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Nació en
Palma Soriano, Cuba (1952). Poeta, dibujante y cantante. Reside en
los Estados Unidos desde 1965. Entre sus libros de versos figuran:
Mañas de la poesía
(Estados Unidos, Edición de autor, 1981), El pájaro tras la
flecha (México, Vuelta, 1988), Escrito para borrar
(España, Ediciones La Palma, 1996/Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1998), Fosa
común (México, Vuelta, 1996), La Noche (España, Galería
Estampa, 2003), Elogio del garabato/Fosa común (España, Pre-Textos,
2004) y Casa de todos (España, Pre-Textos, 2005).
Ha publicado los siguientes ensayos de imaginación:
Elogio del garabato (México, Vuelta, 1994), Cuerpos
en bandeja: Frutas y erotismo en Cuba
(México, Artes de México, 1998), Mi vida con los delfines
(México, Trilce Ediciones, 1998), Amigo enigma:
los dibujos de Juan Soriano (España, Ave del Paraíso,
2000).
Ha publicado dos antologías: Tallar en nubes
(México, Aldus, 1999) y Apuntes de José Martí. Concierto
en La Habana (México, Artes de México, 2000), con textos de
autores cubanos, españoles y norteamericanos dedicados a la capital
cubana.
En 2003, la editorial española Pre-Textos publicó Hoja de viaje, sus
versiones de haiku del poeta japonés Kobayashi Issa.
Ha desarrollado una intensa labor de investigación, rescate y
divulgación de la música popular cubana e hispanoamericana,
yuxtaponiendo al cancionero y a la poesía continentales, la
reflexión de carácter histórico, el dato curioso y la exégesis
humorística. |
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“Uno
de los grandes aciertos de González Esteva es haber creado
una obra original a partir de una materia prima
archiconocida. La mulata santiaguera, la múcura que está en
el suelo, el arroyo que murmura, el músico parrandero,
la guayabera, Sansón
Melena, el sinsonte, eran motivos y tipos que estaban
ahí desde siempre,
pero en esos textos parecían recién inventados. La cubanía
del libro no se limita, por otro lado, al aspecto temático,
sino que también aflora en ese carácter jovial, disparatado,
burlón y surrealista (¿no dicen que Cuba es la patria
natural del surrealismo?) que recorre el poemario,
y del cual ni el
propio hecho poético queda eximido.”
Carlos Espinosa Domínguez
La Azotea de Reina
La Habana Elegante, segunda época
(Revista digital)
Otoño de 2003
“Como
he dicho otras veces, en la tradición intelectual cubana los
aforismos de Luz y Caballero equivalen por su efecto
emancipador formal a los ensayos de Montaigne. En el otro
extremo de la cronografía está el poeta Orlando González
Esteva quien, habiendo concluido que en el fundamento del
mundo existe un garabato, decide expresarlo de esa misma
manera, es decir, “garabáticamente”. Alcanza así una
complicidad del contenido y la forma en el ámbito de una
verdad que, además de inteligencia, se nos hace cuerpo:
“Excepto el espíritu, nada más susceptible de convertirse en
garabato que el esqueleto humano”. Cuando uno llega al punto
en que el garabato renace desde el centenar de páginas, esta
sospecha se convierte en revelación.”
Emilio Ichikawa
Linden Lane Magazine
(Revista digital e impresa)
Febrero de 2001
"González
Esteva, desde un exilio más tradicional, nos ofrece, por su
parte,
otra
política de la memoria y otra poética del éxodo:
la escritura en la distancia como el regreso a un lugar de
origen que ha sido previamente
sacralizado por la anámnesis."
Rafael Rojas
Diáspora y literatura
(Indicios de una ciudadanía postnacional)
Revista
Encuentro
Número 12/13
Madrid, España
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Durante las primeras Jornadas de
Poesía y Música, que tuvieron lugar en el Centro Cultural
Español de Miami, del ocho al diez de noviembre de 2005, se
dieron cita varios poetas de España y América Latina, con la
participación especial de Manuel Borrás, Director Literario
de la Editorial Pre-Textos, y Maria Luisa Blanco,
Directora del suplemento cultural Babelia del diario El
País en España, quienes estuvieron presentes en todos los actos.
Entre los poetas invitados se encontraba el poeta cubano Orlando
González Esteva, una de las más destacadas voces de la poética
local, a quien tuvimos el placer de entrevistar.
MMM ¿Cuándo comenzó tu inquietud
por escribir?
OGE Tarde. En el principio
estuvo el dibujo, la afición a esbozar figuras, paisajes, y a
colorearlos con lápices y acuarelas. Luego estuvo la canción.
Ambas aficiones se me revelaron en plena infancia, en Cuba. Y
finalmente, a finales de los años sesenta, ya en Miami, surgió el
interés en las palabras, la necesidad de jugar con ellas y verlas
decirme cosas que yo no sabía que, a través de mí, podían decirse.
Los primeros versos los escribí mientras estudiaba bachillerato en
Miami Senior High School, eran versos malos, versos que prefiero
olvidar. Su único propósito consciente era llamar la atención de
algunas jóvenes.
Pero es
posible que ese primer acercamiento a la escritura, que ese tanteo,
aunque se tratara de poemas de carácter galante (en el sentido más
ingenuo de la palabra galante) guardara alguna relación con la
decisión de escribir versos tomada por mi abuelo materno al ser
condenado a prisión, en Cuba. Mi abuelo luchó contra el gobierno de
Fulgencio Batista e inmediatamente después del triunfo del actual
gobierno cubano comenzó a conspirar contra éste. Había adivinado,
durante sus días en la Sierra Maestra, las intenciones y la
verdadera naturaleza de los cabecillas de la insurrección y el drama
que se cernía sobre el país. Ya en la cárcel, condenado a varios
años de prisión, se dio a escribir poemas, y a dedicárselos no sólo
a su propia familia y amistades sino a las madres, las novias, las
esposas, los hijos, los hermanos de algunos compañeros de celda.
Éstos le pedían textos para halagar a sus seres queridos en ciertos
aniversarios, y mi abuelo se convertía en su alter ego literario.
Yo solía acompañar a mi abuela y a mi madre a las visitas a la
cárcel, y advertí, muchas veces, cómo los pequeños papeles donde
esos poemas habían sido escritos en letra minúscula abandonaban la
prisión doblados y ocultos entre el yarey de las bolsas donde se les
llevaban alimentos a los presos. De manera que escribir poesía tuvo
para mí, en el principio, un halo de misterio, de actividad
prohibida, desempeñada en una suerte de clandestinidad; un halo que
tiene que haber encandilado la imaginación del niño que fui y que
puede haber alentado la vocación, el deseo de escribir del
adolescente que iba a ser.
Luego, entre 1969 y
1970, durante aquellos mismos años de bachillerato, asistí a un
curso creado por Juan J. Remos: un curso de cultura cubana destinado
a sembrar, en los adolescentes cubanos exiliados, el amor a Cuba. Y
fue allí, cinco años después de abandonar la isla, cuando, oyendo
hablar de Heredia, de Plácido, de Villaverde, de Milanés, de Varela,
de Martí, de la Avellaneda, creo haber intuido la posibilidad de
recrear el mundo de mi infancia perdida en la isla con la ayuda de
las palabras.
No puedo
recordar ese curso sin emoción. En él me sentí repatriado, me sentí
de vuelta a lo mío: fui, por instantes, feliz. La clase, en masa,
decidió asistir a una representación de "Cecilia Valdés", la
zarzuela de Gonzalo Roig basada en la novela de Cirilo Villaverde, y
el preludio de la obra, que nunca había escuchado, me conmovió.
Sentí que Cuba estaba allí, en el teatro; que Cuba era esa música;
presentí que si yo me acercaba a esa música podría permanecer en la
isla, continuar en la isla, aunque residiera en el extranjero. Al día siguiente busqué la grabación de la obra y, escuchándola una y
otra vez, escribí mi primer poema verdadero, otro mal poema, pero
uno en el que, sin percatarme de lo que hacía, entre cursilerías e
ingenuidades que hoy me sonrojan, alcanzaba a abrirse paso algo que
excedía mi voluntad, algo distinto a lo que yo me proponía decir, y
eso que parecía imponérseme, que parecía cuajar en palabras que se
juntaban solas, me inició en el gusto por el misterio que debe
nutrir el acto creador, por la poesía tal y como luego iba a
entenderla.
No olvido que
en algunos momentos de ese poema me sorprendieron versos que, aun
hoy, no sé cómo pudieron ocurrírseme: era un adolescente con muy
pocas --y no siempre buenas-- lecturas: “Cuba, / cielo encajado
sobre el cielo mismo, / indio de guano que al morir naciera / con
los abiertos como el vidrio / y las manos hundidas en la piedra".
Un año después envié el poema al Concurso Jorge Mañach, que por
entonces auspiciaba el Municipio de Sagua la Grande, y el poema
resultó ganador de un accésit. Esa buena fortuna me puso en
contacto con un buen número de escritores cubanos, ya hechos, que
vivían en Miami, y fueron ellos los que me animaron a seguir
escribiendo.
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Orlando González
Esteva durante la entrega del "Premio Jorge Mañach" en
Miami (1973). A su alrededor, entre otros, los escritores Luis Fernández
Caubí, Agustín Acosta,
Martha Padilla y Raoul García Iglesias |
MMM ¿Cómo has podido combinar tu vida
artística como cantante y tu devoción por la poesía?
OGE Evitando mezclarlas,
consciente de que ambas vocaciones responden a impulsos muy míos
pero no invariablemente afines, y sabiendo que no soy "cantante", en
el sentido más justo de la palabra, sino alguien que ha jugado a
serlo, como juegan a serlo tantas personas; pero alguien que ha
tenido la buena suerte de que ese juego acabe siendo, también, su
profesión; o una de sus profesiones, debería decir.
Nací y crecí en un
hogar donde nada atentaba contra el amor a la canción popular.
Nada. Al contrario. Mis abuelos paternos no eran cantantes
profesionales pero ambos cantaban en fiestas, en reuniones
familiares: mi abuelo, que era médico, había recorrido el pueblo
dando serenatas en los días de su juventud; mi abuela, además de
cantar, tocaba el piano. Mi padre es un gran admirador del mejor
cancionero del continente, su amor a ese cancionero fue contagioso,
y tanto él como mi madre pueden entonar una canción. De manera que
cantar u oír cantar nunca tuvo para mí visos de excentricidad. Las
voces de Pedro Vargas, René Cabel, Toña la Negra, Esther Borja, Los
Panchos, etc., eran parte integral del mundo sonoro de mi infancia y
de mi adolescencia, tan integral como las voces de los parientes y
amigos. Siendo niño, allá en Palma Soriano, alguien descubrió que
podía entonar una canción, y una Navidad, durante la presentación de
un nacimiento viviente en la iglesia del pueblo, entoné un
villancico vestido de pastor. Fue mi primera incursión pública en
el canto.
Ya en Miami,
aún adolescente, un grupo de coterráneos jóvenes que me había oído
cantar de niño y que ahora, como yo, residía en esta ciudad, me
animó, travieso, a participar en un certamen de canto que
patrocinaba una emisora de radio local. Resulté ganador y el
premio, que incluía un contrato para presentarme en un centro
nocturno de moda, me abrió los ojos a la posibilidad de ganarme unos
dólares cantando, mientras continuaba mis estudios. Mi familia,
como tantas otras, había abandonado Cuba sin un centavo, y yo, por
voluntad propia, había empezado a trabajar a los 13 años en un
pequeño mercado cubano repartiendo volantes impresos por las calles
y devolviendo las botellas de soda vacías a sus cajas. Desde
entonces alterné el canto con mis estudios universitarios y, luego,
con la escritura.
No faltará
quien se espante ante el hecho de que alguien que, supuestamente, se
toma la poesía en serio se gane la vida cantando, ni quien encuentre
en esa forma de ganarme la vida una de descalificarme para la
escritura. Por alguna razón misteriosa se ha llegado a la
conclusión de que las labores académicas, por ejemplo, son más
afines a la poesía que la música, es decir, que la canción. Pero no
sólo canto porque hacerlo ha sido una manera de ganarme honradamente
la vida y de prolongar ese ambiente en el que se desenvolvieron mi
niñez y mi adolescencia, sino porque en mí también ha existido,
siempre, una necesidad de comunicación, de compartir algo de lo que
tengo por hermoso, y de compartirlo de manera directa, con la
emoción y la alegría de quien sabe que eso que anhela compartir es
bueno y hará bien. Allá quien opine que leer a Eliot es
incompatible con el amor a la canción. Ése, debo ser sincero, no es
mi caso. ¿Cantante? No. ¿Cantor? No sé. Quizás. Pero más por
un deseo innato de expresar algo, y de hacerlo a través de la
música, que de frecuentar el escenario.
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Mañas de la poesía
(1981) |
Fosa común
(1996) |
MMM ¿Te consideras un discípulo del
poeta Eugenio Florit?
No sé si la palabra "discípulo" es la
correcta. No lo es si ésta sugiere una comunión en lo que a los
mundos personales y a las formas de escribir se refiere. A Eugenio
me llevó la admiración por su obra, la necesidad de saber si lo que
yo escribía era válido (nunca he estado muy seguro de mis aptitudes
para la poesía) y luego, claro está, el afecto y la gratitud por la
atención que prestó a mis inquietudes. Eugenio fue el primer poeta
importante que, sin conocerme personalmente, sin saber quién era ese
joven que le enviaba sus versos a Nueva York, me animó a continuar
escribiendo y me dijo, con firmeza y amabilidad, qué le parecía bien
y qué no le parecía tan bien de cuanto le mostraba. Contestaba
todas las cartas, todas, y ese diálogo epistolar y su posterior
amistad significaron un gran estímulo para mí. Eugenio, por cierto,
tocaba el piano y amaba la canción popular. Le escuché tocar
algunas composiciones de su tío Eduardo Sánchez de Fuentes. En
algún cumpleaños suyo, y creo que para su alegría, Manuel J.
Santayana - un excelente poeta, hombre culto, gran amigo de Eugenio
y gran amigo mío - y yo entonamos algunas viejas canciones cubanas y
mexicanas, y es que en el hogar de la familia Florit la música era
una presencia tan natural y risueña como en el mío.
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%20Eugenio%20Florit%20-%20Baquiana.jpg) |
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Orlando González
Esteva y los poetas Eugenio Florit,
Amelia del Castillo y Amando Fernández
(Miami, Florida,
EE.UU.) |
¿Qué puedes comentar acerca de tu
amistad con Octavio Paz?
Estoy en deuda con Octavio Paz.
Digamos que mi relación con la poesía puede dividirse en dos
tiempos: antes y después de Octavio Paz. Gracias a su interés
en mis versos, un interés que aún no acierto a explicarme, éstos
comenzaron a publicarse en México y en España, y todos los
grandes amigos que hoy tengo en esos países son, en cierta
forma, legado suyo. A Octavio le debo la reedición de mi
libro "Mañas de la poesía" y las ediciones de otros tres libros: “El
pájaro tras la flecha", "Elogio del garabato" y "Fosa común". Todos
se publicaron en "Vuelta". Le debo también el haberme animado a
escribir en prosa, algo que, hasta "Elogio del garabato", había
evitado. Su reacción a ese libro y algunos comentarios posteriores
me abrieron un camino que, de no ser por él, no hubiera continuado
explorando. A partir de Octavio, el mundo en el que me desenvolvía
se amplió extraordinariamente: entablé amistad con algunos
compañeros de generación de España e Hispanoamérica cuyas formas de
entender la poesía eran muy similares a las mías, más similares que
las de algunos de mis compatriotas, y aparecieron editores
dispuestos a publicar mis textos, algo inconcebible tratándose, como
se trataba, de un autor desconocido y de un cubano exiliado. A
veces me pregunto si yo hubiera seguido escribiendo con el fervor
que lo he hecho si ese encuentro capital no hubiera tenido lugar, y
suelo sospechar que no, suelo sospechar que la incertidumbre, el
desaliento y la imposibilidad de publicar hubieran hecho estragos en
mi vocación.
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Octavio Paz, Mara
González Rauchmann y
Orlando González Esteva |
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