En su primera novela Tierra de extraños
(Ediciones Universal, 1983) José A Albertini, escritor cubano
nacido en Santa Clara, por la década de los cuarenta, nos ofrece la
interpretación del mundo bipolar del lado de los perdedores, donde no hay
credo político, sino humano. El haber sido escrita antes de que culminara
la guerra fría, es tal vez la causa de este juicio, donde son visibles las
formulas personales, que no sólo plasman su interpretación del mundo,
tomando como base un futurismo a lo Huxley o Orwell, pero en este caso,
con una conclusión menos terrible, donde el mundo es salvado por la
voluntad de los hombres de alcanzar la justicia. “Creemos en la
inteligencia sobre el músculo, no aplicada a la técnica en detrimento de
los músculos. Esto ha dado resultado para eliminar las ambiciones.”
Mediante una utopía
diferente, donde prima la experiencia ante el fracaso del pasado “No
practicamos el humanismo; tampoco tratos preferenciales; eso engendra
destrucción.”
Como todos los caminos
que intentan erradicar las pasiones humanas, el paraíso siempre se tornará
en infierno, y el hombre, cuando diseña su propio mundo, alejado de la
naturaleza, estará labrando su propia esclavitud. El afán de libertad se
tornará en una enfermedad transitoria que requerirá de un tratamiento de
impuesta rigidez. “Si otros deciden por mí, acatar es la forma de vivir
con felicidad.”
Todo cambio social está
ligado a esa libertad que en Tierra de extraños se perfila como
causa y consecuencia de la evolución humana. La concepción filosófica de
la obra, radica en su afianzarse a las leyes naturales que librarán al
hombre de todo absolutismo posible. “Ir contra las leyes naturales daña”,
nos dirá el autor, y como parte de esa ley, la individualidad, como
principio básico de esa conquista. Un breve diálogo nos evoca esa razón.
“__Ese
derecho nos condujo a la gran hambruna.”
__Ella fue parte de la
evolución humana; sin embargo ustedes, desafiando las leyes naturales, la
aprovecharon para concebir y mantener una sociedad estática en el tiempo.”
En su primera novela, Tierra de extraños, aún Albertini no
alcanza la madurez narrativa que interponga las ideas a un relato
coherente, pero es en el poder de esas ideas, donde radica el valor y la
autenticidad de la misma.
En su segunda novela A orillas del paraíso (Editorial Omellucsa,
1990) Albertini saca al exterior la pequeña revolución que todo
latinoamericano lleva dentro de si. Parece adentrarse en una parte de las
luchas, que sin geografía definida, marcan la historia de todo un
continente: “Los grandes momentos históricos que, nacidos del
derramamiento de sangre humana, cambiaron el curso de pueblos y
civilizaciones.”
La violencia como reacción en cadena que desemboca en una explosión
terrible de anarquía, es una de las constantes de esta obra cargada de un
descarnado despliegue de imágenes que nos trasladan a la brutalidad de
toda guerra, nacida de la incapacidad humana de la tolerancia o la empatía.
La economía de detalles en lo acontecido, le darían a la novela mayor
impacto narrativo, sin embargo, los diálogos consiguen esto como una
característica de estilo en el autor. La subversión y los límites éticos
que el hombre pone junto al afán de propósitos políticos, se nos advierte
en la lectura: “No me preocupo por lo que los demás consideren moral o
inmoral. La moral pertenece al triunfo.”
Un ensamblaje de toda
una revolución social levantada sobre el falso mesianismo que ha recorrido
las tierras cercanas, para sembrar con muertes las falsas utopías y
esperanzas.
“Los que caen siempre serán jóvenes, jamás llegarán al poder con esa
sensación de vejez prematura que toda revolución triunfante tiene al
anquilosarse en sus dogmas y culto a la violencia irresponsable.”
Con esa conclusión, el autor nos traslada a esa otra realidad donde se
miran los sueños con ojos abiertos y se le teme a demagógicos paraísos,
cuando su creación requiere de dolor humano.
La sangre como un elemento simbólico de toda perdida humana, la lucha por
hacer habitable el mundo se transforma en si misma en la causa brutal de
lo inhabitable de los pueblos. La violencia y el terror como emblemas de
esa lucha no han salvado a nuestras naciones latinoamericanas de ese
perenne peligro que nos muestra Albertini en su tercera novela Cuando
la sangra mancha (D’Fana editions, 1995).
Una muestra de esa estoicidad inhumana a la que es sometido el hombre
cuando la idea se torna en una obsesiva voluntad de triunfo, para
desembocar en el apotegma de Nietzsche “más
allá del bien y del mal” nos lo muestra el
autor a través de personajes que se cruzan con espacios medidos para el
amor y engrandeciendo, con sus argumentos, los valores del odio.
“El clandestinaje es riesgos, no lamentos. Siento la muerte de Ambrosio,
pero pudo haber sido cualquier otro__Las palabras brotan lentas; cargadas
de convicción.”
Una crónica de la revolución en su desnudez, como parte de la violencia
colectiva, y esa amputación de la vida a la que colocan en una escala
inferior de valor. “Una revolución necesita víctimas, y de no haberlas,
hay que inventarlas.”
Ese afán de
contarlo todo en Cuando la sangre mancha, pudo haberse reducido a
la sola voluntad narrativa, ya que al ser una novela histórica, con
desmesurada ambición, resulta a veces excesivo ese constante recurrir a la
historia.
Ese desbalance es totalmente superado en El entierro del enterrador,
su cuarta novela, donde el autor alcanza por medio de la misma narración,
la conclusión de los elementos históricos que arman el cuerpo de la misma,
integrándose a ésta en acople perfecto.
Cuando la sangre
mancha, es una novela intemporal, y fuera
de una geografía específica, es la revolución cubana que tiene cabida en
toda decadencia política, que abre paso a la corrupción del poder. Una
parodia del castrismo en su visión más demencial y extrema.
La muerte es uno de esos tópicos eternos en la creación humana, desde los
dibujos rupestres de las cavernas hasta nuestros días, ella siempre ha
estado entre los grandes temas del arte.
Los cementerios nos suelen evocar ese silencio en que la meditación atrapa
a la necesidad de la soledad para el reencuentro con nosotros mismos, e
intentar la redención ante la cercana certeza de lo efímera de la vida.
Por estas razones, tal vez, esa seductora imagen de los cementerios ha
sido utilizada como símil de una nación o pueblo bajo el sometimiento de
una dictadura en composiciones líricas.
El cantautor Joan Manuel Serrat, ese poeta catalán por el que muchos
conocimos los versos de Machado, en su creación “Pueblo Blanco,” nos
regala una metáfora de esa angustia como consecuencia del sometimiento y
la abulia provocados por el Franquismo, cuando nos dice: “… escapad gente
tierna, que esta tierra está enferma… pero los muertos están en cautiverio
y no nos dejan salir del cementerio.” Ese cementerio-nación es sepultado
con la opresión donde los hombres son como fantasmas de si mismos en busca
de la libertad o la vida.
También nuestro vilmente polémico Silvio Rodríguez, en sus momentos de
lucidez y no de servilismo, describió en una canción llamada
En mi calle,
esa fusión de cementerio-pueblo en un bello símil en alusión a las bóvedas:
“Yo no sé por qué son tan altas las blancas
ventanas que
miran al cielo, en mi calle el mundo no habla, la
gente se mira y se pasa con miedo.”
En la literatura cubana, al menos en la narrativa, no había un caso
conocido de este tipo de imágenes, hasta que tomando como escenografía
fundamental un cementerio, J. A. Albertini, nos ha regalado El
entierro del enterrador (Ediciones Universal, 2002), su más reciente
novela.
El entierro de Generoso, nos acompaña en retrospectivo viaje por la
historia que en forma circular nos lleva a entender las actitudes del
presente inicial. Cada capítulo refresca con estos detalles, como un
cinematográfico viaje hasta la tumba que cerrará nuestro peregrinar por
ese cementerio-nación. Dos sepultureros se unen como la alianza de dos
soledades y la unión de los necesitados para sobrevivir cuando comienza el
indagar en ese país a través de la alusión a la historia nacional.
Generoso, el enterrador, es el guía seguro que muestra cada conocimiento
de la vida. Felipito, el aprendiz, es el receptivo ante la audacia a la
que es conducido por Generoso. Por momentos parece que se enterrara al
país, que todo está en el cementerio. El arte popular de la república
transita por las páginas; el culto del cubano
de esos años a la radio como un medio de evasión y las tragedias
pueblerinas narradas con encanto cervantino tienen evocación de novela
radial de viejos tiempos. Por otra parte, los elementos costumbristas en
el sacrificio de un cerdo como un ritual de los campos cubanos parece
tornarse en el simbólico sacrificio para el país “yo estoy
preparado para darle a este acto el significado religioso que requiere.”
Mundos vividos en la patria se funden, los barrios de llega y pon,
corrupción política, miseria, hasta llegar de un salto a lo que podríamos
llamar la intertextualidad del horror nacional, con irónicas parodias de
citas:
“Una máxima fatal
que en épocas de la implacable dictadura pronunció el desaparecido
Comandante en Jefe Fuera del barrio todo. Dentro del barrio nada.”
La iniciación
sexual en un mundo marcado por el machismo impuesto, la vida que hace
crecer a fuerza de golpes el conocimiento de la naturaleza humana,
dosificado por actitudes y tradiciones del campo cubano, la cultura
popular dejando huellas que formarán nuestra nostalgia cuando aún
estábamos lejanos a saberlo.
Una especie de metafísica que nos trae elementos del interés del cubano
por el conocimiento trascendental; por el futuro que nos depara el tiempo
y esa extraña búsqueda del espiritismo en lecturas tan lejanas al interés
tropical común, como las de Allan Kardec, nos llegan a través del
personaje Aquilino, una especie de intelectual en medio de la barbarie; la
unidad entre el mundo culto y la inteligencia natural.
El entierro del enterrador
es una novela intemporal que encuentra en esta forma el mayor medio para
demostrarnos que la historia se repite, y los victimarios sólo cambian de
nación o credo ideológico con el tiempo, pero la conclusión es siempre la
misma, una y otra vez. El autor es capaz de unirnos en un sólo párrafo,
la crueldad del colonialismo español y la brutalidad de la revolución
cubana, y nos dice evocando la reconcentración de Wayler:
“Fue la primera vez que vi camiones rusos de volteo. Con ellos sí
que se ahorraba tiempo. Se abría una zanja larga y honda. Los camiones
se arrimaban en marcha atrás; se levantaban la cama y ¡Cataplúm! Los
muertos caían como plátanos maduros de un racimo.”
Un análisis que resume esa agonía de la patria, una tenaz conclusión
filosófica que a pesar de la hosquedad de Generoso, el enterrador,
sintetiza esa causa y efecto de la violencia histórica que nos ha
condenado como nación. La indolencia en la cubanidad, el encierro en un
mundo sin cuestionamientos precisos que harían comprender y erradicar el
mal nacional, se nos vierte en una ligera frase apenas perceptible.
“_Qué ganas tengo
que lleguen los fusilamientos de esta noche para manejar la
excavadora.”
También la resignada indiferencia o el desapego a la realidad circundante
de un pueblo se resume en el caserío del cementerio: “Aquí
en el barrio del cementerio poco nos han importado las injusticias que
producen dolor y el olvido no las cura.”
El enterrador y Felipito son parte de un país que entierra sus propios
muertos y continúa
el camino sin encontrar la redención. Román, el zapatero, busca sus
propias culpas como un visionario verdadero más allá del impávido correr
de la existencia humana. Felipito, con voz de
pueblo, responde
otra vez con la esencia del mal nacional:
“No es bueno comprar broncas ajenas.”
La sucesión de la vida es también uno de esos temas por los que deambula
esta novela, que en momentos se nos presenta como un simbólico mensaje de
reencarnación que se digiere con fluidez y no se detiene en esa
profundidad filosófica sintetizada con maestría en la narración, sino que
nos lleva hasta una esperanza política que ansía y espera la resurrección
de la isla o el nacimiento a una nueva vida mas allá de los cementerios.