Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 37/38

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

 


 

EL LIBRO AÚN TENÍA REMEDIO

por

Liliana Valderrama Blum

 

     Aquella tarde nublada, después de encontrar un par de exquisitos alacranes dentro del cazo para la cajeta de membrillo, María de las Maravillas supo que se quedaría ciega. Por sesenta y cinco años su vista había funcionado sin fallar, pero al recorrer con los ojos el lomo color naranja de aquellos arácnidos, la certeza de que iba a perder la habilidad de ver empezó a trepar por sus brazos y piernas, despacio e imperturbable, cosquilleando y entumeciendo  su espina, como si se tratara del mortal veneno. Dejó caer el cazo y permaneció de pie, perpleja, mientras el recipiente giraba sobre el círculo de la orilla, como las caderas de una hawaiana, hasta quedar inmóvil y el par de escorpiones se escondían en las ranuras de la pared, detrás de algunos frascos de duraznos en almíbar. Ella no trató de matar a los animales, ni de pedir auxilio, ni de huir, ni de entender. Simplemente existió y se permitió saber que existía. No hubiera podido precisar –si alguien le hubiera preguntado entonces– por cuánto tiempo estuvo así, si unos cuantos minutos o un par de horas. Igual, nadie la echó de menos, o más bien, su mera existencia fue dada por hecho por todos los demás.  El crepúsculo, ese escarabajo oscuro que se mueve sin prisas, empezó a introducir trozos de sombras por la pequeña ventana de la alacena; ella se alisó el delantal y salió. Un hueco en su interior le hizo preguntarse si Noé se habría sentido así al enterarse del diluvio en ciernes. O Lot. Las revelaciones suelen ser devastadoras. Ignorar el futuro tiene su encanto.

 

     Daba la impresión de ser mucho más tarde, pero el sonido de las campanas de la iglesia le recordaron a María de las Maravillas que iban a ser las siete. Pronto iba a comenzar su telenovela, así que se dirigió en automático a la salita de televisión, movida por la endeble seguridad que proporciona la rutina.  Sobre el sillón reclinable, su marido estaba leyendo el tercer o cuarto libro de la semana. En su caso, no fueron las mujeres ni el vicio los que le arrebataron  el cariño y la atención de su compañero, como a muchas de sus conocidas, sino la literatura, esa amante terrible y silenciosa, que además de alejar a su esposo de María, se aposentaba casi imperceptiblemente en su casa, invadiendo poco a poco los estantes de los libreros.  Ella pensaba que un buen día, sin que se lo esperara, los libros terminarían empujándolos a los dos fuera de la casa, como en aquella historia que una vez, hace muchos años, cuando todavía importaba, por intentar complacer al cónyuge (siguiendo los consejos de una revista de mujeres de mundo), más bien, por tratar de seducirlo, se forzó a sí misma a leer. Lo había escuchado comentar entusiasmado con un amigo el cuento de un tal Cortázar, y ella no tuvo problema para encontrarlo más tarde en la biblioteca, nítida y casi profesionalmente ordenada.  Sin embargo, el que María de las Maravillas hubiera leído un cuento e intentara discutir con él sobre la oscura relación entre los personajes no fue apreciado por Don Buenaventura: no lo festejó, ni fue más atento con ella, ni la tuvo en más alta estima. En cambio, le informó que lo estaba distrayendo de su libro  y que además, ese tipo de lecturas no era apropiado para mujeres. Descubre cuáles son sus intereses. Investiga, aprende, y ten una conversación inteligente con él. Eso hará que te desee más que nunca. Nada como un buen cerebro para animar la flama conyugal. Ellos las prefieren listas. María botó esa misma tarde la revista  y sus consejos con las sobras de la comida y se prometió a sí misma no volver a seguir los consejos de nadie para pretender avivar ninguna flama en su matrimonio. Mejor que se terminara de apagar de una buena vez para barrer las cenizas y esconderlas debajo de cualquier tapete.

 

María, ¿me prendes la lamparita?

Me voy a quedar ciega.

¿Qué dices?

Que me voy a quedar ciega.

Por eso, mujer, enciende la luz, que ya está muy oscuro aquí. No quiero forzar la vista.

 

María de las Maravillas caminó varios pasos hasta el rincón, procurando estampar con fuerza los talones de sus zapatos contra el mosaico jaspeado, y jaló con brusquedad la cadenita de la famélica lámpara de pie, a sólo unos treinta centímetros del brazo de Don Buenaventura, quien no quitó la vista de la página para arrastrar un endeble gracias entre los canos bigotes que le cubrían el labio.  Por instinto, más bien costumbre, ella resopló, las aletas nasales abriéndose igual que las de un toro a punto de embestir. Antaño, el gesto le habría hecho notar a su esposo que estaba molesta, pero hoy por hoy no conseguía ni levantar una ceja de interés. Era como si la capacidad de sentirse el uno al otro se hubiera erosionado, como las piedras que con el constante chocar de las olas se vuelven romas y resbalosas. Como los cangrejos, se precisa andar de puntitas.

 

¿No me oíste? Claro, nunca me oyes, dijo casi para sí misma y se dejó caer en el sillón, con la cabeza hacia atrás, sobre una de las numerosas carpetitas tejidas que colgaban encima de los respaldos de cada mueble de la casa.  Abrió los ojos: en el rincón superior de la pared, una telaraña brillante parecía sostener el peso entero de la antigua construcción.  Miró el techo y los pedacitos de pintura que se desprendían en las orillas, igual que la piel de sus nudillos luego de tallar los cuellos marrones de sudor de las camisas de Buenaventura.

 

Sí te oí, que te vas a quedar ciega. No estoy sordo todavía. Y lo que dices no es ninguna novedad; todos, con los años, vamos perdiendo los sentidos, uno a uno, hasta morir al final. No estás descubriendo el hilo negro, María.

Pensé que no me habías escuchado. Como no me contestaste nada...

 

Te escuché, pero no tengo comentarios al respecto. No hay nada que decir ante los hechos ineludibles. Además, estoy leyendo. Necesito luz y paz y que dejes de interrumpirme para hacerlo.

María de las Maravillas quiso decir que ella se quedaría ciega muy pronto; su boca permaneció abierta por unos segundos, como un sapo concentrado sobre un lirio, acechando una libélula. La intención escapó en el aire, cuando vio a su esposo sumergirse de nuevo entre las páginas de su libro.

 

Del vértice de la telaraña se descolgó un bicho de minúsculo cuerpo redondo y enormes patas delgadas.  Comenzó a caminar por la pared hasta esconderse tras el retrato de la abuela Matilde: una foto sepia que mostraba una mujer con espalda rígida, sonrisa apretada, mirada fría, mandíbula tensa, el ceño replegado, igual que un abanico: era como si se hubiera capturado en el papel no sólo la imagen, sino la vida infeliz y dura de la madre de su madre. María se colocó el chal marrón sobre los hombros, se frotó los brazos y miró a través de la ventana de barrotes de hierro. ¿Su cara se parecía a la de su abuela? Vio la lluvia caer con insistencia sobre la calle, arrastrando vestigios de basura y recuerdos, que luego quedaban atrapados en los canales de la banqueta. Justo como los cuerpos que a veces trae el río, y que encallan en los recodos de la ribera, casi siempre en enero. La tristeza de un año que entra tiene un efecto trágico en la gente.  El cielo tornó a un color púrpura oscurísimo y el cuerpo de la mujer se estremeció de punta a punta. Un rayo iluminó por segundos su mirada y  luego hizo gemir los cristales con estruendo.  Por un instante, la silueta del marido leyendo se convirtió en un hueco en el paisaje. Casi muda, la telenovela se sucedía en la pantalla sin que nadie le prestara atención, refulgiendo a intervalos, como una luciérnaga moribunda.

 

Son las siete y media, dijo Don Buenaventura, colocando los anteojos y el libro sobre una de las mesitas. Ella se encaminó con lentitud y sin hablar a la cocina, calentó la leche, dispuso el pan, el azúcar y el café instantáneo sobre la mesa. El reloj de péndulo corto, en forma de ventana gótica, con una gárgola diminuta en la punta, confirmó el tiempo con una campanada de media. Ella lo miró desde la mesa y reflexionó en que había sido un regalo de bodas de la abuela Matilde. Un ligero dolor de cabeza la amenazó al intentar calcular la edad del reloj. Desistió y avisó a su esposo que todo estaba listo. Merendaron juntos y hablaron sin decirse nada, como cada noche desde hace cuarenta y cinco años. Pero aquel día nublado y lluvioso, María de las Maravillas supo, inexplicable pero certeramente, que se quedaría ciega.

 

* * *

   

     Estaba aún oscuro cuando las campanas de San Agustín anunciaron la misa de las seis de la mañana.  El sacristán barría el atrio, moviendo de un punto a otro las cáscaras de naranja, los elotes roídos, las colillas de cigarro y demás basura que los fieles, en su gran adoración y fe, con seguridad olvidaron tirar en los botes dispuestos para tal efecto. La escoba brujesca, hecha de gruesas varas retorcidas y amarradas con un tosco alambre oxidado, levantaba una nube de polvo que, como las palomas sin oficio, sólo volaba por unos instantes para aterrizar en cualquier otro sitio. Afuera, ya en la banqueta y en el mundo laico, el panorama era peor: además del mismo tipo de desechos, un fuerte olor a orines se desprendía de la pared que cercaba el terreno sagrado. Un balde de agua con cloro y un cepillo habrían resuelto el problema, pero la jurisdicción y responsabilidad del sacristán terminaban justo donde la del Ayuntamiento comenzaba: un paso más allá, el umbral de hierro era la línea divisoria entre lo que era de Dios y lo del César.  De forma que el regordete hombre de cuerpo en forma de cebolla se contentó con empujar una montañita de basura hacia la banqueta y persignarse antes de regresar adentro, pues el servicio iba  a  iniciar.

           

     Las ancianas madrugadoras, con las cabezas cubiertas de chales negros o grises, sal y pimienta y ciega fe, espolvoreaban ya la nave principal de la iglesia. Movían sus labios, negociando con los santos de su predilección amor, salud, dinero y milagros a cambio de algunos sacrificios nimios en caso de que lo requerido fuese cumplido. Un par de monaguillos legañosos acomodaban los utensilios del rito y vertían agua a los crisantemos recién dispuestos a ambos lados del altar.  María de las Maravillas, con la barbilla hundida en la clavícula, rezaba en silencio. En realidad, aunque a lo largo de toda la misa aparentó participar con respuestas y cánticos, además de escuchar el sermón con una cara que pudiera haberse tomado como de interés, nunca dejó de monologar con su dios privado.  El olor a incienso, a flores frescas y a ese tufillo rancio de algunos ancianos que sólo se bañan una vez por semana -ya sea por costumbre, necedad, o falta de recursos-, se mezclaba con las voces desafinadas de los fieles, elevándose en una plegaria matutina y llena de humanidad a nuestro Señor.

 

     En el confesionario, María de las Maravillas titubeó frente a la tela oscura que la separaba del aliento agrio del Padre Girasol, y en el mismo instante en que abría su boca para confesarse, decidió no hablar con el cura de la revelación que tuvo la tarde anterior, así que bordó sus palabras con los pecadillos inocuos de siempre, y adivinó sin equivocarse la predecible penitencia.  Sus oídos bloquearon la voz del clérigo y sintió unas ganas inexplicables de salir de la iglesia y caminar por la ciudad y ver todo por última vez.  Dejó el confesionario sin preocuparse por una explicación o despedida. Entonces, durante varias horas recorrió con los pies y las pupilas la zona antigua de la ciudad, la que había conocido cuando niña, intentando esculpir en las volutas de su mente todo cuanto pudo mirar. Y de la misma forma en que el encuentro con los alacranes le manifestó con claridad que se quedaría ciega, esa mañana se dio cuenta que si fuera capaz de comprimir en su mente un retrato fiel de su pequeño mundo, podría sobrevivir entre las sombras.

 

* * *

     María de las Maravillas decidió que una vez que perdiera la vista no volvería a salir de su hogar en cuanto fuera posible, pero  estaba resuelta a utilizar todo el tiempo que tuviera, desde ese mismo día hasta que la ceguera se apoderara de ella, para aprender a vivir sin el más preciado de los sentidos. Así que concentró toda su atención, toda su fuerza, toda su tristeza y todo su tiempo en memorizar cada rincón de su casa.

 

     Salomón, el gato, empezó a extrañar las tibias tardes sobre el regazo de la mujer, aquellas en las que ella tejía carpetitas con tedioso frenesí; Don Buenaventura echó de menos la presencia de su esposa en el sofá de junco; no conversaban, pero su figura en el lugar de siempre era parte de la sala. Era como si de súbito alguien hubiera cambiado la decoración y eso lo perturbaba un poco.  Últimamente María de las Maravillas no hacía otra cosa que recorrer, con los ojos vendados, los pasillos de la casa, deteniéndose un infinito número de veces para palpar cada centímetro de las paredes, de los libreros, de las puertas, y de cualquier objeto que encontrara. Incluso dejó de ir a misa en la mañana y en la tarde, y se conformó con sólo asistir al servicio matutino. Decía que no iba a preparar cajeta de membrillo ni duraznos en almíbar ni pasteles hasta que se sintiera segura de poder hacerlo sin ver. Cuando era hora de la telenovela, tomaba asiento en su lugar de costumbre, erguida, con la venda intacta sobre su cara, escuchando con detenimiento los diálogos de la pantalla que no podía mirar, a la vez que ponía en palabras las acciones que imaginaba realizaban los personajes.  Esto era en especial irritante para su marido, pero lo peor era cuando ella hacía el intento de alistar la merienda a tientas, derramando la leche fuera de la taza y espolvoreando cientos de granos de café instantáneo sobre el mantel.  Él se llegó a quejar, sólo para obtener como respuesta la sentencia de que mejor le valía ajustarse a la nueva situación, puesto que pronto todo iba a cambiar con la inminente ceguera. Don Buenaventura, enemigo de las discusiones conyugales, optó, entonces, por condescender a la torpeza de su quimérica invidente.

 

* * *

 

     Después de casi un año de ejercitarse en el arte de la ceguera, María de las Maravillas terminó por conocer íntimamente hasta el más recóndito lugar de su casa.  Adquirido el ingenio de preparar mermeladas, frutas en conservas, e incluso galletas, se desenvolvía como la mejor de las cocineras. Era capaz de tender camas, lavar trastes, secarlos y acomodarlos en el lugar correcto; también cultivó la habilidad de lavar ropa a la perfección, de planchar de forma estupenda, y hasta de zurcir sin ver.

 

     Una tarde, en la alacena, María de las Maravillas buscaba frijoles en un costal, cuando se detuvo con brusquedad, como si una voz desconocida y  muda le advirtiera de alguna amenaza. Desconcertada, pero curiosa, se quitó la venda de los ojos muy despacio y tiró de la cadenita que pendía sobre su cabeza, para encender el foco. Después de que sus ojos se acostumbraron al brillo de la luz, pudo distinguir, muy cerca del costal, un alacrán enorme, de un color amarillo translúcido. No necesitó de sus ojos para sortear ese peligro. Aquel día, supo que estaba completamente preparada para vivir ciega.  Llena de júbilo, mató al infeliz bicho de un zapatazo, fue a besar a un sorprendido Don Buenaventura con estrépito en su amplia calva, y le anunció que celebrarían merendando chocolate caliente y un pastel de manzana recién horneado.

 

 * * *

 

     A la mañana siguiente, María de las Maravillas se levantó, como siempre, a las cinco para alistarse para la primera misa del día.  Caminó en la oscuridad matutina con entera seguridad, dueña de cada centímetro que sus pies recorrían descalzos. Terminó su arreglo personal y aún faltaba media hora para que las campanas de San Agustín comenzaran a llamar, así que decidió sentarse a tejer un suéter para su nieto consentido y así matar los minutos.  Cuando juzgó que era momento de irse, luego de unos cien puntos, dio unos pasos cargando su estambre y agujas para colocarlos dentro de una canasta, en una esquina de la sala. No llevaba la venda, pero caminaba segura, sin ver. Al apoyar el pie derecho, sintió que éste se deslizaba con fuerza hacia delante y que perdía el equilibrio. Mientras caía de bruces, por una fracción de segundo, una brisa intensa acarició la cara de María de las Maravillas, y sus ojos vieron por última vez la pared blanca, el estambre amarillo, las agujas plateadas y largas… después todo fue tinieblas.

 

     Don Buenaventura salió de su habitación, refunfuñando: había comido demasiado pastel y tenía unas fuertes agruras. Un agudo grito y el sonido de un golpe seco sobre el suelo lo habían levantado. Entró a la sala de tele: su mujer permanecía tirada, sin tratar de sacarse la aguja que había penetrado por el ojo derecho de forma diagonal y hacia la izquierda, incrustándose también en la parte posterior del otro globo ocular. Más allá de su cuerpo, un libro de hojas lustrosas y forros suaves, yacía abierto, un poco deshecho. Debió haberse caído anoche, cuando me quedé dormido, pensó. El hombre titubeó por un par de segundos: recogió el libro y trató de pegar las páginas rasgadas. Quizá todavía tuviera remedio… 

Liliana Valderrama Blum nació en Durango, México (1974). Narradora, ensayista y profesora. Graduada con una Maestría en Educación en ITESM, Universidad Virtual (2002), una Licenciatura en Literatura Comparada en la Universidad de Kansas (1996), Diplomada en Filosofía de la Literatura del Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2003), en Ensayo en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2001), de Crítica de Literatura Mexicana en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2000) y en Creación Literaria de la Universidad del Noreste de México (1998). Ha trabajado como asistente de conducción y lectora de cuentos en “El viaje del unicornio”, programa infantil de Radio Querétaro. Ha publicado sus cuentos en diferentes revistas como: Revista Síntoma (Tamaulipas, México), Reflexiones, revista virtual del Sistema ITESM: Monterrey, en Ficticia: ciudad de cuentos (www.ficticia.com)  y en Letralia, tierra de letras (www.letralia.com), entre otras. Ha publicado: La maldición de Eva, cuentos, Editorial Voces de Barlovento: Tampico (2002), “Unos huevos con tocino”, cuento, en la Antología del XV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Hidalgo (2001), “Dos cuentos del otro lado de la línea”, cuento, en la Antología del XIV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Sonora Norte (1999) y “Sobre plenitud” y “Sobre los inquilinos de su ‘yo’ “, ensayos, en Oleajes: antología de ensayos. Blum, Liliana V. [et al.] Universidad del Noreste-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tamaulipas: Tampico, México (1998).