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Igual que siempre, los dos hombrecitos se hallaban en la esquina,
echados los cuerpos sobre la muralla renegrida, fumando, abandonados
a los pensamientos, soportando estoicamente el desdén de la calle. A
veces, cuando pasaba un tipo elegante, uno de ellos se levantaba y,
haciendo una mueca lastimosa, suplicaba: una moneda, papito…
Si le iba bien, partían sin tardanza a beber unos vasos de vino
tinto, del barato. Luego, regresaban al mismo sitio. Ellos tenían
sus sueños, y los sueños son una aventura que se debe perseguir con
pertinacia de animal. Lo sabían.
Los amigos se conocían desde pequeños, siendo esa
amistad su gran tesoro. Sin querer, fueron divorciándose del mundo,
y lo hicieron ufanos y vanagloriosos, dando fabulosas zancadas por
las ciénagas azules de los laberintos. Y todo cambió en ellos: sus
sienes se ajaron y vivieron distraídos del mundo, que es la única
forma de vivir pensando.
Saldaña, que era propenso a la evocación, solía repetir una anécdota
que le aconteció en su alocada juventud, cuando intentó abandonar el
alcohol: estuvo chupando en su reemplazo bolsas de caramelos. Aquel
exceso de dulces casi le provoca una rapaz diabetes. Optó por un mal
romántico: el vino. No moriré en contra de mi voluntad, indicaba.
Gatica, por su parte, siempre se refería a su fugaz
matrimonio, que duró nueve días, período que consideró infinito. El
estímulo del brebaje lo hacía reconocer que su esposa lo había
abandonado por un asuntillo que su caletre no lograba entender: olía
demasiado mal… Mi casamiento fue una convivencia fratricida,
afirmaba.
Otras veces conversaban de su buena fortuna: uno
aseguraba haber nacido con una estrella en la frente, mostrando un
senil y desproporcionado lunar que apenas se advertía en su cara
poblada de barba canosa y de estirpe curtida. El otro, para no ser
menos, aducía que al llegar al mundo, la partera (de quien recordaba
sus ojos) lo sacó del vientre tirándolo de las bolas. Explicaba que
aquello significaba suerte con las mujeres, sin entrar en detalles.
Quizá hacían bien en no ponerse demasiado sinceros: podían morir al
descubrir la penosa verdad de sus circunstancias. En realidad,
cualquiera no soportaría cinco años de existencia si osara vivir sin
mentirse. Los hombrecitos conocían al dedillo esto último y no
aceptaban nunca su condición de etílicos, cuando en verdad tenían
tanto alcohol en el cuerpo que si un mentecato —que nunca falta— les
hubiera tirado un fósforo a sus barrigas, sin duda habrían prendido
en llamas. Y morir a lo bonzo no estaba en sus mentes.
A eso del mediodía, el sol caía a plomo; Gatica y
Saldaña seguían tumbados sobre la muralla renegrida, callados, la
vista perdida. La humedad de sus vestimentas pobres, el tibio calor
las iba resecando. Viene duro el día, ronroneó Gatica. Su
compañero extrajo un cigarrillo, lo partió por la mitad, pasándole
una parte a él. Cuando encendieron los pitillos, pasó por el lugar
una muchacha bella y encantadora, que habría llamado la atención
hasta de un loco, pero incomprensiblemente ni siquiera la atisbaron.
Tal vez la mortal resaca del día anterior les jugó una mala pasada.
Fumaron relajadamente, contemplando al unísono el
cielo, Dios sabe por qué razón. Ninguno se dio cuenta de que, a un
par de pasos de donde se hallaban, estaba en el suelo un billete de
mil pesos; enrollado y visible. Se vinieron a enterar de aquello
cuando, inesperadamente, se detuvo un elegante automóvil; bajó un
joven: tranquilamente tomó el dinero y, semicontento, subió de
nuevo al coche y se alejó. Las dos criaturas no alcanzaron siquiera
a maldecirse. Sólo al rato vinieron a reaccionar, y sacaban cuenta
de los vasos de vino que perdieron por vivir tan abstraídos.
No
sería todo lo extraño que les sucedería ese día.
Casi inmediatamente, vieron que se acercaba un gordo
muy conocido, bonachón y popular, de los alrededores, quien siempre
les dejaba 200 pesos. Y esa vez no fue la excepción: Saldaña recibió
las monedas, con gratitud. Todavía no se mueren, espetó el
hombre, con tono chusco, echando el corpachón hacia atrás y lanzando
gruesas carcajadas. Estaremos en su funeral, le devolvió
Gatica, y el gordo, que era propietario de una cabeza pelada
perfecta, rió más fuerte, adulándole el dicho. Se despidió
afablemente, sin perder su alegría. Al darle la espalda, los dos
amigos se percataron de que en uno de los bolsillos traseros del
gordo, iba colgando un billete ¡de diez mil pesos…! Instintivamente
se pusieron de pie. Años que no veían un billete grande.
Sin pensar en la noble posibilidad de avisarle,
salieron detrás sigilosamente, con la fría esperanza de que un
vientecillo, o un movimiento brusco del hombre, permitiera hacer
caer el dinero.
Al comienzo, iban dándose empujones, hasta codazos,
pues ambos deseaban recoger la platica y tocarla, mirarla, entablar
una conversación íntima con ella, reprocharle su ausencia, amarla.
Afortunadamente, enseguida cesaron de instigarse, prometiéndose una
repartición equitativa de su afecto y compartirla un momento de sus
vidas. Al
avanzar una calle, la preocupación se apoderó de ellos y empezaron a
urdir un plan: agarrar al tipo, revolcarlo, amedrentarlo con sus
figuras patibularias y luego quitarle el dinero. Gatica, que era más
juicioso, dijo: los pelados tienen igual fuerza que los caballos,
compadre… Su compañero, como recobrando la razón, lo aprobó. Así
desecharon el plan.
Cincuenta o sesenta metros adelante, el gordo iba sonriente,
saludando al gentío con pequeñas reverencias de cabeza. Los
hombrecitos conocían aquel itinerario de los jueves: iba a tomarse
la presión donde un médico de la comuna y de ahí deambulaba hasta la
farmacia, donde le despachaban el o los remedios.
El anhelo de los expósitos era que el billete cayera
antes de que el gordo entrara a la consulta del médico; no aconteció
así. El voluminoso hombre logró llegar a la consulta y, tras una
breve espera, el doctor lo atendió. Desde una ventana, que daba a la
calle, los hombrecitos procuraban escrutar hacia el interior.
Nerviosamente divisaban al gordo con el doctor tirándose bromas.
Luego de unos minutos, el especialista extendió una receta del mismo
modo que siempre: escribió el nombre del medicamento en el centro de
la luminosa y perfecta pelada del gordo, quien gozaba como un niño.
Después, salió nuevamente a la calle, dando carcajadas, mientras
Gatica se persignaba porque el billete aún seguía colgando en el
bolsillo trasero.
Sin
avanzar un gran trecho, el feliz hombre pasó a la farmacia: ahí
mostró la receta escrita en su singular caletre de notas y de
inmediato se la cursaron, ganando frenéticas risotadas de empleados
y clientela. Como las recetas se timbran, una muchacha procedió a
rubricarle la cabeza, a lo que él exclamó:
hay que cumplir con la ley…
Al salir de la droguería, Saldaña se santiguó, pues
el billete continuaba expuesto, como una mujerota en su balcón. Los
socios se dieron ánimo y uno llegó a decir:
estamos con suerte.
Al llegar a avenida Matta con Nataniel, el gordo
todavía estaba riendo y aguardó la luz verde para cruzar la calle.
Un pequeño viento agitaba al billete. En ese instante, un colegial
se acercó a él y, asombrado, le avisó el riesgo que corría. ¿Cuál
dinero?, dijo el hombre, y remató: tómalo tú. El
estudiante quiso hacerlo... sin embargo, al momento, el alegre tipo,
tirando un hilito desde el otro bolsillo, impulsó el dinerillo hacia
el interior, a la par que se destornillaba de la risa, apuntando con
la mano al niño que no sabía qué hacer. Hecho esto, le dio unas
monedas.
Mientras secaba unas lágrimas que brotaron de su
excesivo júbilo, le dieron alcance los hombrecitos, quienes se
habían enterado del fiasco del colegial. Saludaron respetuosamente
al señor Mansilla, tal era el apellido del calvo quien, en otro
arranque humorístico, les preguntó: ¿y ustedes, aún respiran…?
Los abandonados se retiraron ligeramente, casi de la mano, buscando
con ansias un bar donde beber unas copas amargas, para olvidar al
gordo, quien continuó zapateando aleluyas y revolcado en el mismo
suelo que colgaba del bolsillo de los otros.
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Reinaldo Edmundo Marchant
nació en
Santiago de Chile, (1958).
Escritor, Profesor de literatura y
Director de Talleres Artísticos. Actualmente es Profesor de
Literatura de la Universidad Diego Portales, Consejero Nacional del
libro y la Lectura y Presidente de la Sociedad de Escritores de
Chile. Fue Agregado de Cultura y Prensa en la Embajada de Chile en
Uruguay (1994–1997) y en la Embajada de Chile en Colombia
(1998-1999). Articulista y Cronista de los diarios: La Época, La
Nación, Revista Análisis, Pluma y Pincel, Cauce, Semanario Chileno
Alemán "Cóndor", Revista Todo Música. Es editor de los medios de
comunicaciones para el poder local: Semanario Municipal Pedro
Aguirre Cerda y Semanario Municipal El Bosque. Sus novelas y cuentos
han recibido más de una docena de premios literarios y
reconocimientos, entre los que destacan: el Concurso Universidad
Católica (1983); Concurso Nacional “Cuentos de mi País”, Bata
(1984); Premio Nacional de Cuentos “Antonio Pigafetta” (1985);
Premio Internacional “Nuevo Cuento Latino”, EE.UU. (1985); Premio
CMI de Novela, Suiza (1986); Premio de Novela Breve “Rotary Club de
Santiago” (1986); Premio de Novela Inédita, Ministerio de Educación
de Chile (1987); Premio Nacional de Novela “Andrés Bello” (1988);
Premio Nacional de Literatura Sociedad de Escritores de Talca y
Universidad de Maule (1989); Premio Municipal de Literatura “Eusebio
Lillo”, El Bosque (1993); Premio Asociación Uruguaya de Escritores
(1995); Premio Literario Asociación de Mujeres Escritoras y
Periodistas de Uruguay (1996); XV Concurso Anual de Novela Ciudad de
Pereira, Colombia (1999); y Premio al Mejor Libro Publicado, Edición
de Lujo, Cartagena de Indias, Galería Franco del Arte y el Libro,
Colombia (1999). Entre sus libros figuran: En el bosque, un ángel
y demonio, novela (1986); El Abuelo, novela, (1988);
Priapina, cuentos (1990); Alquitrán y los gorriones,
novela (1992); Varona en el jardín, novela (1993; Un ave
de prodigiosos colores, novela (1993); El hombre de la mano
seca, novela (1994); Narraciones maravillosas, cuentos
(1995); Imaginaciones, cuentos (1996);
Santiago/Montevideo, antología binacional de cuentos, Editorial
Medina Ltda., Montevideo, Uruguay (1995) y Santiago de Chile,
(1996); Santiago/Montevideo, antología binacional de poesía,
en coautoría con Mario Benedetti, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay, (1996) y Santiago de Chile, (1997); Lautaro/Montevideo,
antología binacional de narradores, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay (1997), y Santiago de Chile,(1997); Los
mundos del abuelo, novela (1999); La patria golondrina,
novela (2002) y La alegría del pueblo, cuentos de fútbol
(2004).
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