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(Se ve una
sala con una silla, una mesa y un diván. Catalina está sentada
en la silla y Asunción tumbada en el diván
dándole la espalda a la otra mujer).
ASUNCIÓN:
Hoy no sé muy bien qué decir.
CATALINA:
(Tiene en la mano una libreta y un bolígrafo). Puede
contarme cualquier cosa que le haya pasado.
ASUNCIÓN:
(Insegura). Bien, bueno, no sé.
CATALINA:
Seguramente en estos últimos días le ha ocurrido alguna
ASUNCIÓN:
Sí, hace un par de días discutí con mi madre.
CATALINA:
¿Cuál fue el motivo?
ASUNCIÓN:
Una tontería, en realidad. A pesar de mis cuarenta años, aún
cree que debo contarle detalladamente todo lo que hago. Salí a
comer con un amigo, con José Luis, ya sabe quien es, el que
escribe teatro, y luego decidimos ir al cine, a ver una película
de esas intrascendentes, para pasar el rato. El caso es que
volví a casa sobre las ocho de la tarde, cuando lo normal
hubiera sido llegar sobre las cuatro o como muy tarde las cinco.
Y allí estaba ella, con esa cara que pone, que yo no la sé
describir muy bien, pero me hace sentir el ser más miserable de
este mundo.
CATALINA:
(Anotando en la libreta). Pero usted sabe que tiene
derecho a salir con sus amigos.
ASUNCIÓN:
Sí, claro que lo sé, pero con mi madre siempre es igual, haga lo
que haga, estará mal. Lo que ella querría es que yo no saliera
de casa, que estuviera siempre con ella, ya sabe, a su lado,
como una niña pequeña, para soltarme sus monólogos, contarme sus
múltiples decepciones en la vida, y claro, su mayor frustración
soy yo, por no haberle dado unos nietos.
CATALINA:
Usted tiene todo el derecho a no tener ni compañero ni hijos.
ASUNCIÓN:
Yo no sé si eso es un derecho o no lo es. Creo, más bien, que ha
sido ella misma, mi madre, la que cortó en mi todo deseo de
tener una relación con un hombre. Por lo menos cuando yo era más
joven, no me refiero a ahora.
CATALINA:
¿Y en que basa esa creencia?
ASUNCIÓN:
(Con voz infantil). Cuando era pequeña no hacía más que
repetir lo sucios que eran los hombres, que todos pretendían lo
mismo, sin aclarar nunca que era eso de lo mismo, dejando
entrever, eso sí, que ese lo mismo era sumamente asqueroso. De
adolescente nunca me permitió tener amigos. (Con voz de
anciana). Ella decía que hombres y mujeres no podían
mantener una relación de amistad. Que eso era imposible, y sólo
podía pasar si él era raro o si lo era ella. Claro que nunca
especificó que era eso de ser raro.
CATALINA:
(Mirando hojas anteriores de la libreta). Pero usted si
ha tenido una relación de pareja, Asunción.
ASUNCIÓN:
Si a eso se le puede llamar tener una relación... No sé, sabe
usted, con Gutiérrez fue todo tan extraño. Tardamos casi un año
antes de empezar a salir en plan novios, ya empezaba a
desesperarme, yo, que siempre creí que no necesitaba para nada
tener un lío, mucho menos una relación, me encontré deseando con
fervor que por fin ocurriera, y, cuando ocurrió me encontré
viviendo una historia que no tenía el menor interés. Todo era
rutinario, sin la menor sorpresa. Gutiérrez era el hombre menos
imaginativo que he conocido.
CATALINA:
¿Y si no le gustaba, por qué le aceptó como compañero?
ASUNCIÓN:
Quería saber lo que era hacer el amor. Yo era virgen, a mis
veinticinco años, (baja la voz). Madre mía, qué
vergüenza.
CATALINA:
No es vergonzoso.
ASUNCIÓN:
Para mí si lo era, todas mis amigas ya habían dejado atrás la
virginidad sobre los veinte y yo no había tenido ningún contacto
físico con un hombre.
CATALINA:
¿Y fue por eso que empezó a salir con Gutiérrez?
ASUNCIÓN:
Yo creo que ese fue el motivo principal. Al principio era muy
atento y detallista. Apasionado, lo que es apasionado, no. Tan
cortés, tan distinguido. Tenía una conversación interesante y
nuestros gustos eran muy parecidos. A los dos nos gustaba el
cine, la lectura, la buena música, ir al teatro.
CATALINA:
¿Por qué cree que salió mal?
ASUNCIÓN:
Ya lo he comentado antes, no tenía imaginación ni apasionamiento
ninguno. Fue lo que me dijo mi madre: Te aburrirás mucho con él.
CATALINA:
¿Y usted hizo caso al comentario de su madre?
ASUNCIÓN:
No, no fue ese el detonante. O, ahora que me lo pregunta, quizás
sí.
Creo
que sí.
A
partir de entonces las virtudes que veía en Gutiérrez
me empezaron a
parecer defectos. Su distinción, presunción. Su cortesía,
empalago. Sus conversaciones, extraídas de una enciclopedia. Su
actitud respetuosa, un latazo, si me permite la expresión.
CATALINA:
¿Se da cuenta de la influencia que tiene su madre sobre usted?
ASUNCIÓN:
Sí, la verdad es que sí. Siempre me sorprende comprobar como
unas cosas llevan a otras, como mis historias siempre terminan o
empiezan en el mismo punto. Mi madre. Parece un dios
omnipresente.
CATALINA:
Para eso viene usted aquí, para recuperar el poder sobre su
propia vida.
ASUNCIÓN:
Hablando de eso, quizá sea una tontería pero anteayer, al salir
del cine, José Luis y yo fuimos a tomar un café, estuvimos
charlando sobre la obra que está escribiendo, un drama familiar,
podría cogerme a mi de protagonista, no, mejor a mi madre de
protagonista, bueno, después él se fue a su casa y yo me quedé
dando una vuelta en un centro comercial. Fui a comprarme
maquillaje y sombra de ojos. Me permití el capricho de
comprármelos de marca, concretamente de Yves Saint Laurent, que
es mi preferido.
CATALINA:
Y ve alguna relación entre la compra y el problema que tiene con
su madre.
ASUNCIÓN:
Quizá no, no lo sé, ella no se maquillaba cuando era joven,
menos ahora, con su edad, no quiero decir que las mujeres
mayores no se puedan maquillar claro está, (balbucea).
Siempre que sea discreto, claro que siempre tiene que ser
discreto el maquillaje... Me estoy liando, lo veo, he perdido el
hilo.
CATALINA:
Hablaba de si tenía alguna relación la compra que hizo con su
madre.
ASUNCIÓN:
Sí, sí, ya caigo. Pues eso, estaba diciendo que ella no se
maquillaba, y la verdad es que yo casi nunca lo hago, sólo en
ocasiones especiales.
CATALINA:
¿Podría decir algo más sobre este tema?
ASUNCIÓN:
(Se aprieta el bolso en el pecho con las dos manos). La
verdad es que llevo la compra en el bolso, la he traído conmigo,
no sé porqué, pero no quiero dejarla en casa.
CATALINA:
¿Teme que su madre lo encuentre?
ASUNCIÓN:
En parte sí, porque ella no soporta el despilfarro y claro, me
costó un dinero, que no es cualquier cosa, es Yves Saint Laurent.
Señor, me da un poco de corte, yo no suelo comprar las cosas por
su marca, pero no sé, con este hombre tengo algo especial.
CATALINA:
Es libre de comprar lo que quiera.
ASUNCIÓN:
Mi madre me ha repetido tantas veces que se debe ahorrar, que lo
bueno es para los demás, no para nosotras, que siempre hemos
sido pobres porque así es el destino.
CATALINA:
¿Pero usted no cree que ella tenga razón?
ASUNCIÓN:
No, no lo creo, pero me remuerde un poco la conciencia. Pienso
en la gente que se muere de hambre, en los que no tienen un
techo con que cubrirse, en la gente que viene de tan lejos en
las pateras y yo aquí, derrochando el dinero.
CATALINA:
No es responsable de lo mal repartida que está la riqueza en el
planeta. Ni siquiera puede cambiarlo.
ASUNCIÓN:
Ya lo sé, pero ella siempre ha repetido tanto que hay que pasar
con lo imprescindible. Si fuera por ella, yo no tendría más que
dos o tres piezas de ropa, la justa para cambiarme y lavarla...
Se pasó años lavando a mano por no querer una lavadora y por
supuesto, lavavajillas no tenemos, en casa.
CATALINA:
Quizás esa compra es un asomo de rebeldía hacia su madre.
ASUNCIÓN:
No lo sé, lo cierto es que yo nunca me he rebelado. No tengo
fuerzas para hacerlo. (Con voz dulce). La veo, sentada en
su mecedora, con su chal de lana, incluso en verano, siempre de
oscuro, marrón, gris o negro, al lado de la ventana, la única
ventana que tiene el salón, con su devocionario en la mano, y
esos ojos que tiene, grandes, verdes, luminosos, y cuando me
mira con esos ojos no sé lo que siento.
CATALINA:
¿Podría aclarar esos sentimientos?
ASUNCIÓN:
Pues no lo sé, lo puedo intentar. (Suspira). A veces
siento miedo, un miedo indefinible, suave, eso sí. No es pánico
ni nada parecido, es una pequeña serpiente que se me instala en
el pecho, si usted me entiende. Otras veces siento que la quiero
mucho, a pesar de todo. Pienso que ella me parió y me sacó
adelante sola, ya sabe que mi padre murió joven. Y pienso que si
es tan estricta es porque ha sufrido mucho. Ya sé que eso no
excusa todos sus comportamientos, pero lo cierto es que cuando
me dice con esa vocecita que tiene, que parece un pájaro que se
ha caído de un nido, cuando me llama (Con la supuesta voz de
la madre). “Asunción” yo siento que no puedo negarle nada.
CATALINA:
Pero es usted consciente que en todo amor deben existir límites.
ASUNCIÓN:
Claro que lo sé, después de tantos años de sesiones. Pero es
algo que escapa a mi racionalidad. (Alterada). Su voz me
golpea directamente en el corazón y yo, que soy atea, me
encuentro rezando el rosario con ella muchas tardes, me veo
recitando en voz baja, Ora pro nobis, Ora pro nobis, y algunas
veces pienso, si Dios existe, ¿no percibirá mi incredulidad?
Entonces me digo, esta es la última tarde que rezo el rosario
con mi madre, ella ya sabe que yo no creo en estas cosas, pero
me es imposible decirle que no.
CATALINA:
(Anota en la libreta). ¿Y por qué cree que le resulta
imposible?
ASUNCIÓN:
(Cansada). No lo sé.
CATALINA:
¿Es por miedo, quizás?
ASUNCIÓN:
Quizás sí tengo algo de miedo, ya he comentado antes que a veces
mi madre me produce miedo... Pero no sé a que tengo miedo,
concretamente, eso no se lo puedo decir.
CATALINA:
(Afirmativa). Quizás si encontrara las razones de su
miedo podría decirle a su madre que no algunas veces.
ASUNCIÓN:
Ahora necesitaría tener ese valor ¿sabe usted? Porque a mis
cuarenta me he enamorado y creo que soy correspondida. Señor,
que cursi queda eso.
CATALINA:
Puede ser usted todo lo cursi que quiera.
ASUNCIÓN:
Ya le he hablado de Agustín, en alguna otra ocasión.
CATALINA:
Pero no me había comentado que estuviera usted enamorada.
ASUNCIÓN:
(Gesticula con los pies). Es que no me había dado cuenta,
hasta ayer, que nos encontramos por la calle y a mi se me cambió
la cara. Empecé a tener esos síntomas de que hablaban mis amigas
en la adolescencia, el rubor, los latidos, el querer que él me
invitara a tomar un café... Sí, ya sé que le hubiera podido
invitar yo, pero Agustín es de esos hombres que le gusta llevar
él la iniciativa, no es que sea machista, no es ese el caso, es
que odia que le sorprendan, quiere llevar él las riendas de la
situación.
CATALINA:
¿Y, qué ocurrió?
ASUNCIÓN:
(Con voz alegre). Pues que me invitó a tomar un café y
estuvimos charlando casi una hora. Y eso que los dos teníamos
mucha prisa.
CATALINA:
¿Y por qué cree que él le corresponde?
ASUNCIÓN:
Pues porque me lo dijo, no claramente, todo hay que decirlo, eso
no, pero me insinuó que podríamos quedar más veces y no sólo
porque nos encontráramos por una casualidad. Yo le dije que sí,
claro, y cuando salimos del café no me lo podía creer. Estaba
tan contenta. Creí que me iba a morir sin haberme enamorado
nunca.
CATALINA:
(Anotando en la libreta). ¿Teme que su madre pueda
interferir?
ASUNCIÓN:
(Suspira). Agustín no le gustará. A mi madre sólo le
gustan los hombres que se pueden malear, ya me comprende, los
hombres a los que se puede dirigir o manipular y él no es de
esos.
CATALINA:
Pero antes ha comentado que su madre quiere nietos.
ASUNCIÓN:
(De carrerilla). Sí, pero quiere que yo me quede a vivir
en su casa, con mi futuro marido, y que tengamos los niños,
también en su casa, ya me entiende. Y claro, persona dominante
con persona dominante no pueden llevarse bien.
CATALINA:
¿Definiría usted a Agustín como un hombre dominante?
ASUNCIÓN:
Pues ahora que lo dice, bueno, dominante queda fatal. Lo que sí
he comprobado es que no soporta que le lleven la contraria, no
acepta las críticas, y siempre habla de él. Ayer mismo,
estuvimos todo el rato conversando sobre su trabajo, claro que a
mi me fascina oírle hablar, no me cansa que me hable de sus
cosas.
CATALINA:
(Golpea la libreta con el bolígrafo). Se ha enamorado de
un hombre egocéntrico.
ASUNCIÓN:
Un poco sí, claro que de que iba a hablar yo. Mi vida es tan
interesante como un ladrillo en medio de una obra.
CATALINA:
No debe hablar así de sí misma. Mire todas las cosas que cuenta
aquí, en la sesión.
ASUNCIÓN:
Pero no voy a hablar de eso con Agustín. Estas cosas se las
cuento a usted, porque me desahogo, pero a nadie más. Si mi
madre supiera que vengo aquí y sobre todo, si supiera las cosas
que le cuento, no quiero imaginarme cómo se iba a poner. Y no
quiero parecer una desequilibrada, además a Agustín las cosas de
la infancia no le interesan lo más mínimo.
CATALINA:
Pero si él está interesado en usted, no son ya cosas de
infancia, sino de su infancia y seguramente la escucharía.
ASUNCIÓN:
No lo sé, no lo creo, la verdad. Yo tampoco tengo mucho interés
en contarle nada.
CATALINA:
Y volviendo al tema de su madre, ¿cómo cree que puede mejorar su
relación con ella?
ASUNCIÓN:
(Con voz adulta y asertiva). Yo lo que debería hacer es
alquilarme un piso, iría a ver a mi madre todos los días,
comería con ella, pero tendría mi propia casa, que ya va siendo
hora. Debería tenerla alejada, no permitirle que se metiera
tanto en mis cosas, pero me pregunto, si no soy capaz de decirle
que no a un rosario ¿cómo me voy a independizar?
CATALINA:
Quizá la solución no sea irse de casa, quizá sea encontrar la
manera de que su madre entienda que usted tiene su propia vida.
ASUNCIÓN:
¿Hablar con mi madre? No sé, a veces me he planteado escribirle
una carta, he empezado muchas, usted ya sabe, y todas acaban en
el mismo sitio, en la papelera. Empiezo y luego no sé seguir,
confundo los términos, no sé expresarme y la verdad, la veo tan
sola, tan indefensa...
CATALINA:
Antes la ha calificado de dominante.
ASUNCIÓN:
Y es dominante, pues al final casi siempre se sale con la suya,
pero no se impone, pocas veces grita, se limita a hacerme saber
lo incompetente que soy, lo mala hija que soy por trabajar y
tenerla abandonada tantas horas. Y claro, cuando salgo por ahí
es todavía peor.
CATALINA:
Poco a poco iremos encontrando una solución, una salida.
ASUNCIÓN:
Yo creo que mi salida es Agustín.
CATALINA:
Pero ningún hombre puede solucionar sus problemas.
ASUNCIÓN:
Es que creo que él me dará fuerzas para dar el paso, ¿sabe
usted? Cuando le miro a los ojos, todo mi ser cambia. Tiene unos
bellos ojos verdes, grandes, luminosos. Creo que con la fuerza
de los sentimientos podré al fin decirle a mi madre que me voy,
que voy a vivir con un hombre, que la visitaré, sí, pero que
haré mi vida.
CATALINA:
Bien, eso ya lo iremos viendo en próximas sesiones. Creo que
por hoy ya es suficiente.
ASUNCIÓN:
Gracias, no sabe lo que significa para mi poder contarle todas
estas cosas.
CATALINA:
Es mi trabajo.
(Cae el telón).
FIN
Teresa Domingo Catalá
nació en Tarragona, España
(1967). Poeta y
dramaturga. Es licenciada en
Ciencias Políticas y en Sociología por la Universidad Complutense
de Madrid (1992). Participó en el IX Encuentro de Escritores de
Tarragona que convoca la Universidad Rovira i Virgili de
Tarragona (2002). Poemas suyos han sido publicados en la revista
El Prometeo Moderno (2002 y 2003) y ha colaborado con
poemas en varios libros colectivos. Ha publicado los libros de
poesía: Iris de Sombras, (Tarragona, 2003), en los
Cuadernos de la Perra Gorda que edita la Tertulia de Poesía
Mediona 15 y Soliloquios por Silva Editorial,
(Tarragona, 2004). Ha ganado premios de poesía en la ciudad de
Tarragona en los años 90 y ha sido finalista del concurso de
relatos del Ayuntamiento de Constantí (Tarragona, 2003). Sus
poemas también aparecen en la Antología La decisión de
naufragar que editó la Tertulia de Poesía Mediona 15
(Tarragona 2001), la Antología de Poetas Mujeres de Ciudad de
Mujeres (Internet), en la III y IV Antología de poetas
hispanoamericanos realizada por el poeta peruano Leo Zelada (2004)
y en las revistas de Internet: Pliegos
de opinión, Realidad Literal y Almiar (2004).
Su obra inédita comprende textos de poesía, teatro,
novela corta y cuento. Su poemario Loliloquios ha
sido interpretado en
representaciones teatrales que se han llevado a cabo en
Tarragona: Teatre Magatzem y en el Ateneo
de la ciudad (2004).
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