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“A
veces la felicidad
suele ser una presencia.”
José Abreu Felippe
Cuando
caminas deprisa recuerdas esas marchas, esas botas tan distantes a
tus gustos. Esperabas con impaciencia un fin de semana para
estrenar tus tacones, una rubia alta resultaba exótica en esta parte
del mundo, dedicabas entonces tiempo a tu pelo.
Te gustaba ese apodo de Romina, una cantante italiana con cabellos
hasta la cintura; al llegar a este momento en tu memoria miraste tu
trasero en esa puerta con espejos, en realidad nunca fue tan
protuberante para el gusto del trópico, pero tu rostro te salvaba,
esos ojos que Carlos mencionaba como color del tiempo; ¿qué será de
Carlos? te preguntas. En ese lugar de donde vienes no hay un
destino predecible, la vida transcurre con demasiados cambios, la
tuya es la mejor muestra, hoy por poco dices tspasiva en vez
de thank you. Hay palabras ambiguas que se pierden, que
acompañan a otras que tienen la utilidad vital de la comprensión.
Este estúpido gordo ha golpeado con el fork lift los estantes
de la línea A. Ya no puedes precisar si son intencionales esas
faltas, una reacción de gritos seguiría de exteriorizar lo que
sientes, pero es otra la forma de corregir esos errores, de aminorar
esa aversión que provocas en todos los que no perdonan estar bajo
tus órdenes siendo tú una mujer.
Recuerdas de nuevo a Carlos, fue con él la única vez que lamentaste
esos prontos, él los llamaba exabruptos emocionales con sus
pretensiones de intelectual muy por encima de las cosas. A veces te
gustaría verlo, no es la intención de acostarte con él la que te
lleva a ese deseo, sino sólo el recuerdo, la alucinada ansiedad de
reconstruir el tiempo, de ver que no eres la misma que ha cambiado,
sino que todos formamos parte de un diseño inadecuado, o tal vez de
un vestuario para otro clima y no éste... le llamas la atención a
ese gordo que te molesta tanto. Esa adicción a la disciplina no la
aprendiste con Carlos. Él era todo lo contrario, ese culto por la
anarquía fue una de las causas por las que comenzó a decepcionarte,
ese afán por romper las reglas que para ti resultaban severas, pero
sin embargo, su voz no tenía ese volumen inapropiado de las palabras
tan común en el país donde naciste.
Tal vez sea por él que tu voz ahora es más pausada, más de acuerdo a
tus gustos. Sólo cuando no puedes controlar tu ira vuelves a eso
que él llamaba la raíz. A veces las palabras de Carlos te
resultaban demasiado huecas, pero el tiempo les puso mayor sentido
que a tus dogmas, esos que te hicieron alejarte de él, como no
soportar que dejara los estudios, y el rechazo que le hacía a su
uniforme militar con el que tanto te gustaba verlo, como tampoco
soportaste sus burlas a ese cuadro de Fidel que ocupaba un amplio
espacio de tu sala el día en que visitó tu casa. Te pidió un papel
y dijo que escribiría un poema, pero sólo fueron ironías donde
repetía una y otra vez aquello de cabeza hueca y barba de mal
gusto. Hubieses preferido que en realidad hubiese escrito uno de
esos versos. Uno de esos poemas de Neruda que te costaba trabajo
memorizar aún cuando te gustaban.
...Ese gordo hijo de puta no le bastó con romper los anaqueles de la
Línea A, sino que ahora se reúne con ese vago de Tomasito, con esas
conversaciones en tiempo de trabajo que tanto te molestan. Sabes
que eres uno de sus temas preferidos, pero sabes además que no
podrán vencerte, que conocen muy poco de tu voluntad y esta es tal
vez la causa de sus atrevimientos. Después de llamarles la atención
y romper esa reunión clandestina en un lugar oculto del almacén,
vuelves a ese sitio donde la computadora espera por lo que has
ideado en un momento. Mientras te repites que no podrán contigo,
tecleas sin apenas pensar en las palabras. Un memorándum servirá a
todos de advertencia. Llega a tu mente sin saber el motivo, como
suele ocurrir con los recuerdos, esas mismas manos desarmando una
AK-47 sobre una mesa y con los ojos vendados, colocando municiones
en esa arma soviética que debías conocer de memoria, con esa
voluntad que siempre te acompaña para tus fines. Pretendiendo
brillar en todo propósito.
Carlos solía reírse de ese afán, decía que nada tenía que ver con
tus gustos por las modas occidentales, y con esa afición por
clasificarlo todo, te llamaba entonces “burguesita de izquierda,”
eso era la gente como tú, decía él, hija de padres con viajes a
Rusia y otras prebendas que te hacían diferente. Realmente no llegó
a molestarte tanto ese apodo hasta el día en que descubriste que te
engañaba con Patricia, y a ella la llamaba “burguesita de derecha,”
hija de unos gusanos que habían dejado a Cuba cuando aquello de las
embajadas en el 80, quedando con su abuela en esa mansión de Miramar
donde cada semana se daba una fiesta con ese rock que Carlos
adoraba.
Por aquel tiempo
comenzó todo a cambiar dentro de ti, fue entonces cuando decidiste
hacer una de esas locuras por la que hoy sonríes.
Tu
escuela de “Camilitos” desfilaría ese día en la tarde, y sabías que
Carlos no asistía a marchas. Caminaste hasta su casa sabiendo la
ausencia de sus padres, cuando escuchaste El Bolero de Ravel a
través de las grandes ventanas entreabiertas, entonces él abre la
puerta y estás tú, pero pareces otra, una música llena los rincones
cuando atraviesas la tarde, el bolero de Ravel llega a esa piel que
tornas en danza, en sinuoso gesto donde te descubres como una mujer
desconocida, inquietante movimiento que roba el espacio, que
dulcifica la atmósfera con el deseo de la fuga, tu pierna asciende
en ese gesto que acompaña a tus hombros, una ranura deja entrever un
muslo que provoca junto al nacimiento o al escape de esa sensualidad
que parecía dormida, entonces, tal vez por primera vez, descubre él
que además de quererte, también eres hermosa.
Lleva tus manos hasta su pecho, ese que siempre decías deseabas con
más vellos, palpas esa erección que has provocado, y comprimes ese
miembro entre tus manos, como quien busca despertar el deseo aún más,
entonces retiras el rostro cuando él intenta atraerte, y te escapas
a toda prisa sin decir apenas palabras.
Alguien entra en tu oficina interrumpiendo tu labor junto al teclado.
Sales de esa página que prefieres nadie descubra hasta que no hayas
concluido, el visitante inesperado resulta útil para tus planes,
hablas entonces de pequeños problemas en el almacén, estantes
golpeados y pérdidas de tiempo... hablas acentuando las culpas hacia
ese gordo que sabes enemigo y al que mencionas en el momento
apropiado.
Descubres en los ojos del visitante una mirada que no habías visto
antes, una forma despiadada en las palabras cuando se trata de los
otros y no de ti, una sensación de comenzar a necesitar de esa
presencia. Una forma de mirar en la despedida te da la certeza de
que no has sido la única que no se vistió de indiferencia en ese
encuentro. Otra vez voltea la cabeza cuando camina de regreso a su
lugar, mientras escondes los ojos como temiendo ser descubierta ante
esa extraña sensación. Él concluyó diciéndote que hicieras ese
memorándum, sin saber que ya lo tenías listo.
Ahora esperas el tiempo para la decisión final. Fuiste también
entrenada para la paciencia. La utopía es un camino que se agota en
las palabras, y es sólo útil para entrenar esa capacidad ilimitada
de la espera. Te acercas a esa ventana con cristales que dejan ver
la presencia de un pedazo de lago que vuelve a trasladarte a los
recuerdos. Miras ese muro golpeado por el mar y el tiempo. Los
arrecifes deben de haber cambiado desde aquella vez cuando recogías
caracoles que luego lanzabas hacia Carlos como un juego de desafío.
Vas a marcar el tiempo en la memoria, como si fuera una especie de
fotografía tangible. Colocas tu cuerpo bordeando los arrecifes,
incitándote a formar parte de ese mar, y después acercándote,
tocando mientras ríes su sexo con tus manos, enorgulleciéndote
siempre de esa dureza provocada por ti.
Lanzas tu trusa lejos, mientras dejas al descubierto tus enormes
pezones puntiagudos, respiras profundo, a la vez que vuelves a
disminuir tu lejanía. Tu pelo ha perdido los rizos, y cae sobre tus
pechos que se mecen apetecibles, según él, ante el indetenible
movimiento de olas continuas.
Esa llamada interrumpe tu memoria, ahora debes de subir a las
oficinas, y sientes renacer esa inquietud que te han provocado esos
ojos. Subes esa escalera lentamente como aquel día de la despedida,
ese mármol por el que asciendes no está diseñado como esa
escalerilla del avión que te separaba de Carlos, pero aún así,
sueles evocarlo. Mientras subes, sintetizas ese recuerdo cuando
marchaste a esos dos años de servicio social que nunca culminaste.
Nicaragua era un país desconocido, distinto, muy ajeno a tus
costumbres para permanecer por mucho tiempo, porque ya entonces en
él comprendiste que no habría regreso. Entonces comenzó esa saga a
través de la frontera que te trajo a este sitio donde estás hoy.
Atraviesas ese pasillo entre cuadros que te resultan enajenantes,
una ventana de cristal deja que se precipite la luz sobre tu rostro,
estás a varios pasos de su oficina, y esa inquietud en el estómago
comienza a despertar. Ahora escuchas una voz conocida, pero piensas
que es imposible que sea él. Apresuras los pasos con esa curiosidad
femenina que supera al miedo, ya está ante tus ojos esa sonrisa que
te ha perturbado en la mañana, y mirándote, mientras deja caer su
cuerpo sobre ese respaldar, con un gesto de reposo, señala al
cercano visitante diciendo que será en varios días el relevo de ese
gordo que te molesta tanto, y que casualmente dice conocerte.
Tornas en mueca una nerviosa sonrisa, a la vez que escuchas esa
irónica oración junto a las breves palabras indescifrables para
otros, pero no para ti: ¿Cómo te ha ido burguesita de izquierda?
Sientes entonces que se ha unido esa grieta abierta en el tiempo
y valoras las razones que te han traído a este día.
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Rodolfo Martínez Sotomayor
nació en La Habana,
Cuba (1966). Llegó a
los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de Economía en Cuba y de
Periodismo en el Koubek Center de la Universidad de Miami. Atendió
la sección de literatura de la revista Carteles. Ha publicado un
libro de relatos “Contrastes” (La torre de Papel,
1996). Sus
artículos, cuentos y críticas literarias han aparecido en revistas y
periódicos de los Estados Unidos y España. Un cuento suyo fue
seleccionado e incluido en la antología Nuevos Narradores Cubanos
(Editorial Siruela, España, 2001) Traducido al francés y al alemán.
Otro cuento suyo fue incluido en la antología “Cuentos desde Miami”
(Poliedro, Barcelona, 2004).
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