|
Lydia
Cabrera y los tambores de la bruja
Ayapá[1]
La ilustre
escritora y etnóloga cubana Lydia Cabrera, en el fabuloso
universo de su cuentística, lleno de tantos personajes
singulares, utiliza sus “relatos de animales que hablan”
para explicar satisfactoriamente los misterios de la vida
y de la naturaleza humana, como lo pueden ser la astucia,
la venganza, la codicia y la justicia, entre otros. Es
comprensible que Cabrera se sirva de este tipo de cuentos,
tan típicos de su cosecha, porque en la tradición africana,
tanto como en la tradición occidental, existen los relatos
de animales que hablan, los que por muchas centurias se
han transmitido oralmente, sufriendo sólo los cambios
conformes al paso del tiempo, al período de esclavitud, y
a la migración y adaptación del hombre negro al medio
ambiente novomundista.
Por
otra parte, aunque el bestiario cabreriano es vasto, la
autora tiene una marcada preferencia por la graciosa
tortuguita de agua dulce a quien se conoce comúnmente en
Cuba por “jicotea”. Nuestra autora le dedica algunos
cuentos en sus volúmenes Cuentos negros de Cuba, de
1940 y ¿Por qué...?, de 1948. No obstante, es en
su libro Ayapá: Cuentos de Jicotea, de 1971, que
Cabrera muestra profusamente su marcado interés por esta
singular criatura tan típica de la isla de Cuba. En todos
y cada uno de los cuentos dedicados a Jicotea[2]
el personaje es presentado como débil, pequeño, pero
ingenioso y astuto, el cual se enfrenta a otros personajes
que son siempre físicamente superiores a él.[3]
En los relatos dedicados a las aventuras de
Jicotea, ésta se muestra astuta y llena de ambición,
siempre con el deseo de protegerse, o con la necesidad de
encontrar sustento, porque la astucia es una cualidad
altamente apreciada entre los afrocubanos, quienes la
consideran como una virtud positiva en la personalidad de
un individuo. Además, Jicotea tiene otras virtudes dignas
de mención. Muchos la consideran como un mago o duende,
ya que es capaz de manejar las fuerzas de la naturaleza
casi como los mismos orishas (dioses). La misma
Lydia Cabrera nos dice sobre los poderes de Jicotea que
“gente sabia aunque iletrada, y de piel negra, aseguran
que habla como los espíritus, los muertos, los chicherekús,
los güiros y muñecos mágicos y, en particular, como dos
orishas fañosos del panteón yoruba, Eleguá y Osaín” (Ayapá
10). Por otra parte, Jicotea también tiene muchas
características del orisha Changó y, como el dios,
a veces no posee una conducta digna de elogio. Jicotea
siempre está alegre, alerta y ama la música por sobre
todas las cosas. Pero no podemos engañarnos, su virtud
intrínseca es la ingeniosidad. Además, sus cualidades le
dan siempre un aire amoral frente a los otros animales,
los que por aparente tradición son superiores a ella. Por
ejemplo, vemos siempre animales como el tigre, el buey, el
toro, entre otros, siendo vencidos por obra y gracia de
las argucias de Jicotea. Ella puede hacer también el mal
sólo por su deseo y capricho, llegando a exhibir extremos
de perversidad.
En
relación a todo lo anterior, es por eso que he escogido
analizar dos cuentos en los que la conducta de Jicotea no
es digna de encomio, lejos de ello. En ambos relatos
Jicotea es bruja y la fechoría que perpetúa en cada uno va
a estar relacionada en ambos casos no solo con el afán de
hacer el mal per se, sino con su deseo inherente de
hacer música, principalmente cuando el hacerla implica
tocar el tambor.
¿Y
por qué tocar el tambor? Pues, sencillamente, porque en
los relatos en cuestión, “Ilú Kekeré” en Ayapá: Cuentos
de Jicotea y “¿Por qué... esa raya en el lomo de la
jutía”, en su libro ¿Por qué...?, el personaje de
Jicotea posee dos características muy singulares, una la
de ser bruja y otra la de ser ñáñiga; combinación que no
deja de ser crucial en cada uno de los relatos. No
obstante, para una mejor comprensión de la presencia del
tambor en los relatos en cuestión, creo imprescindible
explicar por anticipado la importancia vital de los
tambores en los rituales Abakuá o ñáñigos en Cuba.
Como herencia que les viene del Africa ancestral, los
tambores rituales que hacen parte de las ceremonias de la
secta Abakuá o ñáñiga en Cuba transmiten durante
las celebraciones religiosas de la secta los mensajes de
la Voz del Espíritu que rige la creencia. Todos ellos
están cubiertos con el cuero de un chivo porque la
potencia establece que el chivo debe morir para que nazca
el tambor. Entre los muchos tambores rituales Abakuá
predominan los llamados Tambores de Honor o Tambores de
Fundamento: Sese, Mpegó, Ekueñón y
Nkrikamo; junto a ellos se encuentra el tambor Ekue,
que puede a veces ser sustituido por el Mpegó. Por
su parte, si el tambor Mpegó tiene tanta
importancia en las ceremonias Abakuá, y puede
sustituir al Ekue, es por su relación con la
leyenda de Sikán y el Ekue. Cuando el brujo Nasakó
le transmite la Voz del Espíritu al Mpegó, queda
éste consagrado como el Ekue.[4]
La
leyenda de Sikán y el Ekue —conocida también como
la Sikanékue— nos cuenta que el gran poder, el
Espíritu, un buen día encarna en un pez —Tanse— en un río
del Calabar. Los adivinos de dos tribus respectivas, la
Efor y la Efik, han de disputárselo hasta que las dos
tribus pactan una alianza religiosa y tratan de capturarlo
con sus magias respectivas. Pero, una mujer de la tribu
Efor, llamada Sikán, lo halla casualmente cuando va al río
a llenar de agua un güiro para los quehaceres de su casa.
Dentro del güiro que la mujer lleva en la cabeza, “el Pez
da tres voces pavorosas, tres chillidos del otro mundo. Y
así la tribu de los Efor, por la voluntad de Abasí (Dios),
se adueña del ser misterioso que no tarda en morir dentro
del güiro en que había sido sacado del río” (La lengua
sagrada 169).
Sin embargo, para
lograr que el Ekue se manifieste de nuevo a través
de los tiempos, al morir Tanse, un adivino de la tribu
consulta su infalible oráculo, Mañongo Mpabio, para
luego recomendar con urgencia que se sacrifique a Sikán y
se ofrezca su sangre para que el Ekue vuelva a
oírse. Por supuesto, el Ekue vuelve a manifestarse
sonoramente, como es de imaginarse, a través del tambor
que lleva su nombre. Desde la primera ceremonia se unen
dentro del tambor las dos sustancias, la del pez y la de
la víctima. Los sacerdotes también llegan al acuerdo,
tras muchas pruebas realizadas con pieles de distintos
animales, que el mejor medio existente para captar la voz
misteriosa del Ekue, es la piel de chivo.[5]
Ahora que se ha
establecido la relación entre los tambores y el sacrificio
de Sikán dentro del ritual Abakuá podemos
preguntarnos si tiene algo que ver esta triste aunque
hermosa leyenda de Sikán y el Ekue con los dos
cuentos de Lydia Cabrera, “Ilú Kekeré” y “¿Por qué... esa
raya en el lomo de la jutía?”. La respuesta es obviamente
positiva.
En
el relato “¿Por qué... esa raya en el lomo de la jutía?”
existen dos narraciones relacionadas con lo sobrenatural,
las que en ciertos momentos se entrelazan. El relato
principal narra la triste historia de la Ña Gata quien
pierde a sus tres hijitos por la maldad de Jicotea; el
relato intercalado trata de un bilongo (hechizo)
que le echaron a un hombre llamado Erubú. Por supuesto,
me detengo en la narración principal del cuento porque en
ésta se halla Jicotea, la dramatis persona
de más popularidad en los relatos de la autora, esta vez
pavoneando como no hay dos su siempre espectacular
conducta malévola. El relato comienza diciendo que la
Señá Jutía es, aunque no tiene marido, una dama seria, con
una vida muy ordenada. También se lee que Jicotea es
comadre de la Señá Jutía, quien es a su vez amiga de la Ña
Gata, buena señora y madre de tres hermosos gatitos. Un
buen día la Ña Gata tiene que ir en ayuda de su comadre y
amiga la Barcina durante la gravedad de su marido. Ante
lo inevitable, la Ña Gata le pide a la Señá Jutía que le
cuide a sus tres preciados hijitos; la Señá Jutía accede
halagadísima.
Como es algo
fuera de su rutina, la Señá Jutía, algo nerviosa, se lo
cuenta a su comadre Jicotea. Jicotea, con algo malévolo
en mente, al oír las noticias, alega a propósito que los
gatos tienen parentesco con el diablo. Así, sin presentir
el peligro, la Señá Jutía sale a comprar un pescado para
los gatitos, e irremediablemente, éstos se quedan al
cuidado de Jicotea. Cuando se queda sola, Jicotea
degüella al primer gatito, le quita la piel con mucho
cuidado para utilizarla más tarde como cuero de tambor y
acto seguido cuece al pequeñito en una cazuela. Al
regresar la Señá Jutía, Jicotea logra convencerla de que
la acompañe a almorzar y juntas se comen el gatito, beben
vino y bailan.[6]
Buena madre al fin, la Ña Gata, al presentir a lo lejos
que un hijo se le está muriendo, abandona al enfermo y
parte ligera hacia la casa de la Señá Jutía para
cerciorarse de que las cosas andan bien. Su amiga la
convence de que todo está en orden y la exhorta a que
regrese tranquila al lado del enfermo. De esta forma, sin
esperar mucho, con el buen sabor del primer gatito aún en
la boca, Jicotea y la Señá Jutía se comen a sus hermanitos
y acompañan su alimento con vino barato, el que llega a
emborracharlas después de veinte y cinco botellas.
Mientras tanto, una vieja agorera previene a la pobre
madre del peligro; ésta regresa al vuelo al lado de sus
hijos, encontrándose por desgracia sólo con sus tres
cabezas, cubiertas de gusanos, sobre el armario de la Señá
Jutía. Mientras, Jicotea y la Señá Jutía, borrachas y sin
notar su presencia, bailan indecorosamente. Jicotea, que
está tocando el tambor, al ver a la Ña Gata corre
cobardemente a esconderse. Sin más tiempo que perder, la
furiosa Ña Gata, maullando transida de dolor, se abalanza
sobre la desprevenida Jutía y con su garra infernal le
desgarra el lomo a lo largo. Milagrosamente, la Señá
Jutía logra escapar con vida, pero le ha quedado para
siempre en el lomo una raya, vívido recuerdo del zarpazo
de la Gata.
Cabe decir que la Señá Jutía, es una señora de pocos
recursos, honesta, sin marido ni hijos, la cual es
“comadre de papelito” (153) de Jicotea. Esto último tiene
un gran significado en Cuba, ya que el compadrazgo es
considerado como algo más que una amistad, y se le tiene
como un sacramento sin serlo. Este nexo sagrado une a una
persona en solidaridad con su compadre o comadre en todo
momento. Por eso la Señá Jutía se alía a Jicotea, aún en
el crimen, porque son comadres. Hoy en día, la tradición
del compadrazgo en la isla de Cuba va desapareciendo, sin
embargo, durante la colonia todas las clases del país se
aprovechan de la importancia de este lazo social.[7]
De esta forma, sólo comprendiendo el significado
del compadrazgo tanto en el nivel social como en el
histórico, es que llegamos a aceptar, aunque de malas
ganas, la ceguera de la Ña Jutía ante el crimen atroz que
comete Jicotea, por tres veces consecutivas, como también
su gustosa participación en el banquete, en el que las dos
devoran la carne de los tres inocentes gatitos. Por su
parte, la Ña Gata —a quien se le describe como una buena
mujer, buena madre, que adora a sus tres hijitos— es amiga,
pero no comadre, de la Señá Jutía. La buena de la Ña Gata
se da cuenta del acaecido crimen al ver las tres cabecitas
llenas de gusanos sobre el armario, momento en el que
cambia por completo, y furiosa, con sus garras infernales
hacia fuera, ataca a la que ha dejado velando por su
prole.
En
este cuento, Jicotea, como es de esperar, sigue siendo
astuta y aprovechadora como siempre. En el relato, aunque
es comadre de la Señá Jutía, es más pobre que ésta y se
encuentra falta de recursos, tiene todo hipotecado y es en
casa de la comadre donde mata su hambre diaria haciéndose
pasar por la buena comadrita. Por otra parte, su
intransigencia para con los gatitos la lleva a degollarlos
porque uno de ellos le dice en su misma cara a Jicotea que
él desea que su mamá le corte la cabeza a ella. En fin,
si los gatos son el diablo, Jicotea no les tiene miedo y,
como hemos visto, se los come también. Además, hay un
momento de suma importancia en el relato en el que se nos
recuerda que Jicotea es bruja. En esa ocasión, el
narrador describe a Jicotea medio tapada con la piel de
uno de los gatitos, tocando el tamborcillo que ha hecho
con la piel de otro (¿Por qué...? 158), acciones
que nos traen a la mente las ceremonias de brujería y
shamanismo tradicionales, en la que las brujas o los
brujos se cubren con la piel de algún animal para
investirse de sus poderes. En varios momentos del relato
el ritual Abakuá de la Sikanékue viene a
colación gracias a las acciones de Jicotea. Ella mata con
un cuchillo a cada gatito, como ocurre en el ritual, para
luego desollar a uno de ellos, al primero, y con su piel —por
falta de un chivo— hacer la piel de su tambor, el cual
tocará para hacer música mientras, en unión de la Ña Jutía,
goza, baila, bebe y se come a los tres hijos de la Ña Gata,
sin sentir escrúpulo alguno. Ella es bruja ñáñiga, y con
el ritual que oficia bendice y aleja de sí toda culpa del
crimen que acaba de cometer.
Para colmos,
cuando Jicotea ve a la gata furiosa y descontrolada por la
muerte de sus hijos, se escapa y se esconde sin sentir
remordimiento alguno; además, Jicotea ni por un instante
se digna a guardar el debido respeto al sagrado nexo que
la une a la Señá Jutía, como comadres que son,
abandonándola a la furia de la madre gata.
“Ilú Kekeré”,[8]
por su parte, es un cuento fantasmagórico que llena de
profunda tristeza al lector, quien se siente impotente
ante la maldad —en este relato más que en ningún otro— de
la pequeña tortuga de agua dulce. Las aguas —en esta
ocasión la lluvia, y no una enfermedad, como en el relato
anterior— son el instrumento de la desgracia:
Llovía torrencialmente y el
agua encrespada descendía la cuesta hacia la cañada (...)
En su camino Agua-Culebra envolvió a Timbioro, el niño que
una madre imprudente había obligado a salir de casa bajo
el diluvio (...) Timbioro corría con el agua, y el agua se
lo llevó a la cueva de la vieja Jicotea (...) [Esta] lo
midió e inmediatamente se puso a fabricar un tambor un
poco más grande que Timbioro (...) Anochecido, por todo el
pueblo, esbozada en la lluvia, la madre de Timbioro
llamaba llorando a Timbioro. La lluvia repiqueteaba
incansable; Jicotea trabajaba, y Timbioro, en un charco,
dormía amortecido (Ayapá 173).
La noche termina, con
ella se va la lluvia, y el embrujo de Jicotea queda
consumado. La lluvia parece haber sido compañera y
cómplice de las fechorías de Jicotea, quien, en este
cuento, es mala, vieja y bruja. Una vez que el trabajo
hechicero de Jicotea está terminado nace el nuevo día, “el
sol [bebe] aprisa las aguas, [seca] la tierra con su
aliento” (173) y es entonces que la Ñaña[9]
Jicotea, sacando del charco que contiene el cuerpo medio
muerto del niño, mete a Timbioro dentro del tambor que ha
hecho. Jicotea quiere mostrar al mundo que su tambor
suena sin que nadie lo toque. De esta manera, de pueblo
en pueblo lleva su tambor, le rasca el cuero, y todos se
ponen a bailar incitados por la voz del tambor la que
siempre repite un mismo canto: “Timbioro oluo akuá mi
lere oni fenansile oninkó eche awadó yo eme misoke moderu
awó fefe Kufé” (174); Lydia Cabrera en ningún momento
en el cuento explica o nos da una idea del significado del
canto del tambor el cual repite su tonada de pueblo en
pueblo, a través de la narración. Por mi parte, tratando
de descifrar lo que creo crucial en cuanto a su relación
con la trama del relato empecé a traducir el canto, pero
al llegar a la página 312 del diccionario yoruba escrito
por la misma Lydia Cabrera con el título de Anagó:
Vocabulario lucumí encuentro con sorpresa una larga
oración de un parecido casi total a la canción del tambor
que aparece en “Ilú Kekeré”; la frase dice así: “Tún
tún, tún soro i Kimbó Timbioro olúo okuá mi le ré oní
fenán sile oninko eché aguadó yó emení soké modéru awó
Kinirín féfé Kufé”, y la traducción dada por Cabrera
es la siguiente: “Ayá, la jicotea, embrujó a la hija chica
de una mujer que la mandó a buscar agua al río y la metió
dentro de un tambor. Ella [la niña] decía que la estaba
matando, que le daba de comer frijoles y maíz. Jicotea
iba andando y cobrándole a la gente por oír su voz
conversando dentro del tambor. Un babalao descubrió el
engaño” (Anagó 312).
En el caso de
Timbioro, el relato comenta que su madre “imprudente [le]
había obligado a salir de casa bajo el diluvio” (Ayapá
173). El cuento, sin embargo, no nos dice a qué sale
Timbioro bajo una lluvia torrencial. En la versión dada
en Anagó, es una niña y no un niño quien va al río
a buscar agua, pero no está lloviendo. Sin embargo, ambos
terminan muertos dentro del tambor; él cantando para que
la gente baile, ella conversando para que la gente escuche.
En ambos casos sólo un
babalawo[10]
puede descubrir el llamado “engaño” perpetrado por Jicotea
(Anagó 312). No obstante, sólo el engaño de un
hechizo brujo puede quizás hacer que la voz de un muerto
se le transmita a un tambor —como sucede en el caso de
Tanse, el pez de la leyenda Abakuá, el que, una vez
muerto y dentro del tambor, se transforma en la voz del
Ekue—. Lo cierto es que en “Ilú Kekeré” el embrujo de
Jicotea en una noche de lluvia torrencial ha dejado a una
madre sin hijo, y al pobre Timbioro muerto, encerrado en
un tambor con “los ojos secos de tanto llorar; la boca,
desmesuradamente abierta de tanto cantar” (Ayapá
176).
En
toda verdad, no podemos negar ese lado diabólico que hace
de Jicotea un ente maligno y demoníaco; obviamente, sus
atributos malos son estremecedores. No obstante, para
bien o para mal, Jicotea es, sin lugar a dudas, un gran
personaje en la obra de Lydia Cabrera.[11]
En otra oportunidad se podría acentuar su lado bueno, aún
cuando éste siempre aparezca colmado de la misma astucia y
picardía.
Esta es Jicotea. Les dejo a mis lectores, la última
palabra. No obstante, Lydia Cabrera parece intuir que el
universo afrocubano, sin Jicotea, nunca podría ser el
mismo.
Obras citadas
Cabrera,
Lydia. Anagó: Vocabulario lucumí. Miami: Ediciones
C & R, 1970.
_____. “Ilú Kekeré”, en
Ayapá: Cuentos de Jicotea. Miami: Ediciones
Universal, 1971,
pp. 171-176.
_____. La lengua sagrada
de los ñáñigos. Miami: Ediciones Universal, 1988.
_____. La sociedad
secreta Abakuá narrada por viejos adeptos. Miami: C &
R., 1970.
_____. “¿Por qué... esa
raya en el lomo de la jutía”, en ¿Por qué...?.
Madrid: C & R, 1972, pp. 153-176.
Notas
[1] El vocablo
ayapá significa tortuga (jicotea) en yoruba.
[2] Escribo
“Jicotea” con mayúscula para indicar que éste es el nombre
propio dado por la autora a su personaje en todos sus
cuentos. A veces también lo acompaña con un nombre de
pila o un apodo, como por ejemplo la ejemplar Doña Jicotea
Concha de su relato titulado “La excelente Doña Jicotea
Concha” (Ayapá: Cuentos de Jicotea), o Taita
Jicotea de “Taita Jicotea y Taita Tigre” (Cuentos
negros de Cuba).
[3] El personaje de
Jicotea es andrógino, por ello a veces puede ser hembra y
otras veces macho; según sea su género en un cuento
específico se utilizará el artículo “el” o el artículo
“la” cuando se refiera a “él” o a “ella”.
[4] Cabrera asegura que “Nasakó [el
brujo] había dicho que después que la Voz fuese escuchada,
Mpegó sería tan grande como Ekue, pues el
Espíritu pasaría a él” (La sociedad 154).
[5] Desde el
primer Ekueñón —gran sacerdote de la secta—, los
sacerdotes ñáñigos saben que hay que “hacer chillar a
Ekue... [porque] Ekue les habla, les contesta a
todos sus hijos cuando hay una fiesta, un Plante, un
nacimiento o un Ñampe (funeral)... Ekue no monta
—no toma posesión— del abanékue (el iniciado),
[sino que] va al cuero del chivo y le habla en lengua de
tambor” (La lengua sagrada 172).
[6] Cabe decir
que, al principio, la Señá Jutía siente algunos
remordimientos, sin embargo, el malestar del primer crimen
cometido va perdiéndose poco a poco, triunfando sobre sus
escrúpulos la mala influencia de Jicotea.
[7] Sin embargo, es
entre los afrocubanos que esta costumbre toma carácter
religioso; tanto como en África, en Cuba el descendiente
de africano da una importancia vital a este parentesco
espiritual y es en Navidad cuando se celebra en grande
esta tradición con regalos y festejos religiosos.
[8] En yoruba:
“pueblo chico”.
[9] En yoruba: “madrina”, “madre”.
[10]
Babalawo o babalao. En yoruba: “sacerdote”.
[11] Las razones que hacen de Jicotea un
gran personaje en la obra de Lydia Cabrera son
irrefutables. Jicotea, para los afrocubanos, es vehículo
y alimento de Changó, y sólo por ello los afrocubanos la
aprecian, la emulan y respetan sus preciadas artes de
hechicera. También, considerada como un mago o duende,
tiene el poder de resucitar por sí misma y es mediadora
entre los hombres y los dioses. Los babalawos
también afirman que Jicotea suele servirle también a
Yemayá, instalándose en ella y es considerada entre los
creyentes como digna representante de los dioses
africanos, siempre custodiando un río o una laguna. Estos
agregan que las aguas en que vive Jicotea “desbaratan
daños” y matan las brujerías y maleficios: por lo tanto
éstas se usan como protección contra las hechicerías y
conjuros.
|