Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº  33/34

Escríbanos   

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

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Asesores Técnicos

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Asesor de Arte

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Boletín Informativo

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J. A. ALBERTINI Y EL ENTIERRO

DE LAS UTOPÍAS

 por

Rodolfo Martínez Sotomayor


 


     En su primera novela Tierra de extraños (Ediciones Universal, 1983) José A Albertini, escritor cubano nacido en Santa Clara, por la década de los cuarenta, nos ofrece la interpretación del mundo bipolar del lado de los perdedores, donde no hay credo político, sino humano.  El haber sido escrita antes de que culminara la guerra fría, es tal vez la causa de este juicio, donde son visibles las formulas personales, que no sólo plasman su interpretación del mundo, tomando como base un futurismo a lo Huxley o Orwell, pero en este caso, con una conclusión menos terrible, donde el mundo es salvado por la voluntad de los hombres de alcanzar la justicia.  “Creemos en la inteligencia sobre el músculo, no aplicada a la técnica en detrimento de los músculos.  Esto ha dado resultado para eliminar las ambiciones.”

 

     Mediante una utopía diferente, donde prima la experiencia ante el fracaso del pasado “No practicamos el humanismo; tampoco tratos preferenciales; eso engendra destrucción.”

 

     Como todos los caminos que intentan erradicar las pasiones humanas, el paraíso siempre se tornará en infierno, y el hombre, cuando diseña su propio mundo, alejado de la naturaleza, estará labrando su propia esclavitud.  El afán de libertad se tornará en una enfermedad transitoria que requerirá de un tratamiento de impuesta rigidez. “Si otros deciden por mí, acatar es la forma de vivir con felicidad.”

 

     Todo cambio social está ligado a esa libertad que en Tierra de extraños se perfila como causa y consecuencia de la evolución humana.  La concepción filosófica de la obra, radica en su afianzarse a las leyes naturales que librarán al hombre de todo absolutismo posible. “Ir contra las leyes naturales daña”, nos dirá el autor, y como parte de esa ley, la individualidad, como principio básico de esa conquista.  Un breve diálogo nos evoca esa razón.

 

 “__Ese derecho nos condujo a la gran hambruna.

 

 __Ella fue parte de la evolución humana; sin embargo ustedes, desafiando las leyes naturales, la aprovecharon para concebir y mantener una sociedad estática en el tiempo.”

 

     En su primera novela, Tierra de extraños, aún Albertini no alcanza la madurez narrativa que interponga las ideas a un relato coherente, pero es en el poder de esas ideas, donde radica el valor y la autenticidad de la misma.

 

 

     En su segunda novela A orillas del paraíso (Editorial Omellucsa, 1990) Albertini saca al exterior la pequeña revolución que todo latinoamericano lleva dentro de si.  Parece adentrarse en una parte de las luchas, que sin geografía definida, marcan la historia de todo un continente: “Los grandes momentos históricos que, nacidos del derramamiento de sangre humana, cambiaron el curso de pueblos y civilizaciones.”

 

     La violencia como reacción en cadena que desemboca en una explosión terrible de anarquía, es una de las constantes de esta obra cargada de un descarnado despliegue de imágenes que nos trasladan a la brutalidad de toda guerra, nacida de la incapacidad humana de la tolerancia o la empatía.

 

     La economía de detalles en lo acontecido, le darían a la novela mayor impacto narrativo, sin embargo, los diálogos consiguen esto como una característica de estilo en el autor. La subversión y los límites éticos que el hombre pone junto al afán de propósitos políticos, se nos advierte en la lectura: “No me preocupo por lo que los demás consideren moral o inmoral.  La moral pertenece al triunfo.”

 

     Un ensamblaje de toda una revolución social levantada sobre el falso mesianismo que ha recorrido las tierras cercanas, para sembrar con muertes las falsas utopías y esperanzas.

 

     “Los que caen siempre serán jóvenes, jamás llegarán al poder con esa sensación de vejez prematura que toda revolución triunfante tiene al anquilosarse en sus dogmas y culto a la violencia irresponsable.”

 

     Con esa conclusión, el autor nos traslada a esa otra realidad donde se miran los sueños con ojos abiertos y se le teme a demagógicos paraísos, cuando su creación requiere de dolor humano.

 

 

     La sangre como un elemento simbólico de toda perdida humana, la lucha por hacer habitable el mundo se transforma en si misma en la causa brutal de lo inhabitable  de los pueblos.  La violencia y el terror como emblemas de esa lucha no han salvado a nuestras naciones latinoamericanas de ese perenne peligro que nos muestra Albertini en su tercera novela Cuando la sangra mancha (D’Fana editions, 1995).

 

     Una muestra de esa estoicidad inhumana a la que es sometido el hombre cuando la idea se torna en una obsesiva voluntad de triunfo, para desembocar en el apotegma de Nietzsche más allá del bien y del mal” nos lo muestra el autor a través de personajes que se cruzan con espacios medidos para el amor y engrandeciendo, con sus argumentos, los valores del odio.

 

     “El clandestinaje es riesgos, no lamentos.  Siento la muerte de Ambrosio, pero pudo haber sido cualquier otro__Las palabras brotan lentas; cargadas de convicción.”

 

     Una crónica de la revolución en su desnudez, como parte de la violencia colectiva, y esa amputación de la vida a la que colocan en una escala inferior de valor. “Una revolución necesita víctimas, y de no haberlas, hay que inventarlas.”

 

     Ese afán de contarlo todo en Cuando la sangre mancha, pudo haberse reducido a la sola voluntad narrativa, ya que al ser una novela histórica, con desmesurada ambición, resulta a veces excesivo ese constante recurrir a la historia.

 

     Ese desbalance es totalmente superado en El entierro del enterrador, su cuarta novela, donde el autor alcanza por medio de la misma narración, la conclusión de los elementos históricos que arman el cuerpo de la misma, integrándose a ésta en acople perfecto.

 

     Cuando la sangre mancha, es una novela intemporal, y fuera de una geografía específica, es la revolución cubana que tiene cabida en toda decadencia política, que abre paso a la corrupción del poder.  Una parodia del castrismo en su visión más demencial y extrema.

 

     La muerte es uno de esos tópicos eternos en la creación humana, desde los dibujos rupestres de las cavernas hasta nuestros días, ella siempre ha estado entre los grandes temas del arte.

 

     Los cementerios nos suelen evocar ese silencio en que la meditación atrapa a la necesidad de la soledad para el reencuentro con nosotros mismos, e intentar la redención ante la cercana certeza de lo efímera de la vida.  Por estas razones, tal vez, esa seductora imagen de los cementerios ha sido utilizada como símil de una nación o pueblo bajo el sometimiento de una dictadura en composiciones líricas.

 

     El cantautor Joan Manuel Serrat, ese poeta catalán por el que muchos conocimos los versos de Machado, en su creación “Pueblo Blanco,” nos regala una metáfora de esa angustia como consecuencia del sometimiento y la abulia provocados por el Franquismo, cuando nos dice: “… escapad gente tierna, que esta tierra está enferma… pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio.”  Ese cementerio-nación es sepultado con la opresión donde los hombres son como fantasmas de si mismos en busca de la libertad o la vida.

 

     También nuestro vilmente polémico Silvio Rodríguez, en sus momentos de lucidez y no de servilismo, describió en una canción llamada En mi calle, esa fusión de cementerio-pueblo en un bello símil en alusión a las bóvedas: “Yo no sé por qué son tan altas las blancas ventanas que miran al cielo, en mi calle el mundo no habla, la gente se mira y se pasa con miedo.”

 

 

     En la literatura cubana, al menos en la narrativa, no había un caso conocido de este tipo de imágenes, hasta que tomando como escenografía fundamental un cementerio, J. A. Albertini,  nos ha regalado El entierro del enterrador (Ediciones Universal, 2002), su más reciente novela.

 

     El entierro de Generoso, nos acompaña en retrospectivo viaje por la historia que en forma circular nos lleva a entender las actitudes del presente inicial.  Cada capítulo refresca con estos detalles, como un cinematográfico viaje hasta la tumba que cerrará nuestro peregrinar por ese cementerio-nación.  Dos sepultureros se unen como la alianza de dos soledades y la unión de los necesitados para sobrevivir cuando comienza el indagar en ese país a través de la alusión a la historia nacional.

  

     Generoso, el enterrador, es el guía seguro que muestra cada conocimiento de la vida.  Felipito, el aprendiz, es el receptivo ante la audacia a la que es conducido por Generoso.  Por momentos parece que se enterrara al país, que todo está en el cementerio.  El arte popular de la república transita por las páginas; el culto del cubano de esos años a la radio como un medio de evasión y las tragedias pueblerinas narradas con encanto cervantino tienen evocación de novela radial de viejos tiempos. Por otra parte, los elementos costumbristas en el sacrificio de un cerdo como un ritual de los campos cubanos parece tornarse en el simbólico sacrificio para el país “yo estoy preparado para darle a este acto el significado religioso que requiere.”

 

     Mundos vividos en la patria se funden, los barrios de llega y pon, corrupción política, miseria, hasta llegar de un salto a lo que podríamos llamar la intertextualidad del horror nacional, con irónicas parodias de citas:

 

“Una máxima fatal que en épocas de la implacable dictadura pronunció el desaparecido Comandante en Jefe Fuera del barrio todo.  Dentro del barrio nada.”

 

     La iniciación sexual en un mundo marcado por el machismo impuesto, la vida que hace crecer a fuerza de golpes el conocimiento de la naturaleza humana, dosificado por  actitudes y tradiciones del campo cubano, la cultura popular dejando huellas que formarán nuestra nostalgia cuando aún estábamos lejanos a saberlo.

 

     Una especie de metafísica que nos trae elementos del interés del cubano por el conocimiento trascendental; por el futuro que nos depara el tiempo y esa extraña búsqueda del espiritismo en lecturas tan lejanas al interés tropical común, como las de Allan Kardec, nos llegan a través del personaje Aquilino, una especie de intelectual en medio de la barbarie; la unidad entre el mundo culto y la inteligencia natural.  

 

     El entierro del enterrador es una novela intemporal que encuentra en esta forma el mayor medio para demostrarnos que la historia se repite, y los victimarios sólo cambian de nación o credo ideológico con el tiempo, pero la conclusión es siempre la misma, una y otra vez.  El autor es capaz de unirnos en un sólo párrafo, la crueldad del colonialismo español y la brutalidad de la revolución cubana, y nos dice evocando la reconcentración de Wayler: “Fue la primera vez que vi camiones rusos de volteo.  Con ellos que se ahorraba tiempo.  Se abría una zanja larga y honda.  Los camiones se arrimaban en marcha atrás; se levantaban la cama y ¡Cataplúm! Los muertos caían como plátanos maduros de un racimo.

 

     Un análisis que resume esa agonía de la patria, una tenaz conclusión filosófica que a pesar de la hosquedad de Generoso, el enterrador, sintetiza esa causa y efecto de la violencia histórica que nos ha condenado como nación.  La indolencia en la cubanidad, el encierro en un mundo sin cuestionamientos precisos que harían comprender y erradicar el mal nacional, se nos vierte en una ligera frase apenas perceptible.

 

     “_Qué ganas tengo que lleguen los fusilamientos de esta noche para manejar la excavadora.”

 

     También la resignada indiferencia o el desapego a la realidad circundante de un pueblo se resume en el caserío del cementerio:Aquí en el barrio del cementerio poco nos han importado las injusticias que producen dolor y el olvido no las cura.”

 

     El enterrador y Felipito son parte de un país que entierra sus propios muertos y continúa el camino sin encontrar la redención.  Román, el zapatero, busca sus propias culpas como un visionario verdadero más allá del impávido correr de la existencia humana.  Felipito, con voz de pueblo, responde otra vez con la esencia del mal nacional: “No es bueno comprar broncas ajenas.”

 

     La sucesión de la vida es también uno de esos temas por los que deambula esta novela, que en momentos se nos presenta como un simbólico mensaje de reencarnación que se digiere con fluidez y no se detiene en esa profundidad filosófica sintetizada con maestría en la narración, sino que nos lleva hasta una esperanza política que ansía y espera la resurrección de la isla o el nacimiento a una nueva vida mas allá de los cementerios.

 


Rodolfo Martínez Sotomayor nació en la Ciudad de la Habana en 1966. Llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de Economía en Cuba y de periodismo en el Koubek Center de la Universidad de Miami.  Atendió la sección de literatura de la revista Carteles.  Ha publicado un libro de relatos Contrastes (La torre de papel, 1996). Sus artículos, cuentos y críticas literarias han aparecido en revistas y periódicos de los Estados Unidos y España. Un cuento suyo fue seleccionado e incluido en la antología Nuevos Narradores Cubanos (Editorial Siruela, España, 2001) Traducido al francés y al alemán.  Otro cuento suyo fue incluido en la antología Cuentos desde Miami (Poliedro, Barcelona, 2004).