Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 31/32

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

POETAS CUBANOS

 

ARMANDO ÁLVAREZ BRAVO


Nació en La Habana, Cuba (1938). Poeta, crítico, ensayista y narrador. Miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua; correspondiente de la Real Academia Española y la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Fundador y vicepresidente del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio. Obra: Poesía: El azoro, Relaciones, Para domar un animal (Primer Premio Internacional de Poesía “José Luis Gallego/1981”, Madrid, España), Juicio de residencia, Las lejanías, El prisma de la razón, Naufragios y comentarios, Trenos, Cabos sueltos, Poesía en tres paisajes y La belleza del físico mundo. Ensayo: Orbita de Lezama Lima, Al curioso lector y Autorretrato a trancos. Cuento: Las traiciones del recuerdo y El día más memorable.


 

DEL PAISAJE Y LA PRESENCIA

  

     Ya no es la avidez de ver mundo,

sino de poseer como en un sueño

ciertos paisajes

entrevistos o pendientes,

tan especiales en su intimidad.

 

 

     Pero es difícil arrancarse

del sitio en que se está

parece que desde siempre.

El sitio donde los recuerdos

van convirtiéndose en ficciones

y reinventan esa historia nuestra

que ya es la de nuestros nuevos recuerdos.

 

 

     Cuándo llegamos aquí

¿cuánto de nosotros quedó allá?

¿Quién ese uno mismo

que distinto se recuerda a sí mismo?

¿Cuál es su rostro ya enfilando la eternidad?

 

 

     Quedan algunos viajes por hacer.

Son regresos a lo entrañable.

Son un reencuentro y una despedida.

Son también ir en secreta busca

de algo desconocido que sabemos nos falta.

Son quedarnos tranquilamente donde estamos.

 

 

     Ya nuestras huellas

no necesitan el polvo del camino.

 

 

 

PEQUEÑA ORACIÓN

  

      Señor,

               déjame

seguir recorriendo puntualmente

las mismas calles

porque si tuviese que alterar

mis cotidianos pasos

me perdería.

 

 

     Alegra ese camino

con la presencia más frecuente

de mis hijas, que has querido

para su bien hagan

su vida en otra parte

que es para mí todas las distancias.

 

 

     Mitiga mi sufrimiento

por los que debían estar aquí

y no pueden hacerlo,

y por aquellos que se fueron para siempre.

 

 

     Procura que los amigos

que quiero no pierdan la senda

hacia casa y cuando lleguen

y cuando se marchen

se sientan mejor por la andadura

y la compañía y ya piensen en volver.

 

 

     Bendice en la luz y en la sombra,

en la alegría y el dolor,

en la costumbre y la incertidumbre,

mi techo y el paisaje de mis recorridos

para que mis pasos y mi presencia

sepan de entrañable abrigo.

 

 

     No hace falta más para saber del paraíso.

 

 

 

SON LOS DÍAS DE MÁS CALOR

  

     Estos son los días de más calor.

ya los días de siempre.

 

 

     Este es otro de esos paisajes

de puerto de escala,

pero he quedado atrapado

para siempre en sus invisibles fronteras.

 

 

     Estas son las horas

en que me imagino otro, distinto,

como dije en un poema de juventud

que ahora me pasa la cuenta,

asegurándome que sigo siendo el mismo

y que la única diferencia

con aquel entonces

es el peso tremendo de los años y la vida.

 

 

     Esta es la declaración de mi suerte.

La hora en que lo pendiente me echa en cara

que es demasiado tarde. Y es también

la tan natural y extraña hora del recuento

y la ardua reconciliación conmigo mismo

y de dar gracias por lo mucho precioso que recibí.

No es otra cosa la criatura que este cúmulo de altibajos.

 

 

     Estos versos los pude escribir en cualquier sitio.

A estas alturas eso es, finalmente, un detalle

que carece de importancia.

 

 

 

CONFORME A LA SENTENCIA DE UN

GRANDE Y VIEJO SOLDADO

     

     Ni hablemos

¿para qué atormentarse?

de como pasa el tiempo,

minucioso e implacable,

y nos va desvaneciendo

(conforme a la sentencia

de despedida de un grande

y viejo soldado).

 

 

     Palabras oponiéndose

al incesante embate del blanco

que puede ser lo negro

(sus idénticos abismos),

el destilado qué de qué,

o, quizás mejor, pueriles,

estériles comentarios

en torno a lo inevitable

¡absolutamente nada

contra el acabamiento!

 

 

     Memoria, plenitud,

deseo y posibilidad

que, sí, ya bien se sabe─

es tan natural─,

decrecen vertiginosos,

que nos van reduciendo,

que nos disminuyen

con su puntual marea,

cuando ya sólo se desea

más y más de menos y menos.

 

 

     La eternidad

con su imprescindible,

preciosa y sagrada iluminación,

tan desesperada

y tan desesperadamente frágil,

desde todas las certidumbres

y la copiosa historia

de las nombrables

y las secretas glorias,

de los imposibles,

las derrotas, los sueños

y de las pisadas en el corazón

y el cuánto de lo que falta.

 

 

     Palabras─

¿quién puede garantizar

lo contrario?

¿tiene sentido empeñarse

en aspirar a perpetuar

las efímeras ficciones

de haber vivido tanto

entre el delirio y la lucidez?─

que también se desvanecen.

 

 

     Hablemos de otra cosa.

Es lo mejor.

Sólo Dios sabe

la historia completa.

 



 

CARLOS E. CENZANO


Nació en Santiago de Cuba (1957). Poeta y profesor de Español y Literatura. Se licenció en Educación en las especialidades de Español y Literatura en la Universidad de Oriente (Santiago de Cuba, 1982). Ejerce la docencia como profesor de preuniversitario y universitario hasta 1992, año en que emigra a los Estados Unidos y establece su residencia en la ciudad de Miami. Desde 1993 trabaja como profesor de Español y Literatura a nivel preuniversitario. En 1997 culmina una maestría en la Universidad Internacional de la Florida donde actualmente completa los cursos para su Doctorado en Filosofía y Letras. En Cuba obtuvo varios premios en concursos provinciales y nacionales de literatura para niños con los libros, aún inéditos: Un arcoiris del tiempo (poesía, 1987), Los sueños de Nino (poesía, 1988), El libro de Mónica (poesía, 1989) y La araña y la libélula (cuento, 1989). Tiene en proceso de publicación los poemarios Otro gallo cantaría (1992), Meditando a la orilla de los tamales (1999) y Sombras Sacras (2004). Su libro de poesía  País de agua (1992) salió publicado por Editorial Betania en Enero del 2004. Es también trovador y ha incursionado en varios géneros de la música cubana.


 

PERFIL DE SANTIAGO

       

             "Siempre he dicho que yo iré a Santiago

             en un coche de agua negra."

                                    Federico García Lorca

 

Por la escalera de Padre Pico

el tiempo sube

como una rosa cuajada de estrellas

escalones que respiran serenatas,

escaleras que se visten de pregones

 

Una cerveza se bebe

a una  mulata,

y la mulata se bebe a

una trompeta,

una trompeta se bebe

a una carroza,

y la carroza arrolla con un solo pié,

con un solo pié

viene arrollando el carnaval.

 

 

Berbena, berbena,

Padre Pico invita

con la luna llena

 

Por la escalera de Padre Pico

la vida baja,

mujer hecha de sueños y danzones,

escalones que resisten las arrugas

y se maquillan de encajes y promesas.

 

Una muchacha se asoma

a su ventana

y Pepe Sánchez la besa

en Sol Mayor,

el sol dobla temprano

por la esquina

y en la ciudad de esta mujer

está naciendo un trovador.

 

Berbena, berbena,

Padre Pico invita

con la luna llena.

 

 

 

OTRO GALLO CANTARÍA

 

"los gallos cantan

 por la mañana

 su dulce canto…"

              Canción popular

  

Si Santiago fuera de neón

y el metro estremeciera su esqueleto

mitigando la prisa del hombre

para llegar puntual al crimen.

 

Si el concreto se empinara

más cerca del azul

en su misión de rascacielos

cercenando el vuelo de la luz.

 

Si no estuviera mi ciudad

poblada de gorriones

y palomas donde anidan

su cielo y su virtud.

 

Si un mar de tejas y balcones

no fueran su paisaje natural

atravesada de norte a corazón

por el Caribe.

 

Si no fuera Santiago

un patio de begonias

de arecas y de helechos y de menta

con la humedad del tiempo en los jazmines.

 

Si perdiera Santiago el tibio aliento

que envuelve sus callejones

ese verano familiar que la derrite

cuando el látigo del sol dobla sus rejas

entonces otro gallo cantaría.

 

 

  

EL MEDIODÍA

 

Los rayos se hunden perpendicularmente

sobre las tejas de la ciudad

y extienden sus tentáculos de fuego

-con toda irreverencia-

entre las piernas de los transeúntes.

 

El aire se mece lento,

aparatoso,

como un anciano de vidrio.

Las calles sudan y se quejan

del látigo indecente de las ruedas

que van y vienen sin piedad

por todo su esqueleto,

dejando en el rostro de los de a pié

el zarpazo de la combustión.

 

La ciudad se asoma a los balcones

con el torso desnudo.

Una guitarra endulza el mediodía

“…con su trova fascinante

que me la quiero aprender.”

 

Las torres de la catedral

bostezan campanadas

para llamar a siesta

y mi madre se duerme religiosamente.

Después hará el café

a las cuatro de la tarde.

      

 

 

LA NOCHE

 

Es clandestina.

Tiene los ojos pardos

y el cuero terso.

 

Es caliente en sus contornos,

resbaladiza

un poco desobediente a los silencios

y al orden público.

 

Le gusta la parranda, el bailoteo,

el guateque, el barullo, la serenata,

y hasta el brete envuelto en papel de cartucho.

 

Es hembra la noche de Santiago

y le gusta asomarse a las guitarras

y a los timbales para el jolgorio.

 

Es hembra y tiene sed de varones

rebeldes que se fuguen de las sombras

y la violen soberanamente.

 

A veces es tan oscura

que corre el peligro de confundirse

con el enemigo,

de que le disparen a mansalva

y le quiebren la cintura

o el equilibrio de la danza…

 

 

 

DEL OTRO LADO

       

De una ciudad a otra

              la vida se demora un siglo.

 

Mi corazón está del otro lado

y he de cruzar el río

y he de vencer a las montañas.

 

Debo soñar un largo amanecer

que pasa por lo días,

como los años pasan por la lluvia,

sin detenerse.

 

Estoy viajando a su encuentro.

 

El camino se demora entre las siestas

y entre los colibríes,

se entretiene debajo de los nísperos

y se bifurca como las astas del antílope.

 

A veces pierdo el rumbo

y me detengo en las cortinas de un jazz,

o el  traqueteo de un calipso.

 

Entre una ciudad y otra hay muchos nombres

y me aturdo, a veces, con los gritos.

 

Trato de seguir el rumbo,

de orientarme en el pulso del mar,

en el instinto de mi raza.

 

Cuando llego alguna vez a esa ciudad

voy directo al ventanal de los suspiros

y allí me baño de la luz sin llagas.

 

Mi equipaje es cada vez más ligero.

Ya cruzo el río .

Miro hacia atrás

y veo que el mundo se oscurece.

Ante mi se erige la montaña.

Es verde y azul y equidistante.

Tiene el tamaño de un sueño.

y repite siempre la misma palabra,

hasta el infinito.

 

Del otro lado me espera el corazón.

 

 

 

FRONDAS SACRAS

 

El agua,

desesperada en las llagas

se rompe en el triángulo de la congoja.

 

Viene sin frutas

y arrastra cuerpos inertes,

apagada en sus trinos.

 

Viene harapienta de polvos bélicos,

roedores de la memoria

y la huella infinita

del amanecer del hombre.

 

¡Ay agua! ¿dónde te has ido

con tu canasta de flores,

con tus efluvios?

 

Embalsamada en la ecuación ruinosa,

acuchillada en su blando pergamino,

oscurece los horizontes azules

y las frondas sacras.

 

¡Ay agua de mi bendición,

regresa por el cauce limpio de las amapolas,

desnúdate de nuevo en tu magnífica heredad

o revienta en huracanes

que sacudan el planeta

de tanta pestilencia mecánica,

de tanta podredumbre

 

 

 

 

REINALDO GARCÍA RAMOS


Nació en Cienfuegos, Cuba (1944) y emigró a los Estados Unidos en 1980, con el éxodo del Mariel.  Perteneció al grupo literario El Puente (1962-1964).  En 1978 se graduó de Licenciado en Letras en la Universidad de La Habana.  Miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel  (Nueva York, 1983-85).  En la actualidad es el Editor de la revista digital de poesía Decir del Agua, fundada en 2002 (www.decirdelagua.com).  Ha publicado los libros de poesía: Caverna fiel (1993) y En la llanura (2001). Reside en Miami Beach, Florida.


 

LEGADO

 

                   Para Amando Fernández

 

Un día, esperanzado, se encontró por azar

el extraño cofre de la historia de su escasa familia,

en el que se guardaban piedras refulgentes,

         artefactos serenos del pasado,

         brazaletes de asombrosos tamaños,

         marcos de plata antigua,

         papeles y cenizas,

y sin poder salir de su perplejidad o su cansancio

lo fue dejando todo lentamente en su viejo lugar,

con la premonición de que no volvería

         a abrir aquel espacio nunca más.

 

Muchos años más tarde, en la impuesta vigilia,

quiso observar de cerca el tesoro tranquilo de su leve nación,

         que era mostrado a los viajeros bajo enorme custodia

         en un salón de mármoles oscuros y brillantes.

 

En el tesoro había reliquias portentosas,

         restos de una batalla inverosímil,

         espadas milenarias,

         nobles declaraciones de principios.

 

Estuvo horas contemplando los laberintos polvorientos;

         pero no pudo ver el grave sello

que salvaba a los fantasmas suficientes;

no le fue dado descubrir el aire establecido

         que envolvía a tantas desapariciones necesarias;

no pudo contemplar el ávido contorno

         que iniciaban esas cerradas eminencias.

 

Así, sin nada más entre las manos, despojado de sombras,

salió a aspirar despacio el aire de la noche.

 

                           

 

OTRO DISCURSO AL ODIADOR

   

                  A la memoria de R. A.

 

Estos, mi amigo, siguen siendo tus días;

no te molestes en contarlos,

         son poquísimos:

esta es la sombra y el resplandor de tu presencia,

aquí se aquietan y enardecen tu salvaje parodia

         y tu retiro de las cosas;

esta, no cabe duda, es la precaria

         y sucia mano del abismo

apresando tu sangre.

 

(Si miras con fijeza desde ahora,

         podrás ir descubriendo

desordenados filamentos que naufragan sin ruido,

en esa lluvia fría y gris dentro del cuerpo)

 

Enormes y escasos son tus días.

 

Y es comprensible, digamos, y hasta justo,

que una imprecisa ira te ennegrezca las horas

         (tanta inmundicia y pequeñez

         se expanden y te ahogan);            

 

Pero esos aullidos temporales no convierten a nadie

         en un demonio, bien lo sabes.

 

Son escasos tus días,

         y sin la menor duda suficientes

para dejar en claro que gastando los huesos,

         dando en limpio la cara

al brutal incendio de las ruinas,

         manoteando serenos en la piedra sin fondo,

respirando en la masa siniestra,

sin consuelo de árboles perdidos ni flores exclusivas

         ni almas devoradas ni venganzas,

hemos sabido disfrutar esta visita

         con paciencia y coraje.

 

                           

 

ÁRBOLES DE SANGRE

                       

                          Para Enrique Arrué,

                          el 20 de diciembre de 1999

 

Estos hermosos árboles bañados por la sangre

también tendrán sentido:

desaparecerán,

quemarán en su perfecto viaje

esas sagradas hojas que el viento hace vibrar;

su líquido esencial regresará a la tierra,

se sumirá en la añorada confusión.

 

Contémplalos; se queman en sí mismos,

en sus ramas se agita una pasión espléndida.

Sus raíces devoran con la misma impaciencia

         el vigor y la espera.

 

Míralos bien, no temas; acércate despacio:

bajo la corteza reverbera el calcinante elixir.

Tócalos con fuerza, aspira bien su aroma humedecido.

 

La misma llamarada que los exalta y embellece

regresa luego enrarecida y los disuelve.

  

                           

 

LA MIRADA DE ÁMBAR

                            

                             (Harar, 1891)

 

Nadie supo hasta mucho después

que aquel hermoso comerciante había sido en su tierra

el hechicero de los verbos azules,

el ebrio regidor que sepultaba

         las vocales sordas como el mar;

no sospechamos nunca que llevaba en los labios

el aullido de humo y la codicia

de su fornicación con los fantasmas.

 

Lo veíamos mezclar monedas y deseos

en las tabernas alejadas, entre viajeros indecisos,

y luego el viento tibio lo llevaba a las calles del puerto,

a que abrazara proyectiles con nombres olvidados

y ofrendara la pólvora a las nubes.

 

Pero cuando sellaba al aire libre

         los cargamentos de explosivos,

en sus manos ardía el silencio del sol;

en su mirada se quedaban inmóviles

los últimos fragmentos de un augurio cerrado

y en sus ojos de ámbar se perdían las cifras armoniosas

         con que se estaban preparando los asaltos.

 

                          

 

AVES SORPRENDIDAS EN EL SUEÑO

                                   

                                 “...to the birds in the white of the air...”

                                               W. B. Yeats

                                                                       Para Vicente Echerri

 

  Arremolinadas se han alzado de los sitios

en que pensaban perpetuarse

 

 

Se levantan de los entornos comprendidos

con esfuerzo y contemplan desde cierta altura

toda la vastedad de su alimento y su descanso,

cubierta por las llamas

 

 

Aletean con fuerza en el ocaso transformado,

teñido de repente de un resplandor furioso

 

 

Y suben, suben en círculos muy rápidos

sobre la repentina claridad;

y sienten el crujido de los insectos calcinados

y de la hierba que se entrega a la devoración,

al humo que la anula

 

 

Pero no parten enseguida,

no se atreven tan pronto

a sepultar las dimensiones de su mundo;

giran y giran durante largas horas

con sus alas perfectas

sobre los laberintos conocidos,

que la noche disuelve

 

 

No saben escapar, al nacer no tuvieron

ninguna indicación para alejarse

de esta súbita fuerza;

cuando iniciaron su aventura en la inmensa pradera

nunca sospecharon este despojamiento

 

 

No encuentran en sus instintos heredados

ninguna explicación para este incendio

que ya devora con premura

todas sus fantasías.