Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 31/32

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

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Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA VIDA EN UN MINUTO

por

Darío Oses Moya

 

     Aquí me tienen, caído, estacionado, inmóvil en medio del movimiento de la autopista de alta velocidad. Es como estar tendido en una roca en el centro de un río torrentoso. Los autos corren, pujan por adelantarse unos a otros, intercambian bocinazos que parecen insultos, y arman un torbellino que hace volar mis cupones como si fueran panfletos publicitarios arrojados en la calle. 

     Los autos son inocentes, la culpa fue mía. Hay una magnífica pasarela para cruzar la avenida, pero yo quería llegar a tiempo al mall a participar en el espectacular concurso “Entre a pie y salga manejando”. Dirán que fui ansioso e imprudente, pero es que ya no podía soportar la maldición de seguir siendo peatón en una ciudad de automovilistas. “El que no está dispuesto a mojarse el poto, no cruza el río”, me dije. Tal vez fue la pesada bolsa llena con los cupones la que me estorbó en el momento decisivo. Yo creí que esto le pasaba sólo a los perros que quedan reventados junto a la cuneta. Y aquí me tienen, herido como un perro. Me sale un hilo de sangre por la boca. Debo tener algo roto adentro. 

     Tengo la maldita costumbre de dejar todos los trámites para el último momento. Es cierto que cuando uno hace las cosas con calma se evita incomodidades como la de una larga fila frente a la ventanilla de algún banco, o como ésta de quedar agonizando en medio de la calle. 

     Escucho el ulular de una sirena. Es posible que vengan a buscarme, pienso. Veo venir la ambulancia. Parece un vehículo interplanetario, con sus luces centelleando. Pero me esquiva y sigue. La culpa es mía otra vez. Esto me pasa por poco previsor: nunca me aboné a ninguno de esos servicios de rescate.

     No puedo ver la hora, pero ya debe estar empezando el sorteo. He visto como lo hacen por la tele: ante la presencia de un notario le quitan los sellos al buzón, luego unas modelos con falditas cortas y ajustadas remueven los cupones y sacan el premiado. El locutor lo anuncia y si el ganador está entre el público, le entregan al momento las llaves de un auto cero kilómetros. Muchos lloran al recibirlas.

     Desde niño me repitieron eso de que más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto, y que el que apurado vive apurado muere, y eso me hizo ser prudente, casi siempre, digamos siempre menos esta vez. Qué se le va a hacer: me atropellaron y ya no sirve de nada lamentarse dentro del cuerpo derramado.

     Pasé corriendo sin mirar para ningún lado. Vi el jeep Cherokee, modelo 2000, tracción en las cuatro ruedas, cuando ya lo tenía encima. Es el vehículo que siempre quise. Sentí el golpe seco y salí volando por encima del parabrisas y del techo, para caer en el capó de la camioneta Ranger, azul, doble cabina, que venía atrás. Bonita camioneta, modelo clásico, con la máscara redonda, saliente. Reboté en ella para después aterrizar entre los bocinazos y las ruedas de los autos que se desviaban para no aplastarme.

     Seguro que el golpe me rompió la columna porque tengo las piernas y la espalda paralizadas. Puedo mover los brazos pero más vale que los mantenga pegados al cuerpo. Siento el viento y el roce de los autos que pasan. Desde el suelo no alcanzo a distinguir las marcas, pero percibo el poder de los motores y la suavidad con que se desplazan.

     En la carretera las cosas suceden rápido. Es como si uno entrara en otro tiempo, mucho más acelerado que el normal. Todo cambia de un minuto a otro. Yo estaba en pie y ahora estoy caído. Gozaba de buena salud, y aquí me tienen, agonizando. Veo a un par de tipos atléticos, vestidos con buzos, que corren y alcanzan la otra orilla. No puedo comprarme con ellos. Soy gordo y lento, soy un miserable peatón. Por eso me arrollaron. Insisto en que la culpa fue mía. Pero me queda un consuelo: estuve a punto de pasar. Habría llegado al mall con los cupones que venía juntando durante meses. Escarbaba en la basura para rescatarlos de los envases de cartón a los que vienen adheridos. Eran tantos que hubiera ganado el concurso, y ahora iría corriendo por la avenida, tocando la bocina para ahuyentar a los peatones imprudentes que cruzan en cualquier parte en vez de usar la pasarela metálica, amenizada con carteles publicitarios y jardineras llenas de flores.

     Estoy tendido sobre uno de mis costados. Desde aquí alcanzo a ver la pasarela por la que transitan reposadamente las familias. Suben por un extremo, caminan sin que nadie los apure para descender en el mall. Otros vienen en dirección contraria: salen del mall cargados de paquetes. Una mujer con dos niños se detienen en la baranda a mirarme. Ella les habla a sus hijos. Seguramente me usa como un ejemplo de lo que ocurre cuando se atraviesa la calle por donde no se debe: “¿ven? Tanto que les he dicho que hay que tener cuidado. Miren como está ahí ese pobre señor, desangrándose.”

     Es posible que en algún momento alguien venga a rescatarme. Debe quedar por ahí algún servicio público o una fundación sin fines de lucro para salvar a los peatones que naufragan en las avenidas. Aunque hoy es sábado y no se si funcionen las fines de semana. A lo mejor esa misma mujer que me mostró para aleccionar a sus hijos fue a llamar por teléfono y sólo encontró una grabación: “por favor deje un mensaje”. Y tendré que esperar hasta el lunes para que me saquen de este aprieto.

     Pero no, es imposible esperar tanto. Ya lo dije: en la carretera las cosas ocurren rápido. El roce brutal de un neumático me quema el cuerpo. Tengo la pierna insensible, pero siento las costillas, el brazo y la cara ardiendo. Ruedo ligeramente y eso basta para que otro auto me arranque un brazo. Quedo de espaldas contra el pavimento y veo los globos publicitarios, las banderas y los pendones en la parte más alta del edificio del mall, y un avión que pasa arrastrando un lienzo que anuncia liquidaciones de temporada, y el cielo cortado por las sombras de los autos que siguen pasando en una sucesión infinita, tarde o temprano alguno me arrancará la cabeza que empujarán las van, los jeeps, las camionetas. Imagino los vehículos pateando mi cabeza que rodará por al autopista dando alaridos en vez de bocinazos y adelantando a los otros vehículos y corriendo tan rápido como el auto que no alcancé a ganar.  

 

 

Darío Oses Moya nació en Santiago de Chile (1949). Se diplomó de periodista en la Universidad de Chile, y desempeñó un efímero trabajo de reportero. Luego derivó al trabajo de comunicaciones, publicaciones y difusión cultural en la Universidad de Chile, donde ha realizado labores de editor de revistas y libros, Director de la Biblioteca Central, y Jefe del Departamento de Asuntos Culturales. Actualmente es director de la Biblioteca y Archivos de la Fundación Pablo Neruda. También ha realizado labores de crítico literario, en la revista Ercilla y en el programa de televisión  “El Show de los libros”, de redactor publicitario y guionista del programa TELEDUC. La obra narrativa de Darío Oses se conoce inicialmente por cuentos que publica en revistas y en antologías. En 1992, publica dos novelas: Machos Tristes y Rockeros Celestes, con la que gana el Concurso de Novela Joven de la Editorial Andrés Bello. A continuación publica El Viaducto (1994), Caballero en el desierto (1996), La bella y las bestias (1997), 2010, Chile en llamas, (1998) una visión apocalíptica del Chile del bicentenario; El Virus Baco (2002), y tiene en prensa La música de las esperas, un volumen de cuentos. Aparte del premio mencionado ha recibido el Segundo Premio en el Concurso Nacional de Cuentos de la revista Paula, en 1975, y el Premio “Academia”, que otorga la Academia Chilena de la Lengua, en 1995. En 1997 se contó entre los finalistas en el Concurso de Novela Planeta Argentina.  La obra de Oses tiene un sello singular, y no es tributaria de ninguna corriente o escuela. Es, además, diversa. Cada una de sus novelas es diferente de la anterior. Si hay un rasgo común a todos sus relatos, éste podría ser un afán de examinar crítica y muchas veces irónicamente, la implantación de la modernidad en Chile y los efectos de desintegración social, vacío cultural, abolición del sentido de la vida humana, que este fenómeno produce.