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LOS
TRES ESPOSOS DE LA NOCHE
San
José,
Costa Rica, Editorial Lunes,
2005, 52 págs.
(Antología poética)
ISBN 9968-9542-7-6

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La
poesía, ese mundo mágico de la creación espiritual,
establece unas coordenadas en el tiempo de la
palabra. Desde esa perspectiva, la creación de Luis
Alberto Ambroggio sistematiza un orbe de pluralidades,
a partir de intertextos históricos o de nudos
mitográficos relevantes. Su registro paratextual
inserta epígrafes de Jorge Luis Borges, Juan Ramón
Jiménez, Vicente Huidobro y El Cantar de los Cantares,
en una especie de archivo del alma.
La obra literaria de Luis Alberto
Ambroggio ha recibido el respaldo de la crítica, entre
quienes se cita a Enrique Baltanás, Odón Betanzos
Palacios, Moraima Semprúm, Norma Suifet, José López
Rueda o Adriana Corda, entre otros.
Es digno destacar que, a pesar de
radicar y tener la nacionalidad de los Estados Unidos,
Luis Alberto Ambroggio decidió escribir en español
para preservar su identidad. Él forma parte de los 40
millones de hispanoparlantes que inscriben su huella
artística y vital en los Estados Unidos de
Norteamérica, sin desconocer sus raíces
hispanoamericanistas por las cuales lucha desde el
arte de la poesía.
La poesía ambroggiana es un cruce
de espacios “un cielo donde lo prohibido no se
escribe”, es decir, apunta hacia un acto escritural
estético transgresor, donde hay “carnes que gritan /
gotas de incendio”.
Sus textos abordan el
desconocimiento como silencio “Alguien... / con quien
la intimidad puede ser absoluta”. En su poesía se
presenta el proceso de la incompletitud, para
completarse en la otredad como un acto necesario,
pues “el silencio no duerme”.
Las referencialidades temporales
comprenden el amanecer, la noche y el día. Se le
otorga prevalencia a los índices de la nocturnidad,
porque “Los nacimientos y muertes de la Noche / no
tienen hora, se pierden, se alargan / en la
embriagante negrura donde todo crece”. El tiempo
acezante es uno de los escudos líricos en su
producción poética.
Los elementos de sus poemas
parecen sacados del orbe de los sueños. “El poeta no
está solo (...) En su fuga imposible / nunca está solo
el poeta”. De hecho, en la cosmovisión del hablante
lírico existe una soledad acompañada, aunque el yo
lírico exprese no saber “qué papeles dejarle al
olvido”. La eternidad juega un papel muy importante en
la búsqueda de la propia mismidad, por ello aduce que
“la eternidad me poseerá desnudo. / Y a Marilyn
también”.
El poeta mantiene una sostenida
defensa de su idioma español, el que le ha dado su
identidad, por ello afirma: “Creo que nuestra
contribución a la cultura, al sueño americano, es
conservar la propia (...) Tenemos la obligación como
escritores de mantener nuestra cultura, y de apreciar
el inglés, pero sin abandonar nuestro idioma natal”:
“Si
cada ladrillo hablara;
Si
cada puente hablara;
Si
hablaran los parques, las plantas, las flores;
Si
cada trozo de pavimento hablara,
Hablarían en español”.
El sistema de significados
poéticos incorpora una gradación que le confiere
dinamismo expresivo positivo al texto “Pronto se
acabarán los puentes. / Los ríos, los mares tragarán
la tierra”. Esa figura intensifica el discurso
poético como una manera expansiva y dinamizadora.
El texto mantiene una lectura de
la expresión del cuerpo. Destacan diversas
perspectivas del acento corporal. Dicha lectura es
una expresividad que protege las voces como una manera
de ser y de sentir.
El poema “El testigo se desnuda”,
da título al libro que Luis Alberto Ambroggio publicó
en Madrid, en el 2002. En él establece una especie de
arte poética cuando inquiere el ¿Para qué escribo? En
su planteamiento, el yo lírico funda un oficio
espiritual, una especie de vuelta al círculo “Escribo
para repetirme hasta el olvido” (...) / y porque así
el principio y el fin se tornan inagotables. Su
visión acerca del fenómeno poético se torna mandálico.
La recurrencia del acto creador
así lo requiere en cada momento de esa práctica social
que es la literatura. En todo caso, “El poema se
escapa del horario” y se construye con agua y viento.
Frente a este oficio del alma, el hablante lírico
expresa “Yo sé lo que duele la tortura de la palabra”
(...) “No puedo ser la palabra ni dejar de serlo. /
Encarnamos una miseria compartida”.
En el mundo lírico de Luis
Alberto Ambroggio, existe una marcada preferencia por
los elementos de la liquidez, “porque en cada gota, el
agua es vida de un mar”. La profundidad de la imagen
poética es de una gran carga semántica, pues en el
resto del poema –Canción a los elementos-, esa
liquidez adquiere connotaciones eróticas “Y mientras
mi cuerpo crece hasta llenar tu corola y tu deseo, /
humedece mi vuelo, con tu voz, con tu savia, mis
labios preferidos”.
El plano amoroso es un riego de
humedad invasora, un círculo de gozo desnudo “tu sed,
mi lluvia, nuestros fondos llenos”. En el poema –te
quiero- hay un epígrafe de Cantar de los Cantares
que, de alguna manera, traza líneas intertextuales e
interdiscursivas en sintonía con el discurso poético
ambroggiano “recogemos uvas para el vino / que bebemos
en la copa unísona / de nuestros cuerpos”
(...)cubriendo el cauce del sendero / hasta desembocar
en tu inmensidad, / selva y lago, mar y océano”. Se
confirma la predominancia de los índices líquidos
asociados con las relaciones integrales de la
sexualidad “te encierro. / Me encierras. /
Libremente”.
El beber del texto citado permite
plurales referencias de los elementos líquidos de la
sexualidad. Asimismo, “Las gracias son como los besos
/ y el beso una manera de recordar”. El beso implica
la certitud de un acercamiento, de un contacto
corporal. En esa dimensión, los elementos de la
liquidez se establecen como vectores del signo
erótico; operan como un síntoma del plano amoroso, lo
cual es posible por la presencia necesaria del amado y
de la amada.
En -Herencia- se apela al hijo
con una gran ternura. Se le compara con una ola del
océano y se redimensiona su existencia tríptica como
hijo planetario, del suelo y del tiempo. Es decir,
se presenta desde los planos terrestres hasta los
infinitos. Y en “ese idioma en que has nacido” es
visto como “uno de los vuelos mágicos de tu sangre”.
El hijo signa un círculo vital
donde se resemantiza el simbolismo de la palabra
manos, como puede observarse en los siguientes
versos:
“fíjate
en tus manos
y leerás las vidas de muchas
manos”.
Por otra parte, en su vida, el
hijo “verá morir y amanecer nombres, / con lágrimas y
sonrisas” y, al mismo tiempo, él se verá reflejado a
sí mismo, en cada uno de sus hijos.
En el poema intitulado “Los
tres esposos de la noche” existe una inferencia
con los espacios vaginales “La noche que nunca fue
virgen, / visita con frecuentes hechizos (...) / de
diálogos húmedos de la penumbra espesa / que tiene
manos, lenguas, vapores rojos / carnes que gritan”.
En el mismo
texto se afirma que los vikingos le asignaban tres
esposos a la noche. El primero fue Naglfari, con
quien tuvo un hijo, Espacio fue su nombre. “La unión
duró un momento oportuno”. En este apartado se citan
los signos de la penetración “Los músculos / que
penetraron sus fibras oscuras, enardecidas, / hasta el
fondo de lo que es superficialmente penetrable”.
El segundo esposo es “El Otro”, a
quien “La noche se le entrega osada, disuelta / valles
y cielos se conjugan / en oscuro juego sin
fronteras”. Emmanuel Levinas propone que “en el
deseo, el Yo se dirige a el Otro (Autruí) de manera
que compromete la soberana identificación del Yo
consigo mismo, de la cual la necesidad es solamente
nostalgia y que la conciencia de la necesidad anticipa
(Levinas, 2000: 58). De la Noche y el Otro nace la
Tierra.
El tercer esposo es “rubio de
raza, brillante, prometedor, vikingo (...) Amanecer,
Delling, su nombre preciso. “Y del Amanecer y la
Noche, diosa acogedora y llena / nace Día”.-
“Hundidos tras ariscas
decisiones, sus esposos muertos, / la Noche fértil
perdura en el Espacio, la Tierra y el Día”. El yo
lírico establece un esquema recolectivo cuando poetiza
“Quienes gozan el amor intenso de sus caricias oscuras
/ sufren un ardor oculto bajo su cuerpo robusto y
suave”. “La noche siempre se casa tres veces (...)
Queremos hijos”.
Este poema, intitulado igual que
el poemario, mantiene un registro simbólico
pluridimensional. Como señala Chevalier: “Gracias al
símbolo, que lo sitúa en una inmensa red de
relaciones, el hombre no se siente extraño en el
universo” (Chevalier, 1986: 27).
El poemario de Luis Alberto Ambroggio
privilegia las imágenes de colorido: amarillo, rojo,
verde y blanco. Dichos colores se asocian con las
referencias a la vegetalidad. El hablante se asimila
“Soy un árbol esclavo de estaciones (...) / con raíces
y semillas que caminan en el tiempo”.
En esa floración poética, existe
un registro erótico asociado con la desnudez, la
esperanza y la sangre “la espiga de mi desnudez / se
cubre de gotas y esperanzas”. La equiparación de la
espiga con el falo es una certeza de la inclusión
corporal “y también soy cielo y mar con mi cuerpo /
que se ensancha una vez más”.
El tema amoroso mantiene equidad
de género, tanto en su concepción ideológica como en
la utilización de sus símbolos “Bajo la luna y el sol
/ navegan los deseos en góndolas”. La simbología
cultural que inserta el quehacer del poeta argentino
deja leer “Todos volamos para descifrar poco a poco /
(...) que somos una sombra / y una pluma turbulenta”.
Y esa urgente búsqueda de quiénes somos es una manera
de revisar las máscaras de la identidad, del ser y del
parecer.
El cuerpo es una tematización
recurrente, sobre todo, porque “La sentencia de un
cuerpo / vence la apatía de los dioses”. Además, los
cuerpos son árboles, mares, tierra humedecida, clamor
y ausencia, por su peso “nunca pierden la memoria”.
Una de las topicalizaciones
abordadas con gran manejo estético es el topos de los
inmigrantes. Partir y llegar. Son sus polos
antinómicos. En este texto, Ambroggio aborda uno de
los más difíciles escollos que deben superar millones
de habitantes en nuestro planeta “callados por los
guardias y los miedos. / Callados para ser dueños
absolutos / del silencio”. El silencio se yergue como
uno de los símbolos estelares del no ser.
“La vida de las palabras toca más
allá / que el coqueteo de las letras. “Welcome”. En
dichas letras “El mar de atrás no es tan grande como
la pena / ni abraza la profundidad de lágrimas” (...)
“Mi dolor tiene piel, no tiene orilla”.
El Chicano, el latino, el ilegal
o el ciudadano “igualmente inmigrantes de algún
sueño”, sufren el desarraigo, el dejar de
pertenecerse, la alineación y la alienación. “Ahora
somos “Wecomed” (...) / Mas pasamos la puerta hacia
otro día / sosteniendo el sobrio vacío del deseo: / un
sueño. Se llama “Welcome”.
El abordaje en relación con
la temática ecológica se muestra en –Leyenda de
Dryope- como una preocupación estelar en el orbe
lírico de Luis Alberto. La forma verbal impersonal
dicen, con la cual inician las cinco estrofas le
otorga un dinamismo expresivo positivo y se comporta
como un estribillo el –dicen que-: “cada árbol es una
diosa escondida (...) / una ninfa que sufre” (...) /
una madre con pies de raíces (...) / estas diosas
(...) se enternecen con los llantos y crecen”. El
cierre del texto es un campo semántico de gran
reflexividad “la muerte se ha quedado sin árboles
(...) las lágrimas ya no son fértiles (...) / las
madres no son diosas / y que los niños ya sueñan
sin bosques” (El subrayado es nuestro). Este
final es una especie de sistema recolectivo, donde el
cierre ahonda los efectos y los contenidos ideológicos
de dicha problemática.
En -Luz al fin-, el hablante
inquiere acerca de elementos cotidianos, solo que el
uso de diversos oxímoros le confieren un alto mérito
estético a preocupaciones diarias “si tus pies
pisaran humo / triunfando tristemente sobre la
melancolía (...) “si tu pan tuviese tan sólo / la
alquimia de un deseo (...) / si todos los días en tu
contorno / brillaran agriamente las cenizas”. La
apuesta del yo lírico expresa “Si la luz en cambio nos
besara / y absorbiera absolutamente”. No hay duda de
que Dios hizo la luz para salvarnos de la oscuridad.
En síntesis, encontrarnos con el
mundo poético de Luis Alberto Ambroggio es una
alegría, sobre todo, por mi afinidad hacia la poesía
de tan hermoso país sudamericano. No en vano
Alejandra Pizarnik y Rubén Vela, con quien realizamos
el trabajo de la revista Hojas de Guanacaste
son dos universos líricos que releo con pasión, entre
un listado de honor de la fulgente poesía Argentina,
al que sumamos desde ya el de Luis Alberto Ambroggio.
La poesía de Luis Alberto
Ambroggio es un archivo plurisignificativo que
trasciende espacios para crecer desde los filones
temáticos interiores. Su preocupación estelar es el
ser humano holístico. Su universo cosmovisionario
valida opciones de equidad con la diferencia, el amor,
el desarraigo, la lectura corporal, el tiempo, los
sueños, el amor, el erotismo, la ecología, el hijo, la
mitología, como una forma ulterior de proposiciones
temáticas a favor de la convivencia, con sentido
crítico y honda calidad estética y artística.
Presentación crítica
del Lic. Miguel Fajardo, leída en Carrillo,
Filadelfia, sobre el libro Los tres esposos de la
noche, del poeta argentino Luis Alberto Ambroggio,
en el marco del IV Festival Internacional de Poesía de
Costa Rica, el 21 de junio del 2005.
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Miguel Fajardo Korea
nació
en Guanacaste, Costa Rica (1956). Poeta, ensayista, periodista y
profesor de español. Es Vicepresidente del Centro Literario de
Guanacaste, Asesor cultural del periódico Anexión y
Coordinador literario de la colección “Casa Guanacaste”. Dirigió las
revistas culturales: Aurora Literaria, Hojas de Guanacaste
y Colección Ahora. Ha sido profesor en las universidades de
San Marcos y San José de Costa Rica. Su obra comprende libros de
poesía, investigación, ensayo y trabajos de selección lírica. Entre
sus libros de poesía se encuentran:Urgente búsqueda (1981),
Estación del asedio (1981), Extensión del agua (1981),
Algo tan grave (1982), Parte del fuego (1982),
Nosotros del mundo (1983), Sólo la noche (1989), Esta
tierra amarra los pies (Ednass, 1990), Cinco estaciones para
América (Ednass, 1993;1999), Margen del sueño (2000) y
Todos los días (2004). Ha publicado el libro de ensayos:
Realidad, mito y dolor (República Dominicana, 1986); y los
libros de investigación: Héctor Zuñiga: palabra y canto
(1993), Sacramento Villegas: canción en el tiempo (1994),
Medardo Guido:cantares de la pampa (1996; 1997) y Otras lunas...
(Presencia femenina en la literatura de Guanacaste) (1996). Ha
sido incluido en antologías, tanto en su país como en el extranjero.
Con su libro Margen del sueño obtuvo el Premio “Jorge Volio”,
del Colegio de Licenciados y Profesores de Costa Rica, en 1997. |
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