FRANCISCO BRINES
Nació en Oliva,
Valencia (España) en 1932. Poeta y periodista. Estudió Derecho en
Deusto, Valencia y Salamanca y cursó estudios de Filosofía y
Letras en Madrid. Es uno de los poetas actuales de más hondo
acento elegíaco. En su obra están presentes algunos temas como la
familia, la tierra y los recuerdos, que constituyen elementos de
identificación personal del poeta. Pertenece a la segunda
generación de la post-guerra, y junto a Claudio Rodríguez y José
Ángel Valente, entre otros, conformó el «Grupo de los años 50».
Fue lector de Literatura Española en la Universidad de Cambridge y
profesor de español en la Universidad de Oxford. En el año de 2001
fue nombrado miembro de la Real Academia Española, para reemplazar
la silla vacante tras el fallecimiento del dramaturgo Antonio
Buero. Se destacan entre sus obras: Las brasas en 1959,
Palabras a la oscuridad en 1967, El otoño de las rosas
en 1987, y La última costa en 1998. Entre los premios
recibidos, aparecen: Adonais de poesía en 1959,
Premio Nacional de la Crítica en 1967, Premio de las
Letras Valencianas en 1967, Premio Nacional de Literatura
en 1987, Premio Fastenrath 1998 y Premio Nacional de
las Letras Españolas en 1999.
PALABRAS PARA UNA MIRADA
Miras, con ojos luminosos,
mientras hablo, mis ojos. Los cabellos
son fuego y seda,
y el rosa laberinto del oído
desvaría en la noche,
acepta las razones que doy sobre una vida
que ha perdido la dicha y su mejor edad.
¿Cómo me ven tus ojos? Yo sé, porque estás cerca,
que mis labios sonríen,
y hay en mí delirante juventud.
Inocente me miras, y no quiero saber
si soy el más dichoso hipócrita.
Sería pervertirte decir
que quien ha envejecido es traidor,
pues ha dado la vida
o dado el alma,
no sólo por placer, también por tedio,
o por tranquilidad;
muy pocas veces por amor.
He acercado
mis labios a los tuyos,
en su fuego he dejado mi calor,
y emboscado en la noche
iba espiando en ti vejez y desengaño.
CON QUIÉN HARÉ EL
AMOR
En este
vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.
Vuelve la
hora feliz. Y es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con todo lo que amé
y que quiero olvidado.
Volvió la
hora feliz.
Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche.
OSCURECIENDO EL BOSQUE
Toda esta hermosa tarde, de poca luz,
caída sobre los grises bosques de Inglaterra,
es tiempo.
Tiempo que está muriendo
dentro de mis tranquilos ojos,
mezclándose en el tiempo que se extingue.
Es en la vida todo
transcurrir natural hacia la muerte,
y el gratuito don que es ser, y respirar,
respira y es hacia la nada angosta.
Con sosegados ojos miro el bosque,
con tal gracia latiendo
que me parece un soplo de su espíritu
esa dicha invisible que a mi pecho ha venido.
Cual se cumple en el hombre
también se ha de cumplir la vida de la tierra;
la débil vecindad que es realidad ahora,
distancia tenebrosa será luego,
toda será negrura.
Miro, con estos ojos vivos, la oscuridad del bosque.
y una dicha más honda llega al pecho
cuando, a la soledad que me enfriaba,
vienen borrados rostros, vacilantes
contornos de unos seres
que con amor me miran, compañía demandan,
me ofrecen, calurosos, su ceniza.
Cercado de tinieblas, yo he tocado mi cuerpo
y era apenas rescoldo de calor,
también casi ceniza.
y sentido después que mi figura se borraba.
Mirad con cuánto gozo os digo
que es hermoso vivir.
PALABRAS PARA UNA DESPEDIDA
A Juan Gil-Albert
Está la luz despierta,
y se adentra en los ojos el contorno del monte,
y el grito de los pájaros desvanece el oído
al venir de los húmedos huertos.
Los blancos pueblos de la costa,
felices de lujuria y juventud,
alientan junto al mar, lejanos.
No estoy allí, mas lo que fui deseo:
la dicha viva, los sentidos borrados,
ahora que en el jardín el tiempo se arrincona
en las sombras,
y el olor de las rosas sube al aire.
Hay humos blancos y calladas palomas
en la altura, y voces que se alejan,
hay demasiada vida para una despedida.
Y un día habrá de ser,
sin que la grata luz, las voces de la casa,
los cultivos del huerto, los días recordados
de la remota y breve juventud,
ni tampoco el amor que me tenéis,
retrasen la obligada despedida.
Tendré que aposentarme en la aridez
y perdida la imagen de este mundo
y perdido yo mismo,
siento que aquel reposo será estéril,
que la vida no fue, que el fervor
de cualquier despedida es un engaño.
CUANDO YO AÚN SOY LA VIDA
La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.
¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.
MIS DOS REALIDADES
Era un pequeño dios: nací inmortal.
Un emisario de
oro
dejó eternas y vivas las aguas de la mar,
y quise recluir el cuerpo en su frescura;
pobló de un son de abejas los huertos de naranjos,
y en tomo a tantos frutos se volcaba el azahar.
Descendía, vasto y suave, el azul
a las ramas más altas de los pinos,
y el aire, no visible, las movía.
El silencio era luz.
Desde el centro más duro de mis ojos
rasgaba yo los velos de los vientos,
el vuelo sosegado de las noches,
y tras el rosa ardiente de una lágrima
acechaba el nacer de las estrellas.
El mundo era desnudo, y sólo yo miraba.
y todo lo creaba la inocencia.
El mundo aún permanece. Y existimos.
OTOÑO INGLÉS
No para ver la luz que baja de los
cielos,
incierta en estos campos,
sino por ver la luz que, del oscuro centro de la tierra,
a las hojas asciende y las abrasa.
Yo no he salido a ver la luz del cielo
sino la luz que nace de los árboles.
Hoy lo que ven mis ojos
no es un color que a cada instante muda su belleza,
y ahora es antorcha de oro,
voraz incendio, humareda de cobre,
ola apacible de ceniza.
Hoy lo que ven mis ojos
es el profundo cambio de la vida en la muerte.
Este esplendor tranquilo
es el acabamiento digno de una perfecta creación
más si se advierte,
la consunción penosa de los hombres
tan sólo semejantes en su honda soledad,
mas con dolor y sin belleza.
El hombre bien quisiera que su muerte
no careciese de alguna certidumbre,
y así reflejaría en su sonrisa,
como esta tarde el campo,
una tranquila espera.
(Belleza del durmiente
que agita imperceptible el mudo pecho
para alzarse después con mayor vida;
como en la primavera los árboles del campo.)
¿Cómo en la primavera...?
No es lo que veo, entonces, trastorno de la muerte
sino el soñar del árbol, que desnuda,
su frente de hojarasca,
y entra así cristalino en la honda noche
que ha de darle más vida.
Es ley fatal del mundo
que toda vida acabe en podredumbre,
y el árbol morirá, sin ningún esplendor,
ya el rayo, el hacha o la vejez
lo abatan para siempre.
En la fingida muerte que contemplo
todo es belleza:
el estertor cansado de las aves,
la algarabía de unos perros viejos, el agua
de este río que no corre,
mi corazón, más pobre ahora que nunca
pues más ama la vida.
Las rotas alas de la noche caen
sobre este vasto campo de ceniza:
huele a carroña humana.
La luz se ha vuelto negra, la tierra
sólo es polvo, llega un viento
muy frío.
Si fuese muerte verdadera la de este bosque de oro
sólo habría dolor
si un hombre contemplara la caída.
Y he llorado la pérdida del mundo
al sentir en mis hombros, y en las ramas
del bosque duradero,
el peso de una sola oscuridad.
LA ÚLTIMA COSTA
Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.
Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.
Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.
JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA
Nació en Esplugues de Llobregat (Barcelona,
España) en 1964. Es poeta, locutor de radio y crítico literario.
Obtuvo el premio “Villa de Martorell” en 1989 con
Lágrimas de rojo niebla, en 1992 publicó Memoria del olvido,
en 1994, con el apoyo de Carlos Arce, dirigió la selección y el
estudio de la antología Los nuevos poetas, en 1996 publicó
Código privado, en 1997 obtuvo el premio “Elvira Castañon”
con el libro La ciudad del agua, en el año 1999 obtuvo el
premio “Villa de Benasque” con el poemario Los caballos de la
mar no tienen alas y en el 2002 publica Spelugges. Ha
participado en las antologías: Semillas (caja de poemas),
Antología lírica del mar, Ora Marítima, Laberinto
de amor y Textos para un milenio. También ha
participado en los homenajes a Miguel Hernández, Jorge Guillén,
León Felipe, José Martí, Alfonsina Storni, Luis Rosales, Federico
García Lorca, Jorge Luis Borges y Ernestina de Champourcín
organizados por la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de
Málaga. Sus poemas han sido publicados en las revistas: Hora
de poesía, Ánfora Nova, Empireuma, La Factoría Valenciana, La Hoja
Literaria, Poesía por ejemplo, El Parnaso, Río Arga, Cuadernos de
Poesía Nueva, Manxa, Luces y Sombras, Pliegos Poéticos del Ateneo
de Almería, Cármenes, Norte (México) y Il Convivio
(Italia), entre otras.
FRAGILIDAD
Frágil es la
copa del tiempo donde bebe el poeta.
Frágil es el
milagro del crepúsculo o de la ola
que marca un
instante mágico y, a su vez, efímero.
Frágil es la
copa de obsidiana
donde se
asientan los posos de la memoria;
y largas son
las noches de insomnio
cuando las
manos recuperan el polen del ayer
o los labios
susurran el desorden del silencio,
o la mirada
regresa de tierras baldías
con el frío
reflejo de las piedras negras.
Frágil es el
papel donde se quema la vida,
escrita con
agua de limón sobre la piel oscura
que huye del
portón del destino, a contracorriente.
Pero el corazón
de un poeta está hecho
de la misma
materia que el agua o el junco:
el agua se
transforma pero no se destruye,
el junco se
doblega pero jamás se rinde.
Frágil es la
copa donde se bebe el tiempo,
y más frágil la
carne herida por el vidrio.
Aunque la sed
nos despierte al filo de la madrugada,
agitados y
sudorosos,
siempre habrá
una mano con forma de cuchara
dispuesta a
entregarnos parte de su vida.
EL HOMBRE INVISIBLE
A la penumbra
de una sombra sin sombrero
un rostro
anónimo cruza las dunas de la noche,
envuelto en el
misterio de una voz opaca
que nadie
recuerda junto al mar de los encuentros.
Alguien creyó
ver su nombre en un libro de poemas
escrito con el
eco de caballos desolados
que regresaban
bajo cielos de tormenta
con las alas
azules que brindan las palabras.
En el asiento
vacío de las tertulias nocturnas
su ausencia
confirmaba la luz de su existencia.
Se le esperaba
siempre a última hora,
cuando la
esperanza agotaba la arena del tiempo
y el sabor del
vino teñía de nostalgia
la silueta
borrosa de una ciudad desierta.
Y si un día
llegó al umbral del laberinto,
a la madeja
desordenada de las conversaciones,
nadie tomó
coartada de su llegada o su marcha
porque las
sombras jamás dejaron huellas.
BARRI DE
GRÀCIA
Juegan los años
a columpiarse en tu cabello.
Entre los
rincones de las pequeñas plazas
-recogido ya el
carmín de las historias-
los años nos
han vencido. Plazas coquetas
en el anochecer
de fiesta
bajo los
entoldados de la verbena,
bajo la carpa
sin farolillo de luna
donde los
amantes, sobre una baldosa,
bailan
estrechamente, ligados al destino.
Ha girado veloz
la cadena del tiempo,
pero las calles
no han mudado su perfil de derrota,
y el tibio olor
de la vida continúa
aferrado a la
argamasa de las paredes.
El color de tus
cabellos perdura tan negro y vivo
como lo
recuerdo, como aquellos días de Academia,
aquellas tardes
caminando sin rumbo por las calles
que nos
llevaban de la mano a ningún sitio.
Pero tu mirada
trasluce los graves descosidos
de la soledad,
las citas frívolas
que recita con
parsimonia la rutina,
las horas
borrosas frente al mar del espejo
que pronuncia
las verdades sin piedad.
Sentados al
borde de esta cama extraña,
desnudos y
exhaustos,
descubrimos que
la vida no destapó para nosotros
el tarro mínimo
de las esencias;
que un bálsamo
de engaño nos dejó en la piel
sensación de
orfandad, de frío;
que los sueños
apenas estiraron la sábana de lo mágico
y la costumbre
se agita en los tendederos
como una camisa
raída por el uso.
Abandonamos
estas calles buscando un horizonte
que no
estuviese cercado de patios y terrazas;
pero nuestra
alma pertenece a las plazas pequeñas,
a esos rincones
íntimos donde una mesa y dos sillas
son escenario
propicio para encontrar el amor.
Alguna luz
danzará sobre nosotros cuando caiga la noche
y las palabras
recobren sus alas líquidas.
Entonces
llegarán los silencios a teñirse de grana
para que mi
boca sangre el dolor de tu nombre.
(1) Barrio de Gracia, Barcelona
LABERINTO DE HORTA
Un sol gris se
sienta en el alero de la tarde
y las palomas
revolotean sobre los charcos
que ocultan
bajo su tez el poso de la nostalgia.
Un paseo en el
parque nos lleva a otro rincón
donde un niño
nos mira con arrebatada franqueza.
Capazos de
mentiras no podrán derribar su sonrisa,
ni espera de mí
una triste limosna
que calme su
sed de yodo y laberinto.
Este sol trae
en la frente estigmas de herrumbre.
Los ecos suenan
como fogonazos de pólvora
detrás de los
setos hábilmente cortados.
Unas huellas
húmedas, recién impresas,
me muestran que
voy tras mi propia senda,
que quizá soy
sombra de ese pasado neblinoso,
cómplice de
esta ceremonia donde ángeles de estopa
arden en la
hoguera de la sangre.
La tarde, esta
tarde de columpios vacíos
y fuentes
silenciosas,
pinta cielos de
púrpura en el tapiz de la carne
y extiende las
anchas velas de un tiempo lejano.
Ese niño que me
espía desde el interior del laberinto
sonríe confiado
en su fortuna
porque no seré
capaz de atraparlo,
porque ya no
mancharé de hollín su rostro inmaculado,
porque ya no
posee deudas con éste que le escribe.
CARRER TALLERS
(2)
No deseo que el
tiempo me retire las cartas
ni anhelo ser
héroe de papel sobre las terrazas mojadas.
Reconozco que
soy un mal actor para esta tragedia
pero necesito
llenar de palabras todas mis páginas.
Al final del
día siempre se desea, como mínimo,
haber sido más
justo con los demás que con uno mismo,
saber que la
botella de la vida está más que mediada
y el último
trago de la noche no sabe a derrota.
Quizá, cuando
camino por las calles antiguas,
busco encontrar
en los ojos de los demás
esas escenas de
vida que no logro hallar en mí,
esa ilusión que
ellos hacen suya
y los torna
diferentes a mis gestos triviales.
Aprendí hace
años a calzarme los hábitos de la soledad,
a ser fiel a
mis acueductos de silencio,
a mis llamadas
al vacío, a las paredes sin eco.
El tiempo deja
en la boca un sabor de engrudo
y un acento
ferroso de sangre seca;
escenas de
guiñol sobre la tapia del viento
y rastros de
carbón para el ausente.
Al fin no soy
ni héroe ni villano,
simplemente
alguien que pasa sin demasiado ruido:
las manos en
los bolsillos, la mirada en la sangre,
la voz en las
baldosas y una breve sonrisa
de quien aspira
a sentirse satisfecho
cuando llegue
al final de todas las calles.
(2) Calle Talleres, Barcelona
LA HOGUERA DEL TIEMPO
Un camino
incierto atraviesa la noche.
Vísperas de un
reencuentro, calendas de aguanieve.
La rueda de una
noria jamás retorna el agua
ni regresan las
olas para rememorar el viaje.
Un camino
incierto nos conduce a la sombra.
Somos jinetes
cobrizos en la madrugada
que no alcanzan
la luz del horizonte;
que beben el
dolor en copa baja y a tragos cortos,
apurando hasta
la última gota de esperanza.
Somos quienes
somos y aunque nadie lo cambie
buscamos con
ansia ser aquél que no fuimos.
Cruzamos
túneles de carbón y centeno hasta llegar
a la orilla
solitaria donde caballos de alabastro
contemplan las
ruinas de un castillo incendiado.
En la bodega
del tiempo fermenta sus caldos el olvido
y sobre una
mesa de madera reposan los naipes
derribados a un
golpe por la mano del destino.
Un camino
incierto atraviesa calles bajo la niebla.
Aferrados a las
riendas del instinto recorremos
una larga
travesía sobre carromatos de óxido
repletos de
sacas con papeles manuscritos
que avivarán el
eterno fragor de las hogueras.
Las mentiras
jamás perduran, aunque se escriban.
NEGRA SOMBRA
Plaça de Castella (3)
Negra sombra
para la travesía del ángel sin oficio
que maquilla de
espera las horas de betún,
que usa el
cable oxidado de los días sin remite
para atar el
saco roto de una muerte sin memoria.
Negra sombra
aferrada ferozmente al pavimento,
eterna en el
hueco de una manta miserable
mientras el
puñal de la derrota afila su sonrisa amarga
y en las
esquinas el viento gime prisionero del frío.
Una voz ronca
traspasa la garganta del callejón
en la noche de
lluvia escarchada y laberinto;
voz de resaca y
ceniza, de carbón húmedo y secreto
que no arde en
los sótanos del corazón, en la cueva
donde olvidaron
su nombre los ángeles amargos.
Negra sombra
para tapiar el temporal de la derrota,
el gesto hosco
del nómada que no anhela cobijo
y cubre el
sextante gris de las distancias
con pasos que
regresan con las huellas borradas.
Negra sombra
tendida sobre el tapiz del hambre,
escrita en el
sueño con la palabra áspera del frío
que atraviesa
fronteras de cartón, grabada a fuego
sobre una piel
que rompió la raíz de las cadenas.
Ángeles de la
intemperie con nombre de emigrante
engullidos por
las fauces ruines de la ciudad inhóspita.
Humana
sombra duermen las noches de los bancos.
(3) Plaza de Castilla, Barcelona
LAS RIENDAS DE LA SANGRE
No sujeta el
corazón las riendas de la sangre,
ni nadie
logrará descifrar las leyes del instinto.
La sangre corre
libre, bulliciosa,
en pos de la
eterna pasión que las cosas poseen
y están
próximas a nuestro alcance.
La música de un
libro, el perfil de una tarde,
el perfume de
una conversación...,
todos son
intensos instantes que perduran
a través del
tiempo en la memoria.
En el fondo de
las copas está nuestro espejo.
Si miramos al
frente encontraremos
la seca horma
que dibuja el vacío.
Y mientras
vivimos vamos llenando esa copa
de instantes
fugaces, de volátiles músicas.
Dejad que el
corazón corra como un potro salvaje.
Dejad que la
sangre libere su furia, su pasión,
su tremenda sed
de vida.
Pero no
apostéis todo el fuego en la primera ronda,
ni agotéis con
prontitud los triunfos de la baraja;
pues toda
rebeldía que conduce al exceso
es pólvora
dispuesta al resplandor del trueno
y es flor de
suicidio.
Dejad que el
corazón encuentre su propio sitio
y halle por sí
las sendas de la pasión.
Porque la
sangre desconoce sus límites
y será otro
corazón -aquel a quien se ama-
quien logre
tensar el arco de las riendas.
BALBINA PRIOR
Nació en
Villaviciosa de Córdoba (España). Poeta y narradora. Es licenciada
en filología inglesa por la Universidad de Granada. Ejerce como
profesora de Inglés en Enseñanzas Secundarias. Ha sido articulista
del diario “Córdoba” y en traducción sus primeras incursiones han
sido realizadas sobre la obra de Emily Dickinson, Donald Hall y la
poetisa inglesa del siglo XVII Aphra Behn, cuya primera entrega
“Desengaño” inaugura la próxima aparición de su obra completa.
Sus
trabajos se han publicado en diversas revistas literarias y
suplementos culturales como: Extramuros, Ficciones, Turia, La
República de las Letras, Prima Littera, Cuadernos del Sur, La
Hamaca de Lona, Travesías Literarias, Qí, Ala de Mosca, Aullido,
Literaturas.com, Singularidades (Lisboa) y Year's Book
de la Universidad de California en Santa Cruz. Además, lleva
participando activamente en variados proyectos poéticos desde los
años ochenta como Propaganda Literaria, Poesía 70 de
Juan de Loxa, o Píntalo de verde de Antonio Gómez; y otras
revistas ya desaparecidas como Zubia, El Pregonero de Granada,
Poesía Por Ejemplo, Palimpsestos de Barcelona y la revista del
Centro Cultural “Generación del 27” de Málaga Calas.
Es autora de los
títulos de poesía Soldado de Rodas (Laberinto de Fortuna,
Córdoba, 1993), Perversidades (Cuadernos de Ulía,
Fernán-Núñez, Córdoba, 1994), Poemas en Off (Aristas de
Cobre, Córdoba, 1998) y Ladrones de Miel (El Toro de Barro,
Cuenca, 2000), Frágil Sinfonía (Corondel, Valencia, 2003)
y con la obra En los Andenes de la Era Heisei (A la Luz del
Candil, Móstoles, 2001) obtuvo el premio de poesía “Ciudad de
Móstoles” (2000). En narrativa ha publicado “Los Dragones Rojos”,
editado por el centro cultural “Generación del 27” (Málaga, 1999).
Dirige el proyecto editorial “Aristas de Cobre”, dedicado a
publicaciones de poesía, relato y traducción. Ha sido incluída en
las siguientes antologías: Poetas Cordobeses de los 90
(Córdoba 1987); Crátera. Guía de Poetas y Pintores Cordobeses
(Córdoba, 1989), Pliegos de la Posada (Córdoba, 1994),
Guía de Artistas y Escritores Contemporáneos Andaluces
(Málaga,1997), Quinta del 63 (CELYA, Salamanca, 2001),
Mujeres y Letras (La Lejana, Barcelona, 2001), Cuadernos
del Mediterráneo (El Toro de Barro, Cuenca, 2001), la
antología poética femenina en lengua española del siglo XX
Mujeres de Carne y Verso, editada por La Esfera de los Libros,
2001; Entonces, Ahora (Rivas-Vaciamadrid, 2003); La Paz
y la Palabra (Odisea Editorial, 2003); Pólvora Blanca
(Córdoba, 2003), e Ilimitada Voz (Universidad de Cádiz,
2003).
HE COLECCIONADO SIEMPRE AMORES
Colecciono experiencias
como relojes,
sellos o postales del extranjero,
como discos que
usas
y no vuelves a
escuchar.
He coleccionado
siempre amores,
pasatiempo
infame de mi generación,
amores
desechables, para colgarlos
en cualquier
estante como recuerdo,
hasta ayer
mismo que encontré
tus ojos verdes
en el rellano de la escalera.
(De
Perversidades)
PISOS EN ALQUILER
Declaro haber vivido en miles:
de patio interior, oscuro y de vida
intensa;
el del sexto sin ascensor
lleno de goteras y fuertes vientos;
del que nos echaron porque nos
amábamos
sin control ni reglas fijas;
el que no escondía siquiera letrina;
uno con demasiados recovecos y sin
esperanza;
otro compartido sólo viernes noche
y ya sabes para qué,
y aquella casita en Cájar de vistas
a la vega.
Llegué a acostumbrarme como al
amante esquivo,
pero las paredes desnudas
dan siempre una lección de humildad,
y a menudo, como amigos, a mis
libros
y a los posters de Grecia y Nueva
York
les crecían raíces y alguna fisura
de poca importancia.
Ahora busco casa para comprar.
(De
En los Andenes de la Era Heisei)
BARCO LATINO
SOBRE EL TÁMESIS
¿Qué habría yo de buscar en este
barco,
en medio de tanto cuerpo de salsa
encendido,
desesperado en un país hostil a la
cumbia,
que nunca baila con el tercer mundo
y cerrados sus pubs
borrachos ninguna campana para nadie
suena?
Londres, como si nada, flota sobre
el Támesis,
inmune al pesticida derramado por
todas las razas,
pero es una patera con inmigrantes
sin dirección ni puerto,
como hinchado pez ilegal muerto
sobre las aguas,
como petrolero a punto de vertido,
reventados ya sus tanques y a la
deriva.
Desde siempre sin pasaporte como
Joseph Conrad,
nada busco en esta inasible
oscuridad,
nos vemos siempre obligados a
avistar puerto,
y resabiados, acudimos a cualquier
lengua,
cualquier alma, cualquier sexo para
no estar solos.
Todos los indocumentados hemos
encontrado siempre hostal
en la piel bordada del traficante,
en los ásperos parques urbanos,
en la doble jornada en restaurantes
griegos como Spiro,
incluso en los ojos dorados del
sajón y su xenofobia,
abuso vetusto y perfumado de poder
egregio.
(De
En los Andenes de la Era Heisei)
MANIFIESTO DE
CUALQUIER NOCTURNO
Reivindico el
desenfado
y la
desinhibición de mis deseos,
el punto de
alcohol compatible con mis sentidos,
el encuentro
furtivo con un amante efímero,
el bullicio sin
rumbo de un grupo humano,
el golpe mortal
a la rutina,
la amargura
cuando sale el sol,
el exceso, sobre
todo el exceso
Magnifico la
valentía
de todos
aquellos que viven con ojeras,
que no le ponen
precio a la hora,
que desacatan
las leyes ordenadas de la Naturaleza,
que amarían sólo
hasta el alba,
capaces de todo
en el punto exacto de la Medianoche,
de nada cuando
unas gotas de luz
rayan la noche
descarada,
vencida ya.
Y por qué no,
cosas menores,
el riego
purificante en la madrugada,
el irrespirable
ruido del camión de basura,
la inestabilidad
de la calle bajo la farola,
el robo del BMW
sólo para hacer un trompo,
el tirón en
cualquier esquina del drogadicto
falto de estatus
de enfermo,
siempre
insensible sociedad de Derechas.
Porque al fin,
somos un recinto privado,
como si la vida
fuese un parking subterráneo
y nadie pudiese
salir sin tarjeta decodificada.
(De
Poemas en Off)
UNOS POCOS
MINUTOS EN AMÉRICA,
aún entre la magia negra del jet lag
y la búsqueda del hotel en calle
Veinte Art Decó.
Honestamente, como todo siglo un
exceso,
demasiado pronto para situarse entre
lo desconocido,
no queda sino la defensa propia
contra el titán imposible,
del miedo una huida desesperada que
me desborda.
He venido de lejos y sola, no hace
falta que lo jure,
únicamente veo un agujero bruno en
la pared,
librando nervioso su batalla entre
los cuadros
de independencia, que nada aportarán
a la historia ni al arte.
Me asomo apoyada en el quicio del
Veintiuno,
me marea el violeta del drug store
en la esquina,
acera izquierda y derecha, no hay
paso de cebra,
y caigo en esta colcha ajada por
tantos cuerpos y sus temores.
Hallaremos nuevos luminosos que nos
aturdan
apoyados en el quicio del XXI,
derroche ciego de lo mismo,
de frente a la nueva realidad que
llegará con el alba.
(
De En los Andenes de la Era Heisei)
ANFITRIÓN Y
HUÉSPED
Ante este templado huésped
me hallo como en cola equivocada
y sin prisa, pues tan sólo en su
avance
la sonrisa de la derrota se muestra.
Confinada quedo en ascensor de caída
libre
hacia el infinito sótano de su
capricho;
obstruida en la chimenea de sus
huesos
cuando entraba a robar en su
inexpugnable casa;
detenida en las agujas de su reloj
de bolsillo
y en las aceras de sus pasos sin
conocer nuevas rutas;