Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 37/38

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

   
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

LAS MIRADAS DE MADONNA

por

Manuel Bolívar Graterol

 

     Aquella mañana dejó sus cigarrillos en la mesa y abandonó, entre la espesura humeante del dormitorio, su agenda de trabajo. Ahora en la calle, distraído por el avance de los vehículos y el bullicio cotidiano, se dedicaría a cautivar a las doncellas. Ellas se pasean desde muy temprano, agitando sus traseros que pujan en medio de sus telas tan cortas. Él tenía las manos sucias, cualquiera de ellas podría pensar muy mal, pero así va la vida, cada quien la huele como puede. Recordó, en ese desorden de ciudad, que debía escribir una carta para la fulana, esa que le movía los ojitos y maceraba sus labios con una pasta rojiza. No tendría tiempo para hacerlo. Así que mejor es andar pescando la buena energía y pasear a su querida mascota.

 

     Decidió avanzar unas cuadras más para buscar a alguien con quien conversar. Allí estaba ella, con su perfume ridículo y su pañuelo coloreado, esperando tragarse toda la gaseosa con su pitillo, mientras mostraba sus muelas con olor a tomillo. No le diría nada, al menos hasta que fuese obligado. Se acerco y, soltando sus primeras frases, le saludó, Buenos días. Y ella contestó, luego de marcar sus mejillas con sus tonos enfermizos. Le sugirió acompañarla y ella le exigió que cancelara la cuenta. Durante el trayecto por el barrio conversaron de lo mismo; de su padre que murió borracho en una taberna; de su antiguo amante que falleció de tristeza y de su perro de lana peluda que cada noche se sube a su cama y duerme con ella.

 

     Él quería hablarle de sus insectos, aunque con miedo a que deseara verlos. Están seguros en mi nevera, pensó. Y colocó su mano derecha por encima de su hombro. Ella le dijo una frase de memoria: “Estarás en mi corazón como los alacranes”. No era suya, sino de una película muy deplorable, que ella siempre veía en su casa. ¿Cuántas lunas has visto?, dijo. Y él comenzó a mirar su dedo índice, mientras un eructo caía desde su boca, mojando el vestido de seda que ella había comprado con mucho sacrificio. Y a su mamá no le gustaría, cuando se le presentara sucia frente a su único retrato, que ya el sol borraba desde una ventana de su residencia.

 

     Al llegar a una esquina ella señaló una tienda de víveres. Abrió la puerta de vidrio y cruzó hasta encontrarse con el dependiente. El rostro del señor se mostraba algo preocupado; aunque le exigió que usara el baño para limpiarse. Una música surgía desde el fondo. Él fue a los estantes mientras sentía unas fuertes ganas de orinar, así que hundió sus manos y disparó el chorro sobre una exhibición de quesos. Reflexionó rápidamente, y dijo en voz baja, “el camenbert es una ilusión”. Aprovechó una caja de servilletas, y comenzó a mirar su reflejo en una de las vidrieras, secando sus pantalones. El cabello parecía temblar, con su carga de vaselina. Se lanzó unos movimientos a lo Elvis, y tocando su guitarra imaginaria, lanzó un alarido enorme. Ella salió desesperada, masticando su goma de chiclet que había sacado de la parte inferior de su peinado, oculta por sus ganchos fosforescentes.

 

     —“Eres mi ángel”, le repitió; mientras sus brazos húmedos cruzaban su cuello. Tenía un crucifijo de madera, como recuerdo de un familiar que se despidió en el muelle. Y no volvió a saberse de él, salvo algunas cartas rotas que arribaron por equivocación a su apartado de correos. Ella quería un helado; pero él no gustaba de gastar su dinero; solo lo hacía con gusto cuando sacaba sus cucarachas a pasear por el centro de la ciudad. Hablaron, se besaron, y casi de un mordisco juguetón, ella le arrancó un grano rojizo que tenía cerca de la barbilla. El dependiente no se atrevió a preguntar nada. Estaba nervioso y tan solo rascaba su calva mientras juntaba sus rodillas para lograr que se marcharan. Él lo miro por encima de uno de sus hombros y lentamente dijo: “Un matrimonio es como una cuerda floja”. Y el señor aprobó con un movimiento rápido de su cabeza, mientras ellos se iban.

 

     Ella tenía hambre; pero a él no le gusta el cerdo ni las patatas. Prefiere una liebre; disfruta imaginar lo escénico que resulta su cacería. A ella no le gusta eso y entonces intenta convencerlo. Ella se fascina con el crustáceo, y colecciona libros que hablen de eso. Cuenta que, el primer día que comió uno de estos, se le inflamó tanto la boca que fue internada de emergencia en un centro ambulatorio, así que no se detendrán en ninguna parte hasta llegar a su buhardilla preferida, El Ángel roto. Este lugar es una especie de bar donde asisten bandoleros, estafadores y enamorados. Se deciden y, en pocos minutos, llegan a las puertas del local. Él siente que tendrá mucho apetito, debido a que siente fuertes ganas de vomitar. El mesonero atiende su pedido y trae dos cervezas. “La mas caliente”, dice, mientras se pierde por la parte trasera del negocio.

 

     Ella mira a un hombre con aspecto de holgazán; y cuando se acerca le muestra su goma de mascar. Hola divino, dice y se sienta cómoda en el extremo sur de la barra. Ahora está junto a él, en su nido de amor y escuchando la música que le gusta. Al regresar del lavabo, él recordó que traía una mosca en una caja de fósforos. Su nombre es Madonna. Se ríe. Y ambos estrechan sus largos vasos para brindar por su amor. Ella no se cansa de mirarle. Y le gustan sus botas moradas que pegan con la sangre coagulada en su espalda. “Madonna tiene fiebre” —dice. Y extrae el envoltorio de un caramelo para cubrirla. Ella piensa que morirá de amor, como todas las moscas. Así sucede siempre. Durante su niñez hubo muchas en sus comidas; y planeaban hasta suicidarse felices en los trozos de banano de la sopa, aunque preferían los pedazos de pan con azúcar.

 

     Su abuela decía que nadie las quería. Y por eso todas se estrellaban contra su comida. Él dice que la culpa es de las verduras. Ella sonríe y le da la razón. Allí pasarán todo el día, hablando en voz baja para evitar a los demás clientes. Ella enjuaga su goma en el agua de una copa que colocó el mesonero muy cerca de la caja registradora. Apunta sus delgados dedos contra un espejo de la pared, como si se tratase de un contundente revolver. Bum, bum, y lleva su mano izquierda a la boca para mojar con saliva el dedo índice. Él abre uno de sus bolsillos, buscando algo que no encuentra. Creía tener fotos de su mosca. Deben estar en casa, pensó.

 

     Ella mira con mucha curiosidad. Él dice, “Acércate, a ella le gusta ver muy pegadita. Tócala, y veraz que tiene fiebre. ¿No ves como están tristes sus ojos? Ella te mira, como miran los ángeles antes de morir”. Ella recuerda la taza de café hirviendo que dejó en su tocador, cuando se estaba vistiendo. Su madre estará furiosa. Sabrá que él tiene la culpa. Y ella no podrá refutar nada. Desde que lo conoció viene sintiendo una picazón en sus espaldas, que causan mucha molestia a la hora de dormir. Se detiene y lo mira, cada vez que están uno frente al otro se ríen. Él le da un beso en su cabellera y le dice que tan solo espera por ella. Toman más cervezas y continúan hablando.

 

     Al anochecer sus siluetas resaltan en el rincón, hace muchas horas que la mosca no patalea. No saben a quien acudir. Él pide una guía telefónica. Él conoce a un amigo que salvó a una mariposa que tenía Sida. Y se salvó. La tarea de encontrar su número telefónico es difícil. Todos los apellidos se parecen. Y son muchos. Cree que lo mejor será darle respiración boca a boca. Asoma sus dedos y los coloca en el borde. Él dice que se está riendo. “Ya está bien, tan solo quería llamar la atención”. Cada día, desde que se conocieron, van a ese mismo bar, con la misma ropa y las mismas ganas de cultivar su amor. Cuando la noche avanza, sus cuerpos delgados se impregnan del vaho sublime que cubre a la ciudad. Sus pies se mueven con el ritmo de la música.

 

     —“Si John Lennon no hubiese muerto, no habría ocurrido la guerra en Irak”, dice él. Y se aproxima a sus labios para sentir su rara y cálida humedad.

 

     Ella mira su reloj y le dice que nunca nadie piso la luna. Él piensa, se sumerge en un silencio profundo, y le dice que primero llegaron las moscas. Y como éstas no son vanidosas, nadie conoce la verdadera historia. Ella recuerda que estuvo frente a su televisor, con una goma de mascar que se la regaló un tipo que leía cosas acerca de la NASA. Y que de tanto meterse en eso, un día se desapareció y solo se encontraron sus pantalones y libros, llenos de polillas. Ahora se queda muda, acariciando la mosca. Ella dice que los está mirando y que mueve sus patitas como pidiendo la bendición. Él tiene hambre y exige la carta. La toma en sus manos y, después de leerla con mucha calma, se decide por lo de siempre: un plato repleto de crustáceos. Comen y guardan un poco para Madonna. El mesonero extrae una pipa y se fuga a la calle, para ver las barcas que se balancean en la creciente oscuridad.

 

     Ambos desean salir del bar. Se abrazan y buscan la pequeña luz del único farol. Y después de señalar su dinero puesto en un mesón, anuncian su despedida. Hay muchos borrachos en esa cuadra; cada día parece que aumenta el número y todas las aceras están repletas de botellas vacías. Unos perros corren detrás del humo dejado por la tubería de los automóviles. Ella no esta cansada, así que, de mutuo acuerdo, deciden explorar las orillas de la bahía. Allí duermen algunas personas y siempre se ven las figuras de hombres conversando ocultos por el ruido del mar. La arena está caliente. Ella hunde sus pies y se introducen en medio del agua oscura. Él mira su garganta, cuando brilla su collar y lo precipita sobre el borde de sus senos.

 

     —Él dice, “La tierra debería ser cuadrada para poder tomarla por algún lado”, y muerde su pezón izquierdo. Según sus abuelos, comenzar por allí trae mucha suerte. Continúa hablando.

 

     —Ella responde, “Seríamos todos exactos, el uno para el otro”. ¿Volverás a Hanoi?, —pregunta, “Así podrías traer más moscas”, ¿Recuerdas la obertura del cangrejo? Y él se detiene, quita el último botón de su vestido, dejando sus piernas asomándose entre sus medias color celeste.

 

     —“No regresaré, Madonna es única, y dedicaré el resto de mi vida a ella”.

 

     Él se detiene y le pregunta si desea sexo. Y ella le dice que sí. Ambos anudan sus manos y el lame desesperado su cartera. Cuando cree tener sus dedos bien en lo profundo, se da cuenta que está tocando su cepillo de

dientes.

 

     —“¿Me amas más que a Madonna?” —pregunta.

 

     Y entonces él extrae su pañuelo y lo pasa por su cara. ¿Es muy importante eso? —dice.

 

     Ella lo mira fijamente a sus labios y él responde que sí. Él trata de contarle la historia de Clay, la garrapata de su gato muerto. Él advierte que nadie la sabe. Y se la contará, quiera o no. Ella reposa su cabeza en sus rodillas. Y le dice que tiene miedo a los insectos. Él dice que puede escucharlos, cuando todos regresan a casa, llegan convertidos en insectos. Un día habrá millones en todos los jardines, parques y avenidas. Ella comienza a llorar. Sabe que ese día puede llegar y se irá con ellos. Él le ofrece un sorbo de su trago, que mantiene firme en su mano derecha. Él dice que nunca ha llorado. La única vez lo hizo en una iglesia, debido a que su madre lo condujo hasta allí una mañana y lo dejó solo, frente a un altar, y entendió que allí no había insectos. Todos llegaban transformados en hombres.

 

     Él nunca olvidará su primera comunión; el cura tenía tanta picazón en sus cojones que decidió rascarse en medio de la sala, cuando todos estaban distraídos con el organista, que estaba incómodo con el sonido de su viejo instrumento musical que no arrancaba. Desde ese día, se preguntaba si existían pruritos por causa divina. Y aunque logró culminar el acto, y su mamá le agradeció sus palabras para con el niño, siempre se quedó preocupada por esas cosas.

 

     Ella dice: “Uno debería casarse el mismo día de la comunión, así los lazos serían más fuertes, y nunca tendríamos tanta culpa”.

 

     Él dice: “Las moscas van al grano”.

 

     Ella lo toma por uno de sus brazos y recuerda una escena de una película de los 50. Ambos miran a su derecha. Se ríen. Y lo vuelven a repetir. La luz cae en ángulo recto, resaltando la nariz puntiaguda de él. Todos miran. Y ella lleva un vestido muy ligero y corto, con orificios que delatan el brillo de sus muslos. Él dice que nadie podrá localizar lo mejor, su espíritu. Ella se acerca y muerde uno de sus hombros. Él decide mojar sus dedos en un vaso y se queda observando como se deforman. Días atrás había pensado en no salir más, ni pasear a su mosca por el vecindario. Hay que comprarle pañales, pensó. El humo de los automóviles no deja ver bien los avisos luminosos que tanto gustan a Madonna.

 

     Ella lo mira a sus ojos, ahora succionados por una luz irreverente de los autobuses que pasan por la avenida, de un lado a otro. Se acerca y le da un beso en la mejilla. Sabe que no podrá vivir así, aunque la vida es un vuelo con destinos inciertos. Ella dice, “Sería capaz de estar contigo. Tengo el sueño muy pesado y no me despierta ni un tren”. Él se ríe, pero advierte que pronto habrá otra guerra. “Todos estaremos allí, como moscas”. Se pone de pie y, mientras intenta patear a una persona imaginaria, recuerda que a veces las palabras, las frases, son como esas bolsas rotas, que cada quien saca de su casa. Por allí se escapa el olor de la gente.

 

     Él, con ella a su lado, camina cada noche la misma ruta, para regresar siempre a su guarida cibernética, como la llama. Ella vive con su madre, que, aunque tiene ochenta años, no deja de tener fuerzas para correr tras ella, cuando la ve tomando sus desesperados desayunos de panes húmedos y leche, y se fuga por la puerta trasera de su casa. Y se da cuenta por qué arranca su goma de mascar de una vieja fotografía de La Casa Blanca, que su padre en vida mantuvo intacta. La vigila cuando duerme y deja pequeñas señales de su tabaco a orillas de su habitación, tratando que no le hagan hechizos ni malos ojos. Aunque desde que lo conoció, no hay día que no lo vea, ella pregunta si su relación tiene un final. Él la mira fijamente, y abriendo sus labios responde, “Tan solo Madonna lo sabe”.

 

     Ella, después de un momento, sonrió y comprendió que jamás le pediría que dejara a la mosca. Ahora se levantan y van despacio en busca de la callejuela secreta, por donde regresan a sus casas, hasta que él vuelva a sentir la urgencia de platicar con ella. Después de acompañarla, emprende el camino a la suya. Abre con sus llaves y entra en su dormitorio. Él cierra la caja y le da las buenas noches a Madonna. Le promete amor eterno. Y apaga la lámpara cuando encuentra sus cigarrillos. “Mañana será otro día”, dice. Y lanza sus bocanadas de humo mientras abraza un viejo álbum de fotografías, y recuerda contento, la cantidad de patitas y ojitos que se advierten en la pequeña caja de fósforos. Se entrega a las ondas sublimes del sueño y siente el orgullo de tener para siempre las miradas de Madonna.

 

Manuel Bolívar Graterol nació en Coro, Venezuela (1959). Poeta, narrador y periodista. Ha publicado los poemarios: Examen del Alma (Ediciones La Tuna Florecida, 2000),  Poemas Taurinos (Editorial Miranda, 2001), Destinatario (Editorial Miranda, 2003) y Santuario de Papel (2004). Se inició en la revista ‘El Falso Cuaderno’, al lado de José Balza, Carlos Noguera, Alfredo Silva Estrada y otros reconocidos escritores venezolanos. También realizó estudios de televisión; guiones y dirección. Sus columnas de opinión y críticas literarias aparecen en varios periódicos de circulación regional y nacional. Es colaborador de varias revistas electrónicas especializadas en el extranjero. Se dedica, desde  hace muchos años, a realizar reportajes acerca de la cultura, los libros y la política internacional. El relato Las Miradas de Madonna, pertenece a un libro inédito.