madre al cumplir

en el exilio sus 80 años.

 

Soy Ligiantonia, nieta de Eudocia,

-la que hablaba con los pájaros-

hija de la que fuera bautizada

Gonzalina Nicanor de las Mercedes

y a quien la vida, que es sabia,

cambió de nombre y la llamó

“La Tejedora de prodigios”.

Estoy aquí para contar su historia.

 

Muy joven estrenó maternidad

alumbrando doble vida,

doce veces fue madre y en la sexta

se salvó de milagro.

 

Emprendió la crianza de sus hijos

con las manos llenas de esperanza.

-Manos de cornucopia-

manos prodigiosas que durante 80 años

han hecho milagros cotidianos.

Que cultivaron el Jardín Encantado

de mi infancia poblado de seres imaginarios,

de bellos caballeros que rescataban princesas

y vencían con la mirada dragones infernales.

 

Manos de Gonzalina –abejas incansables-

que mis ojos de asombro vieron fabricar

las mas exquisitas golosinas para satisfacer

las gulas infantiles que no tenían fondo.

 

Hacedoras de panqueques, pasteles de piña,

nevadas bizcotelas, ayote en miel, güirilas.

Que en la hacienda segoviana

cocinaron la carne de venado, de cusuco,

de tepezcuintle, de paloma y hasta de mono.

 

Manos que arrullaron los sueños de siete años,

aliviaron las fiebres, expulsaron lombrices,

mataron garrapatas y tejieron trenzas-niñas.

Esas manos, dueñas de la ternura atendieron

enfermedades de los pobres y de los animales.

 

Cuando cumplió su tarea de criar a la familia,

y el cumiche de los hijos emprendió su camino,

Gonzalina se sentó a la sombra de su casa

            -al lado de su Camilo-

y empezó a pintar el paisaje de la patria

que llevaba a cuestas en el alma.

Puso en las telas la flora y la fauna

de los cuatro costados de su amada Nicaragua:

de Kisalaya a San Juan,

de Chinandega a Río Grande,

del Pacífico al Atlántico,

de Estelí a Cabo Gracias.

 

No conforme con eso pintó también

la nieve, el otoño, la exuberante primavera

del Potomac en Washington

donde buscaron refugio sus canas.

 

Sus manos inocentes pintan árboles

que hablan en poemas y envían mensajes,

pájaros de plumajes nunca vistos

-los pájaros de Eudocia-

  

animales que nos miran y sonríen,

en un mundo ingenuo y verdadero

que no necesita dimensiones.

 

Porque ella, en sus milagros cotidianos

convierte el mundo real en fantasía

que se puede palpar y tocar.

Ella, Gonzalina Nicanor por el bautismo

a quien la vida llamó La Tejedora de prodigios,

mi madre.

 

Virginia, 10 de enero de 1996

 

 

Primavera en el Potomac

La primavera vino armada con colores

y los puso en mi sangre,

en mi cabeza amanecieron brotes tiernos

mientras un aire delgado y fresco,

bate desde mi adentro un mensaje de vida

haciendo florecer cada gris en mi pelo.

Asoman a mis poros capullos insinuados

en intentos de blanco y rosa, lila, malva,

que salen de mis entrañas.

 

Respiro el aliento de esta tarde fría

En Washington De Ce

mientras camino a orillas de un río

de nombre extraño que al pronunciarlo

hace eco en las vocales, el Po-to-mac.

Este río que ha ocupado el lugar

de otro río desvivido en mi infancia

en las montañas de la Segovia en Nicaragua.

 

Los cerezos del Potomac exhalan

un rosa tiernísimo –color muy japonés-

que entra por la piel, me inunda,

me desborda por los ojos, bañándome

con una cascada interior y me suspende,

me coloca en uno de los racimos

de “blossom cherries” que es el nombre

de esas flores en el idioma del Potomac.

 

Me agarro al tronco de curvas exóticas

y vivo este momento hecha cinco pétalos

tan delicados que ni me siento en ellos.

 

Abajo los turistas caminan despacio,

admirando asombrados el bello espectáculo

de los cerezos en flor, tantas flores

que los ojos se tiñen de rosado,

  

pintan también la multitud, el río,

las bancas, los puentes, los monumentos,

todo un paisaje rosa monocromo.

 

Los turistas alzan la mirada y señalan

nos apuntan con sus cámaras parpadeantes,

¡Click! ¡Click! Click! y más Clicks

y yo aquí quietecita, estándome,

con mi cara rosada y mis hermosos pistilos,

convertida en la estrella de la tarde,

dichosa de ser un “blossom cherry”

a la orilla del río Potomac

en esta primavera de Washington.

 

Washington D.C. abril 1995.

 

 

 

FANOR TÉLLEZ


Nació en Masaya, Nicaragua (1944).  Poeta, jurisconsulto, ensayista y catedrático.  De 1982 a 1990 vivió en Venezuela, donde hizo estudios de postgrado sobre literatura latinoamericana contemporánea.  Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: La vida hurtada (1973), Los bienes del peregrino (1974), El sitial de la vigilia (1975), El pie sobre el camino (1996), Boca del vino (1998) y Días del hombre (2000).


 

 

DOMINGO

 

Cuándo que no esté Fray Modesto

a reponer el alimento de su curiosa pajarería

en el convento de San Francisco

si ya hasta son las nueve

en que, de anteojos, fresco de baño

y único habitante de mi mesa

veo subir la espuma dentro del sudado stein

y pasar a la feligresía bajo el campaneo católico.

Luego se agrupan oldsmobiles en la plaza

y entran por las naves algodoneros con sus esposas

para volver a salir, más tarde, en el cortejo

de dos jóvenes leoneses recién casados,

por la puerta mayor de Catedral

que yo quisiera aquella que incendió Dampier

y procurara para esta ciudad

Fray Benito de Valtodano, religioso benedictino,

Abad de San Claudio y Visitador de su Orden

siendo Obispo.

 

(Del libro “Los Bienes del Peregrino”

Editorial Hospicio, León, 1974).

 

 

AMARSE NADA MAS

 

Porque nos amamos hacemos lo que queremos, 
podemos cruzar la cordillera de Amerrisque a pie 
y a nado el lago Cocibolca, 
salir bajo tormenta al llano 
y bajo la mirada violenta del verano 
conservarnos sanos, 
porque nos amamos te escribo un poema hoy 
y otro mañana 
y tú apareces al amanecer 
o al anochecer como Venus señalando a dónde debo de mirar, 
confiado
ya mismo borrando un gesto airado. 
La discordia del mundo pongo en retroceso 
y cualquier cosa se armoniza en tu sonrisa. 
Mucho podemos: rellenar collados, 
decirle al volcán que se abalance al agua, 
pero todas esas cosas al final nos parecen 
como pruebas de mago y maromas sin fin 
preciso, por eso preferimos lograr lo que queremos 
de modo más sencillo, amarnos nada más. 
Eso nos parece bastante grande y suficiente.

 

(De ¨Oficio de Amarte¨, CNE/NORAD, Managua 1999)

 

 

AFTER THE MARDI GRASS

 

Las grandes filas a cada lado de la calle

alzando las manos para recibir los collares

que lanzan exóticas damas desde las carrozas.

La explosión de colores.

Luego las bandas de música,

            las bandas de guerra,

las palillonas marchando a pasos graciosísimos.

            Lindas, sonriendo…

Pero todo ha terminado

y sólo quedan grupos yéndose

o dispersos esperando autobuses o tranvías.

Sólo latas vacías de cerveza,

            botellas vacías de bourbon,

            vasos de cartón aplastados,

            bolsas de papel, servilletas

en las cunetas

chivas, cuentas de baratijas

y un tiempo gris-sucio espeso

            lento como un blues

y una depresión

            y los oídos sonando a grillos

y pies cansados

            para preguntar

dónde se toma el autobús que va a San Charles. 

 

(de ¨La Vida Hurtada¨, Editorial Nicaragüense, 1973).

 

 

BODAS

 

Estos milenios, a la luz de nuestra contingencia

han sido suficientes, creo saber,

y la vida de un hombre es bastante

aun cuando pocos años sean su vigor.

 

Un día bastaría, unos momentos,

un simple gesto casi imperceptible bastaría

para ver el milagro

y la gloria.

 

Pero nada hicimos,

nada hacemos,

que sea un hacer para su hora.

 

Y, viéndolo bien, todo ha sido intentado.

Cuánto esfuerzo, cuántos planes,

sueños, manos a la obra hemos

en tan diversos tiempos, impetuosos acometido.

 

Los utensilios de viejos ritos,

las limpiezas momentáneas,

no son la emancipación de la ley antigua.

No hemos construido

sobre las piedras de un reino duradero.

 

Si tan sólo como la virgen denodada,

sin tan sólo como los mozos llenáramos las tinajas,

si tan sólo como el maestresala probáramos.

Quiero decir si tan sólo 

hiciéramos lo que él diga,

lo que él dice,

lo que ha dicho.

 

Ahora el mar ha vuelto en naufragios los malos viajes

y el terremoto ha derribado engañosas construcciones,

entonces dijimos, “habrá para todos y en abundancia”,

pero al momento de aprovechar su hora

¿quiénes saben o han leído lo que dice?

¿qué hombre en eminencia (oro, sabiduría, poder),

si sabe, lo hace?

¿quién, en su altura cotidiana, casa, oficio, amigo,

barrio, novio, padre, negocio,

como los que sirven

va y cumple aquella voluntad?

Porque monte o llano, cada vez

no lo hacemos y sí lo contrario.

 

Por eso un caballo huesudo recorre campos secos,

los forajidos se abalanzan sobre sus víctimas

y el miedo merodea alrededor de nuestras habitaciones,

asaltadas por pestes de toda laya.

 

Hay poca fe aquí en la tierra.

¿Cómo habríamos de tener el mejor vino?

 

 

LUCES

 

Hemos visto muchas luces en este siglo,

inventadas para persuadirnos.

Vimos a los productores de tiempo,

a los fabricantes de historia,

encender sus tenebrosos reflectores

sobre las alambradas,

sobre los muros de las ciudades,

sobre los lugares altos.

 

Luces de todo tipo, llamándonos

y constriñéndonos.

Partidos, profetas, poetas,

estados, ciencias, las filosofías,

dando su macabro tono

a las matanzas en masa,

a las matanzas selectivas,

a las fosas comunes,

a las prisiones del cuerpo y del alma.

 

Si no hubiésemos recibido

aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre,

Nunca hubiéramos distinguido que toda luz de este mundo

es sombra.

Si no la hubiésemos creído,

no hubiéramos sabido que esas luces negras 

eran en el tiempo moderno

como en el antiguo, el signo de la muerte.

 

Por eso caminamos, sin que nuestro pie

cayera en el abismo, entre vivos

que eran en realidad cadáveres.