|
JOAQUÍN
GÁLVEZ
Nació en La
Habana, Cuba (1965). Poeta y periodista. Reside en Estados
Unidos desde 1989. Cursó estudios de Periodismo en la
Universidad de Miami y obtuvo una Licenciatura en Humanidades en
Barry University. Ha publicado los poemarios: Alguien canta
en la resaca (Término Editorial, Cincinnati, 2000) y El
viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005). Ha
sido antologado en Reunión de ausentes: antología de poetas
cubanos (Término Editorial, Cincinnati, 1998) y en
Arcanos de la espera: veinte poetas cubanos en
Miami (revista digital de poesía Decir del agua,
Miami, 2005). Uno de sus poemas fue incluido en Reinaldo
Arenas, aunque anochezca: recopilación de textos y
documentos (Ediciones Universal, Miami, 2001). Sus poemas,
artículos y ensayos han aparecido en publicaciones de los
Estados Unidos, Europa y América Latina.
INFANCIA
A Reynaldo Torres
Venía a ver danzar los arrecifes
bajo mis pies…
(quedaba un resquicio de humanidad
codiciada).
Se inmutaba, pues nunca antes la
guerra tuvo
el consentimiento de las palomas.
Venia a ver la rendición del
cíclope
cuando mi tirapiedras lo hechizaba.
¡No me desvelaban los almanaques!:
al amanecer, mi madre me
sorprendía
en otro milenio del barrio.
Venía, con tal certidumbre, a ese
rincón
donde el mar perdía su vértebra
oscura.
Volaba,
mas en mí se fue
cumpliendo otro descenso de
sus
alas…
Yo, huérfano de sus alas, pude
arrebatarle un rostro:
aquel breve rostro
del que, sin noticias,
me fui alejando…
LOST GENERATION
Todo se hacía en aras del paraíso,
cuando creer en paraísos
es arriesgarse a amanecer
en su cuarto contiguo:
el infierno.
DIÁLOGO CON MI
SOMBRA
A Dalia, mi madre.
Mi sombra y yo no conversamos cara
a cara:
partí de aquel país,
y se quedó velando mi otra vida.
Desde entonces el idioma es una
pared
entre el ser y su sombra.
Soy interferencia errante…
Tomo partido en los designios de
otro vientre.
(Madre, estoy estraviado,
y estos mapas me guían al estravío.)
queda tanta nieve por palear en
mis ojos,
y aún esta raíz se resiste;
no me abandona aunque la nombren
“dios obsoleto”.
Pero no te desveles, mi sombra,
también me pertenecen esas muertes
que por tu ruta
han
estallado.
Joaquín Gálvez partió de Joaquín
Gálvez
coronándose desertor de su propia
historia
(soy amasijo que escribe su
autobiografía de otro),
pues, realmente, ¿en dónde se
halla mi ser
y en dónde su sombra?
¿Cuál de los dos no me engaña al
elegirlo
Mi Historia?
Pero si hacia ti emprendo mi viaje,
no creas en esas fotos, en esas
anécdotas,
que sólo definen mi equipaje
apócrifo.
¡No habrá argucia con la que
escape de mi Gálvez
inédito!
Solamente permíteme leer tu Diario
en esta isla de espera,
para que brote el otro hombre
(para que conozca al que hoy ha
regresado);
ahora que tú, sombra, desde la
otra orilla,
has comenzado a llamarme.
ALGUIEN CANTA
EN LA RESACA
Me obsesiona cruzar los mares,
imaginarme que existe una orilla
donde me aguarda la calma.
Por eso canto,
soñando que ya me acerco
al anhelado nido.
Por eso canto(¡esta vez es real mi
coraza!).
En estos mares es Ulises
quien hechiza a las sirenas.
Por eso canto-seguiré cantando-
aunque sé que me estoy mintiendo,
que tal orilla
para el hombre no está reservada:
siempre la custodian inexpugnables
resacas.
Hacia la misma resaca el hombre
otra vez navega…
Ah, olvidémonos de tal orilla,
que el canto será nuestra única
llegada
posible.
ALEGATO PARA
QUE EL TONTO
SE QUEDE EN LA
COLINA
Tonto, no bajes nunca de la colina.
Confínate para siempre en tu
catacumba de asombro.
¡Cuidado que la colina amenaza con
ser tu paraíso perdido!
Mira, tienes el apoyo de todas
esas aves que nacieron de tu
delirio.
Es imprescindible que no exista
diferencia
entre el horizonte y tus ojos,
que tu huella sea otra revelación
de la lluvia.
Tonto, te has ganado ese reino
por ti mismo construido.
Escucha, príncipe de tu propia
altura,
si bajas de la colina
te pondrán la camisa de fuerza,
para convertirte en mero
espectador…
-¿Quiénes?
-¡Nosotros! –tu estirpe- los
verdaderos tontos,
porque bajamos de la colina;
y ahora, desde esta platea,
el cielo es sólo un rostro gris.
El LUGAR DE LOS
ELEGIDOS
Mira
también los siglos infinitos
que
han precedido a nuestro nacimiento
y
nada son para la vida nuestra.
Lucrecio
Todos los días me despierto con la
dichosa carga
de haber sido elegido para habitar
esta insólita pausa
que es la vida.
Pude no haber nacido nunca, pude
haberme quedado
para siempre en ese lugar al que
no acude la memoria.
Y a esta pausa la he colmado de
inmortales símbolos.
También a la muerte, con Infierno
y Paraíso,
le he legado ya el símbolo.
Por eso sé que, cuando abandone
esta pausa,
no encontraré la puerta del
Infierno ni la del Paraíso.
Mas se me concedió el prodigio de
conocer
el otro lado de esta puerta,
que un día se abrirá para que yo
vuelva
a mi lugar de origen:
La Nada.
BALADA DEL
DESENCUENTRO
Una mujer y un hombre no se han
conocido esta noche.
A partir de hoy el destino de la
luna es otro.
En torno a una mesa pesa la sombra
de las palabras que no se dijeron.
Pero aún es más decisiva la sombra
del camino que no erigieron:
toda la belleza, todo el desastre
que implica nuestro humano
encuentro.
Una mujer y un hombre no se han
conocido esta noche.
A partir de hoy la historia de
esta ciudad es otra.
¿Para cuántos de sus habitantes la
vida hubiera sido otra?
Helena y Paris no se conocieron
nunca;
el mundo es hoy el gran
desheredado de su música:
no estalló una guerra en Troya,
no cantó en Grecia un tal Homero.
SYLVIA PLATH Y
JUAN FRANCISCO PULIDO
DECIDEN SEGUIR
VIVOS
Para
Rodolfo Martínez Sotomayor
y
Armando de Armas
Sylvia Plath ha escrito mi poema
favorito
de la lengua inglesa. Y ese poema
lo escribió
porque tuvo el presagio de que yo,
Juan Francisco Pulido –como ella,
joven poeta-,
en los umbrales del siglo
veintiuno, me iba a suicidar.
Entonces Sylvia escribió ese poema,
como última rendija por donde me
diera
su testimonio la luz.
Y eché la soga a un lado
y le escribí un poema de amor a
Sylvia
y ella se detuvo a escucharlo,
precisamente
en el momento en que iba a meter
su cabeza en el horno
sin la piedad del gas.
GERMAN GUERRA
Nació en Guantánamo, Cuba (1966). Poeta,
ensayista y editor. Reside en Miami, Estados Unidos, desde de
1992. Trabaja como diseñador gráfico en El Nuevo Herald
y es redactor de Artes y Letras, suplemento cultural del
mismo periódico. Ha publicado los poemarios:
Dos Poemas
(Strumento, Miami, 1998) y Metal (Dylemma,
Miami, 1998). Fundó y dirige desde 1998 la Colección Strumento,
pequeña editorial de corte artesanal destinada a la publicación
de libros de poesía. Prologó y fueron incluidos varios de sus
poemas en Reunión de Ausentes: Antología de poetas cubanos
(Término, Ohio, 1998) y poemas suyos también fueron
publicados en Las caras del amor: 200 poetas de más de 100
ciudades del mundo (Versal Editorial Group, Massachusetts,
1999). Textos en verso y en prosa, ensayos y artículos —escritos
fundamentalmente en torno a la estética y la crítica literaria—
han aparecido en revistas y periódicos de Cuba, España, Francia,
y Estados Unidos; y en diversas publicaciones de ese nuevo país
que carece de centro y de fronteras, y que nos hemos dado en
llamar Internet.
EL BEBEDOR DE
SOL
Frecuentemente, cuando hablo del sol, se me
enreda en la lengua una gran rosa negra.
Sin
embargo, no me es posible guardar silencio.
Odysseas Elytis
I
Terminada la
misa
el sol muerde
su cola de alabastro.
El bebedor de
sol
es asaltado
por la luz,
estéril y
blanquísimo aleteo
llegando a su
garganta,
rebaño
cubierto por el polvo,
todo es luz y
luz carbonizada.
El tiempo es
una larga sombra en el espejo,
el azul es
demasiado azul,
los hombres,
bautizados por las horas,
bautizados
por la sedimentada hora de la muerte,
de la
vida,
rumian un sol
de terca certidumbre.
Hombres
bautizados a ser hombres,
héroes o traidores,
sudan un
grito de metal
y el bebedor
de sol, en blanco y negro,
tragando la
soberbia de una playa
inclina su
cabeza en la penumbra.
II
Escritura de
metal,
escritura de
metal en el aceite de las olas.
Libro de
metal que se desploma,
hombre de
uranio atado a los segundos,
onírico
rostro de cobalto,
arteria de
ceniza.
Tiempo de
metal,
hombre parado
en un lamento mudo,
pirámide de
humo ladrándole al vacío,
pétrea
columna que se desmorona bajo un sol castrado,
total abrazo
de una luz raquítica y salobre.
Morir
dejándose matar por la ciudad,
matar petrificando.
Minoico
festín de lo imposible.
Rostro negado
a los planetas,
telúrico
rostro en las entrañas estelares
persiguiendo
un astro falso en húmedo desierto,
dotando al
mundo de un presente fósil
habitando
reverso de espejo que procura
y espejo que
procura en la tiniebla
sólo
encuentra unas máscaras y olvido.
Telúrico
rostro de ceniza,
hombre
mordiendo puentes y fantasmas
y aviones de
papel navegando los sonidos de la infancia.
Recetas
filosóficas y libros de cocina:
lectura
predilecta de monarcas y escuderos.
Hombre sin
alas y sin rostro
arrastrando
un golfo preñado de luces y cadáveres,
erigiendo un
laberinto de relojes.
Hombre
tatuándose la espalda con cajas de silencio,
balanceando
llanto y existencia
sobre una
cuerda de sueños,
demencias y suicidios.
Levar anclas,
labrar sobre la muerte.
Partir,
partir rumbo a la ausencia,
negar
alumbramientos y amputar,
fundar sobre
el vacío.
Fundir,
milenario fluir de río y calendario.
Los dones
ofrecidos por el tiempo
nos regalan
ahora
un camino
sembrado de sepulcros,
milenario crujir de huesos y sonrisas,
sobreabundancia de la piedra que humedece la ventana.
Ventana
laberinto.
III
Vacío de
metal,
vacío de
metal en el aceite de las olas
y hacha a
plenitud de un rito interminable.
Tristeza de
metal no sólo en la garganta,
hombre
complaciendo su agonía en doble filo,
redonda
contorsión
de un
horizonte sin puntos cardinales.
Metálica la
húmeda añoranza
de hombre
parado frente al hombre
como espejo
ante el espejo.
Ícaro
complace su agonía en doble filo,
fiebre
cabalga la memoria,
dedálica
fiebre edificando alas
y aviones de
papel navegando los sonidos de la infancia.
Plumas de
metal,
fantasmas
hundidos en su sangre,
certidumbre
convertida en piedra,
impotencias y
tumores.
Escritura
alfabética del sol y de las olas
parada en el
cansancio isócrono
de aguas
eternamente divisibles.
Hombres
bautizados a ser hombres,
druidas o nictálopes,
abisman sus
raíces en un amargo eco,
inminencias y
temores.
El bebedor de
sol
inclina su
cabeza en la penumbra,
la memoria es
una grieta
en el enorme
segundo del crepúsculo.
Está pesando
el sol en las espaldas
como una
horda sedienta e infinita.
Está pesando
el tiempo.
Terminada la
misa de difuntos
Ícaro
columpia su agonía calcinada
en el tendido
eléctrico.
IV
Luminosos
rituales del silencio,
una boca de
piedra y esta oscuridad que me rodea
afirmándolo
todo con palabras muertas.
Unos ojos de
piedra transitan por el llanto
y el hacedor
de lluvias,
el hacedor de
las ventanas y rota nigromancia
derrama su
árido conjuro a la pradera.
Una lluvia de
sal interminable que deshace los nombres,
los oficios
que coagulan los nombres,
las cosas ya
nombradas,
los hombres,
las bestias y las voces,
la voz de
todos los ausentes.
La ausencia
acaba de nacer,
arde en el
aire como el dolor y el polvo,
como un arco
de gaviotas circuncisas y ángeles apócrifos.
La madre del
emigrante
deambula
playas en nueva ceremonia,
hunde sus
manos en un mar de estío y poco asfalto,
grita,
petrificando salmos oráculos cantáridas,
vuelve a casa
sin dar la espalda al horizonte.
Volver,
volver a la
costumbre
con un golpe
de muros en el pecho,
volver a esa
letanía de pequeñas marionetas
que mastican
sus hímenes portátiles
y luego son
ahogadas en un charco de saliva metafísica.
Volver a la
memoria
que desciende
junto a la cal de las paredes,
mordaza de
sudor,
planeta de
ceniza,
presencia
absoluta de la ausencia.
Llueve,
un sol estaño
y humo lento
vuelve a casa
sin dar la espalda al horizonte.
La madre del
emigrante,
vestida en su
cansancio malva y temblor involuntario,
deambula
playas en nueva ceremonia,
desmerece
llantos
y Dios es un
pedazo de cristal en su bolsillo.
MING Y/ EL
OSCURECIMIENTO DE LA LUZ
(Canción)
Quiero
escuchar que no se ha ido la inocencia,
que aún la
luz puede brotar como columna
entre la sal
y el pan y la ausencia de milagros.
Quiero
escuchar que no se ha ido la inocencia,
aunque la luz
entre en sí misma preñada de silencio
y el vuelo
circular de los insectos caiga en ámbar
para que
hombres y mujeres pierdan el aliento,
soplen en sus
diminutos saxos sólo contra el agua,
alimenten las
vigilias huecas y pierdan el aliento
y pudran sus
manos sus versos y rodillas en la niebla
y olviden
morder rumbo al Cantar de los Cantares.
Quiero
escuchar pero se aferran a mi ojo
campanarios y
lagares bailoteando sobre el lodo,
seculares
monasterios que se desmoronan
bajo el
pesado estiércol de un teatro de patriarcas.
Arde en el
viento de la noche una pagoda
con el
vientre despojado de sus ídolos.
Quiero
escuchar la luz con máxima inocencia,
oigo un rumor
de barcos que se alejan.
ALBERTO ROMERO
Nació en La
Habana, Cuba (1936). Poeta, narrador, periodista y editor. Ha
publicado los poemarios: Parque de Diversiones (1966) y
Desde el pueblo donde vivo (l978). Ha publicado los
libros de relatos: El barrio del Cerro (2001) y
Cuentos Militares: historias de soldados y rebeldes (2004).
En los Estados Unidos fundó las revistas ‘Envíos: Cuadernos de
Literatura’ (1971) y ‘Contra Viento y Marea’ (1977). Es
co-editor de la Antología Compartida de Poetas Hispanos de
Miami (2000). Por más de 22 años desarrolló su labor
periodística en el área de Nueva Jersey, recibiendo numerosos
premios. Desde 1998 reside en Miami, en donde dirige la
Editorial Nosotros.
LA DESPEDIDA
Cuánta ansiedad tenía mi voz,
cuando traté de llamarte.
Cuánta maldad, en su sonrisa,
al no permitirme que lo hiciera
Era temprano en la mañana;
las 8, las 9, las…
¡Qué nos importa ya!
Qué nos importa,
ahora que nuestros cuerpos
nuevamente
se nutren del mismo pan
y beben del mismo vino;
ahora que nuestra olla
canta nuevamente,
aunque bien sabemos que,
por aquel minuto perdido,
nunca seremos
como antes lo fuimos.
Cuánta ansiedad en tu mirada
al verme marchar; cuánto dolor
en nuestros pechos,
con aquel grito ahogado,
cuando ambos
quedamos impotentes,
ciegos, sordos, mudos, atados,
casi hastiado de vivir...
EL
SUEÑO
Para los esposos que un día
dejaron atrás
la mujer de sus sueños
Anoche te tuve junto a mi cuerpo,
pero sólo fue un sueño,
porque mi cama amaneció vacía.
Porque tú estabas allá, en Cuba,
sufriendo por nuestra separación,
bajo la dictadura comunista,
mi cama amaneció vacía,
aunque anoche, pero sólo en
sueño,
te tuve junto a mi cuerpo.
POEMA DE LA
SOLEDAD
Hay, de la noche, hundida
en los recuerdos.
En la intemperie se humedecen
los cabellos.
El ojo se ha tornado corazón.
Un chasquido, un leve crujido
y todo renace y se convierte
en real la propia realidad.
Sueño.
Sueño y vivo.
Tomo una hoja seca y la estrujo.
Una melodía de entonces,
un gesto familiar,
tal vez una cara risueña
se me antojan presentes.
Pero todo es falso.
Sólo en tí me duermo.
Sólo tú eres mi yo.
LA
MENTIRA
Todo ha sido como
una larga mentira
tramada contra nuestro amor.
No existen Portugal, España,
Bélgica, ni Nueva York.
Ni tampoco es cierta
la dictadura comunista
que sufre nuestra Patria.
Sólo tú eres real y pura.
Esposa mía. Sólo tú.
ETERNAMENTE
Esposa mía:
Desde hace muchos años
estoy intentando escribir
un poema en el cual,
con palabras nuevas,
pueda decir todo lo que te amo.
Es por eso que,
como no lo he conseguido,
ahora,
con esas mismas viejas palabras
que ya tú conoces
te digo nuevamente:
¡Te amo!
PRESENTE
AHORA Y SIEMPRE
Esposa: contigo yo nunca hablo
de tiempo ni de distancia,
porque tú has estado siempre
presente en mi cotidianidad.
Tú eres la realidad deseada
de un nuevo Paraíso Terrenal.
Un lugar sin pecado, lujuria,
sin traiciones ni soberbia.
Tus manos amasaron
nuestra estirpe
y la estela que dejaste a tu
paso,
se multiplicó en nuestra carne
y sangre. ¡Nuestra realidad!
De tu boca siempre sale el
mensaje
cierto y justo. ¡Mensaje de Amor!
Y tú, más que
arado,
eres la
campana de la verdad.
Campana con
la que anuncias
que vivir es
más que pan y techo;
que vivir es
el tránsito hacia la
eterna
felicidad.
ESPOSA
No sólo un
vaso copulador
sino también
sangre, carne, pan,
tierra, aire,
agua, sol y cielo
de los
hombres.
EN TARDES COMO
ESTAS
Existen
ciertas tardes, esposa mia,
en las que
quisiera acercarme
más a tí.
Alzar mis
brazos, buscándote
en aquellos
años que perdimos, |