Rita Geada nos ofrece un nuevo poemario, Y EL MAR SIGUE BATIENDO, que
lanza la editorial Vinciguerra, en una cuidada edición editorial, con tapa
ilustrada por la pintora argentina Marta Olsen, quien desde la imagen
visual interpreta e ilumina los poemas. En su totalidad un conjunto de
exquisito gusto artístico.
Rita Geada, nacida
en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, salió muy joven de su país y por dos
años asistió como becada de la O.E.A. a la Facultad de Letras de Buenos
Aires realizando investigaciones literarias de post grado. Luego de
radicarse por décadas como profesora, en el estado de Connecticut, vive
ahora en Miami. Tiene ensayos y también cuentos publicados. Sus numerosos
poemarios dicen de una inquebrantable vocación iniciada desde muy temprano
en La Habana, con Desvelado silencio, 1959 y proseguida en
el exilio con otros ocho libros, entre ellos Cuando cantan las pisadas,
publicado en Buenos Aires (1967), Mascarada (1970), ganador en
Barcelona del premio “Carabela de Oro”, Esa lluvia de fuego que nos
quema (1988) y Espejo de la Tierra, ganador en Murcia, España
del premio “Luys Santamarina-Ciudad de Cieza”
en el 2001.
A propósito de
otro de sus libros, Vertizonte, 1977 y 1980, la poeta y crítica
argentina Nélida Salvador señaló: “En este libro de Rita Geada se acentúa
el equilibrio de su cosmovisión creadora mediante una armónica correlación
entre sus experiencias personales y las proyecciones imaginarias
objetivadas en cada poema”. Palabras que también pueden aplicarse al
libro que nos ocupa. En Vertizonte, el mar constituye una
entrañable rememoración y combina expresiones afectivas con los dolores
del destierro. Como señala la editora en la contratapa de Y EL MAR
SIGUE BATIENDO: “las corrientes poéticas universales no le son ajenas a
nuestra poeta, ya que como un tatuaje, como un cuerpo vivo, inciden en su
propia voz.” Nostalgia y reflexión, expresiones intimistas, axiológicas,
nacidas entre contextualizaciones inequívocamente subjetivas, se suceden
en esta obra donde, a partir del gerundio enunciado en el título del libro,
se enfatiza la continuidad incesante de las olas, como símbolo milenario
del fluir temporal. El espacio marino, como trasfondo o escenografía,
parece testimoniar y resumir todos los espacios vivenciales de la autora.
“En la arena/ los castillos se deshacen/ mientras, / el mar sigue cantando.”
nos dice. Sinfonía musical ésta que no cesa y subyuga.
Rita Geada, quien
ha obtenido premios internacionales, que aparece en múltiples antologías y
que muchos de sus textos han sido traducidos a varios idiomas, no abandona
su cubanidad. Su mirada universalista se tiñe con el color cautivante de
su isla caribeña. Mar y escritura cobran sentido esencial. La
multiplicidad de sentidos convergen hacia polisemias entrañables: “La
piel es agua/ clarísima transparencia/ de ilimitado asombro”, en la página
25. En el poema I de “Incidencias”, la autora acude, como excepción del
conjunto, a octosílabos de clara reminiscencia española. Con ajustado
ritmo, insistirá en su permanente alusión a ese entramado íntimo entre
vida y escritura: “Miramos como un reflejo/ toda idea en la escritura/ así
es como su figura/ plasma vida en lo que dejo”. Preguntas y clamores se
ahondan en estas páginas donde la autora se vuelca entre la magia y el
hechizo de la realidad y la fantasía.
Entre el “yo” y el
“tú” el juego especular se convierte en fluir metafórico incesante: “El
otro lado trasponemos/ haciendo del tú el yo/ el yo tuyo/ tu yo/ ya yo/
tuya”. Los mensajes trascienden lo puramente referencial y las
consideraciones metafísicas se instalan desde los opuestos. Las
proyecciones ahondan, a partir de lo intimista, para alcanzar la
trascendencia filosófica del ser. Apela también al gozo lúdico entre “los
peces que juegan en las aguas” donde los besos se vuelven saltarines como
los peces y “trazan en signos un poema de amor”. Memorias, olvidos, goces,
tristezas, lejanías y presencias se convierten, como Lidia Vinciguerra
los ha calificado acertadamente, en imágenes: “estéticas, plásticas y
sensuales” que alcanzan “plenos significantes metafísicos”. Bueno es
subrayar que los trazos descriptivos diseñados por Rita Geada no sólo
instalan el mar, sino un ir y venir dialógico intenso. Luz y oscuridad
recorren su escritura: son ejes que impulsan la concepción del universo y
están movidos por una inquietud filosófica que aspira a descubrir el
misterio, sin nunca perder la capacidad auroral del asombro. La prosa
poética titulada “Formas del mundo cambiante” es un ejemplo de meditación
lírico-reflexiva acerca del “torbellino de la vida”. La poeta reconoce
que “los únicos caminos que vale la pena recorrer son los que tienen
corazón”.
Esta poeta,
incansable viajera, registra en este libro, espacios geográficos de sol y
de nieve. Desde la rememoración de la belleza del Egeo corporizada,
pasando por Toledo, Canadá, Nueva Inglaterra, la Galicia de su padre, la
milenaria Alejandría y Egipto hasta la playa del Atlántico donde vive, son
lugares atrapados en su paleta lírica. No es casual que en este periplo
la autora nos lleve a su suelo natal. En “Imaginario retorno a Itaca”,
como Ulises, ella también remontará mares y vivencias, hasta recalar en su
Pinar del Río querido. La alusión sobre el héroe griego se conjuga en
dicho poema con el mensaje histórico implícito de esta cubana que, desde
afuera de la Isla, canta herida por el exilio. Así llega hasta el mar bien
al Sur. Tierra y fuego estremecen el juego aéreo de los delfines y los
albatros, que no sólo escoltan a los navíos sino que nos invitan al vuelo.
Ese vuelo que la autora le deja al lector como invitación para alcanzar la
Belleza.
(Extracto de la
presentación del libro, por la autora de esta nota, en Buenos Aires el 10
de mayo del 2004).