Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 37/38

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

 


POETAS CUBANOS

 

JOAQUÍN GÁLVEZ


Nació en La Habana, Cuba (1965). Poeta y periodista. Reside en Estados Unidos desde 1989. Cursó estudios de Periodismo en la Universidad de Miami y obtuvo una Licenciatura en Humanidades en Barry University. Ha publicado los poemarios: Alguien canta en la resaca (Término Editorial, Cincinnati, 2000) y El viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005). Ha sido antologado en Reunión de ausentes: antología de poetas cubanos (Término Editorial, Cincinnati, 1998) y en Arcanos de la espera: veinte poetas cubanos en Miami (revista digital de poesía Decir del agua, Miami, 2005). Uno de sus poemas fue incluido en Reinaldo Arenas, aunque anochezca: recopilación de textos y documentos (Ediciones Universal, Miami, 2001). Sus poemas, artículos y ensayos han aparecido en publicaciones de los Estados Unidos, Europa y América Latina.


 

 

INFANCIA

 

                                   A Reynaldo Torres

 

Venía a ver danzar los arrecifes

                                                bajo mis pies…

(quedaba un resquicio de humanidad codiciada).

Se inmutaba, pues nunca antes la guerra tuvo

el consentimiento de las palomas.

Venia a ver la rendición del cíclope

cuando mi tirapiedras lo hechizaba.

¡No me desvelaban los almanaques!:

al amanecer, mi madre me sorprendía

en otro milenio del barrio.

Venía, con tal certidumbre, a ese rincón

donde el mar perdía su vértebra oscura.

 

Volaba,

            mas en mí se fue cumpliendo otro descenso de

                                                         sus alas…

Yo, huérfano de sus alas, pude arrebatarle un rostro:

aquel breve rostro

                                   del que, sin noticias,

me fui alejando…

 

 

LOST GENERATION

 

Todo se hacía en aras del paraíso,

cuando creer en paraísos

es arriesgarse a amanecer

en su cuarto contiguo:

                                         el infierno.

 

 

DIÁLOGO CON MI SOMBRA

 

                              A Dalia, mi madre.

 

Mi sombra y yo no conversamos cara a cara:

partí de aquel país,

y se quedó velando mi otra vida.

Desde entonces el idioma es una pared

entre el ser y su sombra.

Soy interferencia errante…

Tomo partido en los designios de otro vientre.

(Madre, estoy estraviado,

y estos mapas me guían al estravío.)

queda tanta nieve por palear en mis ojos,

y aún esta raíz se resiste;

no me abandona aunque la nombren “dios obsoleto”.

 

Pero no te desveles, mi sombra,

también me pertenecen esas muertes que por tu ruta

                                                           han estallado.

Joaquín Gálvez partió de Joaquín Gálvez

coronándose desertor de su propia historia

(soy amasijo que escribe su autobiografía de otro),

pues, realmente, ¿en dónde se halla mi ser

y en dónde su sombra?

¿Cuál de los dos no me engaña al elegirlo

                      Mi Historia?

 

Pero si hacia ti emprendo mi viaje,

no creas en esas fotos, en esas anécdotas,

que sólo definen mi equipaje apócrifo.

¡No habrá argucia con la que escape de mi Gálvez

                                                         inédito! 

Solamente permíteme leer tu Diario

en esta isla de espera,

para que brote el otro hombre

(para que conozca al que hoy ha regresado);

ahora que tú, sombra, desde la otra orilla,

has comenzado a llamarme.

  

 

ALGUIEN CANTA EN LA RESACA

 

Me obsesiona cruzar los mares,

imaginarme que existe una orilla

donde me aguarda la calma.

Por eso canto,

soñando que ya me acerco

al anhelado nido.

Por eso canto(¡esta vez es real mi coraza!).

En estos mares es Ulises

quien hechiza a las sirenas.

Por eso canto-seguiré cantando-

aunque sé que me estoy mintiendo,

que tal orilla

para el hombre no está reservada:

siempre la custodian inexpugnables resacas.

Hacia la misma resaca el hombre otra vez navega…

Ah, olvidémonos de tal orilla,

que el canto será nuestra única llegada

    posible.

 

   

ALEGATO PARA QUE EL TONTO

SE QUEDE EN LA COLINA

 

Tonto, no bajes nunca de la colina.

Confínate para siempre en tu catacumba de asombro.

¡Cuidado que la colina amenaza con ser tu paraíso perdido!

Mira, tienes el apoyo de todas esas aves que nacieron de tu

                                                                            delirio.

Es imprescindible que no exista diferencia

entre el horizonte y tus ojos,

que tu huella sea otra revelación de la lluvia.

Tonto, te has ganado ese reino

por ti mismo construido.

Escucha, príncipe de tu propia altura,

si bajas de la colina

te pondrán la camisa de fuerza,

para convertirte en mero espectador…

-¿Quiénes?

-¡Nosotros! –tu estirpe- los verdaderos tontos,

porque bajamos de la colina;

y ahora, desde esta platea,

el cielo es sólo un rostro gris.

 

 

El LUGAR DE LOS ELEGIDOS

                         

                           Mira también los siglos infinitos

                          que han precedido a nuestro nacimiento

                          y nada son para la vida nuestra.

                                              Lucrecio

 

Todos los días me despierto con la dichosa carga

de haber sido elegido para habitar esta insólita pausa

que es la vida.

Pude no haber nacido nunca, pude haberme quedado

para siempre en ese lugar al que no acude la memoria.

Y a esta pausa la he colmado de inmortales símbolos.

También a la muerte, con Infierno y Paraíso,

le he legado ya el símbolo.

Por eso sé que, cuando abandone esta pausa,

no encontraré la puerta del Infierno ni la del Paraíso.

Mas se me concedió el prodigio de conocer

el otro lado de esta puerta,

que un día se abrirá para que yo vuelva

a mi lugar de origen:

                                          La Nada.

                                         

 

BALADA DEL DESENCUENTRO

 

Una mujer y un hombre no se han conocido esta noche.

A partir de hoy el destino de la luna es otro.

En torno a una mesa pesa la sombra

de las palabras que no se dijeron.

Pero aún es más decisiva la sombra del camino que no erigieron:

toda la belleza, todo el desastre que implica nuestro humano

encuentro.

 

Una mujer y un hombre no se han conocido esta noche.

A partir de hoy la historia de esta ciudad es otra.

¿Para cuántos de sus habitantes la vida hubiera sido otra?

Helena y Paris no se conocieron nunca;

el mundo es hoy el gran desheredado de su música:

no estalló una guerra en Troya,

no cantó en Grecia un tal Homero.

 

 

SYLVIA PLATH Y JUAN FRANCISCO PULIDO

DECIDEN SEGUIR VIVOS

 

                              Para Rodolfo Martínez Sotomayor

                              y Armando de Armas

 

Sylvia Plath ha escrito mi poema favorito

de la lengua inglesa. Y ese poema lo escribió

porque tuvo el presagio de que yo,

Juan Francisco Pulido –como ella, joven poeta-,

en los umbrales del siglo veintiuno, me iba a suicidar.

Entonces Sylvia escribió ese poema,

como última rendija por donde me diera

su testimonio la luz.

Y eché la soga a un lado

y le escribí un poema de amor a Sylvia

y ella se detuvo a escucharlo, precisamente

en el momento en que iba a meter su cabeza en el horno

sin la piedad del gas.

 

 

 

GERMAN GUERRA


Nació en Guantánamo, Cuba (1966).  Poeta, ensayista y editor.  Reside en Miami, Estados Unidos, desde de 1992.  Trabaja como diseñador gráfico en El Nuevo Herald y es redactor de Artes y Letras, suplemento cultural del mismo periódico. Ha publicado los poemarios: Dos Poemas (Strumento, Miami, 1998) y Metal (Dylemma, Miami, 1998).  Fundó y dirige desde 1998 la Colección Strumento, pequeña editorial de corte artesanal destinada a la publicación de libros de poesía. Prologó y fueron incluidos varios de sus poemas en Reunión de Ausentes: Antología de poetas cubanos (Término, Ohio, 1998) y poemas suyos también fueron publicados en Las caras del amor: 200 poetas de más de 100 ciudades del mundo (Versal Editorial Group, Massachusetts, 1999).  Textos en verso y en prosa, ensayos y artículos —escritos fundamentalmente en torno a la estética y la crítica literaria— han aparecido en revistas y periódicos de Cuba, España, Francia, y Estados Unidos; y en diversas publicaciones de ese nuevo país que carece de centro y de fronteras, y que nos hemos dado en llamar Internet.


 

  

EL BEBEDOR DE SOL

  

Frecuentemente, cuando hablo del sol, se me

enreda en la lengua una gran rosa negra.  Sin

embargo, no me es posible guardar silencio.

Odysseas Elytis

 

I

 

Terminada la misa

el sol muerde su cola de alabastro.

 

El bebedor de sol

es asaltado por la luz,

estéril y blanquísimo aleteo

llegando a su garganta,

rebaño cubierto por el polvo,

todo es luz y luz carbonizada.

 

El tiempo es una larga sombra en el espejo,

el azul es demasiado azul,

los hombres, bautizados por las horas,

bautizados por la sedimentada hora de la muerte,

                                                          de la vida,

rumian un sol de terca certidumbre.

 

Hombres bautizados a ser hombres,

                                           héroes o traidores,

sudan un grito de metal

y el bebedor de sol, en blanco y negro,

tragando la soberbia de una playa

inclina su cabeza en la penumbra.

 
 

II

  

Escritura de metal,

escritura de metal en el aceite de las olas.

Libro de metal que se desploma,

hombre de uranio atado a los segundos,

onírico rostro de cobalto,

arteria de ceniza.

 

Tiempo de metal,

hombre parado en un lamento mudo,

pirámide de humo ladrándole al vacío,

pétrea columna que se desmorona bajo un sol castrado,

total abrazo de una luz raquítica y salobre.

Morir dejándose matar por la ciudad,

                           matar petrificando.

 

Minoico festín de lo imposible.

 

Rostro negado a los planetas,

telúrico rostro en las entrañas estelares

persiguiendo un astro falso en húmedo desierto,

dotando al mundo de un presente fósil

habitando reverso de espejo que procura

y espejo que procura en la tiniebla

sólo encuentra unas máscaras y olvido.

 

Telúrico rostro de ceniza,

hombre mordiendo puentes y fantasmas

y aviones de papel navegando los sonidos de la infancia.

 

Recetas filosóficas y libros de cocina:

lectura predilecta de monarcas y escuderos.

Hombre sin alas y sin rostro

arrastrando un golfo preñado de luces y cadáveres,

erigiendo un laberinto de relojes.

 

Hombre tatuándose la espalda con cajas de silencio,

balanceando llanto y existencia

sobre una cuerda de sueños,

                                demencias y suicidios.

Levar anclas, labrar sobre la muerte.

Partir, partir rumbo a la ausencia,

negar alumbramientos y amputar,

fundar sobre el vacío.

Fundir, milenario fluir de río y calendario.

Los dones ofrecidos por el tiempo

nos regalan ahora

un camino sembrado de sepulcros,

                  milenario crujir de huesos y sonrisas,

sobreabundancia de la piedra que humedece la ventana.

 

Ventana laberinto.

  

 

III

 

Vacío de metal,

vacío de metal en el aceite de las olas

y hacha a plenitud de un rito interminable.

Tristeza de metal no sólo en la garganta,

hombre complaciendo su agonía en doble filo,

redonda contorsión

de un horizonte sin puntos cardinales.

 

Metálica la húmeda añoranza

de hombre parado frente al hombre

como espejo ante el espejo.

Ícaro complace su agonía en doble filo,

fiebre cabalga la memoria,

dedálica fiebre edificando alas

y aviones de papel navegando los sonidos de la infancia.

 

Plumas de metal,

fantasmas hundidos en su sangre,

certidumbre convertida en piedra,

impotencias y tumores.

Escritura alfabética del sol y de las olas

parada en el cansancio isócrono

de aguas eternamente divisibles.

 

Hombres bautizados a ser hombres,

                                          druidas o nictálopes,

abisman sus raíces en un amargo eco,

inminencias y temores.

 

El bebedor de sol

inclina su cabeza en la penumbra,

la memoria es una grieta

en el enorme segundo del crepúsculo.

 

Está pesando el sol en las espaldas

como una horda sedienta e infinita.

Está pesando el tiempo.

 

Terminada la misa de difuntos

Ícaro columpia su agonía calcinada

en el tendido eléctrico.

 

 

IV

  

Luminosos rituales del silencio,

una boca de piedra y esta oscuridad que me rodea

afirmándolo todo con palabras muertas.

 

Unos ojos de piedra transitan por el llanto

y el hacedor de lluvias,

el hacedor de las ventanas y rota nigromancia

derrama su árido conjuro a la pradera.

 

Una lluvia de sal interminable que deshace los nombres,

los oficios que coagulan los nombres,

las cosas ya nombradas,

los hombres, las bestias y las voces,

la voz de todos los ausentes.

 

La ausencia acaba de nacer,

arde en el aire como el dolor y el polvo,

como un arco de gaviotas circuncisas y ángeles apócrifos.

 

La madre del emigrante

deambula playas en nueva ceremonia,

hunde sus manos en un mar de estío y poco asfalto,

grita, petrificando salmos oráculos cantáridas,

vuelve a casa sin dar la espalda al horizonte.

 

Volver,

volver a la costumbre

con un golpe de muros en el pecho,

volver a esa letanía de pequeñas marionetas

que mastican sus hímenes portátiles

y luego son ahogadas en un charco de saliva metafísica.

 

Volver a la memoria

que desciende junto a la cal de las paredes,

mordaza de sudor,

planeta de ceniza,

presencia absoluta de la ausencia.

 

Llueve,

un sol estaño y humo lento

vuelve a casa sin dar la espalda al horizonte.

 

La madre del emigrante,

vestida en su cansancio malva y temblor involuntario,

deambula playas en nueva ceremonia,

desmerece llantos

y Dios es un pedazo de cristal en su bolsillo.

 

 

MING Y/ EL OSCURECIMIENTO DE LA LUZ

                                        (Canción)

  

Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia,

que aún la luz puede brotar como columna

entre la sal y el pan y la ausencia de milagros.

Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia,

aunque la luz entre en sí misma preñada de silencio

y el vuelo circular de los insectos caiga en ámbar

para que hombres y mujeres pierdan el aliento,

soplen en sus diminutos saxos sólo contra el agua,

alimenten las vigilias huecas y pierdan el aliento

y pudran sus manos sus versos y rodillas en la niebla

y olviden morder rumbo al Cantar de los Cantares.

Quiero escuchar pero se aferran a mi ojo

campanarios y lagares bailoteando sobre el lodo,

seculares monasterios que se desmoronan

bajo el pesado estiércol de un teatro de patriarcas.

 

Arde en el viento de la noche una pagoda

con el vientre despojado de sus ídolos.

Quiero escuchar la luz con máxima inocencia,

oigo un rumor de barcos que se alejan.

 

 

 

ALBERTO ROMERO


Nació en La Habana, Cuba (1936). Poeta, narrador, periodista y editor. Ha publicado los poemarios: Parque de Diversiones (1966) y Desde el pueblo donde vivo (l978). Ha publicado los libros de relatos: El barrio del Cerro (2001) y Cuentos Militares: historias de soldados y rebeldes (2004). En los Estados Unidos fundó las revistas ‘Envíos: Cuadernos de Literatura’ (1971) y ‘Contra Viento y Marea’ (1977). Es co-editor de la Antología Compartida de Poetas Hispanos de Miami (2000). Por más de 22 años desarrolló su labor periodística en el área de Nueva Jersey, recibiendo numerosos premios. Desde 1998 reside en Miami, en donde dirige la Editorial Nosotros.


 

 

LA DESPEDIDA

 

Cuánta ansiedad tenía mi voz,

cuando traté de llamarte.

Cuánta maldad, en su sonrisa,

al no permitirme que lo hiciera

 

Era temprano en la mañana;

las 8, las 9, las…

¡Qué nos importa ya!

 

Qué nos importa, 

ahora que nuestros cuerpos

 

nuevamente

se nutren del mismo pan

y beben del mismo vino;

ahora que nuestra olla

canta nuevamente,

aunque bien sabemos que,

por aquel minuto perdido,

nunca seremos

como antes lo fuimos.

 

Cuánta ansiedad en tu mirada

al verme marchar; cuánto dolor

en nuestros pechos,

con aquel grito ahogado,

cuando ambos

quedamos impotentes,

ciegos, sordos, mudos, atados,

casi hastiado de vivir...

 

 

EL SUEÑO

 

                               Para los esposos que un día

dejaron atrás la mujer de sus sueños

 

Anoche te tuve junto a mi cuerpo,

pero sólo fue un sueño,

porque mi cama amaneció vacía.

 

Porque tú estabas allá, en Cuba,

sufriendo por nuestra separación,

bajo la dictadura comunista,

 

mi cama amaneció vacía,

aunque anoche, pero sólo en sueño,

te tuve junto a mi cuerpo.

 

 

POEMA DE LA SOLEDAD

 

Hay, de la noche, hundida

en los recuerdos.

En la intemperie se humedecen

los cabellos.

El ojo se ha tornado corazón.

Un chasquido, un leve crujido

y todo renace y se convierte

en real la propia realidad. Sueño.

Sueño y vivo.

 

Tomo una hoja seca y la estrujo.

Una melodía de entonces,

un gesto familiar,

tal vez una cara risueña

se me antojan presentes.

Pero todo es falso.

 

Sólo en tí me duermo.

Sólo tú eres mi yo.

 

 

LA MENTIRA

 

Todo ha sido como

una larga mentira

tramada contra nuestro amor.

No existen Portugal, España,

Bélgica, ni Nueva York.

 

Ni tampoco es cierta

la dictadura comunista

 

que sufre nuestra Patria.

Sólo tú eres real y pura.

 

Esposa mía. Sólo tú.

 

 

ETERNAMENTE

 

Esposa mía:

Desde hace muchos años

estoy intentando escribir

un poema en el cual,

con palabras nuevas,

pueda decir todo lo que te amo.

Es por eso que,

como no lo he conseguido,

ahora,

 

con esas mismas viejas palabras

que ya tú conoces

te digo nuevamente:

¡Te amo!

 

 

PRESENTE AHORA Y SIEMPRE

 

Esposa: contigo yo nunca hablo

de tiempo ni de distancia,

porque tú has estado siempre

presente en mi cotidianidad.

 

Tú eres la realidad deseada

de un nuevo Paraíso Terrenal.

Un lugar sin pecado, lujuria,

sin traiciones ni soberbia.

 

Tus manos amasaron

nuestra estirpe

y la estela que dejaste a tu paso,

se multiplicó en nuestra carne

y sangre. ¡Nuestra realidad!

 

De tu boca siempre sale el mensaje

cierto y justo. ¡Mensaje de Amor!

Y tú, más que arado,

eres la campana de la verdad.

 

Campana con la que anuncias

que vivir es más que pan y techo;

que vivir es el tránsito hacia la

eterna felicidad.

 

 

ESPOSA

 

No sólo un vaso copulador

sino también sangre, carne, pan,

tierra, aire, agua, sol y cielo

de los hombres.

  

 

EN TARDES COMO ESTAS

 

Existen ciertas tardes, esposa mia,

en las que quisiera acercarme

más a tí.

Alzar mis brazos, buscándote

en aquellos años que perdimos,