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Quien observa
los peatones de la calles principales de la ciudad de Viena o
frecuenta algunos cafés ha tenido la oportunidad de ver más de una vez
a Elfriede Jelinek. Si esto continuará así después del Premio Nóbel,
es un interrogante. Ella es, sin dudas, una escritora que nombra las
cosas por su nombre. Sus textos han dividido en dos bandos a la
opinión pública austriaca. Como pasa con los escritores canonizados,
miles de personas opinan en pro o en contra sin conocer su obra. La
escritora ha recibido todos los premios importantes que existen en el
mundo literario en idioma alemán. Sin embargo, asegura que no puede
vivir de la venta de sus libros. Hasta el día de hoy ha pagado sus
cuentas mundanas con traducciones, obras de teatro escénicas y orales.
Sus textos expresan claramente su posición respecto al pasado político
de su país. Es conocido su enfrentamiento con el partido de derecha
que en los últimos años ha ganado terreno. Últimamente, ella asegura
con resignación que su lucha por evitarlo ha sido inútil. La intención
de la nueva Nóbel de literatura es la advertencia. Para ella, callarse
es permitir que crezca hierba sobre los recuerdos de los campos de
concentraciones durante la segunda guerra mundial. La puesta en escena
de sus obras teatrales ha producido de inmediato reacciones de espanto
entre las almas más conservadoras. La revelación del pasado en
diálogos y escenas en sus obras avivan el recuerdo del horror que los
ciudadanos del presente prefieren no comentar. No se le perdona que
sacuda a sus conciudadanos advirtiéndoles que el demonio no duerme
siempre. En un reportaje reciente con motivo del máximo galardón
internacional de literatura explica ella la sustancia de su libro Los
niños de los muertos (1995) que según ella es el más importante de su
pluma: “La novela gira alrededor de la historia fantasmal de este país,
del hecho que se apoya sobre una montaña de cadáveres y que no se
deseaba reconocerlo –o en todo caso lo hace demasiado tarde”.
Su propia vida
también ha sido una tragedia. Su novela La pianista narra su relación
de amor y odio hacia su madre, con quien vivió hasta que ésta cumplió
los cien años de vida. Sufrió bajo su tiranía y su determinismo.
Elfriede Jelinek dice que no le otorga demasiada importancia a ese
texto que fue llevado al cine con éxito. Aclara que, sin embargo, fue
necesario para ella escribir su complicada relación con la madre, por
catarsis.
No es
aconsejable hacer un comentario sobre su obra sin tratar de entender
el significado psicológico que ella tiene. En una sociedad que, según
la describe la autora, todo lo controla. Esta limitación conduce a
ciertas personas a creer que lo único que les queda a ellas es el
control sobre el propio cuerpo. Con intención de llamar la atención,
la mujer afectada recurre a la auto agresión física (Síndrome de
Borderline). Dos personajes suyos (Erika Kohut en su novela La
pianista y Sophie Witkowski en Los excluidos se agreden a sí mismas
lastimándose con una hoja de afeitar en la región más íntima que posee
una mujer; la vagina. La auto agresión ocupa un amplio campo en la
sicología y su definición requiere considerar diferentes mecanismos
que la producen. Es útil saber que se presenta casi exclusivamente
entre mujeres. Entre las causas posibles y frecuentes está la del
abuso sexual durante la niñez. No es casualidad que Elfriede Jelinek
presente insistentemente protagonistas afectadas por este fenómeno. La
agresión sexual hacia las niñas preocupa a la sociedad austriaca.
Estas dos protagonistas llegan al extremo de agredir sus órganos más
íntimos, lo que le otorga al hecho una extremidad particular. La
escritora señala por medio de estas escenas, de qué manera suele ser
dañada el alma femenina en una sociedad en la cual el goce de los
medios de consumo no es capaz de reemplazar a la necesidad del sano
desarrollo en la pubertad femenina. Por fin, es de notar que después
de realizada la auto agresión la mujer tiene una sensación de
tranquilidad y euforia que se suma a la sangre que fluye (la vagina es
un órgano muy ricos en vasos). Esa sangre cumple el rol del “lavado
interno” que percibe la mujer que lo practica. Recordemos el ritual de
los caciques mayas que pinchaban sus órganos sexuales masculinos en la
creencia que la esencia de la vida está presente en la sangre. Esa
sangría les permitía entrar en contactos con los dioses y purificar la
vida.
En su novela Los
niños de los muertos la autora mezcla los vivos y los fallecidos. Los
últimos regresan para mezclarse con los vivos. Edgard Gstranz y Gudrun
Bichler aparecen y desaparecen en escenas de un mundo dantesco. En
éstas, los sucesos mundanos de la televisión, los artistas del
quehacer público actual, los deportistas, los jubilados, los
políticos corruptos y otros personajes nacionales tejen un cuadro casi
abstracto. Tampoco falta la iglesia católica que ha llevado y lleva
parte en la historia del país. La referencia de asesinatos producidos
con hachas surge otra vez más, recordándonos que nadie está libre de
ser víctima. Su estilo presenta frecuentemente un juego vivo de
palabras que se transforman a veces en verdaderos estiletes que tienen
como finalidad la máxima atención del lector. Ella incorpora términos
y situaciones que la juventud del país identifica como propios. Uno de
sus méritos es el cuidado del idioma alemán.
Personalmente, creo que lo que más
me convence de Elfriede Jelinek es que ella trata a la literatura como
al medio de su elección para descubrir su verdad. Esa verdad que a
ella tanto le duele. Por otro lado, no excluye en sus textos la
interrelación de la política, la cultura y la historia. Pero lo mejor
que se puede hacer frente a la noticia de este último Premio Nóbel es
leer su obra.
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Lidio
Mosca Bustamante
nació
en Santiago del Estero, Argentina (1947). Narrador, profesor,
conferencista y Doctor en Medicina. Autor de libros de su
especialidad médica (Radiología) que se venden en España e
Hispanoamerica, así como de artículos para revistas médicas.
Paralelamente, ha desarrollado su carrera literaria. Ha publicado el
libro de cuentos “La Excusa” (1981), la novela corta “Blumen
für Agustina” en idioma alemán (1991), “Flores para
Agustina” en idioma español (1999), y de “La Marca en la
Arena”, en idioma español (1995), “Das Zeichen im
Sand” en idioma alemán (1997). Ganador del premio “Leopoldo
Lugones” a la actividad literaria Cuento de los Servicios
de Radio y teledifusión de la Universidad Nacional de Córdoba,
Argentina en 1974. Desde 1981 es socio activo de la Sociedad
Argentina de Escritores (S.A.D.E.) y es miembro de varias
organizaciones dedicadas a la promoción de la literatura
hispanoamericana en Austria, país donde reside. Desde 1998 es
miembro del P.E.N. Club Internacional con sede en Viena. Fue
coeditor del Folleto Literario Colibrí, de publicación mensual, en
Viena durante el año 1993. Sus cuentos, artículos y ensayos han
sido publicados en diversos medios europeos, al igual que en México
y Argentina.

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