Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 37/38

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

 


 

EL DOLOR DEL ARTISTA

por

Leonora Acuña de Marmolejo

 

     El sol había teñido con escandaloso derroche de escarlata el paisaje tropical, para ir  luego a morir como un pájaro herido con su ropaje de fuego, allá tras los cerros lejanos. La luna había aparecido majestuosa como un gran disco de plata pegado contra la silueta morena de la noche.

    

     La lluvia deslizaba con agradable tintineo, sus collares de diamantes sobre los ventanales. Sólo se asomaban ahora por entre la transparencia violeta del horizonte, tímidas y coquetas, algunas lentejuelas de oro que el cortejo de la noche abandonara allí. Era ésta una noche especial, cuajada de rumores, repleta de misterios… Era una noche decembrina…

    

     El tiempo pasaba inadvertido dentro del gran recinto cristalino, que colmado, parecía incapaz de albergar a una persona más. Allí se daba la fiesta del mundo que  aparentemente profano, ansiaba olvidar por unas horas el profundo sentido de la vida. Raudas parejas danzaban al ritmo de la música, como si apenas rozaran el piso tapizado con alfombras de Damasco. Era el baile de disfraces en que algunos inútilmente quizás, trataban de borrar su doliente realidad bajo el antifaz de la alegría. Ése era su mundo en aquellos momentos, y en su corazón no podía caber otra emoción.

    

     Pulidos y ágiles dedos danzaban en el teclado del piano arrancando con afán y angustia, toda la escala de sonidos en que temblaba un alma agitada por tumultuosos sentimientos, como si quisiera vaciar en las sonoras  vibraciones, aquella lucha interior que la devoraba: Era el único ser allí, que aquellas horas contaba por segundos apremiantes con angustiosa espera, porque tras el transcurso de ellas, con mano extenuada quizás y con la mirada ávida, sentiría el peso de brillantes monedas  con las que lejos, muy lejos de allí, y ajeno a toda aquella extraña comedia, podría saborear el placer íntimo de ayudar a aliviar un dolor que era el suyo: un anciano de blancos cabellos, agobiado por el peso de los años tras rudo batallar, exhalaba con desesperante lentitud aquella existencia que le había sido dolorosa. Afuera, una dama tétrica y sombría acechaba ansiosa y  se burlaba con sorda y hueca carcajada del carnaval de la vida…

    

    Cruel y despiadada, arrebujada en el frío manto que tejiera en el momento de la suprema bíblica sentencia allá desde ignorados siglos, se apoyaba ahora con mano trémula sobre los cristales. Ya con inexorable determinación había señalado a uno de aquellos asistentes a quien su luz apagaría traidoramente. Pero ahora, ahora tenía prisa. Ya no tendría el próximo instante que perder; tenía algo que presenciar: la llama de esa vida que antes hubiera marcado, se estremecía agonizante y se debatía angustiosa ante la rebeldía y el dolor de confundir su último aliento con el tremendo silencio de la arcilla; aquella que lo recibiría en su seno en muda y renovada hospitalidad: la misma arcilla que lo había visto al nacer…

 

     De pronto cesó el baile. Todos se miraban confusos, atónitos con el mismo gesto interrogante en sus semblantes desconcertados. El piano cual si fuera un símbolo, recibió las miradas de todos como si aprisionara el secreto de aquel que antes lo hiciera vibrar en sentidas armonías.

 

     Estaba solo… Tras los ventanales, todos vieron perderse  en las sombras, la silueta del joven artista que corría en precipitada fuga. Aquella amarga premura tenía una noble más dolorosa razón.

    

     Cuando llegó a la modesta casita paterna que tantas veces supo brindarle tibio regazo, sintió como si un afilado puñal se clavara inclemente en su pecho. Fue ya tarde para él…Los ojos turbios del anciano, inmóviles parecían mirarlo con una triste elocuencia póstuma; sus labios cárdenos, sus miembros rígidos y helados: todo este conjunto se le antojaba en su dolor, un amargo y macabro escenario que le habló claro de la miseria humana. Entonces con inútil e impotente reproche gritó rasgando el majestuoso silencio de la noche… Papá, papá: ¡no puedes irte! Y en un impulso ahogado de inconformidad trató insensatamente de increpar a los cielos. Derramó todo el torrente de sus lágrimas sobre los restos mortales del anciano. Luego quedó sumido en profundas reflexiones: Pensaba con pesar que a su amado progenitor, la vida le había dado la mano para levantarle; lo había llevado hollando todos los caminos; le había enseñado duras verdades; le había dado dulces horas, bellos sueños que se esfumaron cuando apenas trataba de aprisionarlos para hacerlos suyos, y ahora… aquella misma vida, aleve lo entregaba despiadada, imperturbable y cruel en manos de su hermana gemela, la inexorable parca...

    

     Todos los pensamientos desfilaron tumultuosos en fúnebre filosofía por su mente afiebrada por la tortura del dolor. Traía a su recuerdo la huella luminosa, imborrable de aquel padre abnegado y ejemplar tratando de encontrar consuelo: aquel anciano venerable había sembrado otras vidas por cuyas venas corría su propia sangre y en cuyos corazones seguía palpitando el suyo. ¿Qué era la vida? Golpeaba incesante con tenaz martilleo en su cerebro, este interrogante. Una idea suicida vino entonces a clavarse en su mente;  mas de pronto escuchó una estridente y estremecedora carcajada. Quedó como petrificado: una voz cavernosa y escalofriante le respondió pausadamente: “La vida humana, amigo mío, es el instante de múltiples reflejos; es la comedia en que unos lloran y otros ríen, pero huyendo siempre del dolor que es hijo mío;  acariciando el ideal elusivo de la felicidad que es a veces, casi inasequible en su teatro; soy la críptica dueña de todos los secretos de ultratumba y de la única verdad.  Soy la segadora aparentemente impía, a quienes los humanos llaman “muerte”; pero yo, amigo mío, eslabono de nuevo  reuniendo otra vez a los seres que amorosos se esperan. Todavía es tiempo de hacer algo, tu lámpara no he señalado. Ve, y haz brillar esa tu luz. Aún no es tarde...”

    

     Entonces,  el artista como sacudido por noble determinación, buscó el piano testigo de sus tragedias escondidas y le arrancó en sus más sentidos arpegios, una pieza conmovedora, con todo el dolor que desgarraba su alma. Este fue el mejor testimonio de amor y gratitud que pudo brindarle, cual póstumo tributo, al anciano que sembró su vida, porque en aquella creación magistral inmortalizó su nombre... Así nació  “El Dolor del Artista”.

Leonora Acuña de Marmolejo nació en el Valle del Cauca, Colombia. Es periodista, poeta, escritora y pintora. Autora de los poemarios: Poemas en mi red (Plaza & Janes, 1992), con  prólogo del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal; Brindis por un poema (Plaza & Janes, 1995), con prólogo del Dr. Odón Betanzos Palacios, Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Esspañola ; y Baraja de poemas, (Betania, 2002), con prólogo del Dr. Luis Ángel Casas, poeta cubano y Académico de la Lengua Española. Es también autora de varios libros de cuentos, ensayos y novelas; algunos aún inéditos. Sus poemas, cuentos, críticas y ensayos le han merecido numerosos premios y reconocimientos, como los obtenidos por sus cuentos “El dolor del artista” (Colombia, 1962); “Aquí los dejo entre los muertos” (Sociedad Cultural Santa Cecilia, Miami 1997); “Papá Santiago” (Club Cultural de Miami “Atenea”, 2003); y por sus poemas “Poem to winter” (National Library of Poetry, 1995); “Soneto al amor” (Famous Poets Society, California, 1996); “El desdeñoso” (Academia Poética de Miami, 1997); ”Inquietud” (Club Cultural de Miami “Atenea”, 1998); “Ven” (Delegación Cultural del Ayuntamiento de Conil, Diputación de Cádiz, España, 2001). Es columnista en varios periódicos y revistas de New York. Reside en Long Island, Nueva York.