Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº31/32

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ORIGEN CLÁSICO DE LA JITANJÁFORA

  por

 Gladys Zaldívar


________________________________________________

     Sobre el origen del término jitanjáfora en un poema de ocasión  de Mariano Brull (Camagüey, Cuba 1891-La Habana, 1956) ya la histo­riografía literaria ha comentado suficiente y repetidamente (Vitier 187-188; Reyes 197; Linares Pérez 68;  Larraga 83-84, etc.)

     Es preciso que recordemos ahora el poema “Jitanjáfora” que ha dado tanto  qué hacer a la crítica:

 

                                  Filiflama alave

                                  alveolea jitanjáfora cundre

                                  ala  alalúnea alífera

                                  liris salumba  salífera.

 

                                  Olivia olea olorife

                                  alalai cánfora sandra

                                  milingítara  girófora

                                  zumba, ulalindre calandra  (Reyes 194)

 

    Alfonso Reyes clasificó ese léxico metafórico de Brull en jitanjáforas impuras o “maliciosas” y en puras  o “candorosas” (Reyes 200-210) y aunque no ofreció ejemplos específicos de las impuras –ya que las candorosas eran las del poema “Jitanjáfora”- es lógico deducir que estaría refiriéndose a las 15 restantes que se hallan diseminadas por todos  los poemarios de este poeta y que se relacionan ahora: sitibunda  (“Stigma”, en  La casa del silencio  28 ); verdería (“Verdehalago”, en Poemas en menguante 52);  verdularia  (“Verdehalago” , en Poemas en menguante 52 ); verdehalago (“Verdehalago”, en Poemas en menguante 53 ); mundodolido (“Verde­halago”, en Poemas en menguante 53 ); agualuz (“Por el cerco de la mañana”, en Poemas en menguante 53 ); tornaluna (“Pavo-real”, en Poemas en menguante 57); verdelamido  (“Epístola”, en Canto redondo 68 ); velutoso (“Epístola”, en Canto redondo 68); verdeapagado “Almendra –vestida y desvestida de silencio”, en Canto redondo 70); alirrubio (“Blanca de nieve”, en Canto redondo 75); agualimpio (“Si no me engaña este olor, en Canto redondo 76 ); toronjil (“1939”, en Poemas no recogidos en libros 84); verdegay (“Duelo por Ignacio Sánchez Mejía”, Poëms 89); rosaola (“Rosa sola”, en Solo de rosa  98).*

        Evidentemente Alfonso Reyes había catalogado como impuras aquellas palabras nuevas nacidas como resultado de la fusión de dos de existencia definida dentro del español, ya sea como sustantivos o como un sustantivo y un adjetivo o como un adjetivo de total creación como velutoso, producido por una síntesis (velo + luto) en la que intervienen la composición y la derivación. (Lázaro Carreter 291; Martín 321-327; Zaldívar, “El neologismo en la poesía de los iniciadores del modernis­mo1105-11150).

     Si se considera que el neologismo es palabra nueva o Neubildung, es decir, “de nueva creación” [que surge] por composición normal o híbrida, derivación, préstamo, metáfora, etc, apelando por tanto a elementos significativos ya existentes en la lengua” (Lázaro Carreter 291) y que se produce “en relación al desarrollo de la ciencia y de la técnica” (Werner 312) es indudable que el total de 15 ejemplos aislados en la obra brulleana –a excepción de los que se emplean en “Jitanjáfora”– constituyen verdaderos neologismos que, aunque no realizan ninguna función ni en la ciencia ni en la técnica, sirven una necesidad estética de la expresión poética. Es importante llamar la atención ahora sobre el  hecho de que el neologismo por composición ya había sido utilizado por Lope de Vega (1562-1635) en una de sus poesías líricas y es el que  comienza así: “Piraguamonte, piragua…” (Lope  de Vega 414). Pero retengamos por el momento  el resto  del poema  porque servirá para una futura demostración.

     La jitanjáfora  pura  constituye un fenómeno distinto porque está vacía de contenidos semánticos a pesar de los esfuerzos realizados por adjudicárselos en las paráfrasis que con buen discernimiento realizaran Larraga (83-84) y Posada (82).

     Volviendo  de nuevo al poema “Jitanjáfora” (ver supra) notamos que las palabras o signos lingüísticos que integran esta composición están agrupados en dos cuartetas de rima consonante que no imprimen ninguna huella psíquica y que se hallan desprovistas de representación conceptual. Es una especie de murmullo ininteligible o, para afirmar con Alfonso Reyes, un “gorjear”, un “verdadero trino de ave” (Reyes 194). El mismo Brull intenta describir esta especie de jerigonza inventada: “Para satisfacer las exigencias de una poesía pura es necesario crear un lenguaje para uso de pájaros o de duendes”. (Rafael Heliodoro Valle 3).

     La jitanjáforas puras tampoco pueden insertarse en la categoría de neologismos porque no trascienden al plano de la comunicación ni de fonetismos negroides ni provenientes de ninguna otra étnia porque no fueron concebidas con el propósito de imitar ningún habla particular.

      Después de estudiar las definiciones de Alfonso Reyes y de Brull  comprendemos que la versión de jitanjáfora ofrecida por Lázaro Carreter, versión que lamentablemente no modifica ni rectifica en la reedición de su –muy útil y excelente en todos los demás aspectos– Diccionario de términos filológicos que realizara 19 años más tarde, constituye un concepto fuera de enfoque: 

 

                Nombre inventado por Alfonso Reyes (1929)

                para designar palabras, metáforas, onomatopeyas,

                interjecciones, estrofillas, etc., carentes  de sentido,

                pero que constituyen un fuerte estímulo para la

                imaginación:

 

                Por el río Paraná

                viene navegando un piojo,

                con un lunar en el ojo

                y una flor en el ojal. (Lázaro Carreter 252)

     

     El nombre jitanjáfora, no fue inventado por Reyes, sino tomado por él para designar el recién descubierto fenómeno lingüístico y el ejemplo que ofrece no es una jitanjáfora, sino una rima del absurdo, procedimiento que no es en sí una invención sino un discurso sin sentido concebido para divertir. Las jitanjáforas puras tampoco son metáforas ni onomatopeyas ni interjecciones ni estrofillas, sino que constituyen, técnicamente ma­nifestado, lenguaje de creación.

     Este tipo  específico de jitanjáfora no podía  traspasar los límites del experimento agraciado  con  fines lúdicos  ya  que era de valor nulo para la comunicación. Lo que constituyó motivo de asombro para Reyes y la crítica posterior es la perfecta estructuración de “Jitanjáfora”  dentro de un sistema de signos que imitan un nivel semántico que, aun careciendo de él, lo sugieren y despiertan las claves para la creación de un verdadero lenguaje.

     Habría que preguntarse ahora si la jitanjáfora pura  como tal tiene ancestros  en la lengua castellana.

     Se ha señalado a Gil Vicente  (1465-1536), el delicado poeta hispano-portugués como un posible antecedente brulleano. En cuanto a la frescura de la formulación poemática el parentesco estético de ambos poetas es verificable a simple vista siempre y cuando no esté confundiéndose la jitanjáfora pura o “candorosa” (ver supra) con las onomatopeyas que se registran en este ejemplo de Gil Vicente:

 

                                  ¿Por dó pasaré la sierra,

                                  gentil serrana morena

                               –“Tu ru ru ru  lá ¿Quién la pasará?    

                               –“Tu ru ru ru rú. No la pases tú”

                               –“Tu  rú  ru ru ré. Yo la pasaré”

                                  “Di,serrana, por tu fe,

                                  si naciste en esta tierra,

                                  ¿ por do pasaré la sierra,

                                   gentil serrana morena?

                               –“Ti ri ri ri rí. Queda tú aquí”  

                               –“Tu ru ru ru rú. ¿Qué me quieres tú?

                               –“To ro ro ro ró. Que yo sola estó”.

                                                               (Alonso  153-154)

 

     Las onomatopeyas aquí empleadas son monosilábicas que sirven el propósito  de rimar lá con pasará ru con tú, ré con pasaré pero no constituyen  fonetismos ni mucho menos jitanjáforas. La onomatopeya es un fenómeno  que tiene semejanza con la jitanjáfora pura porque  parte de una raíz fonética pero difiere en el objeto imitado. En este ejemplo no se pasa de reproducir átomos –por decirlo así- de sonidos; en el ejemplo de Brull (ver supra)  se crea algo más que un ruido o un léxico: se fabrica un nuevo lenguaje.

     También se ha hecho referencia a Lope de Vega como un ancestro lírico  afín a Brull. Aunque no se han trazado  líneas comparativas con precisión queremos señalar  en este trabajo que la jitanjáfora pura ya había aflorado en la poesía de  Lope en el mismo poema mencionado anteriormente y que comienza “Piraguamonte, piragua”...:

 

                                  Piraguamonte, piragua,

                                  Piragua, jevizarizagua.

                                 

                                  En una piragua bella.

                                  toda la popa dorada,

                                  los remos de rojo y negro,

                                  la proa de azul y plata,

                                  iba la madre de Amor

                                  y el dulce niño a sus plantas.

                                  El arco en las manos lleva,

                                  flechas al aire dispara;

                                  el río se vuelve fuego,

                                  de las ondas salen llamas.

                                  ¡A la tierra hermosas indias,

                                  que anda el Amor  en el agua!

 

                                  Piraguamonte, piragua,

                                  piragua, jevizarizagua

                                           (Lope de Vega 414.

                                            Los énfasis son míos)

                                  

     En esta letrilla, citada sólo fragmentariamente, se detecta una jitanjáfora impura o “maliciosa” piraguamonte y una pura o “candorosa”, jevizarizagua. Ambas muestran las mismas características que observó Alfonso Reyes  en la poesía de Brull  cuando hizo la clasificación de las jitanjáforas.

     Vamos a reproducir los primeros 13 versos de otra de las letras para cantar, también de Lope:

 

                                  A la dana, dina,

                                  a la dina, dana,

                                  a la dana dina.

                                  Señora divina,

                                  a la dina, dana,

                                  Reina soberana.

                                  Quien quiera que sea                                        

                                  la que hoy ha nacido

                                  que el suelo ha vestido

                                  de verde librea,

                                  Egipto la vea,

                                  su bella gitana,

                                  a la dina, dana,

                                          (Lope de Vega 411.

                                           Los énfasis son míos).

 

     En estos hexasílabos no existen ni onomatopeyas ni fonetismos sino el simple y puro juego de la rima que anuncian, sin embargo, la jitanjáfora en su estado incipiente, aún sin convertirse ni en signo, verso o estrofilla. Tres siglos fueron necesarios para que se desarrollaran y cobraran forma esas profundas esencias de la lengua que se hallaban aún en estado incipiente. El idioma lúdico que subyace en el de la comunicación racional  o se  desarrollaría hasta que Mariano Brull lo trajera a la luz en toda su plenitud en la jitanjáfora pura.

     Por otra parte, la penetración de Brull en la estética de Paul Valéry  (1871-1945), le permitió  esa visión polivalente, integrada por binomios semánticos que dio lugar a las jitanjáforas impuras o “maliciosas” que se han extraído ya de los poemarios y expuesto como se ha visto anteriormente en este trabajo. El trascendentalismo simbólico de Paul Verlaine (1844-1894), en fusión con la idea de Walter Pater (1839-1894), que sostenía que el arte debe orientarse “hacia la condición de música”, la interpretación de George Moore (1852-1933) de la poesía de Edgar Allan Poe (1809-1849) cuando afirma que “estaba casi libre de pensamiento” y el abate Henri Brémond (1865-1933) percibiendo en la poesía pura el mismo poder de encantamiento y rapto de la oración, apadrinaron, junto a Lope de  Vega, la irrupción de las jitanjáforas en la lengua castellana a través de Brull.

     Uno de los rasgos cubanos de este poeta –amén de otros  expuestos ya por mí en enfoques anteriores (Zaldívar, En torno a la poética de Mariano Brull ) y por Vitier (328) está en la visión lúdica de la lengua, en el juego por el juego que se realiza con una agradable cadencia llena de  signos aliterados y labializaciones. Y su americanidad radica precisa­mente en fundir y desarrollar sin ataduras ni anquilosamientos la tradición hispánica, representada principalmente por Lope de Vega, con escuelas y pensamientos –Poe, Pater, Verlaine, Moore, Brémond, Valéry– que exhumaran las alas secretas que el español, como toda lengua viva, posee.

 

 

 

      *  Las palabras señaladas, los títulos de los poemas y poemarios de Brull han sido tomados de la edición de Emilio de Armas, compilación prólogo y notas. Mariano Brull– Obras (Poesía y prosa 1916 – 1955), University of Colorado at Boulder, Society of Spanish and Spanish American Studies, 2001, 3 - 141.

 

 

OBRAS CONSULTADAS

 

1.   Abraham, Werner, et al. Diccionario de terminología lingüística actual. versión española de Francisco Meno Blanco. Madrid: Editorial Gredos, 1981.

 

2.  Alonso, Dámaso y Blecua, José Manuel. Antología de la poesía  española/Lírica de tipo tradicional, 2nda. edición corregida, 4ta. Reimpresión. Madrid: Gredos, 1982.

 

3.    Baquero, Gastón. “Introducción a la poesía de Mariano Brull” en Ensayo. Edición a cargo de Alfonso Ortega Carmona  y Alfredo Pérez Alencart. Salamanca: Fundación Central Hispano, 1995.

 

4.    Brull, Mariano. Obras (Poesía y Prosa: 1916-1955).  Compilación, prólogo  y notas de Emilio de Armas. Boulder, Colorado: Publications of the Society of Spanish and Spanish –American Studies, 2001.

 

5.    Jacobson, Roman. Language in Literature, 6th printing. London: Harvard University Press, 1996.

 

6.   Larraga. Ricardo. Mariano Brull y la poesía pura en Cuba. Miami:  Ediciones Universal. 1994.

 

7.    Lázaro Carreter, Fernando.  Diccionario de términos filológicos, 3ra. edición corregida. Madrid: Gredos, 1971.

 

8.     Linares Pérez, Marta. La poesía pura en Cuba. Prólogo de José Olivio Jiménez. Madrid: Playor, 1975.

 

9.     Lope de Vega, Félix. Poesía lírica. Prólogo de Alfonso Junco. México: Porrúa, 1995.

 

10.     Martín, José Luis. Crítica estilística. Madrid:Gredos, 1973.

 

11.    Matas, Julio. “Mariano Brull y los confines de la poesía pura”. Caribe. Universidad de Hawaii (Primavera 1976). 59-80.

 

12.   Posada, Rafael. “La jitanjáfora revisitada”. Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid:  2. 1-3 (1973-1974).  55-82.

 

13.   Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics. Edited by Alex Preminger Frank J. Warnke and O. B. Hardison. Jr., associate editors.  New Jersey:  Princeton University Press.

 

14.   Reyes, Alfonso. “Sobre la jitanjáfora”. La experiencia literaria. Buenos Aires: Losada, 1942.

 

15.   The Penguin Dictionary of Literary Terms and Literary Theory,  third edition. J. A. Cuddon.  London & New York: Penguin Books, 1991.   

 

16.   Valle, Rafael Heliodoro. “Diálogo con Mariano Brull”. Universidad de México. México: 2. 14 (1947).

 

17.     Vitier, Cintio. Lo cubano en la poesía. Las Villas: Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1958.  

 

18.   Zaldívar, Gladys. En torno a la poética de Mariano Brull. Second printing, updated and revised. Miami: Publicaciones de la Asociación de Hispanistas de las Américas.

 

19.   ____________ “El neologismo en la poesía de los iniciadores del modernismo” . Actas del I Congreso Internacional sobre el Español de América, Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Madrid: Editorial Las Murallas,  S. A. 1987.

 


Gladys Zaldívar nació en Cuba (1936). Poeta, ensayista, crítica literaria  y profesora de Literatura Hispanoamericana. Graduada de la Universidad de Maryland y Profesora Emérita de Western Maryland College, ambas instituciones en el estado de Maryland, EE.UU. Ha participado en varios volúmenes de crítica literaria y es coeditora de otros como Epitafios de Severo Sarduy (1994). Ha publicado los siguientes libros de poesía: Severed Garden, escrito originalmente en inglés (2002), La soledad fulgurada (2001), Cantata de las ruinas (1996), Viene el asedio (1987), Zéjeles para el clavel (1981), La Baranda de Oro (1980), Fabulación de Eneas (1979) y El Visitante (1971). Tiene un volumen de crítica en proceso de publicación: La isla en el naufragio / tradición de universalidad en la literatura cubana. Está incluida en las bibliografías de la colección Archivos de la UNESCO (1988) y la de Plaza y Janés (1980). Fue crítica seleccionada por la American Library Association (1985).