Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 31/32

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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SOPA DE NOSTALGIA

por

Marga Varea

 

     Dios mío, ¡qué tarde es! Es tan tarde que no sé si me dará tiempo a hacer todas estas cosas. A tener la cena lista. La mesa preparada. Los platos y los vasos limpios, las servilletas de colores apiladas. El vino a punto, el postre helado. No tengo ganas de ver a nadie, pienso mientras enciendo el fuego. Sin embargo sé que mis invitados llegarán dentro de una hora, en punto.

     La cacerola se me escurre entre las  manos y está cerca de ir a parar al suelo. Hace un frío terrible. Un frío que me llega despacio hasta el corazón. Me quedo estática, inmóvil frente al fogón, y mientras abandono la dulce tarea de olvidar hago la cena. Un poco de perejil y tres dientes de ajo. Un ramillete de albahaca, pimienta y colorante. Se me escapan los recuerdos. Recuerdos de un verano, de una madrugada en que me levanté para coger un poco de agua. Luego volví a la cama donde estabas tumbado y dormías a pierna suelta. Estirado, pacífico, relajado e impenetrable. Toda tu ropa estaba esparcida por la habitación que ofrecía un aspecto lamentable. En una esquina, roto en mil pedazos, mi bote de lápices azul, mis libros por el suelo y mis cintas sobre la mesa mezcladas con tus gafas. Tazas de café de todos los tamaños y cajas de pastillas de dios sabe qué. Recuerdos materiales de la batalla campal que había tenido lugar  pocas horas antes. Dos segundos después de que hicieras tu declaración más sincera: ya no te quiero. Eran las tres o las cuatro de la madrugada y yo aún tenía tus palabras recorriendo suavemente mi cabeza. Iban y venían como flotando en un mar de tristeza infinita. Venían e iban como olas lamiendo la arena de una playa contaminada.

     Por la mañana, como todos los días, me desperté mucho antes que tu. Apenas había dormido dos horas y me dolía cada uno de los músculos de la cara. Abriste los ojos y me miraste con desprecio. Hasta ese momento todo podía haber sido perfectamente una pesadilla, pero en ese preciso instante no dejaste lugar para la duda. En la calle lucía un sol insultante y desde la ventana miré el puente que cruzaba la autopista. Estaba polvoriento y muy concurrido. Mientras yo me lavaba la cara en el baño bajaste la escalera sin decirme una palabra. Había sido el ritual de los últimos tres años, me lo sabía de memoria, pero ese día sufría  una modificación: la del adiós. Llegamos juntos hasta el bar donde desayunábamos todas las mañanas. Metódicos desayunos, estudiados y predecibles después del primer mes juntos. Nada había cambiado. Observé como leías el periódico y parecías muy preocupado por la actualidad política del día. En cambio a mí, a cada sorbo de café, me caía una nueva lágrima que trataba de limpiar inútilmente con las servilletas de papel. Como tenia un nudo en la garganta y me era imposible tragarme el croissant, empecé a jugar con la comida. Sabía que esas cosas te ponían neurótico.

     Dios mío, no le he echado sal a la sopa!. Lleva quince minutos en el fuego y el agua burbujeante ni siquiera tiene sal. Cojo un bote de la estantería y también una pastilla de esas que dan sabor. La aprieto entre los dedos y la dejo caer sobre el agua que se vuelve marrón, turbia como el pasado. El pescado muerto, aún sin limpiar, el apio por fin troceado y mis invitados no tardarán en llegar. La hora se acerca y sin embargo estoy segura de que ellos pueden esperar. Pueden tomar la sopa fría o tal vez acompañarme a un restaurante donde, por supuesto, invitaría yo. Paciencia. La cocina es un arte milenario, me digo. Otra vez hay que dejar que hierva, lenta y dulcemente. En ese espacio vacío se me escapa otro torrente de recuerdos incontrolables.

     No tengo claros en mi memoria los pasados tres años y sin embargo la noche que precede a esa mañana es para mi tan evidente como que existo. Las cosas, con el tiempo, si las miras demasiado, pierden todo encanto y hasta se vuelven grises y horrorosas como piedras. En el amor es igual.

Eras moreno, con la piel blanca y pecosa. Medio delgado, atlético y frío. Daban ganas de acariciarte todo el rato. Eras dulce a veces, duro y metódico otras. Laberíntico en cualquier caso. Difícil siempre. Aquella noche te estuve llamando a casa como una autentica loca, entre libro y libro, entre frase y frase, marcaba los números y preguntaba por ti. Nunca te encontraban. Nadie quería darme una respuesta. A la hora en que tu me devolviste la llamada, ya debías tener unos cien mensajes míos. Todos decían lo mismo. Quería verte, firmar una tregua, volver a la calma de antes.  Cuando llamaste, la tormentosa nube que se había formado sobre mi cabeza empezó a desplazarse, hacia otra cabeza probablemente.

     Tu voz me calmó. Hizo el efecto deseado. Entonces me senté, me relajé y me dispuse a esperarte. Confiando en que todo iría bien. Pero tu tenías que decirlo, tenías que decir lo que habías venido a contarme esa noche. Sin duda alguna no había posibilidad de que no lo dijeras. Y las palabras pasaron a través de mí como la mano que roza una tela de araña: ya no te quiero. Me pararon el corazón y el pulso. Creí que no podría respirar y sin embargo te miré y respiré hondo. Como si pensara hacerlo por última vez. ¿Me estaba imaginando todo?. No, allí estabas tú para confirmarlo. Serio y estático con tu ridículo traje de ejecutivo a medio abrochar. No pude articular ninguna frase, ni un por qué, ni un cómo siquiera. Se me habrían congelado las palabras antes de llegar a tus oídos. Se habrían convertido en cubitos de hielo y se habrían clavado lentamente en tu corazón.

     ¡Ahí está! El ojo del mujol flota en la sopa viendo su última imagen, hundiéndose y cociéndose para siempre. Un cierto olor a  azufre me sube por la nariz. Viene de la sopa,  caliente y cargada. Sopa de nostalgia. Nostalgia, que bien suena pronunciada suavemente, con elegancia. Y que sensación de paz reconocer que lo que sientes es simplemente eso, no un cáncer de cerebro o una parálisis neurológica. Simple, pura y dura nostalgia de nosotros, que no de ti. Te pienso de nuevo y en un instante ya estoy a otra cosa. Me limpio las manos en el delantal lentamente, como lo haría un elefante viejo y cansado. Como lo haría alguien que se ha detenido en el tiempo. Ordeno los cubiertos, toda la vajilla brilla sobre la mesa y los recuerdos se agolpan tratando de salir. Desordenados y caóticos forman lágrimas que resbalan hasta el suelo de losa.

     No pienses más, me digo displicente. No pienses más. Y suena la alarma que avisa para bajar el fuego. Lo miro y me quema los ojos. Ya da igual, me digo, la sopa está terminada. Oigo un ruido en la escalera y miro a mi alrededor con desgana. ¡Dios mío, si todo está listo! La cena lista. La mesa preparada. Los platos y los vasos limpios y las servilletas de colores apiladas. El vino a punto, el postre helado.

     Suena el timbre. Estridente y ya no hay vuelta atrás. Tengo que utilizar todas mis defensas, segundos antes de que entren los invitados. Segundos antes de entrar en la frontera del dolor mismo. A punto de empezar a hurgar otra vez con mis dedos en recuerdos heridos de muerte. Recuerdos que no sirven más que para encogerte el estómago y rogar en silencio que pasen pronto. Mientras abro la puerta pienso, tú eres uno de ellos.

 

 

Marga Varea nació en Murcia, España (1974). Argumentista, guionista, narradora, cineasta y periodista. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de Periodismo. Ha estudiado guión y dirección de cine en la New York Film Academy de Nueva York como becaria de la Fundación Autor de España (SGAE) y Televisión, Radio y Vídeo en el (TAI) Escuela Libre de Artes y Espectáculos de Madrid. Ha participado como Coguionista y Argumentista en la película DOS, producida por Globo Media y de varios cortometrajes, documentales y vídeos, entre los que se destacan: Dos Más, Constructores de Quimeras, Infección  (Emitida en TVE),  La Isla de la Tortuga y las series de televisión Mas Que Amigos (Emitida en Tele 5, España) y Menudo es mi padre (Emitida en Antena 3 TV). Ha recibido el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del cortometraje de animación La Balada del láser mortífero (Junio, 1997), así como el premio de la Comunidad de Madrid (Septiembre, 1997) y el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) (Mayo, 1999) por el guión La Isla de la Tortuga. En la actualidad es miembro de la Fundación Autor de España (SGAE).