Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 39/40

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

   

 

 

 

 

ENTREVISTA CON

ORLANDO GONZÁLEZ ESTEVA

 

(EL AMOR POR LA LÍRICA)

 

por

 

Maricel Mayor Marsán

 

  

     Nació en Palma Soriano, Cuba (1952). Poeta, dibujante y cantante. Reside en los Estados Unidos desde 1965. Entre sus libros de versos figuran: Mañas de la poesía (Estados Unidos, Edición de autor, 1981),  El pájaro tras la flecha (México, Vuelta, 1988), Escrito para borrar (España, Ediciones La Palma, 1996/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1998), Fosa común (México, Vuelta, 1996), La Noche (España, Galería Estampa, 2003), Elogio del garabato/Fosa común (España, Pre-Textos, 2004) y Casa de todos (España, Pre-Textos, 2005).

     Ha publicado los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato (México, Vuelta, 1994), Cuerpos en bandeja: Frutas y erotismo en Cuba (México, Artes de México, 1998), Mi vida con los delfines (México, Trilce Ediciones, 1998), Amigo enigma: los dibujos de Juan Soriano (España, Ave del Paraíso, 2000).

     Ha publicado dos antologías: Tallar en nubes (México, Aldus, 1999) y Apuntes de José Martí. Concierto en La Habana (México, Artes de México, 2000), con textos de autores cubanos, españoles y norteamericanos dedicados a la capital cubana.

     En 2003, la editorial española Pre-Textos publicó Hoja de viaje, sus versiones de haiku del poeta japonés Kobayashi Issa.

     Ha desarrollado una intensa labor de investigación, rescate y divulgación de la música popular cubana e hispanoamericana, yuxtaponiendo al cancionero y a la poesía continentales, la reflexión de carácter histórico, el dato curioso y la exégesis humorística.


Uno de los grandes aciertos de González Esteva es haber creado una obra original a partir de una materia prima archiconocida. La mulata santiaguera, la múcura que está en el suelo, el arroyo que murmura, el músico parrandero,

 la guayabera, Sansón Melena, el sinsonte, eran motivos y tipos que estaban

 ahí desde siempre, pero en esos textos parecían recién inventados. La cubanía del libro no se limita, por otro lado, al aspecto temático, sino que también aflora en ese carácter jovial, disparatado, burlón y surrealista (¿no dicen que Cuba es la patria natural del surrealismo?) que recorre el poemario,

 y del cual ni el propio hecho poético queda eximido.”

 

Carlos Espinosa Domínguez

La Azotea de Reina

La Habana Elegante, segunda época

(Revista digital)

Otoño de 2003

 

 Como he dicho otras veces, en la tradición intelectual cubana los aforismos de Luz y Caballero equivalen  por su efecto emancipador formal a los ensayos de Montaigne. En el otro extremo de la cronografía está el poeta Orlando González Esteva quien, habiendo concluido que en el fundamento del mundo existe un garabato, decide expresarlo de esa misma manera, es decir, “garabáticamente”. Alcanza así una complicidad del contenido y la forma en el ámbito de una verdad que, además de inteligencia, se nos hace cuerpo: “Excepto el espíritu, nada más susceptible de convertirse en garabato que el esqueleto humano”. Cuando uno llega al punto en que el garabato renace desde el centenar de páginas, esta sospecha se convierte en  revelación.”

 

Emilio Ichikawa

Linden Lane Magazine

(Revista digital e impresa)

Febrero de 2001

 

"González Esteva, desde un exilio más tradicional, nos ofrece, por su parte,

 otra política de la memoria y otra poética del éxodo: la escritura en la distancia como el regreso a un lugar de origen que ha sido previamente

sacralizado por la anámnesis."

 

Rafael Rojas

 Diáspora y literatura

(Indicios de una ciudadanía postnacional)

 Revista Encuentro

Número 12/13

 Madrid, España

 


Durante las primeras Jornadas de Poesía y Música, que tuvieron lugar en el Centro Cultural Español de Miami, del ocho al diez de noviembre de 2005, se dieron cita varios poetas de España y América Latina, con la participación especial de Manuel Borrás, Director Literario de la Editorial Pre-Textos, y Maria Luisa Blanco, Directora del suplemento cultural Babelia del diario El País en España, quienes estuvieron presentes en todos los actos. Entre los poetas invitados se encontraba el poeta cubano Orlando González Esteva, una de las más destacadas voces de la poética local, a quien tuvimos el placer de entrevistar.

 

MMM ¿Cuándo comenzó tu inquietud por escribir?

 

OGE Tarde.  En el principio estuvo el dibujo, la afición a esbozar figuras, paisajes, y a colorearlos con lápices y acuarelas.  Luego estuvo la canción.  Ambas aficiones se me revelaron en plena infancia, en Cuba. Y finalmente, a finales de los años sesenta, ya en Miami, surgió el interés en las palabras, la necesidad de jugar con ellas y verlas decirme cosas que yo no sabía que, a través de mí, podían decirse.  Los primeros versos los escribí mientras estudiaba bachillerato en Miami Senior High School, eran versos malos, versos que prefiero olvidar.  Su único propósito consciente era llamar la atención de algunas jóvenes. 

     Pero es posible que ese primer acercamiento a la escritura, que ese tanteo, aunque se tratara de poemas de carácter galante (en el sentido más ingenuo de la palabra galante) guardara alguna relación con la decisión de escribir versos tomada por mi abuelo materno al ser condenado a prisión, en Cuba.  Mi abuelo luchó contra el gobierno de Fulgencio Batista e inmediatamente después del triunfo del actual gobierno cubano comenzó a conspirar contra éste.  Había adivinado, durante sus días en la Sierra Maestra, las intenciones y la verdadera naturaleza de los cabecillas de la insurrección y el drama que se cernía sobre el país.  Ya en la cárcel, condenado a varios años de prisión, se dio a escribir poemas, y a dedicárselos no sólo a su propia familia y amistades sino a las madres, las novias, las esposas, los hijos, los hermanos de algunos compañeros de celda.  Éstos le pedían textos para halagar a sus seres queridos en ciertos aniversarios, y mi abuelo se convertía en su alter ego literario.  Yo solía acompañar a mi abuela y a mi madre a las visitas a la cárcel, y advertí, muchas veces, cómo los pequeños papeles donde esos poemas habían sido escritos en letra minúscula abandonaban la prisión doblados y ocultos entre el yarey de las bolsas donde se les llevaban alimentos a los presos.  De manera que escribir poesía tuvo para mí, en el principio, un halo de misterio, de actividad prohibida, desempeñada en una suerte de clandestinidad;  un halo que tiene que haber encandilado la imaginación del niño que fui y que puede haber alentado la vocación, el deseo de escribir del adolescente que iba a ser.

    Luego, entre 1969 y 1970, durante aquellos mismos años de bachillerato, asistí a un curso creado por Juan J. Remos: un curso de cultura cubana destinado a sembrar, en los adolescentes cubanos exiliados, el amor a Cuba.  Y fue allí, cinco años después de abandonar la isla, cuando, oyendo hablar de Heredia, de Plácido, de Villaverde, de Milanés, de Varela, de Martí, de la Avellaneda, creo haber intuido la posibilidad de recrear el mundo de mi infancia perdida en la isla con la ayuda de las palabras. 

     No puedo recordar ese curso sin emoción.  En él me sentí repatriado, me sentí de vuelta a lo mío: fui, por instantes, feliz.  La clase, en masa, decidió asistir a una representación de "Cecilia Valdés", la zarzuela de Gonzalo Roig basada en la novela de Cirilo Villaverde, y el preludio de la obra, que nunca había escuchado, me conmovió.  Sentí que Cuba estaba allí, en el teatro; que Cuba era esa música;  presentí que si yo me acercaba a esa música podría permanecer en la isla, continuar en la isla, aunque residiera en el extranjero. Al día siguiente busqué la grabación de la obra y, escuchándola una y otra vez, escribí mi primer poema verdadero, otro mal poema, pero uno en el que, sin percatarme de lo que hacía, entre cursilerías e ingenuidades que hoy me sonrojan, alcanzaba a abrirse paso algo que excedía mi voluntad, algo distinto a lo que yo me proponía decir, y eso que parecía imponérseme, que parecía cuajar en palabras que se juntaban solas, me inició en el gusto por el misterio que debe nutrir el acto creador, por la poesía tal y como luego iba a entenderla. 

     No olvido que en algunos momentos de ese poema me sorprendieron versos que, aun hoy, no sé cómo pudieron ocurrírseme: era un adolescente con muy pocas --y no siempre buenas-- lecturas: “Cuba, / cielo encajado sobre el cielo mismo, / indio de guano que al morir naciera / con los abiertos como el vidrio / y las manos hundidas en la piedra".  Un año después envié el poema al Concurso Jorge Mañach, que por entonces auspiciaba el Municipio de Sagua la Grande, y el poema resultó ganador de un accésit.  Esa buena fortuna me puso en contacto con un buen número de escritores cubanos, ya hechos, que vivían en Miami, y fueron ellos los que me animaron a seguir escribiendo.

 

Orlando González Esteva durante la entrega del "Premio Jorge Mañach" en Miami (1973). A su alrededor, entre otros, los escritores Luis Fernández Caubí, Agustín Acosta,

Martha Padilla y Raoul García Iglesias

 

MMM ¿Cómo has podido combinar tu vida artística como cantante y tu devoción por la poesía?

 

OGE Evitando mezclarlas, consciente de que ambas vocaciones responden a impulsos muy míos pero no invariablemente afines, y sabiendo que no soy "cantante", en el sentido más justo de la palabra, sino alguien que ha jugado a serlo, como juegan a serlo tantas personas;  pero alguien que ha tenido la buena suerte de que ese juego acabe siendo, también, su profesión;  o una de sus profesiones, debería decir. 

     Nací y crecí en un hogar donde nada atentaba contra el amor a la canción popular.  Nada.  Al contrario.  Mis abuelos paternos no eran cantantes profesionales pero ambos cantaban en fiestas, en reuniones familiares: mi abuelo, que era médico, había recorrido el pueblo dando serenatas en los días de su juventud;  mi abuela, además de cantar, tocaba el piano.  Mi padre es un gran admirador del mejor cancionero del continente, su amor a ese cancionero fue contagioso, y tanto él como mi madre pueden entonar una canción.  De manera que cantar u oír cantar nunca tuvo para mí visos de excentricidad.  Las voces de Pedro Vargas, René Cabel, Toña la Negra, Esther Borja, Los Panchos, etc., eran parte integral del mundo sonoro de mi infancia y de mi adolescencia, tan integral como las voces de los parientes y amigos. Siendo niño, allá en Palma Soriano, alguien descubrió que podía entonar una canción, y una Navidad, durante la presentación de un nacimiento viviente en la iglesia del pueblo, entoné un villancico vestido de pastor.  Fue mi primera incursión pública en el canto.

     Ya en Miami, aún adolescente, un grupo de coterráneos jóvenes que me había oído cantar de niño y que ahora, como yo, residía en esta ciudad, me animó, travieso, a participar en un certamen de canto que patrocinaba una emisora de radio local.  Resulté ganador y el premio, que incluía un contrato para presentarme en un centro nocturno de moda, me abrió los ojos a la posibilidad de ganarme unos dólares cantando, mientras continuaba mis estudios.  Mi familia, como tantas otras, había abandonado Cuba sin un centavo, y yo, por voluntad propia, había empezado a trabajar a los 13 años en un pequeño mercado cubano repartiendo volantes impresos por las calles y devolviendo las botellas de soda vacías a sus cajas.  Desde entonces alterné el canto con mis estudios universitarios y, luego, con la escritura. 

     No faltará quien se espante ante el hecho de que alguien que, supuestamente, se toma la poesía en serio se gane la vida cantando, ni quien encuentre en esa forma de ganarme la vida una de descalificarme para la escritura.  Por alguna razón misteriosa se ha llegado a la conclusión de que las labores académicas, por ejemplo, son más afines a la poesía que la música, es decir, que la canción.  Pero no sólo canto porque hacerlo ha sido una manera de ganarme honradamente la vida y de prolongar ese ambiente en el que se desenvolvieron mi niñez y mi adolescencia, sino porque en mí también ha existido, siempre, una necesidad de comunicación, de compartir algo de lo que tengo por hermoso, y de compartirlo de manera directa, con la emoción y la alegría de quien sabe que eso que anhela compartir es bueno y hará bien.  Allá quien opine que leer a Eliot es incompatible con el amor a la canción.  Ése, debo ser sincero, no es mi caso.  ¿Cantante?  No.  ¿Cantor?  No sé.  Quizás.  Pero más por un deseo innato de expresar algo, y de hacerlo a través de la música, que de frecuentar el escenario.

 

Mañas de la poesía

(1981)

Fosa común

(1996)

 

MMM ¿Te consideras un discípulo del poeta Eugenio Florit?

 

No sé si la palabra "discípulo" es la correcta.   No lo es si ésta sugiere una comunión en lo que a los mundos personales y a las formas de escribir se refiere.  A Eugenio me llevó la admiración por su obra, la necesidad de saber si lo que yo escribía era válido (nunca he estado muy seguro de mis aptitudes para la poesía) y luego, claro está, el afecto y la gratitud por la atención que prestó a mis inquietudes.  Eugenio fue el primer poeta importante que, sin conocerme personalmente, sin saber quién era ese joven que le enviaba sus versos a Nueva York, me animó a continuar escribiendo y me dijo, con firmeza y amabilidad, qué le parecía bien y qué no le parecía tan bien de cuanto le mostraba.  Contestaba todas las cartas, todas, y ese diálogo epistolar y su posterior amistad significaron un gran estímulo para mí.  Eugenio, por cierto, tocaba el piano y amaba la canción popular.  Le escuché tocar algunas composiciones de su tío Eduardo Sánchez de Fuentes.  En algún cumpleaños suyo, y creo que para su alegría, Manuel J. Santayana - un excelente poeta, hombre culto, gran amigo de Eugenio y gran amigo mío - y yo entonamos algunas viejas canciones cubanas y mexicanas, y es que en el hogar de la familia Florit la música era una presencia tan natural y risueña como en el mío.

 

Orlando González Esteva y los poetas Eugenio Florit,

Amelia del Castillo y Amando Fernández

(Miami, Florida, EE.UU.)

 

¿Qué puedes comentar acerca de tu amistad con Octavio Paz?

 

Estoy en deuda con Octavio Paz.  Digamos que mi relación con la poesía puede dividirse en dos tiempos: antes y después de Octavio Paz.  Gracias a su interés en mis versos, un interés que aún no acierto a explicarme, éstos comenzaron a publicarse en México y en España, y todos los grandes amigos que hoy tengo en esos países son, en cierta forma, legado suyo. A Octavio le debo la reedición de mi libro "Mañas de la poesía" y las ediciones de otros tres libros: “El pájaro tras la flecha", "Elogio del garabato" y "Fosa común".  Todos se publicaron en "Vuelta".  Le debo también el haberme animado a escribir en prosa, algo que, hasta "Elogio del garabato", había evitado.  Su reacción a ese libro y algunos comentarios posteriores me abrieron un camino que, de no ser por él, no hubiera continuado explorando.  A partir de Octavio, el mundo en el que me desenvolvía se amplió extraordinariamente: entablé amistad con algunos compañeros de generación de España e Hispanoamérica cuyas formas de entender la poesía eran muy similares a las mías, más similares que las de algunos de mis compatriotas, y aparecieron editores dispuestos a publicar mis textos, algo inconcebible tratándose, como se trataba, de un autor desconocido y de un cubano exiliado.  A veces me pregunto si yo hubiera seguido escribiendo con el fervor que lo he hecho si ese encuentro capital no hubiera tenido lugar, y suelo sospechar que no, suelo sospechar que la incertidumbre, el desaliento y la imposibilidad de publicar hubieran hecho estragos en mi vocación.

 

Octavio Paz, Mara González Rauchmann y

Orlando González Esteva