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Me referiré a las diferentes perspectivas
desde las que pueden ser abordadas las relaciones entre
Filosofía y Arte en la Postmodernidad, acotando mi
exposición a la Literatura, el Cine y la Plástica objetual.
En un
artículo de reciente aparición[1]
he analizado – en extenso – la naturaleza de la escritura
hipertextual, así como los compromisos ontológicos y
epistemológicos que ella implica. He mostrado cómo el
carácter laberíntico del Hipertexto no es otra cosa
que la expresión de un universo fragmentado.
Aquí me
ocuparé del tipo de conocimiento que pueden comportar las
obras de ficción, si es que – claro está – comportan
alguno; sobre el modo en el cual se construyen
subjetividad y texto, así como las relaciones entre mundo
y lenguaje. Se pretende así dar sucinta cuenta de las
diversas retóricas de la postmodernidad, particularmente a
través del análisis del Hipertexto[2]
y la semántica de mundos posibles, esto es, de las
lógicas paraconsistentes asociadas a la ficcionalidad.
Aquí
vendrá a cuenta la afirmación del carácter ficcional de
la realidad, aspecto central de esta Ponencia, la que
según se espera, debiera contribuir a una mejor
comprensión de los procesos de hibridación por los que
atraviesan las diferentes áreas del saber o ecosistemas
discursivos, posibilitando con ello la discusión
transdisciplinaria, la transferencia de información y el
ejercicio de la ciencia como empresa social, donde los
investigadores y el lector crítico se podrán reconocer
como pertenecientes a una comunidad de retóricas y de
problemas.
Ahora,
es necesario clarificar que las indagaciones semióticas y
lógicas aquí en curso responden a la constatación de
un presente de “estetización generalizada”
y de la importancia que ha asumido lo ficcional en los
debates epistemológicos postmodernos.
Mostraré cómo la expansión
de las
categorías estéticas proporciona el único paradigma
posible en las nuevas condiciones de nuestro trato con la
realidad. Mi opinión es que nuestra concepción
–postmoderna– de la realidad, nuestra “filosofía
primera” se ha vuelto, en un sentido elemental, estética.
Es precisamente este el sentido de la expresión “El
giro estético de la Filosofía”.
La razón
poética – o la “lógica” del discurso estético – es una
razón volcada hacia la revelación interpretativa de su
objeto. En la razón poética aparece, lo que podemos
denominar, una conciencia hermenéutica. Es esta una razón
volcada hacia la capacidad interpretativa de la razón,
bajo su propio hacer interpretativo.
Los
mundos ingentes del arte poseen una consistencia
ontológica propia, constituyen una realidad autónoma, con
un telos propio, no ordenada a ser representación
alguna de otra realidad, aun cuando pueden interpelarla,
parodiarla o negarla, siendo pues el arte un simulacro de
resonancias interpretativas, un campo de proyección de la
experiencia.
1.
Lógica Modal Mundos Posibles y Ficciones Narrativas.
Muchas de las cuestiones epistemológicas
más relevantes, como veremos, sólo pueden ser comprendidas
a partir de la naturaleza mediadora y autogenerativa del
signo[3]:
La profusión hipertextual y la fragmentación, la
refutación de las convenciones epistemológicas, la
disolución de la subjetividad, la coautoría y la
cooperación textual, la duda sobre las interpretaciones
profundas y las visiones globales, la crisis de la
totalidad histórica y las temporalidades narrativas.
Ahora
bien, creo que esto no es todavía suficientemente
clarificador, es necesario considerar la narrativa
hipertextual desde la experimentación literaria, que
construye y deconstruye mundos a partir de nuevos
parámetros lógicos, desde lógicas paraconsistentes. Si las
incompatibilidades lógicas de una historia son sancionadas
en un mismo itinerario de lectura, la narrativa multiforme
hipertextual está permitiendo a los nuevos autores la
creación de mundos alternativos, mundos posibles e
incluso mundos imposibles –“imposibles” para un
observador situado en este estado de cosas y, por
lo tanto, subordinado a esta moral provinciana que es la
lógica del principio de identidad y de no contradicción,
propia de las exigencias de todo relato unilineal–. Hoy es
posible, como lo hace Raúl Ruiz en su cine, multiplicar
las identidades y llevar hasta los límites –y más allá de
ellos – el problema de la alteridad, el tema del otro, o
del doble –como Ruiz prefiere llamarle –; como el mismo ha
señalado, “en mis películas muere mucha gente, pero no
importa demasiado, si luego resucitan…”. También se
posibilita la proliferación ilimitada en el espacio y en
el tiempo de senderos que se bifurcan. Habrá que
examinar cómo los escritores del hipertexto son capaces de
aprovechar ese nuevo estatuto de lo finito ilimitado, cómo
trabajan desde ese código propio del hipertexto, generador
de miles de variantes, de múltiples posibilidades. Esto,
en el entendido que toda narración es siempre relatar en
el tiempo una serie de acontecimientos de los que se puede
incidir en su lógica temporal o bien en su ficcionalidad
dando lugar así a dos o más modelos de prescripción
narrativa que están también en la base de toda creación
artística. El tiempo unilineal puede disolverse para
generar la divergencia y la alteridad de, ahora sí, otros
mundos posibles que paradójicamente se pueden dar a la
vez, con desenlaces diferentes de la historia.
También, ahora en el
ámbito lógico-ontológico, habrá que explorar los problemas
que surgen a partir de lo que en estos nuevos modelos
lógicos ha dado en llamarse la identidad transmundana, que
no es otro asunto que exigir al principio de identidad el
asumir un rol de fiscalizador de fronteras, otorgamiento
de pasaportes y visas, y que finalmente se haga cargo de
los casos ya sin solución, los de entidades
indocumentadas, las que indefectiblemente habrán de
ser deportadas a su mundo – donde sí son viables –
o, parafraseando a Wittgenstein, repatriados al juego
de lenguaje que constituye su lugar natural, donde no
serán objeto de ninguna amenaza de extrañamiento. La
exploración lógica se convierte, de este modo, en una
actividad de caza de espectros, como los dobles o
fantasmas que pululan en los filmes de Raúl Ruiz o en las
novelas de Juan Rulfo[4].
He aquí
un primer excursus para proporcionar los ejemplos exigidos
por la tesis aquí desarrollada.
La obra
de Rulfo constituye uno de los ejemplos más cristalinos
que posee la literatura sobre cómo un proceso de
decantación y de construcción esquelética de una trama
relacional lleva a acceder a altos niveles de generalidad
y de riqueza estética, gracias a una muy diversificada
polisemia que permite elevar lo más particular y singular
a lo más amplio y plural. La limpieza descarnada de la
prosa es uno de los rasgos característicos de la escritura
de Rulfo. Rulfo elimina el "yo" – lo que constituye la
tacha del autor y la emancipación de los personajes
– para entrar así en un campo relacional de reflejos
soterrados.
La
"libertad" de los personajes, la "estructura construida de
silencios" y la posterior complexión que efectúa el lector
conjugan una extrema limpieza del discurso, con el
reconocimiento descarnado de símbolos míticos que
gobiernan subterráneamente una compleja red de
manifestaciones diversas. La narrativa de Rulfo es una
urdimbre de murmullos, silencios y ecos (tanto de la voz
como del mismo silencio), con imágenes
sintéticas que se modulan y deslizan
subrepticiamente en una malla estructural aparentemente
ausente. El desnudamiento del lenguaje va acompañado de un
regreso al mito, entendido como arquetipo, como concepto
"libre", como construcción polifacética y plurivalente[5].
2.-
El estatuto ontológico de los mundos posibles.
Ahora,
volviendo sobre la indagación central, pondré en cuestión
el estatuto ontológico, esto es, qué tipo de realidad
son los mundos posibles.
El mundo
real difiere de los otros mundos posibles en que todos los
miembros de su mundo-historia (el juego de todas las
proposiciones que son verdad en él) son verdaderos; en
contraste, las historias de todos los otros mundos
posibles tienen unas proposiciones falsas entre sus
miembros.
En el
fondo de estas consideraciones formales hay una pregunta
elemental, y esta es de carácter ontológico, a saber la
creencia en la existencia de entidades que podrían
llamarse ‘las cosas como podrían ser’, que algunos lógicos
han querido llamar ‘mundos posibles’.
Una
posición es afirmar que nuestro mundo real es sólo
un mundo entre otros. Nosotros lo llamamos real no sólo
porque difiere en calidad de todos los demás, sino porque
es el mundo que nosotros habitamos.
Una
consecuencia interesante que se sigue de esta posición es
que el universo total de posibilidades contendría una
infinidad de sub-universos, cada uno organizando sus
mundos constitutivos de un sistema de realidad diferente.
Si nosotros consideramos el mundo actual como el centro de
un sistema modal, y los mundos posibles [actuales] como
satélites que giran alrededor de él, entonces el universo
global puede estar recentrado alrededor de cualquiera de
sus planetas. Desde el punto de vista de un mundo posible,
lo que nosotros consideramos como el mundo actual se
vuelve una alternativa. Nosotros podemos hacer las
conjeturas sobre como serían las cosas si Hitler hubiera
ganado la guerra; recíprocamente, los habitantes del mundo
en que Hitler ganó la guerra pueden preguntarse lo que
habría pasado si los Aliados hubieran triunfado – como de
‘hecho’ lo hicieron.
Desde
otra perspectiva, la misma cuestión puede ser planteada
así: El problema para entender un enunciado modal como
“Reagan podría no haber sido elegido Presidente” de una
manera extensional es que se trata de un enunciado
contrafáctico. Y se nos pide que contemplemos cómo las
cosas podrían haber sido diferentes. Claramente no podemos
juzgar la verdad y figurarnos el significado de tales
enunciados determinando si Reagan fue elegido presidente.
Un modo común de representar lo que tales enunciados están
afirmando es invocar la idea de mundo posible. Esta
idea, en su contextualización filosófica, retrotrae en
última instancia a Leibniz y Aristóteles. A Leibniz quien
representaba a Dios como contemplando combinaciones
lógicas diferentes de individuos y eligiendo este mundo
como el conjunto más bastamente compatible (invitando así
a Voltaire a hacer el comentario satírico de que éste es
el mejor de los mundos posibles); y a Aristóteles
quien inaugura este tipo de investigaciones a través del
cuestionamiento del estatuto ontológico de los así
llamados futuros contingentes.
La
noción de mundo posible se usa en la lógica modal para
invitarnos a pensar en universos alternativos que se
definen en términos de cambios específicos a partir de
este universo.
Consideremos entonces, bajo esas situaciones, cómo las
otras cosas serían diferentes. Así podríamos considerar el
mundo en el que Hitler hubiese sido un aborto en lugar de
haber nacido y a continuación rellenar el resto del
escenario para ese mundo. Si invocamos esta ficción de los
mundos posibles, entonces estamos en posición de decir lo
que hace que un enunciado modal sea verdadero o falso. Una
afirmación de que un objeto necesariamente tiene una
propiedad es verdadera justamente en el caso en que tiene
en todos los mundos posibles en que es viable.
Ahora
bien, si
consideramos los otros mundos posibles como si los
mirásemos desde un mundo privilegiado, dotado de
individuos y propiedades ya dados, la llamada identidad a
través de los mundos (transworld identity) se
convierte en la posibilidad de concebir o de creer en
otros mundos desde el punto de vista del nuestro. Refutar
este enfoque no significa negar que, de hecho, solo
tengamos experiencia directa de un estado de cosas, a
saber, de éste en que existimos. Sólo significa que, si
queremos hablar de estados de cosas alternativos (o mundos
culturales), necesitamos disponer del coraje
epistemológico para reducir el mundo de referencia a la
misma medida de tales estados de cosas. En ese sentido,
podemos teorizar acerca de los mundos posibles (narrativos
o no narrativos). En cambio, si nos limitamos a vivir,
entonces vivimos en nuestro mundo al margen de
cualquier tipo de duda metafísica. Pero aquí no se trata
de “vivir”: yo vivo (digo: yo que escribo tengo la
intuición de estar vivo en el único mundo que conozco).
Pero desde el momento en que teorizo acerca de los mundos
posibles narrativos decido realizar (a partir del mundo
que experimento directamente) una reducción de este mundo
que lo asimila a una construcción semiótica y me permite
compararlo con los mundos narrativos. De la misma manera
en que bebo agua (traslúcida, dulce, fresca, contaminada,
caliente, gaseada o comoquiera que sea), pero si además
quiero comprarla con otros compuestos químicos tengo que
reducirla a una fórmula que exprese su estructura.
3.
La
singularidad del mundo actual, así como la sinonimia de la
condición actual y real, se restaura al no considerar los
mundos posibles exactamente como entidades existentes,
sino como ‘estructuras mentales’.
Si los
mundos posibles son estructuras mentales, nosotros podemos
clasificarlos según el proceso mental a que ellos deben su
existencia. En la tradición performativa se puede hablar
–aludiendo a esta clasificación – de "predicados que crean
mundos": los verbos como soñar, pensar, creer, considerar,
fantasear, suponer.
En todo
trabajo de ficción se da por supuesto que aquello que es
el caso, esto es, el reino de lo que existe con las
posibilidades de ocurrencia, es recentrado en torno a las
estipulaciones que el narrador presenta como el mundo
real. Este recentrar empuja al lector adentro de un nuevo
sistema de realidad y posibilidad. Como un viajero a este
sistema, el lector de ficción descubre no sólo un nuevo
mundo real, sino también una variedad de ‘mundos posibles’
que giran alrededor de él. Así como nosotros manipulamos
los mundos posibles a través de los funcionamientos
mentales, así hacen los habitantes de los universos de
ficción: su mundo real se refleja en su conocimiento y
creencias, corregidas en sus deseos, reemplazados por una
nueva realidad en sus sueños y alucinaciones. A través del
pensamiento contra-factual reflejan cómo las cosas podrían
haber sido; a través de los planes y proyecciones
contemplan cosas que todavía tienen una oportunidad de
ser; y a través del acto de constituir las historias de
ficción recentran su universo en lo que es para ellos un
segundo-orden de realidad, y para nosotros un sistema del
tercer-orden.
Para entender esta
organización de substancia semántica (de ficción o no) en
un mundo real rodeado por los satélites de ‘mundos
posibles’, algunos autores[6]
proponen el término "universo textual" para referirse a lo
que se conjura por el texto. Lo que se ha llamado "mundo
de ficción" puede parafrasearse ahora como el mundo real
del universo textual proyectado por el texto de ficción.
Ahora
bien, la teoría de mundos posibles es un modelo formal
desarrollado por la lógica con el propósito de definir la
semántica de operadores modales, principalmente los de
necesidad y posibilidad, aunque se han sugerido otros
operadores. La teoría tiene dos conceptos que proponer a
la semiótica de texto: la metáfora de "mundo" para
describir el dominio semántico proyectado por el texto; y
el concepto de modalidad para describir y clasificar las
varias maneras de existir de los objetos, estados, y
eventos que constituyen el dominio semántico.
Hay dos
posibles respuestas al problema de la ficcionalidad: el
ser de ficción es un modo de ser, un estado ontológico
específico para ciertas entidades; o un modo de hablar, un
intento constitutivo de un tipo de acto comunicativo. Una
definición de ficción basada en la primera posibilidad
genera lo que podría llamarse una teoría referencial,
mientras una definición basada en la segunda nos lleva a
una teoría de la intención, involucrando un acercamiento
fenomenológico e ilocutivo.
A modo
de esbozo de una teoría literaria podemos caracterizar la
naturaleza del relato de ficción como un mundo –posible –
ceñido a las normas constitutivas de la lógica modal. Este
modelo ofrecerá las respuestas a problemas como la
relación entre el mundo real y el dominio semántico del
texto de ficción, o la posibilidad de hacer declaraciones
sobre la función de la verdad acerca de los universos de
la ficción.
Pues
bien, en el discurso narrativo ficcional, los actos de
ficción son enunciados de ficción narrativa considerados
como actos de habla. Desde este punto de vista, en el
discurso narrativo ficcional habría, al igual que en el
discurso narrativo factual, tres tipos de actos de
ficción: primero, los discursos pronunciados por
personajes ficticios, cuya ficcionalidad postula el marco
de la representación escénica (real o imaginaria) y cuyo
estatuto pragmático en la diégesis es similar al de
cualquier acto de habla común. Segundo, actos de habla de
los personajes de ficción, cuyas características son
similares a las del acto de habla de personas reales. Por
supuesto, los personajes dicen dichos (carácter
locutivo), acompañan su decir con otros actos (fuerza
ilocutiva) y sus dichos influyen en los otros personajes
(efectos perlocutivos). En tercer lugar, el discurso
narrativo del autor o conjunto de actos de habla
constitutivos del contexto ficcional.
Así, es
notorio que, para Genette, los enunciados de ficción son
aserciones fingidas porque son actos de habla simulados en
la ficción. Los personajes de ficción son creados por el
novelista que finge referirse a una persona; es decir, las
obras de ficción son creadas por el novelista que finge
hacer aserciones sobre seres ficcionales. Ellos, los
enunciados de ficción, como los enunciados factuales, y
contra lo que pudiera pensarse, pueden transmitir
mensajes, al modo de una fábula o una moraleja o, más aún,
constituirse en material para un nuevo tipo de
investigación filosófica, cobrando una particular
relevancia para la epistemología.
4.-
Los
mundos del texto
Los
textos contienen universos semánticos que pueden ser
descritos como mundos. Los mundos del texto pueden hacer
referencia al mundo real, en los textos que parten y
retornan al mundo real, o pueden producir mundos posibles,
contrafácticos, alternativos. Es el caso de los textos de
ficción, que están especializados en la construcción de
mundos comunicables, pero no habitables. Los mundos
posibles del texto son construcciones culturales, mundos
de papel, cuyo espesor real es puramente semiótico. Como
producciones de la imaginación humana no son desdeñables,
pues al distanciarse de las limitaciones del mundo real,
nos permiten contemplar nuestros anhelos, sueños o
posibilidades. Por otra parte, al retornar desde ellos al
mundo cotidiano, contribuyen a iluminarlo, a percibirlo
desde una óptica diferente. También hay que pensar las
relaciones entre el mundo construido o reconstruido por el
texto y el mundo social o natural. Los mundos construidos
por la cultura, amueblados culturalmente por las artes y
las ciencias, son mundos intermedios entre los mundos
fácticos y contrafácticos. El estatuto de realidad de este
mundo tres corresponde al espesor de la noosfera, cuya
entidad real ha sido concebida de distintas formas. Para
algunos es el mundo habitado por los seres humanos, a
partir del cual se asoman a los mundos reales o
imaginarios. El mundo tres es también un mundo textual. En
realidad la actividad esencialmente humana es la
construcción de mundos y a ella se aplican las
construcciones culturales, científicas, mitológicas, entre
otras. El placer del texto artístico (y el de todas las
artes según sus modos de producción significante) nos
libera de nuestras limitaciones de seres materiales y
biológicos y nos permite pensarnos como seres que
encuentran en los sentimientos y en las ideas, en un nuevo
estado de ser, ajeno casi al sustrato biológico sobre
el que vivimos.
Por un
lado, un mundo posible es un 'estado completo de asuntos,'
por el otro, un 'curso de eventos,' conformado por una
sucesión de estados completos. Además de estos estados
distintos, el dominio semántico del texto narrativo
contiene varios submundos, creados por la actividad mental
de los caracteres. El dominio semántico del texto es así
una colección de mundos posibles ensamblados –entramados –
unos con otros, en una especie de empotramiento recursivo.
5.-
El Recentrar de la Ficción.
Los
discursos literarios son ficciones que refieren a mundos
verbalmente posibles y fundamentados en sí mismos. Estos
discursos son intransitivos puesto que se encierran en sí
mismos o, lo que es igual, no refieren ni a los objetos ni
a los eventos del mundo real. Sin embargo,
por otra parte, una vez que los personajes
y los eventos han sido identificados –o si se quiere
estipulados –, el lector puede enfocar su atención en
los móviles de los personajes ¿Quién hace qué y por qué?
Comprender estos móviles permite identificar los valores
ideológicos que entran en conflicto en los eventos; y en
la naturaleza problematizadora del texto.
De modo que aun escenarios ficticios pueden
ser iluminadores para explorar áreas o facetas no
conocidas o imposibles de observar, si no se cuenta con un
escenario posible que funcione como un laboratorio sobre
el cual proyectar la ficción.
Lo que me pregunto, dicho sumariamente, es
si es posible obtener algún tipo de conocimiento especial
sobre el así denominado mundo real operando a
través del análisis de ficciones, esto es de los mundos
posibles como
campo de
proyección de la experiencia.
Basta
con ficciones muy breves, pero que tengan su eje en su
apertura relacional o inclusiva, esto es, en su modo de
estar integradas a una trama narrativa apenas bosquejada,
dando con ello lugar a imágenes que, como en el cine de
Ruiz, logran crear un efecto inquietante, enigmático y
poético a la vez, como un haiku.[7]
La
realidad es sólo un eje de referencia para evaluar los
mundos ficticios de un relato. La realidad es, según Rorty[8],
una narrativa exitosa. Al enlistar los objetos mencionados
en cada narrativa o mundo estipulado con las consiguientes
leyes que rigen los cambios que los afectan, podemos pues,
proyectivamente, enumerar los objetos de nuestra realidad
y las leyes que los rigen. Y así, la única manera que
tenemos de comprender un mundo ficticio es comparándolo
con la descripción del mundo real. De hecho no hay acuerdo
sobre lo que la realidad es (así que podríamos decir que
vivimos una ficción que nos permite vivir en alguna
realidad...). Por eso, solemos recurrir a la noción de
realidad más extendida, la racionalista y empirista de la
ciencia, la mercantil del capitalismo moderno, y la
burguesa de los hábitos mentales de los usuarios normales
de la literatura. Nótese, claro esta, que esto no quiere
decir que toda la literatura esté intrínsecamente de
acuerdo con estos modos de concebir el mundo. Hay también
una buena cantidad de escritores que, con diversas
suertes, han usado la comodidad de la cosmovisión
tradicional para atacarla. En este último grupo podemos
situar a la literatura fantástica. Paradójicamente, la
industria cultural se apropia del arte que la ataca, y
así, la rebelión, el cuestionamiento literario, se
aburguesa y se torna mercancía para aquellos a los que
precisamente critica.
6.-
El valor cognoscitivo de la ficción.
La
relación interna entre filosofía y literatura permite
examinar de cerca qué significan la pluralidad y
complejidad en los usos de la razón. Y permite aproximarse
a esos usos y figuras desde un ángulo privilegiado. Pues
el interés por lo literario no tendría por qué significar
un apresurado abandono del modelo de discurso racional
–que es característico de la filosofía –, sino el acceso a
un punto de vista más completo: un nuevo motivo reflexivo,
otro límite crítico, mayor complejidad también. Digamos
que esa perspectiva facilita la puesta al día de las tesis
modernas sobre la filosofía como emancipación, como salida
de una minoría de edad.
Espacios
de reflexión, métodos y perspectivas constituyen los
distintos niveles, a través de los cuales se trata de
definir un nexo complejo entre discursos. La ficción como
conocimiento, subjetividad y texto, así como la relación
entre mundo y lenguaje pretenden acotar algunas
dimensiones de esa relación.
A través
de la literatura llegamos a estar familiarizados con
situaciones, sentimientos, formas de vida, obteniendo así
una mirada desde dentro – epistemológicamente
empatica –. Cada nueva visión del mundo constituye un
nuevo tipo de conocimiento, un conocimiento que puede
incluir aspectos cognitivos y emotivos y que demandará,
probablemente, algún tipo de lógica paraconsistente. En
este sentido en la manera en que –como pioneros- creamos o
descubrimos mundos (dependiendo del estatuto ontológico
otorgado a la ficción) también establecemos o
desentrañamos la legislación lógica, según la cual
tal curso de sucesos o tal tipo de entidades son o no
admisibles al interior de este particular mundo posible.
Hasta
los mundos narrativos más imposibles tienen como fondo lo
que es posible en el mundo que concebimos como real. Las
entidades y situaciones que no son explícitamente
nombradas y descritas como diferentes del mundo real son
entendidas a partir de las leyes que aplicamos a la
comprensión del mundo real.
Así
pues, la narración de ficción construye un modelo análogo
del universo real, lo que permite, como en todos los
modelos, conocer la estructura y los procesos internos de
la realidad y manipularla cognitivamente. Otorgando así un
valor cognoscitivo a la ficción, de modo tal que todas las
posibles connotaciones, no expresadas directamente por el
texto, sino –más bien – mostradas implícitamente o
implicadas contextualmente en lo dicho por el mismo –
iluminan aspectos de la realidad que sin estas
extrapolaciones ficcionales permanecería en penumbras.
La
perspectiva crítica –propia de la filosofía – puede
hallarse así implícita en escritos de ficción, de la misma
manera que las teorías filosóficas pueden aceptar como
suyos a los argumentos procedentes del discurso literario.
La reflexión filosófica se articula pues desde distintos
ámbitos y modalidades discursivas.
La
verdad se entreteje en la ficción a través de la actividad
mimética, en tanto la fábula da forma a componentes que
son inmanentes al texto pero lo trascienden, como figuras
de nuestras prácticas de vida, que a su vez la lectura,
vuelve a trascender y transformar en el texto mismo y en
el sí mismo del lector, que no suele ser inmune a este
juego de verdades que circula libre y reguladamente en los
viajes de la trama.
Los
conceptos de la lógica modal son pues aplicables la
dinámica de los procesos de lectura, asimilando los mundos
posibles a las inferencias y proyecciones construidas por
los lectores cuando se mueven a través del texto. Estos
mundos posibles pueden actualizarse, o pueden permanecer
en un estado virtual, dependiendo de si el texto verifica,
refuta, o deja indecisa la racionalización del lector
hacia los eventos narrativos.
En todo
trabajo de ficción se da por supuesto que aquello que es
el caso, esto es, el reino de lo que existe con las
posibilidades de ocurrencia, es recentrado en torno a las
estipulaciones que el narrador presenta como el mundo
real. Este recentrar empuja al lector adentro de un nuevo
sistema de realidad y posibilidad. Como un viajero a este
sistema, el lector de ficción descubre no sólo un nuevo
mundo real, sino también una variedad de ‘mundos posibles’
que giran alrededor de él. Así como nosotros manipulamos
los mundos posibles a través de los funcionamientos
mentales, así hacen los habitantes de los universos de
ficción: su mundo real se refleja en su conocimiento y
creencias, corregidas en sus deseos, reemplazados por una
nueva realidad en sus sueños y alucinaciones. A través del
pensamiento contra-factual reflejan cómo las cosas podrían
haber sido; a través de los planes y proyecciones
contemplan cosas que todavía tienen una oportunidad de
ser; y a través del acto de constituir las historias de
ficción recentran su universo en lo que es para ellos un
segundo-orden de realidad, y para nosotros un sistema del
tercer-orden.
Para entender esta
organización de substancia semántica (de ficción o no) en
un mundo real rodeado por los satélites de ‘mundos
posibles’, algunos autores[9]
proponen el término de "universo textual" para referirse a
lo que se conjura por el texto. Lo que se ha llamado
"mundo de ficción" puede parafrasearse ahora como el mundo
real del universo textual proyectado por el texto de
ficción.
Tampoco
debe resultar extraño que se acuda a la literatura o a la
ficción – allí se acota un problema y se llena el vacío de
las reflexiones descontextualizadas. Se busca que la
descripción ya no de formulaciones abstractas y vacías,
sino de experiencias humanas concretas, – como el dolor o
la traición – al ser compartidas genere la necesaria
empatía desde la cual se geste la solidaridad y la
compasión.
Rorty[10],
por ejemplo, critica el enorme grado de abstracción que
el cristianismo ha trasladado al universalismo ético
secular. Para kant, no debemos sentirnos obligados hacia
alguien porque es milanés o norteamericano, sino porque es
un ser racional. Rorty critica esta actitud universalista
tanto en su versión secular como en su versión religiosa.
Para Rorty existe un progreso moral, y ese progreso se
orienta en realidad en dirección de una mayor solidaridad
humana.
Para la
solidaridad humana no consiste en el reconocimiento de un
yo nuclear -la esencia humana - en todos los seres
humanos. Se la concibe como la capacidad de percibir cada
vez con mayor claridad que las diferencias tradicionales
(de tribu, de raza, de costumbres) carecen de importancia
cuando se las compara con las similitudes referentes al
dolor y la humillación.
De aquí
que las principales contribuciones del intelectual moderno
al progreso moral son las descripciones detalladas de
variedades de dolor y humillación (contenidos en novelas e
informes etnográficos), más que los tratados filosóficos y
religiosos. Piénsese, por ejemplo, en 1984 la novela de
Orwell, de la que Rorty realiza un prolijo análisis[11].
La
concepción que presenta Rorty sustenta que existe un
progreso moral, y que ese progreso se orienta en realidad
en dirección de una mayor solidaridad humana.
Rorty
piensa que para ese progreso moral es más útil pensar
desde una moral etnocéntrica, pragmática y sentimental,
que no desde una moral universalista, abstracta y
racionalista, como la de kant.
En
definitiva, más educación sentimental y menos abstracción
Moral y teorías de la naturaleza humana. Educación
sentimental y moral a través del desarrollo de la
sensibilidad artística. Debemos prescribir novelas o
filmes que promuevan la ampliación del campo de
experiencias del lector, más aun cuando el lector es un
político, un economista, un trabajador social, un
empresario o un dictador, o, más aun cuando este se trate
de un niño que tenga, como tal, la posibilidad de
convertirse en cualquiera de estos tipos humanos
reconocibles.
Si
Hitler, por ejemplo, no hubiese sido rechazado en la
Escuela de Bellas Artes cuando alrededor de los 17 años
postulo a lo que era su única vocación, la pintura, sus
actividades creativas no habrían sido sustituidas por el
dibujo del horror, de los campos de concentración con su
violencia voraz.
7.-
La experiencia estética como simulación gnoseológica;
matemática ficticia y física de lo imaginario.
Continuando con el análisis de las relaciones entre
ficción y conocimiento es imposible omitir la
experimentación plástica llevada a cabo por Duchamp a
través de sus ready made, en particular por la
fabricación de sus “Tres zurcidos – patrón”, un
conjunto de tres hilos de menos de un metro fijados sobre
bandas de tela pegadas sobre vidrio, y acompañadas de sus
tres reglas para trazar. “Los 3 zurcidos - patrón” –
observa Duchamp[12]
– “son el metro disminuido”. El conjunto se inscribe en el
“género” de una matemática ficticia, de una
física de lo imaginario, que sin embargo
reclama los mismos títulos de rigor y exigencia que sirven
de fundamento a la matemática occidental. Por ello, y lo
mismo que el patrón de medida “universal” de metro, los
Tres zurcidos patrón de Duchamp se guardan en un
estuche especial, destinado a evitar su dilatación o
contracción por efectos de la temperatura – o cualquier
otra posible perturbación ocasionada por factores
externos.
Ahora
bien, lo decididamente subversivo en la actitud de Duchamp
se cifra, ante todo, en el proceso mediante el cual se
establecen esas unidades imaginarias de medida –
“zurcidos”, de un universo roto…–, dependiente enteramente
del azar. En el primer conjunto de escritos en que
fija los fundamentos conceptúales de sus experiencias
plásticas, en la Caja de 1914, Duchamp formula el
principio que inspira la génesis de los Tres zurcidos-patrón
a partir de una pregunta abierta en tiempo
condicional: “si un hilo recto horizontal de un metro de
longitud cae desde un metro de altura sobre un plano
horizontal deformándose a su aire y da una nueva
figura de la unidad de longitud…” La realización de la
experiencia, que para Duchamp entraña “la idea de la
fabricación”, da como resultado el establecimiento de esas
tres unidades enteramente occidentales de medida. Se
adoptan el rigor y la precisión máximas, característicos
del pensamiento matemático, pero conjugados con la
voluntad indeterminada del azar. Es como un juego:
el máximo rigor, la “regla del juego”, sobre un fundamento
convencional y gratuito, y de cuya conjugación extraemos
conocimiento y placer. Con este simulacro Duchamp modela
una contrafigura irónica de la solemnidad y pretensión de
absoluto de la ciencia occidental. Lo provocativo de este
“gesto” estético tiene sus raíces en lo que supone de
impugnación del supuesto valor universal y absoluto del
pensamiento occidental. Como los zurcidos – patrón,
nuestra ciencia es el resultado de un proceso de
fabricación intelectual, y la validez de sus reglas una
consecuencia de la aceptación de determinados presupuestos
y convenciones, esto es, de peticiones de principio,
asentimientos que hacemos sobre la base de la buena fe o
simplemente, de las ganas.
La
impugnación irónica de la reducción positivista del
conocimiento a mera razón instrumental, sirve ahora como
trasfondo de la fundamentación del alcance intelectual del
arte o de lo que he llamado razón estética.
La obra
de Duchamp nos muestra, en definitiva, tanto en una
vertiente plástica como conceptual, las infinitas
posibilidades de “lectura de lo real”. En Duchamp
encontramos el centro de gravedad de una concepción de las
operaciones mentales y artísticas abierta a una lectura de
lo real como diverso y plural, a una consideración
flexible y distendida de la normatividad del mundo.
Nos
encontramos así ante una operación de desmantelamiento
epistemológico. El dispositivo opera sobre el pretendido
rigor y objetividad de las ciencias duras. Sin duda una
audaz maniobra subversiva, tan propia de las vanguardias
de los años ’20, las que superan con mucho – en su
carácter corrosivo – a sus pálidos remedos postmodernos.
La trans-vanguardia
ya no es básicamente ruptura. Es academia y museo, se ha
convertido en nuestra “tradición”: en la tradición
artística de la contemporaneidad. Desde los medios de
comunicación de masas y las instituciones de cultura,
públicas o privadas, el horizonte estético de la
vanguardia se transmite ya como clasicismo de la
contemporaneidad[13].
7.-
Observaciones hermenéuticas sobre los mundos posibles.
Vivimos
en un momento no sólo sospechoso sino también generador de
otras tantas incertidumbres, como las que recaen sobre los
procesos significativos. El escepticismo postmoderno,
descree radicalmente ya no –como es obvio – de la verdad,
sino de la posibilidad de interpretaciones validas o más
bien validadas de acuerdo a un criterio externo o distinto
a la ficcionalización de los relatos.
La
representación virtual acentúa este clima de
interpretaciones sospechosas o de sospechas sobre las
interpretaciones mismas, lo que – paradojalmente – de
todos modos son formas de sobreinterpretación o
interpretación paranoica.
La
realidad virtual genera estas lecturas –que más bien
pueden llegar a parecerse a emplazamientos militares – en
tanto se está como en el cartesianismo, en una actitud
táctica, esto es, instalada en la precaución, más
preocupada de no errar que de dar con una verdad.
El escenario que promueve tales recaudos es el de una
cultura constituida por todo tipo de procesos de
hibridación así como por una intelectualidad nómade, por
múltiples articulaciones discursivas surgidas desde los
desplazamientos hipertextuales que ya se han tornado
invisibles, precisamente por su cotidianidad. Desde el
zapping a la navegación por la red, navegación donde
acontece todo tipo de naufragios, siendo responsabilidad
de la filosofía –dado el equipamiento del que dispone –
conformar un equipo de socorristas. Si no es posible
interpretar o, lo que es lo mismo, puede interpretarse al
infinito y desde el ángulo que a uno le plazca.
Las
sospechas a este respecto son razonables, si se tiene en
cuenta que la cultura actúa como una cadena de textos que
por una parte se instruyen mutuamente y, por otra, están
en desplazamiento constante. Lo anterior no debiera
conducirnos a esperar que el intelectual posea un conjunto
de competencias enciclopédicas, así como habilidades de
avezado navegante de estos mares tormentosos –llenos de
afluentes – sino, más bien, una clara conciencia de la
insalvable inserción contextual de todo significado, sea
éste el de una obra de arte o de una teoría física, y el
consiguiente concurso simultaneo de una red de
“interpretantes”. Sin embargo, he aquí mi preocupación, no
hay que inferir de la infinitud de semiosis que no existan
criterios para una lectura correcta, esto es que se
haya clausurado la posibilidad de toda hermenéutica. O es
que las interpretaciones se consolidan a partir de los
códigos preexistentes. Estos criterios, desde luego, se
debaten en el terreno ideológico pues, llegado el momento
de establecer el sentido que será reconocido o validado,
necesitamos apelar forzosamente a la calidad y rigor del
detentor de la interpretación más autorizada, así como,
posteriormente a la economía y belleza de la explicación.
Ya
finalizando, fundamentaré el valor cognoscitivo de la
ficción, a través de la puesta en escena de una
sobreinterpretación, interpretación sospechosa o
paranoica, que no es algo muy distinto de lo que realizan
ciertos historiadores y críticos culturales para
aproximarse a sucesos históricos, indagando –no sólo – en
los hechos documentados, sino en el modo en que ciertos
personajes se instalan en el inconsciente colectivo de una
sociedad, generando todo tipo de interpretaciones
paranoicas –más aun si estas imágenes, constituidas en
arquetipos al modo de Jung, , vehículos iconográficos
de un método obsesivo de interpretación.
8.-
Interpretación y
Sobre-interpretación; Lecturas paranoicas o métodos
obsesivos de interpretación.
El
fenómeno de la sobre-interpretación es propiciado por
nuestra tendencia natural a pensar en términos de
identidad y semejanza. Actuamos así porque cada uno ha
introyectado un principio incontrovertible, a saber que,
desde cierto punto de vista, cualquier cosa tiene
relaciones de analogía, contigüidad y semejanza con todo
lo demás. Pero la diferencia entre la interpretación sana
y la interpretación paranoica radica en reconocer que esta
relación es mínima y no, al revés, deducir de este mínimo
lo máximo posible. Para leer el mundo y los textos
sospechosamente, es necesario haber elaborado algún tipo
de método obsesivo. La sobreestimación de la importancia
de los indicios nace con frecuencia de una propensión a
considerar como significativos los elementos más
inmediatamente aparentes, cuando el hecho mismo de que son
aparentes nos permitiría reconocer que son explicables en
términos mucho más económicos.
Los textos deben ser
leídos – de acuerdo a esta perspectiva – a la luz de otros
textos, personas, obsesiones y retazos de información.
“Sólo se puede cotejar una frase con otras frases, frases
con las que está conectada mediante diversas relaciones
inferenciales y laberínticas”[14].
La cultura actuaría
entonces como una cadena (red) de textos que instruyen a
otros textos. Confirmando la antigua sospecha de los
cabalistas, ante la vertiginosa deriva, ante el
desplazamiento permanente, ante la sobre-interpretación.
En cuanto un texto se convierte en “sagrado” para cierta
cultura, se vuelve objeto de un proceso de lectura
sospechosa y, por lo tanto, de lo que es sin duda un
exceso de interpretación.[15]
Así también acontece
con la Biblia, el nuevo canon del
cristianismo, y la hermenéutica del judaísmo, con una
manifiesta predilección por el género del comentario. Cada
comentario de las Sagradas Escrituras genera otro
comentario, en un exhaustivo proceso de exfoliación. “El
arcano ingenio, la delicadeza de la prueba, el
refinamiento de los comentarios talmúdicos, midrásicos y
minsnaicos, el fino hilar de la inventiva en las lecturas
de los maestros de la textualidad ortodoxos y
cabalísticos, sólo son verdaderamente accesibles para los
que han tenido por escuela el laberinto y la cámara de
resonancia del legado rabínico”[16]
La fuerza de este legado ha persistido adoptando formas
paródicas o bastardas en derivados judaicos tan actuales
caso de Kafka, quien en tanto heredero directo –por su
condición de judío y escritor de obras laberínticas como
El proceso, de esa epistemología del comentario,
del “análisis interminable” (según la frase de Freud). Sus
cuentos y siempre incompletas novelas son comentarios en
acción, en un sentido tanto material como difusamente
talmúdico.
Aquí,
me permito un último segundo excursus.
En la mayoría de los ejemplos habidos en
literatura moderna y contemporánea, la interpretación
supone una hipócrita negativa a dejar que la obra de arte
hable desde y por sí misma. Al reducir la obra de Arte a
su contenido para luego interpretar aquello,
falseamos o, si se quiere, domesticamos la obra de arte.
La interpretación hace manejable y maleable el arte.
Este filisteísmo de la interpretación es
más frecuente en la literatura que en cualquier otro arte.
La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a
secuestros en serie por no menos de tres ejércitos de
intérpretes. Quienes leen a Kafka como alegoría social ven
en él ejemplos cínicos de las frustraciones y la
insensatez de la burocracia moderna, y su expresión
definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka
como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas
revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus angustias
de castración, su sensación de impotencia, su dependencia
de los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría
religiosa explican que K. intenta, en El castillo,
ganarse el acceso al cielo; que Joseph K., en El
proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa
justicia de Dios…Otra obra que ha atraído a los
intérpretes es la de Samuel Beckett. Los delicados dramas
de la conciencia encerrada en sí misma de la Obra de
Beckett – reducidos a un minimalismo sin concesiones –
inmovilizados físicamente – son leídos como una
declaración sobre la alienación del hombre moderno, un
testimonio más del nihilismo y las psicopatologías de la
modernidad tardía.
En el
contexto de esta escritura laberíntica en la que corremos
el riesgo del extravío del autor subsumido por el texto o
por los constantes y expansivos comentarios, estamos ante
la idea del texto como tejido en perpetuo
urdimiento, como un tejido que se hace, se traba a sí
mismo y deshace al sujeto en su textura: una araña tal que
se disolvería ella misma en las secreciones constructivas
de su tela. En un sentido similar en la obra de William
Burroughs el sujeto se encuentra manipulado y transformado
por los procesos de contagio. El lenguaje es un virus que
se reproduce con gran facilidad y condiciona cualquier
actividad humana, dando cuenta de su intoxicada
naturaleza. Los textos de Burroughs proliferan sin
principio ni fin como una plaga, se reproducen y alargan
en sentidos imprevisibles, son el producto de una
hibridación de muy diversos registros que no tienen nada
que ver con una evolución literaria tradicional, sus
diferentes elementos ignoran la progresión de la narración
y aparecen a la deriva desestructurando las novelas de su
marco temporal, de su coexistencia espacial, de su
significado, y posibilitando que sea el lector quien acabe
por estructurarlas según sus propios deseos.
Notas
y Obras
Citadas
[1] A partir
del análisis de los problemas epistemológicos y estéticos
que plantea el diseño de lo que se ha dado en llamar
Hipertexto me aproximaré a las nuevas retóricas con
que la postmodernidad crea y deconstruye sus objetos e
instituciones. Aquí
atenderé al proceso de descentramiento o dislocación que
se produce al moverse por una red de textos, desplazando
constantemente el centro, es decir con un centro de
atención provisional, un conjunto de cuerpos de textos
conectados, aunque sin eje primario de organización. Estas
nuevas articulaciones discursivas, propias de la
digitalización de la escritura -que se pueden recorrer en
diversas direcciones- no sólo sucesivas sino simultáneas,
no admiten una sola categorización, sino las más variadas:
antinovela, antipoesía, escritura automática, parodia
literaria, reflexión filosófica, meditación esotérica,
interpretación talmúdica. Cuestionando así las nociones
tradicionales de narrativa, univocidad y linealidad
vigentes desde los tipos móviles de Gutenberg.
Las declaraciones de los
teóricos en literatura hipertextual han ido convergiendo
en importantes cambios que están afectando la episteme
contemporánea. Un cambio de paradigma que ya aparece en
los escritos de Jaques Derrida y de Roland Barthes. Los
teóricos culturales y especialistas en hipertexto postulan
que deben abandonarse los actuales sistemas conceptuales
basados en nociones como centro, margen, jerarquía y
linealidad y sustituirlos por otras de multilinealidad,
nodos, nexos y redes.
Casi todos los participantes
en este cambio de paradigma, que marca una revolución en
el pensamiento, consideran la escritura electrónica como
una reacción directa a las desventajas e inconvenientes
del libro impreso. Esta reacción tendrá profundas
repercusiones en la literatura la enseñanza y la política.
[2]
ESTÉ, Aquiles,
Cultura Replicante; el orden semiocentrista, Ed.
Gedisa, Barcelona, 1997, p. 20.
[3]
RULFO,
Juan, Pedro Páramo,
México, Ed. Plaza y Janés, 2000.
[4] El empaste
de los contrapunteos de Rulfo, de sus murmullos y ecos, de
sus imágenes y reflejos, de sus ubicuas temporalidades,
puede realizarse con un efecto poético particularmente
sugestivo en la estructura "libre" ("límite") de su
narrativa. A su vez, la libertad semántica de la obra es
la que sostiene su enorme rango polisémico y asegura
finalmente su universalidad.
[5]
RYAN, Marie-Laure, Los
Mundos Posibles, Inteligencia Artificial y Teoría de la
Narrativa, Editorial Anagrama, Madrid, 1991.
[6] El Haiku es
una de las formas más bellas de la literatura japonesa. Se
trata de un poema corto de diecisiete sílabas,
distribuidas en tres versos. Alcanzó su forma actual a
finales del siglo XV y debe su nombre al poeta Shiki
(1867-1902). Su relato es descriptivo. Como flash
que ilumina un instante, casi siempre un paisaje. El
protagonismo se dirige hacia la naturaleza, contemplada en
las diferentes estaciones del año. Estos pensamientos se
encadenan con percepciones de muy diversa índole:
nostalgia, humor e incluso religiosos, procedentes estos
de la sabiduría –o lógica oriental– propia del
pensamiento coordinativo Zen.
[7]
RORTY, Richard, El giro
lingüístico, Paidós, Buenos Aires, 1990.
[8] RYAN,
Marie-Laure, Los Mundos Posibles, Inteligencia
Artificial y Teoría de la Narrativa, Editorial
Anagrama, Madrid, 1991.
[9]
RORTY, Richard, Ironía,
Contingencia y Solidaridad, Ed.
[10] RORTY,
Richard, Ironía, Contingencia y Solidaridad
[11]
DUCHAMP, Marcel, Duchamp du Signe. Écrits,
éditès par M. Sanouillet, avec la collab. D’Elmer Peterson;
Flammarion, París. Tr. Cast. de J. Elias y C. Hesse, rev.
bibl. Por J.R. Manguera; Gustavo Pili, Barcelona, 1978.
[12] JIMENEZ,
José, La vida como azar; complejidad de lo moderno,
Ed. Mondadori, Madrid, 1989, p.139.
[13] RORTY,
Richard, “El Progreso del Pragmatista”, en
Interpretación y Sobreinterpretación, Umberto Eco, ED.
Cambridge University Press, Madrid, 1997, Cáp.IV.
[14] ECO,
Humberto, Interpretación y Sobreinterpretación, ED.
Cambridge University Press, Madrid,
1997, p.59.
[15] STEINER,
George, Pasión intacta; Ensayos 1978-1995, Ed.
Siruela, 1988, Barcelona, p. 291.
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