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Dios mío, ¡qué
tarde es! Es tan tarde que no sé si me dará tiempo a hacer todas
estas cosas. A tener la cena lista. La mesa preparada. Los platos y
los vasos limpios, las servilletas de colores apiladas. El vino a
punto, el postre helado. No tengo ganas de ver a nadie, pienso
mientras enciendo el fuego. Sin embargo sé que mis invitados
llegarán dentro de una hora, en punto.
La cacerola se me escurre entre las manos y está
cerca de ir a parar al suelo. Hace un frío terrible. Un frío que me
llega despacio hasta el corazón. Me quedo estática, inmóvil frente
al fogón, y mientras abandono la dulce tarea de olvidar hago la
cena. Un poco de perejil y tres dientes de ajo. Un ramillete de
albahaca, pimienta y colorante. Se me escapan los recuerdos.
Recuerdos de un verano, de una madrugada en que me levanté para
coger un poco de agua. Luego volví a la cama donde estabas tumbado y
dormías a pierna suelta. Estirado, pacífico, relajado e
impenetrable. Toda tu ropa estaba esparcida por la habitación que
ofrecía un aspecto lamentable. En una esquina, roto en mil pedazos,
mi bote de lápices azul, mis libros por el suelo y mis cintas sobre
la mesa mezcladas con tus gafas. Tazas de café de todos los tamaños
y cajas de pastillas de dios sabe qué. Recuerdos materiales de la
batalla campal que había tenido lugar pocas horas antes. Dos
segundos después de que hicieras tu declaración más sincera: ya no
te quiero. Eran las tres o las cuatro de la madrugada y yo aún tenía
tus palabras recorriendo suavemente mi cabeza. Iban y venían como
flotando en un mar de tristeza infinita. Venían e iban como olas
lamiendo la arena de una playa contaminada.
Por la mañana, como todos los días, me desperté
mucho antes que tu. Apenas había dormido dos horas y me dolía cada
uno de los músculos de la cara. Abriste los ojos y me miraste con
desprecio. Hasta ese momento todo podía haber sido perfectamente una
pesadilla, pero en ese preciso instante no dejaste lugar para la
duda. En la calle lucía un sol insultante y desde la ventana miré el
puente que cruzaba la autopista. Estaba polvoriento y muy
concurrido. Mientras yo me lavaba la cara en el baño bajaste la
escalera sin decirme una palabra. Había sido el ritual de los
últimos tres años, me lo sabía de memoria, pero ese día sufría una
modificación: la del adiós. Llegamos juntos hasta el bar donde
desayunábamos todas las mañanas. Metódicos desayunos, estudiados y
predecibles después del primer mes juntos. Nada había cambiado.
Observé como leías el periódico y parecías muy preocupado por la
actualidad política del día. En cambio a mí, a cada sorbo de café,
me caía una nueva lágrima que trataba de limpiar inútilmente con las
servilletas de papel. Como tenia un nudo en la garganta y me era
imposible tragarme el croissant, empecé a jugar con la comida. Sabía
que esas cosas te ponían neurótico.
Dios mío, no le he echado sal a la sopa!. Lleva
quince minutos en el fuego y el agua burbujeante ni siquiera tiene
sal. Cojo un bote de la estantería y también una pastilla de esas
que dan sabor. La aprieto entre los dedos y la dejo caer sobre el
agua que se vuelve marrón, turbia como el pasado. El pescado muerto,
aún sin limpiar, el apio por fin troceado y mis invitados no
tardarán en llegar. La hora se acerca y sin embargo estoy segura de
que ellos pueden esperar. Pueden tomar la sopa fría o tal vez
acompañarme a un restaurante donde, por supuesto, invitaría yo.
Paciencia. La cocina es un arte milenario, me digo. Otra vez hay que
dejar que hierva, lenta y dulcemente. En ese espacio vacío se me
escapa otro torrente de recuerdos incontrolables.
No tengo claros en mi memoria los pasados tres
años y sin embargo la noche que precede a esa mañana es para mi tan
evidente como que existo. Las cosas, con el tiempo, si las miras
demasiado, pierden todo encanto y hasta se vuelven grises y
horrorosas como piedras. En el amor es igual.
Eras moreno, con la
piel blanca y pecosa. Medio delgado, atlético y frío. Daban ganas de
acariciarte todo el rato. Eras dulce a veces, duro y metódico otras.
Laberíntico en cualquier caso. Difícil siempre. Aquella noche te
estuve llamando a casa como una autentica loca, entre libro y libro,
entre frase y frase, marcaba los números y preguntaba por ti. Nunca
te encontraban. Nadie quería darme una respuesta. A la hora en que
tu me devolviste la llamada, ya debías tener unos cien mensajes
míos. Todos decían lo mismo. Quería verte, firmar una tregua, volver
a la calma de antes. Cuando llamaste, la tormentosa nube que se
había formado sobre mi cabeza empezó a desplazarse, hacia otra
cabeza probablemente.
Tu voz me calmó. Hizo el efecto deseado. Entonces
me senté, me relajé y me dispuse a esperarte. Confiando en que todo
iría bien. Pero tu tenías que decirlo, tenías que decir lo que
habías venido a contarme esa noche. Sin duda alguna no había
posibilidad de que no lo dijeras. Y las palabras pasaron a través de
mí como la mano que roza una tela de araña: ya no te quiero. Me
pararon el corazón y el pulso. Creí que no podría respirar y sin
embargo te miré y respiré hondo. Como si pensara hacerlo por última
vez. ¿Me estaba imaginando todo?. No, allí estabas tú para
confirmarlo. Serio y estático con tu ridículo traje de ejecutivo a
medio abrochar. No pude articular ninguna frase, ni un por qué, ni
un cómo siquiera. Se me habrían congelado las palabras antes de
llegar a tus oídos. Se habrían convertido en cubitos de hielo y se
habrían clavado lentamente en tu corazón.
¡Ahí está! El ojo del mujol flota en la sopa
viendo su última imagen, hundiéndose y cociéndose para siempre. Un
cierto olor a azufre me sube por la nariz. Viene de la sopa,
caliente y cargada. Sopa de nostalgia. Nostalgia, que bien suena
pronunciada suavemente, con elegancia. Y que sensación de paz
reconocer que lo que sientes es simplemente eso, no un cáncer de
cerebro o una parálisis neurológica. Simple, pura y dura nostalgia
de nosotros, que no de ti. Te pienso de nuevo y en un instante ya
estoy a otra cosa. Me limpio las manos en el delantal lentamente,
como lo haría un elefante viejo y cansado. Como lo haría alguien que
se ha detenido en el tiempo. Ordeno los cubiertos, toda la vajilla
brilla sobre la mesa y los recuerdos se agolpan tratando de salir.
Desordenados y caóticos forman lágrimas que resbalan hasta el suelo
de losa.
No pienses más, me digo displicente. No pienses
más. Y suena la alarma que avisa para bajar el fuego. Lo miro y me
quema los ojos. Ya da igual, me digo, la sopa está terminada. Oigo
un ruido en la escalera y miro a mi alrededor con desgana. ¡Dios
mío, si todo está listo! La cena lista. La mesa preparada. Los
platos y los vasos limpios y las servilletas de colores apiladas. El
vino a punto, el postre helado.
Suena el timbre. Estridente y ya no hay vuelta
atrás. Tengo que utilizar todas mis defensas, segundos antes de que
entren los invitados. Segundos antes de entrar en la frontera del
dolor mismo. A punto de empezar a hurgar otra vez con mis dedos en
recuerdos heridos de muerte. Recuerdos que no sirven más que para
encogerte el estómago y rogar en silencio que pasen pronto. Mientras
abro la puerta pienso, tú eres uno de ellos.
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Marga Varea
nació
en Murcia, España (1974). Argumentista, guionista, narradora,
cineasta y periodista. Licenciada en Ciencias de la Información por
la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de Periodismo. Ha
estudiado guión y dirección de cine en la New York Film Academy de
Nueva York como becaria de la Fundación Autor de España (SGAE) y
Televisión, Radio y Vídeo en el (TAI) Escuela Libre de Artes y
Espectáculos de Madrid. Ha participado como Coguionista y
Argumentista en la película DOS, producida por Globo Media y de
varios cortometrajes, documentales y vídeos, entre los que se
destacan: Dos Más, Constructores de Quimeras, Infección
(Emitida en TVE), La Isla de la Tortuga y las series de
televisión Mas Que Amigos (Emitida en Tele 5, España) y
Menudo es mi padre (Emitida en Antena 3 TV). Ha recibido el
premio del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del
cortometraje de animación La Balada del láser mortífero
(Junio, 1997), así como el premio de la Comunidad de Madrid
(Septiembre, 1997) y el premio del Ministerio de Cultura (ICAA)
(Mayo, 1999) por el guión La Isla de la Tortuga. En la
actualidad es miembro de la Fundación Autor de España (SGAE).
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