Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 33/34

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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PATOLOGÍAS

 

I.- Compulsión  II.- Estrés

III.- Paranoia

por 

 Natalia Carbajosa Palmero

 


-Hermano, sé que eres hombre recto y que estás orgulloso de eso. Pero plantéate una pregunta: ¿Por qué hay que decir la verdad? ¿Qué es lo que nos ata a ella? ¿Y por qué creemos en realidad que la veracidad es una virtud? Imagínate que te topas con un loco que te dice que es un pescado y que todos somos pescados. ¿Vas a discutir con él? ¿Te vas a desnudar delante de él para enseñarle que no tienes aletas? ¿Le vas a decir cara a cara lo que piensas? ¿Dime?

El hermano permaneció en silencio y Eduard continuó:

-Si no le dijeses más que la verdad, lo que realmente piensas de él, establecerías un diálogo en serio con un loco y tú mismo te convertirías en un loco. Y así es como funciona el mundo que nos rodea. Si insistiese en decirle la verdad cara a cara, eso significaría que me lo tomo en serio. Y tomarse en serio algo tan poco serio significa perder la seriedad. Yo, hermano, tengo que mentir si no quiero tomarme en serio a los locos y convertirme yo mismo en uno de los locos.

 

                   Milan Kundera, El libro de los amores ridículos

 

I. Compulsión

     No sabría decir cuándo había empezado todo. Desde niño, desde que tenía memoria, se recordaba rascándose furtivamente. A veces en las piernas, otras en las ingles, el cuello, los brazos, la cabeza, presa de un furor incontenible. Y claro, la piel enrojecida le delataba de inmediato. Entonces era peor. Ante la preocupación de sus padres, la reprobación de los médicos, la burla de sus compañeros o la sorpresa de los transeúntes, el deseo de rascarse se transformaba en un impulso rayano en la tortura. Se acababan los disimulos y el alivio sólo se alcanzaba un punto por debajo del puro desuello.

Así las cosas, transcurrían los años y parecía abocado a vivirlos como mera comparsa de los otros, protagonista sólo de su vicio y aislado por culpa de éste. Su familia le trataba con condescendencia, dándolo por caso perdido, y la gente rehuía sus ojos cargados de culpa, sus manos cautivas del frenesí que obraba al dictado de involuntarias órdenes y, sobre todo, aquel mapamundi que mostraba su cuerpo entero: centímetros de fronteras tenazmente marcadas por pellejos, escoriaciones, escaras y otras muchas variantes de agresión cutánea que se convertían, por la textura y el color, en improvisadas depresiones, cadenas montañosas y ríos a la búsqueda de un cauce que horadar.

Un día, en la terapia de neuróticos y autolesionadores a la que asistía, más que nada por complacer a sus atribulados padres, reconoció a su media naranja al primer golpe de vista. Lucía una manera de enarcar las cejas, cerrar los ojos y arrugar la nariz al mismo tiempo una docena de veces por segundo que se le antojó adorable. Salieron de allí cogidos de la mano y dispuestos a reconocer su amor ante las respectivas familias que, incrédulas, no supieron si reír, enojarse, respirar aliviadas o añadir una fuente de aprensión a su ya crecido pozo de desasosiego. El caso es que, una vez juntos, comenzaron a mostrar una capacidad para tomar decisiones desconocidas hasta entonces incluso ante ellos mismos. Alquilaron un piso y comenzaron su vida en común. Él, desde siempre aficionado a la informática (paliativo de su impuesta soledad), encontró trabajo en las oficinas traseras de un polígono industrial de la periferia, donde clasificaba expedientes y facturas sin que nadie le impidiera rascarse a gusto. Desarrolló una habilidad especial para rascarse con la mano izquierda mientras tecleaba el ordenador con la derecha y viceversa, sin que su labor de resintiera por ello. En cuanto a su amada, hacía arreglos de costura para unos grandes almacenes. Dicha tarea no le obligaba a salir de casa, y ni al género ni a los útiles de labor les afectaba el movimiento espasmódico de su rostro.

Algunos días, dichosos como eran, miraban a su alrededor y no encontraban con quién compararse. Conocían parejas que se buscaban para provocar discusiones por los asuntos más nimios; parejas que se espiaban mutuamente sospechando terribles infidelidades, fundadas o no, el uno del otro; maridos que no vivían sino para lavar el coche cada sábado; mujeres que se lamentaban de tener que ocuparse de la casa y se lamentaban de no saber qué hacer con su tiempo libre; maridos obsesionados con el bricolaje y mujeres obsesionadas con la dieta; maridos y mujeres obsesionados con el porvenir de sus hijos. ¿Acaso no eran éstas y otras manifestaciones similares visibles fisuras del sistema nervioso? ¿Grietas por donde emergía la incapacidad para vivir de un modo más pleno? A la hora de la verdad y, aunque el mundo entero les compadeciera, ¿quiénes se encontraban más cerca de la felicidad que proporciona la plácida vida en común?

El embarazo no les pilló de sorpresa. De hecho, cada vez que el feto se agitaba en la barriga con un nerviosismo mayor del que cabe esperar en estas situaciones, ambos se dedicaban una sonrisa cómplice. Estarían muy orgullosos, sí, del tic compulsivo que desarrollara su retoño, cualquiera que éste fuese.

 

II. Estrés

     -Pues sí, soy ingeniero. Estudié en el extranjero y volví a mi país a trabajar en una empresa que se instaló allí, gracias a capital foráneo, con intención de modernizar (más bien crear) infraestructuras: carreteras, puentes, tendido eléctrico, ya sabe. Me casé y tuve dos hijos. Vivíamos en un chalet en las afueras de la capital, un barrio construido ex profeso para las élites reclutadas por el gobierno: ingenieros, médicos, arquitectos... aquello duró unos cuantos años, hasta que los escarceos de las tribus se hicieron más frecuentes y nos dimos cuenta de que su amenaza de acabar con este nuevo orden en nombre de no sé qué atavismos era real. Formaron un verdadero ejército nutrido incluso de tribus tradicionalmente rivales, abandonaron sus poblados y emprendieron la marcha hacia la capital. El contrabando de armas y algunos países interesados en que nuestra incipiente prosperidad pasara a la historia se encargaron del resto. Derrocaron el gobierno, prendieron fuego a la ciudad entera, mataron a mi mujer y a mis hijos. A los hombres nos mantenían con vida, desconozco la razón. Nos hacinaron en un calabozo infecto, donde nos molían a golpes. No me pregunte cómo escapé de aquel infierno. Me volví audaz, puesto que no tenía nada que perder. Conseguí embarcar como polizón en un carguero y llegué hasta este lado del mundo, a pesar de que el calor, el hambre y la sed durante la travesía me atormentaron más aún que estando preso. Por fin desembarqué aquí y conseguí un empleo en el campo, no sin antes trabajar como esclavo para una mafia dirigida por mis propios compatriotas, que en una ocasión me sodomizaron. Recojo lechugas de sol a sol junto con otros desgraciados por un sueldo mísero y un jergón en una covacha. El patrón amenaza con denunciarnos si nos quejamos porque no tenemos papeles. El dinero de esta consulta es el sueldo de... he perdido la cuenta de las horas. Aun así, tenía que venir. He oído que su fama es ilimitada. Que cuantos acuden a usted sanan. Sufro de estrés, provocado sin duda por la acumulación de penalidades pasadas y presentes. Me sudan las manos, me dan mareos y no puedo trabajar. Tengo que curarme, si no perderé mi empleo y entonces sí, doctor, entonces no veo más salida que la muerte. No me quedan fuerzas para seguir luchando. Siento que el ciclo de mi vida se cierra y no voy a poder evitarlo. Morir bien podría ser un consuelo, pero ser consciente de ello me aterra a pesar de todo. Es usted mi última esperanza. Ayúdeme, por favor. Tiene que hacerlo.

El médico levantó la vista de su escritorio, adonde se había vuelto rehuyendo la súplica final, desesperada, que surgía no sólo de la voz del paciente, sino también de su mirada. Conocía bien esa mirada que antecedía al naufragio; esas pupilas a un paso del irremisible vértigo que, si no se actuaba con urgencia, acabaría engulléndolas. Sus ojos, por el contrario, permanecían fríos y neutros. Cuando por fin se cruzaron con los que le aguardaban ansiosos desde el otro lado de la mesa, un silencio espeso invadió la sala durante varios minutos que a ambos les parecieron siglos. Al cabo, con voz igualmente neutra, de facultativo dispuesto a mantenerse en su distante papel a toda costa, habló:

-Caballero... el suyo es un caso extraño y difícil, sí. Muy difícil de tratar. Quien le haya recomendado mi consulta sabe que, en efecto, soy especialista en la superación del estrés. Mas los cuadros clínicos con los que yo me he ido encontrando en mis años de ejercicio no tienen nada que ver con el suyo. Es más: le confieso que es la primera vez que me encuentro con un caso así.

-Entonces...

-Déjeme continuar, por favor. Quiero relatarle brevemente las patologías que mis pacientes han ido superando hasta la fecha, para que se haga una idea: el estrés provocado por el tráfico y los accidentes automovilísticos; la competitividad en la empresa y el mercado laboral; la necesidad de proyectar una imagen social y profesional triunfante; el pánico al fracaso, relacionada con la anterior; la crisis de los cuarenta, y la de los cincuenta; el vacío existencial producido por hábitos de consumo desenfrenados; la frustración generada tras años de vida sexual deficiente o anodina. ¿Se da usted cuenta?

-¿De qué debo darme cuenta, doctor? –la voz del enfermo, muy a su pesar, delataba una angustiosa amargura.

-De que todos los ejemplos que le estoy proporcionando tienen que ver con las exigencias de la vida moderna en los países occidentales. Ni uno solo de mis pacientes, ¡ni uno!, procede de un medio como el suyo, donde los términos hostilidad y agresividad cobran un significado mucho más... material y menos metafísico, para entendernos. De hecho, dudo de que alguno de ellos hubiera resistido con vida las extremas e inhumanas situaciones que usted me ha relatado, y que pondrían a prueba a los mismísimos titanes.

-Razón de más para que la solución a mi dolencia no sea complicada, ¿no cree? –se entreveía ahora un tono de máxima humillación. Nunca, en el recuento de las vejaciones sufridas, hubiera soñado con una situación como la que estaba viviendo.

-Querido amigo –se defendió el psiquiatra sin modificar un ápice la asepsia de su voz-, eso es lo que usted se figura. Lo que estoy intentando decirle es que no puedo tratarle. ¿Entiende? Su mal no es mi especialidad. No puedo hacer nada por usted, vaya. Lo siento, pero es así. ¿Está claro ahora? -...

-Mire, esto... no se lo tome a mal –por primera vez, un leve temblor sacudió su compostura y le obligó a extraviar de nuevo la mirada-. Le voy a recetar un ansiolítico que le ayudará a controlar los temblores y los mareos mientras busca a otro especialista. Yo mismo le remitiría a uno, pero todos mis colegas están en la misma onda que yo. Aquí en provincias, mucho me temo, no va a encontrar a nadie que pueda tratarle. Ah, y no le cobraré la consulta, así podrá guardar ese dinero que tanto le ha costado ganar. ¿De acuerdo?

El timbre del teléfono dejó la respuesta en suspenso. El médico no pudo evitar un resoplido de alivio mientras descolgaba.

-Puede usted marcharse... ¿sí?... hola Carlos, te he dicho que no me llames en horas de consulta... ¿que tú ya has terminado por hoy? Qué afortunado eres –una jovialidad un tanto forzada se fue abriendo camino mientras el sillón giratorio se volvía hacia la ventana, de espaldas al paciente que, haciendo caso omiso de la despedida, permanecía inmóvil su asiento-. Sí, he reservado la pista para las cuatro... de tierra, claro. Ya sabes que a mí el césped no se me da bien... me pienso tomar la revancha por lo del otro día...

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     La enfermera testificó que había visto salir del despacho a un hombre alto y delgado, de raza negra, enfundado en un equipo de tenis impecablemente blanco y con zapatillas a juego (todo un tanto ajustado para su talla, es cierto, aunque en aquel momento, por encontrarse ocupada, no le pareció sospechoso), bolsa de deporte y raqueta al hombro. Había sido la compañera quien lo recibiera aproximadamente veinte minutos antes, así que no tuvo ocasión de comprobar si el mencionado individuo vestía distinta ropa de la que llevaba cuando entró en la consulta. La enfermera declaró que, al pasar por delante de su escritorio, le dedicó una sonrisa tan inmaculada como su atuendo y pronunció un ceremonioso “buenas tardes”. Luego se esfumó por el hueco de la escalera, y desde entonces nadie lo había vuelto a ver.

  

III. Paranoia

     -Píenselo, señora –repitió aquel individuo de aspecto desagradable a pesar de su atildada apariencia, remachando cada sílaba con su aliento.

-No tengo nada que pensar –le repliqué, alejando instintivamente mi rostro de aquella boca sinuosa-. Mi hijo no es una mercancía y no está en edad de ganar dinero. Déjeme en paz.

-Está usted perdiéndose una oportunidad de oro –insistió la boca, esta vez desde la distancia porque yo ya me había levantado y empujaba la sillita del niño en dirección a la puerta de entrada. No me molesté en contestar.

Aquel sujeto había conseguido estropear nuestro paseo diario por el parque. El niño parecía salido de un catálogo, eso ya me lo había dicho mucha gente. Tan sano, sonrosado y gordito a sus nueve meses. Cada mañana volvía a casa orgullosa de la admiración que despertaba. Aquel día, sin embargo, sólo sentía rabia, aunque no tanta como para escatimarle una sonrisa cuando sus inocentes ojos se cruzaron con los míos, lanzándome una inequívoca señal de que me relajara.

-Tú no, cariño –le dije-. Nadie te hará una sesión fotográfica para vender pañales, potitos o quién sabe qué. No tendrás unos padres inconscientes, dispuestos a exhibirte por ahí con tal de ganar cuartos –en algún país que no era capaz de recordar, probablemente escandinavo, ya se había prohibido el uso de bebés en la publicidad. Aquí todavía quedaba bastante para eso...

Por fin en casa. En el buzón, otra vez, aquel mensaje zalamero, no por ello menos ominoso, de la consabida inmobiliaria: Estamos interesados en comprar su vivienda. Si desea venderla, póngase en contacto con nosotros en el número... pregunte por la señorita... Desde hacía medio año por lo menos, recibíamos misivas de este cariz. Vivimos en un edificio viejo pero sólido, estilo modernista, de tan sólo cuatro alturas y un jardincillo muy coqueto alrededor, que en otros tiempos se ubicaba en las afueras de la ciudad. Ahora, por culpa de la especulación y las remodelaciones urbanísticas, aquello se había convertido en la zona de moda y las constructoras trataban a toda costa de convencernos, a nosotros y al resto de propietarios, para que vendiéramos. Así, les dejaríamos el terreno libre para levantar una mole horrenda, por supuesto sin jardín ni galerías con cristales decorados, ni techos abovedados, ni pizca de gusto. Arrojé el papel con rabia a la papelera de la entrada. Advertí que el vecino de enfrente, que salía en aquel momento, me lanzaba una mirada llena de rencor. Si yo no vendía, eso estaba claro, él tendría que aguantarse con su hermosa casa y no podría hacerse con una de esas cajas de cerillas que nos ofrecían a cambio, llena de habitaciones minúsculas y ventanitas de aluminio (mas una suculenta suma de compensación). Que se fastidie, pensé. Algún día me dará las gracias por haberle impedido desprenderse de la porción de belleza que la vida le asignaba sin intereses ni burdos sobornos. ¿Cómo se calcula un bien semejante? ¿Quién podría pagarlo? Sin darle oportunidad de rectificar, cogí en voladas la silla del niño y subí los escalones de un tirón, casi sin aliento.

Aturdida por el esfuerzo y empapada de sudor, me asaltó una duda que ya se me había presentado en ocasiones anteriores: ¿los hechos suceden porque sí o es cada cual, con la interpretación que les confiere, quien provoca que acontezcan? Dicho de otro modo: ¿de verdad me había lanzado el vecino, por lo demás siempre agradable y solícito aunque no coincidiéramos en nuestros gustos, aquella mirada poco amistosa, o había sido producto de mi propia imaginación, negativamente alterada por el episodio anterior? Y aquel pobre infeliz que me había abordado en el parque, ¿tenía la cara de pederasta o secuestrador de niños con que yo lo recordaba, o era más bien un oscuro comercial que, obligado a llevarles el pan a sus hijos, no encontraba otra manera de hacerlo? De cualquier modo, yo estaba incómoda, terriblemente incómoda. Invadida, sí, esa era la sensación. Respiré hondo mientras metía la llave en la cerradura, tratando de recuperar una visión equilibrada de las cosas.

Antes de que me diera tiempo a desatar al niño, sonó el teléfono. Esperaba una llamada, así que corrí a cogerlo.

-¿Diga?

-¿La señora de...?

-Sí –no era la llamada que esperaba. Me temía lo peor y, por desgracia, no me equivocaba.

-Encantada de hablar con usted. Ha sido agraciada con un premio excepcional por parte de nuestra empresa: un fin de semana, con su marido, en uno de nuestros apartamentos de la costa...

Colgué sin más miramientos. Cretino, espeté al aparato, que te dedicas a engañar a la gente. Ya sabía lo que implicaba la estafa de los apartamentos pagados: te secuestraban durante gran parte del tiempo de la estancia y no te soltaban hasta que compraras un juego de mantas, una batería de cocina y otras tantas chucherías inservibles. Si te negabas, seguro que te iban cortando distintas partes del cuerpo en represalia: primero una mano, luego una oreja, y así. Me notaba roja de indignación. Mi pequeño, contagiado seguramente por mi creciente ansiedad, comenzó a llorar. Me apresuré a cogerlo y consolarlo.

A medida que los dos nos íbamos calmando, se oyó el timbre de la puerta y mi primera reacción fue no abrir, pues la lógica con que había intentado dar sentido minutos antes a lo que estaba sucediendo me había abandonado por completo. Su obstinado sonar consiguió que el crío se echase a llorar de nuevo. Me sentía irritada, amenazada de un modo abstracto por no sé qué fuerzas extrañas que minaban hasta mi facultad de razonar. Como no podía soportarlo más, me asomé a la mirilla todo lo sigilosamente que pude. Una enorme mancha amarilla, veteada de azul en el flanco izquierdo y coronada por una cabeza humana horriblemente desfigurada, la nariz hundida y los ojos montados sobre la boca, me observaba desde el otro lado. Sin querer, se me vinieron a la cabeza espejos deformantes, máscaras guerreras de la antigüedad, cubismo y abstracción, expresionismo alemán, zombies de telefilme barato pero efectivo (mi vida, pensé, está en exceso cargada de estímulos que ahora me azuzan la imaginación de un modo exagerado). Por poco pierdo el equilibrio.

-Soy el cartero, señora –contestó al fin una voz aburrida. He subido a traerle este paquete porque no cabía en el buzón. Si hace el favor de abrir la pueeeerta...

Mitad avergonzada, mitad impresionada todavía por los efectos de las visiones superpuestas y desordenadas que yo misma había conjurado, balbuceé como pude un “muchas gracias” y así el paquete con la mano que me quedaba libre. Se trataba de un voluminoso catálogo con las últimas novedades en... ¡ropa para bebés! Yo que había evitado a toda costa desvelar mis datos a cuantas marcas comerciales prometían seis meses de papillas gratis, o un saquito de dormir, o participar en el sorteo de un viaje a un parque temático, me encontraba de pronto con que gran parte de la humanidad conocía la existencia de mi pequeño y pretendía integrarlo, a toda costa, en el demoníaco círculo de consumo que nos asediaba. Sin poder evitarlo, prorrumpí en una carcajada incongruente, histriónica, pueril. El niño dio un respingo que le cortó el llanto de golpe, y el cartero, que ya se encontraba en el rellano entre el segundo y el tercer piso, volvió la cabeza, quizá para confirmar lo que ya se temía: que aquella señora estaba un poco gaga. Puede que no ande desencaminado; o yo no entiendo nada, o el mundo exterior se ha confabulado para apoderarse de mi minúsculo, inofensivo y banal universo.

 


Natalia Carbajosa Palmero nació en El Puerto de Santa María, Cádiz, España (1971). Poeta y profesora. Vivió en Zamora y estudió Filología Inglesa en la Universidad de Salamanca, donde se doctoró en 1999 con una tesis sobre la comedia de Shakespeare. Entre 1995 y 1998 fue cofundadora y coeditora de la revista de creación literaria Parásito. Desde 1999 ejerce como profesora de inglés y directora del Servicio de Idiomas de la Universidad Politécnica de Cartagena. Colabora asiduamente con diversas revistas de creación literaria y de cine de distintas ciudades españolas, así como en las secciones de opinión y cultural de diversos periódicos. Ha participado, entre otros, en los festivales de poesía Crisol del Mediterráneo (2000), Poesía temática y Ardentísima (2001, 2002). Ha publicado el poemario Los puentes sumergidos (Cartagena 2000).