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En plena frontera sur, entre el águila y quetzal, se
erige un prodigioso registro literario que, lejos del
regionalismo, y de su particular ámbito limítrofe,
demuestra la vigencia universal de su poesía y de su
narrativa; una propuesta estética que potencializa el
vigor del cántico y lo dimensiona, a través de sus
voces trascendentales y renovadoras en la esfera de
las letras mexicanas. Pese a sus contrastes
socioeconómicos y culturales, Chiapas ha logrado
erigirse como una zona notable por su discurso
literario, narrativamente vinculado con los grupos
étnicos, como ocurre con algunos libros de Eraclio
Zepeda (en especial Benzulul)
o de Roberto López Moreno (Las
mariposas de la tía Naty,
por ejemplo).
Algunos autores sostienen que la geografía, el clima,
la particular situación social generada por la lejanía
con el centro de la República y su ubicación limítrofe
con Guatemala y Centroamérica, así como el rico legado
cultural prehispánico, produce una sensibilidad
especial entre los chiapanecos, que los hace
incursionar en la esfera de la literatura, el
periodismo y la política. Por lo mismo, en 1983 surge
la antología denominada Nueva poesía de Chiapas;
lo meritorio de esta compilación es la presencia de
Joaquín Vásquez Aguilar y de Efraín Bartolomé,
principalmente, sin olvidar a Raúl Garduño y Elva
Macías, así como de las poetisas Marisa y Socorro
Trejo. Tres años más tarde, Alfredo Pavón rescata la
obra de los Jóvenes poetas de Chiapas.
A juicio del propio Pavón, la obra contiene elementos
característicos que identifican a estos ocho autores
incipientes: 1) Incorporación de figuras familiares,
2) La figura de la mujer y el amor erótico, 3)
Identificación del Yo; y 4) La naturaleza y la ciudad
como marco del sujeto poético. Los autores convocados
por Pavón -Adolfo Ruiseñor (1962), Alejandro Riestra
(1954), Jorge Mandujano (1959), Uberto Santos (1960),
Carlos H. Selvas (1953), Luciano Villarreal (1954),
Uvel Vázquez (1963) e Israel González (1961)- acusan
descuidos formales y semánticos, constantes "debilidades
técnicas, impotencia para sostener la totalidad de sus
textos. Y la no-distinción entre los mecanismos
poéticos y prosísticos"; el propio Pavón califica la
obra de estos escritores como "textos primitivos". Dos
libros más se agregan a estos intentos de abordar la
dimensión poética de Chiapas. En 1983, Raúl Contla G.
elabora El paisaje poético de Chiapas,
sin más propósitos que ilustrar, con la obra de 33
autores, las fotografías que caracterizan al trabajo,
mientras que María José Rodilla realiza una muestra
limitada, y por lo tanto parcial, sobre la literatura
de la frontera sur. Cinco entidades surianas, entre
ellas Chiapas, son "estudiadas" bajo la simplista
óptica amistosa. Tiempo vegetal
se refiere exclusivamente al siglo XX y su
criterio selectivo se basa en "ofrecer unos cuantos
ejemplos de calidad", aunque la muestra es desmesurada
si se advierte el parámetro indicado.
Chiapas. Voces particulares,
de Malva Flores, busca conciliar a la palabra-como "materia
dispuesta y moldeable"- con la "coherencia de la
estructura". Es decir, los autores que concurren en
esta investigación tienen "más conciencia conceptual
de la escritura" como un corpus absoluto "que se funda
en la conjunción adecuada entre lo enunciado y la
enunciación en sí, entre la fuerza de lo dicho y la
tensión de la escritura". Por su parte, Leticia Coello
ha elaborado una mínima selección de poetas cuyos
textos son, lamentablemente, ancilares de las
fotografías que ilustran el volumen. Rostros
del chulel (Rostros del alma)
es un trabajo infame. La presentación tiene
algunas incordancias y, además, señala que Chiapas, "por
su exuberancia, no desampara a nadie, incluso a esa
gente noble que se conforma con tan poco, los poetas
chiapanecos, precursores de la paz y del sentir del
pueblo”. Ninguna ficha curricular precisa la
trayectoria profesional de los 21 autores
seleccionados.
Chiapas. Nueva
fiesta de pájaros, de Óscar Wong, 17
resume un siglo de la poesía chiapaneca; sus
consideraciones son del orden estético, aunque
pretende rescatar a diversos autores de la antología
de Paniagua. Se suma Árbol de muchos pájaros.
Antología de poetas chiapanecos del siglo XX, un muestrario elemental, una compilación de textos
mínimos que escuetamente agrega nombres, pero no
amplía el horizonte de calidad ni determina algún
criterio selectivo.
Con fray Matías de Córdova comienza, prácticamente, la
tradición literaria de Chiapas; es el introductor de
la imprenta y fundador del primer periódico,
El Pararrayos, de notable
trascendencia porque a través de sus páginas defiende
la independencia de Chiapas y, más tarde, su
incorporación a México. Pero es indudable que Rodulfo
Figueroa inicia la poesía contemporánea en la entidad
durante el siglo XIX; inmerso en el modernismo, sin
dejar de ser él mismo un romántico, el "padre de la
poesía chiapaneca contemporánea" a finales del siglo
XX aún aguardaba un apropiado estudio sobre su obra.
El ulterior desarrollo de la lírica de esta región fue
importante: versificadores, vanguardistas e
introductores de diversos recursos estilísticos, como
Duvalier y Santiago Serrano, hasta la irrupción de la
actual presencia de los autores que han dado origen a
lo que ahora se conoce como los poetas de Chiapas, una
corriente dinámica, vital, representativa, que se
inscribe en el panorama de la literatura mexicana y,
seguramente, universal.
La poesía de Chiapas representa una espiral integrada,
donde poetas y versificadores aportan sus elementos
estilísticos para conformar un mosaico diversificado.
También simboliza un círculo abierto que parte del
siglo XVII, con fray Matías de Córdova, prosigue con
Rodulfo Figueroa, se extiende sobre los precursores de
la vanguardia, se amotina con los "espigos"
chiapanecos y se abre a la precisión metafórica con
Efraín Bartolomé. Conviene precisar que la poesía
representa un medio de comunicación y de expresión.
En su primera vertiente, el poeta exterioriza
sentimientos y pensamientos, pero además -en su
segundo aspecto-, expresa, líricamente, una serie de
valores connaturales al verso: el ritmo, la cadencia,
símiles y metáforas integran la tabla axiológica del
poema.
La poesía es imagen. Por lo mismo, Rosario Castellanos
se yergue, todavía, como una inteligencia insuperable,
incluso en el ámbito se las letras mexicanas. Abordó
todos los géneros literarios y no desestimó la cátedra
ni el periodismo para dar cauce a su preocupación
fundamental: oficiar en el altar del conocimiento.
Como poeta, desde Apuntes para una declaración de fe
(1948) hasta la compilación de su obra
Poesía no eres tú (1972) supo enfrentar
su vocación con entereza, superando la confesión
personal, las particularidades intimistas. Por
supuesto que tuvo conciencia de su mestizaje, de la
raigambre cultural de una raza vencida, con la
consiguiente madurez y profundidad de sus poemas. El
desamparo, la pérdida del amor, también potencializan
a sus poemas, dándole una gravedad característica.
Jaime Sabines utiliza una expresión enérgica, aunque
cotidiana. El sentido es propio, sin que por ello
soslaye el lenguaje figurado. Todo en Sabines es
sensitivo: hasta a Dios es posible tocarlo, o negarlo,
según se presente la ocasión. Algo sobre la muerte del
mayor Sabines es un cántico universal que invoca el
amor filial. Vital, crudelísimo, el poema exalta la
caída del "héroe moral", el padre muerto. El cántico
capital de Sabines tiene una secuencia casi
cronológica: describe los acontecimientos objeto de su
salmodia: la enfermedad del padre, el tratamiento en
el hospital, su fallecimiento; recuerdo de los
padecimientos como motivo para manifestar el
transcurso de la existencia, los funerales, con su
descripción fonética vía los responsos agrupados del
VI al VIII cantos, hasta desembocar en la reflexión y
conceptos sobre la muerte; también representa una
dolorosa meditación sobre el sentido del mundo y de la
vida frente a la presencia de la degradación física.
En cambio, Enoch Cancino Casahonda construye su poesía
con sencillez y soltura, elaborando paisajes íntimos y
ventanas campiranas. En "Noquis" Cancino hay sabiduría,
conocimiento del mundo, del conflicto interior del ser
humano, además de su expresión cotidiana donde vibra
la provincia. Por ello describe con soltura ese mágico
instante en que los seres humanos nos recobramos.
Cada poema expresa sabiduría, el conocimiento que
deviene en experiencia, gracias a la madurez con que
observa al mundo y lo construye líricamente. Es el
primer Académico de la Lengua y autor del celebérrimo
Canto a Chiapas.
Juan Bañuelos participó, en su momento, en el grupo de
poetas conocidos como La espiga amotinada, quienes
postularon una propuesta lírica surgida de una fuente
común: la exaltación, la ira y la subversión de los
cánones literarios. Diferentes entre sí, los "espigos"
surgen como un grupo político-literario en una etapa
crítica para el país, sobre todo si se recuerda la
huelga ferrocarrilera en 1958, con Demetrio Vallejo a
la cabeza, y que hizo coincidir, políticamente, a José
Revueltas con estos escritores; vale resaltar, además,
el movimiento magisterial, el asesinato de Rubén
Jaramillo, como otro parámetro histórico para
comprender la importancia de esta corriente literaria.
La poesía, para Bañuelos, responde a las necesidades
de la colectividad como principio irreductible. Acaso
por lo mismo el título de su primer libro sea un
indicador: Puertas del mundo (1960).
El mejor Bañuelos es el que canta el sentimiento mismo
del hombre, el que observa a la humanidad desde su
perspectiva amorosa. Quiero insistir en el aspecto
amoroso del autor de Espejo humeante,
soslayado por la crítica. Bañuelos es, por supuesto,
un ser sensible que busca reflejar la realidad a
partir de las herramientas que tiene a la mano: su
conciencia de hombre y su voz de rapsoda. También es
un cronista, cuya bitácora lírica va describiendo
ritmos y sensaciones, circunstancias y acontecimientos.
Las voces de la historia van de la mano de los mitos
indígenas. Evocación, deslumbramiento, entonación
sacra, incluso en la conciencia colectiva que es su
poesía.
En su momento, la iracundia verbal de Óscar Oliva da
paso a la ternura, a las circunstancias sociopolíticas
e históricas. Erótico y sensual, este autor vuelve una
y otra vez a la posesión del lenguaje, donde la
función expresiva y comunicadora cobra nuevo sentido
al incorporar al discurso lírico el empleo de flechas,
círculos y otros símbolos pictóricos y tipográficos,
como ocurre en Estado de sitio (1972).
Su intencionalidad expresiva lo lleva a desembocar en
el ritmo de la prosa, sacrificando muchas veces la
imagen. Es decir, la poesía de Oscar Oliva deviene de
la zozobra cotidiana y marcha abruptamente en un
discurso pleno de libertad metafórica, de ahí el uso
del verso largo, como versículo, para determinar su
densa respiración. Las enumeraciones son golpes,
peñascos que caen y percuten con violencia. En
Trabajo ilegal (1985),
independientemente de sus contenidos políticos,
intenta la reflexión sobre la función poética. De esta
manera forja una voz que se vuelca sobre sí misma.
Evolución e involución lírica, a la que sigue el
expirar y renacer de la palabra.
La voz de Elva Macías marcha decantada, rigurosa en la
selección de los vocablos; temas y descripciones
fluyen a través de estructuras formales definidas por
los especialistas como couplings o apareamientos ;
expresiones que asumen estructuras peculiares: Elva
Macías recurre a la fluidez expresiva. El tono, la
respiración y las imágenes cabalgan sobre el
sentimiento íntimo (y objetivo, empero). El lenguaje
de la autora se derrama, se "escancia" sobre la copa
del poema, del sentimiento mismo.
Inmenso en la sonoridad de la Palabra, imbuido de esa
fuerza volcánica, telúrica, Raúl Garduño se irguió con
toda su potencialidad lírica desde sus primeros poemas,
publicados en el volumen colectivo Poesía joven
de México (1967). Paisajes marítimos, de
belleza cosmogónica, inundan sordamente los hallazgos
líricos, los constantes deslumbramientos que
configuran su sentimiento particular. Fallecido en
plena juventud, Garduño supo que la naturaleza,
esencial en su corpus lírico, era un motor genérico y
totalizador. Para este creador la poesía representaba
una serie de presagios, símbolos y señalamientos que,
de manera precisa, ocultaban esa otra realidad, acaso
la más exacta y perfecta: la de las esencias. En su
obra encontramos diversas características que
confirman este aserto: el tono recitativo, propio del
canto y la declamación, expresado mediante estructuras
anafóricas y epítome y reiteraciones. Joaquín Vásquez
Aguilar, otro juglar desaparecido, es un lírida que va
desparramando su voz en golpes de humanidad, donde el
calor, el mar, los días oscuros, los cambios de
estación, se dan la mano con la esencia poética; por
lo mismo, su primer poemario, Cuerpo adentro
(1977) representa la crónica de su alma vista a través
de la naturaleza, la cual le dio su cualidad y calidad
estética, sus núcleos axiológicos. Imágenes sugestivas,
golpeando el ritmo, la melodía irrumpen en esta
propuesta evocadora de Vallejo. Atmósferas e
intenciones creadas en virtud de la sintaxis
violentada, son las características de Vásquez
Aguilar.
Originario de Ocosingo, Efraín Bartolomé rescata la
visión del Idilio salvaje y como Manuel J. Othón canta
e invoca a la naturaleza; la convoca para manifestar
que su discurso deviene de los astros; basta y sobra
citar el primer canto de Música lunar
(1992) o los poemas de Ojo de jaguar
(1990) para signar lo anterior. Lo plástico y sensual
de Bartolomé repercute en su imago mundi: la
naturaleza. También hay acentos neocreacionistas; su
expresividad lírica representa una cópula singular,
donde el amor se fundamenta en la realidad. En
Bartolomé se advierte un profundo lirismo, donde la
poesía es unión, comunión, signo sagrado. Lo sacro de
la existencia, como tema único poético, se devela en
su obra. Por lo mismo también hay expresiones
testimoniales, afirmaciones y contundencias para
enmarcarse en el flujo continuo de la humanidad. El
ritual del bardo se consuma: el paisaje es una sutil
palpitación, la evocación de un rito, una mágica
liturgia. Después de Bartolomé hay otros autores
invaluables, como Juan Carlos Bautista (Tonalá,
Chiapas, 1964), Roberto Rico (Cintalapa de Figueroa,
1960) o Eduardo Hidalgo (Huixtla, 1963), quienes a mi
juicio integran una tríada de interesante relevancia,
no sólo por su tono y expresividad rítmica y
metafórica, sino por sus pretensiones estéticas de
hurgar en temáticas más presentes. A ellos se
agregarían Mario Nandayapa (Chiapa de Corzo, 1965) y
Víctor García (Acapetahua, 1970), sin olvidar a Manuel
Cañas (Chilón, 1956), Yolanda Gómez Fuentes (Tapachula,
1965), el ya desaparecido Francisco R. Gordillo (Comitán
de Domínguez, 1970-2002) o más recientemente Víctor
Avendaño (San Cristóbal de las Casas, 1970). Con dos
poemarios inusitados – Lenguas en erección
y Cantar del Marrakech - Juan Carlos
Bautista revela una voz vigorosa, impactante, donde
los sentidos se enervan en un tiempo apretado, en un
espacio profanamente sacro; la eternidad de la piedra,
la dimensión estéril del amor entre efebos, se erigen
como un bárbaro sobre un campo de trigo. Su poesía
puede registrarse como una crónica única, insólita,
del placer, de la morena brutalidad, donde ángeles
pérfidamente suntuosos, adoloridos, descienden al
insurrecto jardín del placentero Edén. Si alguien
puede denominarse Poeta, después del Bartolomé, es
indiscutiblemente Juan Carlos Bautista, quien aborda
una temática homosexual. Metros y ritmos en puntual
equilibrio; significados con un sentido, una intención
estética más que existencial, caracterizan a la poesía
de Roberto Rico, de manera que su obra alcanza una
excepcional dimensión lingüística. Un caso inusual en
Chiapas, donde el cántico se desborda y el tono
recitativo se congrega alrededor del paisaje; el autor
se atreve a husmear en versos endecasílabos y
heptasílabos, en metros alargados, buscando un efecto
rítmico propio, particular, donde los adjetivos
reveladores, que más que limitar, amplían el horizonte
semántico del sustantivo. Por su parte Eduardo
Hidalgo, con un único libro, Eco negro;
demuestra que tiene recursos estilísticos suficientes
como para enhebrar una obra luminosa; su voz oscila
entre la experimentación versicular, hurgando en los
espacios vacíos, en los silencios y en la cotidianidad
minuciosa de la experiencia vital. Pero en este
poemario inicial, el tono elegíaco predomina. La
última de forros es reveladora: “Eco negro
es un canto por lo perdido, lo revelado y hallado en
la muerte. Una estética palpitatoria de lo recobrado
entre los escombros de lo citadino y el encuentro
filial e intemporal del nosotros”.
María del Rosario Bonifaz, heredera indiscutible del
vigor que caracteriza a la poesía chiapaneca; cadencia
rítmica gracias a las anáforas reiteradas,
particularizan su obra todavía incipiente, pese a sus
tres libros publicados, y que aguarda entronizarse a
plenitud en el ámbito de la lírica nacional. Por
supuesto que entre los recientes autores, Mario
Nandayapa, junto con Víctor García, es quien más se
enlaza en esta tradición. Su reciedumbre discursiva
está llamada a exteriorizarse en un cántico ancestral,
revelador, producto de su raigambre idiomática, mítica.
Por supuesto que además hay otros autores que apenas
van forjando su obra. Gladys Fuentes Milla, radicada
en Tabasco, Elda Guzmán, quien continúa persiguiendo
el Alba desnuda,
Enrique Hidalgo Mellanes, María Auxilio Coutiño y
Marvey Altúzar. Se suman a estas expresiones, autores
más connotados, como Adolfo Ruiseñor, Roberto Chanona,
Marlene Villatoro o Nora Piambo. Movimiento armónico,
intensidad metafórica y descripción del paisaje. Tal
los rasgos pertinentes de la poesía de Chiapas, que se
expresa en versos de diferente factura. Desde la
postura becqueriana, tardíamente romántica de Rodulfo
Figueroa en el siglo XIX, pasando por el verso
decantado de la Castellanos hasta la áspera
trepidación entrecortada y la contracción sintáctica,
vallejeana, de Vásquez Aguilar, sin olvidar la
precisión metafórica y la disposición plástica de
Bartolomé, que se desplaza por la invocación
susurrante de Roberto Chanona para nombrar las cosas y
conjurarlas y toca la develación de los mitos como
expresión real, forjadora de del reino del fuego y del
silencio para resguardar los enigmas, los estigmas del
olvido como sucede en Yolanda Gómez Fuentes.
Distante de los regionalismos, la tradición poética de
la zona demuestra la validez universal de estas voces
caracterizadas por el sello significativo y renovador.
Una presencia que potencializa la reciedumbre del
cántico y lo redimensiona, como una particularidad
indefectible, en el ámbito de la literatura universal.
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Óscar Wong
nació
en Tonalá, Chiapas, México (1948). Poeta, narrador,
ensayista y profesor de literatura. Es miembro activo de la
comunidad intelectual de Chiapas. Promotor y editor de antologías
de excelente calidad, tales como Chiapas. Nueva fiesta de pájaros
(Editorial Praxis, 1998), en donde se rescata la tradición de
un siglo de su entidad natal a través de las voces de 17
poetas nacidos en ese estado sureño y Chiapas. Dimensión
social de la narrativa (Editorial Edaméx, 1999), proyecto
que incluye a narradores chiapanecos. Sus poemas, ensayos,
narrativas y artículos aparecen en diferentes publicaciones
de Chiapas y de México.
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