Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 31/32

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

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EL YEDINO

por 

 Víctor J. Asencio

 


(Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta obra son imaginarios. Cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia. Esta historia es parte del libro Metarelatos y El Fantasma de C.B. Walton.)

 

     En una ocasión era bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría y también servía de abogado a los beduinos y ladrones que merodeaban por las noches en el mesón de Rachid. Al entrar en esta caterva, bajabas por siete escalones espirales que te podían conducir al piso donde había que sentarse de espaldas a la pared, para evitar un ataque inesperado. Los más experimentados en el arte de las estafas y la sisonería se sentaban en dirección a las dos salidas, que se reducían a una, porque la otra, la de la izquierda, conducía al sótano. Este era un lugar subterráneo, donde reinaba la ausencia de la luz y cuyas paredes estaban cubiertas de alfombras tejidas por tribus nómadas del desierto.  Bajo estas, se habían repujado en alto relieve los símbolos centenarios de Irán Habif: los del ojo omnipresente; el del compromiso con la Viuda; el símbolo de la muerte prestada; el del misteriosos 12121181; y un interminable catálogo de símbolos que terminaban en el símbolo del castigo y venganza de las siete mujeres de Abu Simel. Bajo este último símbolo se inscribía en antigua caligrafía en khoisan y en arameo una sentencia que decía: “La vanidad vive en la casa del ego”. Allí en aquellas bóvedas se reunían en tiempos bien pasados antiguas sociedades secretas que con el correr de los años se convirtieron en escuelas, academias y universidades que establecieron sus raíces desde Knosos hasta  Timboctú y después en Acirema.

     El olor a mirra se mezclaba con la densa neblina que se escapaba hacia las otras seis bóvedas que componían el complejo de habitaciones que habían sido labradas en la roca. Similar a como se había hecho mil cuatrocientos cincuenta años antes de nuestra era en el Templo Mortuorio de la Reina Hatshepsut en Deir-el-Bahri.

     Al mesón, llegaban viajeros nómadas a quienes les sobraba el tiempo para estar donde quisieran. Viajaban muchos como las aves de mal agüero, acechando a sus víctimas. Mercenarios disfrazados de caballeros y caballeros disfrazados de mercenarios, para su propia protección. Algunos sabían adonde habían llegado, guiados estos por el antiguo y oculto talismán poderoso del Sol. Otros, se movían sin objetivo como las limaduras de hierro que se mueven hasta que llega un imán que las guía. Estos, nunca bajaban a los subterráneos ni se elevaban como lo hacía el humo de la mirra mezclado con la neblina. Eran buscadores de fortuna, del oro fácil, la vida cómoda y del fraude continuo. Dormían de pie y con los ojos abiertos, siempre al acecho... ¡aún estando dormidos! Si habías permanecido bastante tiempo en este lugar, intuitivamente podías detectar quienes eran los protegidos del Talismán del Sol. Por generaciones centenarias habían sido los únicos custodios del Fordut y de las profundas doctrinas secretas, de la Verdadera Doctrina Secreta. Ponderaban a la Verdad como Una.

     En varias ocasiones escuché a algunos de estos Templarios decir que lo más difícil de creer es la verdad. La verdad es la mentira, tú te la inventas. Por eso es tan escurridiza, tan resbalosa, tan infiel, decepcionante y engañosa. Por eso tienes que crear tantas, una para cubrir la otra. Es como una sábana de parches que con el tiempo se descolora y se deshila, dejándote expuesto. La Verdad es eterna…la mentira está limitada a un tiempo, no importa los años que pasen. La Verdad se sitúa como una visión isotópica en el Espacio y desde allí se pueden ver todos los ángulos cuando sabes usar tu visión esférica. Así hablaba este Yedino de sonrisa pasiva, iniciado en la Orden del Talismán del Sol.

     El Yedino estuvo sentado frente a mí por varias horas que transcurrieron en minutos. Añadió a esto que muchas de las verdades ocultas están escritas en forma de parábolas y paradojas y muestran los dos lados del fenómeno. Esto muestra una sincronización con el plan de la Naturaleza. Todas las manifestaciones de la verdad son tan solo declaraciones parciales, pues hay dos lados buenos para cada argumento. Si buscas con urgencia, con diligencia encontrarás la mitad opuesta. Recuerda que vives en un mundo Relativo, me dijo en voz baja. Por unos instantes, me percaté que cuando el Yedino hablaba nos acompañaba el silencio, un círculo de silencio, mientras los concurrentes al primer piso del Mesón donde nos encontrábamos vociferaban estridentemente. El Yedino radiaba pensamientos de un carácter diferente a aquellos que emanaban de las mentes de quienes nos rodeaban. Sus ondas mentales parecían tener un efecto sobre el gran cuerpo de ondas mentales del mundo. Pensé que sus pensamientos, su voz y su presencia eran necesitados en el trabajo del mundo. Pensé también que la Fuerza le enviaba un impulso para seguir hacia delante y vivir la vida en relación con la humanidad. Conversó también sobre la física y cómo en los siglos por venir ésta abrazará al abarcante del Absoluto. Se refirió al lenguaje universal del futuro. Este lenguaje o mejor dicho, metalenguaje, estará fundamentado en un elemental principio generativo cuyo origen es realmente lógico matemático. Los lingüistas del futuro investigarán un encadenamiento automático de reglas absolutamente explícitas semejante al concepto del algoritmo. La verdadera transformación del lenguaje radicará cuando los científicos del porvenir utilicen lo que se llamará la Auténtica Tabla de los Elementos, una vez esta sea completada, como base para la comunicación entre los Universos. 

     Habrían transcurrido ya veintisiete años desde que me inicié como bibliotecario en la Biblioteca de Alejandría. Los asistentes al Mesón de Rachid hablaban en voz baja sobre objetos ocultos en lugares secretos en la inmensa Biblioteca cuando les pasaba por el lado. Los rumores se habían convertido en leyendas que corrían de boca en oído y trascendían la localidad. Una de éstas se refería a un libro que contenía las fórmulas para la conjugación de hechizos y talismanes. Este libro le había pertenecido supuestamente a Zenódoto de Éfeso, quien había sido el primer bibliotecario. Según la leyenda este había sido robado y vendido a uno de mis antecesores, Erastótenes de Cyrene, tercer bibliotecario cerca del año 290 antes de Cristo.

     La antigua biblioteca era la única y verdadera Biblioteca Universal de todos los tiempos. Mientras paseaba por el Museo como acostumbraba hacerlo todas las tardes, allí se traducía El Viejo Testamento del hebreo al griego, la brisa traía un sabor salino a mi boca. Los preciosos palacios reales dominaban al boquerón del puerto. Me dirigía al Templo de Selcela, a cierta distancia de la vecindad del distrito sur. Erastótenes, Euclides y Arquímedes, para nombrar unos pocos, se reunían allí. Cerca del Templo merodeaban vendedores y compradores y se hacía todo género de encargos y negociaciones, en su mayoría fuera de la ley común. Resultaba ya muy propio en este ambiente comprar datos que condujeran a los interesados a conseguir el valioso y ambicionado libro de El Poderoso Talismán del sol. Los Reyes de la dinastía Tolemaica se habían determinado a hacer de Egipto el reinado más prominente de todas las épocas. Alejandría se convirtió en el centro para la filosofía, la literatura, las artes y la ciencia. A tales efectos, los Reyes Tolemaicos traían artistas, escritores, científicos y filósofos para enriquecer el acervo cultural de la Gran Biblioteca y del Museo o Altar de las Musas. ¡Qué no hubieran dado por poseer el libro de El Poderoso Talismán del Sol y quitarlo de las manos de los Yedinos! No sólo representaba este una codiciada pieza única de colección para una biblioteca o museo, sino que representaba el poder absoluto sobre todo en la Naturaleza, sus leyes y su Espacio.

     Los Yedinos habían asimilado este poder por generaciones sobre generaciones. Dominaban la circunspección y la aplicación de todas las reglas no para su propio beneficio sino para la salvación física y existencial de la Humanidad y su Espacio relativo y absoluto en el Universo. Pero… el libro había desaparecido. Se estimaba que ya para el año 245 A.C., antes de que Apolonio de Rodas terminara su incumbencia como bibliotecario, este hecho había ocurrido.

     La Organización de los Yedinos ha precedido a todas las Sociedades Secretas desde que empezaron la planificación de las Grandes Pirámides y la construcción de la Pirámide Escalonada del Rey Zoser en Saqqara cerca de 2610 A.C. El Sol de las Pléyades y no el sol de nuestro reducido sistema de planetas es su símbolo. Se dice que los Yedinos se identifican entre sí porque cuando se miran a los ojos una blanca luz que no proyecta sombra irradia desde su nuca. La naturaleza del color de esta luz determina su grado de elevación en relación con el infinito. Lo que para nosotros constituyen fenómenos inexplicables de la naturaleza, como el desdoblamiento de los átomos de las unidades de energía de carbón, la precognición a propósito, la sanación a distancia, el control voluntario de la mente subconsciente y el control de la voluntad ajena, son para ellos cuestiones elementales. Los Yedinos por así decirlo, no tienen nombre, nadie conoce sus caras, ni de donde vienen o adonde van. Vienen como avatares o Maestros y su ruta es elíptica en el Espacio. Aparecen en los lugares más bajos de la sociedad para dar la mano y levantar a las almas desahuciadas para que asciendan de acuerdo al Plan Maestro de las mentes de más allá de las Pléyades. También, están presentes mucho antes de que ocurra una debacle o hecatombe que pueda alterar el curso de la Naturaleza y la historia afectando a las generaciones futuras. En muchos casos ya conocidos se refleja que su naturaleza está fundamentada en una Mente de acero y un Corazón de compasión.

     Habiendo terminado mis rituales en el Templo de Selcela, me dirigía hacia la Biblioteca cruzando la Espina que es un largo y ancho pasadizo que conecta el área de ésta y que, a su vez, divide las paredes. La luz del mediodía entraba por los inmensos ventanales de la parte derecha creando patrones en rectángulos y cuadrados que se reflejaban en el piso cubiertos en degradaciones de luz y sombras.

     En la rotonda, me estaba esperando el Yedino. Su alta figura resultaba impresionante y hasta poco común. Vestía un albornoz obscuro tejido en tela de hilo muy propio para las noches en el desierto. Movía muy poco sus manos excepto cuando hacía una indicación a una sugerencia que había que cumplirse. Me saludó poniendo sus dos brazos en ángulos de noventa grados en una forma muy natural. Después, bajó el izquierdo hasta su costado. Comprendí que este saludo era muy especial, no se utilizaba públicamente ni corrientemente. Había leído en un antiguo pergamino proveniente de Cumrán que muchas organizaciones utilizaban algunos gestos, vestimentas y saludos privados, desconocidos para los no iniciados. Miró a su alrededor y las personas que se congregaban en la rotonda se fueron moviendo a otras salas de la Biblioteca como si hubieran recibido una orden telepática tácita. El Yedino me comunicó que había que estar alerta a las discrepancias ya casi por conocerse entre Cleopatra y su hermano Tolomeo XIII. Me informó que vendrían momentos muy críticos y difíciles para el pueblo. César y Alejandro bañarían las calles con sangre y fuego. ¡Ya Marco Antonio había compensado a Cleopatra con el regalo de más de doscientos mil documentos de Pérgamo! La plaga de la destrucción estaba a pocos pasos…

     Me indicó que había venido por El Libro del Talismán que había sido escondido por Aristófanes de Bizancio: cuarto bibliotecario de Alejandría. Este dato se había mantenido oculto por generaciones por los iniciados en la Orden del Talismán del Sol. Al terminar de decirme esto aparecieron once Yedinos, también con la misma vestimenta e hicieron un círculo a todo lo amplio de la rotonda. Luego de saludarme, esta vez haciendo un gesto como si se desgarraran las entrañas, tirándolas al piso, se dirigieron a la séptima cámara. Cuando salieron, un humo blanco empezó a llenar la rotonda.

     Desde las calles, a través de los ventanales de la Espina, llegaban gritos, vociferaciones, quejidos… se escuchaba el trote de los caballos y el choque de metales ensangrentados. Los centuriones de César bajo el comando de Alejandro arrasaban la ciudad en apoyo a Cleopatra contra su hermano. Muchos de los atorrantes que asistían al Mesón de Rachid entraron a la Biblioteca, aprovechando la confusión, y hurtaron objetos de colección e insustituibles manuscritos: libros, mapas y pergaminos de copia única. De las salas empezaron a salir los escolares y los estudiosos que asiduamente concurrían a la Biblioteca, escapando de las llamas que los envolvían.

     Corrí hasta la sala donde se encontraban los Yedinos. La sala estaba vacía. El pavoroso incendio no había llegado a ella. Mis ojos recorrían todo el espacio con rapidez…Uno de los casetones del plafón estaba abierto, revelando que había sido usado como lugar para ocultar algo. Un ingenioso escondite que nunca levantó sospechas. A mi alrededor el calor aumentaba inmisericordemente y el humo y las llamas cubrieron mi rostro. Una fuerza que no puedo describir me arrastró hacia fuera. La refriega había terminado y a lo lejos sólo se escuchaban gemidos y el crujir de las cenizas. Debí haber pasado la noche aturdido, así pensé cuando desperté en el desierto. El Sol estaba en el Cenit. Abrí mis ojos… y me encontré en la obscuridad.

 


Víctor J. Asencio nació en Cabo Rojo, Puerto Rico (1942). Poeta, narrador, ensayista y profesor de Lenguas y Literatura Hispanoamericana. En la actualidad ejerce como Decano Asistente del Departamento de Literatura del Boricua College en Brooklyn, Nueva York. Es autor del libro Elementos Decorativos de la Arquitectura Civil Puertorriqueña, el cual recibió la Medalla de Plata y Diploma Hombre de Letras 1980 de la Academia de Artes y Ciencias de Francia. También es autor de los libros: Metarelatos y el Fantasma de C.B. Walton y de La Vida Secreta de Pompín Pimpinelo, cuentos puertorriqueños. Tiene un libro en preparación llamado Palabras Clonadas, el cual es un estudio del idioma español hablado en Nueva York y Puerto Rico.