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Aquella mañana dejó sus cigarrillos en la mesa y abandonó, entre la
espesura humeante del dormitorio, su agenda de trabajo. Ahora en la
calle, distraído por el avance de los vehículos y el bullicio
cotidiano, se dedicaría a cautivar a las doncellas. Ellas se pasean
desde muy temprano, agitando sus traseros que pujan en medio de sus
telas tan cortas. Él tenía las manos sucias, cualquiera de ellas
podría pensar muy mal, pero así va la vida, cada quien la huele como
puede. Recordó, en ese desorden de ciudad, que debía escribir una
carta para la fulana, esa que le movía los ojitos y maceraba sus
labios con una pasta rojiza. No tendría tiempo para hacerlo. Así que
mejor es andar pescando la buena energía y pasear a su querida
mascota.
Decidió avanzar unas cuadras más para buscar a alguien con quien
conversar. Allí estaba ella, con su perfume ridículo y su pañuelo
coloreado, esperando tragarse toda la gaseosa con su pitillo,
mientras mostraba sus muelas con olor a tomillo. No le diría nada,
al menos hasta que fuese obligado. Se acerco y, soltando sus
primeras frases, le saludó, Buenos días. Y ella contestó,
luego de marcar sus mejillas con sus tonos enfermizos. Le sugirió
acompañarla y ella le exigió que cancelara la cuenta. Durante el
trayecto por el barrio conversaron de lo mismo; de su padre que
murió borracho en una taberna; de su antiguo amante que falleció de
tristeza y de su perro de lana peluda que cada noche se sube a su
cama y duerme con ella.
Él quería hablarle de sus insectos, aunque con miedo a que deseara
verlos. Están seguros en mi nevera, pensó. Y colocó su mano derecha
por encima de su hombro. Ella le dijo una frase de memoria: “ Estarás
en mi corazón como los alacranes”.
No era suya, sino de una película muy
deplorable, que ella siempre veía en su casa. ¿Cuántas lunas has
visto?, dijo. Y él comenzó a mirar su dedo índice, mientras un
eructo caía desde su boca, mojando el vestido de seda que ella había
comprado con mucho sacrificio. Y a su mamá no le gustaría, cuando se
le presentara sucia frente a su único retrato, que ya el sol borraba
desde una ventana de su residencia.
Al llegar a una esquina ella señaló una tienda de víveres. Abrió la
puerta de vidrio y cruzó hasta encontrarse con el dependiente. El
rostro del señor se mostraba algo preocupado; aunque le exigió que
usara el baño para limpiarse. Una música surgía desde el fondo. Él
fue a los estantes mientras sentía unas fuertes ganas de orinar, así
que hundió sus manos y disparó el chorro sobre una exhibición de
quesos. Reflexionó rápidamente, y dijo en voz baja, “el camenbert es
una ilusión”. Aprovechó una caja de servilletas, y comenzó a mirar
su reflejo en una de las vidrieras, secando sus pantalones. El
cabello parecía temblar, con su carga de vaselina. Se lanzó unos
movimientos a lo Elvis, y tocando su guitarra imaginaria, lanzó un
alarido enorme. Ella salió desesperada, masticando su goma de
chiclet que había sacado de la parte inferior de su peinado, oculta
por sus ganchos fosforescentes.
—“Eres mi ángel”, le repitió; mientras sus brazos húmedos cruzaban
su cuello. Tenía un crucifijo de madera, como recuerdo de un
familiar que se despidió en el muelle. Y no volvió a saberse de él,
salvo algunas cartas rotas que arribaron por equivocación a su
apartado de correos. Ella quería un helado; pero él no gustaba de
gastar su dinero; solo lo hacía con gusto cuando sacaba sus
cucarachas a pasear por el centro de la ciudad. Hablaron, se
besaron, y casi de un mordisco juguetón, ella le arrancó un grano
rojizo que tenía cerca de la barbilla. El dependiente no se atrevió
a preguntar nada. Estaba nervioso y tan solo rascaba su calva
mientras juntaba sus rodillas para lograr que se marcharan. Él lo
miro por encima de uno de sus hombros y lentamente dijo:
“Un matrimonio es como una cuerda
floja”. Y el señor aprobó
con un movimiento rápido de su cabeza, mientras ellos se iban.
Ella tenía hambre; pero a él no le gusta el cerdo ni las patatas.
Prefiere una liebre; disfruta imaginar lo escénico que resulta su
cacería. A ella no le gusta eso y entonces intenta convencerlo. Ella
se fascina con el crustáceo, y colecciona libros que hablen de eso.
Cuenta que, el primer día que comió uno de estos, se le inflamó
tanto la boca que fue internada de emergencia en un centro
ambulatorio, así que no se detendrán en ninguna parte hasta llegar a
su buhardilla preferida, El Ángel roto. Este lugar es una
especie de
bar donde asisten bandoleros,
estafadores y enamorados. Se deciden y, en pocos minutos, llegan a
las puertas del local. Él siente que tendrá mucho apetito, debido a
que siente fuertes ganas de vomitar. El mesonero atiende su pedido y
trae dos cervezas. “La mas caliente”, dice, mientras se pierde por
la parte trasera del negocio.
Ella mira a un hombre con aspecto de holgazán; y cuando se acerca le
muestra su goma de mascar. Hola divino, dice y se sienta
cómoda en el extremo sur de la barra. Ahora está junto a él, en su
nido de amor y escuchando la música que le gusta. Al regresar del
lavabo, él recordó que traía una mosca en una caja de fósforos. Su
nombre es Madonna. Se ríe. Y ambos estrechan sus largos vasos para
brindar por su amor. Ella no se cansa de mirarle. Y le gustan sus
botas moradas que pegan con la sangre coagulada en su espalda.
“Madonna tiene fiebre” —dice. Y
extrae el envoltorio de un caramelo para cubrirla. Ella piensa que
morirá de amor, como todas las moscas. Así sucede siempre. Durante
su niñez hubo muchas en sus comidas; y planeaban hasta suicidarse
felices en los trozos de banano de la sopa, aunque preferían los
pedazos de pan con azúcar.
Su abuela decía que nadie las quería. Y por eso todas se estrellaban
contra su comida. Él dice que la culpa es de las verduras. Ella
sonríe y le da la razón. Allí pasarán todo el día, hablando en voz
baja para evitar a los demás clientes. Ella enjuaga su goma en el
agua de una copa que colocó el mesonero muy cerca de la caja
registradora. Apunta sus delgados dedos contra un espejo de la
pared, como si se tratase de un contundente revolver. Bum, bum, y
lleva su mano izquierda a la boca para mojar con saliva el dedo
índice. Él abre uno de sus bolsillos, buscando algo que no
encuentra. Creía tener fotos de su mosca. Deben estar en casa,
pensó.
Ella mira con mucha curiosidad. Él dice,
“Acércate, a ella le gusta ver muy
pegadita. Tócala, y veraz que tiene fiebre. ¿No ves como están
tristes sus ojos? Ella te mira, como miran los ángeles antes de
morir”. Ella recuerda la
taza de café hirviendo que dejó en su tocador, cuando se estaba
vistiendo. Su madre estará furiosa. Sabrá que él tiene la culpa. Y
ella no podrá refutar nada. Desde que lo conoció viene sintiendo una
picazón en sus espaldas, que causan mucha molestia a la hora de
dormir. Se detiene y lo mira, cada vez que están uno frente al otro
se ríen. Él le da un beso en su cabellera y le dice que tan solo
espera por ella. Toman más cervezas y continúan hablando.
Al anochecer sus siluetas resaltan en el rincón, hace muchas horas
que la mosca no patalea. No saben a quien acudir. Él pide una guía
telefónica. Él conoce a un amigo que salvó a una mariposa que tenía
Sida. Y se salvó. La tarea de encontrar su número telefónico es
difícil. Todos los apellidos se parecen. Y son muchos. Cree que lo
mejor será darle respiración boca a boca. Asoma sus dedos y los
coloca en el borde. Él dice que se está riendo. “Ya está bien,
tan solo quería llamar la atención”. Cada día, desde que se
conocieron, van a ese mismo bar, con
la misma ropa y las mismas ganas de cultivar su amor. Cuando la
noche avanza, sus cuerpos delgados se impregnan del vaho sublime que
cubre a la ciudad. Sus pies se mueven con el ritmo de la música.
— “Si
John Lennon no hubiese muerto, no habría ocurrido la guerra en
Irak”, dice él. Y se
aproxima a sus labios para sentir su rara y cálida
humedad.
Ella mira su reloj y le dice que nunca nadie piso la luna. Él
piensa, se sumerge en un silencio profundo, y le dice que primero
llegaron las moscas. Y como éstas no son vanidosas, nadie conoce la
verdadera historia. Ella recuerda que estuvo frente a su televisor,
con una goma de mascar que se la regaló un tipo que leía cosas
acerca de la NASA. Y que de tanto meterse en eso, un día se
desapareció y solo se encontraron sus pantalones y libros, llenos de
polillas. Ahora se queda muda, acariciando la mosca. Ella dice que
los está mirando y que mueve sus patitas como pidiendo la bendición.
Él tiene hambre y exige la carta. La toma en sus manos y, después de
leerla con mucha calma, se decide por lo de siempre: un plato
repleto de crustáceos. Comen y guardan un poco para Madonna. El
mesonero extrae una pipa y se fuga a la calle, para ver las barcas
que se balancean en la creciente oscuridad.
Ambos desean salir del bar. Se abrazan y buscan la pequeña luz del
único farol. Y después de señalar su dinero puesto en un mesón,
anuncian su despedida. Hay muchos borrachos en esa cuadra; cada día
parece que aumenta el número y todas las aceras están repletas de
botellas vacías. Unos perros corren detrás del humo dejado por la
tubería de los automóviles. Ella no esta cansada, así que, de mutuo
acuerdo, deciden explorar las orillas de la bahía. Allí duermen
algunas personas y siempre se ven las figuras de hombres conversando
ocultos por el ruido del mar. La arena está caliente. Ella hunde sus
pies y se introducen en medio del agua oscura. Él mira su garganta,
cuando brilla su collar y lo precipita sobre el borde de sus senos.
—Él dice, “La tierra debería
ser cuadrada para poder tomarla por algún lado”,
y muerde su pezón izquierdo. Según sus
abuelos, comenzar por allí trae mucha suerte. Continúa hablando.
—Ella responde,
“Seríamos todos exactos, el uno para el otro”. ¿Volverás a Hanoi?,
—pregunta,
“Así podrías traer más moscas”,
¿Recuerdas la obertura del cangrejo?
Y él se detiene, quita el último botón
de su vestido, dejando sus piernas asomándose entre sus medias color
celeste.
—“No
regresaré, Madonna es única, y dedicaré el resto de mi vida a ella”.
Él se detiene y le pregunta si desea sexo. Y ella le dice que sí.
Ambos anudan sus manos y el lame desesperado su cartera. Cuando cree
tener sus dedos bien en lo profundo, se da cuenta que está tocando
su cepillo de
dientes.
—“¿Me amas más que a Madonna?” —pregunta.
Y entonces él extrae su pañuelo y lo pasa por su cara.
¿Es muy importante eso?
—dice.
Ella lo mira fijamente a sus labios y él responde que sí. Él trata
de contarle la historia de Clay, la garrapata de su gato muerto. Él
advierte que nadie la sabe. Y se la contará, quiera o no. Ella
reposa su cabeza en sus rodillas. Y le dice que tiene miedo a los
insectos. Él dice que puede escucharlos, cuando todos regresan a
casa, llegan convertidos en insectos. Un día habrá millones en todos
los jardines, parques y avenidas. Ella comienza a llorar. Sabe que
ese día puede llegar y se irá con ellos. Él le ofrece un sorbo de su
trago, que mantiene firme en su mano derecha. Él dice que nunca ha
llorado. La única vez lo hizo en una iglesia, debido a que su madre
lo condujo hasta allí una mañana y lo dejó solo, frente a un altar,
y entendió que allí no había insectos. Todos llegaban transformados
en hombres.
Él nunca olvidará su primera comunión; el cura tenía tanta picazón
en sus cojones que decidió rascarse en medio de la sala, cuando
todos estaban distraídos con el organista, que estaba incómodo con
el sonido de su viejo instrumento musical que no arrancaba. Desde
ese día, se preguntaba si existían pruritos por causa divina. Y
aunque logró culminar el acto, y su mamá le agradeció sus palabras
para con el niño, siempre se quedó preocupada por esas cosas.
Ella dice:
“Uno debería casarse el mismo día de
la comunión, así los lazos serían más fuertes, y nunca tendríamos
tanta culpa”.
Él dice:
“Las moscas van al grano”.
Ella lo toma por uno de sus brazos y recuerda una escena de una
película de los 50. Ambos miran a su derecha. Se ríen. Y lo vuelven
a repetir. La luz cae en ángulo recto, resaltando la nariz
puntiaguda de él. Todos miran. Y ella lleva un vestido muy ligero y
corto, con orificios que delatan el brillo de sus muslos. Él dice
que nadie podrá localizar lo mejor, su espíritu. Ella se acerca y
muerde uno de sus hombros. Él decide mojar sus dedos en un vaso y se
queda observando como se deforman. Días atrás había pensado en no
salir más, ni pasear a su mosca por el vecindario. Hay que comprarle
pañales, pensó. El humo de los automóviles no deja ver bien los
avisos luminosos que tanto gustan a Madonna.
Ella lo mira a sus ojos, ahora succionados por una luz irreverente
de los autobuses que pasan por la avenida, de un lado a otro. Se
acerca y le da un beso en la mejilla. Sabe que no podrá vivir así,
aunque la vida es un vuelo con destinos inciertos. Ella dice,
“Sería capaz de estar contigo. Tengo el sueño muy pesado y no me
despierta ni un tren”. Él
se ríe, pero advierte que pronto habrá otra guerra.
“Todos estaremos allí, como moscas”. Se pone de pie y, mientras
intenta patear a una persona imaginaria, recuerda que a veces las
palabras, las frases, son como esas bolsas rotas, que cada quien
saca de su casa. Por allí se escapa el olor de la gente.
Él, con ella a su lado, camina cada noche la misma ruta, para
regresar siempre a su guarida cibernética, como la llama. Ella vive
con su madre, que, aunque tiene ochenta años, no deja de tener
fuerzas para correr tras ella, cuando la ve tomando sus desesperados
desayunos de panes húmedos y leche, y se fuga por la puerta trasera
de su casa. Y se da cuenta por qué arranca su goma de mascar de una
vieja fotografía de La Casa Blanca, que su padre en vida mantuvo
intacta. La vigila cuando duerme y deja pequeñas señales de su
tabaco a orillas de su habitación, tratando que no le hagan hechizos
ni malos ojos. Aunque desde que lo conoció, no hay día que no lo
vea, ella pregunta si su relación tiene un final. Él la mira
fijamente, y abriendo sus labios responde,
“Tan solo Madonna lo sabe”.
Ella, después de un momento, sonrió y comprendió que jamás le
pediría que dejara a la mosca. Ahora se levantan y van despacio en
busca de la callejuela secreta, por donde regresan a sus casas,
hasta que él vuelva a sentir la urgencia de platicar con ella.
Después de acompañarla, emprende el camino a la suya. Abre con sus
llaves y entra en su dormitorio. Él cierra la caja y le da las
buenas noches a Madonna. Le promete amor eterno. Y apaga la lámpara
cuando encuentra sus cigarrillos.
“Mañana será otro día”,
dice. Y lanza sus bocanadas de humo mientras abraza un viejo álbum
de fotografías, y recuerda contento, la cantidad de patitas y ojitos
que se advierten en la pequeña caja de fósforos. Se entrega a las
ondas sublimes del sueño y siente el orgullo de tener para siempre
las miradas de Madonna.
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Manuel Bolívar
Graterol
nació en Coro, Venezuela (1959).
Poeta, narrador y periodista.
Ha publicado los poemarios: Examen del Alma (Ediciones La
Tuna Florecida, 2000), Poemas Taurinos (Editorial Miranda,
2001), Destinatario (Editorial Miranda, 2003) y Santuario
de Papel (2004). Se inició en la revista ‘El Falso Cuaderno’, al
lado de José Balza, Carlos Noguera, Alfredo Silva Estrada y otros
reconocidos escritores venezolanos. También realizó estudios de
televisión;
guiones y dirección. Sus columnas de opinión y críticas literarias
aparecen en varios periódicos de circulación regional y nacional. Es
colaborador de varias revistas electrónicas especializadas en el
extranjero. Se dedica, desde hace muchos años, a realizar
reportajes acerca de la cultura, los libros y la política
internacional. El relato Las Miradas de Madonna, pertenece a
un libro inédito.
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