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HUBO
UNA VEZ UN GENERAL
Managua,
Nicaragua, Editorial PAVSA,
2005, 421 págs. (Novela)
ISBN 99924-59-50-6

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Entre los ciclos
temáticos de la novela histórica en Nicaragua, los
tres más recurrentes han sido el Colonial, el de la
Guerra Centroamericana contra el filibusterismo y el
de Sandino y su resistencia a la intervención armada
de los Estados Unidos. El primero, que inició Gustavo
Adolfo Prado a principios del siglo XX, ha tenido en
los últimos años interesantes incursiones
totalizadoras como La niña y los pájaros sin pies
(1992), de Rosario Aguilar; Réquiem en Castilla del
Oro (1998), de Julio Valle-Castillo y tres obras de
Ricardo Pasos M., de cuyos títulos no quiero acordarme.
De la Guerra
Nacional, más explotada ficcionalmente por autores
estadounidenses, vale la pena citar las obras del
venezolano Nicomedes Zuloaga Pocaterra: Epitafio para
un filibustero (1988) y de nuestro prolífico narrador
Clemente Guido (1930-2003): El sueño del tío Billy
(1999).
En
cuanto al ciclo de Sandino, se ha enriquecido con la
obra del cubano Eliseo Alberto —quien compartió el
Premio Alfaguara con Sergio Ramírez— y Hubo una vez un
General, de Róger Mendieta Alfaro. La primera fue
escrita y publicada en los años ochenta; la de
Mendieta Alfaro acaba de aparecer. Si la de Eliseo
Alberto se explica en el contexto del proceso
revolucionario, la de Róger se inscribe en un proceso
literario: el de su madurez narrativa. Se trata, pues,
de una escritura culminante y, por qué no decirlo,
maestra.
Mendieta Alfaro recurre a un narrador omnisciente para
trazar una imagen totalizadora del protagonista, cuyo
apellido nunca se cita en las 421 páginas; pero queda
más que perfilada. Totalización no sólo de Sandino y
sus circunstancias, sino de una época y de sus
antagonistas: los estadounidenses interventores y sus
aliados, “hijos” nicaragüenses, sobre todo los
miembros de la emergente y luego decisoria de la
realidad política: la G. N.
En este sentido, la historia se ha ficcionalizado al máximo
pero sin distorsión alguna. Los hechos se respetan, lo
que supone un proceso de admirable documentación en
Róger, quien ha dejado un novelón, para mí casi
insuperable. Debería decir, superior a los esfuerzos
predecesores, entre otros, los del colombiano Alfonso
Alexander: Sandino (1937), del panameño Alfredo Cantón:
A sangre y fuego (1935) y estos de autores nacionales:
Tormenta en el norte (1942), de Madame Fleure (1942),
seudónimo de Carmen Mantilla de Talavera; La vida del
capitán Rebrujo (1970), de José Simón Delgado y El
Chipote (1979), también de Clemente Guido.
El
novelista Mendieta Alfaro no mitifica a Sandino, como
algunos de los citados: ni épica ni recurriendo a la
teogonía precolombina. Más bien, sin proponérselo, lo
desmitifica. Veamos uno de sus párrafos:
“El General no transmitía la
imagen que todos esperaban tener frente a sí, si
llegasen a conocerlo: 1.65 de estatura y una aparente
timidez que dibujaba en el rostro con el parpadeo de
sus ojos negros, pequeños, en que parecía ausente el
balcón sensorial de las pupilas, en que difumina la
bravura del gladiador de espíritu terrible, el
valeroso hostigador de los temibles marines de que
hacen alusión los versátiles y truculentos reportajes
de los diarios del mundo...”. Mendieta Alfaro
incursiona en la histórica-gesta anti- interventora de
Sandino, ha ido del brazo de una ficción que se
refunde en la realidad.
Su novela se inicia con el recuadro novelesco del
primer encuentro del guerrillero con el presidente del
Gobierno (no detentor del poder) Juan B. Sacasa; entra
de repente y se mantiene girando entre las sincrónicas
motivaciones que pudo haber tenido Sandino, sólo
nombrado con el sustantivo de General; y describe al
protagonista, dentro de una concepción ficticia, como
un fenómeno histórico que arranca desde profundas
desesperanzas maltrechas hasta la cúspide de los
fantástico de un indiscutible poder guerrillero con
autoconvencimiento de ser un predestinado.
Hubo una vez un General tiene la importancia de
reinventar a Sandino. No desde su propia autoestima —aunque
muchos de quienes intervienen en esos procesos se
atrincheran bajo un ambiguo patriotismo marcado por
oscuros intereses— sino como la respuesta al oleaje
intervencionista que, como un huracán, ha venido
invadiendo territorios, de manera especial en algunos
países de la cuenca del Caribe. Y es aquí donde el
escritor recurre a las verdades históricas y sus
motivaciones: orígenes, logros o errores, falta de
sentido común que tuvieron los protagonistas de los
sucesos para verterlos en la historia novelada en
realidad vuelta ficción.
En Hubo una vez un
General se da una movilidad de situaciones y
personajes que vienen y van desde los motivos de la
intervención —los mismos en todas las épocas— hasta
los pleitos de sacristías domésticas que, según
Mendieta Alfaro, jamás han dejado de generarse por
motivos pueriles y condiciones generalmente de
incultura política y escasa visión de lo que significa
la esencia del estado y su gente. El punto de vista
del novelista es radicalmente distinto del tradicional.
Desde ahí, panegiristas o adversarios han hecho sus
propios juicios del General. Pero aquí no hay juicio,
condena o panegírico. Sólo gozosa recreación, arte de
contar. El juicio se lo deja al lector, o sea, al
narratario.
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Jorge Eduardo Arellano
nació en Granada,
Nicaragua (1946). Ensayista, investigador y profesor. Graduado
con una Licenciatura en Humanidades en la Universidad
Centroamericana de Managua en 1972 y con un Doctorado en Filología
Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid en 1986. Miembro
de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua desde 1971.
Premio Nacional de Ensayo “Rubén Darío” 1976. Fue Director del
Archivo Nacional de la Nación en 1979. Premio de tesis doctorales
para Iberoamérica y Filipinas del Instituto de Cooperación
Iberoamericana de Madrid, en 1986. Miembro de número de la Academia
Nicaragüense de la Lengua desde 1989 y actual Director de la
Academia Nicaragüense de la Lengua. Ha publicado numerosos libros,
entre los que se destacan: Las culturas indígenas en Nicaragua
(1979), La Conquista de Nicaragua y su proceso (1977),
Pintura y escultura en Nicaragua (1978), Timbucos y
Calandracas (1982) y El español en Nicaragua (1980).
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