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Aquí me
tienen, caído, estacionado, inmóvil en medio del movimiento de la
autopista de alta velocidad. Es como estar tendido en una roca en el
centro de un río torrentoso. Los autos corren, pujan por adelantarse
unos a otros, intercambian bocinazos que parecen insultos, y arman
un torbellino que hace volar mis cupones como si fueran panfletos
publicitarios arrojados en la calle.
Los autos son
inocentes, la culpa fue mía. Hay una magnífica pasarela para cruzar
la avenida, pero yo quería llegar a tiempo al mall a participar en
el espectacular concurso “Entre a pie y salga manejando”. Dirán que
fui ansioso e imprudente, pero es que ya no podía soportar la
maldición de seguir siendo peatón en una ciudad de automovilistas.
“El que no está dispuesto a mojarse el poto, no cruza el río”, me
dije. Tal vez fue la pesada bolsa llena con los cupones la que me
estorbó en el momento decisivo. Yo creí que esto le pasaba sólo a
los perros que quedan reventados junto a la cuneta. Y aquí me
tienen, herido como un perro. Me sale un hilo de sangre por la boca.
Debo tener algo roto adentro.
Tengo la
maldita costumbre de dejar todos los trámites para el último
momento. Es cierto que cuando uno hace las cosas con calma se evita
incomodidades como la de una larga fila frente a la ventanilla de
algún banco, o como ésta de quedar agonizando en medio de la calle.
Escucho
el ulular de una sirena. Es posible que
vengan a buscarme, pienso. Veo venir la ambulancia. Parece un
vehículo interplanetario, con sus luces centelleando. Pero me
esquiva y sigue. La culpa es mía otra vez. Esto me pasa por poco
previsor: nunca me aboné a ninguno de esos servicios de rescate.
No puedo ver la hora, pero ya debe estar
empezando el sorteo. He visto como lo hacen por la tele: ante la
presencia de un notario le quitan los sellos al buzón, luego unas
modelos con falditas cortas y ajustadas remueven los cupones y sacan
el premiado. El locutor lo anuncia y si el ganador está entre el
público, le entregan al momento las llaves de un auto cero
kilómetros. Muchos lloran al recibirlas.
Desde niño me repitieron eso de que más vale
perder un minuto en la vida que la vida en un minuto, y que el que
apurado vive apurado muere, y eso me hizo ser prudente, casi
siempre, digamos siempre menos esta vez. Qué se le va a hacer: me
atropellaron y ya no sirve de nada lamentarse dentro del cuerpo
derramado.
Pasé corriendo sin mirar para ningún lado. Vi el
jeep Cherokee, modelo 2000, tracción en las cuatro ruedas, cuando ya
lo tenía encima. Es el vehículo que siempre quise. Sentí el golpe
seco y salí volando por encima del parabrisas y del techo, para caer
en el capó de la camioneta Ranger, azul, doble cabina, que venía
atrás. Bonita camioneta, modelo clásico, con la máscara redonda,
saliente. Reboté en ella para después aterrizar entre los bocinazos
y las ruedas de los autos que se desviaban para no aplastarme.
Seguro que el golpe me rompió la columna porque
tengo las piernas y la espalda paralizadas. Puedo mover los brazos
pero más vale que los mantenga pegados al cuerpo. Siento el viento y
el roce de los autos que pasan. Desde el suelo no alcanzo a
distinguir las marcas, pero percibo el poder de los motores y la
suavidad con que se desplazan.
En la carretera las cosas suceden rápido. Es como
si uno entrara en otro tiempo, mucho más acelerado que el normal.
Todo cambia de un minuto a otro. Yo estaba en pie y ahora estoy
caído. Gozaba de buena salud, y aquí me tienen, agonizando. Veo a un
par de tipos atléticos, vestidos con buzos, que corren y alcanzan la
otra orilla. No puedo comprarme con ellos. Soy gordo y lento, soy un
miserable peatón. Por eso me arrollaron. Insisto en que la culpa fue
mía. Pero me queda un consuelo: estuve a punto de pasar. Habría
llegado al mall con los cupones que venía juntando durante meses.
Escarbaba en la basura para rescatarlos de los envases de cartón a
los que vienen adheridos. Eran tantos que hubiera ganado el
concurso, y ahora iría corriendo por la avenida, tocando la bocina
para ahuyentar a los peatones imprudentes que cruzan en cualquier
parte en vez de usar la pasarela metálica, amenizada con carteles
publicitarios y jardineras llenas de flores.
Estoy tendido sobre uno de mis costados. Desde
aquí alcanzo a ver la pasarela por la que transitan reposadamente
las familias. Suben por un extremo, caminan sin que nadie los apure
para descender en el mall. Otros vienen en dirección contraria:
salen del mall cargados de paquetes. Una mujer con dos niños se
detienen en la baranda a mirarme. Ella les habla a sus hijos.
Seguramente me usa como un ejemplo de lo que ocurre cuando se
atraviesa la calle por donde no se debe: “¿ven? Tanto que les he
dicho que hay que tener cuidado. Miren como está ahí ese pobre
señor, desangrándose.”
Es
posible que en algún momento alguien venga a rescatarme. Debe quedar
por ahí algún servicio público o una fundación sin fines de lucro
para salvar a los peatones que naufragan en las avenidas. Aunque hoy
es sábado y no se si funcionen las fines de semana. A lo mejor esa
misma mujer que me mostró para aleccionar a sus hijos fue a llamar
por teléfono y sólo encontró una grabación: “por favor deje un
mensaje”. Y tendré que esperar hasta el lunes para que me saquen de
este aprieto.
Pero no, es imposible esperar tanto. Ya lo dije:
en la carretera las cosas ocurren rápido. El roce brutal de un
neumático me quema el cuerpo. Tengo la pierna insensible, pero
siento las costillas, el brazo y la cara ardiendo. Ruedo ligeramente
y eso basta para que otro auto me arranque un brazo. Quedo de
espaldas contra el pavimento y veo los globos publicitarios, las
banderas y los pendones en la parte más alta del edificio del mall,
y un avión que pasa arrastrando un lienzo que anuncia liquidaciones
de temporada, y el cielo cortado por las sombras de los autos que
siguen pasando en una sucesión infinita, tarde o temprano alguno me
arrancará la cabeza que empujarán las van, los jeeps, las
camionetas. Imagino los vehículos pateando mi cabeza que rodará por
al autopista dando alaridos en vez de bocinazos y adelantando a los
otros vehículos y corriendo tan rápido como el auto que no alcancé a
ganar.
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Darío Oses Moya
nació en Santiago de Chile (1949). Se diplomó de
periodista en la Universidad de Chile, y desempeñó un efímero trabajo de
reportero. Luego derivó al trabajo de comunicaciones, publicaciones y
difusión cultural en la Universidad de Chile, donde ha realizado labores de
editor de revistas y libros, Director de la Biblioteca Central, y Jefe del
Departamento de Asuntos Culturales. Actualmente es director de la Biblioteca
y Archivos de la Fundación Pablo Neruda. También ha realizado labores de
crítico literario, en la revista Ercilla y en el programa de televisión “El
Show de los libros”, de redactor publicitario y guionista del programa
TELEDUC. La obra narrativa de Darío Oses se conoce inicialmente por cuentos que
publica en revistas y en antologías. En 1992, publica dos novelas: Machos
Tristes y Rockeros Celestes, con la que gana el Concurso de Novela Joven de
la Editorial Andrés Bello. A continuación publica El Viaducto (1994),
Caballero en el desierto (1996), La bella y las bestias (1997), 2010, Chile
en llamas, (1998) una visión apocalíptica del Chile del bicentenario; El
Virus Baco (2002), y tiene en prensa La música de las esperas, un volumen de
cuentos. Aparte del premio mencionado ha recibido el Segundo Premio en el
Concurso Nacional de Cuentos de la revista Paula, en 1975, y el Premio
“Academia”, que otorga la Academia Chilena de la Lengua, en 1995. En 1997 se
contó entre los finalistas en el Concurso de Novela Planeta Argentina. La
obra de Oses tiene un sello singular, y no es tributaria de ninguna
corriente o escuela. Es, además, diversa. Cada una de sus novelas es
diferente de la anterior. Si hay un rasgo común a todos sus relatos, éste
podría ser un afán de examinar crítica y muchas veces irónicamente, la
implantación de la modernidad en Chile y los efectos de desintegración
social, vacío cultural, abolición del sentido de la vida humana, que este
fenómeno produce.
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