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Pequeña
historia de horror
Se despertó con una ansiedad casi ajena y el
corazón corriendo; y la respiración torpemente inconstante. Entre
las sombras tanteó toda la cama, ansiosamente acarició las sábanas,
hasta llegar a hincar sus uñas como un gato en afán; bajó su pie
derecho con el temor de no llegar a nada: tocó piso, y al hacerlo su
aliento salió de un sólo golpe, asustado desde el origen de sus
pulmones. Se paró, caminó hacia la pared como evitando pisar algo
doloroso y, apoyándose en ella, fue hasta el switch. Su dedo rozó
con suavidad el plástico, trató de encender la luz, pero no había…
Apenas un dedo
Está tan cerca de la mano, tan próxima, tan
evidente como un hecho que obsesiona, como un objeto de deseo.
Es quizás el perfume a pan fresco. La
posibilidad de ser restituida sin cuerpo, desde su olor o un olor
semejante. Desde ese olor que aún no se olvida de mis telas.
Es un dedo primero, es un dedo atrevido, de
avanzada. Un dedo que dibuja pequeñas curvas leves tan ansiosas.
Es quizás su
mirada, en los gritos de luz, en los ojos extraños, como el brillo
inocente de los ojos de un animal amado. Son sus ojos tan vivos, en
todas partes vivos.
Las yemas de los dedos. Es el tacto en su forma
inicial, primaria, en un principio de descubrimiento, a través de
las curvas, tan frías. Son apenas los dedos como primer encuentro.
Es quizás la
tortura de sus últimas voces, de sus palabras lejos repetidas. Esta
insistencia en su boca que hiere.
Es la mano que tiembla, que toca controlada,
con lentitud de apuro. Es la mano que llega a ser el cuerpo entero,
a sentir, a ser el puro tacto.
Es su boca, su
grande espesa boca, entreabierta, tan blanda. Es su cuerpo su boca.
Cada detalle, cada movimiento, su cuerpo tibio con olor a pan
fresco, con sus ojos tan definitivos. Es cada palabra suya. Es ella
toda labios.
No puede ser más,
no puede…
Deja de ser entonces. La mano aún junto al
cuerpo de metal que va a frío, apenas en un dedo que cae desde un
cuerpo donde todo es silencio y una línea de sangre desde el borde
de la frente.
La sombra de
la bomba
La bomba tiene una sombra un poco larga,
difusa; tiene una sombra oscura que huye rápidamente cuando cree
cerca la explosión. Junto a tu pie escondida tras la papelera parece
guardar cierta complicidad con las cosas apagadas de tu estudio. La
sombra lo es todo, y apenas resiste la luz. Cuando te paras –un
momento de sed o sólo relajarte– la tocas, la golpeas levemente,
pisas la sombra y la bomba hace un gesto extraño de enfado.
Entonces, la sombra le explica que el maltrato puede ser una forma
de convivencia y que vivir es convivir a la espera. La sombra sonríe
al zapato con poca tolerancia. Cuando vuelves a tu lugar no tocas la
bomba, ni siquiera su sombra, y la bomba vuelve a su humor placido;
es conveniente no enojarla, su furia deja sólo sombras. Mientras
escribes, la bomba espera su turno: quizás sea ahora y tú lo sufras,
quizás jamás te sorprenda.
Thriller
de la mesa de Pool
Separo los pies y los inclino un poco abajo
hacia delante. Mantenerse en una esfera es muy difícil. Por algunos
instantes me dedico a conservarme de pie, y algo parece halarme para
un lado y luego lo mismo para el otro. Creo caer en cualquier
momento.
Me ha correspondido la bola ocho. No todo es
tan oscuro ni tan breve como el espacio que ocupo. Al ver con más
detenimiento, descubro que no estoy sólo en esto. Los menos
preocupados intentan dar saltos en una sola pierna, lo cual -en lo
impreciso de la escena- se hace grotesco y sus facciones imitan
payasos pervertidos, que sonríen a solas y te descubren mirándolos.
Otros están pálidos, como si supieran algo que todavía desconozco,
no sé si yo lo estoy. Yo intento sostenerme.
Lo verde del paño de la mesa, dadas las
dimensiones, semeja un terreno abandonado, donde una luz fúnebre
como de velas sobre el negro más plano afirma el desamparo y no
parecería demasiado descabellado que algo aguarde en la espesura:
personajes borrosos que de sólo ser oídos y sospechados en sus
pasos, como violentos fantasmas, nos persigan. El silencio es
inmenso. Los acabados artesanales en la madera oscura dan fe de un
extraño mausoleo. Es entonces un gran estruendo, como un golpe seco;
duro, como una violenta bala de inmensas dimensiones. A punto de
caer, me duelen los oídos, estoy vivo. No he cerrado los ojos. Veo
rodar una lisa. Sé donde se dirige. Sobre ella un joven como un
desenfrenado títere intenta el equilibrio, para desmoronarse
finalmente como un pesado saco en un hoyo en la esquina. Algunos se
disgregan. Uno casi me da. Al final regresó lentamente por donde
había venido. En cada rostro la sonrisa del pánico, las lagrimas
ansiosas. El terror.
No sabemos del miedo, de lo variable del miedo
hasta que lo sentimos. Hasta que descubrimos lo mudable del rostro
del terror. La indefensión. Lo inminente.
Suenan sucesivos golpes, sucesivas rayadas,
sucesivas lisas. Lo rápido y furioso de sus desordenados movimientos
hacen parecer que vienen todos hacia mí. Y un golpe probablemente
significaría caer. Y yo que ya no puedo. Los estruendos, los
rostros, el no saber dónde me hallo, las bolas que se acaban. Y yo
la bola ocho, esperando mi turno.
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Jorge Gustavo Portella
nació en Lima, Perú (1973).
Poeta y novelista. Licenciado en Ciencias Sociales, Especialidad en
Relaciones Industriales, Mención Recursos Humanos por la Universidad
Católica Andrés Bello en Caracas (Venezuela), donde actualmente
labora en el área de Diseño Institucional. Ha participado en los
talleres: Voces de Fin de Siglo (2002) Fundarte; Taller de
Poesía del Celarg Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo
Gallegos (2001 - 2002); Talleres de Literatura (Poesía y Narrativa)
de la Universidad Católica Andrés Bello (1997-1999 y 2001-2002).
También participó en la décima y oncena edición del Festival
Internacional de Poesía Ardentísima que se realiza en Murcia,
España (2003,2004) y en el Primer Festival de Poesía Cosmopoética
(Córdoba, 2004). Ha sido finalista en el Concurso de Novela
“Teresa
de la Parra”, Alcaldía Mayor (2002), con la novela No repitas mi
nombre; fue ganador en el Premio Nacional de Poesía “Centenario
del Maestro Prieto” (2002) con el poemario Ciudad sur;
fue finalista en la IV Bienal de Literatura “Pedro Buznego”, La
Victoria, Mención Poesía (Febrero 2001) con el conjunto de poemas
denominado: Ciudad; ganó el Premio Nacional de Poesía Tomás
Alfaro Calatrava del Conac (1999) con el poemario: Cruel;
recibió el Primer premio en el Segundo Concurso Inter-universitario
de Poesía de “Vox Novula” (Julio, 1999) con el poemario: Cómplice,
del cual había sido finalista en su primera edición (Julio,
1998) con el poemario: Íntimo. Ha publicado: Resquicios,
Ucab. Caracas (Mayo, 2002); Ciudad sur, Alcaldía del
Municipio Arismendi, Margarita,
Caracas (Mayo, 2002); Sin intensión de oficio, y la
Plaquette La espada rota (2000). Ha participado en varias
antologías y ha colaborado con distintas publicaciones como
Verbigracia (Diario El Universal), Revista Renacimiento, Revista
Literaria Baquiana, Revista La casa del poeta, Escena cultural y
Cyberanalítica,
entre otras.
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