|
Está viva. Mi madre vive. Respira. Se come las uñas. Mastica pan
y se prepara cada noche, antes de acostarse, un vaso de agua con
azúcar. Está como echada en la cama, con un brazo debajo de la nuca
y las piernas cruzadas. Es casi una anciana y no tiene una sola vena
en las piernas. Presume de lo buena que le han salido y se mueve
ágil para alardear, brinca las calles casi corriendo. Las viejas
chismosas del vecindario se las envidian. La luz salta a su cara,
después que logra desprenderse de uno de los búcaros que sirven de
adorno en la ventana. Entonces la sombra le cubre parte de su nariz
grande, inolvidable. Parece que mira el televisor pero en verdad
piensa, se esfuerza en recordar, en entrar a uno de esos lugares que
dejó atrás. El gran resplandor dentro del cuarto la impulsa, la luz
siempre ha estado con ella, pero ahora para intentar internarse en
uno de esos hoyos donde estuvo tiene que inventar la claridad. Cree
con firmeza que su pasado fue más dulce y feliz. Sin embargo sus
hijos la rodean, que es de todo lo más importante, según sus propias
palabras. La cómoda está llena de figuritas de plástico y porcelana,
pomos de medicinas, un cofre repleto de botones viejos que cuida
como oro, los últimos poemas que ha escrito y que me recita de
memoria si se lo pido. Tiene sobres con cartas que le llegan de Cuba
y bajo el cristal hay fotos de toda la familia y estampillas de
cuanto santo existe. En el altar están los otros de yeso, más serios,
más respetables, los que por su tamaño deben conceder mucho más. Mi
madre les pone quilos en un vaso con agua y llena el cuarto de velas
y flores blancas el día de las Mercedes. El borde de la ventana está
repleto de plantas sembradas por ella misma, en pequeñas vasijas.
Una malanga cae del techo casi hasta la alfombra. Todos los días se
sube en la cama y le echa agua. Está viva. Tiene unas manos
tremendas para cuidar, para hacer vivir, para alejar de los hoyos
todo lo que se le acerque con vida. Pero así y todo se pasa el día
abriendo la puerta de alguno de ellos, lo alumbra y se larga a dar
una vuelta por su vida. Pocas veces recuerda la infancia. Pero sí va
mucho a la casa que dejó (por seguir a sus hijos), y se reúne con
sus hermanos. Por aquel entonces ninguno había entrado en un hoyo.
Se mece horas en el sillón blanco mirando por la ventana qué pasa en
la calle. Habla con su hermana en la sala llena de luz. Le da
tomates, papas, de lo último que ha llegado a la bodega, por
supuesto vigilando a mi padre que no la puede ver ni en pintura.
Está convencido de que mi tía es un vampiro. Pero mi madre se quita
lo que tiene por dárselo a la familia y al que no lo es también.
Otras veces alumbra la ciudad y se va a mirar las tiendas vacías de
La Habana Vieja. Cosa que hacía muy a menudo para entretenerse y
aliviar ese estado de ansiedad que jamás se le quita.
Es temprano y el sol se va levantando.
Resplandeció la cara de mi madre y ahora revive los colores de la
sobrecama. Es una luz húmeda, espesa. No me ha visto. La observo
desde la puerta del cuarto. Está ida. Los párpados caídos le han
achicado los ojos. Los labios hundidos se le estremecen cuando
respira. Pero aún posee una sonrisa juvenil, es decir, victoriosa.
Da un brinco en la cama cuando me ve. Busca las chancletas con los
pies y sale arrastrándolas mientras se apoya en la cama con una mano.
—Mi hijito, por
dónde entraste que no te sentí llegar –me dice y me abraza.
—Por la puerta.
—¿Ya desayunaste?
—No.
—Bueno acompáñame
a comprar pan.
No sé por qué esa costumbre de mi madre de
relacionarme con el hambre y tan pronto me ve, no sabe qué hacer
para embutirme de comida. Pero esta vez no fallaba y le pedí que
preparara desayuno. Habilitó la cafetera y la dejó lista en el fogón
para no perder tiempo cuando regresáramos. Apenas cabemos los dos en
la cocina. A pesar de que la ventana está abierta la luz es pobre,
hay un árbol inmenso en el patio vecino que le impide el paso. Hace
varias cosas, friega unos cubiertos, abre el refrigerador a ver si
hay leche, toma agua, se ajusta la blusa, va al cuarto y vuelve con
otros zapatos, se mete en el baño y se encharca el cuello y la
cabeza de Lavanda, su colonia preferida, habla.
—Ya me iba a
levantar, lo tenía todo listo para darme un baño. Si no me doy una
ducha por la mañana no me soporto... y otra a la noche para dormir
fresquecita. Tú no sabes las veces que me he levantado yo de
madrugada a darme un baño, porque no resisto el calor.
—¿Y pipo? –le
pregunté disfrutando el olor que se esparce por todo el cuarto.
—Ese es un
feliciano. Se levantó temprano y se largó para el dominó. No le
importa nada ni se preocupa por nada. Lo que no le puede faltar es
la mesa de dominó.
—Me duelen
los ojos –dije restregándomelos.
—No me
hables de dolores que a mí la artritis me tiene baldada, este brazo
no lo puedo mover. Voy a tener que ir a inyectarme. Eso de los ojos
no es nada, no te preocupes, es seguro cansancio de tanto leer y de
pasarte horas frente a la computadora. Acuérdate de que ese aparato
te come la vista. ¿Ya terminaste la novela que estás escribiendo?
—¿Cuál, La ribera?
—Sí, esa misma.
—Ni la he
empezado.
—Esa última que
escribiste, El charco, es un tiro. A mí me encantó.
—Menos mal,
porque me han dicho que la andan cogiendo por ahí para prender
barbecue, que el papel es muy bueno.
—No hagas caso,
lo que pasa que la gente no la entiende. Si tu madre te dice que
está buena, olvídate de todo lo demás.
—¿Y tú no has
escrito más poemas?
—Oh sí, claro que
sí. Todos los días me tiro en la cama y escribo cuatro o cinco.
Primero me pongo a pensar un rato hasta que me pongo triste, no me
gusta escribir a lo loco.
—Me gustó mucho
ése de los cubanos que me leíste el otro día.
—Ese me encanta a
mí también, es buenísimo –dice airosa.
—¿Cómo es que
empieza...?
Se quita el pelo de la cara, respira profundo y
hace como que rememoriza.
—Corren, corren,
corren, corren los cubanos... corren, corren sin parar...
No puedo aguantar la risa, cuando la veo
recitando. Se emociona, se impulsa como una escolar en el estrado de
una escuela, frente a todos los profesores y alumnos.
—¿De qué te ríes?,
es precioso –me dice con ganas de reírse también.
—Me da risa como
te impiras...
—No sé, pero
tengo el presentimiento de que mi hermana Nena se murió –me dice
solemne.
—¿Por qué? ¿A qué
viene eso ahora?
—Anoche soñé con
ella. Un sueño rarísimo, La Habana estaba a oscuras e íbamos
caminando por la calzada de Jesús del Monte. Ella me miraba y se
reía, no sé de qué. Pero lo que me impresionó fue la oscuridad que
había, no se veía un alma en la calle, al único que nos encontramos
por el camino fue al ciego que vendía billetes en el barrio, cuando
yo era niña, pregonando en voz alta. Cuando me le acerqué todos los
billetes que le colgaban del cuello tenían el número ocho. Lo vi
clarito y tú sabes que el ocho es muerto en la charada. ¿Verdad que
es un sueño raro?
—De todas maneras
un día se va a morir, da igual que lo sueñes o no.
—Tú como siempre
tan incrédulo.
Cogió las llaves y salimos del cuarto. Va
dejando a su paso el olor a colonia. No saluda a los vecinos como
hace siempre, va enlazada a mi brazo, prepotente, orgullosa de tener
un hijo tan alto. Se detiene al final del pasillo y abre la
portezuela del buzón marcado con el número tres. Yo me quedo mirando
hacia afuera a través de la puerta de cristal mientras ella lo
vuelve a trancar después de convencerse que no han llegado cartas.
Detrás de nosotros queda revoloteando el estruendo que hizo la
puerta al cerrarse. El día ha cambiado de repente. El sol ha
desaparecido, llueve, cae una llovizna helada, pero no llega a la
calle. Se queda, obligada por el viento, danzando sobre nuestras
cabezas. Los carros patinan por la calle Primera y se pierden
haciendo piruetas rumbo a la mole de edificios que es el centro de
la ciudad. Mi madre no se desprende de mi brazo, casi se enreda con
mis pies cuando trotando cruzamos la calle. Llegando a Flagler
comienza a caer una lluvia de almendras secas. Rebotan como granizos
y en un dos por tres encharcan todo el pavimento. Está contenta.
Sonríe cuando se agacha y empieza a llenarse los bolsillos.
—Después nos
sentamos en el quicio a partirlas con el martillo –me dice.
Yo escojo las más grandes y se las voy dando.
Las almendras entran formando remolinos por las alcantarillas. La
corriente casi nos arrastra cuando cruzamos la calle y la aguanto
por la cintura para que no se vaya a caer. Hay vidrieras rotas en
las tiendas cercanas, los parabrisas de los carros estallan y se
inundan de almendras. El ruido es afuera enloquecedor cuando
entramos en la panadería. Estamos empapados, pero el olor a pan
caliente, a guayaba hirviendo, a pandeglorias, nos abriga. Yo me
imagino un jarro de migajas enchumbadas de melao, un cartucho de
gofio con azúcar prieta. Me gusta el olor del lugar que mi madre
visita todos los días. Conoce cada rincón, se arrima al cristal y
mira los pudines, los merengues rizados y puntiagudos, los
tocinillos del cielo azules y marrones y yo sé que la boca se le
hace agua. Me parece ser yo mismo, parece mis gustos, mis deseos, el
sabor en mi lengua.
Mi madre le pidió a la dependienta que le diera
un pan bien tostado, la trataba como si fuera de la familia. Aparte
del pan compró palitroques y una caja de dulces con montecristos,
señoritas, cabezotes y pasteles de guayaba. Ella sale con el pan
bajo el brazo y yo la sigo. Lo que está cayendo ahora es un
verdadero torrencial de botones, se mezclan con el río de almendras
que aún corre por la calle Flagler. Caen de todos los tamaños y
colores.
—En estos días
vamos a ir a la esquina a tomarnos una sopa de cherna, tú vas a ver
qué rica la hacen –me dice.
Nos paramos en la acera a esperar que pasen los
carros que andan a la deriva sobre el caudaloso río de almendras y
botones. Algunos vienen sonando las bocinas para que nadie se atreva
a cruzar. Pero otros entretenidos miran la avalancha por la
ventanilla. Es hermoso el aguacero. Mi madre mira cómo se alborotan
las plantas, se manchan de diferentes colores y chupan sin cesar. Se
entonan de azul, rojo escarlata, violeta, amarillo, y el verde se
torna difuso. Los muchachos fabrican en los portales muñecos de
almendras y botones. Otros se lanzan de cabeza sobre los charcos
multicolores.
Las ramas encapotaron el cielo y los botones
ahora caían lentos, no se tiraban a lo loco, esperaban su turno para
caer unos tras otros, provocando un repiqueteo hermoso,
perfectamente musical. Era el mismo sonido repitiéndose
inconfundible, los siglos deslizándose, apoderándose del tiempo, de
la mañana, del día, del año y todo se convertía en el mismo instante.
Abarcaba el espacio para luego, recogiéndose, desaparecer en el
vacío, y más tarde volver impredecible. Todo repitiéndose para
enredarse en la vida, para confundir el deseo con lo indefectible. Y
mi madre y yo caminando dentro del ciclo. Me mira buscando en mi
rostro si me he dado cuenta.
—Me parece que no
va a escampar más –le digo.
—Sí, ha empezado
a llover para siempre. Tenemos que llegar a la casa.

Nicolás Abreu
nació en La Habana, (1954). Escritor. Reside en los Estados
Unidos desde 1980. Es autor de Al borde de la cerca (Madrid,
1987), testimonio de sus experiencias como asilado en la embajada de
Perú en La Habana; de las novelas El Lago (Miami, 1991),
Miami en brumas (Miami, 2000) y La mujer sin tetas
(Miami, 2005); además, coautor con sus hermanos de Habanera fue
(Barcelona, 1998). Tiene inéditas otras dos novelas: En blanco y
trocadero y La ribera.
|